Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

¡Dios te salve, Reina!

Fiesta por todo lo alto la que celebramos hoy a los pocos días de la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma: la memoria del Reinado de la Santísima Virgen María, Señora de todo lo creado. ¡Qué honor celebrar esta fiesta de quien es, por obra y gracia del Espíritu Santo, la madre de Dios hecho hombre! ¡Qué alegría pensar que por la realeza de Cristo, María es Reina de Cielos y tierra! ¡Que alegría saber que la grandeza de su reinado es elección de Dios! ¡Que bonito pensar que María es Reina por la íntima y estrecha relación que tiene con Cristo, Rey de Reyes, Señor del Universo! ¡Que hermoso es recordar que Ella es Reina, una reina singular que formó a Cristo, que lo acompañó en su camino vital, que estuvo junto a Él hasta el postrer momento de su existencia! ¡Que grandeza la de María, la Reina que acepta su reinado, presentándose ante el Espíritu Santo como la esclava del Señor! ¡Qué gozo saber que María es también reina por ser corredentora del género humano por expresa voluntad de Dios! ¡Que serenidad ofrece para el hombre saber que Ella participa en la obra salvadora de Cristo! ¡Qué ejemplo tan grande recordar cómo el Sí de María no se circunscribió a la Anunciación sino que fue firme hasta la muerte de Cristo en la cruz! ¡Qué tranquilidad saber que María está a nuestro lado siempre hasta el último momento de nuestra salvación! ¡Me imagino la celebración en el cielo el día que Jesús le impuso a María la corona de su reinado!
Mi corazón rebosa hoy de alegría. Se une más estrechamente a María gozándose del reinado de esta Madre buena y humilde que distribuye a manos llenas la gracia y la misericordia de Cristo. Y aunque acudo a Ella cada jornada hoy me dirijo especialmente exclamando con júbilo y alborozo: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra…»

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¡Dios te salve, María, por tu dignidad de Reina! ¡Dios te salve, María, porque has sido ensalzada por el Señor como Reina universal para asemejarte más plenamente a Él! ¡Dios te salve, María, porque desde tu reinado me enseñas a ser como lo fuiste tú un auténtico discípula de Cristo! ¡Dios te salve, María, porque me muestras que el sentido de tu reinado no es ser servido sino a servir!  ¡Dios te salve, María, que nos enseñas a vivir en humildad, generosidad y paciencia! ¡Dios te salve, María, por tu bondad y porque todas las gracias que recibido me llegan por medio de tu mediación maternal! ¡Dios te salve, María, que acoges con amor maternal todos mis problemas y adversidades, las dificultades de mi vida, la alegrías de mi corazón, das luz a la oscuridad que tantas veces me invade, alivias mis penas, das fuerza a mis plegarias, alientas mis anhelos de conocer mejor a Jesús, fortaleces mi fe, me ayudas a separarme del pecado, me inundas de tu misericordia que es la misericordia de Dios! ¡Dios te salve, María, porque eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¡Dios te salve, María, porque puedo acudir cada día a ti en la oración para pedirte tu protección maternal, para pedir por los míos, para darte gracias por los dones recibidos, para guiar mi vida, para acordarte de los que te necesitan, para que intercedas ante Cristo, para que me ayudes a caminar seguro a tu lado por los caminos de la vida! ¡Dios te salve, María, porque eres el camino que lleva a Jesús que es junto al Padre y al Espíritu Santo el que tiene el destino del universo! ¡Dios te salve, María, porque eres reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Profetas, de los Apóstoles, de los Mártires, de los sacerdotes, de los Confesores, de las Vírgenes, de todos los Santos, del Santísimo Rosario, de la familias, de los que no creen, de la paz! ¡Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, porque a tu lado mi corazón exulta de gozo, de alegría, de esperanza, de confianza y de amor! ¡Gracias, María, por tu maternidad! ¡Gracias, Padre, por darnos a María que reina de todo lo creado! ¡Espíritu Santo ayúdame a vivir como María siempre dispuesta a servir al proyecto de amor instituido por Dios!

Hoy le dedicamos a María esta bella Salve Regina:

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

Desde la prudencia a la adhesión

Último sábado de enero con María en el corazón. Me gusta la prudencia de María, me invita también a buscar en mi vida esta virtud que durante tantos años he tenido aparcada. Cuando el el mensajero de Dios le anuncia a la Virgen que va a engendrar un hijo y que éste tendrá un destino excepcional, en lugar dejarse arrastrar por sueños de gloria, María pone en valor estas palabras: «¿Cómo será esto pues no conozco varón?» Ante la respuesta del ángel de que «nada es imposible para Dios» María responde serena y prudentemente: «Hágase en mí según tu Palabra». Es el consentimiento de una persona prudente que no se deja llevar por una adhesión entusiasta. Su respuesta le permite probar la credibilidad del mensaje del ángel san Gabriel. Y, entonces, sabedora de lo que le ocurre a su prima santa Isabel, corre rauda a vivir con ella su experiencia personal.
Lejos de ser excesivamente inocente, María ejerce la prudencia. Ser creyente no implica renunciar a la actividad de la razón. En la vida nos desafiamos constantemente tratando de probar lo que creemos o lo que se nos pide que creamos. La fe no debe confundirse nunca con la credulidad ni la confianza con la ingenuidad.
María necesitará del entusiasmo de su parienta también para creer.
Esta historia de María e Isabel es una invitación a compartir nuestra fe, nuestra experiencia, para conversar con otros sobre nuestras dudas como muy probablemente hizo la Virgen con santa Isabel. Es imposible avanzar en la fe cuando se está solo. No se puede creer en el pequeño rincón de la vida. Si no se comparten las propias creencias o las incertidumbres con los demás se corre el riesgo de seguir ciegamente cualquier cosa y la fe acaba por apagarse y desaparecer.
Con la ayuda de su pariente, María cree con firmeza lo que el ángel le revela y se adhiere a él con el canto del Magnificat que es una alabanza que repleta de citas de las Escrituras, de este tesoro que ella, profundamente creyente, conoce a la perfección: el Libro del Génesis, el de Samuel, el libro de los Salmos, de Job, de los Profetas… No hay una sola línea en este hermoso poema que que no surja de la verdad revelada.
¿Cuántas veces uno vive la experiencia de pensar que «esta palabra ha sido escrita o iba dirigida a mí»? Esto es lo que sucedió con la joven de Nazaret; la historia de la madre de Samuel, los cánticos de los Salmos, las promesas de los profetas… todo se unió a su propia historia personal.
Ante los acontecimientos extraordinarios de su vida, ante el sorprendente anuncio del ángel, María no permaneció pasiva. Trató de entender, desde la razón humana y desde la fe, el verdadero significado de aquellas palabras; lo hizo también a la luz de la experiencia de su pueblo, de todos los testigos que la precedieron en la fe.
María es un ejemplo maravilloso para mi propia experiencia vital, para mi viaje de peregrinación, para mi camino lento hacia la santidad de la que tan alejado estoy. Por eso camino, prudente, al lado de María. Ella ilumina mi vida con la luz de Dios.

orar con el corazon abierto

Hoy mi oración es el canto del Magnificat, el canto de la alegría del alma en el Señor:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

Cantamos alegres el Magnificat de Vivaldi:

La Inmaculada Concepción, un día señalado para celebrar a María

En pleno camino del Adviento celebramos hoy la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que privilegia a María el haber nacido sin mancha de pecado. Hermosa festividad que nos regala la Iglesia y que afianza nuestro caminar pausado hacia la Navidad de la mano de María. Es difícil encontrar en las páginas de los Evangelios una narración tan hermosa como la del encuentro entre el Arcángel San Gabriel y la Virgen María. Esta historia presenta el primer paso de la historia de la Redención de Cristo en la tierra. Y pone en la figura de la Virgen María el elemento clave de aquella misión única y extraordinaria. ¿Acaso no fue Ella la que con su sí amoroso abrió de par en par su corazón para acoger en su seno al Hijo de Dios que iba a venir a dar esperanza al hombre?
Es un día que te invita a ser también santo e inmaculado; pues ese es el proyecto que Dios tiene pensado para cada uno de sus hijos. Al crear su Iglesia el Señor nos pide que formemos una comunidad de santos e inmaculados con el fin de que el día que nos presentemos ante Él podamos hacerlo mirándole a los ojos con la alegría de la autenticidad y no rehuyendo la mirada por la indignidad de nuestro pecado. Y, Dios, en su infinita bondad, en su proyecto universal nos ha dado a su Madre, y nos la entrega inmaculada, como abogada de gracia y santidad.
Mi corazón está alegre y orgulloso por poderle decir a María, la «llena de gracia», lo mucho que la quiero. Mi corazón exulta de gozo por dar gracias a Dios por haber hecho de nuestra Madre un dechado de virtudes, limpia de pecado y de todo mal con el único fin de engendrar a su Hijo. Mi corazón se llena de esperanza porque en el camino de preparación para recibir la Luz de Cristo Ella es la que anuncia el nacimiento de esa Luz. Ella es el espejo donde mirarse.
En este solemne día de María uno siente la necesidad de darle la gracias a María por enseñarnos el valor de la libertad humana. María fue completamente libre para asumir su camino y aceptar en su seno al Salvador del Mundo. María no tuvo miedo en tomar una decisión libre y, desde esa libertad que otorga Dios, unir su destino a la historia de Cristo. Es en parte la libertad de su decisión la que hace grande la figura de María, guía para cualquier cristiano. Me enseña también que cualquier peregrinación terrena requiere de la fuerza de la fe siempre unida a la esperanza. Que la disponibilidad a las necesidades de Dios y la docilidad a la gracia más allá de lo que uno pueda entender es permitir que se cumplan los planes que Dios tiene para cada uno de los hombres. Que la humildad sencilla de María es el camino a imitar por el cristiano. Que debo tratar de evitar en mi vida el mal y procurar siempre el bien. Que no me desanime nunca ante la tribulación y el sufrimiento. Que mire siempre el futuro con esperanza. Que debo intentar caminar íntimamente unido en Cristo por María porque hoy es también la fiesta del triunfo de Cristo. Porque la victoria de María es la victoria de Dios pues como Ella misma exclama: «el poderoso ha hecho obras grandes en mi».
Hoy es un día alegre para celebrar a María. Para contemplándola a Ella dar gracias a Dios por manifestar su gloria. Y de la mano de Ella caminar por las mismas sendas de santidad por las que caminó María.

orar con el corazon abierto

¡María, Madre Inmaculada, quiero hoy saludarte con el corazón abierto y invocarte como hizo el ángel llamándote con alegría «Llena de gracia»! ¡Lo eres, María, «Llena de gracia» porque así lo quiso el mismo Dios! ¡María, «Llena de gracia», Madre de Cristo, corredentora del género humano, ayudadme con tu gracia a ser santo e inmaculado en el amor, en el servicio, en la entrega, en la generosidad, en la misericordia y en el perdón! ¡Me fijo en Ti, María, «Llena de gracia», en tu humildad y en tu bondad, y quiero parecerme a Ti, que lo llenas todo de serenidad y amor! ¡María, «Llena de gracia», tu conoces mi pobre corazón y la podredumbre que hay dentro, ayúdame a limpiar mi corazón y redescubrir a tu lado la hermosura de la elegancia interior, de la bondad, de la verdad y del amor! ¡Condúceme, María, «Llena de gracia», al cielo prometido! ¡Concédeme la gracia, María, de pronunciar cada día un «hágase» como el tuyo que acepte la voluntad de Dios, que asuma los planes que Él tiene pensado para mí! ¡Enséñame, María, a crecer humana y espiritualmente a tu lado, a esperar lo que Tu esperas, a amar como tu amas y no dejes de indicarme nunca cuál es el camino que debo seguir para alcanzar el reino prometido! ¡Tu que eres tan pura y bella, ruega por mi, hombre cargado de pecados y de culpas! ¡María, abogada de la gracia, modelo de santidad, enséñame a abrirme a la acción de Dios para que aprenda a mirar y actuar siempre con los que me rodean desde lo más profundo del corazón, con amor, con cariño, con ternura, con misericordia y con magnanimidad como lo haría el mismo Dios! ¡Gracias, Madre santa, modelo de santidad, por tu silenciosa presencia en este corazón que tanto te ama! ¡Virgen Inmaculada te confío en este día a los míos, especialmente a mi familia, a los enfermos, a los ancianos, y los que están sufriendo en este tiempo tantas dificultades económicas y familiares! ¡Vela sobre todos y cada uno de nosotros, Madre de consuelo y esperanza! ¡Te encomiendo María mi vida, para llenarla de más confianza y amor, para no caer en la tentación, para afrontar con decisión y responsabilidad los acontecimientos de la vida, para encarar los problemas y aceptar la voluntad del Padre! ¡María, luz de esperanza en mi vida, haz que sea capaz de reflejar la luz de Cristo en toda mi vida y enséñame a creer, esperar y amar contigo!

En este día tan hermoso dedicado a la Virgen escuchamos el Gaudens Gaudebo de la Misa de la Inmaculada:

Profundizar en la fe de María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

Un «sí» al Señor como el de María

Último sábado de marzo con María en nuestro corazón. Surge luminoso a mitad de la Cuaresma el día de la Anunciación del Señor y siguiendo el ejemplo de María, la mujer que dio su «sí» a Dios, es el día propicio para exclamar de corazón: «¡Hágase!». Un «¡hágase!» auténtico, veraz, hasta las últimas consecuencias. Un «sí» al Señor como el de María. Un «sí» que encierre una entrega auténtica, sin limitaciones de ningún tipo, sin reservas de ninguna especie.
Un «sí» que nos sitúe en el mismo espacio sagrado donde estaba la Virgen para lograr esa intimidad que permite el encuentro personal con Dios; que nos lleve también a la profundidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestra historia. Ese lugar dónde el Dios de bondad y misericordia puede tocar nuestro corazón.
La jornada que hoy celebramos es un día de auténtica alegría porque dando el «sí» que tanto espera Dios, le dejamos obrar en nuestra vida aunque en ocasiones ese «sí» comporte dificultades, sufrimiento e incertidumbres.
¿No fue así el «sí» de María? ¿No fue así la incertidumbre en la noche del nacimiento de Jesús en un sombrío pesebre de Belén, sin comodidades, sin cuna, sin pañales, sin nada que ofrecer? ¿No fue así en la huida a Egipto huyendo del odio de un rey hacia una tierra desconocida? ¿No fue así la desaparación del niño Dios en el templo de Jerusalén? ¿No fueron así los treinta años que duró el silencio divino en la casa de Nazaret? ¿No fueron así los tremendos días de la Pasión del Señor hasta la muerte en la Cruz? ¿No fueron así los tres días de desconcierto hasta la Resurrección? Fue así, pero el «sí» de María fue el «¡hágase!» a la voluntad del Padre, el «¡hágase!» de la que nunca cuestionó lo que le ofreció Dios, la que nunca se opuso a la acción de Dios en su vida, la que nunca protestó por las privaciones y el sufrimiento que le tocó vivir. Fue, en definitiva, el «¡hágase!» de aquellos que abren sus manos para ponerlo todo en manos de Dios. Fue el «¡hágase!» de la máxima confianza en Dios.
Sí, María fue la escogida por Dios. Entró en su corazón. Pero Dios está también aquí, a la puerta de nuestro corazón. Y llama. Y ante la propuesta de Dios… ¿permite mi corazón que entre el Señor? ¿Le revelo a Dios mis deseos, mis sueños, mis anhelos, mis esperanzas? ¿Permito que Dios actúe en mi, que haga posible lo imposible? ¿Soy capaz de entregarme de manera auténtica, absoluta, confiada? ¿Soy cada día capaz de pronunciar un «sí» a Dios, abrirme a Dios, ofrecerme a Dios? Son las preguntas que ponen en evidencia la premisa de mi «¡hágase!».
Nos encontramos en el mismo lugar sagrado que se encontró la Virgen. Y en un momento determinado el ángel desaparece. Y María, en la soledad de la estancia, permanece sola, en silencio, en oración. Pero hay algo que ha cambiado en su vida: ha dicho «¡Si!» a Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero darte también hoy mi «¡Sí!»! ¡Hacerlo, Señor, sin cálculos, sin medidas, sin intereses, sin poner por encima de todo mi voluntad! ¡Quiero, Señor, que hagas posible lo imposible en mi vida! ¡Quiero poner, Señor, mi pobreza humana, mi pequeñez, mi nada en tus manos para que hagas de todo ello algo grande! ¡Señor, que sepa escuchar tus mensajes, que sepa aceptar lo que me transmites en la oración, que me impregne de tu Palabra, que todo mi ser se abra a la escucha y que mi forma de ver, pensar y actuar en esta vida sea un reflejo tuyo! ¡Señor, quiero darte un «¡Sí!» auténtico y confiado, alegre y convencido para aceptar todo aquello que sea tu voluntad! ¡Y a ti Madre te pido con humildad me ayudes a crecer como cristiano! ¡Enséñame a amar, a tener con los demás una actitud de acogida y aceptación, gestos humildes y sencillos, llenos de amor y de misericordia! ¡Ayúdame en la oración, María, para aprender siempre de tu «¡Sí!»! ¡Espíritu Santo ayúdame a que cada día sea una oportunidad para darle a Dios un «¡Sí!» lleno de amor en lo pequeño y en lo grande de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que cuando Dios me pida algo no cuestione lo que cuesta sino que lo considere como un regalo del Señor que visita mi corazón y le habla con amor! ¡Ayúdame a comprender, Espíritu de Dios, lo que el Señor puede hacer en mí como hizo en la Virgen María! ¡Que mi vida sea, Espíritu de Amor, una vida feliz en medio del trabajo, la vida familiar, del dolor y la tribulación, de la sencillez de lo cotidiano, de las actividades mundanas, de la vida de oración…! ¡Que mi vida sea siempre un «¡Hágase en mí según tu Palabra!», Señor!

En el día de la Anunciación cantamos con la Hermana Glenda este Angelus:

Mirar y contemplar a María

Último fin de semana de febrero con María en nuestro corazón. María constituye un motivo de gran alegría y satisfacción porque hablar de María es hacerlo de alguien a quien amo profundamente y que ha estado siempre presente en mi vida con su amor y ternura de Madre, en especial en los momentos de mayor sufrimiento y dolor.
Miras a María y te das cuenta lo mucho que le debes. No olvido nunca que es Ella la que me mantiene firme en la fe. Es a Ella a quien encomendé mi Primera Comunión apenas cumplidos los ocho años. Es Ella la que me ha permitido inclinar la cabeza tantas veces para imitar su «fíat» del día de la Anunciación. Es ella la que me ha protegido a mí y a mi familia en más de una ocasión. Es Ella la que me ha acompañado de manera incondicional al pie de la Cruz. Cada jornada de mi vida siento que María está a mi lado cubriéndome con su manto. Es la Madre perfecta, la mujer dulce que consuela y exhorta.
Son muchas las veces que le pido al Espíritu Santo que me ayude a ver en María todo el esplendor de su belleza espiritual y moral para aprender de Ella, para verme en el espejo de su perfección y entrega. Contemplarla en los diversos momentos de su vida: desde el día de la Anunciación hasta el momento crucial de su Asunción al Cielo. Los Evangelios son el documental vivo de su vida y de su obra, fuente de inspiración de su amor de Madre.
De María solo puedo contemplar sus virtudes y tratar de parecerme a Ella en cuanto a mi manera de hablar, de hacer, de pensar, de sentir, de mirar y, sobre todo, de querer. Aprender de su fidelidad al Señor y convertirme en un auténtico colaborador en su obra redentora que como cristiano debo cumplir como seguidor de Cristo.
Por otro lado, cada vez que me dirijo a María con sencillez y humildad, con el corazón abierto, y le pido con devoción de hijo María lo alcanza todo de Dios. Ella es la intercesora por excelencia. La más efectiva ante el Padre.
¡Gracias, María, te pongo de nuevo toda mi vida y la de los míos bajo tu manto protector para que nos socorras con tu protección y nos lleves de tu mano hacia la casa del Padre con santidad y buen corazón!

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¡Salve María, llena eres de gracia! ¡María, Madre, digna de toda alabanza, tu pariste al Verbo santo, acompañas siempre a todos tus hijos, me siento reconfortado por tu presencia en mi vida, líbrame de toda desgracia, de todo sufrimiento, enderézame en las dudas y cuando me desvíe del camino, ayúdame a ser perseverante en la fe y en la esperanza! ¡Ayúdame, María, a ser diligente con las cosas de Dios! ¡Al contemplarte a María, recibo también una gracia muy grande, la de poder contemplarme a mi mismo, mi propia vida con mis alegría y mis penas, con mis problemas y mis esperanzas, con mis incongruencias y mis virtudes! ¡Sé tú mi luz, María, para poder encarar mi camino espiritual bajo tu manto protector! ¡Tu eres el Arca de la Alianza, María, ayúdame en mi modestia y sencillez ser también arca en la que se avive el fuego del amor, la palabra de Dios, el servicio generoso, la llama vivificante de la presencia de Dios en mi corazón, vivir en comunión con Él! ¡Tú, María, acogiste con tu «sí» generoso a Jesús, ayúdame a darle siempre también mi sí y seguir siempre la voluntad del Padre!

Miles de ermitas, una sencilla y hermosa canción dedica a María en este último sábado de febrero:

¿Cuál es mi estado espiritual al recibir a Jesús en la Eucaristía?

Me hago esta pregunta con frecuencia meditando cuál sería el de la Virgen María en el momento de la Anunciación. En este cuarto sábado de diciembre, al día siguiente de que María haya dado a luz en Belén, contemplando y siguiendo a Nuestra Madre, Ella que tuvo en su seno al Hijo de Dios, puedo tomarla como ejemplo para comprender cómo debo yo recibir a Jesús en la comunión eucarística.
La respuesta es sencilla. Con fe, esperanza, alegría y pureza de corazón. Lo mismo que sucedió el día que el mensajero de Dios, el ángel san Gabriel, llevó a cabo la Anunciación y le anunció a la Virgen la Buena Nueva de que el Espíritu Santo descendería sobre Ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra para advertirle a su vez que lo que naciera de su seno sería santo y llamado Hijo de Dios. Y María, en su humildad y sencillez, exclamó llena de gozo: «He aquí la esclava del Señor; ¡Hágase en mi según tu palabra!». Emociona sólo de pensarlo.
Por tanto mi estado espiritual debe estar lleno de fe, de fe en la Palabra de Dios que en boca del ángel nos hace comprender que Jesús fue encarnado en el seno de una joven humilde de Nazaret y que prolonga la Encarnación en el altar eucarístico durante la Santa Misa.
Y también de esperanza, esa esperanza que es una anticipación de la vida eterna aquí en la tierra.
Y alegría por sentir que la existencia de Dios es verdadera y que ese Dios que se encarnó en el seno de la Virgen anhela habitar mi corazón en cada comunión si lo recibo con fe y esperanza.
Y pureza de corazón necesaria para recibir a Dios y dejar a Cristo hospedarse en el interior de mi corazón, limpio de pecado y de iniquidad. Y, cada día, al recibir a Jesús Eucaristía tendré presente el estado espiritual de María Santísima para pedirle la gracia de recibir a su Hijo en cada comunión, con la misma fe, la misma esperanza, la misma alegría y la misma pureza de corazón con que lo hizo Ella.

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¡María, tu sabes que hay momentos en los que todo me desborda, que no puedo más, que no encuentro salida, en que la tristeza se apodera de mi, que todo es difícil… pero surge una luz! ¡Es la luz de Tu Hijo, Jesús que despierta en mi una nueva ilusión, una alegría renovada, que da fuerzas a mis desesperanzas y ganas de luchar para salir adelante! ¡Y, María, puedo sentirlo en mi corazón porque se hace presente en la Eucaristía! ¡Gracias, María, por tu fiat! ¡Gracias, María, por haber encarnado al Hijo de Dios, que en la Eucaristía se convierte en Pan Vivo bajado del Cielo! ¡Y, a Ti, Señor, gracias, por estar siempre conmigo! ¡Gracias Señor, porque en la Eucaristía me unes a tu vida en la medida en que yo estoy dispuesto a entregar la mía! ¡Y hoy, Señor, en el día de san Esteban, el primer mártir que no se avergonzó de su fe cristiana y derramó su sangre por Ti, te pido por todas las personas que viven situaciones difíciles y por las familias que están pasando por situaciones complicadas! ¡Te misericordia de todos ellos, Señor!

Adoremus in Aeternum para acompañar la meditación de hoy.