¿Qué impide el desarrollo de la gracia de Cristo en mi propio ser?

Observo a mis hijas universitarias. Y me veo a mi mismo. He dedicado la mayor parte de mi vida a aprender y he realizado enormes sacrificios para formarme y acrecentar mis conocimientos.
Horas en vela de estudio, interminables vigilias repitiendo los temas para afrontar los exámenes decisivos y, aunque hay muchas materias que han quedado en el olvido, los conocimientos importantes permanecen incrustados en lo más profundo de mi ser.
En la vida habrá también una prueba final, la definitiva, en la que se nos examinará de la vida; sobre todo, se nos examinará de nuestra capacidad de amar. Se nos preguntará en que medida hemos asimilado los conocimientos del amor y de la verdad y en qué medida los hemos puesto en práctica.
Pienso con frecuencia en ese día porque me podría suceder como a Nicodemo. Lo esencial lo conozco; la teoría de las Escrituras las reconozco; tengo el convencimiento claro de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios; que la verdad está en Cristo… pero resuena en mi interior esa pregunta que el Maestro hizo a ese hombre respetado entre los judíos de su tiempo sobre lo fundamental de la vida y que le llevó a replanteárselo todo para nacer de nuevo a la vida: «¿Y tú que eres maestro de Israel no sabes estas cosas?»
Esta pregunta es tan actual ahora como hace dos mil años porque pese al conocimiento que tenemos de todo, a la especialización que impera en nuestros trabajos y en nuestras tareas cotidianas, al uso de la tecnología que lo simplifica todo, al control que ejercitamos en tantas áreas de la vida, a las posibilidades de acceder a tanta información en tiempo real… tanto saber, sin embargo, ha dejado en penumbra elementos que son cruciales de nuestra existencia. Tal vez en nuestra sociedad haya más conocimiento y sabiduría, pero la espiritualidad merma, la oración agoniza, el ser más humanos pierde su valor por el individualismo y el hedonismo, la ternura deja paso a la frialdad del corazón, cuesta darse a los demás, no resulta sencillo encontrar tiempo para los otros, el silencio impera en muchas familias cuyo único interlocutor es el móvil… así la felicidad brilla por su ausencia. Somos más sabios sí, tenemos más conocimientos pero ¿cómo es posible que con tanto saber ignoremos como cuestionaba Jesús lo que es fundamental en la propia vida?
Las preguntas claves en realidad serían: «¿Qué me impide nacer de nuevo? ¿Cómo afronto la vida? ¿Soy consciente de que en mi vida debo abrir el corazón para una constante renovación y transformación como parte de mi crecimiento humano, de mi madurez personal y de mi renovación interior? ¿Qué impide el desarrollo de la gracia de la vida de Cristo en mi propio ser? ¿A qué debo morir para renacer en Cristo?»

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¡Señor, necesito nacer de nuevo revistiéndome de ti, que eres el Cristo enviado por Dios para mi salvación! ¡Señor, me siento como Nicodemo que me pregunto en qué consiste el renacer de nuevo, este proceso permanente de ir creciendo en la Palabra y en el conocimiento de la verdad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que mi vida crezca en madurez y su obra haga en mi un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor nacer de nuevo en el Espíritu para dejar que Él, dador de vida, haga como hizo en María, que engendre en mi tu presencia vida, para sentir como tu sientes, para amar como tu amas, para actuar como tu actúas, para hacerme uno contigo! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que al caminar por las sendas de la vida se reconozca tu presencia en mi! ¡Ayúdame a ser testigo de tu presencia en el mundo; concédeme la gracia de abrir tu presencia en mi corazón para reflejar tu vida en mi propia vida en palabras, en actitudes, en gestos, en servicio, en amor, en vínculos y en compromisos ciertos! ¡Ayúdame a nacer de nuevo para revestirme de Ti, Señor! ¡Ayúdame a despojarme de lo viejo que hay en mi interior para renovar mi corazón! ¡Ayúdame a mortificar mis pasiones, a aplacar mis egoísmos, a amordazar mis soberbias, a abatir mis pecados, a sepultar mis malas acciones y a darle a mi vida el proyecto de Dios! ¡Señor, ayúdame a cuestionarme a qué debo morir para renacer en Ti y hazme ver que impide en mi vida el poner en práctica la humildad, la generosidad, la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión y la vida del Espíritu!

El mandamiento más olvidado de Jesús

Entre las enseñanzas de Cristo hay una que me impresiona sobre la verdadera grandeza del hombre. Hace referencia a lo que el Señor señala acerca de la humildad que debe regular la relación entre Sus discípulos. Esta enseñanza resulta de suma importancia para avanzar en mi vida interior: «El mayor entre vosotros —dice Jesús— será vuestro servidor. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Este mandamiento de Cristo es quizás el más olvidado. ¿Quién se toma en serio estas palabras de Cristo? ¿Quién realmente considera la grandeza del hombre como un descenso? «El mayor entre vosotros será vuestro servidor». Es un mensaje que procede del mismo Cristo.
Existe una jerarquía entre los cristianos, pero a diferencia de la que ofrece el mundo, esta jerarquía es la del servicio. El mayor de los cristianos es el que está al servicio de los demás. Avanzar en la jerarquía cristiana es ponerse siempre al servicio de prójimo. En la dirección opuesta, uno que se reserva para él un lugar especial, que cree que es lo suficientemente importante como para servir a su prójimo, que piensa ocupar grados en los que tiene derecho a gastar menos que los que le rodean, que no se levanta de su pedestal de la arrogancia, la soberbia y la vanidad para no descender al nivel de los gentiles… ese vive alejado de Jesús. En la vida cristiana, en realidad, cuanto mayor es mi testimonio menos me pertenezco a mi mismo. Es la regla fundamental que Cristo enseña especialmente con su propio ejemplo.
¿No les dice a sus discípulos que vino al mundo para servir y no para ser servido? Sí, el Señor se hizo hombre para morir por cada uno y no para alcanzar la gloria humana. Vino a predicar el Reino de Dios y no a crear una escuela filosófica. Vino a dar su vida por sus amigos y no a encontrar un lugar encumbrado en el mundo. Si esto es así, nadie tiene el derecho a derogar esta regla fundamental.
Soy discípulo de Cristo antes de ser discípulo de mi trabajo, de mis reconocimientos, de mis éxitos, de mi apostolado, de mis actividades cotidianas… he sido bautizado en el nombre de Aquel que quería servir y no ser servido. Así que el único objetivo de mi vida es alcanzar el Reino de Dios, alcanzar la bienaventuranza eterna, que requiere entrega propia, trascender el egoísmo y llevar la Cruz, como la de Cristo, siendo en mi entorno, sea cual sea, discípulo del Maestro que lavó los pies de sus amigos y que fue torturado, humillado y colgado en una cruz por la redención de los pecados.

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¡Señor, tu me muestras con tu ejemplo que el sentido de la vida está en darse a los demás, en servir al prójimo! ¡Tu vida es el espejo en el cuál mirarme! ¡Y mirándote a Ti cuánto tengo que cambiar! ¡Señor, tu recorriste los caminos de Palestina para ir al encuentro de los sufrientes, de los necesitados, de los enfermos, de los olvidados, de los marginados, de los que nadie quiere, tu compartiste el pan, ayúdame a actuar como Tu, enséñame el camino para entregarme por entero a los demás! ¡Concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos y palabras, tus gestos y tu mirada! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser alguien cercano a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que mi corazón se transforme, para que mi corazón se abra al amor, al servicio, para vivir pensando siempre en el otro y no en mí, con alegría y no con tristeza, con fraternidad y no con egoísmo! ¡Te entrego, Señor, mi corazón para que en mí ames a todos los que me rodean! ¡Te entrego, Señor, todo mi ser para que Tú crezcas mí, para que seas tú, mi Señor, quien viva, trabaje y ore en mí!

Amar y servir, cantamos hoy acompañando la meditación de hoy:

Elevad las manos y bendecid al Señor

Releo el Salmo 134 —de apenas tres versículos—, una pequeña joya de profunda intensidad. Es el ejemplo vivo de que en un pequeño frasco cabe mucha esencia. Los dos primeros versículos advierten que, pese a que la casa de Dios pueda estar vacía y a oscuras, y de que en apariencia nada relevante sucede, invita a «Elevad vuestras manos al santuario y bendecid al Señor». En el último versículo la comunidad eleva su voz para clamar en la soledad de la noche: «¡El Señor que hizo el cielo y la tierra los bendiga desde Sión!».
Coincide la relectura de este salmo por la conversación que mantuve hace unos días con un grupo de personas entregadas a difundir la palabra del Señor, convencidas de su amor a Cristo, organizadoras de numerosas actividades para acercar a gente a Cristo en las periferias humildes de mi ciudad. Me encontré con ellos para impartir una charla en un curso Alpha. Un padre de familia me decía que servía en lugares muy pequeños, donde apenas hay feligreses y donde la receptividad es pequeña e, incluso, hostil. A veces se siente desanimado, tentado a abandonar, porque ofrece lo mejor de sí mismo pero no observa frutos espirituales en el prójimo, aunque las recompensas personales no están en su lista de prioridades. Una joven decía que a veces parece que predica en el desierto y se planteaba si realmente a alguien le importaba lo que estaba haciendo. Ese grupito se sentía pequeño, solo, frágil, insignificante. Pero se me ocurrió decirles que por muy pequeño que fuera su lugar, por muy insignificante que parecieran sus acciones, el lugar era santo y sus obras estaban bendecidas. Al terminar, oramos juntos con el salmo 134 que deja constancia de que todo lo que sucede en el cielo y en la tierra Dios lo observa desde las alturas y las obras buenas están bendecidos por Él que, además, obra a través de cada una de las personas que ponen su corazón en servirle. Dios actúa y se sirve eficazmente de pequeños instrumentos; cualquiera que obra según su voluntad lo que realiza es sumamente relevante ante sus ojos.
Por eso cuando en apariencia uno piensa que su apostolado es infructuoso que «Eleve sus manos al cielo en el santuario, y bendiga al Señor para que cubra sus obras de bendiciones».

¡Padre mío, hazme y haznos a todos los que pertenecemos a tu Santa Iglesia vivos estandartes de adoración para alabarte y bendecirte siempre! ¡Haz, Señor, que también los jóvenes y los niños te adoren siempre porque a través de tu Hijo Jesucristo te acercaste a ellos y los pusiste de ejemplo! ¡Derrama, Padre, tu Santo Espíritu sobre tu Iglesia como si fuera un frasco de perfume derramado para dar esencia a todos sus miembros! ¡Padre, bendice a todos los que dan su vida por honrarte y trasmitir la buena nueva que enseñó Jesucristo y que puedan elevar sus manos hacia tu santuario y bendecir tu santo nombre! ¡Señor, úngenos siempre para estar preparados para adorarte en el Espíritu y verdad! ¡Ayúdanos a cuantos te seguimos a estar despiertos y prevenidos para darte la honra que mereces! ¡Concédenos la gracia de levar siempre en nuestras manos hacia tu santuario para darte gracias, bendecirte, glorificarte y alabarte! ¡Ayúdanos por medio de tu Santo Espíritu a bendecirte en cada instante de nuestra vida! ¡Gracias, Padre, por justificarnos por la fe de tu amado Hijo Jesucristo! ¡Padre bendice a tu amada Iglesia desde Sión para que te sirva en la hermosura de la santidad en esta época de dificultades y rechazo final para que te pueda adorar mientras se entrega en la labor misional de llevar tu palabra y los símbolos de tus bienaventuranzas! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor inglés, John Taverner, disfrutamos hoy de su sensible y armoniosa Lord’s Prayer:

El lavatorio de pies, releído unos días después

Releo detenidamente, saboreando cada palabra, ese pasaje tan extraordinario en el que Jesús, ceñido con el milagroso manto de la humildad, arrodillado ante sus discípulos —frente a los hombres, en realidad— les lava los pies abajándose hasta el extremo. Es una de las más impresionantes escenas de servicio y de profundo amor que nos legó Jesús.
Cada una de las palabras del Señor, cada uno de sus gestos y ademanes, cada vez que toma los pies de cada uno de los doce y los lava y seca con delicadeza tiene la fuerza de transformar lo sencillo en un evento de gozosa belleza. Jesús, servicial y sumiso, como un esclavo silencioso, toca nuestros pies con sus manos delicadas y besa esos pies cansados que recorren los caminos de la vida, algunos acertados y otros errados. Y Jesús se pone de rodillas y reza al hombre que ha creado el Padre del barro de la tierra. Es el mismo Dios quien se postra ante la criatura creada a su imagen y semejanza. Que polvo es y en polvo se convertirá.
Es un derroche de amor que estremece. Es el sello de una actitud que compromete para toda la vida, un actitud vivida hasta el final. Jesús no sólo lava nuestras manchas con el agua del amor sino que reza al ser que ha creado, y besa nuestros pies como besaría nuestro corazón para que sintamos como el Dios arrodillado escuche el sentido del servicio. Es un gesto que nos hace comprender la grandeza del servicio a los más pequeños sin esperar gratificación alguna.
Pero yo, enredado como estoy diariamente en las cosas del mundo, en los sucesos de lo cotidiano, no soy capaz de recordar esta escena estremecedora. No soy capaz de ceñirme el paño de la comprensión y de la fraternidad, del servicio y de la entrega, para lavar con humildad los pies de los que tengo cerca que es a lo que de verdad debo servir. No soy capaz de colocarme en esa escena y ser consciente de quién soy y lo que soy y qué quiere Dios de mí. No soy capaz de ponerme de rodillas y aplacar mi soberbia y mi orgullo para mirar desde abajo. Y así, es difícil comprender para lo que uno ha sido llamado: para servir, para vivir amando.
Y, así, uno entiende que tiene que despojarse del yo, aparcar la comodidad del querer ser servido y ponerse en acción. E inclinarse como hizo Dios, para alzando desde abajo los ojos al que sirves, comprender que en esos mismos ojos está el Señor. Si quiero ser verdaderamente un discípulo fiel, un discípulo contemporáneo del Señor, he de ser un siervo que sea capaz de lavar cada día los pies de aquellos que junto a mí caminan por el sendero de la cotidianeidad.

lavatorio pies

¡Señor, tú me has hecho para amar y para servir porque es el mandamiento nuevo que nos has dado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar sin esperar nada, de ponerme al servicio desinteresado de los demás, de no hacer distinciones! ¡Quiero, Señor, dar cabida en mi corazón a todos los que se crucen en mi camino! ¡No permitas, Señor, que nunca aparte a nadie de mi mesa! ¡Ayúdame, Señor con la gracia del Espíritu Santo, a ser generoso siempre, a dar sin calcular, a servir sin esperar recompensas y aplausos y con alegría y servicio sencillo, a devolver siempre bien por mal, a amar gratuitamente, a acercarme al que menos me gusta, a donarme con generosidad al que más me necesita! ¡Y hacerlo para recibir la recompensa que más anhelo: tenerte en lo más íntimo de mi corazón! ¡Y a Ti, Padre, quiero darte las gracias! ¡Gracias porque me siento lavado por tu amor a través de Cristo, Tu Hijo! ¡Que este sentimiento me permita salir de mi mismo, de mis sufrimientos y mis miedos, para crecer en mi vida cristiana y ser don para los que me rodean!

Os doy un mandamiento nuevo, cantamos hoy acompañando esta meditación: