¿Puedo comunicarme con Dios como lo hacía Jesús?

Cuando lees atentamente los cuatro evangelios saboreas los sentimientos que despertaba en el corazón de Cristo la relación con su Padre, como sentía su divinidad Jesús unida a la Paternidad de Dios y como ese encuentro era alentado por la fuerza del Espíritu.
Desde la mirada íntima de Jesús, primogénito de toda la Creación, ¿puedo yo comunicarme con Dios como lo hacía Él? ¡Claro que puedo!
Y puedo hacerlo sintiéndome como Él hijo predilecto y amado de Dios; dirigiéndome a Él como lo hacía el mismo Jesús, que nos invita llamar a Dios como Padre. Pero Jesús no solo le llama así le denomina también Abba —papá en arameo—, dejando al descubierto la ternura de Dios y la cercanía entre Jesús y su Padre. Y el mejor ejemplo es el Padrenuestro.
Y puedo comunicarme con Él en la oración. Jesús contempla al Padre en el conjunto de la creación, sin excluir a ningún ser humano de su amor, su misericordia y su compasión. Dios es Amor y no se encuentra sentado en el trono de la gloria exclusivamente para acoger a los hombres y mujeres de corazón limpio. Convierte el mundo en un espacio en el que todos tenemos cabida, donde habita la maldad y la bondad, la injusticia y la verdad. Y pide un encuentro con Él en la oración con el corazón abierto.
Y puedo llenando mi vida del amor de Dios como hizo el mismo Jesús, ungido por la luz del Espíritu Santo al que hay que acudir en todo momento y toda ocasión. Dios nos busca a todos los seres humanos con independencia de la vida que llevemos. Jesús te enseña que hemos de abrir el corazón a la escucha para atender los susurros del Espíritu para clamar como Él, en tantas circunstancias del Evangelio, Abba, Padre.
Y como sucedió con Jesús el encuentro con el Padre pasa por hacer el bien dando sentido al mandamiento nuevo del amor. Un amor como el de Cristo paciente, bondadoso, que no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso; que no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor; una amor que no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad; un amor que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Un amor movido al ritmo del Espíritu que te empuja a vivir como Jesús, Hijo querido de un Dios que es Padre amoroso y cuya vida y enseñanzas te mueven a transformar el mundo para hacerlo más amoroso, fraterno y amable.
¿Puedo entonces comunicarme cada día con Dios como lo hacía Jesús? ¡Sí puedo!

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¡Quiero, Señor, encontrarme contigo y unirme en una sola mirada! ¡Yo te busco, Señor, y anhelo encontrarme contigo! ¡Te busco, Señor, en los caminos que transito por la vida! ¡Te busco, Señor, en Tu Hijo crucificado! ¡Te busco en el prójimo! ¡Te busco en la belleza de tu creación! ¡Te busco en las dificultades de mi vida, en mis cruces, en los obstáculos que se me presentan; te busco en mis alegrías, en mis éxitos y en mi fracasos, en mis esperanzas y mis consuelos! ¡Te busco, Señor, porque sé que estás en el corazón de la vida, en la debilidad de los hombres, en el corazón de los cansados, en las fragilidad de los que sufren! ¡Te busco, Señor, porque quiero llevar alegría, paz, esperanza y amor al corazón de los que tengo cerca! ¡Te busco porque quiero abandonar mi vida comodona, mediocre y frágil y entregar a la verdad como hizo tu Hijo! ¡Te busco porque quiero cambiar mi vida, porque quiero dejarme tocar profundamente por tu amor misericordioso, porque quiero abrir mi corazón, sediento y ansioso de Ti, para conocerte, amarte y dejarme amar!  ¡Quiero volver al inicio para encontrarme contigo, para revertir aquello que me separa de ti, reconstruir mis valores, regresar al camino y seguir las sendas de tu Evangelio! ¡Quiero llenar mi corazón de tu amor, Señor, y a la luz del Espíritu estar atento a tu llamada para cumplir tu voluntad y caminar hacia la santificación de mi vida cotidiana!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, en cuya casa todos servíais a todos sin dar espacio a la pereza: ayúdame a cumplir con mi deber sin exigencias ni malos humores.
Te ofrezco: cumplir siempre la voluntad de Dios y convertir mi jornada en motivo de servicio para los que me rodean.

Llevar a Jesús y a María en el corazón

Segundo sábado de mayo con María, la Madre que todo lo meditaba en lo más profundo de su ser, en el corazón. Este día coincide con la fiesta de santa Clara a la que tan unido me siento espiritualmente por su unión a san Francisco de Asís, uno de mis padres espirituales del que se puede encontrar su oración en esta página.
Santa Clara amó profundamente a la Virgen. La imitó en la práctica de la pobreza, en la contemplación de los misterios de Cristo, en su unión con Dios y en su vida de humildad.
Santa Clara, como la Virgen María, amó profundamente a Cristo, el Esposo divino, y exhortó a todos a tener una profunda devoción a María, a unirse decididamente a ella por ser la Madre del Verbo encarnado.
Santa Clara amaba a María y la adoraba por haber llevado en su seno virginal al Cristo vivo; así quiso también ella llevar de manera espiritual en su cuerpo virgen a Jesús.
Santa Clara anima todavía hoy al seguimiento de Cristo y al amor a María. Lo hace con la alegría del cristiano incluso aceptando con entrega la pobreza más absoluta. La alegría de Clara es la plena identificación con aquel Jesús del Evangelio, pobre, sencillo, humilde y servidor de los hombres. Clara penetró en el mensaje evangélico como lo hizo María abriendo su corazón a la Palabra, atenta siempre a los mensajes de Jesús, abierta a la fe y a la esperanza y, sobre todo, viviendo su vida con la sencillez de la alegría evangélica.
¿Qué puedo aprender de una santa a la que se asocia a la vida de clausura cuando vivimos en un mundo tecnificado, materialista, radicalizado, asexuado y cada vez más descristianizado? Clara me enseña a ser fiel a mi vocación, a ser auténtico en mi vida cristiana, a centrarme en los fundamental y esencial de mi vida, a vivir desde la fe, desde el valor de la Palabra, desde la escucha al Padre abandonando las falsas ideologías y las tendencias modales.
Me enseña a iluminar mi vida reconociendo y agradeciendo a Dios todo lo bueno que ha hecho en mi vida. A seguir el camino de Cristo pobre y crucificado y ponerlo como espejo de mi vida. A vivir unido a la Palabra del Evangelio que trasciende las épocas y las modas, y saber aplicarla a las circunstancias personales que me toca vivir. Comprender mi vocación desde la escucha y saber obedecer a través de ella la voluntad de Dios. Aprender a poner toda mi inteligencia, mi memoria, mis sentimientos, mis esperanzas, mis anhelos y mi voluntad para mi crecimiento personal. Y, también, a aprender a vivir desde la gratuidad.
Pero santa Clara me enseña a amar a María, a llevarla siempre en el corazón, y que el amor a María te lleva directamente al amor a Jesús.

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¡Gloriosa Santa Clara de Asís, quisiera aprender de ti tu humilde y amorosa entrega al Señor! ¡Por la fe inquebrantable que te llevó a utilizar las cosas terrenas para buscar las del cielo, por esa esperanza firme con que supiste vencer todas las dificultades que se oponían a tu camino de santidad, por esa caridad pura y ardiente que ejemplificó tu vida, con humilde confianza te suplico que intercedas ante Dios por mis necesidades! ¡Te suplico por la paz y tranquilidad de la Iglesia, para que se conserve siempre en la unidad de fe, de santidad, de costumbres, que la hacen incontrastable a las esfuerzos de sus enemigos! ¡Y cómo tu, Santa Clara, quiero mirarme en el espejo de la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo, y observar en Él mi rostro! ¡Que sea capaz de amar de verdad porque el amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre! ¡Que aprenda como tu a sufrir con Cristo, para reinar con él; llorar con él para gozar con él; morir con Él en la cruz de la tribulación, para poseer las moradas eternas en el esplendor de los santos! ¡Poner cada día mi alma ante el espejo de Cristo y escrutar continuamente mi rostro en él para poder adornarme de todas sus virtudes!

¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena:

¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

Gestos sencillos, profunda fe

Estaba sentado ayer en un banco a mitad del templo, en Misa de las siete de la tarde. Como es entre semana, hay poca gente en la iglesia. Tres bancos delante mío, una mujer muy anciana acompañada de una chica joven que aparenta ser su nieta. La joven la trata con mucho cariño y un afecto que emociona. La anciana no se levanta en toda la ceremonia, excepto en el momento de la consagración, que es ayudada con exquisito cuidado por la joven que la sostiene para que la abuela, en pie, rinda tributo al Cristo presente en la Eucaristía.
Al comenzar la Santa Misa, durante la proclamación del Evangelio, en el momento de darse la paz y al terminar la Eucaristía con la bendición final, la joven toma con delicadeza la mano de la mujer anciana y le ayuda a hacer, con suavidad, la señal de la cruz y a persignarse. Me vienen a la mente aquellos tiempos, cuando era pequeño, en que mis padres me ayudaban también a santiguarme y a dar sentido a este gesto sencillo pero profundo que supone la confesión de nuestra fe.
En el momento de la comunión, cogidas del brazo y a paso cansino, se dirigen hacia el altar para recibir al Señor. La joven acerca a la anciana de pelo cano al sacerdote para que comulgue. Y, cuando regresan al banco, ambas se toman de la mano y rezan. Oran unidas, en una plegaria en íntima comunión espiritual. Es una imagen sencilla pero llena de amor. Han recibido el Amor y testimonian el amor. Son dos almas que se quieren, que transmiten cercanía espiritual y humana. ¿Qué le dirán al Señor? ¿Dará gracias la anciana por tener una nieta tan amorosa y sensible?. Y, la joven, ¿por tener la oportunidad de vivir experiencias de vida junto a su abuela? ¿Alabarán al Señor? ¿Pedirán por los otros miembros de la familia? Sea lo que sea lo que surja del corazón de estas dos personas, Cristo que está presente en el misterio de la Eucaristía y en ese momento en lo más íntimo de su corazón, estará lleno de gozo. Como la Virgen, siempre presente en la celebración eucarística. Y como los ángeles del cielo. Y como los santos de la Iglesia que se unen a toda Misa que se celebra en el mundo.
No es posible escucharlo pero uno siente que en la iglesia resuena un musical «¡Aleluya!» lleno de fuerza, o un «¡Paz en la tierra, paz en las alturas, que el gozo eterno reine en nuestro corazón» o tal vez «Vienen con alegría, Señor, cantando; vienen con alegría, Señor, los que caminan por la vida, Señor, sembrando tu paz y amor».
Terminada la Misa, permanezco unos minutos rezando y las dos se dirigen lentamente hacia la salida. Van cogidas del brazo, mientras la abuela se acompaña también de su bastón. Su rostros denotan felicidad y alegría. Están llenas del Señor y llenas del Espíritu Santo que Dios ha derramado en forma de amor en estos dos corazones sencillos.
Esta escena me lleva a dar gracias al Señor por la fe sencilla, por la fe amorosa, por la fe esperanzada de estas dos mujeres que son cuerpo de la Iglesia y, con su ejemplo, me ayudan también a crecer en mí la cercanía a Dios, a enraizarme más en la fe, a salir predispuesto a ayudar más en el hogar y en el ámbito profesional y, sobre todo, a mirar con una mirada distinta a ese Dios que me ha dado la vida y ha puesto en mi camino a tantas gentes que me han permitido crecer en la fe. Y me vienen al recuerdo mis abuelas que tanto han hecho por transmitirme la fe, porque si esta joven acompaña a su abuela a la Eucaristía y se entrega con amor a ella es porque, sencillamente, está devolviendo con la misma moneda lo que antes ha recibido con amor y con fe.

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¡Te bendigo, Padre bueno, y te doy gracias! ¡En este día quiero decirte que te quiero y que lo que siento por ti es un amor auténtico y profundo! ¡Pero te amo, Señor, porque siento íntimamente que este amor viene sólo de ti y que a través tuyo se manifiesta en tantas gentes que se entregan a los demás, que se ponen en servicio, que manifiestan una amistad auténtica, que viven la fe con alegría cristiana! ¡Te doy gracias, Señor, por tantas personas que andan por la vida que testimonian que Tú estás presente en nosotros porque son un reflejo tuyo! ¡Gracias, Padre, por tu empeño en buscarnos siempre! ¡Ayúdame, a través de tu Santo Espíritu, a ser también yo un reflejo tuvo en este mundo y sea capaz de pronunciar con autenticidad la oración que tú nos has enseñado! ¡Señor, eres Amor! ¡Gracias por este amor! ¡Gracias porque este amor es la sabia del mundo, la raíz de todo! ¡Gracias porque al servicio de este Amor nos has dado a tu Hijo Jesucristo que amó de manera tan generosa que fue capaz de dar su vida por amor! ¡Gracias por el mensaje que nos legó de «amaros los unos a los otros como yo os he amado» y que a mí me cuesta tanto cumplir! ¡Señor, sólo quiero contemplar tu amor, sólo quiero dejarme llenar de ti, solo quiero entrar en comunión contigo! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que el fuego de mi amor no se apague nunca en mi interior! ¡Pongo Señor sobre la mesa de tu altar a todos los abuelos del mundo, especialmente a los míos, a los ancianos, a los mayores! ¡Míralos siempre con amor, Señor, ellos que enriquecen cada día a las familias, que son tesoros vivos de la fe, de la sabiduría y del valor! ¡Señor, no permitas que sean nunca excluidos u olvidados, que reciban siempre amor y respeto y ayúdales a vivir con serenidad su vejez!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Fluye en mì, cantamos pidiendo a Dios la fuerza de su Espíritu: