Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

sao-jose-pai-de-jesus.jpg

¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

Anuncios

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Servidor y pacificador

Ayer en el grupo que estamos trabajando en la estepa de la gran cordillera del Pamir, en Asia Central, hubo grandes diferencias de criterio por la manera de proseguir la técnica de trabajo. Dos personas de fuerte carácter llegaron a la descalificación personal pero el más joven del grupo apaciguó los ánimos. Fue una respuesta a la búsqueda de la reconciliación entre seres humanos. No era fácil porque el trabajo en situaciones extremas no siempre es sencillo. Antes de cenar, le dije a este hombre que había ejercido un excelente trabajo de pacificación. Pero soy consciente de por qué lo logro: porque es una persona con un gran corazón que piensa siempre en el bien de los demás.
Ser servidor del prójimo te permite ser un buen pacificador. Es en paz que se siembra justicia. La paz, la armonía o la avenencia personal es un bien común, una riqueza común, que solo podemos disfrutarla juntos. Nadie puede poseerlo en detrimento de los demás. Nadie puede hacerlo si se le priva al otro. Buscar la paz, construirla, es convertirse en servidor.
Para transmitir paz hay que ser un buen artesano de la bondad y del amor. Creo que era San Agustín el que decía que la paz es la tranquilidad del orden. Cuando todo está en su lugar, cuando todo crece en su orden correcto, cuando la vida se desarrolla de acuerdo con su verdadera plenitud, entonces solo reina la paz. Ser alguien que pacifica es, ante todo, hacer justicia, poner todo en su lugar correcto, en su lugar verdadero. De esto somos todos responsables dondequiera que estemos.
Servir a quien tienes a tu lado es un don que, por desgracia, está perdiendo todo su sentido porque en el mundo priva la individualidad. Visto desde una perspectiva trascendente servir al prójimo es servir también a Dios que es quien da vida y existencia a todas las cosas. ¡Ójala algún día pudieran decir que soy un digno sirviente del que se acerca a mi!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, hazme un instrumento de paz! ¡Concédeme la gracia de apaciguar mi carácter, hacerlo humilde y sencillo, buscar siempre la necesidad el otro antes que la mía, no hacer que me pese tanto el egoísmo, entregarme sin quejarme, dar la vida por el otro sin exigir nada a cambio, abrir mi corazón al que lo necesita, detener mis exigencias, aparcar mis necesidades, sembrar amor a mi alrededor! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Haz, Señor, que mis manos tapen heridas, curen corazones, consuelen tristezas! ¡Tu que has sanado tantos corazones, que me has consolado tanto, que me has dado tanta paz, que me has llevado a volandas cuando estaba caído, si tu lo hiciste por mi que soy pequeño, frágil y egoísta concédeme la fuerza, la sabiduría y el amor de hacerlo por los demás! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Hazme alguien que no ponga límites al amor al entregarse al prójimo, que sea capaz de unir en lugar de desunir, de calmar los corazones divididos pero hacerlo con amor y no con la fuerza, sin tratar de imponer argumentos vacíos sino que contengan la fuerza de tu Palabra! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz!

Guiado por el principio de la verdadera realeza

Hoy celebramos a Cristo Rey del universo. Cuando uno piensa en monarcas se imagina a individuos con tronos, coronas con incrustaciones de piedras preciosas, ropa de armiño. No eran las galas de Cristo. La suya era una corona de espinas. Su carruaje, un burro con el que entró en Jerusalén el domingo de Ramos. Su traje ceremonial, una capa descosida que los soldados le pusieron para mofarse de su persona. Y su trono fue la cruz, donde nos reveló el auténtico sentido de su realeza.
Los hombres siempre hemos creído que en el poder descansa la fuerza de la política, la economía, la guerra, la sociedad. Pero nuestro Rey, Jesucristo, el verdadero Rey del universo, enseña que el verdadero principio de la realeza divina es el amor. Todo Cristo vivió estuvo impregnado por el amor a los hombres. En su sagrado trono, en el momento de mayor sufrimiento, es donde con mayor ahínco ejerció esta realeza: perdonó a quienes lo crucificaron y salvó a los todos los que se rebelaron hacia él.
Y esto es lo que él propone en esta festividad: que cada uno nos convirtamos en reyes a la manera de Dios. Es decir, dejarse guiar por el principio de la verdadera realeza: el amor.
Desde el bautismo cada uno ha sido introducido en el Reino de Dios donde el principio que reina es el amor. Al darnos el Espíritu Santo, Dios Padre a través de las manos de su Hijo Jesucristo, ofrece este amor infinito que nos permite ir más allá de los meros sentimientos humanos para convertirnos en lo que podemos ser: reyes del amor de Dios.
Si de verdad acepto al Espíritu Santo en mi vida cambiará mi corazón para amar como Cristo amó. Para perdonar a aquellos que me lastima, para amar a los que me quieren mal, para no ser esclavo de mis sentimientos humanos, y ser partícipe del amor.
Actuando así sabré como reconocer a Cristo en el amigo que necesita ayuda, en el compañero de trabajo atribulado, en el familiar enfermo…
En la tarde de mi vida acuda a la corte celestial solo seré juzgado por el amor.¡Y cuantas veces lo olvido! Si no he sido capaz de dar amor, seré juzgado por este grave actuar. Pero si he sido capaz de expresar la verdadera realeza recibida del bautismo, amando como amó Jesús, seré invitado a ingresar a este Reino donde solo hay espacio para el amor. ¡Esa es mi aspiración!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

¿Qué es la compasión para mí?

«La compasión es la perfección». He leído esta frase en una extraordinaria novela sobre la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. He cerrado el libro y me permanecido un largo rato pensando. El autor, judío de nacimiento, revela en su obra la historia de su padre y de su tío que fueron detenidos cuando luchaban contra los nazis cerca de Lyon. Fueron trasladados a un campo de concentración donde en los últimos meses de la guerra, casi sin esperanza, serían liberados por las tropas aliadas.
La pregunta es directa: ¿Es para mí la compasión la perfección? Me formulo está cuestión y me viene a la mente el Señor porque esta es la virtud que realmente se ajusta a Cristo, el manso y humilde de corazón. Para comprender y vivir la virtud de la compasión, basta con contemplar la Cruz. Allí, lacerado por mis pecados, contemplas la Compasión en si misma. Esa Compasión que sume todas nuestras debilidades, miserias y contradicciones y, con misericordia infinita, te devuelve a la vida.
¿Qué es la compasión para mí? ¿Soy compasivo como lo es Cristo? ¿Es el Evangelio realmente la hoja de ruta de mi peregrinación terrenal? ¿Me muestro cercano al otro, quienquiera que sea? ¿Me acerco al que sufre, al magullado, al herido en el corazón, al destrozado por las circunstancias de la vida, al enfermo de cuerpo y de alma o los dejo pasar de largo sin preocuparme de sus necesidades? ¿Me muestro cercano con los demás como hacía el Cristo compasivo de los Evangelios?
Tener compasión no implica tener piedad, ni hacerse dependiente de la persona al que uno se acerca. La trampa es creerse indispensable. La compasión es escuchar al prójimo —¿le escucho?—, tratar de percibir cuáles son sus sentimientos y sus necesidades —¿las percibo?—, tratar de razonar con él —¿lo hago?—, detenerse un tiempo para atender sus necesidades y tratar de comprender sus puntos de vista —¿me detengo?—, ser delicado, amoroso y tierno —¿lo soy?—, dejarle claro que se trata de él y no de nosotros mismos. ¿Es así mi vida? ¿Son así mis actos?
Compasivo es quien respeta cualquier sufrimiento. Es el que no se muestra indiferente ante ninguna angustia ajena. Compasivo es, incluso, llevar la compasión a los provocan el mal o sufren a causa del daño que hacen a pesar de que no se compartan sus razones y su manera de actuar.
Si la compasión a veces consiste en hacer algo por el prójimo, a menudo solo consistirá en compartir en silencio con alguien lo que siente y estar allí, simplemente allí.
Todo se resume en que la compasión tiene como base el amor. ¿Amo?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos se vuelvan siempre hacia el prójimo con una mirada de amor para verlos como me ves tu a mi, con mi miseria y mi pequeñez, más allá de la indignidad de mi vida, de mis circunstancias, de mis máscaras, de mis pecados y de mis orgullos y sufrimientos! ¡Ayúdame, Señor, a ver al prójimo como lo haces tu con mirada tierna y amorosa, compasiva siempre entendiendo sus circunstancias personales! ¡Haz, Señor, que mi corazón se vuelva siempre hacia el prójimo, para que pueda amarlo como tu me amas a mi, con esa firmeza, clemencia y misericordia que tanto me conmueve, con tanta paciencia que nunca se agota! ¡Ayúdame, Señor, a amar al que tengo cerca para que pueda hacerlo de manera eterna! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida se vuelva hacia el prójimo para que sea capaz de vivir en solidaridad con él y, así, hacerlo contigo en cada momento de mi vida! ¡Ayúdame a ser compasivo como lo eres tu, porque ser compasivo es una cuestión de amor! ¡Ayúdame a amar mucho porque quiero parecerme a ti! ¡Concédeme la gracia de que mi vida sea un compromiso de amor, que todo lo que me mueva hacia los demás esté basado en el amor hasta la entrega total! ¡Aviva esta experiencia en mi corazón, Señor! ¡Aviva mis deseos de compasión porque por encima de todo quiero amar!

El precio de la compasión:

La enfermedad matrimonial

En nuestras sociedades hay un decidido objetivo de destruir el matrimonio en todos los sentidos y se minusvalora a esta iglesia doméstica que fundamenta los pilares de nuestra sociedad. A este ataque contra la familia se le une un problema de fondo que se extiende entre las parejas: la indiferencia. La indiferencia es el cáncer terminal de cualquier matrimonio. Es la enfermedad crónica que destruye el núcleo central de una pareja. Durante el noviazgo, él y ella ponían como eje la necesidad del otro; ese encuentro furtivo; esos cinco últimos minutos que pasaban volando pero que uno quería que fueran como una eternidad; esa llamada telefónica de conversación irrelevante en contenido pero que duraba horas; ese estar pensando continuamente en el otro y saber que el otro tenía también la mente puesta en ti; el dejar de lado a esos amigos o amigas con los que compartir cervezas, tarde de compras u horas de gimnasio porque ahora lo importante era encontrarse con la persona amada…
Entonces llega la felicidad del matrimonio, el anhelo de vivir juntos, la ceremonia, los hijos… y con paso del tiempo la rutina y con la rutina la indiferencia gélida. Esa llamada de teléfono que se producía cada hora ahora se espacia en el tiempo; esas ganas de llegar pronto a casa ahora se reducen porque otras ocupaciones son más prioritarias; la preocupación del saber cómo está el otro ya ni se pregunta porque se presupone que la persona se encuentra bien y ya no se es capaz de leer lo que anida en el interior de su corazón; esas ganas de explicar las cosas ahora se convierten en silencios existenciales porque cuesta hablar ya que uno se siente cansado, agobiado por los problemas, molesto por alguna actitud del otro, ensimismado en el propio mundo; antes los dos se sentaban juntos agarrados en el mismo sofá, pero ahora cada uno se concentra en su móvil, en sus programas de televisión o en su propia luna.
La indiferencia mata el amor de manera lenta y agónica. La indiferencia destruye los sentimientos del corazón. Es como si sobre la pareja cayera una gélida capa de hielo o como si a un árbol frondoso se le cayeran todas las hojas en otoño y no volvieran a reverdecer en primavera. Si el amor surge de la comunicación afectiva, de las ganas de verse, de la ternura de los detalles, de las palabras cautivadoras y motivadoras del vocabulario cotidiano, no se puede ser feliz cuando se ama alguien que no te valora, que no te presta atención, que no pronuncia un «te quiero», que asesina poco a poco el amor robotizando la relación con la ausencia de palabras dulces, gestos delicados, miradas de complicidad, perdones sinceros, caricias tiernas, besos furtivos, tiempo robado dedicado a cosas sin importancia pero que unen sentimientos y experiencias personales…
Ninguna persona puede vivir sin recibir estímulos afectivos sinceros o mendigando sentimientos cotidianos. Al amor se le mata cuando se ignora la dicha y la bendición que Dios, en un momento determinado de nuestra vida, puso en nuestras manos.
¡Que hermoso es encontrar el amor de tu vida todos los días en la misma persona!
Ahora miro mi corazón ¿y?…

orar con el corazon abierto.jpg

¡Sagrada Familia de Nazaret, pongo en vuestras manos todos los matrimonios del mundo, especialmente aquellos que pasan dificultades o viven en la indiferencia para que seáis vosotros el ejemplo de recogimiento, interioridad, perdón, afecto, complicidad, predisposición a la escucha, inspiración de buenas obras, generosidad, palabras amables…! ¡Enseñadnos, Sagrada Familia de Nazaret, la necesidad del trabajo de reparación, de la vida interior personal, de la oración, de la entrega generosa, de buscar lo mejor del otro, del apoyo y la entrega como don! ¡Ayudadnos a ser, Sagrada Familia de Nazaret, imagen de Cristo y de la Iglesia en la sociedad para que nuestros corazones puedan elevarse siempre hacia el Padre! ¡Iluminadnos, Sagrada Familia de Nazaret, y fortalecednos en la tarea de la formación de nuestros hijos para que sean auténticos cristianos! ¡Espíritu Santo, llena con la fuerza de tu gracia a todos los matrimonios del mundo para que no caigan en la indiferencia, en el desdén, en la rutina, en la falta de estímulos personales y espirituales, y se conviertan en auténticos hacedores de amor, de alegría y de paz! ¡Que todos los corazones de los matrimonios se unan al corazón de la Sagrada Familia de Nazaret!

Y hoy acompañamos la meditación con una canción sobre la familia:

«¡Contigo!»

Pocas palabras como el pronombre personal «Contigo» tienen una fuerza tan extraordinaria. Cuando pronuncias el «Contigo» en realidad estás diciendo «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza». Es un derroche de fe y de esperanza en el otro. Cualquier gran proyecto, cualquier cambio significativo en la vida, cualquier empresa gigante que deba ser emprendida tiene que comenzar con esta palabra cargada de confianza.
«Contigo» es una palabra firme, amorosa, sencilla, entregada, cierta, llena de familiaridad y franqueza. Es una palabra que, en si misma, es un mundo cargado de convencimiento en el otro.
Y cada día podemos pronunciar el «Contigo». «Contigo» para unirse al otro, para acercarse a él. «Contigo» para vivir entregado al servicio. «Contigo» para unirse más a Dios, el primero de todos que al despertar el día y caer la noche susurra su más amoroso «Contigo». El «Contigo» de Dios es un «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza» a sabiendas de que uno cae en la misma piedra, en los mismos pecados, que es de barro con limitaciones, miserias y pequeñeces. Pero el «Contigo» de Dios es para hacer el camino juntos, acompañando en las alegrías y en las incertidumbres, en el amor y en la soledad, en las caídas y en el levantarse, en la misericordia y en el perdón. Cada «Contigo» de Dios es un canto nuevo a la esperanza porque el «Contigo» divino lo cubre todo de alegría, fe y esperanza.
A lo largo de la jornada, con el corazón abierto, uno puede pronunciar en infinidad de ocasiones, humilde y sinceramente, la palabra «Contigo». Es decirle al otro, como te amo, creo en ti; como creo en ti, espero en ti; como espero en ti, me entrego a ti; como me entrego a ti, quiero caminar contigo. ¿No era acaso así el «Contigo» de Cristo?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, haz que mi mirada hacia el prójimo sea para verte a ti! ¡Ayúdame a ver al que tengo cerca como tu hijo amado, como tu propio rostro! ¡Que no me deje llevar por las apariencias, ni por sus circunstancias personales, ni por su estatus social, ni por lo que dicen de él! ¡Que me vida sea un ir al encuentro del otro! ¡Concédeme la gracia de comprender sus necesidades y entregarme a él con ternura, con compasión y con amor! ¡Concédeme la gracia de atender sus suplicas, a escucharle como tu le escucharías! ¡Ayúdame a comprender sus necesidades! ¡Ayúdame a acercarme del que estoy más separado, especialmente de los más cercanos! ¡Concédeme la gracia de servirlo siempre como tu me sirves a mi, con tu cercanía y tu ternura! ¡Concédeme la gracia de amar a las personas que tengo cerca con amor eterno, con generosidad, con entrega, con paciencia, con alegría! ¡Que mi vida hacia el otro sea una vida «Contigo»! ¡Concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón para que mis «Contigo» sean ir también «Contigo»!

 

La vida es demasiado corta para ser tomada en serio

Fue el escritor inglés G.K. Chesterton, maestro de la ironía y de la paradoja, el autor de esta frase clarividente que acabo de leer en uno de sus libros: «La vida es demasiado importante para ser tomada en serio».
Chesterton no solo se puede considerar un pensador, un intelectual católico, un polemista temido y un campeón de la inteligencia cristiana. Fue un converso del protestantismo al catolicismo. Su influencia literaria y política es innegable. Tuvo la valentía de oponerse con firmeza a Winston Churchill para que paralizara una ley de esterilización de los discapacitados mentales. Fue la naturaleza —don innegable de Dios— quien le otorgó los talentos para desarrollar su fina literatura pero también su esfuerzo y su empeño —los talentos al servicio del bien común— los que permitieron que Chesterton se erigiera entre los principales autores católicos del siglo pasado. Es, sin duda, lo que a menudo se echa en falta en la inteligencia cristiana de los que en este siglo somos cristianos. En Chesterton la raíz de todo era la búsqueda de la verdad.
Vivimos en sociedades nihilistas y materialistas que niegan la existencia de cualquier verdad y son muchos los que intentan desde la moral destruir por la fuerza la esencia cristiana, desdeñando al hombre y a la vida; haciéndolo así desprecian al mismo Dios. En el ser del cristiano debe imperar siempre el compromiso por la verdad que es lo que fundamenta y vigoriza su derecho a la libertad. Cristo nos invita permanentemente a vivir en ella porque como cristianos nuestro deber es buscar siempre la verdad porque sino para un hombre no existe una verdad es incapaz de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. En el momento en que descuidamos la verdad dejamos que el relativismo ocupe su lugar.
No callar. Este es el simple llamado para negar lo que la sociedad nos quiere imponer. La vida es demasiado corta para ser tomada en serio, y en este sentido hay que tratar de dejar la impronta de la verdad, sin imponer sino para servir y para evangelizar. Todos estamos invitados a ser amantes de la Verdad, gentes comprometidas que contemplemos, comprendamos y actuemos para que la Verdad, que es Cristo, sea aceptada en nuestro mundo para ser creída, desde el creer para ser amada, desde el amor para ser vivida y desde la vivencia para ser compartida con el prójimo. Difícil tarea pero llena de retos… ¡como la vida misma!

orar con el corazon abierto.jpg

 

¡Señor, abre mi corazón, mi mente y mis ojos para que pueda vislumbrar siempre la verdad! ¡Que nada me aparte del camino de la verdad que Tu nos has revelado! ¡Ayúdame a resistirme a aceptar las mentiras que nos trae el mundo, a no dejarme llevar por la tentación de creer en los principios que nos imponen que cercenan la libertad! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y decidido en la defensa de la verdad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que la verdad se haga presente en mi, para que la verdad vivida y aceptada como estilo de vida, se abra en toda su riqueza en mi vida para transmitirla a los demás! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de verdad y de ética, ayúdame a trasmitirla y no imponerla, incluso aunque esto suponga oprobio, rechazo y cruz! ¡Que la búsqueda de la verdad, Señor, en mi vida sea siempre mi anhelo, un auténtico ejercicio de mi libertad personal, para vencer el relativismo que me rodea, para cambiar mi corazón, para no hacerme alguien frío o vacilante, distante del prójimo y encerrado en mi mismo! ¡Ayúdame a ofrecer mi voz confiada para cimentar en el mundo el amor y la verdad! ¡Espíritu Santo que eres el espíritu de verdad, ayúdame a aspirar siempre a la verdad y a la libertad!

Ternura para amar, consolar, comprender, perdonar, orar…

Tercer fin de semana de septiembre con María en nuestro corazón. Tomo de mi biblioteca un libro de iconos rusos para disfrutar un rato en el salón de casa. En una de las páginas surge esta imagen cercana e íntima del siglo XII que representa a la Virgen de la Ternura. Es la representación de una Madre amorosa sosteniendo a su Hijo en brazos, mirándole con ternura, acariciándole con ternura… Ninguna emoción humana es capaz de competir con la vivencia de la ternura de una madre que ha llevado al niño en su seno participando de sus gozos y sus dolores y demostrando cómo padece con él y por él.
La ternura es la columna central que sostiene la vida. Y, sin ternura, la vida no vale gran cosa. La virtud de la ternura es propia de aquellas personas que aman con un corazón sencillo, generoso y humilde.
Dios, creador de la vida, es en si mismo ternura y María que participa de ese rostro de Dios, se convierte en la máxima expresión de la ternura, la ternura bondadosa, generosa, serena y llena de bondad. La ternura de María, Madre de Dios, es un ternura auténtica. Es necesaria mucha ternura para la alegría y en esta sociedad en la que vivimos ¡la alegría es tan necesaria! Como es necesaria también mucha ternura para amar, para comprender, para escuchar, para consolar, para alabar, para perdonar, para orar.
En María, Virgen de la Ternura, Dios se hace Buena Nueva para el ser humano como acontecimiento de pura benevolencia y de absoluta gratuidad. María es la mujer creyente que acoge en lo más profundo de su corazón la Palabra de Dios; es la mujer creyente que asume con libertad y alborozo el plan de Dios en su vida; es la mujer hermosa de Nazaret que asume la maternidad de Dios, que le permitirá descansar en el regazo de su ternura; es la mujer valiente que mirará con ternura el cuerpo yaciente del Hijo descendido de la Cruz.
La ternura de María es nuestro ejemplo a seguir. La Virgen manifiesta en todas sus acciones la ternura de Dios hacia los que sufren, hacia los necesitados, hacia los que esperan el consuelo. Por eso hoy, he de mirar mi corazón, pedirle a María que ese corazón endurecido, egoístay soberbio sea más tierno y entregado; que se llene de Dios para darlo no sólo a quien amo de corazón sino también a quien me necesita y me cuesta aceptar, con quien suelo pasar de largo; la ternura es sólo una de las caras del amor. Como cristiano estoy llamado a la ternura no sólo en virtud de una instancia del corazón o de un impulso emotivo sino en virtud de la palabra de Dios y de mi vida en Cristo. Si la ternura me pertenece como cristiano ¡cómo no la voy a ejercitar si tengo en María el mejor ejemplo a imitar!

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡María, en este último sábado del mes de agosto quiero contemplarte con un amor especial! ¡Santa María de la ternura de Dios, ruega por nosotros para que me ponga siempre en manos de tu Hijo y cumpla siempre Su voluntad! ¡Ayúdame a ser más tierno, más comprensivo, más generoso y más amable con los demás! ¡Quiero ver en Ti la luz del alba que ilumina mi camino! ¡Quiero aprender de Ti tu amor por Jesús y por mis hermanos! ¡Quiero creer en Tu Hijo como creíste Tu, como guardaste Tu Su Palabra! ¡Quiero imitar tu estilo de vida, tus formas, tus gestos, tu mirada! ¡Tu ternura! ¡Tu, María, que eres la Virgen hermosa, que tienes un corazón sincero y transparente, bueno y predispuesto al acogimiento, humilde y sencillo, lleno de amor y de paz! ¡Conviértete en mi ejemplo! ¡Gracias, Madre, porque puedo acudir a Ti cada día! ¡Aquí estoy, María, en camino, en busca de un camino de fe, de un proyecto de vida coherente, con la idea de sembrar semillas de amor y de alegría, de esperanza y de confianza! ¡Ayúdame, Madre, a encontrar siempre el rostro de Tu Hijo! ¡Gloria a Ti, María, templo donde mora Dios, dame acceso a tu intimidad para hacer más mío el misterio de la misericordia de Dios! ¡Gloria a Ti, Madre, por tu hermosura y por todo lo que me ofreces cada día! ¡Gloria a Ti, María, Madre del Señor y Madre mía!

Salve Regina, de Cristóbal Morales:

Cristiano… ¿auténtico?

Cristiano es la persona que se siente profundamente enamorada de Cristo. ¿Es realmente así en mi vida? Una de las insignias de mi ser cristiano es la manera como me relaciono con Dios que… ¿coincide habitualmente con la manera como lo hago con los que me rodean? ¿Coincide mi mirada a los hombres con la mirada que tengo hacia Dios?
El cristiano reza porque quiere amar al Amor y, con el espíritu del Amor, a los demás. Cuando alguien ama a otro busca encontrarse con él, conversar de todo y, en ocasiones, también disfrutar de esos momentos de silencio que impregna tantas veces la vida de contenido. Quien se ama se mira, se sonríe, busca los momentos de intimidad para compartir las experiencias de la vida.
¿Qué quiere el Señor de mi? Que mi oración, mi mundo interior y mi corazón vayan en consonancia con mi vida exterior, con mi manera de actuar, con mis palabras, con mis gestos y con mi espiritualidad. Quiere que mi manera de orar esté siempre en consonancia con la manera de amar al prójimo. Que no olvide que Dios se encuentra en el corazón del otro y es, en este lugar tan íntimo, donde debo hacer mi ofrenda de amor, de paz y de encuentro.
A la luz de la fe, en la oración puedo descubrir a Cristo en el otro. Cristo ama al prójimo con el mismo amor con el que yo debería amar: un amor generoso, fiel, entregado, eterno, paciente, fuerte, con capacidad de perdonar, servicial, humilde, capaz de llegar hasta la medida más grande del amor que es entregar la vida por el prójimo.
¡Qué reto es amar a la manera de Cristo! ¡Y que reto es ser auténtico cristiano!

mujer-sombra-cruz-599x275.jpg

¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de vivir en cristiano! ¡De ser auténtico seguidor de Cristo! ¡De vivir una vida auténtica! ¡Que mi autenticidad, mi ser cristiano, sea un vivir pleno en palabras, pensamientos y obras! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que la verdad de mi propio ser sea encontrarme con Dios cada día! ¡Concédeme la gracia de vivir como Cristo, en Cristo y con Cristo! ¡Ayúdame a ser auténtico apóstol del Señor, a ser servidor de los demás, a amar a Dios y cumplir siempre su voluntad, amar al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a no desfallecer en mi lucha cotidiana, a no caer en la tentación, a no dejarme llevar por las acechanzas del demonio que tantas veces me aleja del fiel cumpliendo a la voluntad divina! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Sabiduría, de ser perseverante en la fe, en tener una conciencia clara de lo que el Señor quiere de mi! ¡Señor, quiero llevarte en mi corazón en mi día a día, quiero ver la vida desde tus propios ojos, quiero que todos mis actos cotidianos estén santificados por Ti! ¡Quiero ser tu instrumento, Señor, ejemplo de amor, en mi vida familiar, laboral, social, en la parroquia, allí donde haga acto de presencia! ¡Ayúdame a ser un instrumento tuyo según mis pequeñas capacidades y mis posibilidades limitadas! ¡Ayúdame, Señor, a ver las cosas a través del amor!