Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

En mi vida: ¿qué tienen más relevancia mis sentimientos o mi fe?

Segundo sábado de mayo con María en el corazón. Cada uno de nosotros tiene un plan que Dios, desde el momento mismo de nuestra concepción, ha dejado impreso en nuestro corazón para llevarlo con alegría a término.
Te imaginas a María en aquel día de Nazaret. Sentada junto al zaguán de la ventana se le aparece un ángel que le anuncia que será la Madre de Dios para que, por medio de Jesús, poder entrar en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar de su naturaleza divina.
Por sus palabras y pese a su desconcierto inicial—el diálogo debió ser sereno y pausado, repleto de una intensa emoción— considerando que sin varón aquella maternidad era irrealizable creyó en Dios y le dio el fíat que inició la redención del hombre. 
En apariencia Dios había escogido a una sencilla campesina de Galilea alejada de la actualidad de Israel, una débil en la Torá, para convertirla en su Madre, que a los ojos del mundo no estaría preparada para tamaña empresa. Lo hizo porque atesoraba cualidades hermosas que hicieron que se fijara en Ella para llevar a término el gran misterio de la Encarnación de Jesús como su fe, su piedad, su humildad, su predisposición al servicio, su fidelidad y su capacidad para guardar secretos en lo íntimo del corazón.
Toda mujer que goza de la oportunidad de ser madre disfruta de un enorme privilegio. Ser madre implica abrigar a un ser vivo en tu interior, el gran privilegio y honor de dar la vida a otro ser humano como obsequio de Dios. Pero a María se le invita a creer en una maternidad virginal de la que no había precedentes y Ella, fiel en lo mucho y en lo poco, no se dejó llevar por sus sentimientos encontrados. Se fió de Dios pues Dios le pedía que aceptara una verdad nunca antes anunciada y Ella la acogió con audacia, sencillez y amor poniéndose a su disposición y creyendo, por encima de todo, en su Palabra.
Con su fe, libremente expresada, y con sentimientos de profunda gratitud y emoción María aceptó la voluntad de Dios a sabiendas que iba desempeñar un papel decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, que da comienzo y sintetiza toda la misión redentora de Jesús.
Adentrado en el cuadro de la Anunciación, me pregunto si en mi vida tienen más relevancias los sentimientos que la fe; me cuestiono si como la Virgen me abandono sin cuestionarme a la gracia de Dios o si en mi vida son más decisivos los interrogantes que me acosan o la confianza que debería tener en el plan que Dios tiene pensado para mí.

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¡Ayúdame, María, a que la casa de mi corazón este siempre preparado como el tuyo para que Dios pueda entrar en él, relevarse y hablare en lo más íntimo! ¡Que los planes de Dios no me desconcierten, Madre, como no lo hicieron contigo pues tenías una vida de profundo oración! ¡Ayúdame como hacías Tu cada día, María, a pedirle a Dios que se cumpla su plan en mi! ¡Ayúdame, María, a estar abierto siempre a la visita de Dios, a lo novedoso de su voluntad! ¡Ayúdame, María, a ser dócil a la invitación del Espíritu Santo para se abran de par en par las puertas de mi casa interior y que nada frene la llamada de Dios! ¡Ayúdame a interiorizar el No temas del ángel para tener siempre confianza en los planes de Dios! ¡Ayúdame, María, a interiorizar en mi corazón la Palabra del Evangelio y adoptar siempre una actitud de predisposición interior para entregarme a la voluntad de Dios! ¡Que como tu, María, se cumpla en mí según la palabra de Dios, para que mis sies estén impregnados de fe, confianza e incondicionalidad, para amar su voluntad, para ser testimonio de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, María, a aceptar con autenticidad el plan que Dios tiene pensado para mí con una entrega sencilla pero fiel!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María! Te agradecemos el regalo que nos ha hecho Dios, ponernos en tus manos para hacernos santos. Amén.

Cantamos hoy un Regina Coeli, con un ritmo moderno:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

Un «sí» al Señor como el de María

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Surge luminoso a mitad de la Cuaresma el día de la Anunciación del Señor y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para exclamar de corazón: «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

En el día de la Anunciación cantamos con la Hermana Glenda este Angelus:

¿Qué hacer ante la propuesta de Dios?

En el día de la Anunciación del Señor que hoy celebramos y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para nuestro «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

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¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

Acompaña esta meditación un hermoso Ángelus de Katia Cardenal.