¿Cuál es mi respuesta al ven y sígueme?

Vivo en la misma ciudad en la que nací. Mi vida se ha desarrollado en la misma ciudad, con algunas excepciones en que he vivido en otros lugares, pero me siento arraigado a la urbe donde reside mi familia, mis amigos, mi comunidad de oración… Nazaret.  Esta es la ciudad donde creció Jesús, donde vivió en silencio, donde permaneció en oración durante treinta años; en la escuela de San José, Jesús aprendió su oficio de carpintero. En la escuela de la Virgen María, Jesús aprendió muchos de los ritos y las costumbres del judaísmo y se formó como persona. Lo mismo hicieron mis padres, me formaron en valores, me ayudaron a crecer en la fe y en mi espiritualidad, moldearon mi formación humana. 

Jesús actuaba según la costumbre de su tiempo. Así lo hacemos nosotros. En Nazaret, Jesús santificó el tiempo, el trabajo, la amistad, la vida cotidiana. Nuestra vida, aunque esté hecha de rutinas, de repeticiones, tiene sentido pese a que nuestras sociedades atraviesen una profunda crisis a todos los niveles. Pero es un tiempo que necesita de mucha santificación en lo personal, social y profesional.

Por eso seguir a Jesús Resucitado es una alegría, una misión, una aventura. Seguir a Jesús de Nazaret a Jerusalén en el Evangelio, en la liturgia, en la Palabra… es una auténtica revolución.

Cuántas veces podemos escuchar esta frase demoledora: “No te necesito”, podemos prescindir de ti que eres pequeño, débil, frágil,  enfermo, con una discapacidad. Nos deshacemos de los que “estorban” socialmente. En la tarde de Su Resurrección, Jesús abre la mente de sus discípulos a la comprensión de las Escrituras e ilumina los ojos y el corazón de los discípulos de Emaús. Les explica lo que le preocupa en toda la Escritura. Jesús envía su Espíritu Santo para que los Apóstoles recuerden sus Palabras y se conviertan en valientes testigos de su Buena Nueva. Para acoger a todos sin importar su origen, su raza, sus creencias, su fe, su enfermedad, su fragilidad, su personalidad…  

Necesitamos leer las Escrituras, la historia de la salvación, la historia de la intervención de Dios en el mundo. Jesús es nuestro guía, nuestro Maestro. Escuchar las maravillas de Dios, dejarse transformar por esta Palabra de vida, por el Evangelio y la enseñanza de Cristo. No es posible aislar de nuestra vida la predicación de Jesús, sus signos, su Pasión y su resurrección. ¡Por nosotros y por nuestra salvación! Por amor a nosotros, para saciar nuestra sed en la fuente de la vida, por el don del Espíritu Santo. 

Nunca dejamos de descubrir a Jesús que está consagrado por la unción, por el Espíritu Santo. Él es Dios, nacido de Dios, concebido del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María. Cristo sigue vivo y lo recibimos en la Sagrada Eucaristía, le rezamos, le escuchamos, le adoramos. Nos ayuda a crecer.

Jesús se hace presente con la fuerza del Espíritu. Viene a anunciar la Buena Nueva a los que sufren, a los que necesitan de Dios, a los que anhelan la luz de Su Palabra, a los que son esclavos de sus adicciones, incapaces de salir de su egoísmo, de sus preocupaciones. Jesús viene a decir que todos somos amados por su Padre. A través del Bautismo nos hemos sumergido en esta fuente vivificante de Amor, ardemos en el fuego del Amor de Dios y participamos en la misión de la Iglesia…

Jesús nos dice en cada momento: “Necesito que prolongues mi reinado, para que la predicación del Evangelio cuide a los frágiles, a los que sufren, a los esclavos de sus pasiones”. ¡Ven, sígueme! ¡Actúa en mi nombre! ¡Transforma el mundo! ¡Cambia los corazones de los que te rodean! ¡Abre tu corazón y llena de amor tu entorno! ¡Vivifica con tus gestos, palabras, sentimientos, acciones a tu prójimo! Y ante este reto sublime… ¿Cuál es mi respuesta? ¿El silencio o la acción?

¡Señor, no soy quien te he elegido sino que eres Tu el que cada día te acercas a mi, el que me llamas por mi nombre, el que me invitas a seguirte, el que quieres que comparta lo pequeño y lo grande contigo, el que me ofrece la cruz, el que me señala el camino de la esperanza! ¡Señor, no soy yo quien toma la iniciativa, sino que eres Tu el que primera me tiende la mano, el que me ayuda a seguir adelante, a creer en tu Palabra, en tu Buena Nueva, en tu Evangelio, el que me invita a amar, a entregarme al prójimo, el que me invita a permanecer muy unido a Ti! ¡Señor, no soy yo el que toma la iniciativa de ser tu discípulo sino que eres Tu el que me llama cada día, el que me envía la gracia del Espíritu para que ilumine mis pasos, mi mente y mi corazón! ¡No soy yo, Señor, el que tiene la iniciativa sino que eres Tu el que me lanza el reto de evangelizar en mi entorno, el que está llamado a proclamar la Buena Nueva de tu verdad! ¡Señor, no son mis fuerzas las que me permiten avanzar sino es la fortaleza que viene de tu Santo Espíritu la que me da la fuerza para seguirte, la sabiduría para entender lo que quieres de mi, la que me hace rechazar el mal, la que me invita a entrar por la puerta estrecha del reino renunciando a lo que no me conviene! ¡Señor, tu eres el Mesías, el Maestro, el Salvador, el Redentor; necesito, Señor, que te hagas muy presente en mi vida porque quiero ser testigo de tu misión, quiero ser discípulo de tu Evangelio, quiero ser instrumento de tu Palabra! ¡Señor, me invitas a seguirte y yo acepto el reto con alegría, con fe y con esperanza!

Colaborador de Dios

Todos los seres humanos somos colaboradores de Dios, llamados a cooperar en Su obra de creación, Pero, también, debemos ser creadores. ¿Cómo hacerlo? ¿Podemos, como Él, crear ex nihilo, crear de la nada? Ante esta imposibilidad podemos cooperar con Dios haciendo fructíferos sus dones, llevándolos a su pleno desarrollo.

El gran don de Dios es la gracia del Espíritu Santo. Es un don puro, pero depende de nosotros, colaboradores de Dios, para que dé sus frutos. Dios nos ha creado con amor pero quiere que actuemos en cooperación con Él, en sinergia, para guiarnos hacia Su gran meta: la salvación. En la Iglesia entendemos la salvación como glorificación, como deificación. Es voluntad de Dios que todos los hombres nos salvemos y entremos en la alegría del cielo.

¿Cómo puedo cooperar con Dios y asegurarme de no recibir la gracia de Dios en vano? Guardando los mandamientos de Cristo con amor y luchando contra el pecado que me aleja de Dios y paraliza la obra de la gracia que obra en mi. Actuando con amor por fidelidad a Cristo, siendo constante en las tribulaciones, en la fatiga, en las vigilias, en los ayunos; viviendo con pureza de espíritu, practicando la caridad y la paciencia, la bondad y la entrega, actuando con honor y honestidad y apartando la deshonra; manteniendo siempre la alegría pese a las dificultades, aceptando el sufrimiento con esperanza…, uno puede pensar que todo esto es la exhortación dada a un novicio durante su profesión monástica. Pero no es el caso, es la invitación al propósito de Dios en medio de las debilidades humanas. Dios no requiere de nadie para alcanzar su propósito, pero ha decidido emplear a los seres humanos para el cumplimiento del mismo. Es una muestra más de su infinita misericordia y de la grandeza de su gracia. Y sabedor de la realidad y fragilidad del hombre, Dios ha decidido correr el riesgo de valerse y confiar en nosotros para la transformación y evangelización del mundo y la edificación del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Pero esto no es posible lograrlo solos, con nuestras propias fuerzas. Se necesita para ello llenarse del Espíritu Santo, dejarse moldear por el quehacer divino, convirtiendo nuestra vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo; una vida impregnada de amor.

Todo colaborador de Dios tiene un sello especial, una manera de comportarse, de vivir, de ser. La manera de hacerlo es con amor porque esta es la manera con la que actúa y hace las cosas Dios. Sin amor nada es posible. Sin amor no se siguen los caminos de Dios. Sin amor no es posible transformar nada.. Este amor lo cambia todo. Es un amar antes de esperar ser amado. Esta es la razón por la cual el amor de Dios es tan perfecto, porque Dios no ama por lo que soy, lo que hago o dejo de hacer sino porque ya decidió amarme antes de mi propia creación. 

Ser colaborador del Dios Creador es trabajar con Él en la obra de salvación a la que todos estamos llamados.  Es un invitación a impregnarlo todo de amor pues el amor es la manera más natural  para colaborar en la obra de Dios en la vida de los que me rodean. ¡Le pido al Espíritu Santo la capacidad de amar, la capacidad de entregarme, la capacidad de vivir en espíritu con Él para convertirme en un auténtico colaborador de Dios!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, me postro ante su presencia y te pido la gracia de amar al prójimo, de amar a Dios, de amar a Cristo, de amarte a Ti, de ser un discípulo del amor para llevar el Evangelio a mi prójimo, a mi familia, a mis amigos, a mis colaboradores en mi trabajo, en mi grupos de oración! ¡Anhelo ser, Espíritu divino, un auténtico colaborador de Dios, con todo lo que soy y lo que tengo, con mis flaquezas y fragilidades, con mis competencias y virtudes! ¡Espíritu de Dios, he sido creado por el Padre para amar, para vivir en santidad, para llegar al cielo; concédeme la gracia de vivir cada día acorde con su voluntad, impregnándolo todo de amor, de entrega y de generosidad! ¡Espíritu de verdad, tomaste posesión de mi el día de mi bautismo y me has convertido en templos vivos donde tu presencia es verdadera, llenas mi corazón junto con el Padre y el Hijo; haz que la plenitud de tus dones me permitan vivir cada día desde la verdad de Hijo de Dios siendo testimonio vivo de coherencia cristiana!  ¡Ayúdame a vivir acorde con las enseñanzas del Evangelio, llenándolo todo de amor! ¡Concédeme la gracia de ser un verdadero colaborador del Dios Creador contribuyendo a la obra de salvación a la que estoy invitado! ¡No te alejes de mi corazón, Espíritu de Verdad, y santifica mis alegrías y endulza mis sufrimientos y dificultades; ilumina siempre mi mente con los dones de sabiduría y entendimiento para actuar según los criterios de Dios; en los momentos de oscuridad, dudas, incerteza y de confusión asísteme con el don del consejo para saber como actuar; no permitas que me abandone en los momentos de debilidad y en el trabajo concédeme la fortaleza que viene de Ti; que mi vida interior y mi vida familiar esté impregnada en cada momento con el espíritu de piedad y de amor; y que cada instante de mi existencia me mueva un temor santo! ¡Moldea mi vida, Espíritu Santo, para convertir mi vida personal, familiar, social, profesional, eclesial en un medio de unión con Cristo, en una vida impregnada de amor!

Vivir en la transparencia

Limpiando ayer un tarro de cristal en el que había guardado aceite usado quedaron impregnados en el vidrio algunas gotas pegajosas que impedían la limpidez del cristal. Me vino a la mente una idea: esto sucede con frecuencia en mi vida cristiana. Hay demasiadas manchas que ensucian mi vestidura espiritual. Por eso es tan necesario vivir en la transparencia para que acompañe la santidad de mi corazón, esa que hace agradable a Dios. En la medida en que soy transparente santifico a Dios en su corazón.
Tomé de nuevo el estropajo, vertí sobre él el lavavajillas líquido y limpié de nuevo el tarro de cristal hasta dejarlo impoluto. Me sirvió el símil para comprender qué importante es la transparencia de vida en mi vida cristiana. Esa transparencia te permite amar la verdad, la justicia, la caridad, el servicio, la pureza. Esa transparencia te invita a no dejarte llevar por la soberbia, el engreimiento o el egoísmo. Esa transparencia te ayuda a servir a los demás con generosidad y amor.
Esa transparencia te impide ser jactancioso y vanidoso, que el yoismo presida tu existencia o que la presunción sea el baluarte de tu ser.
Esa transparencia te ayuda a que cuando alguien te daña, te abofetea humillándote, te golpea moralmente, te provoca sufrimiento tu respuesta sea la quietud y la serenidad interior y no devolverlo con las mismas armas que principalmente te provocan más dolor a ti.
Esa transparencia te hace entender que no puedes excluir a nadie de tu corazón y de tu vida porque todos tienen valor como seres humanos.
Esa transparencia te ayuda a entender que cuando amas, vives desde el corazón; cuando perdonas, vives desde el corazón; cuando sirves, vives desde el corazón; cuando te olvidas de ti, vives desde el corazón; cuando aceptas las cruces cotidianas, vives desde el corazón; cuando te niegas a ser vencido por el orgullo y la soberbia, vives desde el corazón; cuando luchas y te esfuerzas por ser mejor, vives desde el corazón; cuando te entregas de verdad, vives desde el corazón; cuando alejas de tu vida la superficialidad, vives desde el corazón…
La transparencia no es simplemente una cuestión de sinceridad. Es una cuestión de autenticidad. Si quiero ser un cristiano auténtico, luz del mundo, tengo que ser una persona transparente porque no se enciende jamás una luz para no ser vista, para ocultarla y para que no ilumine.

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¡Señor, concédeme la gracia de vivir siempre una vida auténtica y transparente, que deje pasar la luz para no esconderme entre las máscaras que cubren mi existencia! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida que huya de la luz de la verdad para que el mal no se acomode en mi corazón! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que rebose sobre mi el don de sabiduría para que ilumine mi mente y derrote la ignorancia y descubra siempre la verdad de tu Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida esté llena siempre de buenas obras, acompañadas de la verdad de mis actos, para que mis palabras, gestos, sentimientos y acciones están cubiertos de tu gracia! ¡Ayúdame a vivir la vida desde la transparencia, para que sepa disfrutar de todo lo que me das desde la gracia, para que no me venda a las distracciones del mundo y busque siempre mi felicidad interior! ¡Ayúdame, Señor, a apostar siempre por la fidelidad al Evangelio, a los grandes ideales que tu nos has enseñado, a no dejarme llevar por la mediocridad y que busque siempre servir con amor y amar al prójimo de verdad! ¡Ayúdame a avivar en mi corazón la gracia de la libertad para que desde la libertad interior darme siempre a los demás!

Orar no es más que dejar que el amor hable del amor

Anochece. Me encuentro parado en un semáforo. Hace mucho frío y viento. Un matrimonio de ancianos cogidos del brazo y muy abrigados al que veo habitualmente por el barrio está esperando al igual que yo a que la luz verde les permita cruzar la calle. En un gesto amoroso, el hombre besa con ternura a su mujer en la mano. «¿Cuanto tiempo llevan casados?», me atrevo a preguntarles. «Setenta y dos años», responde ella sonriente. Ese tierno beso es el testimonio de la plenitud de su amor. Con sus altos y sus bajos esta pareja, cuyas vidas desconozco, han crecido juntos inundados de amor.
Se sienten a gusto uno con el otro. Se sienten a gusto con sus vidas. Con el mundo. Y te das cuenta que un gesto sencillo como esté después de setenta y dos años juntos aviva la esperanza del amor humano.
Cuando el corazón está henchido de amor la propia vida es más plena, más viva, más intensa. Es como el fruto maduro del árbol que se hace vida en el silencio de la naturaleza, en la sencillez de la creación. El amor tiene que ser regado cada día para que la vida desborde afecto, cariño, generosidad, sacrificio, esperanza, caridad…
Un gesto tan sencillo como el beso de dos ancianos que se aman llena de esperanza. Te invita a perseverar en el amor. Amor en el respirar, en el sentir, en el hablar, en el actuar, en el pensar. Amor en el observar lo que te rodea con humildad. Amor en el entregarse a los demás. Amor en el mirar el rostro del hermano, en el percibir sus necesidades, en el abrazar sus sufrimientos.
Vamos habitualmente demasiado rápidos. En el fragor de nuestras vidas no tenemos tiempo para percibir las necesidades del otro. No tenemos tiempo de amarlo porque transitamos por la vida como autómatas sin destino fijo. ¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Desbordar amor a raudales. Pero el amor se cultiva fundamentalmente en la oración. Jesús amaba porque oraba. Oraba con el corazón abierto en un canto de súplica, alabanza y de acción de gracias a Dios. Su fuego interior, fruto de la acción del Espíritu Santo, era el amor. Orar no es más que dejar que el amor hable del amor. ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

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¡Ven Espíritu Santo, enciende en mi alma el fuego de tu amor! ¡Abre mi corazón de piedra a la oración franca, humilde y sencilla con el Señor! ¡Señor, tu me medirás por cómo he amado y no me preguntarás por nada más! ¡Concédeme la gracia, por medio de tu Santo Espíritu, para encontrar el sentido y el gozo en la vida! ¡Enséñame a amar, Señor, a poner mi corazón en todo lo que hago, digo, pienso y siento! ¡Ayúdame, Señor, a vivir como vivías Tu! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu amor! ¡Necesito, Señor, para lograrlo que me guíes en mi camino, que me enseñes a abrir el corazón! ¡Ven, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, y transforma mi corazón, hazlo dócil y humilde, generoso y caritativo! ¡Señor, al igual que tu amor me levanta y me transforma, me sana y me vivifica, haz que mis actitudes sirvan para levantar, transformar y vivificar al prójimo por medio del amor! ¡Ven Espíritu Santo y enséñame a amar! ¡Abre las puertas de mi corazón! ¡Concédeme, Espíritu divino, los dones de la alegría y la esperanza, de la caridad y de la humildad, para con las heridas de mi corazón sanadas, abrirme al mundo con amor! ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

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¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!

Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

¿Para qué vino Dios al mundo?

Al releer uno de los pasajes del nacimiento de Cristo me ha provocado interiormente una profunda desazón leer: «Los suyos no la recibieron». Es del prólogo del Evangelio de san Juan. Dios ha tenido para mi tiempo de hacerse presente en mi vida con su nacimiento en la cueva de Belén, de testimoniar su amor sobre la tierra, de morir por mi salvación y de resucitar de la muerte para dar esperanza a mi camino de fe. Y me ocurre como en los tiempos de su nacimiento:  «Los suyos —también yo— no la recibieron». Y pienso entristecido como mi soberbia llega a cerrar en tantas ocasiones las puertas a Dios y también a tantas personas que me rodean.
Al leer esta frase tomo conciencia de que cuando te envuelve la soberbia es imposible contemplar a Dios. Te conviertes en una especie de Herodes contemporáneo que se cree el soberano de su realidad y no eres capaz de comprender que es Cristo el verdadero rey. Con esta actitud no permites escuchar los cantos celestiales de alabanza al Amor. Pones freno a la verdad, te alejas de Dios, no aceptas convertirte en uno de los suyos y devenir propiedad de Dios porque la soberbia solo te convierte en esclavo de ti mismo.
Y «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Entre nosotros! ¡En mí! ¡En mi corazón para reconocerlo como dueño y Señor de mi propia vida!
¿Soy verdaderamente consciente para qué vino Dios al mundo? Para destruir mi soberbia, para impregnar toda mi vida de amor, de sabiduría, de misericordia, de caridad, de entrega, de humildad. Quiere con todos estos ingredientes liberarme de las fauces del orgullo, de la vanidad y el amor propio y darme la auténtica libertad del corazón para llegar a exclamar que he «visto su gloria…».
Le pido a Dios que me permita ver con claridad el misterio de su nacimiento y me abra los ojos al mundo y a los demás y que mi mirada no esté solo clavada en mi mismo y en mi yo. ¡Quiero, deseo y anhelo ser portador de alegría, de esperanza, de luz, de confianza, de misericordia, de amor! ¡Quiero ser genuino testigo del reino de Dios! Y eso no puede estar reñido con el orgullo que anide cómodamente en mi corazón.

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¡Jesús, me postro ante tu presencia y te pido que me ayudes a acogerte amorosamente en mi corazón para tener silencio en mi interior! ¡Concédeme la gracia de que Tú siempre seas el centro de mi vida para alejar de mi el orgullo, la soberbia y la vanidad! ¡Señor, me reconozco un pecador, te pido humildemente perdón y me acojo a tu divina misericordia! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en tu bondadoso corazón y aprender de él para que pueda renovarme en mis esfuerzos por crecer en santidad! ¡Tu que eres la Palabra Eterna que te hiciste carne y pusiste tu morada entre nosotros! ¡Eres uno de los nuestros, Señor, y me hablas directamente al corazón para abrirme a tu amor, para ser verdaderamente tu amigo! ¡Ayúdame a crecer contigo alejando de mi todo lo que estorba en mi corazón! ¡Que estos días, Señor, me sirvan para recordar que tu quieres que la relación contigo no sea lejana sino cercana, amorosa, cordial, de confianza! ¡Abre mi corazón para recibirte siempre porque tu has venido a quedarte siempre y habitar entre nosotros! ¡Que te perciba siempre en mi vida, Señor, que no me aleje de Ti, que mi relación contigo esté impregnada de amor! ¡Concédeme la gracia de reconocer tu santo rostro en la humildad del pesebre con el fin de que comprenda que la auténtica grandeza no reside en las cosas mundanas sino en hacerme pequeño por amor al prójimo!

Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!