Sospecho que hoy empiezo a ser canción

«Sospecho que hoy empiezo a ser canción. Y tengo la impresión de que seré tu sol si logro ser tu canto». Esta frase procede de una canción de Silvio Rodriguez que tocaba de fondo en un bar hace unos días donde me tomaba una caña con un cliente. Le dije: «Perdona, pero déjame de acabar de escuchar este letra porque me interpela a ser corazón que transforme».
El cristiano está llamado a ser canción sanadora, misericordiosa, amorosa, generosa, entregada, transformadora del prójimo. Acompañamiento que seque lágrimas y ahogue llantos, que enderece veredas torcidas y reposo para corazones doloridos. Son muchos los que a nuestro alrededor necesitan escuchar el canto de la ternura y de la esperanza, del consuelo y de la compasión, del amor y del cariño.
El prójimo debe sentir siempre que estás abierto al abrazo, a la escucha, a hacer más bello lo que nos rodea. Como dice la canción del cantautor y poeta cubano ser sol; ¿Sol? Sol que ilumine el camino del otro, luz que haga brillar la vida del prójimo.
Dios nos pone en el camino de muchas personas, a veces sin ser conscientes, para empezar a ser canciones hermosas que transmitan alegría y despierten sueños de esperanza.
Ser canción para el prójimo es ser buen samaritano; es no ponernos en el centro a nosotros mismos sino a los que nos interpelan. Depende de mí ser o no ser un canto hermoso para el prójimo. ¿Cuantas veces me hago prójimo o simplemente paso de largo antes las necesidades del otro?

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¡Señor, ayúdame a ser canción sanadora y purificadora para el prójimo! ¡No permitas, Señor, que pase de lejos ante las necesidades de las personas que tengo cerca; ayúdame a acercarme a ellos y a contagiarme de sus necesidades para a través tuyo convertirme en un instrumento de compasión, de ternura, de amor y de misericordia! ¡Hazme, Señor, canto de esperanza para dar palabras que consuelen, abrazos que sanen, miradas que interpelen, silencios que escuchen! ¡Ayúdame a tener la valentía de acercarme al que necesita de consuelo, de tu presencia, del que está en horas bajas y clama levantarse! ¡Señor, hazme tener tus mismos sentimientos de servicio humilde y de entrega generosa! ¡No dejes, Señor, que cuando alguien requiera de mi entrega me aleje de él, de un rodeo para no encontrarlo; hazme ser, Señor, compañero en sus caminos de sufrimientos, dolor, tribulación y desesperanza, amigo en sus necesidades y soledades, cercano en sus cansancios y tristezas! ¡Ayúdame a ser canción para que al escuchar mi canto sientan que quien entona esa música y esa letra eres tu con tu presencia!

Orar no es más que dejar que el amor hable del amor

Anochece. Me encuentro parado en un semáforo. Hace mucho frío y viento. Un matrimonio de ancianos cogidos del brazo y muy abrigados al que veo habitualmente por el barrio está esperando al igual que yo a que la luz verde les permita cruzar la calle. En un gesto amoroso, el hombre besa con ternura a su mujer en la mano. «¿Cuanto tiempo llevan casados?», me atrevo a preguntarles. «Setenta y dos años», responde ella sonriente. Ese tierno beso es el testimonio de la plenitud de su amor. Con sus altos y sus bajos esta pareja, cuyas vidas desconozco, han crecido juntos inundados de amor.
Se sienten a gusto uno con el otro. Se sienten a gusto con sus vidas. Con el mundo. Y te das cuenta que un gesto sencillo como esté después de setenta y dos años juntos aviva la esperanza del amor humano.
Cuando el corazón está henchido de amor la propia vida es más plena, más viva, más intensa. Es como el fruto maduro del árbol que se hace vida en el silencio de la naturaleza, en la sencillez de la creación. El amor tiene que ser regado cada día para que la vida desborde afecto, cariño, generosidad, sacrificio, esperanza, caridad…
Un gesto tan sencillo como el beso de dos ancianos que se aman llena de esperanza. Te invita a perseverar en el amor. Amor en el respirar, en el sentir, en el hablar, en el actuar, en el pensar. Amor en el observar lo que te rodea con humildad. Amor en el entregarse a los demás. Amor en el mirar el rostro del hermano, en el percibir sus necesidades, en el abrazar sus sufrimientos.
Vamos habitualmente demasiado rápidos. En el fragor de nuestras vidas no tenemos tiempo para percibir las necesidades del otro. No tenemos tiempo de amarlo porque transitamos por la vida como autómatas sin destino fijo. ¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Desbordar amor a raudales. Pero el amor se cultiva fundamentalmente en la oración. Jesús amaba porque oraba. Oraba con el corazón abierto en un canto de súplica, alabanza y de acción de gracias a Dios. Su fuego interior, fruto de la acción del Espíritu Santo, era el amor. Orar no es más que dejar que el amor hable del amor. ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

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¡Ven Espíritu Santo, enciende en mi alma el fuego de tu amor! ¡Abre mi corazón de piedra a la oración franca, humilde y sencilla con el Señor! ¡Señor, tu me medirás por cómo he amado y no me preguntarás por nada más! ¡Concédeme la gracia, por medio de tu Santo Espíritu, para encontrar el sentido y el gozo en la vida! ¡Enséñame a amar, Señor, a poner mi corazón en todo lo que hago, digo, pienso y siento! ¡Ayúdame, Señor, a vivir como vivías Tu! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu amor! ¡Necesito, Señor, para lograrlo que me guíes en mi camino, que me enseñes a abrir el corazón! ¡Ven, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, y transforma mi corazón, hazlo dócil y humilde, generoso y caritativo! ¡Señor, al igual que tu amor me levanta y me transforma, me sana y me vivifica, haz que mis actitudes sirvan para levantar, transformar y vivificar al prójimo por medio del amor! ¡Ven Espíritu Santo y enséñame a amar! ¡Abre las puertas de mi corazón! ¡Concédeme, Espíritu divino, los dones de la alegría y la esperanza, de la caridad y de la humildad, para con las heridas de mi corazón sanadas, abrirme al mundo con amor! ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

El anhelo de un corazón misericordioso

Me encontraba la semana pasada de viaje profesional por una ciudad de centroeuropa. Después de las reuniones, al caer la noche, me acerqué cada día a la catedral para asistir a la Eucaristía y hacer un rato de oración. El viernes por la tarde, antes de dirigirme al aeropuerto a última hora de la tarde, me senté en un banco ubicado en un pequeño rincón del templo con un altar dedicado a la Divina Misericordia (la fotografía que ilustra este texto).
Permanecí allí media hora. En este tiempo, pasaron infinidad de turistas, la mayoría ignorando la imagen, otros haciéndose fotografías a la luz de la velas y otros depositando una moneda en la cajita para tomar una vela y encenderla en honor al Señor de las Misericordias. De estos, la mayoría se arrodillaban en el banco o dirigían su mirada al hermoso cuadro que presidía el altar. «¡Jesús, en vos confío!», me decía cada vez que observaba este hermoso gesto de reverencia a Cristo.
Contabilicé más de cincuenta personas rezando a aquella imagen. Y pensé cuanta necesidad tenemos de misericordia. Necesitamos recibirla de Dios y, por lo tanto, reconocernos pobres, ejercerla en nuestra propia existencia y en relación con los que nos rodean.
No me considero una persona ingenua que solo contempla el bien en todas partes, ni un hipócrita que ignora el mal. Soy alguien realista que trata de medir la distancia que nos separa de la perfección que Dios quiere para los hombres y el abismo que se cruza en las alas de la misericordia.
Y me pregunté: «¿Cuál es el mayor obsequio que le podría pedir a Dios y regalar a mi prójimo?».
¡Un corazón misericordioso! Un corazón henchido de la misericordia de Dios, que sepa buscar y encontrar el bien que esconde el corazón de mi prójimo e, incluso, que sea capaz de revelárselo cuando éste por las circunstancias de su vida lo ignora. Ser capaz de acercarse al pecador para que se convierta y transforme su vida observando la mía propia pobre y pecadora también.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no tema llamar al mal por su nombre porque no teme al príncipe de la tinieblas ya que sabe que es Dios quien tiene la vara de la victoria y deposita toda su confianza en su poder. Un corazón que no juzga al prójimo ni enjuicia sus caídas porque anhela arrancar del mundo las semillas del pecado para la obra salvífica de Dios que brille en la sociedad.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón humilde y pobre que no condena las acciones de los demás, que se lamenta de los que no quieren acercarse a Dios y ora con el corazón abierto por la conversión y la liberación de las almas perdidas.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón firme en la fe, confiado en la benevolencia de Dios, que sin cansarse y asumiendo que a veces predica en el desierto, proclama con humildad la Buena Nueva del Evangelio. Que no le importa que le humillen, ridiculicen o lo ataquen porque tiene puesta en Dios toda su confianza.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón servicial que se entrega por el prójimo porque servir es el mayor don del cristiano. Servir con amor, generosidad, humildad y sencillez.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón volcado en Dios, que se deja llenar por su amor y por su misericordia, que se acoge a la esperanza, que trata de crecer en la santidad, que tratar de vivir en la coherencia y rechaza la mediocridad y que se abre a la felicidad que viene de Dios y que no decepciona nunca.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que no deja nunca de buscar porque está a la espera, anhela y ora para el encuentro cotidiano con Dios y a través de su amor con el prójimo.
¡Un corazón misericordioso! Un corazón que trate de imitar el corazón de la Madre de la Misericordia, a María, que es el modelo más claro y extraordinario de misericordia recibida, acogida y expandida.
Un corazón misericordioso y humilde, que invita al otro a compartir sus anhelos. A cantar el clamor de la misericordia para llevar al mundo la alegría del Amor.
Salí reconfortado de aquella media hora en compañía del Señor de la Misericordia porque aunque mi corazón está lejos de ser misericordioso siente el aliento de Aquel que, con suma misericordia, acoge, ama, perdona y acompaña.

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¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por tu dolorosa, Pasión, Señor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Señor, sufriste el dolor de la Cruz por la redención de nuestros pecados, dame la gracia de olvidarme de mis necesidades y entregarme al prójimo con amor y generosidad, colaborando contigo en tu obra salvífica para hacer en todo momento la voluntad de Dios! ¡Concédeme la gracia de ser humilde y pequeño especialmente con aquellos con los que hoy voy a encontrarme y convivir, ayúdame a compartir con ellos el amor que recibo de ti! ¡Ven a mi vida, Señor, y llena mi corazón de tu misericordia para ser luz, cántaro de amor, de sanación y de protección para todas las personas que se crucen en mi vida! ¡Concédeme la gracia de ser testigo de tu infinita misericordia, guía para las personas a las que quiero sabiendo compartir con ellas sus alegrías y sus penas, sus esperanzas y sufrimientos! ¡Bendice, Señor, a todas las personas que amo e ilumínalas a lo largo de su caminar! ¡Señor, de la Divina Misericordia, en ti confío!

Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

¿Por qué oro?

Me preguntaba alguien por qué oro. Solo puedo decir que aunque me siento sostenido por la misericordia y el amor de Dios siento la fragilidad de mi vida. Mi pequeñez. Es la oración con el corazón abierto lo que me adentra en el camino de la humildad consciente de que soy un pobre pecador. Cuando me hago consciente de mi pequeñez y de mis infidelidades a Dios es cuando más intensamente siento lo frágil de mi fragilidad. Aunque la buena nueva es que Dios, que es Amor infinito, acoge amorosamente esa fragilidad y por obra y gracia de su misericordia me redime de mi pequeñez. Por eso oro.
Una de las hermosuras de la plegaria es que a través de ella se siente como Dios la recibe henchido de alegría porque uno, que nada tiene que ofrecerle a Dios más que su pobre entrega porque todo es don y gracia que viene de Él, recibe todo milagrosamente multiplicado por el poder que tiene Dios para conceder. Por eso oro.
En la relación pobre y confiada, pequeña y animada con Dios Él, por medio de la gracia que viene del Espíritu Santo, siento como te marca el camino a seguir. Y así se siente la cercanía del Padre. Por eso oro.
El Espíritu Santo es el gran artífice de la apertura del corazón, el que permite que sintamos la profundidad del amor divino en nuestro corazón. La fuerza que otorga el Espíritu Santo es tal que te ayuda a abrir de par en par las puertas del corazón para orar amando y sentir al mismo tiempo el amor dadivoso del Padre. Por eso oro.
Oro porque para mí la oración es una invitación a amar y desde el amor me permite corregirme; implorar; someterme a la voluntad de Dios para que sus inefables propósitos permanezcan siempre en mi corazón; para vencer la tentación; para hacerme más dependiente del Padre; para confiar sin medida; para comprender lo que es más conveniente para mí; para interceder por los demás; para prepararme para llevar la tribulación, el sufrimiento y el dolor; para sanar mi corazón; para pedir perdón por mis faltas; para dar gracias por todo lo que he recibido incluso la cruz; para poner a los míos a sus pies y, sobre todo, para llevar a buen puerto mi santificación personal.
Fundamentalmente oro porque quiero amar porque si Dios es Amor yo quiero asemejarme a Él.

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¡Señor, te amo y porque te amor quiero encontrarte en los momentos de intimidad contigo en la oración! ¡Espíritu Santo ayúdame a que mi oración pobre y frágil esté llena de amor a Dios, que esté impregnada de humildad, intimidad, generosidad y entrega a Él! ¡Señor, Creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti, te amor con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Espíritu Santo, enséñame a orar! ¡Haz que mi corazón se abra y dirija su mirada al cielo para reconocer la presencia de Dios en mi vida! ¡Ayúdame Espíritu Santo con la gracia de la humildad a penetrar en mi mismo y desde la fragilidad de mi ser dar un espacio a Dios en mi corazón para Él pueda hacerse uno conmigo! ¡Dame la gracia de ser un alma orante que irradie al mundo el amor que siento por Dios! ¡Sé mi guía, Espíritu divino, para que convierta mi vida en una escuela de oración y a través de la plegaria aprenda a vivir en Dios!  

¿Por qué perdonar?

¿Debo perdonar al que me dañado y perjudicado? El cristiano perdona, ¡siempre! porque ha recibido gratuitamente el perdón. La incongruencia más absoluta es aquella que se produce entre el perdón que se recibe y el que se da.
A veces es difícil comprender que la evidencia de los que representamos como cristianos radica en nuestra voluntad para absolver, exculpar, perdonar, exonerar y rehabilitar al prójimo.
Yo me pregunto: por las veces que Cristo me ha perdonado —¡y con cuanto amor lo ha hecho por los pecados cometidos!— ¿quién soy yo para retener y guardar las faltas y las deudas del prójimo? ¿Quién soy yo para considerar las ofensas de los demás hacia mí como motivo de no redención si las comparo con las que yo, habitualmente, cometo con el Dios que todo lo perdona? ¿Por qué tantas veces digo aquello de que «eso no lo puedo perdonar» atándole las manos a Dios para que me pueda perdonar a mí que acudo con frecuencia a Él para pedir mi redención? ¿Por qué olvido la respuesta que el Padre Misericordioso del «este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado» y no soy capaz de entender la paz y la alegría que regresará a mi vida si dejo atrás mis diferencias con el perdón? ¿Por qué olvido que el perdón supone para mi una profunda transformación interior? Solo me queda pedirle al Señor, que la misericordia de su perdón sea tan profunda que eclipse cualquier ofensa hacia mí.

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¡Señor, que eres fuente de amor y de misericordia, que todo lo perdonas, y sobre todo me amas tanto que me perdonas cuando te ofendo, te olvido o te abandono, enséñame a perdonar con el corazón abierto! ¡Abre mi corazón al perdón de los que me ofenden, me hacen daño y me abandonan! ¡Muéstrame el camino del perdón para que no tema cuando las ofensas, el daño y el abandono vuelva a mi! ¡Que mi perdón, Señor, sea una perdón sin límites, desde la interioridad del corazón, de las libertad, de la sinceridad y desde la generosidad! ¡Que no me importe, Señor, perdonar setenta veces siete, sin tomar como referencia el daño que me han causado! ¡Enséñame, Señor, a perdonar incluso a aquellos que nos son conscientes de que me han dañado! ¡Hazme también, Señor, consciente de las veces que yo he ofendido y fallado! ¡Espíritu Santo, que eres Espíritu de amor, transforma mi corazón para que iluminado por tu presencia cambies mis actitudes hacia los demás, ilumines siempre mi mente para abrirla a la verdad, la llene de sabiduría y de amor! ¡Ayúdame a que mi perdón esté impregnado de tu presencia, lleno de generosidad, humildad, sinceridad y pureza! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Perdón, de que los rencores que pueda haber en mi corazón se transformen en amor y que todo mal que surja de mi interior se convierta en una cadencia de bien!

Ven, Salvador, sin tardar, canto de Adviento:

El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

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¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva:

Grabar en el corazón los mandamientos de Dios

Esta mañana antes de comenzar mi oración he leído pausadamente los mandamientos, los principios que Dios nos ha dado y nos enseñan cómo vivir mejor en el presente y cómo agradarle por la eternidad. La palabra mandamiento carece en la actualidad de mala prensa porque es sinónimo de restricción de las libertades individuales y como sumisión del ser humano al libre albedrío. De esto se acusa habitualmente a la religión: de confiscar la libertad del individuo por la implementación de unas reglas morales y unos intereses espirituales de un hipotético más allá.
Pero la Biblia, al transmitir los mandamientos de Dios, dejó grabado el verdadero propósito de Dios: permitir que el hombre viva feliz junto a Él y sus hermanos. Moisés enfatiza que poniendo en práctica los mandamientos el hombre puede vivir y llenar su corazón de inteligencia y sabiduría.
La palabra que proviene de Dios es un verdadero regalo, una palabra auténtica, revelación pura, promesa y camino de salvación; también es una guía para comportarse adecuadamente en la vida diaria.
Dios nos los regaló para revelar su camino de vida, el camino del amor. Y estos Diez Mandamientos nos enseñan a practicar el amor en cada uno de los aspectos de nuestra vida.
Me pregunto: ¿En qué medida me aplico de verdad el amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo? ¿Soy consciente de que los Diez Mandamientos amplifican el verdadero significado de estos dos valores y que los cuatro primeros mandamientos dejan constancia de cómo Dios quiere que lo amemos y los seis restantes me muestran cómo amar a los demás? ¿Soy consciente de que obedecer los Diez Mandamientos es un requisito esencial para obtener la vida eterna?
Mi propósito de hoy es sentir en mi corazón los mandamientos de Dios, no verlos como unas leyes escritas meramente en una tabla de piedra sino verlos grabados en lo más profundo de mi alma y de mi corazón para recordarlos con asiduidad y obedecerlos siempre.

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¡Señor dame la claridad, la humildad, la fortaleza y la perseverancia para crecer en mi vida espiritual y seguir tus diez santos preceptos con el fin acercarme más a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque eres puro amor y todo lo que existe lo amas con un amor infinito! ¡Te doy gracias porque el primer requisito de tu amor es la libertad que me otorgas para seguir tu voluntad! ¡Señor, por medio de tus Diez Mandamientos quiero amarte más a Ti y a los demás! ¡Por medio del cumplimiento de tus preceptos quiero ser más feliz! ¡Concédeme la gracia por medio de tu Santo Espíritu a expresar mi amor a los demás porque quiero ser feliz! ¡Concédeme la gracia de salvar mi cuerpo y mi ama con el cumplimiento de tus mandamientos viviéndolos con mucho amor! ¡Señor, quiero decirte que amo profundamente tus mandamientos y deseo que me los grabes a fuego en mi corazón para vivirlos con alegría, generosidad y humildad, para amarte, servirte y glorificarte!