Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo»

Para mucha gente e, incluso, para ciertos católicos la invitación a enamorarse de Jesús le resulta sorprendente. Conozco incluso a católicos a quienes les cuesta pronunciar el nombre de Jesús. Da la sensación de que se avergüenzan de los que son. Por tanto, les extraña decir, por ejemplo: «Amo a Cristo». 

Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo». Lo amo por lo que ha hecho por mi. Lo amo porque Él es el Amor con mayúsculas. Lo amo porque me siento estrechamente unido a Él, porque siento de verdad que estoy hecho, a pesar de mis múltiples imperfecciones humanas, a imagen y semejanza de Dios. Lo amo porque soy producto del amor, porque he sido creado para amar y ser amado por Dios. Lo amo porque he sido transformado por Él. Lo amo por todo lo que me ha dado, por cómo me ha salvado, por como me ha transformado, me ha redimido… Lo amo por su genuina amistad para conmigo. Lo amo porque se hizo hombre por mi redención. 

Anhelo ser transformado por Cristo. Anhelo ser, en cada instante de mi vida, uno con Él. El misterio cristiano de la vida encarna al verdadero ser insertado en la Santísima Trinidad. El Padre engendra desde su eternidad al Hijo; en Cristo se expresa todo Él dándole toda su divinidad; así Padre e Hijo se poseen en una comunión perfecta, en un acto de amor perenne, que es el Espíritu Santo. Pero este amor divino no se circunscribe al seno de la Trinidad, sino que lo entrega al hombre desde el momento mismo de la creación e, incluso, en las sencillas, humildes e íntimas acciones del ser humano y de la Iglesia. Porque sin Dios, sin Cristo y sin el Espíritu Santo nada somos, nada podemos, nada alcanzamos. 

Dios hecho Hombre nos muestra el camino de la cruz y éste al camino de la Resurrección. Por eso amo a Cristo porque cada día puedo vivir el misterio Pascual cada minuto de mi vida en una semblanza profunda con Él. Y por eso me siento profundamente unido a la Iglesia, instituida por Él porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que te ayuda también pese a su imperfección humana a crecer en tu proceso de transformación.

Amo a Cristo porque lo veo en todas los acontecimientos de mi vida, en todas las cosas que me suceden, en todos los procesos que vivo, en todas las aflicciones o sufrimientos que padezco; veo como trabaja en mi incluso cuando pongo resistencias humanas. A nadie tan fiel puedes dejar de amar pues su propuesta de amor es insertarse en mi corazón y regalarme la herencia del Cielo, con el fin de alcanzar un día la alegría del encuentro definitivo con Él en el Reino del Amor.

¡Te amo, Señor, de la misericordia y de lamor, que eres el rey de todo! ¡Te doy gracias por tu amor infinito, por todas y cada una de las bendiciones que recibo de ti cada día! ¡Te doy gracias por ser el dueño de mis actos, por transformarme y renovarme con tu compañía! ¡Gracias, Señor, por tu amor inmenso, fiel e infinito, gracias por que me amas con amor eterno, porque he visto tus obras en mi corazón y en mi vida, porque todo me lo provees aunque muchas las veces no salgan como las tenía previstas! ¡Gracias porque quieres transformar mi corazón egoísta y soberbio, incluso incrédulo a veces! ¡Te amo, Señor, pero envía tu Espíritu sobre mi para me ayudes a creer más en tu amor, en tu Palabra y en tus obras maravillosas! ¡Te amo, Señor, y quiero permanecer siempre cerca tuyo! ¡Te amo, Señor y quiero ser fiel a tu Palabra, ser un hombre creyente, una persona que confíe en tu divino amor, en tus obras maravillosas en mi vida y en las que me rodean! ¡Dame, Señor, el don de ser alguien temeroso de Dios, constante en mi vida, firme en mi fe, valiente para hacer grandes cosas en tu nombre, para que siempre esté dispuesto a hacer el bien al prójimo en tu nombre, para ser testimonio de tu amor y de tu misericordia! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por la libertad que me otorgas, por acompañarme en el camino de la vida, por ser mi guía, por ayudarme a escoger siempre el camino correcto, por perdonarme cuando me equivoco o me desvío de la senda del bien! ¡Señor, no me dejes nunca para no perderme en la oscuridad de la vida! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por el inmenso amor que siento tienes por mi!

Amarlo todo

Tengo una amiga que cultiva un huerto en su casa de la montaña. Tiene animales. Participa en Redes de Comunidades Sostenibles. Ella te enseña a amarlo todo. Un lirio del campo. Un calabacín de su huerto, un gato abandonado en el jardín de su casa, una sonrisa de una anciana a la que acompaña una vez por semana. Es de la opinión que es necesario pararse a contemplar y admirar la belleza de todo lo que nos rodea; y no solo eso: descubrirla. Mirarlo todo en perspectiva de eternidad. Como ella no es practicante, desde la idea del cristianismo, yo añadiría: elevarlo todo hacia Dios. 

Lo hermoso de todo lo que nos sucede es que todo es amasijo de barro, todos estamos amasados amorosamente de una materia eterna porque el hombre —creyente o no—trata de manera pertinaz y persistente de construir en lo duradero. De ahí que cuando alguien consigue un hito, del que sea, tener un hijo, pintar un cuadro, diseñar un prototipo de un automóvil, escribir un libro, levantar un huerto y obtener frutos de él… se experimenta una alegría profunda. 

Somos vida. Por eso es tan importante el valor de amarlo todo, profundamente, momento a momento, con el latido vivo de un corazón abierto y abrazar siempre para ver que el amor se ha de vivir sin etiquetas, sin formas definidas y sin definiciones.

Esta es nuestra misión: amarlo todo con el corazón dando y derrochando amor teniendo a Dios Amor como el fin, el fundamento y la fuerza de todo con nuestra fe, esperanza y caridad. Amarlo todo para gozar de la belleza de la vida, pero no atándonos como unos esclavos a ella porque la belleza no es más que un rayo de luz y el ser humano está pensado en la mente de Dios para el sol, no para las tinieblas de la noche pues es allí donde se pierden los reflejos de la eternidad a la que todo ser humano debe aspirar.

¡Señor, enséñame a amarlo todo; amor lo que vivo, con quienes vivo, con lo que me rodea, con quienes me rodean! ¡Ayúdame, Señor, a comprender que la vida cristiana no consiste en acudir a la iglesia, ni rezar mucho, ni partir de los sacramentos, ni arrepentirme de mis pecados, que también; la vida cristiana es amar, amar al que es Amor y Creador de todo, para dárselo a los demás! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a abrir siempre mi corazón al amor, a traducirlo en obras concretas! ¡Mi corazón, Señor, anhela amarte, buscarte, descubrirte y escucharte! ¡Abre, Señor, mi corazón al encuentro porque necesito que haya vida en mi vida! ¡Deseo amarte, Señor, por eso te pido que transformes mi corazón para amarlo todo con verdad, para ser instrumento de amor en cada uno de los momentos de mi vida!

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero»

«Señor, tú sabes que te quiero». Esta frase la repito esta mañana en la oración al Señor a sabiendas de que soy tan quebradizo como Pedro. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» y al pronunciarla siento esa ternura y esa delicadeza del Señor para conmigo. Esa actitud que tiene de no pedirte nada a pesar de haberse dado Él por completo en una entrega generosa, en una comunión con el Padre, Dios de la misericordia, amoroso y tierno.
Pero ¿como no vas a contestarle «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» como cuando a Pedro te formula cada día esta pregunta?: «¿Me amas?». «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Le amo a pesar de esas barreras que tantas veces le pongo, de esos afectos mundanos, de esas situaciones que limitan mi amor, de esa cerrazón de mi corazón para ser generoso y servicial, de esos afanes de la vida que me esclavizan, de esos pensamientos no siempre auténticos… Lo reconozco, soy como Pedro pero como él puedo afirmar con rotunda sinceridad: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso aunque caiga voy a intentar mejorar cada día, serle fiel cada día, tener más fe cada día, buscar la santidad con más ahínco cada día, darme a los demás con amor cada día, hacer la vida más agradable a los que me rodean cada día…
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es un amor que traspasa mis limitaciones porque a pesar de todo sigue llamando con insistencia a mi corazón y mi vida. Y cuando me pregunte hasta tres veces como a Pedro «¿Me amas?» se me pondrá la misma cara de tristeza y no me quedará más remedio que mirar hacia lo más profundo de mi corazón y darme cuenta de mis negaciones, de mis miedos, de mis incertezas. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» por eso quiero comenzar de nuevo, dejarme guiar por Él, por su amor, por su gracia y por su dirección y no por mis propias y siempre frágiles capacidades y fuerzas.
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y como le quiero necesito sentir su mirada, confiar en Él, unirme a Él, dejarme apacentar por Él, imitarle en todo; crecer en el amor, madurar en mi vida cristiana, aprender a pedir perdón y a perdonar con el corazón, santificar mis jornadas…

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¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡Señor, te amo y pongo todas mis esperanzas en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque ya sabes que mi corazón, frágil y quebradizo, no es capaz muchas veces de dártelo todo porque está contaminado por egoísmos y mundanidades! ¡Señor, tu sabes que te quiero y a veces me resulta muy sencillo decirlo pero no demostrártelo porque en lo íntimo de mi ser y de mi corazón se acomoda el pecado que limita mi vida y arrastra mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo te necesito para levantarme cada día, para unirme más a Ti, para perdonar y ser perdonado, para caminar en tu presencia, para mejorar cada día, para abandonarme a tu gracia y a tu misericordia! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque tantas veces lo mundano me nuble, las cosas de este mundo me impiden entregarme a Ti como mereces, mi corazón desvíe mis verdaderas intenciones y la tentación me venza tantas veces! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo quiero amar como tu amas, sentir como tu sientes, actuar como tu actúas por eso es tan necesaria en mi tu gracia para vencer los apegos y egoísmos que invaden mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te amo y necesito que te hagas muy presente en mi vida para renunciar a todo lo que me aparta de ti! ¡Señor, tu sabes que te quiero, no permitas que lo diga solo de boquilla, con palabras bonitas sino con el corazón abierto, que sea un amor vivido y encarnado en mi propio vivir! ¡Señor, tu sabes que te quiero y sabes también que confío plenamente en tu amor, en tu gracia y en tu misericordia y en la promesa de que estarás conmigo hasta el final de la vida; por eso Señor te pido me acompañes en mi crecimiento como persona y como cristiano para que, transformando mi corazón soberbio y egoísta, me permitas amarte más, amar más al prójimo y tener un corazón más humilde, generoso, amable, caritativo y misericordioso!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy.

Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!

El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

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¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva:

El modelo del «Sí»

Día de gran felicidad en el que celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María. María, que fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, no experimentó la corrupción de la muerte en la noche de su vida. Con cuerpo y alma ascendió María al encuentro del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la gloria del Cielo.
Con la gracia especial que Dios le dio, la vida de la Virgen María fue un completo y total «Sí» al Señor. María le entregó todo a Dios con su respuesta al ángel Gabriel en el día de la Anunciación con su «Hágase en mí según tu palabra».
El «Sí» de María es un «Sí» repleto de fe. Ella tiene fe en el cumplimiento de la promesa de Dios porque está atenta a «las cosas de arriba». El «Sí» de María es, a su vez, un «Sí» lleno de esperanza y de amor. No es un «Sí» arrogante sino una adhesión incondicional a la Palabra de Dios. Esa Palabra que nunca dejó de meditar y de guardar en su corazón. Y este «Sí» de María le permitirá dar a luz a luz Palabra, a la Palabra de Dios, al mismo Jesús.
El «Sí» de María es un regalo total de sí misma a Dios. Es el modelo del «Sí» que los hombres nos damos en el matrimonio, que ofrecemos a Dios cuando seguimos su voluntad, que damos a Dios cuando santificamos nuestro trabajo, cuando servimos a los demás, que enriquecemos a la humanidad con el regalo de la vida que brota de esta unión. Es el modelo del «Sí» que pronunciamos cuando consagramos nuestra vida a Dios con los votos de la obediencia, el servicio, la generosidad, la caridad, la misericordia. Cuando lo hacemos todos por la Gloria de Dios. Es el modelo del «Sí» que cada sacerdote pronuncia el día de su ordenación para que la gracia de Dios continúe descendiendo en nuestro mundo a través de los sacramentos, especialmente el de la misericordia de Dios y la Eucaristía.
El «Sí» de María nos lleva al don total de nosotros mismos a Dios. El «Sí» de María, y todo el Evangelio que proviene de él, viene a decirnos nuevamente que la fidelidad a este don del yo es la realización de la promesa de Dios. Él es el «Sí» de la esperanza, de la confianza, de la alegría.
Y, ¿como afecta a mi vida la Asunción de María? De manera hermosa imitando el «Sí» de María comprendo que Dios quiere hacer un espacio en mi corazón. Que Dios desea habitar en el interior de mi corazón, ocupar la morada de mi interior. Y, como en María, esta presencia de Dios se realiza en la fe; en la fe abro de par en par las puertas de nuestro ser para invitar a Dios entrar en mi y se convierta en la fuerza que me da la vida, la esperanza y el auténtico camino de mi ser. Abrir el corazón como hizo María y exclamar cada día: «Hágase en mí según tu Palabra».
En este día de la Asunción puedo estar más unido a María, que es guía y camino de la esperanza del pueblo de Dios y acudir a Ella para que me ayude a decir «Sí» al Señor, a amar más la Palabra y a caminar por las sendas de la felicidad que Dios abre ante mi con la llamado a la santidad en lo cotidiano de la vida.

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¡María, quiero aprender de tu «Sí»! ¡De tu mano no quiero alejarme nunca de Dios, sino al contrario, hacer que Dios esté cada día más presente en mi vida! ¡Como ocurrió contigo quiero tener en mi corazón todo el esplendor de la dignidad divina! ¡Como ocurrió contigo quiero que Dios sea grande en mi vida! ¡Te pido, María, que me ayudes a amar la Palabra de Dios, hacerla vida en mi vida, a pensar en clave divina, a trabajar por la sociedad pensando en Dios como hiciste tu desde tu «Sí» al Padre! ¡En este día que fuiste elevada en cuerpo y alma a la gloria eterna quiero unirme más a Ti, María, para estar más cerca de Dios y en Dios! ¡Para que en la cercanía que tienes con el Padre pueda sentir yo también la cercanía de Dios en mi vida! ¡Tu conoces mi corazón, Madre, tu escuchas mis oraciones, tu atiendes mis súplicas, ayúdame a vivir conforme a la Palabra! ¡Quiero hacer de tu «Sí» mi «Sí» al Padre, quiero participar de tu bondad, de tu sencillez, de tu amor, de tu generosidad! ¡Y a ti, Padre, quiero darte gracias por el don de María que me guía en el camino de la vida, que me enseña a orar, a amar, a servir, a perdonar, a trabajar por los demás!

Un hermoso canto a María para el día de la Asunción:

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

Dios me llama, me elige y me justifica

El sentimiento de desánimo es consustancial a todo ser humano, es consecuencia de los pensamientos negativos que nos embargan sobre nuestra realidad. Es habitual sentirse atrapado por el desánimo cuando las esperanzas se ven frustradas, los proyectos caen como castillos de naipes o las expectativas se ven truncadas. La desilusión es la primera reacción que altera el ánimo. Cuando esta se eterniza y perdura en el tiempo puede llegar a devenir en profundo desánimo y parece que no haya cabida para la satisfacción o la alegría.
Cada uno es rehén de su propia vida. La manera de revertir esta situación depende de cada uno. Cuando te dejas hundir por la tristeza tu alma cae en la desolación y difícilmente puedes afrontar con valentía cualquier situación que se te presente.
La mente se resiente cuando el desánimo hace mella en el corazón. Y cuando más profundo es el desánimo mayor es también la ira que llena el arca del corazón. Así, es fácil verter la responsabilidad sobre Dios o sobre ser terceras personas sino a uno mismo.
No hay circunstancia más dolorosa que manejar de manera inconveniente una frustración porque mal llevada puede llegar a convertirse en motivo de desesperanza. ¿Cuantas veces mi frustración me aleja de los demás pues a nadie le apetece estar acompañado de un permanente quejica, de un amargado e, incluso, de un fracasado?
Dios no desea para nadie actitudes auto destructivas. Solo desea que uno confié plenamente en su misericordia, incluso cuando se vea asolado por los sentimientos más tristes y por las expectativas no cumplidas. Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. Lo recuerda muy bien san Pablo en su carta a los Romanos.
Todo lo que sucede en mi vida es un regalo de Dios para cada día; mientras peregrino por este mundo busca que me asemeje cada día a Cristo. Este es el gran propósito por el cuál Dios me —nos— ha elegido, me —nos— llama y me —nos— justifica, por mero amor y por mera gracia. Lo impresionante es pensar que en la perspectiva de Dios Él ve el futuro de cada uno glorificado en la eternidad del cielo. Si Dios nos ha entregado a Cristo, ¡cómo puedo dudar de que no nos entregará con Él cualquier cosa para hacernos sus semejantes!
Por tanto todo lo que suceda a mi alrededor debo entenderlo como un regalo de la bondad de Dios. Es parte integrante del plan que tiene ideado para mi crecimiento personal, espiritual, familiar y social.

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¡Señor, ayudarme a comprender que todo lo que sucede a mi alrededor son regalos que Tú me haces, que todo forma parte del plan que tienes pensado para mí! ¡Señor, que cada una de esta experiencias las lea desde el corazón, desde la fe y desde la confianza! ¡Hazme, Espíritu Santo, comprender que Dios conoce la historia de mi vida y que no va a permitir si pongo por entero mi voluntad que me desvíe del camino! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a vivir cada una de las experiencias cotidianas con la confianza de saber que siempre está la mano misericordiosa y amorosa de Dios! ¡Concédeme la gracia de leer la vida con espíritu crítico para darle la dimensión que merece, para entender y comprender mi propia realidad, para no quedarme en lo superficial, para dar lo mejor de mi en cada situación! ¡Dame la capacidad, Espíritu divino, del compromiso alcanzar lo que Dios quiere de mí! ¡No permitas que el desánimo me embargue antes los problemas y dificultades! ¡Ayúdame a asimilar las incertezas y ser consciente de que Dios me ama profundamente y conduce mi vida a pesar del sufrimiento y el dolor! ¡Hazme ver que cada situación que vivo es una bendición de Dios, un instrumento útil de su enorme misericordia para mi propio bien!

Y para levantar el ánimo, un ¡Celebra la vida!: