¿Qué quieres que haga por ti?

¿Qué quieres que haga por ti? Jesús no se cansa de hacer esta pregunta. Día a día. Minuto a minuto. ¡Solo piensa en nosotros! Esta es una prueba de su amor por nosotros: ¿qué quieres, qué quieres que haga por ti? Este es el camino de la fe. ¡Creer es hablar con Jesús, escucharle y convertirse!

¡Es hermoso sentirse cerca de Cristo! Querer acercarse a Jesús, querer estar con Jesús en el Reino. Es el corazón de la vida cristiana. Me recuerda al buen ladrón en la cruz. Reconoce su pecado, sus errores, su ignominia y, sin embargo, se atreve a decirle al Señor: ¡Jesús, acuérdate de mí! Y, Jesús, que es el Amor en mayúsculas le responde: ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! 

Jesús es el salvador. Responde a nuestras peticiones, incluso a las que nos parecen atrevidas. Hoy me preguntaba ¿Cuantas veces me he atrevido a pedirle al Señor: ¡hazme santo!? ¡Pocas! ¡Probablemente porque le pido mi santidad o un buen lugar en el Reino sin querer pasar por la cruz, las pruebas, el sufrimiento, las necesidades, las humillaciones… ¡este es el bautismo del que nos habla Jesús!

Jesús actúa conmigo como con los dos discípulos que le piden estar a la derecha y a la izquierda en el reino o como los discípulos de Emaús. Enseña con paciencia una y otra vez: el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por la humanidad. Estas palabras expresan el significado de la misión de Cristo en la tierra, marcada por su sacrificio, por su vida ofrecida, por su muerte de amor por nosotros. Jesús es el siervo fiel y su obediencia es fuente de vida, de gracia. Al acercarnos a Jesús, recibimos la santidad.

Pero para ser santo necesito una conversión del corazón. Un corazón que Jesús conoce a la perfección. Los discípulos veían a Jesús como un rey, querían compartir el poder. Jesús convierte nuestra voluntad en poder, en dominación. El único lugar real es el del sirviente. La verdadera conversión está ahí. Jesús lava los pies de sus discípulos la tarde del Jueves Santo, para sumergirlos en el bautismo, ¡el fuego de su amor! Esto te permite entender que la santidad se nutre de la comunión con Jesús, muerto y resucitado.

La vida de cada día nos invita a amar a Dios con todo nuestro corazón y a extender su Reino, rechazando el pecado. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo en una comunión con nuestros hermanos imitando a Jesús que se convierte en siervo.

Al recibir la Sagrada Eucaristía, aceptamos entrar en los sentimientos de Jesús que nos ama hasta el final, que nos atrae hacia Aquel que da su vida por la salvación del mundo y que nos llena más allá de nuestros deseos: ¿Que quieres que lo haga por ti? ¡Hoy me atrevo a responder con alegría y con el corazón abierto a Jesús: hazme santo Señor que aspiro a gozar contigo en la reino prometido!

¡Señor, me pides cada día que quieres hacer por mi y se me olvida pedirte por mi santidad porque siempre te pido por mis problemas, mis dificultades, por los que amo, por las necesidades de cada día, por mi salud, por mi trabajo…! ¡Me pongo en tus manos, Señor, para que me arropes con tu amor, para que alumbres mi vida, para que des certeza a mi caminar, para que fortalezcas mi fe, para que des alegría a mis tribulaciones, para que llenes con tu Presencia mi corazón… para que me conduzcas hacia la santidad! ¡Señor, Tú quieres que sea santo y yo aspiro con todo mi corazón a serlo, por eso abro mi corazón y te pido que ilumine con la luz de tu Verdad y tu Palabra para ser capaz de ver lo que me aparta del camino hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la fuerza para eliminar de mi vida todos aquellos obstáculos que me alejan de ti y envía tu Santo Espíritu sobre mi para me transforme, renueve y santifique! ¡Concédeme la gracia de crecer junto a Ti y dispón mi corazón con la apertura necesaria para hacer siempre tu voluntad!  

Padre, me abandono a Ti

Conmueve contemplar la agonía de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Jesús enfrenta a su Padre su sufrimiento, en un combate espiritual de profunda intensidad. Es una lucha interna para aceptar la voluntad de Dios. Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas.
Cristo viene con el poder del amor del que ya no puede deshacerse. También en nuestra vida hemos de enfrentar batallas, luchas cotidianas que requieren humildad para decir si interiormente y acoger en nuestra vida la voluntad de Dios.
Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos. Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: “«¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón. Todas las torturas a las que se someterá no cambiarán su decisión firme de entregarse al Padre.
Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. ¡Es impresionante, tremendo, conmovedor! Te permite entender que desde este momento somos vencemos sobre el pecado y la muerte al ponernos delante del Señor y junto a Él decir sí a la voluntad de Dios, ofreciéndole también nuestra vida. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Los cristianos ya sabemos que Dios es amor, que su misericordia es infinita… Pero ¿qué sucede si me entrego completamente a Él?
Esto es lo que hacemos al participar de cada Eucaristía; pedimos la fuerza interior para estar en comunión con la Pasión, la muerte y la Resurrección del Salvador; cogemos turno para cuando llegue el momento de confrontarnos al Padre, confiándonos plenamente en el Señor. La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor.
Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas. Y para ser una fuente de resurrección, de alegría, a través de este don de Dios.
En este miércoles santo, uniéndome a Jesús en su agonía de Getsemaní, me postro en oración humilde ante la mirada del Padre para que venga a desarraigar mi complicidad con el pecado, mis faltas de amor, de compasión, de paciencia, de perdón, mi soberbia o mi egoísmo, mis juicios ajenos… pedir que esta fuerza que viene Cristo me haga salir a su encuentro y me otorgue la gracia para resucitar con Él.

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¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Te doy gracias, Señor, por tu sacrificio voluntario para librarme de mi pecado y mis infidelidades! ¡Me uno a ti en tu agonía, Señor, en la soledad de Getsemaní para que me enseñes a  aceptar la voluntad de Dios, y no me desaliente ante las tentaciones de abandonar cuando no me salen las cosas como tengo previstas! ¡Concédeme la gracia de abrazar siempre la voluntad de Dios sin ponerle nunca obstáculos a lo que Él tenga pensado para mi! ¡Al ver tu rostro afligido, Señor, permíteme ponerme a tu lado y velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡En este día, ayúdame a ser uno contigo para que mi voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono de mi yo al Padre, para entender que mi voluntad humana debe estar orientada siempre a la voluntad divina, en mi «sí» a Dios! ¡Señor, tu sabes que soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a mis palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

Despertar con la alegría de sentirse amado

Despierto al nuevo día con un gran sensación de gratitud. Siento profundamente en mi corazón como soy fruto del Amor de Dios a pesar de mis imperfecciones evidentes. Siento como Dios ha querido irradiar en mi pequeña vida todo su amor, su ternura, su misericordia y su bondad. Es Dios mismo, con la figura de Cristo impregnada en mi corazón y la luz del Espíritu irradiando mi vida, que crean un sentimiento de profundo amor y de gratitud. Sí, estoy feliz, alegre y gozoso porque siento que vivo en comunidad de amor con un Dios que me ama, con Cristo que me ama, con el Espíritu que ilumina tanto amor. Y siento la necesidad de vivir impregnado de ese amor, estar unido a Él.
¿Y qué sucede cuando peco, cuando me alejo de Él, cuando rompo esta unidad? Que lo estoy apartando injustamente de mi vida y mi corazón palidece, se entristece, sufre. Mi corazón muere porque se deja arrastrar por la muerte que trae el pecado. El pecado es, gráficamente, una actitud de desagravio y de desamor al que me lo da todo. Y me doy cuenta que tantas veces que me interesa más lo mío, lo perentorio, lo mundano, que el amor de Dios. Y soy consciente de que cuando me encierro en mi mismo, cierro también el corazón al amor divino. Y me cubro con el manto negruzco del egoísmo que me impide alzar la mirada a lo alto y ver la luz que irradia la gracia. Cuando me alejo de Dios todo es inseguridad, incerteza, desazón.
Me levanto con la alegría del que se siente amado. El que siente que su amor prende porque la mecha del amor de Dios está encendida. El que siente que su verdad abre verdad en los caminos de mi vida; que su espíritu riega de esperanza mi caminar; que su libertad crea en mi vida grandes espacios para mi crecimiento humano y espiritual…
Despierto al nuevo día con un gran sensación de gratitud. ¡Y como no va a ser así sintiendo el amor trinitario en mi corazón, razón de mi vivir y mi existir!

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¡Gracias, Señor, por este nuevo día porque porque tanto amor, tanta misericordia y tanta gracia me permiten comenzar la jornada con esperanza, paz y mucho amor! ¡No soy merecedor de tanto amor, Señor, porque tu conoces mi vida, mi pequeñez, mis imperfecciones y mis deficiencias! ¡Perdona, Señor, tantas ofensas; soy consciente de que a lo largo del día te fallo constantemente, que te ofendo con mis pensamientos, con mis actos, con mis palabras, con mis acciones y con mi pobreza humana y espiritual, pero alzo mi mirada al cielo, contemplo la cruz, y tu sangre gloriosa es el agua pura que me permite limpiarme de toda mancha! ¡Señor, en este día concédeme la gracia de caminar con alegría para mostrarte a través mío al prójimo, para abrir mi corazón al amor, para servir con generosidad y humildad, para tender puentes entre las personas, para dar sin esperar nada a cambio! ¡Enséñame a amar como tu amas! ¡Hoy quiero agradecerte tanto amor que no merezco; ayúdame a perfeccionar mi vida por amor a ti y a los demás y por mi propio crecimiento humano y espiritual! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que ilumine mi caminar y no me desvíe de la senda que me conduce hacia Ti!

 

El cantar de María

Segundo sábado de febrero con María, reina de la vida, señora del alma pura, en lo más profundo de mi corazón.
Un sacerdote sencillo, humilde, bondadoso y, en mi opinión, santo, nos invitó a un grupo de personas a profundizar en el libro del Cantar de los Cantares, por tantos místicos estudiado y analizado. Lo he hecho durante esta semana al trasluz de la visión ofrecida por este Padre, una canto hermosísimo al amor puro, a la prefiguración de la imagen de María como amada por Dios y del amor profundo que Dios siente por el género humano.
Este poema alegórico, canto del amor de Dios hacia su Pueblo asemejado a un amor conyugal, te llena también profundamente de María. Es el cantar de María. Es la exaltación de María. Es la palpable demostración de que Dios nos ha dado a Cristo con un amor tan grande que lo ha querido gestar en el seno virginal e inmaculado de María.
El Cantar de los Cantares ensalza el amor que Dios siente por María; es el canto alegre de la perfección de la Virgen; es la perfecta unificación del ser humano con Dios, una unidad plenamente integrada en el amor que hace a Dios y al hombre ser uno mismo, un solo espíritu.
El Cantar es la poesía del amor. Es la intensidad que eleva el infinito amor de Dios por el hombre, que presenta a un Dios que desea encontrarse con nosotros y nos busca con anhelo. Y nos entrega a María, la esposa, la Mater Ecclesiae, la mujer del alma pura, hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, anunciada por Dios Espíritu Santo para que unida a Cristo sea nuestra Madre y corredentora.
Durante la lectura pausada y sosegada la emoción me ha ido embargando, acrecentado mi amor por María, tan delicadamente escogida por Dios, icono bellísimo de la Iglesia instituida por Cristo, siempre guiada por el Espíritu Santo. Tres personas que representan el amor trinitario y que le otorgan a la Virgen la gracia de ser bendita entre las mujeres.
¿Que he sentido durante la lectura de este bello texto de Salomón? Que como María mi amor por el prójimo sea salir a su encuentro, convertir mi entrega en un canto a la renuncia, a la despreocupación del yo y mis particularismos egoístas, a la búsqueda exclusiva del bien de la persona querida.
Tratar de ser como María, alguien de vida sencilla que busca la unión con la naturaleza divina en cuanto a pureza de actos, de gestos y de palabras; en cuanto a la ternura de mis actitudes, en cuanto a la manera de vivir las bienaventuranzas de la vida. Saber guardar en lo profundo de mi corazón todas las cosas, meditándolas en una vida orante aunque no por ello práctica. Dar gloria a Dios como hizo María por las grandes obras que ofrece a mi vida.
Siguiendo el ejemplo de María, ser portador de la Buena Nueva del Evangelio y contagiar al próximo la fe en Cristo, Salvador del hombre.
¿Y que tengo que hacer para lograrlo? Abrir mi corazón al Amor más grande, abrirlo desde la pureza del amor, de ese inconmensurable amor que Dios siente por nosotros, para que invada todo los resortes de mi ser, como hizo María, para darlo a espuertas de modo que mis gestos, mis palabras, mis miradas, mis pensamientos, mis actitudes se contagien de ese amor divino, del amor de Cristo y del amor de María y sean un canto de gloria que de sentido a mi vida cristiana. ¡Ingente tarea que, previamente, exigirá hacer limpieza en mi corazón para que este espacio pequeño, sencillo y humilde se llene plenamente del amor divino!

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Hoy mi oración son frases breves extraídas del Cantar de los Cantares y que dedico con el corazón abierto a María: Mas una es la paloma mía, la perfecta mía; Es la única de su madre, la escogida de la que la dio a luz. La vieron las doncellas, y la llamaron bienaventurada; las reinas y las concubinas, y la alabaron.¿Quién es ésta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden? Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto. Toda tú eres hermosa, amiga mía, ni hay defecto alguno en ti.

Y añado de mi cosecha: ¡todo tuyo, María, Gracias por el hermoso regalo de ser mi Madre celestial!

¡Por mi redención!

He acudido a Misa a una iglesia a la que entraba por primera vez. Eramos pocos feligreses. He llorado en el momento de la consagración. El celebrante, un sacerdote joven, ha manifestado un amor increíble en cada palabra y en cada gesto. Ha elevado la Hostia con una delicadeza suprema. Ha levantado el cáliz con una mirada de fe profunda.
Ha dado realce al auténtico sacrifico que es la Eucaristía. Ha rememorado el sacrificio de Cristo con un amor explosivo pero humilde al mismo tiempo. Y me han saltado las lágrimas. No he podido más que exclamar «¡Señor mío y Dios mío, muéveme el verte clavado en esa cruz y escarnecido!». Se me han saltado las lágrimas porque el amor con el que este sacerdote presentaba el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo hacía muy presente en el santuario de la vida con su propia sangre. Mis ojos llorosos agradecían ese sacrificio de Cristo como precioso acto de obediencia a la voluntad salvadora del Padre. ¡Qué hermoso acto de oblación, de entrega generosa, de humildad perfecta, de amor inconmensurable!
No puedo dejar de pensar la gracia que supone poder recibir cada día a Cristo en la Eucaristía. Sentirle en lo más profundo de mi ser. ¡Un gesto de tanto sufrimiento y de tanto amor! ¡Un gesto trascedente que es por mí! Porque en la Eucaristía revivimos la Pasión y la Muerte de Cristo como acción glorificadora del Padre pero por encima de todo para la redención del hombre. ¡Por mi redención! ¡Qué sublime es el sacrificio de Cristo!
Y he salido del templo alegre, feliz, gozoso, lleno de esperanza. He participado de nuevo en el sacrificio de la Santa Misa. He hecho sencilla y humildemente con amor la oración más perfecta que en mi pequeñez le puedo ofrecer al Creador: participar de la Eucaristía. Y por algo nada más tan sencillo que por simple amor.

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¡Señor, te doy infinitas gracias por que te haces pequeño en un trozo de pan para alimentar mi vida! ¡Te doy gracias, Señor, porque me permites rememorar en cada fracción del pan y en cada copa de vino la última cena y sacias con tanto amor mi hambre y mi sed de Ti! ¡Te doy gracias, Señor, amigo, porque tu amistad es tan profunda y amorosa que diste la vida por mi hasta la muerte en Cruz! ¡Te doy infinitas gracias, Jesús, porque me llenas cada día con tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Gracias, Señor, porque me permites amarte y sentirte cada día, porque en la unión contigo en la Eucaristía me fortalezco, porque me haces comprender que como Tú debo entregar la vida por el prójimo! ¡Gracias, Señor, gracias, porque cada día en la Eucaristía siento que participo en una comunión de amor contigo y con los que me rodean! ¡Señor, no merezco recibirte pero una palabra tuya bastará para sanarme! ¡Gracias, Señor, por haber venido a mi alma, por haberme creado, redimido, hecho cristiano y conservado la vida, por todo lo que cada día me ofreces, por los dones que me concedes diariamente, por los dones que desconozco y me otorgas, por tu perdón generoso y, sobre todo, por haberme dado a María como Madre! ¡Gracias, por todos los que me rodean, dame fe, esperanza cierta y caridad sin límites para servirlos con amor, generosidad y entrega!

Optar por el camino de Jesús

Es imposible que Dios vea con buenos ojos desde las alturas lo que está sucediendo en nuestro mundo. Tiene que dolerle profundamente observar como nuestra soberbia y egoísmo avanza a pasos agigantados por el mundo creando indiferencia en las sociedades hacia los más desfavorecidos y generando masas cada vez mayores de personas gente que no cuentan para nadie. Le tiene que resultar ingrato contemplar el sufrimiento de tantos que la bondad humana podría evitar. No tiene que serle agradable ver tanto odio manifestarse en tantas miradas y tantos comportamientos de los hombres. Ni tanto muro erigido entre los corazones de los hermanos. Ni tanto silencio ante la injusticia. Ni tanta frialdad de corazón por la situación de tantos hombres y mujeres que padecen necesidad. Ni tanto hedonismo e individualismo que convierte a las sociedades en mundos de hielo donde la ausencia de amor provoca soledad, tristeza, desazón… Este mundo se asemeja cada vez menos a aquél que un día Dios ideó con toda su pureza y limpidez porque era fruto de la profundidad de su inmenso Amor.
A Cristo, lo leemos en las páginas del Evangelio, tampoco le agradaban los derroteros que tomaban los hombres de su tiempo. Sentía lástima de ellos hasta el punto que consideraba que andaban como ovejas sin pastor; y se propuso enseñarles con calma. ¿Y qué les enseñó? Que para el hombre no hay más opción que optar por el camino de la entrega y del amor. Jesús no enseñaba teoría. Él mismo se puso de ejemplo y recorrió en tres años el camino de la verdad.
No es sencillo ni fácil convertirse en puente que trate de converger dos riberas que se ignoran, que se menosprecian, que se subestiman o que se odian. De ahí que para Él no cabía otro final que morir en la cruz. Desde lo alto del madero santo reconcilió a dos pueblos con Dios y por medio de la cruz los unió en un solo cuerpo destrozando con su muerte el mal.
Fue Jesús quien abrió el camino para los hombres. Ese camino permanece abierto. Jesús lo que nos pide a los cristianos es que seamos en el mundo otros cristos que caminemos con el corazón puro, con la dignidad de hijos de Dios, limpios en nuestras intenciones, con los brazos abiertos en forma de cruz, dispuestos a amar y servir, que seamos capaces de cubrir la distancia que separa los corazones humanos, que nuestras manos tiendan puentes y derriben muros, que nuestras miradas lleven amor, perdón, misericordia, paz. Aunque esto suponga renunciar a nuestra comodidad y nuestro bienestar personal.

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¡Señor, quiero ayudarte a cambiar el mundo a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Quiero ser imagen tuya, ser reflejo tuyo en el pequeño mundo donde me muevo! ¡Quiero ser una sola cosa contigo! ¡No me importa ser como tu en Getsemaní para ser consciente de la fealdad de mi pecado y entender lo mucho que sufriste por mi! ¡Ponte en mi lugar, Señor, y permitir actuar como lo harías tu; que mis manos, mis ojos, mi lengua y mi corazón sean los tuyos! ¡Haz que mi tiempo, mi energía, mis esfuerzos estén impregnados de tu presencia! ¡Viven en mi, Señor, para que mis miradas sean las tuyas, mis sentimientos sean los tuyos, mis palabras sean las tuyas, mis apreciaciones sobre los otros sean las tuyas, mi servicio sea como el tuyo! ¡Ayúdame a llevar la paz a los demás como hiciste tu! ¡Ayúdame a llevar la Palabra al prójimo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a caminar por el mundo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a transmitir tu verdad, Señor! ¡Concédeme la gracia de ser transmisor de amor, de verdad, de esperanza, de perdón, de misericordia! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de abrir el corazón para recibir en mi interior el espíritu de Jesús! ¡Ayúdame a ser otro Cristo y transformar todo mi ser en otro Jesús que dé sentido a mi realidad como cristiano!

¿Me amas?

He tomado la fotografía que ilustra esta meditación porque, cuando me encontraba frente a la cruz, he sentido interiormente como surgía esta pregunta: «¿Me amas?».
Es esta pregunta, con la que Cristo se despidió de Pedro, de una gran simplicidad pero al mismo tiempo de una tremenda hondura humana porque exige de ti que vayas a lo profundo del corazón y reveles lo que hay de verdad en tu interior.
Este «¿Me amas?» me ha sobrecogido porque no se puede responder con evasivas ni con subterfugios. Al igual que esperas de la persona con la que quieres compartir tu vida una respuesta sincera, lo mismo sucede con Cristo. De lo que respondes depende tu misma existencia.
En su respuesta al «¿Me amas?», Pedro respondió de tal manera que Cristo, sabiendo que el apóstol de verdad lo amaba, podía confiar plenamente en él. Fue tan firme su respuesta, basada en la fe, que edificó sobre un hombre tan rudo el futuro de su Iglesia. Gracias a su «te amo» Jesús encomendó a Pedro las llaves del cielo, esas llaves que te abren o te cierran el paso a la gloria eterna.
Al mirar este cuerpo desnudo de Cristo, al sentir su mirada amorosa y tierna y al escuchar en mi interior el «¿Me amas?» he sentido que Jesús quiere de mi que vaya a lo profundo de la existencia, que me aferre a su amor profundo y sincero, fiel y misericordioso, para caminar por la vida.
Pero he sentido también una gran desazón. La he sentido porque mi respuesta lógica ha sido como la de Pedro, «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo» cuando en realidad mi fe es tantas veces rutinaria, mi confianza con frecuencia se tambalea, mi fidelidad se resquebraja a veces, mi relación gratuita de amor no siempre es la más adecuada, mi amor hacia Cristo se adapta en ocasiones a la voluntariedad de mis intereses…. Al verle en esta Cruz, sin embargo, he sentido su amor, su ternura, su misericordia. Y me ha hecho entender que cada día necesito un reencuentro con el Señor de la vida, del amor y de la esperanza.
He salido de la iglesia repitiendo interiormente el «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo», convencido de que no es un mero formalismo sino la respuesta decidida a seguirle siempre con un amor infinito.

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¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón, y sabes que te amo a pesar de mi debilidad y mi pequeñez! ¡Señor, yo te amo a pesar de las veces que te abandono! ¡Te amo, Señor, y sé que no me abandonas nunca y que siempre caminas a mi lado! ¡Te amo, Señor, y concédeme la gracia de abrir cada día mi mente y mi corazón a Tu Palabra! ¡Señor, te amo y soy consciente de que te basta la pobreza de mi amor y que te adaptas a mi debilidad!  ¡Te doy, Señor, mi pobre amor y mi nada! ¡Te doy mi todo, Señor, todo mi amor porque creo en Ti, espero en Ti, te adoro y me duele haberte ofendido! ¡Te amo en la alegría y en el dolor, en la serenidad interior y en las turbulencias de la jornada! ¡Quiero amarte y hacer que quienes me rodean te amen más! ¡Te amo, Señor, y mirando la cruz que no me acostumbre a verte crucificado!

Dios me ama, cantamos hoy:

La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

Me imagino a Jesús…

Cuando te fijas en la figura de Jesús observas que allí por donde pasaba dejaba un poso de alegría y de verdad. Sus gestos y sus palabras irradiaban esperanza, consuelo, amor y bondad. Me imagino lo que debían sentir los apóstoles en su corazón y lo que debían comentar entre ellos en sus largas caminatas junto a Jesús por los caminos polvorientos de Galilea. Me imagino las comidas y los tiempos de conversación con el Señor, empapándose de sus enseñanzas y de su ternura. Me imagino el perfume de alegría y de amor que traslucía el Señor, aroma que respiraba cualquiera que se pusiera a su vera.
Me imagino como debía mirar Jesús a la gente y como el cruce de aquella mirada penetraba más allá de los ojos para llegar al corazón mismo de cada persona que se encontrara con Él. Imagino como comprendía lo que sentía su corazón y el sentimiento de auténtica compasión que brotaba de su mismo ser para darle el consuelo que aquel hermano suyo necesitaba.
Me imagino como debía poner Jesús sus manos en el hombro del necesitado, en las mejillas del desamparado, sobre la cabeza del dolorido, sobre los ojos del ciego, sobre el cuerpo del tullido. Imagino como en lugar de lástima sentía por aquel ser creado por Dios una infinita compasión y misericordia.
Me imagino como el Cristo de la misericordia irradiaba una bondad infinita imprimiendo en cada corazón el sello de la esperanza para darles la valentía de afrontar sus dificultades cotidianas y la fortaleza para afrontar los vaivenes de la vida.
Me imagino como Jesús oraba interiormente por cada una de las personas que se cruzaban por su camino, como asumía en primera persona el sufrimiento del herido fuese de cuerpo o de alma. Me imagino como los llenaba de la alegría de la esperanza y como su simple mirada les llenaba con la gracia del Espíritu.
Me imagino como cada palabra, cada gesto, cada señal, cada movimiento de su cuerpo irradiaba un amor a raudales. Me imagino el amor con el que trataba incluso a los que mal le querían, porque Él mismo aplicaba el mandamiento del amor con todas sus consecuencias.
Me imagino a Jesús sonriendo, alegre, cuando veía a niños, mujeres y ancianos acercarse a Él. Y me lo imagino contagiando esa sonrisa a todos los que le rodeaban porque cuando bien haces, bien siembras.
Me imagino cada paso de Jesús, dejando impresa la huella del amor. Me imagino como debía caminar siempre despacio, fijándose en cada una de las personas que se cruzaban por su camino bendiciéndolas desde el corazón.
Me imagino como Jesús escuchaba al prójimo, con paciencia y con amor, tratando de discernir lo que anidaba su alma, tratando de confortar con la palabra y con los gestos cuando no con la mirada. 
Me imagino la voz de Jesús, poderosa y fuerte pero amorosa al mismo tiempo, hablando de las cosas de Dios, enseñando con parábolas, invitando al paralítico levantarse o al ciego ver. Me imagino a Jesús tomando la mano de la pecadora arrepentida o leyendo pausadamente en la sinagoga cada una de las palabras de las Escrituras en el sábado sagrado para los judíos.
Me imagino cada milagro y cada acontecimiento al lado de Jesús, misterios de fe que no podían negarse a los ojos de los que lo vivían.
Pero me doy cuenta que no se trata de imaginar sino de vivir al estilo de Cristo. Todo lo que Él hacía puedo hacerlo yo en mi vida cotidiana. Y sin embargo… sin embargo tienen que cambiar muchas cosas para ser como ese Cristo al que tanto amo y quiero hacer mío en el sí cotidiano de mi vida.

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¡Señor, creo en Ti que eres el amigo que no abandona! ¡Creo en Ti quiero vivir como viviste Tu, impregnarme de tu verdad para caminar así en mi vida cotidiana! ¡Señor, quiero que mi voz sea tu voz para llevar la alegría al prójimo, para que mis palabras sean de consuelo, de amor, de paz, de ternura, de generosidad… que quien me escucha sienta la paz interior que emana de Ti! ¡Señor, quiero tener tu paciencia, para tener templanza ante las situaciones de la vida y ante las personas que me cuestan por su carácter y por sus actitudes! ¡Señor, quiero que mis manos sean como las tuyas, amorosas y siempre abiertas al prójimo! ¡Señor, quiero ser como tu misericordioso en todas mis actitudes y todos mis gestos! ¡Tu, Señor, me conoces; sabes lo que anida en mi corazón, lo que tiene que ser cambiado, lo que esperas de mi y no te doy; ayúdame a abrir cada día mi corazón al Espíritu Santo para que renueve mi interior y me haga cada día un poco semejante a Ti!

Tu estás aquí, cantamos con Jesús Adrián Romero y Marcela Gandara:

¿A qué me invita hoy la Virgen de Fátima?

Coincidiendo con la Ascensión del Señor hoy se celebra la festividad de la Virgen de Fátima. ¿Cómo me conciernen en un día como hoy estas apariciones y los mensajes que María transmitió a los tres pastorcillos portugueses? ¿Afectan en algo a mi vida de fe? La respuesta es contundente: «Sí».
La Virgen me invita a dirigir mi mirada a Dios y a convertirme cada día. Me invita a elevar la mirada al cielo, a orar con el corazón abierto y bendecir a Dios por las gracias que cada día recibo por su amor. Me invita a rezar el Rosario para meditar la vida de Cristo. Me invita a aceptar el sufrimiento en mi vida cotidiana. Me invita a ser santo porque la santidad, como demostraron los tres pastorcillos, no es una cuestión de edad sino de actitud. Me invita a ponerme al servicio del prójimo. Me invita a fortalecer mi fe. Me invita a poner a Cristo en el centro de mi vida. Me invita a la escucha de la Palabra. Me invita a convertir la Eucaristía en el momento más crucial de mi jornada. Me invita a seguir el Evangelio con radicalidad cristiana.
Pero hay más. La Virgen me invita a hacer de mi vida un ofrecimiento constante. a encontrar en la entrega el amor de Cristo. Me invita a ofrecerme a mi mismo para llegar a Jesús. Me invita a dejarme la piel por la causa de Cristo y por el Evangelio. Me invita a convertirme cada día, a un proceso de conversión que pase por la renuncia de mi mismo. Me invita a aceptar los desprecios y las humillaciones por declararme cristiano. Me invita a sufrir por Cristo y sufrir por Ella. Me invita a aceptar la cruz cotidiana. Me invita a ofrecer mi propia vida para unirme a Cristo en la cruz.  Me invita a no aceptar el mal en mi vida. Me invita a creer en la Resurrección de Cristo que vence al demonio y nos restaura a la vida.
Pero la Virgen va todavía más allá. La Virgen habla del cielo y del infierno, de evitar la tentación y el buscar la gloria eterna. De evitar la maldad y abrazar el bien. De rechazar las mentiras del mundo y acoger en el corazón las verdades del cielo. Me invita a rezar por la paz en los corazones y en el mundo, para que éste se convierta, para estar comprometido siempre en el camino de la paz y el amor, es así como me podrán llamar hijo de Dios. Me invita a que el Espíritu Santo se inserte en lo cotidiano de mi vida para llevar mi compromiso de amor, de paz, de perdón y de misericordia a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la sociedad entera.
Fátima es un canto a la esperanza todavía vivo hoy porque es un dirigir la mirada al Corazón Inmaculado de la María, en el que pongo toda mi confianza, mis desvelos y mi esperanza. Si en el rostro de María brilla el rostro de Dios, todo lo que viene de Ella es entonces alegría.
Fátima me concierne y mucho porque puedo volcar todas mis dificultades, mis pruebas, mis preocupaciones, mis desvelos, mis temores y los de los que me rodean en su corazón materno y ofrecerme a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandarme como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores, yo el primero.

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¡Madre bendita, te apareciste a los tres pastorcillos de Fátima desde el cielo parar ofrecer la posibilidad de sembrar en el corazón de todos los que se acogen a Ti el Amor de Dios que arde en el tuyo! ¡Quiero hacer míos tus mensajes y unirme a tu corazón inmaculado! ¡No permitas, María, que me deje llevar por las tentaciones y el pecado; no dejes que mi corazón desprecie el sentido del pecado! ¡Al igual que los tres pastorcillos de Fátima, concédeme la gracia de hacer siempre la voluntad del Padre y llegar a ser más hermano de tu Hijo Jesucristo, más hijo de Dios y más abierto a la acción del Espíritu! ¡Concédeme, María, la gracia de llevar siempre una vida santa para la reparación de los pecados de los hombres! ¡Concédeme la gracia de peregrinar siempre en confianza hacia tu Corazón de Madre e intercede ante Tu Hijo por nuestras necesidades y las de la humanidad entera! ¡Que como en Caná de Galilea, cumpla lo que me mandas que es escuchar a Jesús y hacer lo que Él me diga y sentir como se derrama sobre mi el exquisito vino de Su misericordia! ¡Virgen Santa, en Fátima no nos prometías una felicidad en la tierra sino en el cielo, nos llamas a una misión trascendente basada en la oración, el rezo del Rosario y la penitencia por la conversión de los pecadores, ayúdame a cumplir tu voluntad en mi vida! ¡Ayúdame a convertirme en una alma de oración, capaz de abnegación para abrirme sin reservas a la voluntad de Dios, capaz de comprender que mis sufrimientos han de ir asociados a la Pasión de Jesús para la renovación del mundo! ¡Madre Santa, necesito que la luz de la salvación de Cristo ilumine mi vida, por lo que te pido que me ayudes a que no se apague de mi corazón la lámpara de la fe! ¡Ayúdame a sobrellevar las pruebas y el peso de la cruz, a amar a pesar de las ofensas, a esperar contra toda esperanza y a ser un instrumento inútil de Jesús, tu Hijo!

Jaculatoria a la Virgen María: ¡Oh, Jesús, te amo!… ¡Dulce Corazón de María, se la salvación mía!

Nos acompaña hoy el Ave María de Fátima: