Esclavos de nuestras máscaras

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Impresionante canción del Grupo Ciento Ochenta pidiendo al Señor salvación:

A Dios no le gusta mi hipocresía

En este tiempo de Adviento ¡qué importante es conocerse a uno mismo! Lo que los demás piensen de nosotros carece de importancia. Es intrascendente que crean que soy bondadoso, cumplidor, amigo de mis amigos, solícito cónyuge, buen padre o madre, intransigente ante la injusticia, servicial con los necesitados, trabajador, honesto…
En ocasiones, para lograrlo, recurrimos a la prestidigitación con el fin de evitar que nuestros defectos salgan a relucir. No nos interesa que nuestro buen nombre quede manchado ni que aquellos aspectos más tortuosos de nuestra vida salgan a relucir. Vivimos muchas veces con la máscara puesta, guardando las apariencias.
¿No conozco hombre o mujer que reconozca abiertamente que es mentiroso, o ladrón, o falso, o soberbio, o indecoroso, o envidioso, o que está enganchado al sexo, que tiene un amante, que es adicto al juego, a las drogas o al alcohol, que vive de juzgar a los demás, que tiene menos de lo que aparenta, que es débil de carácter, que está arruinado, que su trabajo es diferente a lo que hace creer…? La mayoría de las veces no es un problema de inseguridad. Es el temor a perder el afecto y el respeto de los demás. Pero cuando sale a la luz la verdad la relación con el amigo, con el familiar, con el compañero de trabajo puede quedar mermada. Sin embargo, ante la mirada de Dios las cosas son diferentes. Él, que nos ha creado, sabe lo que guardamos escondido en el corazón. Él sí que tiene razones para apartarnos de su vida, para retraernos nuestra miseria, para la desconfianza, para no esperar nada de nosotros. Pero su Amor es tan grande y su misericordia tan infinita que toma en sus manos compasivas nuestra pequeñez y nos endereza de nuevo.
A Dios, sin embargo, no le gusta la hipocresía. La hipocresía ante los ojos de Dios provoca gran rechazo. Y quedará siempre al descubierto. Ninguno de mis pecados, mis infidelidades, mis mentiras, mis engaños, mis faltas, mis abandonos… quedarán impunes porque llegará el día que Dios los pondrá al descubierto y quedaré avergonzado ante las multitudes que asistan al juicio eterno.
Y aunque sabe que el pecado me debilita Dios espera de mi un corazón abierto y sensible que se postre humilde y conscientemente ante Él para suplicarle perdón, contrición y propósito sincero de no volver a pecar. Y, en esta actitud orante, descubriré su amor infinito y escucharé susurrante esas palabras de consuelo, culmen de la misericordia de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

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¡Señor, Tú me invitas a conocer la verdad de mi vida! ¡Sin ser auténtico difícilmente podré responder a mi vocación y a la plenitud y alcanzar la felicidad! ¡Señor, no me dejes saciar por las apariencias sino que envía Tu Espíritu para que edifique mi vida sobre la solidez de la verdad! ¡Señor, no permitas que las máscara aparenten lo que no soy y oculten lo que pueda ser malo para mí porque no sería más que un reflejo de mi mediocridad! ¡Espíritu Santo, ayúdame en el camino de la autenticidad; dame el valor para ahondar en mi verdad y enfrentarme a lo que es de verdad! ¡Señor Jesús, Tu me dejas a la Virgen como testamento de autenticidad! ¡Ayúdame a alcanzar mi verdadera libertad en el cumplimiento del Plan de Dios, en la fidelidad a los designios de Dios y a caminar por la senda de la verdad!

De Georg Philipp Telemann escuchamos hoy su breve cantata de 1717 Gott Der Hoffnung Erfülle Euch (El Dios de la esperanza os colme):