¿Por qué perdonar?

¿Debo perdonar al que me dañado y perjudicado? El cristiano perdona, ¡siempre! porque ha recibido gratuitamente el perdón. La incongruencia más absoluta es aquella que se produce entre el perdón que se recibe y el que se da.
A veces es difícil comprender que la evidencia de los que representamos como cristianos radica en nuestra voluntad para absolver, exculpar, perdonar, exonerar y rehabilitar al prójimo.
Yo me pregunto: por las veces que Cristo me ha perdonado —¡y con cuanto amor lo ha hecho por los pecados cometidos!— ¿quién soy yo para retener y guardar las faltas y las deudas del prójimo? ¿Quién soy yo para considerar las ofensas de los demás hacia mí como motivo de no redención si las comparo con las que yo, habitualmente, cometo con el Dios que todo lo perdona? ¿Por qué tantas veces digo aquello de que «eso no lo puedo perdonar» atándole las manos a Dios para que me pueda perdonar a mí que acudo con frecuencia a Él para pedir mi redención? ¿Por qué olvido la respuesta que el Padre Misericordioso del «este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado» y no soy capaz de entender la paz y la alegría que regresará a mi vida si dejo atrás mis diferencias con el perdón? ¿Por qué olvido que el perdón supone para mi una profunda transformación interior? Solo me queda pedirle al Señor, que la misericordia de su perdón sea tan profunda que eclipse cualquier ofensa hacia mí.

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¡Señor, que eres fuente de amor y de misericordia, que todo lo perdonas, y sobre todo me amas tanto que me perdonas cuando te ofendo, te olvido o te abandono, enséñame a perdonar con el corazón abierto! ¡Abre mi corazón al perdón de los que me ofenden, me hacen daño y me abandonan! ¡Muéstrame el camino del perdón para que no tema cuando las ofensas, el daño y el abandono vuelva a mi! ¡Que mi perdón, Señor, sea una perdón sin límites, desde la interioridad del corazón, de las libertad, de la sinceridad y desde la generosidad! ¡Que no me importe, Señor, perdonar setenta veces siete, sin tomar como referencia el daño que me han causado! ¡Enséñame, Señor, a perdonar incluso a aquellos que nos son conscientes de que me han dañado! ¡Hazme también, Señor, consciente de las veces que yo he ofendido y fallado! ¡Espíritu Santo, que eres Espíritu de amor, transforma mi corazón para que iluminado por tu presencia cambies mis actitudes hacia los demás, ilumines siempre mi mente para abrirla a la verdad, la llene de sabiduría y de amor! ¡Ayúdame a que mi perdón esté impregnado de tu presencia, lleno de generosidad, humildad, sinceridad y pureza! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Perdón, de que los rencores que pueda haber en mi corazón se transformen en amor y que todo mal que surja de mi interior se convierta en una cadencia de bien!

Ven, Salvador, sin tardar, canto de Adviento:

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El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

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¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva:

Grabar en el corazón los mandamientos de Dios

Esta mañana antes de comenzar mi oración he leído pausadamente los mandamientos, los principios que Dios nos ha dado y nos enseñan cómo vivir mejor en el presente y cómo agradarle por la eternidad. La palabra mandamiento carece en la actualidad de mala prensa porque es sinónimo de restricción de las libertades individuales y como sumisión del ser humano al libre albedrío. De esto se acusa habitualmente a la religión: de confiscar la libertad del individuo por la implementación de unas reglas morales y unos intereses espirituales de un hipotético más allá.
Pero la Biblia, al transmitir los mandamientos de Dios, dejó grabado el verdadero propósito de Dios: permitir que el hombre viva feliz junto a Él y sus hermanos. Moisés enfatiza que poniendo en práctica los mandamientos el hombre puede vivir y llenar su corazón de inteligencia y sabiduría.
La palabra que proviene de Dios es un verdadero regalo, una palabra auténtica, revelación pura, promesa y camino de salvación; también es una guía para comportarse adecuadamente en la vida diaria.
Dios nos los regaló para revelar su camino de vida, el camino del amor. Y estos Diez Mandamientos nos enseñan a practicar el amor en cada uno de los aspectos de nuestra vida.
Me pregunto: ¿En qué medida me aplico de verdad el amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo? ¿Soy consciente de que los Diez Mandamientos amplifican el verdadero significado de estos dos valores y que los cuatro primeros mandamientos dejan constancia de cómo Dios quiere que lo amemos y los seis restantes me muestran cómo amar a los demás? ¿Soy consciente de que obedecer los Diez Mandamientos es un requisito esencial para obtener la vida eterna?
Mi propósito de hoy es sentir en mi corazón los mandamientos de Dios, no verlos como unas leyes escritas meramente en una tabla de piedra sino verlos grabados en lo más profundo de mi alma y de mi corazón para recordarlos con asiduidad y obedecerlos siempre.

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¡Señor dame la claridad, la humildad, la fortaleza y la perseverancia para crecer en mi vida espiritual y seguir tus diez santos preceptos con el fin acercarme más a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque eres puro amor y todo lo que existe lo amas con un amor infinito! ¡Te doy gracias porque el primer requisito de tu amor es la libertad que me otorgas para seguir tu voluntad! ¡Señor, por medio de tus Diez Mandamientos quiero amarte más a Ti y a los demás! ¡Por medio del cumplimiento de tus preceptos quiero ser más feliz! ¡Concédeme la gracia por medio de tu Santo Espíritu a expresar mi amor a los demás porque quiero ser feliz! ¡Concédeme la gracia de salvar mi cuerpo y mi ama con el cumplimiento de tus mandamientos viviéndolos con mucho amor! ¡Señor, quiero decirte que amo profundamente tus mandamientos y deseo que me los grabes a fuego en mi corazón para vivirlos con alegría, generosidad y humildad, para amarte, servirte y glorificarte!  

Adelantarse al amor de Dios

Una de mis hijas, universitaria, va a pasar un mes en Calcuta con las Hermanas Misioneras de la Caridad. Me explica una historia que me ha dejado impresionado. En una charla para jóvenes universitarios un sacerdote ha explicado una historia de servicio. El padre inicia la introducción diciendo que hay personas que deciden dar lo mejor de su tiempo al servicio de los demás. Que hay universitarios que, en su tiempo de vacaciones, deciden dedicarlo a servir al prójimo. Les explica la historia de unos jóvenes  que fueron a un hospicio de Nairobi (Kenia) dedicado a niños recién nacidos, muchos de ellos abandonados o moribundos, cuidados por las hermanas de la Madre Teresa. Uno de esos voluntarios, a su regreso de África, escribió una carta con sus experiencias que resumo: Cuando llegó a Nairobi se preguntaba como ellos, inexpertos universitarios, podrían ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa… lo que tenían claro es que tenían la intención de darse totalmente a los demás. Lo que no sabían era que iban a recibir más de lo que iban a dar… Entraron en un tugurio sin muebles y sin apenas luz. Quien escribe la carta se quedó bloqueado en la habitación. Nunca había visto nada parecido. Sus compañeros se fueron dispersando por las distintas estancias según las indicaciones de las hermanas… pero él permaneció inmóvil hasta que una monja le preguntó en inglés: «¿Has venido a mirar o quieres ayudar?». Y le invitó a tomar en sus brazos a un niño que lloraba desconsoladamente pero sin apenas fuerzas en un rincón de la casa. Cuando lo tomó delicadamente sintió que aquel cuerpo diminuto estaba muy caliente. La hermana le dijo: «Lo bautizamos ayer. Ahora mantenlo en tus brazos y dale todo el amor que seas capaz de dar. Dáselo a tu manera». Dicho esto, se alejó dejando al inexperto universitario con aquel niño de dos años en brazos. Así, lo arrulló, le cantó, le dio besos, ternura y cariño. A los pocos minutos aquel niño dejó de llorar y se quedó dormido. Pero pasaron los segundos y el niño parecía que no respondía a nada. Nervioso, se dirigió a la misionera de la caridad, exclamando: «¡No respira!». La monja se acercó a él y certificó su fallecimiento, sabía desde el principio que ese niño se estaba muriendo y mirándolo a los ojos le dijo: «Este niño ha muerto en tus brazos y tu te has adelantado unos minutos con tu cariño a todo el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad».
¡Qué impresionante que cada uno pueda adelantarse al amor de Dios por toda la eternidad a todas las personas que nos rodean con nuestra actitud, con nuestra ternura, con nuestra manera de comportarnos, con nuestras palabras y nuestras acciones! ¡Que impresionante es pensar que Cristo quiere amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi comunidad parroquial… a través de mis gestos y mis actitudes! ¡Un gesto de amor adelante todo el amor que Dios dará en la eternidad!

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¡Señor, que sea capaz de darme siempre a los demás para vencer mi egoísmo, mi intentar hacer mi voluntad y no para complacer sólo mis deseos y mis necesidades! ¡Señor, no permitas que nunca me quede bloqueado ante el sufrimiento ajeno, ante el dolor y la tristeza del que tengo al lado! ¡Señor, que sea capaz de adelantarme al amor del Padre con mis actitudes, con mis gestos, con mis palabras, con mis miradas, con mis sentimientos, con mis acciones! ¡Que los demás sientan que mi corazón están lleno del amor de Dios! ¡Que siguiendo tu ejemplo sea servicial, amoroso y tierno con los demás! ¡Que sea capaz de seguir tu camino! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu, para que purifique mi corazón y de entrada al amor de Dios, nuestro creador y salvador! ¡Envía, Señor, al Espíritu Santo para que se convierta en el guía que me conduzca al corazón de Dios! ¡Señor, enséñame a amar conforme a tu corazón para que mi vida sea un reflejo luminoso de tu luz! ¡Te entrego mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, mis sentidos, mis actitudes para que obres en ellos y sean transformados para amar bajo el diseño del reino celestial!

Amar y servir, la canción que ilumina hoy esta meditación:

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

Unir mis manos a las de María

Primer domingo de mayo con María, Señora de la alegría, en el corazón. Este tiempo de Pascua, que es tiempo de alegría, que es tiempo de luz y de esperanza por la Resurrección de Cristo que ilumina cada uno de los pasos de nuestra vida, ¡qué hermosura que coincida con el mes de mayo, el mes de María!
Vivir la Pascua en el mes de la Virgen te permite ponerlo todo sus manos, esas manos que cogieron tiernamente a Jesús en el pesebre de Belén, que acurrucaron al mismo Dios y lo presentaron a los Reyes de Oriente y en el Templo de Jerusalén. Esas manos que vistieron a Jesús en su infancia, que le prepararon con amor la comida en la casa de Nazaret, que acariciaron su rostro al despedirse del Señor cuando iba a iniciar su vida pública, que se unieron en oración con san José y con Jesús en la sinagoga, que sostuvieron con firmeza al Señor al pie de la Cruz cuando el Dios hecho hombre se hizo débil por nuestra salvación.
Esas manos marianas se abrieron en acción de gracias el domingo de Resurrección para dar gracias al Padre al acoger con alegría la gracia de la Pascua y exclamar junto a las mujeres: ¡En verdad ha resucitado!
Esas manos, santas y humildes, generosas y tiernas, dispuestas y entregadas, discretas y prudentes, delicadas y consoladoras son manos abiertas para acoger las preocupaciones y necesidades de cada uno de sus hijos. Son manos que te enseñan a estar siempre dispuesto y entregado a acoger al prójimo.
El mes de mayo comienza a pasar las páginas del calendario. Me pongo en manos de María, uno las mías a las de Ella para en oración avanzar en el camino de la esperanza, para dar gloria y alabanza al Padre, para que derrame su gracia sobre todos y cada uno de los hombres. Y, al mismo tiempo, uno mis manos a las de Ella para que lograr que mis propias manos den frutos abundantes de caridad, de misericordia, de consuelo, de repartir amor, de honestidad, de hacer trabajo bien hecho, de llevar a mi fe al corazón de los hombres, de acoger los problemas del prójimo, de servir con amor intenso…
Las manos de María son manos de ternura. ¡Que la Virgen me ayude a lograr que las mías se conviertan también en manos consoladoras, entregadas y abiertas a la gracia del amor, del perdón y de la misericordia!

 

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¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de la Gracia, porque Tu eres la dispensadora de todas las gracias y mi salvación está en tus manos! ¡Uno mis manos a las tuyas, Señora, en oración sincera para sentir tu amor, tu ternura y tu protección materna! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque fueron manos que alabaron al Padre y dieron gracias por tantos frutos en tu vida y son muchas las gracias que tengo que agradecer a Dios y mucho camino por recorrer para hacer siempre su voluntad! ¡Uno mis manos a las tuyas, Virgen Santa, porque son las manos que me indican el camino para llegar hasta tu Hijo! ¡Uno mis manos a las tuyas porque tus manos tiernas y delicadas desbordan el amor de Dios sobre cada ser humano! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque son manos bendecidas por Dios y me apartan del pecado! ¡Uno mis manos a las tuyas, dulce Madre, porque fueron manos que acunaron a Jesús en Belén y me enseñan a arrullar a todos aquellos sencillos que a mi alrededor buscan mi consuelo y mi oración! ¡Uno mis manos a la tuyas, Virgen María, para seguir tu ejemplo de servicio y convertirme en servidor del prójimo desde la humildad y la sencillez! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, para que las bendigas y las hagas delicadas con el prójimo, para que nunca aprisionen y sepan dar sin calcular y tengan la fuerza de bendecir y consolar! ¡Uno mis manos a las tuyas para orar contigo, y al igual que tus manos mecieron el cabello del cuerpo inerte Jesús al bajarlo del madero, que sea capaz de mecer los de los más necesitados a mi alrededor! ¡Manos orantes de María, me uno a ti para pedirte por mi santidad y la de los míos, por mi alegría cristiana, por mi entrega auténtica, para no quejarme nunca y ser un verdadero hijo de Tu Hijo!

En tus manos María, cantamos hoy:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

¿Cómo puedo contemplar hoy la Cruz del Señor?

Viernes Santo. Contemplo hoy a Jesús muerto en la cruz. ¡Increíble que alguien que fallece en la cruz me pueda atraer tanto! ¡Sorprendente porque la visualización de alguien prendido a una cruz de entrada no es una imagen agradable más al contrario es algo doloroso e, incluso, aberrante! Y, en cambio, en la imagen de esta cruz esta la presencia misma de Dios.
¿Cómo puedo contemplar hoy la Cruz del Señor? Este el mensaje del misterio cristiano. Dios se esconde detrás del sufrimiento, de la pequeñez, de la debilidad, de las flaquezas humanas. Se esconde, incluso, detrás de las injusticias, de la crueldad, de los intereses espurios de unos y de otros. Lo que me muestra la cruz es una entrega por amor a los demás. Por eso recuerda Jesús que hay que dar la vida por el otro. Que en medio del mundo debo estar dispuestos a dar la vida por los demás, a amar al otro más que a mi mismo, sino no podré dar fruto, no podré considerarme auténtico seguidor suyo.
Cuando Jesús dijo que el soberano de este mundo sería expulsado, se refería que en el mundo reinaría el odio, la envidia, la soberbia, el egoísmo… la base de cualquier mal. La cruz significa todo lo contrario. Amar incluso a aquellos que te quieren mal. Es el reinado del amor por encima de la muerte. La capacidad que tenemos los seres humanos para amar incluso allí donde parece que todo es oscuridad. No es posible observar la cruz sin una mirada de amor.
Por eso se te llena el corazón cuando observas a tantas personas que en la vida son capaces de amar desprendiéndose de si mismas, que sacrifican su existencia por los otros. Con pequeños gestos en la vida de cada día. Y Jesús me recuerda exactamente que con estos gestos es cuando el ser humano se une enteramente a Dios. Se hace uno con Él porque Dios mismo se ha hecho hombre dando la vida por amor. Para ser modelo de humanidad. La auténtica humanidad es aquella que es capaz de dar la vida por los demás.
Hoy estoy invitado a contemplar la cruz del Señor. Ser consciente de que mirando a la cruz puedo tomar el camino de seguir mis propios intereses o la senda de darme a los demás. Ser capaz de juzgar y condenar o de perdonar. Ser capaz de guardar rencor o de amar. De exigir justicia o ser capaz de olvidar.
Mi modelo es Jesús, hoy prendido y agonizante en la cruz. El mensaje es ser capaz de llevar este modelo a mi propia vida personal. Pero no dejar de ser un misterio como este Dios hecho hombre no ha venido a juzgar sino a perdonar y que su juicio ha sido entregarse en la cruz, que no ha venido a buscar la gloria sino dar la vida por la salvación del hombre.
No hay misterio más grande. En este día comprende que debo ser capaz de amar por encima de todo, sobre todo y antes que todo. Solo así es posible entender que significa ser cristiano. No se trata simplemente de seguir unos rituales, esto lo puedo hacer con los ojos cerrados; lo importante es seguir a una persona, a Jesús de Nazaret, tenerlo como modelo de humanidad, de amor, de servicio, de entrega, de generosidad. Un modelo de alguien que fue capaz de amar incluso desde la cruz, que perdonó a los que le condenaron, que ama por encima de todo. Cuando el amor llega a un punto tan álgido comprendes cual es el destino de tu existencia, de tu vivir cotidiano. El día de hoy, con Cristo muerto por amor en la Cruz, tomo constancia de mi ser cristiano. Que Cristo es mi modelo. Y que la cruz el símbolo de mi fe.

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¡Señor, tu exclamas “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y eso es lo que te pido, tu perdón por mis cobardías, por mis egoísmos, por mi falta de compromiso, por mi persistencia en caer en la misma piedra, por mis faltas de caridad, por mis faltas de amor, por mis indiferencias con los demás, por mi corazón cerrados al perdón, por mi prejuicios, por mi tibieza, por mi falta de generosidad, por no seguir con autenticidad las enseñanzas del Evangelio, por mi mundanalidad, por mi falta de servicio… por todo ello, perdón Señor! ¡Enséñame a amar como lo haces Tú, entregarme como lo haces Tú y perdonar como lo haces Tú! ¡Señor, Tú le prometes al buen ladrón que “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” y por eso te pido hoy que sepa mirar a los demás con Tu misma mirada de amor, perdón y misericordia! ¡Hazme, Señor, ver sólo lo bueno de los demás y que no me deje llevar por las apariencias! ¡Concédeme la gracia de acoger siempre al necesitado, de no juzgar ni criticar y tener siempre palabras de amor y consuelo al que lo demanda cerca de mí! ¡Señor, tu exclamas “He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre”, por eso hoy te doy las gracias por esta donación tan grande que es Tu propia Madre! ¡Que sea capaz de imitarlas en todo cada día! ¡Señor, tu gritas angustiado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en este grito yo me siento identificado con mi angustias, mis problemas y mis dificultades! ¡Confórtame siempre con tu presencia, Señor! ¡Envía tu Espíritu para que me ilumine siempre y me haga fuerte ante la tentación, seguro en la dificultad, tenaz en la lucha contra el pecado y firme ante los invitaciones al mal de los enemigos de mi alma! ¡Señor, tu suplicaste que un “Tengo sed”! ¡Yo también tengo sed de Ti porque son muchas las necesidades que me embargan pero las más grandes son tu amor, tu esperanza, tu consuelo y tu paz! ¡Ayúdame a no desconfiar de Ti, Señor, porque Tú eres la certeza de la Verdad! ¡Que nada me aparte de Ti, Señor, pues es la única manera de saciar mi sed! ¡Señor, tu dices que “Todo está consumado” pero en realidad me queda mucho camino por recorrer! ¡Ayúdame a serte fiel, a tomar la cruz y seguirte, a levantarme cada vez que caigo, de dedicarme más a los demás y menos a mi mismo, a contemplar la Cruz como una gracia y no como una carga, a descubrir que en la cruz todo se renueva, que es el anticipo de la vida eterna! ¡Señor, tu exclamas “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, yo también pongo las mías en tus manos para que las llenes de gracias, dones y bendiciones, para que me agarre a Ti, para sentirme seguro y protegido! ¡Señor, ayudarme a orar más y mejor, a darte gracias y a bendecirte, a maravillarme por tu amor y tu gracia!

Acompañamos al Señor con este profundo Stabat Mater: