Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

¿Qué quieres que haga por ti?

¿Qué quieres que haga por ti? Jesús no se cansa de hacer esta pregunta. Día a día. Minuto a minuto. ¡Solo piensa en nosotros! Esta es una prueba de su amor por nosotros: ¿qué quieres, qué quieres que haga por ti? Este es el camino de la fe. ¡Creer es hablar con Jesús, escucharle y convertirse!

¡Es hermoso sentirse cerca de Cristo! Querer acercarse a Jesús, querer estar con Jesús en el Reino. Es el corazón de la vida cristiana. Me recuerda al buen ladrón en la cruz. Reconoce su pecado, sus errores, su ignominia y, sin embargo, se atreve a decirle al Señor: ¡Jesús, acuérdate de mí! Y, Jesús, que es el Amor en mayúsculas le responde: ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! 

Jesús es el salvador. Responde a nuestras peticiones, incluso a las que nos parecen atrevidas. Hoy me preguntaba ¿Cuantas veces me he atrevido a pedirle al Señor: ¡hazme santo!? ¡Pocas! ¡Probablemente porque le pido mi santidad o un buen lugar en el Reino sin querer pasar por la cruz, las pruebas, el sufrimiento, las necesidades, las humillaciones… ¡este es el bautismo del que nos habla Jesús!

Jesús actúa conmigo como con los dos discípulos que le piden estar a la derecha y a la izquierda en el reino o como los discípulos de Emaús. Enseña con paciencia una y otra vez: el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por la humanidad. Estas palabras expresan el significado de la misión de Cristo en la tierra, marcada por su sacrificio, por su vida ofrecida, por su muerte de amor por nosotros. Jesús es el siervo fiel y su obediencia es fuente de vida, de gracia. Al acercarnos a Jesús, recibimos la santidad.

Pero para ser santo necesito una conversión del corazón. Un corazón que Jesús conoce a la perfección. Los discípulos veían a Jesús como un rey, querían compartir el poder. Jesús convierte nuestra voluntad en poder, en dominación. El único lugar real es el del sirviente. La verdadera conversión está ahí. Jesús lava los pies de sus discípulos la tarde del Jueves Santo, para sumergirlos en el bautismo, ¡el fuego de su amor! Esto te permite entender que la santidad se nutre de la comunión con Jesús, muerto y resucitado.

La vida de cada día nos invita a amar a Dios con todo nuestro corazón y a extender su Reino, rechazando el pecado. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo en una comunión con nuestros hermanos imitando a Jesús que se convierte en siervo.

Al recibir la Sagrada Eucaristía, aceptamos entrar en los sentimientos de Jesús que nos ama hasta el final, que nos atrae hacia Aquel que da su vida por la salvación del mundo y que nos llena más allá de nuestros deseos: ¿Que quieres que lo haga por ti? ¡Hoy me atrevo a responder con alegría y con el corazón abierto a Jesús: hazme santo Señor que aspiro a gozar contigo en la reino prometido!

¡Señor, me pides cada día que quieres hacer por mi y se me olvida pedirte por mi santidad porque siempre te pido por mis problemas, mis dificultades, por los que amo, por las necesidades de cada día, por mi salud, por mi trabajo…! ¡Me pongo en tus manos, Señor, para que me arropes con tu amor, para que alumbres mi vida, para que des certeza a mi caminar, para que fortalezcas mi fe, para que des alegría a mis tribulaciones, para que llenes con tu Presencia mi corazón… para que me conduzcas hacia la santidad! ¡Señor, Tú quieres que sea santo y yo aspiro con todo mi corazón a serlo, por eso abro mi corazón y te pido que ilumine con la luz de tu Verdad y tu Palabra para ser capaz de ver lo que me aparta del camino hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la fuerza para eliminar de mi vida todos aquellos obstáculos que me alejan de ti y envía tu Santo Espíritu sobre mi para me transforme, renueve y santifique! ¡Concédeme la gracia de crecer junto a Ti y dispón mi corazón con la apertura necesaria para hacer siempre tu voluntad!  

No amar tu voluntad; amar la voluntad de Dios

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de uno de los grandes santos de la Iglesia: Ignacio de Loyola. Un hombre recio, valiente, perseverante, decidido que tiene el absoluto de Dios arraigado en lo más profundo del corazón; este es el secreto de la vida de san Ignacio de Loyola.

El encuentro con Cristo, después de haber sido herido en el campo de batalla, con una larga enfermedad que le obligará a una larga convalecencia, perturba por completo la vida de san Ignacio. Su nombre, de origen vasco, en sí es como el resumen de su secreto. Antes de comenzar a escribir he buscado el significado del nombre Ignacio porque pensaba que estaría vinculado al enfrentarse a los problemas y dificultades. Ignacio significa «el que surge entre las llamas» e Ignacio de Loyola era realmente un alma de fuego. Cuando el Señor, que también es un fuego consumidor, entró en su corazón, lo consumió completa y definitivamente. Este es el secreto de la vida de San Ignacio y esto es lo que comunicó a quienes se convirtieron en sus discípulos y sus compañeros. El fuego del amor de Dios que consume y ocupa todo el espacio, sin límites, sin dejar cabida a nada más.

Hay, en los Ejercicios de San Ignacio, que son un fundamento fructífero del misticismo de San Ignacio, en los cuales el alma se encuentra frente a Dios, en ese proceso de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocalmente, de disponer el alma, de hallar la voluntad divina en tu vida, la demanda constante a Dios: Señor lo que quiero y deseo. Esto también resume completamente el alma de San Ignacio y de toda la compañía de Jesús. La voluntad de Dios que se convierte en nuestra voluntad hasta el punto de que esto es lo que Dios quiere que pidamos porque es lo que Dios quiere que queramos. Este es el secreto que mantuvo vivo a San Ignacio. Hubo un tiempo en que Dios se le apareció, y él le dio todo, y desde ese momento no tuvo más voluntad que la del corazón de Dios.

Este es el significado de la obediencia de san Ignacio y de la Compañía que él fundó. Obedecer no implica convertirse en un esclavo, no es convertirse en una herramienta inanimada en manos de un jefe tiránico que, arbitrariamente, hace cualquier cosa con él, obedecer es hacer la voluntad del Único. Es no amar tu propia voluntad sino identificar totalmente el impulso más profundo de tu corazón con el impulso del corazón de Dios. Esta es la obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre y esta es la obediencia del cristiano a la voluntad de Dios y esto es lo que san Ignacio nos muestra, de una manera maravillosa, y que todos debemos vivir, por nuestra parte y con nuestro propio temperamento, nuestra propia espiritualidad, nuestra propia sensibilidad: para asegurarnos de que el amor de Dios sea lo suficientemente profundo en nosotros como para que haya, tal vez no a primera vista, como san Ignacio, pero en cualquier caso de forma gradual y real, una identificación de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, de nuestro deseo con el deseo de Dios, para que solo Él sea el primero en ser servido, Él solo el centro de nuestra vida y de la vida. Haciéndolo así me puedo dar entonces a los demás con un corazón lleno de Dios. «En todo amar y servir» la frase de san Ignacio que es mucho más que un lema. Y que hoy, en su festividad, quiero hacer también ejercicio de vida, ejercicio de amor para darlo a los que conviven conmigo, con los que trato y con los que me relaciono.

Hoy quiero que mi plegaria sean dos oraciones que tengo muy presentes en mi vida. Ambas son de san Ignacio de Loyola.

Oración de entrega, ideal para el inicio de la jornada y para orar después de haber recibido la Sagrada Comunión.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad. Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

Señor, Tú me conoces, aconsejada en el momento de iniciar la oración personal

Señor, Tú me conoces mejor  de lo que yo me conozco a mí mismo. Tu Espíritu empapa  todos los momentos de mi vida. Gracias por tu gracia y por tu amor  que derramas sobre mí. Gracias por tu constante y suave invitación  a que te deje entrar en mi vida. Perdóname por las veces que he rehusado tu invitación, y me he encerrado lejos de tu amor. Ayúdame a que en este día venidero  reconozca tu presencia en mi vida, para que me abra a Ti. Para que Tú obres en mí, para tu mayor gloria. Amén.

Dejarse transformar por ese Dios que nunca se impone

Con frecuencia pienso que es Dios quien tiene que abrir la puerta de mi corazón. Que es Él quien tiene que llamar para que le abra. Que es Él quien tiene la obligación de buscarme. Y sí, Dios primero busca y lo hace porque por encima de todo pensó en mi —pensó en todos— antes incluso de la Creación. Esa es la grandeza de su Amor. Antes de ser un proyecto de nuestros padres allí estaba Él, unido a cada uno abriendo sus brazos para acoger nuestra existencia.  Y sí, el da pasos para hacerse el encontradizo, para que fijemos su mirada en Él, para que lo encontremos en cualquiera de las circunstancias de nuestra vida. Dios nos busca porque nos ama. Dios nos quiere a su vera aunque nosotros nos olvidemos de Él.

Pero se necesitan grandes dosis valentía, de sinceridad y saber ejercer nuestra libertad para dejarnos encontrar y transformar por ese Dios que nunca se impone, que no trata de dominar nuestra voluntad, ni fija con firmeza sus leyes, ni esclaviza el corazón, sino que tan solo desea abrir caminos de Vida que nosotros nos empeñamos en cerrar.

La grandeza del ser humano es que hemos sido creados libres y, respetando esa libertad, Dios no da ningún un paso para coartarla. Solo espera que que cada uno ponga su confianza Él, crea en Él y le abra de par en par las puertas de su corazón. Ese es mi deseo y mi anhelo que en este tiempo pido encarecidamente para que transforme mi corazón.

¡Señor, gracias porque cada día me buscas con ahínco, porque crees en mi, porque depositas en mi corazón tu tesoro de Vida en mi propia vida! ¡Gracias, Padre, porque me has creado con libertad para viva y crezca para llegar a ti! ¡Sabes, Padre, de mis flaquezas, de mi fragilidad, de mis cobardías, de mis egoísmo que dictan tantas veces las sendas de mi vida… no permitas, Padre, que todo esto impida abrirte de par en par las puertas de mi corazón! ¡Ven Espíritu Santo, ven a mi vida y transforma mi corazón frágil pero duro como un piedra, egoísta y soberbio; hazlo humilde y sencillo, amoroso y generoso, tierno y compasivo; transforma mi corazón como el de Jesús para aprender a amar como Él, y desde Él amar a Dios! ¡Espíritu de vida, ayúdame a crecer cada día en la vida de Dios y en la fe recibidas en el Bautismo, para que se capaz de vivir mi cristianismo de una forma más consciente, personal, libre y responsable! ¡Espíritu de Verdad, ilumina en cada momento mi mente y mi corazón para ser capaz de descubrir la verdad profunda de Dios, todo lo que encierra las Buena Nueva de Jesús y dame la alegría, el entusiasmo y el gozo de vivir como Jesús nos enseñó y vivió!

Ver a Cristo en los desarraigados

Me descorazona cuando al caer la noche ves a tantas personas rebuscando entre la basura. Me provoca profundo dolor cuando observo a tantas personas pidiendo en las puertas de los supermercados. Me llena de tristeza cuando veo a ancianos o ancianas sentados en las esquinas de las calles de mi ciudad pidiendo limosna. Cada vez que paso cerca de alguna persona desfavorecida por la vida le pido a Dios por ellos. Se me hace necesario ser consciente de que el Señor está en cada uno de ellos. No solo en sus necesidades materiales sino en lo profundo, en lo espiritual, en lo íntimo de su corazón, aunque esas personas no tengan conciencia de ello. Se me hace imprescindible recordar que estas personas necesitadas no solo de lo material puedan tener los ojos cerrados a esa Presencia viva en sus propias vidas. Y soy consciente también que muchas de estas personas, dolidas por su sufrimiento, su pobreza y su desesperación, le hacen a Él responsable de cuanto les sucede.

Muchas veces trato de ser amable con ellos. Con José, sentado en las escaleras de la Iglesia del Sagrado Corazón con sus dos piernas inválidas. Con Marisa, la anciana octagenaria que se encuentra siempre a dos manzanas de mi casa. Silvana, la mujer de mediana edad ciega que pide ayuda en la entrada del supermercado. Con Isidoro, un anciano que se pierde por las calles de la ciudad. ¿Cómo llenar a estas personas de esperanza? ¿Cómo hablarles de Dios? ¿Cómo ayudarles en lo espiritual porque en lo material disponen de la asistencia de Caritas diocesana? ¿Cómo actuar para interpelarles y decirles que en su sufrimiento Dios les ama? ¿Cómo tener la capacidad de actuar, de ver con sus ojos, sentir con su corazón, entender con su alma…? Porque no es fácil ponerse en la piel del que no tiene nada porque siente que su vida vale la moneda que le colocan en ese vaso de cartón gastado por el transcurrir de los días.

Por eso hoy le pido al Señor que me llene de la gracia de unirme al corazón de los que sufren, de ser capaz de servir al que sufre y no tiene esperanza, que mi corazón no solo esté abierto a la oración sino también al desprendimiento, a la generosidad, a la entrega al necesitado para que, al menos, cuando alguien me mire a los ojos vea reflejado en mi el rostro de Cristo, la mirada de Cristo, la sonrisa de Cristo y la misericordia de Cristo en un acto auténtico de amor gratuito.

¡Señor, te pido por todas las personas que sufren, por los que no tienen nada, por los que carecen de lo esencial humana y materialmente, por los que son abandonados, por los que se han quedado sin recursos, por los que sufren y viven en el dolor, por los desempleados, por los que no pueden alimentar a sus familias, a los que están enfermos y solos…! ¡Ten misericordia de todos ellos, Señor, ya que son tus preferidos! ¡Y concédeme, Señor, la gracia de servirlos a todos con el corazón abierto, con total desprendimiento, con generosidad extrema! ¡Ayúdame a estar a su lado, para servirlos con el fin de que sientan tu presencia y tu consuelo, para responder a ese amor que tu nos entregas cada día! ¡Ayúdame, Señor ,a comprender que nuestra vida no tiene sentido sin tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Ayúdame a hablarles de ti para que sientan tu consuelo, para que sientan tu amor y desde la paz interior pueda también ayudarles a encontrar lo que necesitan! ¡Que mis manos, Señor, estén llenas de amor para darlo a los demás, para estar a lado de los humildes y de los que sufren! ¡Ven, Señor, y preséntate a todos ellos con tu caricia amable, tu sonrisa tranquilizadora, tu abrazo reconfortante y tus palabras suaves! ¡Ven, Señor, y compadécete de todos los que sufren y no te ven!

¡Ven y sígueme!

Estoy acompañando a una persona a su camino hacia la fe cristiana. Tengo afán de que absorba aquellas verdades que para mi son importantes. Pero el proceso es lento. Me acuerdo de esta frase de Jesús: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora». No todos estamos preparados para recibirlo todo: son necesarias las circunstancias, los momentos interiores, los tiempos, la pedagogía con que vamos a recibirlo e, incluso, las personas son relevantes.
La vida se acrecienta dándola y se debilita cuando se vive en el aislamiento y la comodidad. Los que verdaderamente disfrutan de la vida son los que aparcan su seguridad y viven apasionadamente en comunicar a los demás la verdad revelada. Ser cristiano implica ser apóstol, es tener presente una misión. El apostolado cristiano tiene su fundamento en contarle al mundo la experiencia personal con Jesucristo; es comunicar —desde la coherencia personal— la Buena Nueva, la gran noticia de que Dios nos habla desde todo lo creado, desde las Escrituras, desde el envío de su Hijo para liberarnos del pecado y darnos vida plena a través del sacramento de la Eucaristía. Esto nos convierte en testigos vivos de la Buena Nueva del Evangelio pero no todo el mundo está preparado para recibirla. Por eso es tan importante aprender de Jesús. Él nos mostró el camino: en el acompañamiento personal el proceso requiere sus tiempos. No llamo de la misma manera a la puerta de la vida de Pedro que de Zaqueo, no se mostró igual ante el ciego Bartimeo que con la mujer samaritana en el pozo de Siquem, no habló igual al joven rico que al centurión romano… Y cuando Jesús resucitó no lo hizo por igual a todos. No se presentó ante la Magdalena como lo hizo con los discípulos en el Cenáculo; no se presentó igual al incrédulo de santo Tomás que a los decepcionados discípulos de Emaús.
En la vida de Jesús con cada uno daba preeminencia a sus circunstancias y les daba su tiempo. De cada uno respetó su idiosincrasia. Y les mostraba su bondad, su sabiduría, su simpatía, su amor; atendía sus necesidades, escuchaba sus necesidades, creaba vínculos; se ganaba poco a poco su confianza para, entonces, proclamar la palabra mágica: «¡Ven y sígueme!».
¿Es así mi apostolado; paciente, caritativo, amoroso, tierno, cercano…? ¿Impregno mi misión en la sociedad con el espíritu evangélico, todo cuanto realizo trato de convertirlo y transformarlo desde la óptica nueva del Evangelio? ¿Hago posible que todas las personas que forman parte de mi historia personal se llenen del Espíritu Santo y vean en mi un evangelio viviente? ¿Soy perfume del amor de Dios en mi entorno social, familiar, profesional…? De todo esto depende también mi apostolado fructífero y lleno de amor.

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¡Señor, te pido por las personas que no creen y están en camino, que llevan su presente y pasado a cuestas y necesitan de tu encuentro! ¡Hazme, para ellas, perfume de tu amor, evangelio vivo! ¡Como les amas profundamente, Señor, hazte muy presente en su vida, que sientan tu cercanía, tu amor y tu misericordia! ¡Envía tu Espíritu Santo para que remueva sus corazones como hiciste con Pedro, con Bartimeo o con la mujer samaritana! ¡Remueve, Señor, su vida, con todas sus capacidades, limitaciones, fortalezas y debilidades! ¡Transforma, Señor, su vida, para que sean lo que tu quieres que sean, para que iluminados por tu entendimiento y sintiéndote en lo profundo de su corazón vivan a la luz de tu Verdad y de tu Amor! ¡Señor, ábreles el corazón para que se conviertan en personas sensibles a la bondad y claridad de tu Palabra, a la belleza de tus mensajes, a la profundidad de tu vida, para que cada instante de su vida sea un encuentro permanente contigo! ¡Tócales, Señor, el corazón para que crean en la verdad revelada en los Evangelios, para que dejándose conducir por ti su vida sea un encuentro con la alegría, la esperanza, el amor, la paz interior, para que todo su ser esté impregnado de tus palabras, actos y pensamientos, para que toda su vida sea un reflejo de tu presencia viva! ¡Haz, Señor, que sea un instrumento sencillo que transmita tus valores y ayúdame también a mi a estar siempre muy comprometido contigo, siempre en gracia, siempre en unión a la verdad, siempre renovado en tu amor, para ser testigo verdadero de tu Evangelio! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Alabar en el altar del sacrificio

Me gusta alabar. Me gusta la alabanza. Me gusta porque hemos sido creados para alabar y servir a Dios, no para poner a Dios a nuestro servicio. Me gusta porque la alabanza es fruto del amor desinteresado.
Pero no siempre reúno las fuerzas para alabar. Hay días que, simplemente, me resulta imposible proferir palabras y cantos de alabanza pues de mis labios surgen palabras de lamentación. Son esos días en que los problemas abruman, el dolor invade, la oscuridad se cierne sobre mi vida, las dificultades fragilizan mi existencia. En estos días mi corazón derrama de manera injusta lágrimas furtivas de auto compasión. Y digo injusta porque en lugar de dar gracias, callo ante las grandezas que me regala Dios.
Pero Dios que es Amor y es Misericordia permanece ahí, sentado en el trono de la gloria, esperando de nuevo a que mis labios se abran para realizar cantos de alabanza. Él permanece inmutable, sin que su gloria haya disminuido. Y es cuando te das cuenta que Dios merece siempre mi alabanza por la sencilla razón de que es el único digno de ser alabado, bendecido y glorificado. Y es entonces cuando la alabanza se convierte en sacrificio. Se transforma en alabanza que sacrifica tus yoes, tus egoísmos, tus becerros de barro, tu ingratitud, tu engreimiento, tu desagradecimiento… Implica colocar todo lo mundano que uno ama en el altar del sacrificio para hacer la ofrenda que a Dios más le vale: uno mismo, con sus heridas y sus dolores, con sus sufrimientos y sus incoherencias, con sus pérdidas y sus dudas, con sus dificultades y sus humillaciones. Y ese Dios que es amor y misericordia se remueve en su trono, te toma entre sus brazos y te recuerda que, como su Hijo, la vida es camino en que hay pérdidas y sacrificios pero también resurrección y vida. Y que Él solo espera que en medio de cualquier circunstancia, por dolorosa que sea, todo sea canto, ofrenda y alabanza.

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¡Bendito, alabado y glorificado seas Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por darme toda bendición espiritual, porque antes de la fundación del mundo ya estaba en tu mente; gracias por haberme adoptado y aceptado como hijo tuyo! ¡Gracias por tanto amor derramado en mi vida! ¡Gracias y toda alabanza a Ti por llamar a la puerta de mi corazón, por acogerme cuando me alejo, por darme la oportunidad de comenzar de nuevo, por la ocasión que me ofrece de que mi vida tenga propósitos de eternidad, por reconstruir cada día la fragilidad de mi vida con el poder de tu Palabra, de tu misericordia y de tu amor! ¡Alabanza a Ti, Señor, que retiras lo que me daña y me hace sufrir, que pules con ternura y compasión cada uno de los recovecos de mi vida, porque restaurar con la fuerza de tu Espíritu, para que cada día me parezca más a ti! ¡Alabanza y gloria a Ti, Padre, que permaneces en el trono celestial, y eres digno de darte honor, honra y gloria cada minuto de mi vida! ¡Alabanza a Ti, Padre, me quiero presentar ante la ofrenda de tu altar para presentar sobre todo sacrificios de alegría y no de pesar, sacrificios que arrojen mis egoísmos y sean cantos de gloria y alabanza a Ti, salmos que ensalcen tu nombre, el bien que haces, el amor que me tienes y la misericordia que derramas sobre mi corazón! ¡Gracias, Padre, por tanto amor! ¡Gracias, Padre, por tanta misericordia! ¡Gracias porque me provees todo cuanto necesito; porque custodias mi vida con un amor grande; porque extiendes tus amorosas manos para colmar mi vida de gracias y bendiciones; porque eso mismo lo haces con los que amo, por los que oro, por los que se relacionan conmigo! ¡Gracias, Padre, porque aunque a veces me ofusco Tu todo lo provees, cumples en mi todas las promesas y haces que mi vida pueda ser un canto de alabanza y gloria a Ti, Señor de la vida!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre: ayúdame a no desanimar a nadie con mis amarguras y a no alejar a nadie con mis críticas. A que mi vida sea un canto de alabanza a Dios.
Te ofrezco: dar gracias a Dios por cada cosa que viva o que me ocurra.

Ser testimonio del amor

Acabo de terminar una novela magna que abarca una gran parte de la historia de Roma, desde Nerón a Trajano. En este escenario aparecen como es de suponer la figura de tantos cristianos devorados por esa Roma arrogante e imperial. Pero serán ellos los que sobrevivirán a aquel Imperio basándose exclusivamente en una máxima, como le recuerda san Juan al emperador Domiciano antes de que éste ordene introducirlo en un gran caldero con aceite ardiendo por negarse a reconocerlo como el único dios, martirio del que saldrá indemne: «Nosotros solo reconocemos al Dios-Amor. Hemos abrazado un nuevo mandamiento, que es el amaros los unos a otros como Él nos ha amado. Con esto le demostramos que somos sus discípulos, en el amor que nos manifestamos el uno por el otro».
Es el amor mutuo que vivieron los primeros cristianos lo que nos da la mejor explicación para la rápida difusión de la Buena Nueva que se extendió como un reguero de pólvora por todo el Mediterráneo con Pablo y Bernabé, quienes transmitieron el mensaje de Jesús a los nuevos discípulos. «Ámense los unos a los otros».
Durante la historia de la Iglesia, esta inspiración soplará en la vida de las comunidades cristianas: en el momento de las persecuciones, los cristianos de las catacumbas se apoyaron mutuamente en un amor mutuo que hizo la admiración de sus perseguidores. En la Edad Media, se comenzaron a establecer hospicios, leprosarios y hospitales para acomodar a los pacientes, a menudo descuidados por las familias o marginados por la sociedad. Luego son los trastornos de las revoluciones en Europa los que provocan una renovación en la sociedad al servicio de la educación, los trabajadores, las personas desplazadas, las personas oprimidas de todo tipo que culmina en el Concilio Vaticano II.
La Palabra de Dios recibida y puesta en práctica en el amor mutuo es capaz de crear cielos nuevos y una tierra nueva. El mundo de hoy necesita con urgencia este testimonio. Las pendientes hacia el estrechamiento de las aspiraciones —el «No me importa» o el «No tengo nada que ver con los demás»—, la ceguera del consumo excesivo y las luchas de poder para dominar el mercado, la deriva de los radicalismos… solo pueden sanarse si los discípulos de Jesús de hoy sabemos, con la ayuda del Espíritu Santo, ser testimonios de que algo más es posible al vivir esta caridad fraterna que va más allá de los conflictos y de las fronteras de todo tipo.
El amor mutuo se ordena porque así es como uno entra en la estela del mismo amor de Dios por la humanidad. Es porque seguimos a Jesús y somos sus discípulos que los cristianos deseamos vivir en amor fraternal más allá de los estándares sociales y humanos, una señal del amor de Dios por la humanidad, lo que el Nuevo Testamento denomina «ágape».
El amor fraternal en la vida diaria y en la situaciones concretas de la vida manifiesta la presencia de un Dios-Amor. Los cristianos nos convertimos así, como dice Jesús, en la «sal de la tierra» y la «luz del mundo». No podemos presentarnos a nosotros mismos como superiores a nuestros conciudadanos, pero testificando, amándonos unos a otros, manifestando que estamos llenos de un amor que nos supera y que nos hace entrar en el misterio de un Dios que es Amor es como se enfrenta San Juan al emperador Domiciano, «si Dios nos ha amado de esta forma sublime, nosotros también debemos amarnos unos a otros».
He pensado mucho durante la lectura de esta novela. Cuando el amor fraternal se deja habitar por el amor de Dios, naturalmente se convierte en misericordia. De hecho, la misericordia es el fruto del amor. Es esta sensibilidad interior a la miseria de nuestros hermanos y hermanas y a la nuestra.
Esta miseria a menudo se experimenta como un peso aplastante. Cubre todos los límites que encontramos en nuestros diversos caminos. Se llama rechazo, odio, envidia, egoísmo, dominación, orgullo.
Se podría decir que cuando el amor fraternal se envuelve en la misericordia, florece en su mejor momento. De hecho, cuál sería el uso de un supuesto amor fraternal que no sea capaz de mantenernos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad del amor misericordioso del Padre.
Esto te enseña a girar siempre la mirada al rostro perfecto del amor misericordioso de Dios. Está aquí, en el corazón de nuestras vidas. Lo podemos encontrar cada día en el pan y el vino consagrados por el que Jesús da su la vida por el mundo.
Podemos estar seguros de que Él continúa, a través de este alimento espiritual, desarrollándose en los corazones de aquellos que nos declaramos sus discípulos, a pesar de nuestros límites, para demostrar al mundo que es el amor el que transforma, el amor que nos ha dejado el Cristo que verdaderamente ha resucitado.

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¡Padre, Dios-Amor, que mi primer pensamiento de la mañana esté dirigido a Ti y después al prójimo! ¡Cuando salga de casa para ir a trabajar, muéstrame al prójimo para darle mi amor! ¡En el seno de mi hogar, hazme dador de amor! ¡Mientras hago oración, que mi oración sea de agradecimiento a Ti, de transmisión de amor, de perdón y de misericordia! ¡Dame, Señor, la capacidad para amar en las alegrías y en las penas! ¡Te glorifico, Señor, Padre nuestro, y te doy infinitas gracias por tu inmenso amor y porque me invitas a amarnos unos a otros, y al amarnos con el corazón abierto, te amamos a Tí y te reconocemos como Padre de amor y de misericorida! ¡Tu, Señor, eres fuente viva de la vida y del Amor infinito, en Ti nos reconocemos hermanos, creados a tu imagen y semejanza; enséñame en mi condición de hijo tuyo a cumplir tu mandamiento de amar al que tengo cerca, sea quien sea, como Tú me amas! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para amar más y mejor al prójimo porque solo así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo y cumplo el mandamiento del amor! ¡Señor, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma, de mi mente y corazón; pero te pido para ello que transformes mi corazón para eliminar todos aquellos rencores, resentimientos y emociones negativas que impiden abrir mi corazón hacia los demás! ¡Concédeme la gracia de desprenderme de esas emociones negativas que me impiden el crecimiento de mi alma y me impide amar como amas Tu!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que trabajabas para atender a Jesús y lo recibías contenta cuando llegaba cansado del trabajo: concédeme tener la alegría siempre a punto y ayudar a los cansados.
Te ofrezco: tratar de estar más alegre con los que me rodean y tratarlos con mucho amor.

Padre, me abandono a Ti

Conmueve contemplar la agonía de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Jesús enfrenta a su Padre su sufrimiento, en un combate espiritual de profunda intensidad. Es una lucha interna para aceptar la voluntad de Dios. Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas.
Cristo viene con el poder del amor del que ya no puede deshacerse. También en nuestra vida hemos de enfrentar batallas, luchas cotidianas que requieren humildad para decir si interiormente y acoger en nuestra vida la voluntad de Dios.
Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos. Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: “«¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón. Todas las torturas a las que se someterá no cambiarán su decisión firme de entregarse al Padre.
Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. ¡Es impresionante, tremendo, conmovedor! Te permite entender que desde este momento somos vencemos sobre el pecado y la muerte al ponernos delante del Señor y junto a Él decir sí a la voluntad de Dios, ofreciéndole también nuestra vida. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Los cristianos ya sabemos que Dios es amor, que su misericordia es infinita… Pero ¿qué sucede si me entrego completamente a Él?
Esto es lo que hacemos al participar de cada Eucaristía; pedimos la fuerza interior para estar en comunión con la Pasión, la muerte y la Resurrección del Salvador; cogemos turno para cuando llegue el momento de confrontarnos al Padre, confiándonos plenamente en el Señor. La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor.
Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas. Y para ser una fuente de resurrección, de alegría, a través de este don de Dios.
En este miércoles santo, uniéndome a Jesús en su agonía de Getsemaní, me postro en oración humilde ante la mirada del Padre para que venga a desarraigar mi complicidad con el pecado, mis faltas de amor, de compasión, de paciencia, de perdón, mi soberbia o mi egoísmo, mis juicios ajenos… pedir que esta fuerza que viene Cristo me haga salir a su encuentro y me otorgue la gracia para resucitar con Él.

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¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Te doy gracias, Señor, por tu sacrificio voluntario para librarme de mi pecado y mis infidelidades! ¡Me uno a ti en tu agonía, Señor, en la soledad de Getsemaní para que me enseñes a  aceptar la voluntad de Dios, y no me desaliente ante las tentaciones de abandonar cuando no me salen las cosas como tengo previstas! ¡Concédeme la gracia de abrazar siempre la voluntad de Dios sin ponerle nunca obstáculos a lo que Él tenga pensado para mi! ¡Al ver tu rostro afligido, Señor, permíteme ponerme a tu lado y velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡En este día, ayúdame a ser uno contigo para que mi voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono de mi yo al Padre, para entender que mi voluntad humana debe estar orientada siempre a la voluntad divina, en mi «sí» a Dios! ¡Señor, tu sabes que soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a mis palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

¿Puedo o no puedo?

De mi depende que mi existencia se convierta en una amalgama de quejas constantes o vivir en el agradecimiento. Puedo comenzar el día alabando y dando gracias como si fuese el último de mi vida o transitar como si fuese uno más en el calendario de mi existencia.
Puedo verlo todo con ojos de agradecimiento, con una mirada de amor y de gracia, con serenidad y esperanza, o ir presuroso sin disfrutar de la esencia.
Puedo sentir que cada día es una desgracia, con una disposición del corazón a la queja y al pesimismo, o pensar que cada traspié u obstáculo que surja es una oportunidad para crecer.
Puedo llenar mi corazón de resentimiento y de dudas, de dolor y de pena, o sentir que todo es un regalo amoroso del Padre, que todo me lo da para mi bien y mi crecimiento personal y espiritual.
Puedo sentarme a esperar que surja la oportunidad o puede lanzarme a buscarla con ahínco.
Puedo recrearme en las decepciones y las pérdidas, en la contrariedad y el fracaso, en el desengaño y la desazón, o elevar la mirada al cielo, tomar la cruz y seguir adelante con esperanza.
Puedo seguir trajeado con mis telas de hombre viejo que solo me atan a mis debilidades, tibieza y faltas o vestirme con el traje del cristiano pulcro y decidido y que me invitan a cambiar de vida.
En la travesía de la Cuaresma los «puedos» pueden verse realizados si pongo mi voluntad firme para transformar mi vida. Otra cosa es que no quiera o no me lo proponga. Lo que tengo claro es que puede haber muchas trabas en el camino pero estos impedimentos no deben ser un motivo para socavar mi crecimiento personal y espiritual. Dificultades surgirán siempre; desdichas aparecerán siempre; desalientos los encontraré siempre; dolor surgirá en algún momento; pero en la medida en que santifique lo negativo estaré haciendo camino.
La Cuaresma es un desafío. Además de interiorización es acción. Es invitación a no dejarme llevar por la indiferencia sino a ser cristiano peregrino, a reconciliarme con el Señor, a unir y no dividir, a ofrecerme, a amar, a orar, a perdonar, a ser compasivo, a no rendirme, a crecer en la esperanza y, sobre todo, dejar que mi corazón se ensanche para dejar entrar a raudales el amor de Dios, la misericordia de la Hijo y la luz del Espíritu. La Cuaresma es un reto… ¿lo asumo?

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¡Concédeme la gracia de vivir con intensidad la cuaresma como un reto para transformar mi vida! ¡Que sea una cuaresma de interiorización y vida que me lleve preparado hasta la Pascua, para vivir con intensidad el gran misterio de tu Resurrección, para te hagas vida en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un proceso de cambio, para que tu conviertas en el centro de mi vida, sin subterfugios ni mundanerías! ¡Ayúdame a pensar menos en mis cosas y más en ti y en los que me rodean! ¡Ayúdame a que esta Cuaresma se convierta en un desafío que deje de lado lo que estorba de mi vida y aparque tantos intereses egoístas que me alejan de lo sustancial! ¡Haz, Señor, que resuene interiormente la sabiduría de tu Palabra, que se haga presencia en mi alma, para que a la luz del Espíritu mi vida, mis acciones, mi trabajo, mis experiencias y mis palabras sean testimonio tuyo! ¡No permitas, Señor, que te ponga trabas porque quiero caminar junto a Ti por los caminos de la vida! ¡Necesito, Señor, una conversión profunda porque soy frágil, débil y pecador y sin ti vivo encerrado en mis egoísmos y mis intereses mundanos! ¡En el desierto de la Cuaresma, camina a mi lado, Señor, para que ante las vacilaciones me enderece, para que ante la debilidad me fortalezca, para que ante la oscuridad sea capaz de ver la luz, para que en los problemas vea siempre tu presencia compasiva…! ¡Te alabo, Señor, por todo lo que me ofreces! ¡Que mi vida sea un canto constante a tu misericordia!