¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

Me regocijo cuando leo el Evangelio. Es un canto permanente al amor, a la amistad, a la vida… Pasajes repletos de testimonios de amistad sincera, de renuncias, de encuentros inesperados que transforman corazones. Las lágrimas de Jesús en la tumba de Lázaro, el salto del pequeño Juan en el vientre de su madre cuando ésta se encuentra con la Virgen también encinta; el mismo Juan lleno de alegría en las aguas del río Jordán al escuchar la voz de su primo; en el otro extremo del Evangelio con el “¿Me amas?” de Jesús a san Pedro y la respuesta firme de este: ¡Señor, tu lo sabes todo, tu sabes que te amo!”; los encuentros con el centurión, la mujer samaritana, el encuentro con María Magdalena… Si seguimos el camino de la amistad a lo largo del Evangelio, nos convertiremos en amigos de Jesús y haremos, con Jesús, muchos amigos.

La amistad que Cristo comparte con sus apóstoles me impresiona sobremanera. Esa ternura especial con san Juan, el discípulo amado, al que le encomienda hacerse cargo de su Madre; con la fuerza de una amistad incondicional, incluso podría decirse obstinada, por Judas… en el mismo momento en que el apóstol le traiciona y está a punto de entregarlo, lo llama ¡mi amigo! Y Él, Jesús, va a renunciar a su vida por él y por cada uno de nosotros dejando patente que no hay amor más grande que dar su vida por sus amigos. Incluso en la desesperación Judas, cuando es consciente de la locura de haber traicionado al Amigo, se produce un emotivo testimonio de amistad. ¡Sorprendente!

Las amistades que se nos dan para vivir diariamente y que tratamos de escribir día a día de nuestras vidas son, en general gracias del Evangelio, pero quizás deberíamos evangelizarlas más. ¡Debemos asegurar el sabor del Evangelio en cada una de nuestras amistades! Gratitud, escucha atenta, generosidad, humildad, entrega, servicio, recuerdo del amor en Dios nuestro Padre, corazón universal, un amor de amistad que podemos extraer de cada Eucaristía, que podemos recibir del mismo Corazón de Jesús, nuestro Amigo, amigo de todos. ¡Un amor que puede hacer que nuestras vidas sean verdaderas y benditas Eucaristías!

¡Señor, quiero imitarte en tu relación con tus amigos; abrirles el corazón y llenarme de su amistad! ¡Te pido, Señor, que bendigas a cada una de las personas que quiero, a mis amigos, y revélate en cada uno de ellos con tu amor, tu misericordia y tu poder! ¡Señor, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que se convierta en el guía de su vida! ¡Cuando sufran, Señor, o tengan dificultades del tipo que sea, conviértete tu en el sostén de su vida y dales paz en el corazón! ¡Cuando en sus vidas, las dudas aparezcan y la incerteza se asiente en su corazón, llénalos de confianza y dales mucha fe para que desistan del camino! ¡Cuando el cansancio haga mella en su vida, dales la fuerza para resistir los embates de la vida! ¡Cuando el miedo se presente en su vida, revélales tu cercanía y hazles ver que caminas a su lado y nunca los abandonas! ¡Señor, bendice con tu amor a cada uno de mis amigos, bendice sus esperanzas, sus alegrías, sus penas, sus dudas, sus luchas, sus retos, sus sueños, sus travesías, sus incertezas, su vida espiritual, su vida familiar, sus trabajos! ¡Hazte presente, Señor, en sus vida como hiciste con cada una de las personas con las que te encontraste en cada pasaje del Evangelio! ¡Gracias, Señor, por escuchar mi oración!

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

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¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

Descifrar la presencia del Espíritu

Estamos a un paso de la gran fiesta de Pentecostés. Son días de plegaria para pedirle al Espíritu Santo que llegue a mi vida de nuevo con la fuerza de su amor y de su gracia. El Espíritu invita a los cristianos a una constante conversión para dinamizar con nuevos bríos la fuerza profética de su vocación personal, sea cual sea ésta.
No siempre es fácil descifrar la presencia del Espíritu en la vida. Las borrascas y las nieblas en forma de problemas y dificultades emborronan su presencia porque el corazón se turba y el alma no es capaz de mirar hacia lo alto. Sin embargo, en la vida y en la cultura del ser humano el signo del Espíritu y las semillas que deja la Palabra son evidentes y no podemos olvidarlas.
La evidencia queda palpable en este tiempo de Pascua, en el sentir como las huellas de Cristo quedan impresas junto a cada uno de nuestros pasos, caminando a nuestro lado como el desconocido que nos acompaña hacia el Emaús de la vida. Cada uno de nosotros es el discípulo sin nombre que, en la oración y en la vida de sacramentos —especialmente en la Eucaristía— puede reconocer al Señor resucitado presente a su lado. Él, Jesucristo, es el que nos ofrece gratuitamente su Espíritu para cumplir sus mandamientos, para comprender su Palabra, para actualizarla a la luz de los acontecimientos de nuestra vida y para ser luz que ilumine nuestros corazones tantas veces apagados por las miserias que lo cubren.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el canto que le pido en estos días al Espíritu divino para que ilumine mi vida con su gracia, con sus siete dones, con la esperanza y la confianza en Cristo, con la fuerza que da su Palabra, con el anhelo de cumplir la misión que como cristiano tengo encomendada como miembro de la Iglesia a la que tanto amo, como parte de una comunidad cristiana en la que debo ser testimonio de coherencia.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». La vida del hombre es un permanente canto al Espíritu para que le permita desarrollarse con toda su potencialidad, para hacer vivo el mensaje de Cristo de anunciar el Evangelio y amar al prójimo como a uno mismo, para afirmarse con los valores del mismo Cristo, unidos a Él y en Él.
«Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor». Es el clamor de estos día para que mi obrar cotidiano sea una extensión de Cristo en la tierra, para que los que me observen y me traten puedan decir: «mirad, realmente es un amigo de Cristo, vive su fe con amor, coherencia y esperanza».

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¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor, Llena mi vida de tu amor, de tus siete dones, de tus santas gracias! ¡Llévame, Espíritu divino, a un vida coherente, amorosa, servicial, generosa, entregada al prójimo por amor a Cristo! ¡Y como rezaba el cardenal Verdier, en la oración que refleja con mayor claridad, el hacer cristiano hoy te exclamo con el corazón abierto:
Oh Espíritu Santo
Amor del Padre, y del Hijo,
Inspírame siempre lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
Dame agudeza
para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén.

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Hoy no me apetece rezar

«Hoy no me apetece rezar» o «Hoy no tengo ganas de hacer mi oración». Estas expresiones son más comunes de lo que parecen. En el momento de la oración emergen siempre las excusas. Confieso que no me libro de ellas. Hay días que al entrar en el templo o al empezar la oración en casa me encuentro inquieto, poco comprometido, con la cabeza pensando en otras cosas… comenzar la oración me cuesta.
Entré ayer en una iglesia sin demasiada ilusión; me había hecho el propósito de quedarme unos cinco minutos, un «cumplir» vaya. Cansado por la jornada, hastiado por las cargas del día, agotado por los compromisos me arrodillo ante el sagrario. «Señor, con toda la franqueza te digo que hoy no me apetece quedarme mucho tiempo; así que no esperes que me quede aquí acompañándote más de lo normal». Mas claridad y franqueza, imposible. Cuando me siento en el banco invoco al Espíritu: «Ablanda este corazón duro y egoísta». Le explico al Señor —aunque Él ya lo sabe— lo que ha sucedido hoy. Es el diálogo con el amigo. Distraído, miro el reloj continuamente a la espera que vuelen los cinco minutos. «Hoy no me quedaré más, en cinco minutos ya me marcho», me repito.
Pero entre alabanzas, acción de gracias, petición de intercesión por un amigo, volcar mis emociones y mis sentimientos, expulsar aquello que llevo dentro y necesita ser sanado, alegrías que pasan tantas veces desatendidas… ha transcurrido media hora larga. Son los cinco minutos más largos de la historia. Tengo que reconocerlo. Salgo del templo con una alegría desbordante, con un talante nuevo, con una serenidad inexplicable. He sido fiel al Amigo; el Amigo ha sido fiel conmigo.
En el silencio del sagrario, allí donde siempre me espera el Señor, Él comprende mis anhelos y mis angustias. Conoce a la perfección cuál es mi verdadero estado de ánimo. El tiene la llave de mi corazón, solo espera que le autorice para abrirlo.
La enseñanza es clara, directa. La desgana vence habitualmente al ánimo cuando uno tiene que enfrentase a la oración. Si esperas que te venga, por si sola no lo hará. En la oscuridad de la desgana se trata de buscar la luz, salir de la aridez del desierto, del secarral árido del corazón.
Suele ocurrir siempre igual. Al llegar a lo profundo la perspectiva cambia: todo es alegría, esperanza y luminosidad. Hay que dejarse amar por Jesús. Él te ofrece, misteriosamente, lo que necesitas para comunicarse contigo. Envía tu Espíritu para abrir el corazón. No importa el silencio; Jesús también habla en el silencio; a veces también parece guardar silencio a la espera que tu comiences a hablar.
Cuando dices «Hoy no me apetece rezar» o «Hoy no tengo ganas de hacer mi oración» es el momento clave para que Dios actúe, para se produzca ese encuentro fortuito y especial en el que el amor del Padre se desborda sobre ti. Porque Dios es tan sorprendente que le gusta hacerse el encontradizo con el hombre, al que conoce tan bien. Él ya sabe de la aridez del corazón, el estado de ánimo de su interlocutor. En ese «no me apetece o no tengo ganas» hay una respuesta interior del Espíritu que te anima a despreocuparse para que abras el corazón porque cuanto menores son las perspectivas mayores son las fuerzas que te ofrece Dios.

 

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, tu me llamas a tener fe, confianza y esperanza! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón al don de Dios, para que también sea corredentor, compañero y servidor, para ser don de Dios para los demás! ¡Espíritu Santo, dulce habitante de mi corazón, abrémelo porque habitualmente lo tengo cerrado y Jesús no puede entrar en él! ¡Abrémelo para que entrando Tú me hagas entender que Jesús es mi Señor con el que todo lo puedo, que me comprende y me acompaña! ¡Hazme, Espíritu Santo, atento a tus inspiraciones, para escuchar las cosas que susurras a mi corazón para que camine con firmeza en la vida cristiana y pueda dar testimonio de que soy seguidor de Jesús! ¡Hazme dócil a tus enseñanzas y a tus inspiraciones! ¡Señor, tu llamas a la puerta de mi corazón y quieres entrar, no permitas que te deje fuera porque te necesito y anhelo que transformes mi vida y la llenes de tu amor, de tu bondad y de tu misericordia! ¡Tú, Señor, prometes entrar en mi ser y sabes lo importante que es Tu presencia en mi vida, me llena de fortaleza y sabiduría para emprender cada una de mis jornadas con total entrega y confianza! ¡Toca, Señor, mi corazón y hazlo coherente entre lo que digo y hago! ¡Concédeme la fortaleza y la coherencia para vivir con intensidad tu Palabra y ponerla en armonía con mis acciones y obrar según tu voluntad! ¡Ayúdame a caminar por senderos de sinceridad, de humildad, de sencillez, de servicio, de generosidad, abriendo mi corazón al amor y a la verdad y convertirme en un auténtico testigo de tu bondad! ¡Ven a mi vida, Señor, y ayúdame a ser transparente en todos mis actos, con el corazón siempre abierto, para reflejar en mi mirada, mis gestos, mis palabras y mis acciones que eres Tú quien habita en mí! ¡Guíame y capacítame por medio de tu Santo Espíritu para enfrentar los retos de mi vida con la mejor actitud! ¡Gracias, Jesús, por confiar en mí a pesar de mis constantes abandonos! ¡Gracias por tu inmenso amor, Jesús, que no merezco por mi miseria y mi pequeñez!

Le pedimos al Espíritu que nos toque el corazón con esta canción:

Desde allí vendrá a juzgar a vivos y a muertos

«Desde allí vendrá a juzgar a vivos y a muertos». Esta simple frase la profesamos con solemnidad en el Credo de los Apóstoles. Cuando esto suceda todas las injusticias cometidas por los hombres serán rectificadas. Los que han rechazado la amistad de Cristo, los que han utilizado su poder para humillar al prójimo, abusar de él y despreciarlo encontrarán el juicio del que se han escabullido en la tierra. Los que cargaron su cruz cotidiana contemplarán como todas sus heridas son sanadas y sus cargas liberadas porque vivirán en la plenitud de la vida.
¿Y cuando vendrá Jesús a juzgar a vivos y a muertos? Esta misma pregunta del «¿cuando sucederá esto?» que uno puede hacerse hoy se la planteaban también en su momento los apóstoles.
Pero la respuesta de Jesús no es directa aunque señala los puntos críticos que conciernen al futuro del hombre. Jesús regresará glorioso para completar el Reino eterno fundado por Él mismo a través de la Iglesia; enviará a sus discípulos —todos los que hemos recibido el bautismo—, para que invitemos a nuestros prójimos al banquete eterno no en vano hemos sido creados para vivir en comunión con Dios en la vida eterna.
Jesús sabe que esta misión encontrará multitud de obstáculos y dificultades, un sinfín de oposiciones, y provocará enormes sufrimientos y humillaciones en aquellos que son sus fieles seguidores. Pero sabe, también, que todos cuentan con el poder y la gracia del Espíritu Santo que todo lo sustenta.
Para mí esto es lo único que importa sobre el futuro. Es lo necesario para enfrentarme a las pruebas inevitables de la vida y hacerlo con infinita esperanza, confianza y alegría, centrándome en lo que verdaderamente es crucial en mi vida: seguir a Cristo, testimoniarlo a través de mis gestos e invitar a los otros a que le sigan.
Jesús es, también, consciente de que las acechanzas del demonio. De que el príncipe del mal tratará de generar en el interior falsas promesas, deseos pecaminosos, malas costumbres… que tratará por todos los medios de descristianizar los entornos para crear un paganismo que se impregne en el corazón del hombre. Ha llegado un momento en que los cristianos damos por bueno el tarot, el espiritismo, la ouija, las prácticas de religiones espiritualistas o supersticiosas… Jesús no quiere que nadie prediga su futuro. Quiero que su futuro lo moldee cada día con la oración, con la vida de sacramentos, con la caridad hacia el prójimo, con actos de amor, con el amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo.
Mi principal preocupación debe ser cumplir con la misión que tengo encomendada de dar testimonio a través de una fe auténtica y vivida, vencer el pecado siguiendo a Cristo con el convencimiento del perdón del Padre, maximizando los talentos recibidos para beneficiar a la Iglesia y a la sociedad en lugar de construir un pequeño reino donde impera el egoísmo y la comodidad de uno mismo.
Jesús nos anunció el futuro para estimularnos y alentarnos a promover lo que es verdadero y bueno con todos los recursos de nuestro amor. El futuro es mi hoy, estar preparado humana y espiritualmente para el mañana, sea cuando Dios quiera. Mi propósito es renovar mi profesión de fe en el Reino venidero, con el compromiso firme de construirlo con la inestimable colaboración del Espíritu Santo.

 

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¡Señor, concédeme la gracia de prepararme para que mi vida terrenal sea juzgada benignamente por Dios! ¡Haz que mi vida está impregnada de bondad, de amor, de caridad, de generosidad y de entrega! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a estar siempre preparado! ¡Como discípulo tuyo, Señor, tengo la certeza de que cuando se cumpla la voluntad de Dios Tu volverás glorioso a la tierra; que me coja preparado con mi alma limpia de pecado y de los engaños del mundo! ¡Señor, te entrego mi vida, abre mi mente a pensamientos positivos, elimina de mi corazón todo aquello que me separa de ti, líbreme de temores y miedos, libérame de todos los rencores que me impiden amar, hazme compasivo y generoso, permíteme que acepte siempre todas las cosas según tu planes y tu voluntad, aleja de mi las preocupaciones y concédeme la gracia de comprender que a tu lado todo es gracia, que tus manos todo lo proveen y que mi vida está en manos de Dios! ¡Infúndeme, Señor, con la fuerza y la gracia de tu Santo Espíritu que todo lo purifica, lo sana y lo transforma!

Postquam surrexit Dominus – Antífona para este tiempo de Cuaresma:

 ¿Por qué confío en Jesús?

Una pregunta directa: ¿por qué sigo confiando en Jesús? Pienso en mi historia personal, en cómo recibí la fe, cómo ha ido creciendo a lo largo de mi vida. Veo mucha gente a mi alrededor, compañeros de colegio o de trabajo, que fueron bautizados pero siguieron en la iglesia por mimetismo y hoy su fe se ha debilitado debido a que, insertos en esta sociedad secularizada, Dios se ha convertido en algo insignificante para ellos. Les queda Jesús que parece resistir a su crítica pues les resulta un modelo de humanismo. Pero nada más.
La fe en Jesús es un regalo de Dios. San Pablo recuerda que «nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo». Jesús es inseparable de Dios y del Espíritu Santo pues la Santísima Trinidad son tres personas en un solo Dios. Mientras María nos lleva a Jesús, Jesús siempre se dirige a Aquel a quien llama «Padre». Este regalo de Dios se ofrece a todos los hombres porque el Espíritu obra en el mundo y la misión de Jesús fue salvar la humanidad entera. Podemos recibir la vida de Dios, comunicada por Jesús, solo si la aceptamos como un regalo.
La fe en Jesús no solo es un don de Dios, es parte de una respuesta libre de nuestra voluntad. Y este acto libre se basa en los signos y las palabras de Jesús. En los Evangelios se habla de milagros —«signos»— como los de Cana o el de los panes y los peces, sorprendentes a los ojos de la fe. Pero el reino de Dios se manifiesta en el ser humano de manera cotidiana. Una señal muy clara del reino nos viene de la bondad gratuita que humaniza divinamente, por ejemplo, con el perdón, con la amistad, pero también con la solidaridad, con el servicio o con la gratuidad de nuestro amor.
También están las palabras de Jesús, que son espíritu y vida. El mensaje del Evangelio es también un mensaje humanitario que cuestiona, atrae o rechaza —¡acaso no lo son los mensajes de «perdona» o «ama a tus enemigos»!—. Un ideal de vida fraterna que aún seduce a muchos no cristianos en la actualidad.
Entonces, ¿por qué sigo confiando en Jesús? Porque creo que Jesús viene del cielo, que Él es «nuestro Señor y nuestro Dios», al que proclamo cada día que asisto a la Santa Misa, especialmente en el momento del Credo y de la comunión, al que veo en medio de los cambios de este mundo, al que tengo arraigado en lo profundo de mi corazón, al que puedo experimentar interiormente, amarle con el corazón y fiarme de Él, al que puedo acudir como hicieron los personajes de los Evangelios que no dudaban en buscarle, seguirle y anunciarle. Yo pongo mi esperanza entera e inalterable en Jesús, haciéndolo así lo pongo en las circunstancias y sufrimientos, en las alegrías y esperanzas de mi vida y no en la seguridad de mi cuenta bancaria, de mis capacidades, de mi trabajo… Yo creo en Jesús porque mi vida es una aventura que busca la felicidad y la santidad. Y creo en Jesús porque por medio del Espíritu Santo me da la fuerza y el vigor para caminar cada día hacia Dios.

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¡Jesús, que nunca abandonas a nadie, que nos acompañas, que nos amas y que has venido a salvarnos, creo profundamente en Ti! ¡Te agradezco, Jesús, el amor que me tienes que no merezco, el amor que excede todo entendimientos, el amor que procura por todos los pequeños detalles de mi vida! ¡Te doy gracias, Jesús, por tus promesas que surgen de tus palabras de amor y de esperanza, gracias a ellas confío, creo y espero! ¡Llena, Jesús, mi vida de ti, llena a mi familia de los valores cristianos, llena mi entorno de tu gracia, permíteme testificar a todos tu poder! ¡Bendíceme, Jesús, con tu Santo Espíritu para que prepare siempre mi corazón para vivir conforme a tu voluntad! ¡Jesús, tu eres mi único Salvador y soy consciente de que tú te haces presente en e todas las áreas de mi vida; te doy gracias por que le das a mi corazón la certeza de la fe, de la esperanza y del amor! ¡Acompáñame, Señor, en el camino de la santidad y no permitas por medio de tu Santo Espíritu que me desvíe de la senda que me conduce a la eternidad!

Cristo, mi amigo fiel cantamos hoy al Señor:

Creo profundamente en el Amor

Creo profundamente en el Amor. Creo con firmeza. Creo en ese Amor despojado de toda lógica humana. Creo en el Amor que todo lo perdona. Creo en el Amor que no se impone nunca. Creo en ese Amor sublime que Dios siente hacia el hombre. Es un Amor nada jactancioso, que no se envanece; que no es indecoroso, que no se irrita, que no guarda rencor; que no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Un Amor bondadoso, generoso y misericordioso.
Creo en ese Amor porque lo he sentido y lo siento en mi vida. Lo experimento cuando las cosas me van bien pero también cuando debo soportar los embates de la vida: los azotes de los problemas de todo tipo, la incomprensión de tantos, los sinsabores cotidianos, la soledad no buscada, la lejanía de personas queridas… todo ese conjunto de inconvenientes indeseados que se acumulan a mi alrededor generando en mi corazón un dolor que exprime el alma. Pero el Amor de Cristo sana hasta extremos insospechados. Él se entregó amando hasta el límite con sus palabras, su mirada, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. Con su muerte en Cruz.
Cuando conoces a Jesús descubres de inmediato esa sublime grandeza que nos obsequia con sus suaves caricias y cuando su mirada profunda, sanadora y amorosa se cruza con la nuestra sientes que has de verter sobre el pasado un velo de olvido y proseguir el camino con la alegre sensación de que Él todo lo renueva.
Cuando te reconcilias con tu pasado, con el dolor que te embarga, dejas de lado los lamentos y la queja y acoges en el corazón el sublime perdón que llega de Cristo. Lo untas con el perfume del amor, con el ungüento de la gracia y la textura de la ternura. Entonces el corazón deja de entonar melodías llenas de tristeza para entonar cantos de perdón pero también de alabanza.
Con cada una de sus tiernas y delicadas caricias Jesús escribe en cada uno un nuevo comienzo, un nuevo capítulo de nuestra vida, un testimonio del auténtico, verdadero y único Amor que Dios siente por cada persona, obrando el gran y sublime milagro de la transformación. En cada uno de estos instantes se escenifica en escenarios diferentes la escena de la parábola del hijo pródigo. Así es el Amor de Dios, y por eso creo firmemente en Él. Pero también contemplo en las manos heridas de Jesús mi realidad, observo esa marca de dolor que Cristo carga por mi y comprendo que su amistad conmigo es también fruto de un amor desprendido y fiel. ¡Quién ante esto no puede dejarse amar y creer en el Amor que todo lo puede!

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¡Creo en Ti, que lo eres todo y lo puedes todo! ¡Te doy gracias por tu compañía, por tus enseñanzas, por tu misericordia, por tu fuerza, por tu consuelo! ¡Creo en Ti que eres la Palabra auténtica y la Vida! ¡Creo en Ti, que nos amas a todos con nuestros pecados y nuestras caídas!¡Creo en Ti, Señor, y se ciencia cierta que tú eres el amor que nos acompaña siempre, la misericordia que nunca abandona, el Padre que sostiene nuestra vida y manifiesta su predilección por nosotros cuando tantas veces te abandonamos! ¡Creo firmemente en Ti, Señor, que eres la verdad de la vida y de las cosas! ¡Creo en Ti, Señor, que eres mi vida y das sentido a mi vida para que estés siempre llena de esperanza! ¡Creo en Ti, Señor, Y te doy gracias por la fe que me has dado y que refuerza cada día tu espíritu! ¡Creo en Ti, Señor, Y esta confianza que tengo en ti me hace caminar seguro, con esa seguridad del que tiene a Dios de su lado! ¡Creo en Ti, Señor, y a través de ti en la Trinidad santísima porque los tres habitáis en mi alma por la gracia! ¡Creo en Ti, Señor, por todo lo que obras en mí, por cómo me rescatas cada día, porque tú eres esa fortaleza que me da la fuerza para caminar, tú eres la palabra que me levanta, tú eres la promesa que me despierta! ¡Creo en Ti, Señor, pero aumenta cada día la debilidad de mi fe!

Abraza a Jesús sacrificado siguiendo su camino de pobreza y humildad, es la música que hoy acompaña la meditación:

Cristo, mi patrocinador

Estamos acostumbrados a que grandes artistas, deportistas, gentes del mundo del arte y del espectáculo firmen contratos multimillonarios que exigen exclusividad para vestir determinadas prendas o promocionar determinados productos o marcas. En contrapartida, a todos ellos se les exige conductas de integridad, honradez, probidad y un comportamiento siempre veraz para reflejar los valores de la empresa que les contrata y respaldar así su reputación como marca.
Yo también tengo un patrocinador. Es la marca más prestigiosa del mundo: Cristo. Llevo impreso en mi vida el sello de ser cristiano. Y eso comporta una enorme responsabilidad. Por eso, me pregunto hoy a la luz de la oración: ¿Busco reflejar en cada uno de mis actos la luz de Cristo? ¿Cuál es mi comportamiento como discípulo de Jesús? ¿Pueden escandalizar mis actitudes, mis palabras, mis gestos a la sociedad? ¿Es íntegra siempre mi actitud? Depende de lo que responda, no puedo permitirme desprestigiar la marca de Cristo, de la que soy un patrocinado. ¡Ay, Señor, ayúdame a reflejar siempre en todas mis acciones que tú vives siempre en mí!

Cristo, mi patrocinador

¡Gracias, Señor, por ser además de mi patrocinador mi mejor amigo! ¡Gracias, Señor, porque lo eres pese a todas las circunstancias que rodean mi vida! ¡Gracias, Señor, porque puedo cada día conversar contigo, confiarte todos mis sufrimientos, todos mis temores, todos mis anhelos, todo lo que hay en lo más profundo de mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque nunca te cansas de escucharme, porque me patrocinas y confías en mí! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es aceptar siempre tu llamada, dejarlo todo y ponerse en camino! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, implica aprender de Ti en lo cotidiano, es dar fruto, apasionarse por la vida y entregarse siempre a los demás sin esperar nada a cambio! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, implica comprometerme con los que lo necesitan! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es compartir con los que menos tienen! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es tomar la cruz de cada día para seguir siempre tus huellas! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es serte siempre fiel, construir cada día, mirar la vida con la mirada del Evangelio, abrir los ojos y centrar la mirada donde miras Tu! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es sentir como Tú, actuar como Tú, vivir como Tú! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es compartir mi intimidad en la oración, es tomar fuerzas en la Eucaristía, es buscar tu Palabra y aplicarla en mi cotidianeidad, es vivir los sacramentos con autenticidad! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es dejar que muera ese pequeño ídolo divino que soy yo y que daña mi corazón para buscar al auténtico Dios que llena de gozo mi corazón! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es convertirse en signo de contradicción! ¡Me siento orgullo de llevar tu sello, Señor, el problema es que no sé si estoy a la altura de las circunstancias!

Padrenuestro, que estás en el cielo cantamos hoy: