Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Consciente del valor de la Cruz

Celebramos hoy la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, también conocida como Triunfo de la Santa Cruz, para celebrar la memoria de la recuperación del sagrado madero sobre el cual Cristo consumó la gran obra de la redención, restituida por el emperador Heraclio a Jerusalén, de donde había sido sacada por los persas unos años antes.
¡Qué hermosa esta fiesta de la Cruz, la Cruz que ahuyentó la oscuridad y trajo al mundo la luz! En un día como hoy uno se hace consciente del valor de la Cruz. Te permite valorar que posees un valioso tesoro, el más magnífico de todos los bienes; porque en ella, a través de ella y por ella se resume la esencia de nuestra salvación.
Sin cruz, Cristo no hubiese sido crucificado y la vida del hombre no sería igual, no podríamos beber de la fuente de la inmortalidad venidera, la sangre y el agua no hubieran purificado el mundo, el pecado no habría sido arrancado de la tierra, la libertad sería una quimera, hubiese sido imposible tomar el árbol de la vida y el paraíso no se hubiera abierto para el alma humana.
Sin la Cruz, la muerte no habría sido jamás derrotada y al infierno no le habrían despojado de sus armas.
La Cruz tiene un gran valor porque produce innumerables bienes fruto de los sufrimientos de Cristo y de su triunfo sobre la muerte. Es algo precioso, porque la Cruz no es solo el culmen del sufrimiento sino que es el gran trofeo de Dios. En ella Cristo murió voluntariamente; por ella el diablo fue herido y vencido, y la muerte también fue vencida con Él. La Cruz es el signo de la salvación del mundo entero.
La cruz es silencio, soledad, aceptación, renuncia, amor, pobreza, consuelo, fidelidad, acompañamiento, agitación. La Cruz es la gloria de Cristo. La Cruz es su exaltación. Ella vemos la copa deseada, la recapitulación de todas las torturas que Cristo soportó por nosotros. ¡Por eso amo la Cruz!

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¡Señor, en este día de la Exaltación de la Santa Cruz, te suplico con todo mi corazón y con toda mi alma que me concedas la gracia para exaltar tu Cruz Santa y me ayudes a llevar una vida nueva! ¡Ayúdame a mirar la Cruz en base a mi historia personal, mirarla desde la perspectiva de tu amor, para comprender todo lo que has hecho por mi, para comprender este misterio tan grande que es morir por mi, para acercarme a Ti para darte gloria y alabarte! ¡No permitas, Señor, que tenga miedo a cargar la cruz de cada día, a hacerlo siempre con sentido sobrenatural! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que llevar la cruz con amor es signo de victoria! ¡Que cada vez que me persigne, Señor, sea consciente de que estoy marcando tu presencia en mi! ¡Que cada vez que contemple tu cruz sea ungido por tu presencia! ¡Que cada vez que contemple tu cruz mis ojos se centren en Ti, levantado en lo alto, exaltado por Dios, triunfante ante el dolor, el sufrimiento y la angustia, vencedor de la muerte y del pecado! ¡Concédeme la gracia de tomar la cruz y seguirte sean cuales sean las circunstancias de mi vida! ¡Que sea capaz de entender que tus brazos abiertos en la cruz son un signo de acogimiento y de amor, que esta apertura es para esparcir sobre mi los beneficios de la redención y de la santificación, don de Dios! ¡Te exalto, te bendigo y te glorifico, Señor, porque viéndote en la cruz no puedo más que dar gracias por tu testimonio de amor! ¡Gracias, Señor, por tanto amor, por tanta misericordia, por tanta generosidad! ¡Que tu cruz, Señor, me una más a Ti! ¡Que no me acostumbre a verte crucificado, Señor!

Hermoso canto de alabanza a la Cruz: O crux benedicta:

¿Bonsái o palmera?

Me inspira la oración de hoy el Salmo 92 y una frase deja su impronta: «El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios». Me viene a la memoria un conocido que tiene como principal entretenimiento el cuidar en su casa una variada colección de bonsáis. En cierta ocasión, enseñándomelos, me recordó que esta afición es un arte delicado no un mero trabajo de jardinería. «Debes saber que es un arte milenario que exige mucho sentido estético y grandes dosis de creatividad, aparte de los conocimientos técnicos sobre alambrado, poda, pinzado…». Además, fue muy taxativo al afirmar exige un gran ejercicio de paciencia y esmero y que si eres «capaz de conservar un árbol en una maceta durante toda su vida, te has ganado la eternidad».
Leyendo el Salmo me sobreviene la imagen del bonsái. Como cristiano no soy como un diminuto bonsái que necesita que constantemente le corten las raíces para impedirle crecer. Al contrario, soy como quiere Cristo semilla que de frutos abundantes, semilla para convertirme en esa alta palmera que crezca como los cedros del Líbano. Cuanto mayor crecimiento interior con la sabia del Espíritu, cuanta mayor altura espiritual y humana alcance, más cercano estaré de ganar la eternidad. No deseo ser como ese bonsái que ve limitado su crecimiento en la maceta de su creador, aprisionado por la poda de la raíces, porque lo que anhelo es crecer hacia lo alto, crecer como cedro y florecer como palmera.
Dios desea mi crecimiento personal como ser humano y como cristiano. Desea mi compromiso de maduración y crecimiento interior. Desea que mi vida se alimente con la sabia de la oración, de la Palabra y de la vida sacramental. Que la riegue cada día con la fe y el amor para que no se apague mi sed de Él. Quiere que mi cuerpo y mi espíritu anhelen cada momento de mi existencia el alimento de su existencia en mi.
Desea que mi vida, como la de una planta, esté suficientemente abonada para que ningún parásito en forma de tentación, de deseo desordenado, de caída, de abandono… me impida crecer.
Y desea también que mi vida, como la de un planta, reciba siempre luz, en este caso la luz inspiradora del Espíritu Santo que ilumine mi interior para darle viveza a mi ser.
Dios quiere que mis raíces se solidifiquen en tierra firme y no se limiten a una pequeña maceta en la que no pueda desarrollar mi verdadero potencial. Dios quiere para mi un crecimiento hacia la eternidad no hacia lo limitado de la vida. Dios quiere que alimente mis raíces cultivando el amor, el afecto cotidiano, el respeto, la caridad, la generosidad, el servicio, la entrega, la humildad, la misericordia, el perdón…
Dios quiere que cada día, para dar frutos, alimente mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como el bonsái de mi amigo porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida. Necesito raíces sólidas que imprimen carácter a mi vida.
¡Cuento con la innegable ayuda del Espíritu que alimenta mi interior y me ayuda a crecer con su presencia!

 

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¡Te pido Señor que me ayudes a ser como una palmera de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Hazme crecer, Señor, como los cedros del Líbano:

Cada día de cada mes puedo dar y ser fruto del árbol de la vida

Un amigo me envía regularmente gifts con textos de la Biblia decorados con imágenes hermosas. Ayer recibí esta del Libro del Apocalipsis: «En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones». Y esta frase me invita desde que la leí ayer a una reflexión profunda.
En la historia del Génesis leemos que el Jardín del Edén albergaba en su epicentro el árbol de la vida. El fruto que ofrecía era el de la vida eterna. Cuando Adán y Eva —arquetipos del hombre actual— transgredieron la prohibición de Dios de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal fueron expulsados ​​del Paraíso y ya no pudieron acercarse al árbol de la vida.
Esta historia dramática —porque es el nacimiento del pecado en el hombre— no describe un momento específico de nuestra historia colectiva ni traza una línea entre un comienzo idílico y un devenir lleno de conflictos y problemas sino que ilumina un aspecto fundamental de nuestra condición humana: el deseo de todo hombre de “llegar a ser como dios”, capaz de saberlo todo, de experimentarlo todo, de juzgar lo que es correcto o incorrecto, verdadero o falso y de poder actuar sin límites transgrediéndolo todo con impunidad; este deseo de omnipotencia que vive en nuestro interior pervierte la relación que podemos tener con Dios y nos lleva a considerarlo un rival, un obstáculo para nuestra ambición por tenerlo todo bajo control.
El acceso a este árbol de la vida solo será posible al final de los tiempos cuando hayamos adquirido la madurez necesaria para abrazar por completo el amor, la alegría y el gozo, la dulzura de Dios y seamos capaces de vivir relaciones auténticas, armoniosas y pacíficas entre nosotros.
El árbol de la vida representa el deseo del infinito y la eternidad del ser humano; este deseo no puede ser llenado con bienes materiales o con la satisfacción de una necesidad física. Solo puede encontrar su realización en la vida espiritual, en una relación de confianza con Dios dejándose llevar por su infinita ternura y benevolencia que, lejos de desear dominarnos desde lo alto de su cielo, está anidado en lo más profundo de nuestra vida, en lo más íntimo de nosotros mismos.
Pero si soy capaz de comer y alimentarme del árbol de la vida que es Cristo y su Palabra mediante su Santo Espíritu puedo llegar a ser como un árbol plantado, que regado por la oración, la vida de sacramentos y por mi entrega a los demás, prosperará para dar frutos y heredar la vida eterna. Si me alimento del árbol de la vida cada día de cada mes puedo dar y ser fruto. ¡Cada día de cada mes! ¡Estimulante tarea en mi camino cristiano!

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¡Señor, anhelo ser la raíz sana de un árbol que sea capaz de dar buenos frutos! ¡Quiero, Señor, regar mi propio árbol con Tu Palabra, con tu cuerpo eucarístico, con mi entrega total a tu persona y al prójimo! ¡Te pido, Señor, el riego del Espíritu para que me ayude a crecer en santidad y vencer mis debilidades! ¡Ayúdame, Señor, a ser un buen jardinero del árbol de la vida para que mi vida cotidiana pueda dar frutos alegres y llenos de vida! ¡Riégalo, Señor, con tu Santo Espíritu para que mi vida interior esté siempre bien abonada! ¡Señor, hazme entender que cuanto más santa sea la raíz que sustenta mi vida más santas serán también las ramas que florecen de mi corazón! ¡Te pido, Señor, que me ayudes cada día a examinar mis raíces y a comprender que el fruto que de mi vida no es obra mía sino que es consecuencia de la relación que mantengo contigo! ¡Quiero alimentarme de Ti, Señor, que eres el árbol de la vida y junto a Ti quiero alcanzar tus promesas por eso también de encomiendo a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a los miembros de mi comunidad eclesial y a toda la Iglesia entera! ¡Y te alabo, te adoro, te bendigo y te doy gracias porque te haces presente en mi vida y tu voluntad es que more contigo en la vida eterna!

La hermosa música de Vivaldi nos acompaña con este Domine ad adiuvandum:

El triunfo de la Cruz

Hoy celebramos una fiesta hermosa para los católicos, la exaltación de la Santa Cruz, o lo que es lo mismo, la veneración de las reliquias de la Cruz de Cristo, cuyos fragmentos fueron recuperados por el emperador Heráclito.
Recuerdo un viaje con amigos a Cantabria. En la más abrupta zona de la cordillera cantábrica, en una comarca singular, La Liébana, rodeados de altas montañas, por donde pasaron las mesnadas árabes vencidas por los últimos visigodos, defensores de la fe y la cultura en el norte de España, visitamos el monasterio de Santo Toribio de Liébana, protegido por la naturaleza, donde se custodia el mayor fragmento del lignum crucis, esta reliquia del cristianismo que nos maravilló por lo que representa. Rezar ante aquellos minúsculos restos de la Cruz nos provocó una profunda emoción.
¿Qué sentido tiene para mí, hoy, exaltar la Cruz de Cristo? No adorar un objeto cualquiera. No venerar una simple cruz. No reverenciar una pieza arqueológica. Si yo predico a Cristo crucificado, escándalo para los relativistas como diría San Pablo, mi referente es esa Cruz por la que Cristo derramó su sangre para librarme de la esclavitud del pecado. Sólo por ese testimonio de amor tan grande esa Cruz se convierte en signo de bendición, de excelencia, de Amor, de ternura, de entrega, de generosidad y símbolo de derrota del odio y de la vanidad, de la incapacidad de perdonar y de la soberbia, de violencia y de falta de caridad.
Coincide este día cercano al día del dulce de María, que celebramos el sábado. La Virgen me invita a levantar los ojos hacia su Hijo crucificado; me invita a tomar con orgullo esa Cruz gloriosa para demostrar al mundo hasta qué límites llegó el amor de Cristo por nosotros. Me invita a ser árbol de vida. Me invita a acercarme a Él con confianza. Me invita a dedicarle unos minutos, postrarme ante él y adorarle. Me recuerda que la Cruz es amor y que el poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza.

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Hoy exclamo ante la Cruz de Cristo: ¡Oh Santa Cruz! ¡Me postro de rodillas ante Tu Cruz, Señor, me humillo ante el madero ante la cual moriste por amor a mi! ¡Cuando mi cruz de cada día se vuelva pesada, Señor, permíteme compartirla contigo! ¡Cuando vea la cruz de un necesitado, condúceme con amor hacia él para consolarle! ¡Conviértete, Santa Cruz, en mi luz, en mi verdadera esperanza! ¡Hazme entrar en el camino de la salvación y derrama en mi alma el bien! ¡Gracias, Señor por tu Cruz; gracias por haberla cargado por amor! ¡Gracias, porque elevada ante el mundo, eres faro luminoso que congregas a tu rededor a todos los que creemos en Ti, Señor, para entonarte cantos de Gloria Tú, que siendo dueño de todo lo creado, permitiste ser crucificado para la redención del genero humano! ¡Bendita seas, Santa Cruz, por los siglos de los siglos, fuiste entre los paganos signo de valor y afrenta y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quien espero servir y honrar por toda la eternidad!

Hoy la primera parte de las Siete palabras de Cristo en la Cruz de Cesar Frank: