Transfigurado con Cristo

Hoy la Iglesia nos regala la fiesta de la Transfiguración del Señor. ¿Qué sentido tiene la palabra transfiguración para mi?

Tengo un amigo que es cirujano plástico, especializado en el rejuvenecimiento facial de del rostro. Se muestra orgulloso presentando el resultado de su trabajo médico: un hombre o una mujer en el antes y el después de su operación para cambiar su aspecto. Y comenta siempre la felicidad de sus pacientes con el cambio experimentado. Es un mal ejemplo que me ayuda a comprender la reacción de los apóstoles que presenciaron la Transfiguración de Jesús. Un hecho extraordinario al contemplar como Cristo cambia por completo.

Pero en Jesús hay más que una transformación de su persona. Si los apóstoles mantuvieron tan vivo el recuerdo de esta Transfiguración de Jesús es porque no solo fueron testigos de aquel hecho sino que ellos mismos también fueron transformados.

A través de esta escena comprendemos que los apóstoles experimentaron en su carne el rostro divino de aquel hombre con el que viajaban, comían, compartían experiencias… Sentían que había más en él de lo que veían todos los días: una luz divina, una fuente de agua viva, una belleza diferente a cualquier otra, algo que ningún otro hombre tenía. Y eso que se experimenta no puede olvidarse. Esto es lo que el relato de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor expresa.

Para Pedro, Santiago y Juan, que representan no solo a los demás apóstoles sino a los que seguimos a Jesús a lo largo de la historia, Jesús no solo es un hombre es, también, un ser divino, lleno de luz divina, de la belleza divina que brilla en él. La presencia de Moisés y Elías con quienes Jesús habla en la historia de la Transfiguración marca la continuidad del Plan de Salvación de Dios para la humanidad que Jesús cumple total y definitivamente, porque él es la Palabra de Dios hecha carne. Es la revelación perfecta de Dios a la humanidad.

Esta revelación de Dios, esta luz de Dios, esta belleza de Dios que habita en él, Jesús no quiere guardársela para sí mismo. Quiere comunicarla y compartirla. Esta es la misión que cumple predicando, sanando, yendo tan lejos como para morir en una cruz. Jesús, la Luz del mundo, quiere que se derrame sobre aquellos que lo acogen, que lo reconocen en la fe como el enviado del Padre.

¿Y qué aplicación tiene este hecho extraordinario en mi vida? A través del bautismo tenemos la suerte de convertirnos en partícipes de la naturaleza divina, hermanos y hermanas de Cristo por adopción. La luz de Jesús está en nosotros y se extiende a nuestro alrededor. «Vosotros también sois la luz del mundo», nos anuncia Jesús en el Monte Tabor.  

¿Cómo ser la luz del mundo? Permitiendo que la luz de Dios pase a través de mis gestos, mis acciones, mis palabras, mis preocupaciones, mis compromisos, mis actos. Amando, llevando una vida de oración, aceptando el sufrimiento. Si lo reconozco en mi por la fe, me transfigurará a su vez, sin ni siquiera notarlo. Y sorprenderá escuchar a la gente decir: «Tiene algo especial. Cuando me acerco a él, me siento bien, me siento mejor». La luz de Dios se manifiesta de varias maneras. Puede brillar como un sol invasor al igual que en la Transfiguración de Jesús, pero también puede brillar a través de rayos más finos e intermitentes. Siempre es la misma fuente de luz que está trabajando, es Dios mismo por su Espíritu y por sus dones.

Se trata de brillar a nuestra manera como Jesús, que no tenía otra preocupación que darse plenamente a los demás, amar a sus hermanos y hermanas entregándose totalmente, como todavía lo hace cada día en la Eucaristía donde tenemos la fortuna de compartir su Cuerpo y su Sangre redentora.

¡Señor, gracias por el gesto extraordinario de tu Transfiguración en el monte Tabor, por antes de tu Pasión; nos muestras que tu divinidad! ¡Nos enseñas que te transfiguraste después de una tiempo de profunda oración para que Dios se hiciera presente en tu vida; que este hecho se convierta en un punto de encuentro contigo y con el Padre! ¡Quiero sentirme siempre cerca tuya, gozando del anticipo del cielo, como le ocurrió a tus tres apóstoles! ¡Quiero sentir siempre tu presencia, Señor! ¡Quiero darte gracias, Señor, porque en este hecho preanunciaste tu muerte en la Cruz, testimonio de tu amor, camino para nuestra salvación! ¡Gracias, Señor, porque tu transfiguración es ejemplo de tu amor! ¡Ayúdame a ser luz del mundo! ¡Ayúdame, Señor, a caminar sin miedo por este valle de lágrimas; que no tema al sufrimiento; que viva siempre con la esperanza de que mi destino es el cielo prometido; que allí veré la gloria del Padre; que no tenga miedo a vivir momentos de dificultad y sufrimiento porque Tu siempre estás conmigo! ¡Señor, Tu me enseñas que la vida es sacrificio y que por medio de este mi vida es mas plena! ¡Enséñame, Señor, también a orar como hiciste intensamente antes tu Transfiguración, para tener una estrecha comunión contigo y con el Padre, para transformar mi vida, para aprender a amar más al prójimo, para ser cada día mejor, para vivir el mandamiento del amor, para renovar mi camino hacia la santidad, para iluminar mi camino! ¡Señor, te pido por nuestra Iglesia Santa que en este tiempo sufre tanta persecución en el mundo, para que camine transfigurada a tu lado; te pido por el Santo Padre y por todos los obispos y sacerdotes, para que sirvan con fidelidad a todos los fieles! ¡Y, Señor, ayúdanos a todos los que te amamos a brillar en este mundo para que sigamos caminando al resplandor de tu luz, siempre con esperanza, con generosidad, con caridad y amor!

Amarlo todo

Tengo una amiga que cultiva un huerto en su casa de la montaña. Tiene animales. Participa en Redes de Comunidades Sostenibles. Ella te enseña a amarlo todo. Un lirio del campo. Un calabacín de su huerto, un gato abandonado en el jardín de su casa, una sonrisa de una anciana a la que acompaña una vez por semana. Es de la opinión que es necesario pararse a contemplar y admirar la belleza de todo lo que nos rodea; y no solo eso: descubrirla. Mirarlo todo en perspectiva de eternidad. Como ella no es practicante, desde la idea del cristianismo, yo añadiría: elevarlo todo hacia Dios. 

Lo hermoso de todo lo que nos sucede es que todo es amasijo de barro, todos estamos amasados amorosamente de una materia eterna porque el hombre —creyente o no—trata de manera pertinaz y persistente de construir en lo duradero. De ahí que cuando alguien consigue un hito, del que sea, tener un hijo, pintar un cuadro, diseñar un prototipo de un automóvil, escribir un libro, levantar un huerto y obtener frutos de él… se experimenta una alegría profunda. 

Somos vida. Por eso es tan importante el valor de amarlo todo, profundamente, momento a momento, con el latido vivo de un corazón abierto y abrazar siempre para ver que el amor se ha de vivir sin etiquetas, sin formas definidas y sin definiciones.

Esta es nuestra misión: amarlo todo con el corazón dando y derrochando amor teniendo a Dios Amor como el fin, el fundamento y la fuerza de todo con nuestra fe, esperanza y caridad. Amarlo todo para gozar de la belleza de la vida, pero no atándonos como unos esclavos a ella porque la belleza no es más que un rayo de luz y el ser humano está pensado en la mente de Dios para el sol, no para las tinieblas de la noche pues es allí donde se pierden los reflejos de la eternidad a la que todo ser humano debe aspirar.

¡Señor, enséñame a amarlo todo; amor lo que vivo, con quienes vivo, con lo que me rodea, con quienes me rodean! ¡Ayúdame, Señor, a comprender que la vida cristiana no consiste en acudir a la iglesia, ni rezar mucho, ni partir de los sacramentos, ni arrepentirme de mis pecados, que también; la vida cristiana es amar, amar al que es Amor y Creador de todo, para dárselo a los demás! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a abrir siempre mi corazón al amor, a traducirlo en obras concretas! ¡Mi corazón, Señor, anhela amarte, buscarte, descubrirte y escucharte! ¡Abre, Señor, mi corazón al encuentro porque necesito que haya vida en mi vida! ¡Deseo amarte, Señor, por eso te pido que transformes mi corazón para amarlo todo con verdad, para ser instrumento de amor en cada uno de los momentos de mi vida!

Estar entre los elegidos de Cristo

La segunda venida de Cristo se producirá en el momento en que esté en los planes de Dios. Es la promesa de Cristo. Y quiero que me coja preparado. Hacerlo con el corazón abierto a su gracia. Con la humildad suficiente, con la manos rebosantes de esfuerzos, de sacrifico, de entrega hacia el prójimo, de paciencia, lleno de escucha al que lo necesita, de atención al que lo reclame, siendo capaz de comprender al que ahora no comprendo, soportando lo que me corresponda, sabiendo llevar las cruces cotidianas pero sobre todo y, por encima de todo, amando. Con un amor pleno a la mesura de Cristo. Con mi debe y haber bien cuadrados. Habiendo dado lo mejor de mi mismo a los demás, habiendo abierto mi corazón a los que lo necesitan, a los que claman misericordia, justicia y amor.

Pero como soy quebradizo, frágil e inconsistente me embarga cierto temor por no dar la talla, por fallar en lo esencial que es el amar con la medida de Cristo; de no estar a la altura de la Buena Nueva que se predica en el Evangelio, de no tener la fortaleza y el coraje para ser lo que Dios quiere de mi, por no tener la fuerza de voluntad para hacer lo que corresponde, de caer en la tibieza de las debilidades humanas, de perseverar en la fe, en la oración, en la vida de sacramentos, de no ser capaz de darme con el corazón abierto. 

Mi vida no tiene sentido sin una entrega real a la buena nueva del Evangelio. Por eso, no puedo más que suplicar al  Señor que envíe cada día sobre mi al Espíritu Santo para que me otorgue la gracia de tener un corazón abierto a su misericordia, un corazón siempre agradecido, un corazón generoso, un corazón desprendido, un corazón que busque la felicidad, un corazón que rechace el pecado, un corazón que ame, un corazón que se abra al servicio humilde y generoso, un corazón que se asemeje al de Cristo para que Él viva en mi. Es una petición sincera pero no es posible llevar el apellido de cristiano si no me aplico en mi vida la máxima fundamental de la vida cristiana: amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo.

Anhelo estar entre los elegidos de Cristo y nada me tiene que separar de este hermosísimo deseo.

¡Señor, abro mi corazón de par en par y me pongo en tu presencia te pido para que abras los ojos de la mente y los oídos del corazón y me hagas un cristiano bueno, fiel, servicial y amoros para que, escuchando tus palabras de amor, las haga vida en mi vida! ¡Señor, soy consciente de la infinidad de veces que me alejo de Ti, que mi forma de actuar no es coherente con tu Evangelio, que no te amo sobre todas las cosas, que las cosas del mundo me vencen y me distraen y no soy capaz de darlo todo por Ti ni por el prójimo! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu sobre mi para que me otorgues la fuerza de perseverar siempre y para que renovado por tu perdón camine con paso firme hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la Gracia de servir al prójimo con mucho amor y convierte mi corazón para que desde el desprendimiento, la generosidad, la humildad y la entrega todos sientas tu presencia en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que aunque me aparte del camino salgas cada día a mi encuentro y me muestres el camino del amor! ¡No permitas, Señor, que mis egoísmos y mi soberbia me elejen de ti porque quiero seguirte y amarte con todas mis fuerzas y con todo mi corazón! ¡Concédeme, Señor, el vivir plenamente el amor con mi prójimo, amándolo como Tú me amas a mí! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos, dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí, lo que debo realizar y sufrir y dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar!

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero»

«Señor, tú sabes que te quiero». Esta frase la repito esta mañana en la oración al Señor a sabiendas de que soy tan quebradizo como Pedro. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» y al pronunciarla siento esa ternura y esa delicadeza del Señor para conmigo. Esa actitud que tiene de no pedirte nada a pesar de haberse dado Él por completo en una entrega generosa, en una comunión con el Padre, Dios de la misericordia, amoroso y tierno.
Pero ¿como no vas a contestarle «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» como cuando a Pedro te formula cada día esta pregunta?: «¿Me amas?». «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Le amo a pesar de esas barreras que tantas veces le pongo, de esos afectos mundanos, de esas situaciones que limitan mi amor, de esa cerrazón de mi corazón para ser generoso y servicial, de esos afanes de la vida que me esclavizan, de esos pensamientos no siempre auténticos… Lo reconozco, soy como Pedro pero como él puedo afirmar con rotunda sinceridad: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso aunque caiga voy a intentar mejorar cada día, serle fiel cada día, tener más fe cada día, buscar la santidad con más ahínco cada día, darme a los demás con amor cada día, hacer la vida más agradable a los que me rodean cada día…
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es un amor que traspasa mis limitaciones porque a pesar de todo sigue llamando con insistencia a mi corazón y mi vida. Y cuando me pregunte hasta tres veces como a Pedro «¿Me amas?» se me pondrá la misma cara de tristeza y no me quedará más remedio que mirar hacia lo más profundo de mi corazón y darme cuenta de mis negaciones, de mis miedos, de mis incertezas. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» por eso quiero comenzar de nuevo, dejarme guiar por Él, por su amor, por su gracia y por su dirección y no por mis propias y siempre frágiles capacidades y fuerzas.
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y como le quiero necesito sentir su mirada, confiar en Él, unirme a Él, dejarme apacentar por Él, imitarle en todo; crecer en el amor, madurar en mi vida cristiana, aprender a pedir perdón y a perdonar con el corazón, santificar mis jornadas…

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¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡Señor, te amo y pongo todas mis esperanzas en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque ya sabes que mi corazón, frágil y quebradizo, no es capaz muchas veces de dártelo todo porque está contaminado por egoísmos y mundanidades! ¡Señor, tu sabes que te quiero y a veces me resulta muy sencillo decirlo pero no demostrártelo porque en lo íntimo de mi ser y de mi corazón se acomoda el pecado que limita mi vida y arrastra mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo te necesito para levantarme cada día, para unirme más a Ti, para perdonar y ser perdonado, para caminar en tu presencia, para mejorar cada día, para abandonarme a tu gracia y a tu misericordia! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque tantas veces lo mundano me nuble, las cosas de este mundo me impiden entregarme a Ti como mereces, mi corazón desvíe mis verdaderas intenciones y la tentación me venza tantas veces! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo quiero amar como tu amas, sentir como tu sientes, actuar como tu actúas por eso es tan necesaria en mi tu gracia para vencer los apegos y egoísmos que invaden mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te amo y necesito que te hagas muy presente en mi vida para renunciar a todo lo que me aparta de ti! ¡Señor, tu sabes que te quiero, no permitas que lo diga solo de boquilla, con palabras bonitas sino con el corazón abierto, que sea un amor vivido y encarnado en mi propio vivir! ¡Señor, tu sabes que te quiero y sabes también que confío plenamente en tu amor, en tu gracia y en tu misericordia y en la promesa de que estarás conmigo hasta el final de la vida; por eso Señor te pido me acompañes en mi crecimiento como persona y como cristiano para que, transformando mi corazón soberbio y egoísta, me permitas amarte más, amar más al prójimo y tener un corazón más humilde, generoso, amable, caritativo y misericordioso!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy.

Ser testimonio del amor

Acabo de terminar una novela magna que abarca una gran parte de la historia de Roma, desde Nerón a Trajano. En este escenario aparecen como es de suponer la figura de tantos cristianos devorados por esa Roma arrogante e imperial. Pero serán ellos los que sobrevivirán a aquel Imperio basándose exclusivamente en una máxima, como le recuerda san Juan al emperador Domiciano antes de que éste ordene introducirlo en un gran caldero con aceite ardiendo por negarse a reconocerlo como el único dios, martirio del que saldrá indemne: «Nosotros solo reconocemos al Dios-Amor. Hemos abrazado un nuevo mandamiento, que es el amaros los unos a otros como Él nos ha amado. Con esto le demostramos que somos sus discípulos, en el amor que nos manifestamos el uno por el otro».
Es el amor mutuo que vivieron los primeros cristianos lo que nos da la mejor explicación para la rápida difusión de la Buena Nueva que se extendió como un reguero de pólvora por todo el Mediterráneo con Pablo y Bernabé, quienes transmitieron el mensaje de Jesús a los nuevos discípulos. «Ámense los unos a los otros».
Durante la historia de la Iglesia, esta inspiración soplará en la vida de las comunidades cristianas: en el momento de las persecuciones, los cristianos de las catacumbas se apoyaron mutuamente en un amor mutuo que hizo la admiración de sus perseguidores. En la Edad Media, se comenzaron a establecer hospicios, leprosarios y hospitales para acomodar a los pacientes, a menudo descuidados por las familias o marginados por la sociedad. Luego son los trastornos de las revoluciones en Europa los que provocan una renovación en la sociedad al servicio de la educación, los trabajadores, las personas desplazadas, las personas oprimidas de todo tipo que culmina en el Concilio Vaticano II.
La Palabra de Dios recibida y puesta en práctica en el amor mutuo es capaz de crear cielos nuevos y una tierra nueva. El mundo de hoy necesita con urgencia este testimonio. Las pendientes hacia el estrechamiento de las aspiraciones —el «No me importa» o el «No tengo nada que ver con los demás»—, la ceguera del consumo excesivo y las luchas de poder para dominar el mercado, la deriva de los radicalismos… solo pueden sanarse si los discípulos de Jesús de hoy sabemos, con la ayuda del Espíritu Santo, ser testimonios de que algo más es posible al vivir esta caridad fraterna que va más allá de los conflictos y de las fronteras de todo tipo.
El amor mutuo se ordena porque así es como uno entra en la estela del mismo amor de Dios por la humanidad. Es porque seguimos a Jesús y somos sus discípulos que los cristianos deseamos vivir en amor fraternal más allá de los estándares sociales y humanos, una señal del amor de Dios por la humanidad, lo que el Nuevo Testamento denomina «ágape».
El amor fraternal en la vida diaria y en la situaciones concretas de la vida manifiesta la presencia de un Dios-Amor. Los cristianos nos convertimos así, como dice Jesús, en la «sal de la tierra» y la «luz del mundo». No podemos presentarnos a nosotros mismos como superiores a nuestros conciudadanos, pero testificando, amándonos unos a otros, manifestando que estamos llenos de un amor que nos supera y que nos hace entrar en el misterio de un Dios que es Amor es como se enfrenta San Juan al emperador Domiciano, «si Dios nos ha amado de esta forma sublime, nosotros también debemos amarnos unos a otros».
He pensado mucho durante la lectura de esta novela. Cuando el amor fraternal se deja habitar por el amor de Dios, naturalmente se convierte en misericordia. De hecho, la misericordia es el fruto del amor. Es esta sensibilidad interior a la miseria de nuestros hermanos y hermanas y a la nuestra.
Esta miseria a menudo se experimenta como un peso aplastante. Cubre todos los límites que encontramos en nuestros diversos caminos. Se llama rechazo, odio, envidia, egoísmo, dominación, orgullo.
Se podría decir que cuando el amor fraternal se envuelve en la misericordia, florece en su mejor momento. De hecho, cuál sería el uso de un supuesto amor fraternal que no sea capaz de mantenernos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad del amor misericordioso del Padre.
Esto te enseña a girar siempre la mirada al rostro perfecto del amor misericordioso de Dios. Está aquí, en el corazón de nuestras vidas. Lo podemos encontrar cada día en el pan y el vino consagrados por el que Jesús da su la vida por el mundo.
Podemos estar seguros de que Él continúa, a través de este alimento espiritual, desarrollándose en los corazones de aquellos que nos declaramos sus discípulos, a pesar de nuestros límites, para demostrar al mundo que es el amor el que transforma, el amor que nos ha dejado el Cristo que verdaderamente ha resucitado.

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¡Padre, Dios-Amor, que mi primer pensamiento de la mañana esté dirigido a Ti y después al prójimo! ¡Cuando salga de casa para ir a trabajar, muéstrame al prójimo para darle mi amor! ¡En el seno de mi hogar, hazme dador de amor! ¡Mientras hago oración, que mi oración sea de agradecimiento a Ti, de transmisión de amor, de perdón y de misericordia! ¡Dame, Señor, la capacidad para amar en las alegrías y en las penas! ¡Te glorifico, Señor, Padre nuestro, y te doy infinitas gracias por tu inmenso amor y porque me invitas a amarnos unos a otros, y al amarnos con el corazón abierto, te amamos a Tí y te reconocemos como Padre de amor y de misericorida! ¡Tu, Señor, eres fuente viva de la vida y del Amor infinito, en Ti nos reconocemos hermanos, creados a tu imagen y semejanza; enséñame en mi condición de hijo tuyo a cumplir tu mandamiento de amar al que tengo cerca, sea quien sea, como Tú me amas! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para amar más y mejor al prójimo porque solo así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo y cumplo el mandamiento del amor! ¡Señor, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma, de mi mente y corazón; pero te pido para ello que transformes mi corazón para eliminar todos aquellos rencores, resentimientos y emociones negativas que impiden abrir mi corazón hacia los demás! ¡Concédeme la gracia de desprenderme de esas emociones negativas que me impiden el crecimiento de mi alma y me impide amar como amas Tu!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que trabajabas para atender a Jesús y lo recibías contenta cuando llegaba cansado del trabajo: concédeme tener la alegría siempre a punto y ayudar a los cansados.
Te ofrezco: tratar de estar más alegre con los que me rodean y tratarlos con mucho amor.

Sospecho que hoy empiezo a ser canción

«Sospecho que hoy empiezo a ser canción. Y tengo la impresión de que seré tu sol si logro ser tu canto». Esta frase procede de una canción de Silvio Rodriguez que tocaba de fondo en un bar hace unos días donde me tomaba una caña con un cliente. Le dije: «Perdona, pero déjame de acabar de escuchar este letra porque me interpela a ser corazón que transforme».
El cristiano está llamado a ser canción sanadora, misericordiosa, amorosa, generosa, entregada, transformadora del prójimo. Acompañamiento que seque lágrimas y ahogue llantos, que enderece veredas torcidas y reposo para corazones doloridos. Son muchos los que a nuestro alrededor necesitan escuchar el canto de la ternura y de la esperanza, del consuelo y de la compasión, del amor y del cariño.
El prójimo debe sentir siempre que estás abierto al abrazo, a la escucha, a hacer más bello lo que nos rodea. Como dice la canción del cantautor y poeta cubano ser sol; ¿Sol? Sol que ilumine el camino del otro, luz que haga brillar la vida del prójimo.
Dios nos pone en el camino de muchas personas, a veces sin ser conscientes, para empezar a ser canciones hermosas que transmitan alegría y despierten sueños de esperanza.
Ser canción para el prójimo es ser buen samaritano; es no ponernos en el centro a nosotros mismos sino a los que nos interpelan. Depende de mí ser o no ser un canto hermoso para el prójimo. ¿Cuantas veces me hago prójimo o simplemente paso de largo antes las necesidades del otro?

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¡Señor, ayúdame a ser canción sanadora y purificadora para el prójimo! ¡No permitas, Señor, que pase de lejos ante las necesidades de las personas que tengo cerca; ayúdame a acercarme a ellos y a contagiarme de sus necesidades para a través tuyo convertirme en un instrumento de compasión, de ternura, de amor y de misericordia! ¡Hazme, Señor, canto de esperanza para dar palabras que consuelen, abrazos que sanen, miradas que interpelen, silencios que escuchen! ¡Ayúdame a tener la valentía de acercarme al que necesita de consuelo, de tu presencia, del que está en horas bajas y clama levantarse! ¡Señor, hazme tener tus mismos sentimientos de servicio humilde y de entrega generosa! ¡No dejes, Señor, que cuando alguien requiera de mi entrega me aleje de él, de un rodeo para no encontrarlo; hazme ser, Señor, compañero en sus caminos de sufrimientos, dolor, tribulación y desesperanza, amigo en sus necesidades y soledades, cercano en sus cansancios y tristezas! ¡Ayúdame a ser canción para que al escuchar mi canto sientan que quien entona esa música y esa letra eres tu con tu presencia!

Orar no es más que dejar que el amor hable del amor

Anochece. Me encuentro parado en un semáforo. Hace mucho frío y viento. Un matrimonio de ancianos cogidos del brazo y muy abrigados al que veo habitualmente por el barrio está esperando al igual que yo a que la luz verde les permita cruzar la calle. En un gesto amoroso, el hombre besa con ternura a su mujer en la mano. «¿Cuanto tiempo llevan casados?», me atrevo a preguntarles. «Setenta y dos años», responde ella sonriente. Ese tierno beso es el testimonio de la plenitud de su amor. Con sus altos y sus bajos esta pareja, cuyas vidas desconozco, han crecido juntos inundados de amor.
Se sienten a gusto uno con el otro. Se sienten a gusto con sus vidas. Con el mundo. Y te das cuenta que un gesto sencillo como esté después de setenta y dos años juntos aviva la esperanza del amor humano.
Cuando el corazón está henchido de amor la propia vida es más plena, más viva, más intensa. Es como el fruto maduro del árbol que se hace vida en el silencio de la naturaleza, en la sencillez de la creación. El amor tiene que ser regado cada día para que la vida desborde afecto, cariño, generosidad, sacrificio, esperanza, caridad…
Un gesto tan sencillo como el beso de dos ancianos que se aman llena de esperanza. Te invita a perseverar en el amor. Amor en el respirar, en el sentir, en el hablar, en el actuar, en el pensar. Amor en el observar lo que te rodea con humildad. Amor en el entregarse a los demás. Amor en el mirar el rostro del hermano, en el percibir sus necesidades, en el abrazar sus sufrimientos.
Vamos habitualmente demasiado rápidos. En el fragor de nuestras vidas no tenemos tiempo para percibir las necesidades del otro. No tenemos tiempo de amarlo porque transitamos por la vida como autómatas sin destino fijo. ¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Desbordar amor a raudales. Pero el amor se cultiva fundamentalmente en la oración. Jesús amaba porque oraba. Oraba con el corazón abierto en un canto de súplica, alabanza y de acción de gracias a Dios. Su fuego interior, fruto de la acción del Espíritu Santo, era el amor. Orar no es más que dejar que el amor hable del amor. ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

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¡Ven Espíritu Santo, enciende en mi alma el fuego de tu amor! ¡Abre mi corazón de piedra a la oración franca, humilde y sencilla con el Señor! ¡Señor, tu me medirás por cómo he amado y no me preguntarás por nada más! ¡Concédeme la gracia, por medio de tu Santo Espíritu, para encontrar el sentido y el gozo en la vida! ¡Enséñame a amar, Señor, a poner mi corazón en todo lo que hago, digo, pienso y siento! ¡Ayúdame, Señor, a vivir como vivías Tu! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu amor! ¡Necesito, Señor, para lograrlo que me guíes en mi camino, que me enseñes a abrir el corazón! ¡Ven, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, y transforma mi corazón, hazlo dócil y humilde, generoso y caritativo! ¡Señor, al igual que tu amor me levanta y me transforma, me sana y me vivifica, haz que mis actitudes sirvan para levantar, transformar y vivificar al prójimo por medio del amor! ¡Ven Espíritu Santo y enséñame a amar! ¡Abre las puertas de mi corazón! ¡Concédeme, Espíritu divino, los dones de la alegría y la esperanza, de la caridad y de la humildad, para con las heridas de mi corazón sanadas, abrirme al mundo con amor! ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

El anhelo de un corazón misericordioso

Me encontraba la semana pasada de viaje profesional por una ciudad de centroeuropa. Después de las reuniones, al caer la noche, me acerqué cada día a la catedral para asistir a la Eucaristía y hacer un rato de oración. El viernes por la tarde, antes de dirigirme al aeropuerto a última hora de la tarde, me senté en un banco ubicado en un pequeño rincón del templo con un altar dedicado a la Divina Misericordia (la fotografía que ilustra este texto).
Permanecí allí media hora. En este tiempo, pasaron infinidad de turistas, la mayoría ignorando la imagen, otros haciéndose fotografías a la luz de la velas y otros depositando una moneda en la cajita para tomar una vela y encenderla en honor al Señor de las Misericordias. De estos, la mayoría se arrodillaban en el banco o dirigían su mirada al hermoso cuadro que presidía el altar. «¡Jesús, en vos confío!», me decía cada vez que observaba este hermoso gesto de reverencia a Cristo.
Contabilicé más de cincuenta personas rezando a aquella imagen. Y pensé cuanta necesidad tenemos de misericordia. Necesitamos recibirla de Dios y, por lo tanto, reconocernos pobres, ejercerla en nuestra propia existencia y en relación con los que nos rodean.
No me considero una persona ingenua que solo contempla el bien en todas partes, ni un hipócrita que ignora el mal. Soy alguien realista que trata de medir la distancia que nos separa de la perfección que Dios quiere para los hombres y el abismo que se cruza en las alas de la misericordia.
Y me pregunté: «¿Cuál es el mayor obsequio que le podría pedir a Dios y regalar a mi prójimo?».
¡Un corazón misericordioso! Un corazón henchido de la misericordia de Dios, que sepa buscar y encontrar el bien que esconde el corazón de mi prójimo e, incluso, que sea capaz de revelárselo cuando éste por las circunstancias de su vida lo ignora. Ser capaz de acercarse al pecador para que se convierta y transforme su vida observando la mía propia pobre y pecadora también.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no tema llamar al mal por su nombre porque no teme al príncipe de la tinieblas ya que sabe que es Dios quien tiene la vara de la victoria y deposita toda su confianza en su poder. Un corazón que no juzga al prójimo ni enjuicia sus caídas porque anhela arrancar del mundo las semillas del pecado para la obra salvífica de Dios que brille en la sociedad.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón humilde y pobre que no condena las acciones de los demás, que se lamenta de los que no quieren acercarse a Dios y ora con el corazón abierto por la conversión y la liberación de las almas perdidas.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón firme en la fe, confiado en la benevolencia de Dios, que sin cansarse y asumiendo que a veces predica en el desierto, proclama con humildad la Buena Nueva del Evangelio. Que no le importa que le humillen, ridiculicen o lo ataquen porque tiene puesta en Dios toda su confianza.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón servicial que se entrega por el prójimo porque servir es el mayor don del cristiano. Servir con amor, generosidad, humildad y sencillez.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón volcado en Dios, que se deja llenar por su amor y por su misericordia, que se acoge a la esperanza, que trata de crecer en la santidad, que tratar de vivir en la coherencia y rechaza la mediocridad y que se abre a la felicidad que viene de Dios y que no decepciona nunca.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no deja nunca de buscar porque está a la espera, anhela y ora para el encuentro cotidiano con Dios y a través de su amor con el prójimo.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que trate de imitar el corazón de la Madre de la Misericordia, a María, que es el modelo más claro y extraordinario de misericordia recibida, acogida y expandida.
Un corazón misericordioso y humilde, que invita al otro a compartir sus anhelos. A cantar el clamor de la misericordia para llevar al mundo la alegría del Amor.
Salí reconfortado de aquella media hora en compañía del Señor de la Misericordia porque aunque mi corazón está lejos de ser misericordioso siente el aliento de Aquel que, con suma misericordia, acoge, ama, perdona y acompaña.

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¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por tu dolorosa, Pasión, Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Señor, sufriste el dolor de la Cruz por la redención de nuestros pecados, dame la gracia de olvidarme de mis necesidades y entregarme al prójimo con amor y generosidad, colaborando contigo en tu obra salvífica para hacer en todo momento la voluntad de Dios! ¡Concédeme la gracia de ser humilde y pequeño especialmente con aquellos con los que hoy voy a encontrarme y convivir, ayúdame a compartir con ellos el amor que recibo de ti! ¡Ven a mi vida, Señor, y llena mi corazón de tu misericordia para ser luz, cántaro de amor, de sanación y de protección para todas las personas que se crucen en mi vida! ¡Concédeme la gracia de ser testigo de tu infinita misericordia, guía para las personas a las que quiero sabiendo compartir con ellas sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sufrimientos! ¡Bendice, Señor, a todas las personas que amo e ilumínalas a lo largo de su caminar! ¡Señor, de la Divina Misericordia, en ti confío!

Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!