Abrir el corazón para amar

Amar como Jesús va más allá de mis pobres capacidades humanas. Pero Jesús no ordena jamás cosas imposibles. Entonces solo queda una solución: Jesús nos regala su amor para que uno pueda amar como Él lo hace, amar al cónyuge como Él lo ama, amar a los padres como Él los ama, amar a los hijos como Él los ama, amar a los hermanos y hermanas como Él los ama.
Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, que eduque mi corazón a semejanza de los corazones de Jesús y de María. Le pido también al Inmaculado Corazón de María la gracia de ser, a pesar de mi pobreza humana, transmisor de amor; que no me desanime por cuenta de mis debilidades y de mi pequeñez. Todos somos pequeños instrumentos inútiles del Amor de Dios pero el poder de Jesús se desarrolla en nuestra debilidad. Soy consciente de que una de mis misiones como cristiano es avanzar en mi descubrimiento del Amor Divino y ser testigo de este Amor. El mundo está en peligro porque olvidamos con frecuencia a Dios, despreciamos sus leyes y vivimos sin su presencia. Pero este mundo, Dios lo ama y te envía al cambio interior para ir a evangelizar. Nadie puede convertir corazones porque solo el Espíritu Santo puede hacerlo, pero si es posible, por la gracia de Dios, ser testigos fieles de la fe. Se trata de ser testigo valiente del Amor de Cristo y dejarse guiar e inspirar por el Espíritu Santo que actúa a través del Inmaculado Corazón de María. Ser testimonio alegre y entusiasmado del plan de Dios para la familia, el amor, el trabajo, las relaciones humanas, la vida… El infierno está empeñado en destruir el trabajo de Dios, pero el infierno fracasará porque Dios es el Creador de la familia, el amor y la vida humana. Y somos muchos los que vamos a dejar la impronta de Dios en el mundo en el que vivimos.

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¡Abro, Señor, el corazón a tu gracia y pido que lo llenes de las gracias del Espíritu Santa para que nazca de mi interior el ánimo de testimoniar tu verdad, para ser luz y semilla que, al calor del Espíritu, de frutos abundantes! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque por medio de tu Santo Espíritu, lo sigues creando todo, lo haces todo nuevo, lo conservas y lo embelleces para que cada uno de mis pasos no sean tan pesados y tristes sino que estén impregnados de alegría y esperanza! ¡Te bendigo, Señor, porque nos envías tu Santo Espíritu para que reine en nuestros corazones para fortalecer nuestra vida y guiarla y hacerla veraz según tu Evangelio! ¡Señor, te doy gracias por invitarme a abrir el corazón para recibir los dones del Espíritu para que me de la fuerza para luchar cada día por la verdad, por el amor, por la reconciliación, por el perdón y por la justicia, para ser luz que comprenda las necesidades ajenas, para ser apoyo y servidor del prójimo, para ser generoso para amar como amas Tu y no según mis criterios mundanos, para tener paciencia para esperar, llevar la fraternidad al prójimo, para hacerme sensible a las necesidades del que tengo cerca! ¡Hazme, Señor, sensible a la acción purificadora y transformadora de tu Espíritu para alumbrar en este mundo una nueva esperanza! ¡No permitas que el demonio me venza con las tentaciones y ayúdame a ser auténtico testigo de la fe! ¡Gracias, Señor, por regalarme gratuitamente tu amor porque yo lo quiero llevar a los demás aunque tantas veces, por mi pequeñez, me cueste tanto mostrarlo a los demás!

De la compositora italiana Maddalena Casulana disfrutamos hoy con su Morir non può il mio cuore:

¡El día para elegir ser santo!

Hoy celebramos la memoria de todos los santos. Aquellos santos anónimos, que no han pasado a la historia, sin halos, sin oropeles, sin gloria… Son esos santos que hemos amado en nuestro entorno, que nos han dejado el amor de Dios en todo lo que hacían y anticiparon en vida el paraíso deseado.
¿Qué hicieron estos niños, jóvenes, hombres y mujeres, ancianos, padres de familia, solteros, consagrados para dejar el perfume de Dios en el mundo? Amar, perdonar, darse, servir, dialogar, educar, convertir, reconciliar, unir, escuchar… en definitiva sembrar la semilla del Evangelio sin importar origen, raza, formación, religión…
Su gestos, sus palabras, sus pensamientos, sus miradas, sus sentimientos… todo en ellos era una invitación a la santidad. Fueron capaces de cargar con las esperanzas y desesperanzas de unos, con las alegría y tristezas de otros, la dificultades y dudas de tantos, desafiaron la vida y lo pusieron todo a la luz de la fe, del amor y de la caridad. No agacharon la cabeza sino que abrieron horizontes. Embellecieron su ser cristiano y difundieron la verdad de Cristo con su manera de proceder.
Todos estos santos anónimos eran hombres y mujeres bautizados como nosotros. Gentes que aceptaron el reto de la santidad. Personas que atendieron la llamada a ser santos, como Dios es santo, como Jesús es santo, el santo de Dios.
Y hoy es un día adecuado para plantearme: ¿Qué es para mí ser santo? Ser como Dios. Ser santo como Dios es santo. Ser santo es poner amor en toda la vida, dar la vida, entregarla por completo al servicio de los demás. Si lo piensas bien, Dios es el gran regalo porque Él se entrega de tal manera que no se queda nada para sí mismo. Toda la santidad, todo el amor rezuma Dios, que Él nos ofrece quiere que le dé también el hombre. Por eso, ser santo es dar llenarse de Dios que se ofrece a sí mismo.
La santidad es la unión perfecta con Cristo. Ser santo es estar configurado con Jesucristo, el unigénito del Padre, el único santo. A través de él y con él somos llamados a la santidad. Se trata de ir subiendo, peldaño a peldaño, con la ayuda inestimable del Espíritu Santo que guía, los escalones de esa escalera que conduce hacia el cielo cuyo peldaño es la entrada en el paraíso. Este horizonte es el que da sentido a nuestra vida, a nuestra historia personal y espiritual.
Hoy es el día para elegir ser santos. El día de celebrar la vida. El día de conmemorar a los que nos han precedido en su camino de la virtud.
El Día de Todos los Santos es una fiesta de vivos no de muertos. Es un día para recogijarse y alegrarse como cristianos. Es un día para tomar conciencia de la responsabilidad de nuestra vida. El día para elegir ser santos y responder al don que Dios nos ofrece por medio de su Espíritu Santo. ¡Que gozo, que alegría y que bendición!

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¡Señor, conoces mi vida y conoces la vida de los que amo, somos gentes de carne y hueso, con debilidades y virtudes, con defectos y con valores! ¡Ayúdanos a alcanzar la santidad en nuestra vida ordinaria, a imitarte en todo para asemejarnos cada día más a ti! ¡Ayúdanos a tener un corazón grande como tuvieron todos los santos anónimos que descansan en el paraíso! ¡Ayúdanos a ser valiente, confiados, entregados, orantes, gozosos, que busquemos siempre la verdad, la solidaridad, el amor, la paz! ¡Ayúdanos a ser consecuentes con nuestra fe, a que el sí de nuestro bautismo y nuestra confirmación sirvan para ser coherentes en nuestra vida cotidiana! ¡Ayúdanos con el impulso de tu Santo Espíritu a ser luz en la Iglesia como lo fueron los santos que hoy conmemoramos! ¡Ayúdanos como lo fueron ellos a ser dóciles a los designios de Dios! ¡Ayúdanos a no conseguir el éxito personal, el reconocimiento humano sino seguirte a ti en lo cotidiano de la vida! ¡Danos el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, nos inspire hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen nuestro actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

En este primer día de noviembre, el Papa Francisco pide rezar por la paz, “para que el lenguaje del corazón y del diálogo prevalezca siempre sobre el lenguaje de las armas”. Nos unimos a sus intenciones.

Hoy una bella letanía de todos los Santos:

¿Qué impide el desarrollo de la gracia de Cristo en mi propio ser?

Observo a mis hijas universitarias. Y me veo a mi mismo. He dedicado la mayor parte de mi vida a aprender y he realizado enormes sacrificios para formarme y acrecentar mis conocimientos.
Horas en vela de estudio, interminables vigilias repitiendo los temas para afrontar los exámenes decisivos y, aunque hay muchas materias que han quedado en el olvido, los conocimientos importantes permanecen incrustados en lo más profundo de mi ser.
En la vida habrá también una prueba final, la definitiva, en la que se nos examinará de la vida; sobre todo, se nos examinará de nuestra capacidad de amar. Se nos preguntará en que medida hemos asimilado los conocimientos del amor y de la verdad y en qué medida los hemos puesto en práctica.
Pienso con frecuencia en ese día porque me podría suceder como a Nicodemo. Lo esencial lo conozco; la teoría de las Escrituras las reconozco; tengo el convencimiento claro de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios; que la verdad está en Cristo… pero resuena en mi interior esa pregunta que el Maestro hizo a ese hombre respetado entre los judíos de su tiempo sobre lo fundamental de la vida y que le llevó a replanteárselo todo para nacer de nuevo a la vida: «¿Y tú que eres maestro de Israel no sabes estas cosas?»
Esta pregunta es tan actual ahora como hace dos mil años porque pese al conocimiento que tenemos de todo, a la especialización que impera en nuestros trabajos y en nuestras tareas cotidianas, al uso de la tecnología que lo simplifica todo, al control que ejercitamos en tantas áreas de la vida, a las posibilidades de acceder a tanta información en tiempo real… tanto saber, sin embargo, ha dejado en penumbra elementos que son cruciales de nuestra existencia. Tal vez en nuestra sociedad haya más conocimiento y sabiduría, pero la espiritualidad merma, la oración agoniza, el ser más humanos pierde su valor por el individualismo y el hedonismo, la ternura deja paso a la frialdad del corazón, cuesta darse a los demás, no resulta sencillo encontrar tiempo para los otros, el silencio impera en muchas familias cuyo único interlocutor es el móvil… así la felicidad brilla por su ausencia. Somos más sabios sí, tenemos más conocimientos pero ¿cómo es posible que con tanto saber ignoremos como cuestionaba Jesús lo que es fundamental en la propia vida?
Las preguntas claves en realidad serían: «¿Qué me impide nacer de nuevo? ¿Cómo afronto la vida? ¿Soy consciente de que en mi vida debo abrir el corazón para una constante renovación y transformación como parte de mi crecimiento humano, de mi madurez personal y de mi renovación interior? ¿Qué impide el desarrollo de la gracia de la vida de Cristo en mi propio ser? ¿A qué debo morir para renacer en Cristo?»

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¡Señor, necesito nacer de nuevo revistiéndome de ti, que eres el Cristo enviado por Dios para mi salvación! ¡Señor, me siento como Nicodemo que me pregunto en qué consiste el renacer de nuevo, este proceso permanente de ir creciendo en la Palabra y en el conocimiento de la verdad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que mi vida crezca en madurez y su obra haga en mi un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor nacer de nuevo en el Espíritu para dejar que Él, dador de vida, haga como hizo en María, que engendre en mi tu presencia vida, para sentir como tu sientes, para amar como tu amas, para actuar como tu actúas, para hacerme uno contigo! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que al caminar por las sendas de la vida se reconozca tu presencia en mi! ¡Ayúdame a ser testigo de tu presencia en el mundo; concédeme la gracia de abrir tu presencia en mi corazón para reflejar tu vida en mi propia vida en palabras, en actitudes, en gestos, en servicio, en amor, en vínculos y en compromisos ciertos! ¡Ayúdame a nacer de nuevo para revestirme de Ti, Señor! ¡Ayúdame a despojarme de lo viejo que hay en mi interior para renovar mi corazón! ¡Ayúdame a mortificar mis pasiones, a aplacar mis egoísmos, a amordazar mis soberbias, a abatir mis pecados, a sepultar mis malas acciones y a darle a mi vida el proyecto de Dios! ¡Señor, ayúdame a cuestionarme a qué debo morir para renacer en Ti y hazme ver que impide en mi vida el poner en práctica la humildad, la generosidad, la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión y la vida del Espíritu!

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

Vidas mediocres

En el fragor de una conversación de trabajo uno de los participantes, entre dudas, estrategias, encajes… espeta: «¿Tan mediocres somos que nadie de los que está aquí sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?». En el contexto en el que se produce, esta pregunta nos abre los ojos a encontrar la solución.
Pero la pregunta del «¿Alguien sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?» me ronda desde hace días porque también afecta al interior de mi propia vida. Y te das realmente cuenta que tu vida se va moviendo paulatinamente entre quehaceres disparados e inútiles que no aportan nada útil ni nada nuevo a la vida, a tu vida y a la vida de los demás. Que muchas veces funcionas como si fueses un títere teledirigido sin ideas propias ni objetivos claras. Es el «ir tirando». Cuando uno va tirando convierte lo realidad de su vida con sus problemas enquistados y sus dificultades concretas, en algo mediocre, vulnerable y tibio.¿Y eso por qué ocurre? Porque cuando alguien tiene poco que ofrecer, también le resulta difícil recibir. Cuando alrededor del corazón se construyen muros de piedra estos son difíciles de derribar.
Tristemente nos acostumbramos a la mediocridad. Nos conformamos con que nuestra vida no vaya más allá, nos acomodamos en lo anodino. Y encontramos mil excusas para no cambiar, para dejar que esa mediocridad se convierta en un traje a medida. Nos dejamos llevar por el mimetismo. La peor vida que uno puede vivir es la vida mediocre porque es aquella vida adormecida y llena de excusas.
Es imposible dar lo que no se tiene, por eso no conviene buscar en los demás la perfección que nunca vas a tener, la generosidad que eres incapaz de regalar, la compasión que no has sido capaz de mostrar, el cariño hacia los otros del que desconoces que es en realidad, la fortaleza que careces para superar cada situación, la fuerza de voluntad que sueles arrastrar… de lo que se trata es de arrugar interiormente esas virtudes que han de ir creciendo, paso a paso, en el interior del corazón, abonarlas con el abono de la oración y regarlas con el agua cristalina de la constancia. Son elementos que dan valor a lo que verdaderamente tiene valor. Y con el tiempo que uno puede cosechar esos valores que uno pensó nunca poseería pero que están escondidos en lo profundo del corazón.
Hay que amar la vida, amarse a si mismo, amar a los que le rodean, amar las propias circunstancias, amar como eres, amar lo que posees, amar cada instante de tu existencia, amar, incluso, los propios fracasos, amar la cruz de cada día, amar los impulsos cotidianos… y cuanto más amor uno sea capaz de expandir, más lejos se hallará de la mediocridad y más valor le dará a lo que tiene valor.

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que me regalas cada día! ¡Te doy gracias por las oportunidad que me ofreces para cambiar, para transformar mi vida, para salir de la mediocridad, de la tibieza y del conformismo para buscar la perfección! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar la vida, de amar a todos, de amar cada minuto de mi existencia, de amar los problemas y dificultades, de amar la cruz que pones en mi camino! ¡No permitas, Señor, que me acomode en mis zonas de confort! ¡No permitas, Señor, que me autoengaño con falsas realidades de mi mismo para evitar en realidad enfrentar esa realidad! ¡No permitas que la soberbia y el egocentrismo sometan mi corazón porque lo que quiero es ser mejor cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu a dar todo lo mejor de mi y a no permitir que me atrape la mediocridad! ¡Espíritu Santo dame el entusiasmo permanente para encontrar la verdad allí donde se halle! ¡Otórgame el espíritu de resignación para aceptar mis limitaciones! ¡Dame, Espíritu de Dios, el coraje de luchar siempre sin miedo y sin abandono para cambiar lo que sale mal y para transformar lo que debe ser cambiado! ¡Otórgame, Espíritu de bondad, de la lucidez necesaria para encontrar siempre la verdad! ¡Dame, Espíritu de amor, la fortaleza para no acomodarme en lo fácil y preferir lo difícil! ¡Y dame, Espíritu divino, la valentía para luchar sin desmayo contra mis muchas apatías y desganas! ¡Ayúdame a derrotar la mediocridad que haya en mi vida y caminar hacia la santidad!

Escuchamos hoy el motete Insanae et vanae curae, Hob. XX:1/13c (Insanas y vanas preocupaciones) compuesto por Haydn en su oratorio «El retorno de Tobías»:

Lleno de alegría con María, Señora del Anuncio

Tercer sábado de abril con María, Señora del Anuncio, en nuestro corazón. La Virgen es, sin duda alguna, la mujer de la Pascua. De lo que ocurrió con la Virgen tras la resurrección su Hijo poco sabemos pero nadie dudará que fue tiempo de alegría, de entrega, de recogimiento, de misión, de anunciar la Buena Nueva y de acercar a la Iglesia nuevos discípulos del Señor.
¿Cómo no iba a ser así si María llevó en sus entrañas a Jesús, lo amamantó, le crió, le vio crecer, le enseñó a rezar, a amar, a compartir, conservó en su corazón lo que veía cuando Jesús predicaba en el templo, en la sinagoga, en su vida pública, le alentó a realizar su primer milagro en Caná, se despidió de Él al iniciar su vida pública, escuchó sus prédicas, le vio sufrir en el patíbulo y le vio morir en lo alto de la cruz? Con la resurrección de Jesús, María revivió con enorme gozo y alegría las palabras que había escuchado años antes en Nazaret, pronunciadas por el ángel Gabriel: «porque para Dios nada hay imposible».
Pascua es tiempo de anuncio, de anuncio junto a María. Tiempo para imitar sus muchas virtudes con el fin de unirse de una manera más íntima y personal a Jesús que nos la entregó como Madre desde el trono de la cruz. El «ahí tienes a tu Madre» es como decir «tómala como modelo, imítala en todo, tómala de la mano, no te apartes de Ella, encomiéndate a su corazón, únete a su misión, aprende a vivir con el sufrimiento, entrégale tus preocupaciones y tus desvelos y, sobre todo y por encima de todo, confía en en Ella porque haciéndolo así llegarás a Dios».
En esta Pascua, camino de la mano de María. Lo hago lleno de alegría y de esperanza porque Ella me recuerda la verdad de la Resurrección, la grandeza del amor que Dios siente por mí y por los hombres, me hace más sencillo y entregado, más generoso y amoroso, más comprensivo y tolerante. Me invita a seguir las enseñanzas de Cristo, a comprender «que para Dios nada hay imposible», a «hacer lo que Él os diga», a aceptar el dolor y el sufrimiento, a caminar en oración hacia la Eucaristía y a apaciguar mi corazón en la oración frente al sagrario, a ponerme en camino para anunciar el Reino de Dios y a confiar en Dios, el que nunca abandona.
En este sábado mariano me uno en oración a María y exclamo con esa alegría propia de la Pascua para exclamar «me alegro contigo María, que todo lo que viva lo guarde como Tu en el corazón y se haga en mí según tu Palabra».

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¡Que alegría, María, caminar contigo en esta Pascua! ¡Hágase en mi, según tu Palabra! ¡Ayúdame, María, a conservar todo lo que me sucede en el corazón para interiorizar mi vida, para darle sentido a mi esperanza, para desde el corazón salir al encuentro del prójimo y caminar en santidad! ¡Llévame Tu, María, de la mano al encuentro con Jesús! ¡Llévame, María, hacia Dios para quien nada es imposible! ¡Hazme comprender, María, que me debo entregar al Espíritu que sobrevoló sobre Ti y te colmó de bienes y de gracias! ¡Concédeme la gracia de imitar tus virtudes, de amar como amas Tu, de ser anuncio de la buena nueva como lo eres Tu, de rezar como rezas Tu, de contemplar como contemplas Tu, de unirme a Jesús como estás unida Tu! ¡Ayúdame, María, a ser obediente siempre a la voluntad del Padre, a teñir de alegría todos los momentos de mi vida, a confiar siempre, a aceptar el sufrimiento, a guardarlo todo en el corazón e impregnarlo todo de silencio interior! ¡María, Jesucristo ha resucitado, y mi alegría se une a la tuya porque Cristo vive entre nosotros dando vida y dando amor! ¡Aleluya!

Un precioso Ave María a dos coros mixtos de compositor polaco Pawel Lukaszewski:

Volver a Galilea

Ver con una nueva perspectiva, con ojos nuevos, como hacía Jesús. Me encontraba ayer mirando al Cristo en la Cruz en la pequeña capilla en la que hacía Oración y sentí como el Señor le decía a mi corazón: «Ves a Galilea, allí me verás».
Volver a Galilea es vivir su Evangelio, es hacer su propio recorrido, es llenar mi vida de su Buena Nueva y de Él, es volver al lugar donde comenzó todo para entregar mi propia vida y hacer mía la experiencia de la crucifixión y la resurrección y experimentar que Jesús vive en mi corazón.
Volver a Galilea es hacer anuncio, es levantarme de las caídas constantes, es impregnarlo todo de alegría, es luchar por alcanzar un mundo más justo y comprensivo, más lleno de esperanza y de amor, mas solidario y fraterno.
Volver a Galilea es compartir sus enseñanzas, es aprender a perdonar, a acoger, a liberar, a amar, a confiar. Es ser en todo momento discípulo de Jesús. Es aceptar su llamada, dejarlo todo y seguirle.
Volver a Galilea es experimentarlo vivo en mi corazón, es sentirse acompañado por Él, es dejarse guiar por sus enseñanzas, es dejarme que muestre el camino, es conocerme mejor a mi mismo si sigo sus pasos.
Volver a Galilea es salir de mi mismo para ir al encuentro alegre y gozoso de Jesús y seguir sus pasos con una actitud renovada, diferente, vivificada por el Espíritu. Es desde un corazón nuevo y abierto ser más fraternal con el que me rodea, más acogedor con el prójimo, más amoroso con el hermano.
Volver a Galilea es «hacer lo que Él os diga», para convertirme cada día porque el reino de Dios está cerca y debo aspirar cada día a la santidad.
Volver a Galilea es aprender a escuchar en mi interior para sentir el susurro del Espíritu en mi corazón, el aliento de Jesús en mi vida, a recibir la misma paz que recibieron los apóstoles de Jesús.
Volver a Galilea es sentir como Jesús me llama por mi nombre y vivir la alegría de la Pascua, esa alegría de sentirse resucitado con Cristo porque Cristo vive en mí.
Volver a Galilea es ser testigo de la resurrección de Cristo, es regresar al primer amor y expandirlo allí donde mis pasos me lleven. ¡Me pongo en camino ya!

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¡Señor, tu me conoces y sabes lo que hay en mi interior, eres consciente de los caminos por los que transito, guíame siempre e indícame cuál es mi Galilea porque necesito dirigirme hacia allí para encontrarme contigo y sentirme amado por tu infinita misericordia! ¡Señor, dirige mis pasos hacia mi Galilea interior para que pueda leer toda mi vida bajo la luz de tu Cruz y de tu Resurrección! ¡Ayúdame a recomenzar siempre bajo la luz de tu Espíritu! ¡Dirige, Señor, mis pasos hacia Galilea para tener un encuentro personal contigo, para seguirte según tus mandatos, para participar en tu misión de llevar tu Evangelio al mundo! ¡Señor, que te busque siempre en la alegría de la vida y no en la tristeza de la muerte porque Tu estás vivo y has resucitado! ¡Haz, Señor, que mi fe esté siempre viva, llena de tu amor, repleta de confianza, que no viva en una religión adormecida, tibia, reducida a fórmulas rutinarias y poco alegres! ¡Llévame a Galilea, Señor, para experimentar junto a Ti tu presencia que todo lo impregna, que todo lo llena porque quiero junto a Ti acoger, perdonar, amor y vivir! ¡Señor, hazme experimentar cada tí tu presencia, tu ternura, tu protección, tu paz, tu amor, tu misericordia, tu mangnanimidad! ¡Y envíame, Señor, Tu Santo Espíritu para que me guíe hacía el camino liberador de mi Galilea interior!

El Vive, cantamos hoy y yo lo quiero encontrar en Galilea:

Como Cristo que calló, rezó y amó

Lo habitual es organizar nuestra actividad diaria sin tener en cuenta que puede acontecer un hecho imprevisto. Comprensible. Pero siempre existen circunstancias, acontecimientos o situaciones, ajenos a nuestra voluntad, que pueden surgir de manera inesperada, que trastocan nuestra vida, nos hacen perder la paz, provocan un cambio brusco en nuestro estado de ánimo e, incluso, generan ansiedad y desconcierto incontrolado. Son las contradicciones de nuestra vida. La solución es contemplar a Cristo.
Leyendo los textos evangélicos comprendemos que los imprevistos forman parte de nuestra vida, como lo fueron en la vida del Señor, algunos de ellos incluso rozando el desatino y el absurdo. En el caso de Jesús las embestidas dialécticas de los fariseos, la torpeza de sus discípulos, el agotamiento físico, la incredulidad de sus conciudadanos de Nazareth, las tentaciones del demonio, los lamentos de los que se acercaban a Él buscando curación o milagros, los reproches de tantos y la incomprensión de la mayoría.
La respuesta del Señor fue siempre la misma, actuar con serenidad, sosiego y magnanimidad. Intentando comprender… y amar. Es cierto que no siempre lo hizo de manera pausada y comedida como el día que expulsó a los comerciantes del Templo porque profanaban la casa del Padre, de su Padre o cuando algunos —muchos— acudían a él con torticera intención.
Pero Cristo nunca se quejó. Calló, rezó y amó. Examino ahora mi alma. ¿Me influyen, por ejemplo, los dimes y diretes que se dicen de mí; la opinión de la gente; los comentarios críticos a mi trabajo; las comidillas sobre mi situación profesional, personal o social; las risas cuando me caigo subiendo unas escaleras y en apariencia hago el ridículo; la forma como visto; cuando alguien se aprovecha de mi; cuando sufro una traición o un engaño de alguien cercano que no te esperas, la evidencia de que he tomado una decisión errónea y no me queda más remedido que aceptar que me he equivocado; cuando estoy de mal humor y reacciono mal con los que me rodean…?

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Esas son las contradicciones de mi vida. ¡Te las ofrezco, Señor! ¡Te ofrezco todas las contradicciones para que con Tu ayuda fortalezcas mi carácter y hagas de mi una persona que no se vea condicionada por la mundanidad de lo humano sino que sepa tener una actitud trascendente! ¡Me uno a Ti, Señor, me uno a tus sufrimientos para ir llenando lo que aún falta por cubrir de Tu Pasión! ¡Señor, que en mi amistad contigo no busque sólo la perfección, sino la veracidad, porque en nuestra relación el protagonista eres Tu y no yo! ¡Dame un corazón, Señor, para aceptar todo lo que me suceda y aceptarlo con amor!

Me tocaste, Jesús, cantamos hoy al Señor:

Buscar más amar que ser amado

¿Quién no desea ser amado? ¿Quién no desea ser único para alguien? ¿A quién no le gusta estar en el corazón y la mente del otro?
Me explicaba ayer una de mis hijas que haciendo voluntariado en una residencia de ancianos estuvo acompañando a una mujer de unos sesenta años sentada en una silla de ruedas; una mujer sin mucha formación y con la cara profundamente marcada por la tristeza. En un momento de la conversación esta mujer sencilla le preguntó a mi hija por sus padres y su familia: «Que suerte tienes, niña, de que te quieran tanto. Yo nunca he interesado a nadie. Nadie nunca me ha querido. Y lo que es más triste, nunca nadie se ha fijado en mí». Su mirada, decía mi hija, denotaba una profunda tristeza y desolación. La vida, sin duda, no había sonreído a esta mujer.
Para ella, como para muchos, la vida no tiene sentido y pierde todo su fundamento cuando no hay razones para la alegría. Cuando todo carece de valor. Cuanto lo cotidiano se enfrenta a oscuros nubarrones y la ternura parece estar sepultada sobre una montaña de piedras. Es muy desalentador observar que en nuestras sociedades hay una irrefrenable necesidad de ser amado y, sin embargo, el individualismo se convierte en la razón de ser de nuestro mundo. Cuando no hay amor en la vida humana lo que se presenta es la oscuridad y el abismo. Cuando uno se siente amado, atendido, respetado y constata que genera interés, por mínimo que sea, parece hallarse en el paraíso.
En la oración de san Francisco, Haz de mi un instrumento de tu paz, una estrofa invita a «buscar más amar que ser amado». ¿Y esto que implica en un mundo tan deshumanizado? Desprenderse de uno mismo para proporcionar al que tienes cerca amor. Amándole buscas que experimente una auténtica realización y que sienta que es el centro de todo porque esta es la experiencia que el amor transmite.
La frase del santo de Asís es una clara invitación a ir más allá de uno mismo tratando de dar al otro lo que más anhela. Puede ser ternura, cariño, escucha, entrega, generosidad, cordialidad, buena convivencia, atenciones… No importa. Amar al más cercano, al prójimo, al enemigo, al despreciado…
«Buscar más amar que ser amado». Si realmente aplico esta máxima en mi propia vida, si soy capaz de dar grandes dosis de amor auténtico y verdadero ¿no lograré cerrar la cuadratura del círculo conquistado no sólo mi corazón sino también el del prójimo y el del mismo Dios? Entonces, ¡a qué estoy esperando para actuar!

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en tus manos a los que tienen en su corazón tristeza y desolación! ¡Recurro a Ti, Señor, para los que tienen un gran vacío sientan tu presencia! ¡Alegra, Señor, a los que tienen el corazón abatido y lleno de heridas! ¡Permite que puedan ver la esperanza, que su alma se llene de consuelo y levanta esa nube grisácea que los envuelve! ¡Señor, seca sus lágrimas y escucha sus lamentos para que la tristeza no acabe por adueñarse de su corazón! ¡Llénales de amor, bondad y misericordia! ¡Rebustécelos con el poder de su preciosa sangre y haz que tu Santo Espíritu les llene de gracia para hacer frente a sus tormentos y tristezas! ¡Ven, Espíritu Santo, Tú que tienes el poder para transformarlo todo y la ternura para dulcificar el corazón para convertir sus lamentos! ¡Señor, te pido que me envíes tu Santo Espíritu para que sea capaz de darme cuenta de que he sido creado para el amor, para darme a los demás!

Impresionante el Salmo 91, para ocho voces distribuidas en dos coros de cuatro del compositor  italiano Giacomo Meyerbeer: