Subir pisoteando al prójimo

Escuché ayer de boca de un empresario que para él el éxito es aumentar las ventas anualmente, adquirir nuevas empresas y obtener grandes beneficios. A continuación me explicó su vida y comprendí que a nivel personal el éxito brillaba por su ausencia.
¿Que éxito puede alcanzar un hombre si consigue determinados objetivos materiales pero las sobras de su tiempo los deja para su familia, sus amigos y la comunidad? ¿Alcanzar el reconocimiento profesional y ganar mucho dinero pero tener un matrimonio infeliz y un corazón vacío se puede considerar tener éxito en la vida?
Si ganas el reconocimiento social pero no eres capaz de hacer feliz a tu entorno más cercano, si únicamente los tratas como parte de tus obligaciones cotidianas, tu éxito es una mera quimera por no decir un fracaso. Desde mi manera de entender la vida el amor, la entrega, el servicio, el respeto y la comunión con los que tengo más cerca es el mayor de los éxitos porque a partir del amor y la generosidad todo lo demás se añade a nuestra vida de manera progresiva.
Pero todo esto se logra si eres capaz de poner a Dios en primer lugar del corazón. Para Dios, la familia es la más sagrada de las instituciones y el amor al prójimo el principio de sus mandamientos. Con el ejemplo de la Sagrada Familia nos enseñó lo relevancia que tiene para Él la familia y el vivir entregado al prójimo. Cuando Cristo fundó la iglesia nos dio el entregarnos a nuestra familia que es la base que sustenta la sociedad y la Iglesia misma.
La gran enseñanza es que uno no puede ascender la escalera del éxito si durante la subida pisotea su entorno más cercano. Dios nos ha creado para alcanzar grandes retos personales y para cumplir nuestros sueños pero sobre todo para no descuidar nuestra santidad y cuidar, respetar y guiar a nuestras familias, a nuestro entorno más cercano y a todos cuantos se crucen en el caminar de la vida.

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¡Señor, con el corazón abierto y lleno de agradecimiento, devoción y recogimiento te doy gracias por el gran regalo de mi familia; ayúdame a que cada día crezca el amor, la caridad, el perdón y el entendimiento! ¡Envía tu Santo Espíritu, Padre de bondad, porque anhelo que se convierta en el guía y el protector de mi familia, que nos bendiga y nos proteja de todo mal! ¡Haz, Padre, que tu Santo Espíritu, no s guíe por caminos de paz y de comprensión, de amor y de santidad, de generosidad y de arenga, de compasión y de bien, de dulzura y paciencia! ¡Que tu Santo Espíritu, Buen Padre, nos ayude a suplir todas las carencias espirituales de la familia! ¡Que tu Santo Espíritu, Padre de misericordia, nos enseñe a perdonar las ofensas y a superar las diferencias que surjan entre nosotros basándolo todo en el dialogo, el amor y la comprensión! ¡No permitas, Padre, que ninguna actividad haga resignar el valor que tiene la familia! ¡Ayúdame a logra que la felicidad impere en mi hogar para que en mi familia se convierta en la base que me permita lograr otros éxitos en la vida! ¡Ayúdame también a amar al prójimo como a mi mismo!   

Déjate, cantamos hoy:

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Agradeciendo al Sagrado Corazón

Me acompaña una imagen del Sagrado Corazón. Antes de comenzar la oración me fijo especialmente en la ilustración. E, inmediatamente, algo me emociona profundamente: el sentir que el Sagrado Corazón ante todo es el misterio de la humildad de Dios manifestada en Cristo, su Hijo. Observo su corazón y veo en él el símbolo que designa la interioridad de la persona, su propio ser, con su inteligencia, su voluntad y su afectividad. El Sagrado Corazón es la identidad de Jesús que se revela en toda su delicadeza y profundidad: el amor.
Dios es amor. Y el amor, que es Dios, no ha sido revelado de una manera abstracta sino en lo concreto de la historia. Y lo ha hecho a pesar de nuestras infidelidades humanas. Su plena revelación tuvo lugar en la vida de Jesucristo: al dar su vida por sus amigos y por todos los hombres, Cristo nos ha demostrado su gran amor, este amor tan grande que proviene del Dios mismo.
En el amor se pueden hacer declaraciones revestidas de solemnidad. Pero, sobre todo, el amor se prueba mediante actos, acciones cotidianas o circunstancias críticas. El gesto extremo de amor se estableció cuando un hombre inocente permitió libremente morir en la cruz. Su símbolo es ese corazón herido expuesto a nuestra mirada. Dios no manifestó su amor de una manera general o incorpórea; lo hizo dentro de los límites del espacio y el tiempo, dentro de los límites de la vida humana de Jesús de Nazaret: su corazón humano cristaliza en una sola vida la totalidad del amor.
Esta demostración de amor está revestida de humildad. ¿Debería sorprendernos? El camino del Amor es el de la humildad y la humillación: esta es la vida misma de Cristo. Contemplando la imagen del Sagrado Corazón ves como se revela la humildad del Hijo de Dios que no ha dejado los límites de su humanidad para demostrarnos su amor. Es en su humanidad donde se esconde su divinidad.
Meditar el misterio del Sagrado Corazón humilla tu propio corazón de hijo de Dios: te hacer ser más humilde, te hace descubrir la extrema delicadeza de un amor que pone en evidencia tu propia tibieza espiritual, te ayuda a comprender que debes suavizar el corazón de piedra y dar lugar a un grito de gratitud en lugar de tantas consideraciones intelectuales o racionalistas. Y sobre todo manifiesta el mandamiento del amor.
En el Corazón Sagrado y Humano de Cristo, Dios oculta todas las maravillas de su amor: por eso no puedo permitir que mi corazón se endurezca sino que debo dejarme tocar siempre por la ternura divina y dejar que la humildad de Jesús alimente la mía para abrir mi corazón y repetir grandes dosis de amor.

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¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Jesús tu misericordia de Padre sale al encuentro de nuestra humanidad pecadora para recuperarla de la perdición que nos aleja de la felicidad para la cual hemos sido creados! ¡Gracias, Padre, tu amor es comunión de las tres divinas personas que conformáis la Santísima Trinidad! ¡Gracias, Padre, porque eres amor y no nos has creado solo amor, sino que por amor te has revelado por el desamor de nuestros pecados! ¿Gracias, Padre, porque por medio de Cristo y la ayuda inestimable del Espíritu Santo, te encontramos, te reconocemos y te alabamos! ¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Cristo demuestra la riqueza de tu misericordia, el gran amor que siente por nosotros, la oportunidad de vivir en Cristo, con Cristo y por Cristo! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón testimonia el gran amor que sientes por nosotros! ¡Gracias por tu misericordia, gracias por tu muerte en cruz, gracias por rescatarnos de las fosas del pecado, gracias por colmarnos de gracias y de ternura! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón es símbolo de la grandeza de tu amor que me invita a mi a amar más! ¡Gracias, Jesús, porque unido a tu Sagrado Corazón puede entrar en sintonía con Tu Padre! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón me invita a cambiar mi corazón pecador por un corazón arrepentido, para romper las cadenas que lo atan al pecado y abrirlo a la bondad! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón coronado de espinas y rebosante de sangre se convierte para mí en el símbolo de una entrega amorosa que requiere dar respuesta al amor concreto en mis gestos de cada día!

Canción al Sagrado Corazón de Jesús:

Fundamentalista

Ser coherente con la fe cristiana y católica implica un gran desafío. Alguien me llama fundamentalista por la simple razón de defender mis ideas cristianas. No trato de razonarlas desde lo estricto de la ley sino desde el amor pero aún así mi interlocutor me considera «fundamentalista». Y no me gustaría parecerlo aunque el término fundamentalismo se ha radicalizado y lo utilizamos con mucha ambigüedad.
Pero llevado a la oración sí soy «fundamentalista». Y lo soy porque declaro con total libertad lo que creo y lo que pienso desde la cortesía y el amor, desde la fe y desde la tolerancia. Mis creencias cristianas me impiden renunciar a principios básicos como el respeto a los pensamientos ajenos aunque difieran completamente de los míos.
Pero comprendo qué es ser «fundamentalista» para muchos. Es no entender que mis creencias se resumen en el Credo, la oración que comienza estableciendo la base de mi fe: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso. Pero no solo lo pienso sino que lo siento, lo proclamo, lo canto, lo misiono, le alabo y le doy gracias. Creo que Dios existe y que me ha creado para la santidad y lo ha hecho junto a todas las bellezas del Universo. Creo en su amor, en su poder, en su sabiduría y, sobre todo, en su misericordia.
Y desde estos principios, creo en todo lo demás. Creo en Jesucristo, su Único Hijo. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Y creo en la Palabra de Cristo, en sus mensajes, en su amor, en su Buena Nueva, en el estilo de vida que trató de inculcarnos. Creo que soy imperfecto pero desde esa imperfección abrazo la fe y trato de vivir coherente con los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor.
Por tanto, creo en la verdad y la Palabra reveladas como también en la gracia y los dones que vienen del Espíritu. Creo porque la Iglesia nos ha dejado un Catecismo que es una escuela de vida, una Biblia que compendia la presencia de Dios en el mundo y una institución que aunque, formada por hombres, es creación de Cristo: la Iglesia es imperfecta humanamente pero perfecta espiritualmente.
Y como católico creo en el papel de los cristianos en el mundo, en nuestro rol en la transformación de la sociedad, creo firmemente en la defensa de la vida, en la justicia, en la familia, en los valores cristianos, en el respecto al prójimo, en el valor de la persona y su dignidad tantas veces pisoteada, en la libertad y la tolerancia, en la oración que puede transformar el mundo y las conciencias de los hombres, en mostrarme inconformista ante los ataques que sufrimos los cristianos y ante el relativismo y el totalitarismo que impera en la sociedad.
Así que no me importa que me consideren «fundamentalista» porque yo testimonio a Jesús que es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Mesías, único Hijo engendrado de Dios, Dios y hombre verdadero.
Cuando a uno le consideran «fundamentalista» en este tiempo por ir en contra de las imposiciones de la mayoría que trata de destruir la esencia de la doctrina social del cristianismo tiene que sentirse alabado. Quiere decir que es coherente con su fe y con su credo, que contiene los principios y las creencias fundamentales de la fe cristiana.

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¡Padre, creo en Ti y te reconozco como el Dios que me ha creado y ha creado el universo; creo en tu poder, en tu amor y en tu misericordia! ¡Creo firmemente que eres el autor de todo lo creado! ¡Señor, creo en Ti, que eres Jesucristo, Nuestra Señor, el ungido de Dios y que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y viniste al mundo para testimoniar la verdad y salvarnos del pecado! ¡Creo en Ti, Espíritu Santo, te reconozco como la tercera persona de la Santísima Trinidad, mi abogado, maestro y consolador, que has sido enviado a mi corazón por Dios para que reciba la nueva vida de ser hijo suyo! ¡Os pido, Santísima Trinidad, coherencia para hacer de mis pensamientos y mis acciones una unidad, que no se contradigan nunca para ser testimonio de verdad! ¡Os pido fortalecer mi voluntad, para que mi conducta sea siempre impecable ante vuestros ojos y los ojos de los hombres, para que mi ser y hacer sean ejemplo de autenticidad! ¡Que no me deje llevar nunca por el que dirán y hacer como Tu, Señor Jesús, que viviste de acuerdo con tu manera de pensar y de sentir sin transigir en lo que estabas de acuerdo por sencillo y pequeño que esto fuera! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a caminar siempre en perfecta sintonía con Dios! ¡No permitáis que mis actitudes sean egoístas y busquen solo mi propio beneficio! ¡No dejéis que haya tibieza en mi vida y que no renuncie jamás a los principios cristianos que son innegociables! ¡Ayududame a caminar por las sendas de la verdad que Jesús marcó en los Evangelios! ¡Ayúdadme, sobre todo, a ser coherente en mi fe y mis creencias y ser valiente en mi vivir cristiano! ¡Y os pido por los que no creen para que algún día los valores supremos de la vida llenen su corazón de gozo y de amor!

Creo en ti, hermosa canción de Monseñor Marco Frisina:

La delicadeza que brota de la fe

Una de las características que más me impresionan de la humanidad de Cristo es su delicadeza. Alrededor de Jesús todo rezuma delicadeza que entronca con otras de sus cualidades innatas como son la paciencia, el cariño, la alegría, la ternura, la finura, la humildad, la magnanimidad, la cortesía… Nada en Jesús es vulgar, ni grosero, ni prepotente, ni egoísta. Su trato con la gente es delicado porque la delicadeza y la mansedumbre —una de las características del alma de Jesús es que es “manso y humilde de corazón”— son dos virtudes que caminan juntas. Quien cultiva la mansedumbre hacia los demás se convierte en un ser delicado, incluso con aquellos con los que cuesta empatizar.
La delicadeza es una virtud que, en cierta manera, brota de una fe firme, que se traduce en actitudes bienintencionadas, en gestos que imitan la acción del Señor que es la santidad visible para el corazón del hombre como recuerda san Mateo en uno de sus pasajes: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de mis hermanos, a Mí me lo hicisteis”.
La delicadeza cristiana nunca se asienta sobre una serie de principios y derechos innegociables, no se sustenta sobre privilegios adquiridos, no trata de defender los intereses particulares, no reivindica nunca el yo. La delicadeza, que lleva implícita la virtud de la humildad, es la contraposición al egoísmo y la soberbia, a la necesidad de aparentar, al hacer las cosas para ser aplaudido, a dejar entrever las intenciones para que nadie olvide que es cosa nuestra, impide al prójimo quedarse con la sensación de que te debe algo, ni deja la impresión de que estás con alguien por interés o por pena.
La delicadeza cristiana exige condescendencia con el prójimo —con el más cercano—, evita la discusión permanente, el herir con palabras y con gestos, el mal humor constante, el recriminar con acritud las cosas mal hechas, vincula la verdad a la caridad, valora a los que le rodean y respeta su dignidad, sus ideas, su opinión y sus carencias. La delicadeza cuida los pequeños detalles.
La delicadeza es un don del amor de Dios y, por tanto, hay que pedirle al Espíritu Santo que nos la envíe para tratar mejor a los más cercanos. En nuestra alma tiene que reinar la delicadeza porque un corazón delicado es un corazón que arde por cada persona que se le acerca. Delicadeza en nuestros actos y nuestras acciones, llenarlas todas ellas de contenido sobrenatural, como exigencia de nuestro amor. Así se comportó el Señor, y en eso hemos de imitarle cada día. Poniendo la delicadeza como criterio de conducta, seguro que las demás virtudes crecerán a nuestro alrededor.

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¡Señor, envíame tu Espíritu, para seguir tu ejemplo, para imitarte en tu entrega a los demás, para hacer el bien a los que me rodean, para vivir en la humildad, la bondad y la generosidad, para caminar hacia el Reino al que Tú siempre me invitas! ¡Señor, quiero aprender de Ti, maestro bueno, ayúdame a descubrir la gratuidad de tu amor! ¡Conviérteme en un delicado instrumento de tu amor hacia los demás! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para reconocer tu presencia y agradecer tu compañía! ¡Señor, escucha mis plegarias que surge de un corazón sencillo, prepárame para seguir tu camino, ilumina mi sonrisa para convertirme en alguien delicado para los demás! ¡Todo lo espero de ti, Señor, confío plena y exclusivamente en ti, confío en la inmensidad de tu bondad, de tu poder y tu sabiduría! ¡Gracias, Señor, por tu delicadeza conmigo!

Hoy, cantamos el Padrenuestro con Andrea Bocelli:

 

«¡Hermano!»

De viaje por razones laborales en un país de África acudo ayer a mi Misa diaria. La catedral del país se halla cerca de mi hotel lo que facilita mi presencia en la Eucaristía. Al salir del templo, se acercan varios feligreses sonrientes para saludarme. Todos utilizan la misma expresión: «¡Hermano!».
La expresión «¡Hermano!» es una de las más antiguas y originales entre los cristianos. En el libro de Hechos de los Apóstoles, los discípulos son llamados «hermanos» y para hablar de las iglesias se hace referencia a los «hermanos» de Corinto, de Éfeso o de Jerusalén.
El término «¡Hermano!» recuerda dos aspectos de la Buena Nueva que transforma de manera radical el sentido de la fraternidad: la eternidad prometida y la universalidad de la salvación que rompe los límites de la Iglesia. La fraternidad no siempre ha implicado concordia: la primera vez que aparece la palabra «hermano» en la Biblia es con Caín y Abel. Con José y sus hermanos la Biblia descubre también situaciones conflictivas en las que predominan los celos, el poder y el deseo de dominación… Lo que la Biblia enseña es que la fraternidad no se da sino para recibir y construir.
La eternidad nos convierte en contemporáneos de los que nos han precedido en la fe y la humanidad. Los cristianos somos un pueblo de hermanos allí donde estemos. Siempre me sorprende que Santiago y Juan pudieran dejar a su padre Zebedeo en la barca y marcharse sin más, siguiendo a Jesús. Esta fraternidad nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. ¿Somos conscientes de eso? ¡Es una invitación al respeto mutuo!
La gran noticia de la fraternidad según el Evangelio es que contamos con un mediador que es Cristo, el hermano mayor de una gran multitud de hombres y mujeres en todos los confines del mundo. Es él quien les dirá a las mujeres en la mañana de Pascua: «Id y anunciad a mis hermanos…» «¡Hermano!» Esta fraternidad ya no es un riesgo, el de tener que compartir la herencia, es una oportunidad, ya que la herencia, precisamente, es compartir la vida con los demás, ya que Jesús compartió su vida con nosotros.
Hoy cuando recite en la Misa el Padrenuestro abriré especialmente mi corazón para llenarlo de la fuente de la gracia que es hacer de mi comunidad cristiana —mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis correligionarios de la parroquia…— auténticas fraternidades de amor para disfrutar de la herencia de Cristo que es vivir la vida en fraternidad.
Le pido hoy al Señor que venga y habite en mi, que habite en nuestras comunidades, que renazca con toda su gracia, que nos haga personas que invitemos con nuestra vida a la reconciliación y la construcción de un mundo donde impere de comunión fraterna y el amor.

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¡Señor, ayúdame a ser signo profético de comunión, de alegría y de esperanza allí donde mi vida me lleve y permíteme anunciar la belleza de la Iglesia en la que todos somos hermanos! ¡Ayúdame a abrir las puertas de mi corazón a los hermanos para que, desde la experiencia, convertirme en un pequeña iglesia de amor fraternal! ¡Ayúdame a cultivar cada día relaciones basadas en el amor, el respeto, la transparencia, la autenticidad, la escucha, la libertad, la confianza, la fidelidad y el respeto mutuo! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que por medio de su amor seamos capaces de crear una auténtica comunidad de hermanos! ¡Ayúdame a ver en el hermano a una persona con la dignidad de hijo de Dios, un hermano que forma parte del mismo Cuerpo que es Tu Iglesia! ¡Ayúdame a ser siempre solícito, amable, acoger y fraternal con todas las personas porque todos ellos son mis hermanos! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que sea el arquitecto de la fraternidad entre todos y para que por medio de Él seamos capaces de derribar los muros que nos separan como consecuencia de nuestros egoísmos, autocomplacencias, orgullo y vanidad! ¡Dispersa de nuestra vida, Señor, los enfrentamientos y las discordias para poder trabajar unidos en pos de la verdad, para construir un mundo en el que impere la fraternidad y el amor! ¡Permite, Señor, surjan en nuestros entornos relaciones más fraternas en las que quepa la comprensión y el perdón y vivamos como miembros de un mismo Cuerpo y de una misma familia que es la tuya! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber convivir con los demás, a ser más fraternal, a tratar bien a cuantos me rodean, a querer el bien para ellos, porque todos somos hermanos y porque todo te lo debemos a Ti que nos has creado!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Unido al corazón inmaculado de María

Segundo sábado de junio con María, Madre de Jesús y Madre nuestra, en el corazón. Hoy el calendario señala un día hermoso, el del Inmaculado Corazón de María.
Un corazón, el de María, que nos une al Corazón de Jesús, del que celebramos ayer la fiesta, pues es el suyo un corazón que arde del amor divino. Todo en María nos conduce a Jesús.
Los corazones de la Madre y el Hijo van íntimamente unidas en el tiempo y en la eternidad pues son corazones predispuestos al amor, al desprendimiento, a la autenticidad, a la caridad, a la misericordia… corazones que acogen en su interior al Espíritu Santo y que nos invitan a nosotros a convertirnos también templos vivos de su gloria.
Un día propicio para fijar la mirada en el Corazón de María. Tratar de profundizar en cómo es ese corazón que Dios, que es puro Amor, dio a la que sería su Madre. Y, penetrando en ese Corazón puro, tratar de conocer más a María. Y, desde María, penetrar también en el Corazón de Dios. Y contemplando ambos corazones, contemplar mi propio corazón. ¿Para ver qué? Mi pequeñez, aquello que debe ser cambiado de mi interior, mis autocomplacencias, aquellas situaciones que me autoengañan, para eliminar mis máscaras, para penetrar en lo íntimo de mi ser y apreciar aquello que debe ser purificado y transformado. Para pedirle a Dios y a María que me ofrezca la luz que llene todo mi interior, esa luz divina que se recibe contemplando directamente el Corazón Inmaculado de María, ese corazón puro y limpio de la Madre.
Hoy le pido a María que me permita tener un corazón semejante al de Ella, un corazón abierto a la fuerza del Espíritu Santo para convertirme como fue María en un instrumento vivo de su gracia. Llenarme de la grandeza de su amor para acoger también al propio Jesús pues de ese Corazón Inmaculado brotó el Corazón de Cristo.
Lo hago con alegría inmensa porque es el Corazón de mi Madre y unido a Ella siento la fuerza para vivir mi vida cristiana con fe, esperanza y caridad.

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¡María, me unto a tu Corazón de Madre para mirar el mundo y a los demás con tu misma mirada y tu mismo corazón repleto de humildad, amor, generosidad, caridad, entrega…! ¡Quiero imitarte en todo, María, y unir mi corazón a tu Corazón Inmaculado! ¡Me uno a Ti, Madre, porque junto a Ti sobre quien el Espíritu Santo realizó la gran obra de la Encarnación de Jesús me uno al Sagrado Corazón de Jesús, tu Hijo! ¡Que cada uno de los latidos de mi corazón, María, vayan acompasados con los tuyos para ser testimonio de fe, de amor, de caridad cristiana, de entrega generosa! ¡Me uno a tu Corazón Inmaculado, Señora, porque quiero unirme a través tuyo al Sagrado Corazón de Jesús y exclamar contigo decidida y amorosamente: «Jesús, en vos confío»! ¡Enséñame, María, a amar como tu amas, a mirar como tu miras, a abrazar como tu abrazas, a perdonar como tu perdonas, a sentir como tu sientes, a darse a los demás como tu haces! ¡Enséñame a servir con el corazón abierto, desde el desprendimiento y desde el amor! ¡Conviértete Tu, María, en la gran mediadora ante Dios por eso te entrego enteramente mi pobre y tibio corazón para que tu lo conviertas previamente y lo lleves con tus manos al Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de unir mi corazón al de tu Hijo! ¡María, te quiero y amo a Tu Hijo Jesús, amo vuestros sagrados corazones y en esa unión ayudadme a amar más a los demás!

Jaculatoria para repetir el día de hoy: Sea por siempre y en todas partes conocido, alabado, bendecido, amado, servido y glorificado el divinísimo Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Así sea.

Hoy dedicamos este hermoso canto a Maria:

¿Soy una persona amable?

La amabilidad, que tiene en la prisa y la impaciencia sus principales enemigos, es un cuerpo cada vez más extraño en nuestro mundo.
Amable es aquel que en su tarjeta de presentación tiene impresas la cordialidad, la delicadeza, la dulzura, la atención, la exquisitez en el trato, la suavidad y la empatía. El que se esfuerza en sembrar afecto y esperanza a su alrededor y recoge los frutos de la alegría. Es el que considera al otro por lo que es y sin importarle su origen y su condición social lo trata con respeto, elegancia y cortesía. Es el que se da sin esperar nada a cambio, el que abre caminos a la alegría, el que brinda oportunidades de construir puentes. Es el que se alegra siempre del encuentro con el prójimo y tiene para él palabras y gestos de cordialidad.
El amable, con sus actitudes, uniendo sensibilidades y construyendo vínculos, abre camino a la confianza, facilita la convivencia entre las personas y expresa disconformidad sin ofender.
Ser amable exige grandes dosis de sinceridad, naturalidad y espontaneidad y mucha humildad y sencillez —fundamentales en el amor— porque en el amable no cabe la hipocresía ni la falta de caridad ni la mala educación.
Quien es persona —con toda la profundidad que tiene este término— rebosa de amabilidad porque el amable es generoso, busca siempre la empatía y aparta de su caminar la indiferencia del prójimo.
El amable es también alguien discreto que, aunque se preocupa por el prójimo, trata de no invadir su intimidad, sabe respetar su pensamientos y opiniones y no molesta con sus actitudes y sus palabras porque busca las afinidades y no las diferencias.
Una persona auténticamente amable es alguien que sabe amar y trata de que a su alrededor la convivencia sea siempre agradable.
Amable es aquel que da valor a la persona, el que tiene capacidad de amar y ser amado y el que sabe relacionarse con el prójimo ofreciéndole grandes dosis de cariño y afectividad.
¿Cómo miran mis ojos a los demás? ¿Tengo habitualmente gestos amables para con los otros? ¿Les reconozco como hijos de Dios? ¿Acabo mi jornada con actos y gestos repletos de benevolencia, ofrecimiento, buen humor y generosidad? ¿Consigo realizar gestos sencillos y pequeños que contribuyan a extender un espíritu positivo a mi alrededor que haga la vida más agradable a los demás? En definitiva, ¿que hago a diario para promover la amabilidad a mi alrededor?

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¡Señor, hazme parecido a Ti, manso y humilde de corazón, siempre amable con los demás! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener un corazón siempre abierto a la claridad y la amabilidad y no al fingimiento y la falsedad! ¡Dame capacidad de amar y de ser humilde para acoger al prójimo como amor! ¡Envía tu Espíritu sobre mi pobre corazón, Señor, para frecuentar siempre el bien y sacar siempre lo positivo de los demás! ¡Ayúdame, Señor, a sellar mis labios y en mi corazón las palabras «gracias» y «por favor»! ¡Hazme generoso, Señor, para tener una gran capacidad para entregarme sincera y sencillamente a los demás con naturalidad y amabilidad! ¡Ayúdame, Señor, a ser amable con todos! ¡Impregna todos mis gestos, mis palabras, mis actos, mis actitudes y mis sentimientos de Ti, Señor! ¡Hazme comprender, Señor, que si no amo con amor fraternal nunca podré ser amable con los demás! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mi para recibir la sabiduría que viene de lo alto que es, ante todo, pura además de pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera y ambiciona siempre el bien!

Comienza hoy el mes de junio y nos unimos a la intención de oración del Santo Padre para este mes dedicado a las redes sociales, para que estas favorezcan la solidaridad y el respeto del otro en sus diferencias.

¡Qué amables son tus moradas, Señor! cantamos hoy:

¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

Preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano 

Allí por donde fuera Jesús irradiaba todo de su alegría, de su ternura, de su bondad, de su generosidad, de su verdad… ¿Actúo también yo así? Sus discípulos se maravillaban cada día con la dulzura y ternuras de sus gestos y de sus palabras. ¿Pueden decir lo mismo de mí? Jesús se mostraba gentil y bondadoso con quien se encontraba, impregnándolo todo con el aroma del amor. ¿Hago lo mismo yo que el Señor?
Jesús se ponía en la realidad del que tenía enfrente, comprendía su corazón y expresaba una auténtica comprensión y mostraba una compasión sincera con aquel que se cruzaba en su camino. ¿Son así mis actitudes respeto a los demás? No manifestaba Jesús lástima por el prójimo sino una tierna e infinita compasión que iba más allá de los límites del amor. ¿Siento lo mismo por el que sufre?.
La amistad de Cristo era auténtica pues sus ojos leían en lo profundo del corazón y la mente del que tenía delante para acoger su realidad. ¿Cómo es mi mirada respecto a los que tengo cerca? Además, Jesús comprendía a la perfección las necesidades de cada ser humana y era capaz de tener muy presentes cada uno de sus esperanzas y anhelos. ¿Son para mí prioritarias las necesidades de los demás?
No mostró Jesús jamás indiferencia ante el sufrimiento de las personas y una característica de su actuar era que les ayudaba y sanaba su aflicción sin que sintieran lástima de sí mismas. ¿Puedo decir lo mismo de mí?
La característica principal de Jesús era su capacidad de amar profundamente a cada hombre, a cada mujer y a cada niño sin juzgar ni mirar más allá de su pasado o de su realidad presente. ¿Cuál es mi percepción del otro, está impregnado del mismo sentimiento que Jesús?
Las gentes que le seguían confiaban plenamente en Jesús porque, fundamentalmente, el Señor manifestaba una enorme fe en las capacidades de cada ser humano sin pretender controlar su vida sino intentando que en base a su propia confianza fuesen capaces de cambiar su percepción de la vida. ¿Soy transmisor de estos valores o impongo mi carácter, mis necesidades, mis planes a los demás sin respetar su libertad?
Jesús tenía tiempo para el otro, la prisa no formaba parte de su cotidianidad porque para reconfortar al prójimo necesitas tiempo y dedicación. ¿Me preocupo por el bienestar de los que tengo cerca y procuro dedicarles tiempo sin prisas ni aceleraciones?
Con Jesús todos se sentían confortados, descansando su penas y sus sufrimientos, descargando sus agobios cotidianos porque Cristo sabía escuchar, sin escudriñar el alma del que tenía delante. ¿Soy yo capaz de confortar como hacía Jesús con palabras de amor, misericordia y perdón?
El amor de Cristo por el hombre era tan profundo que corregía con actitud fraterna. Cuando pretendía ayudar a alguien lo habitual era que Jesús le pidiera ayuda. ¿Como es mi corrección fraterna, como sos mis gestos con el otro, están mis actitudes impregnadas de soberbia y altanería o de amor y de ternura?
La vida de Jesús era un permanente sembrar amor, hacer el bien, dar la vida por el prójimo, servir sin esperar nada a cambio, perdonar con el corazón abierto, ayudar al otro desinteresadamente, abrir las manos con entrega de misericordia, sembrando alegría y felicidad, caminando con libertad para llegar al Padre. Hoy tengo que responder con sinceridad a muchas preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano.

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¡Señor, quiero hoy orar brevemente para interiorizar tantas cuestiones que abren en canal mi corazón pero sí te pido que me ayudes a valorar al prójimo, a escuchar siempre con amor, a acoger sus necesidades y sus palabras, a comunicar tu verdad con mi testimonio, a aprender a callar y no juzgar, a escuchar tu voz en el ruido del mundo! ¡Señor, envía tu Espíritu para tus enseñanzas, tus gestos, tus palabras y tus sentimientos se impregnen de verdad en mi corazón y aléjame del camino erróneo y falso de la vida! ¡Señor, quiero ser como tu, ser uno contigo! ¡Quiero, Señor, que puedan decir de mi: ahí va un auténtico cristiano que ama, perdona, se entrega, sirve y hace el bien como hacía Jesús!

Hermosa canción del buen samaritano cantada por el Grupo Compasión:

¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret?

Cuarto sábado de abril con María, la humilde esclava de Nazaret, en lo más profundo del corazón. Hoy me pregunto: ¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret? Un lugar repleto de sencillez, delicadeza, humildad, serenidad, entrega, generosidad… Un lugar donde lo grande se hace pequeño. ¡Cómo no va a ser así si el comienzo de esta familia cuenta con una de las frases más sublimes pronunciadas por María: «Porque ha mirado la humillación de su esclava me llamarán bienaventurada»! Las enseñanzas de María en el recodo callado de Nazaret dejaron una profunda impronta en el corazón de Jesús que, en el Monte de las Bienaventuranzas, proclamo aquello tan extraordinario del «bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos».
Hay algo en Jesús, en María y en san José, pero especialmente en María, que corrobora que si buscas hacer la voluntad de Dios en tu actitud debe imprimirse el abandono. Si no hay abandono no hay camino de sencillez, de desprendimiento, ni pobreza de alma.
Cuando Cristo elogia la pobreza de espíritu debía recordar a su Madre porque si alguien tuvo alma de pobre pero alegre, sencilla pero generosa, esa fue María. Dios la eligió a Ella no por su belleza exterior —que seguro la tendría por ser una obra perfecta de su Creación— sino por la pequeñez de su espíritu, la sencillez de sus gestos y sentimientos, la belleza de su alma y la grandeza de su corazón.
En este sábado mariano tengo necesidad de llamar a la puerta del hogar de Nazaret. Entrar en este reducto de amor para llenarme de ternura, de caridad, de generosidad, de sencillez, de perdón, de humildad… Impregnarme de los valores de esta familia santa e inundarme de las gracias del Espíritu que merodea en este lugar. Entrar en este espacio de santidad para comprender que en lo pequeño está lo grande, que en la fidelidad a Dios está la felicidad, que no tener nada y no ser nada a los ojos del mundo no se contrapone con ser importante a los ojos de Dios. Entrando en este hogar de Nazaret entiendo el valor de la confianza, de la esperanza, del abandonarme en las manos del Padre.
Entrar en Nazaret para comprender que en mi vida cotidiana, en la sencillez de mis actos del día a día, en mi trabajo, en mis esfuerzos, en mi llevar la cruz, en mis relaciones personales, en mi servicio desprendido, en la pobreza de mi oración, en mi compartir mis alegrías y mis tristezas, en mi trasmitir sencillamente el Evangelio, en mi palabras amables, en mis gestos cordiales, en mis respeto al prójimo, en la pequeñez de mis actitudes… en definitiva, en la vida sencilla de cada día, todo mi ser se impregna del espíritu del Cristo Resucitado que dar valor de eternidad a la realidad de mi vida.
Entrar en Nazaret es comprender que mi vida cotidiana es un regalo de Dios que tiene como modelo a una trinidad humana que hace de la vida sencilla una auténtica comunidad de amor. ¡Qué sea capaz de llevarlo a los demás!

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¡María, hazme descubrir en mi corazón la pobreza de espíritu, la sencillez de la vida, la pobreza de alma, las virtudes de la que tu eres ejemplo! ¡Enséñame, María, a tener un corazón desprendido, generoso, cordial, tierno, amable y amoroso como el tuyo! ¡Ayúdame a descubrir, María, que la fidelidad a lo cotidiano es en realidad una gran fidelidad al Padre! ¡Enséñame, María, como enseñaste a Jesús a vivir la sencillez de la vida, a trabajar por amor a Dios y a los demás, a tratar siempre bien a la gente, a acompañar al que lo necesita, a ser testigo del Evangelio, a llevar la Buena Nueva al corazón de los que se cruzan en mi camino, a llevar amor al prójimo, a rezar con el corazón abierto aceptando siempre la voluntad del Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de dar siempre gracias por todo lo que me sucede que proviene de la bondad infinita y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, María como hiciste Tu a crear a mi alrededor una auténtica comunidad de amor! ¡Ayúdame a tener, María, un corazón de niño, sencillo, puro y humilde! ¡Ayúdame María en el camino de la sencillez, de la generosidad, de la humildad, de la Cruz y de la fe! ¡Ayúdame a amar la Eucaristía! ¡Ayúdame a imitar en todo a Tu Hijo Jesucristo!

Una bella canción a la Sagrada Familia para acompañar esta meditación: