Seguir la estrella que ilumina la vida

Hoy tres hombres siguen la luz luminosa de una estrella. Viajan guiados a la luz de la fe. No lo saben pero esos sabios que escrutan el cielo van al encuentro de la luz de Cristo, la verdadera estrella luminosa que ilumina nuestras vidas, la única capaz de indicar el camino que es preciso recorrer para alcanzar la eternidad. Esa luz transformó su corazón y su vida. Cambió la razón de su existir. ¿Por qué no puede suceder también conmigo?
Tres hombres buenos, prudentes, con principios , sabios, metódicos, esperanzados  —Melchor, Gaspar y Baltasar— en nombre de la humanidad entera, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, van al encuentro del Niño Dios; en el camino tropiezan con numerosas dificultades e imprevistos, engaños y malicias, pero no se arredran, no reculan, no temen la aventura de encontrar a Dios en el desierto de la vida. Sospechan que esa estrella que los guía contrapone lo divino contra lo humano, la bondad contra la malicia, lo espiritual contra lo mundano. Desconocen por qué emprenden el camino, donde reside la grandeza de aquella decisión pero su corazón les invita a seguir, a no detenerse, a buscar. Y lo encontrarán en esta noche mágica. Lo encontrarán en el pobre pesebre de Belén. Aquí está Él, el Dios hecho Hombre, en forma de Niño amparado sólo por dos padres sencillos, una mula y un buey.
Han dejado atrás al rey Herodes, al que tanto nos asemejamos los hombres y mujeres de este mundo. Mucho hay de este personaje en nuestro corazón. También nosotros contemplamos a Dios en la distancia, viéndolo como un rival que pone en juego las estructuras de nuestra vida, nuestra libertad, nuestra seguridad, nuestros anhelos, nuestra lucha por poseer y tener. También nosotros hacemos oídos sordos al mensaje de Cristo, cerramos nuestros ojos para no ver los signos que Dios hace o para acoger con la mano a aquel al que Dios ampararía; pensamos que los límites que impone Dios amenaza nuestros principios y valores y nos impide experimentar la alegría de la vida según nuestra voluntad porque somos conscientes que el ser cristiano es una vida de exigencia, de compromiso, de voluntad y de buen ejercicio de la libertad.
Pero el amor misericordioso y bondadoso de Dios nada quita al hombre, al contrario, lo llena de plenitud y eso lo entendieron perfectamente aquellos tres hombres llegados de Oriente. Ellos tomaron la decisión de seguir el camino que conduce a Dios por encima de sus satisfacciones inmediatas, de sus gustos personales o de sus necesidades materiales.
Hoy quiero hacer como esos tres hombres y seguir todo el año la luz luminosa de la estrella que me lleva directo al corazón de Jesús.

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¡Hoy, Señor, camino junto a la Iglesia santa a ese lugar donde reposas en el pesebre para adorarte con el corazón abierto! ¡Me dejo guiar por la estrella que es la luz que ilumina mi camino y que es también la Palabra de tu Padre! ¡Ayúdame, en este año 2017 que ha comenzado, a ser estrella para los que me rodean, que refleje con la fuerza de tu Espíritu, la luz de Cristo, la luz que me guía, me inspira y mi acompaña! ¡Voy de camino con pocos presentes que quiero entregarte con humildad: mi pobre corazón pecador, mi libertad, mis sufrimientos y dificultades y el gran amor que siento por ti! ¡Todo te lo entrego, Señor! ¡Tu lo llenas todo, Señor, y por eso quiero que des sentido a mi vida, que alejes de mi todos los miedos y preocupaciones y ponerlos al pie de tu cuna de Belén! ¡Sé que lo acogerás todo lo que llevo dentro de mí con una sonrisa y con mucho amor! ¡Ayúdame a desprenderme de mis egoísmos y mis egolatrías, de mis miedos y mis placeres mundanos, de mis comodidades y mi tibieza, de mis yoes y mi falta de caridad, amor y misericordia! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a seguir la estrella como lo hicieron los Magos de Oriente, confiados e inspirados por Ti! ¡Qué no me de miedo ponerme en camino, aceptar tu voluntad, escuchar tu voz interior que me empuja a seguir! ¡Dame, Señor, una fe firme, una esperanza renovada y un amor grande para que ayudado por el Espíritu Santo te busque cada día en lo cotidiano de mi vida y en el encuentro con el hermano! ¡Que sepa caminar hacia tu luz, Niño Dios, para cada día postrarme ante ti, adorarte y glorificarte y entregarte los pequeños tesoros que esconde mi pobre corazón!

Videntes stellam, una breve obra de Francis Poulenc, para este día que caminamos siguiendo la estela de los Reyes Magos hacia Belén:

¿Dónde me lo juego todo?

Mis pasos avanzan raudos hacia el portal de Belén para entregarle al Niño Dios la pobreza de mi corazón, el mejor obsequio que puedo dejar a los pies de su cuna. Mientras camino, voy haciendo balance. Medito cómo ha sido su vida en mí y mi recorrido en el año que ha terminado. El pasado ya no tiene importancia. Mis pecados los ha perdonado el Señor. Ya los he confesado antes de girar la última página del calendario y por su infinita Misericordia Dios los ha borrado de mi alma. Es una fuente de tranquilidad. Ya está todo sanado.
¿Qué sucederá en el futuro? Lo desconozco. El futuro no puede ser fuente de incertidumbre. Está en manos de Dios porque Dios es providente. Dios hace que transpire la primavera en el campo, que florezcan los frutos en los árboles, que podamos admirar la armonía de los paisajes, que canten los pájaros al atardecer, que corran las aguas cristalinas de los ríos… si hace todo eso ¿qué no hará por mí? Por tanto, el futuro -como todavía es posible- no tiene que ser motivo de excesiva preocupación. Sí vivir la vida con responsabilidad.
¿Dónde me juego, entonces, todo? En el presente. En el aquí y en el ahora. Este es el punto culmen de mi Salvación. Prepararme para la vida eterna. Por eso voy hacia Belén. Me encamino al portal para no descuidar mi relación personal con Cristo, para ser capaz de dar la vida sin pretender nada, para hacer presente el cielo en la tierra, para luchar sin perder la frescura y la intimidad con Dios, para acrecentar mi fe en Jesucristo porque deseo fervientemente alcanzar la vida eterna. La eternidad es un continuo presente. Cuando hacemos referencia al cielo significamos que la presencia de Dios se hace presente en todo momento y en todo lugar. Su amor se hace presente en el aquí y en el ahora. Y si Dios está aquí y ahora amándome con amor eterno yo debo aprender a vivir en el aquí y en el ahora para experimentar ese amor y darlo también a los demás.
Mis pasos avanzan raudos hacia el portal de Belén para entregarle la pobreza de mi corazón como el mejor obsequio que puedo dejar a los pies de la cuna del Niño Dios. Y sé que Él me tiene preparado un regalo mayor: su gran Amor.

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¡Señor, gracias porque te haces presente en nosotros cada día dándonos tu infinito amor y tu infinita misericordia! ¡Gracias, Señor, porque has perdonado mis pecados, has limpiado mi alma y me has permitido comenzar el año con las fuerzas renovadas! ¡Gracias, Señor, porque me amas tanto que no puedo más que acoger el amor y llenar mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que si soy capaz de amar en el aquí y en el ahora el cielo se hace presente en mi vida! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar y gustar de la eternidad! ¡Enséñame, Espíritu de Dios, a darme a los demás! ¡No permitas, Dador de Vida, a que mi corazón se cierre al bien y al amor, que se engalane con el egoísmo, la soberbia y la vanidad, que se deje llevar por la comodidad y por los caprichos mundanos, que me apoye en mis propias fuerzas y no en la fuerza del Amor que representa Jesucristo, Nuestro Señor! ¡Señor, me dirijo hacia Belén con alegría por saber que estás esperándome pero también con mis cansancios y mis problemas, con mis muchas limitaciones y con mis enfermedades, con lo que no he podido resolver y con lo que no tengo capacidad de solucionar! ¡Tu me invitas a llegar a Ti tal y como soy! ¡Voy hacia la cueva donde Tú estás, Señor, confiado en que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Vengo, Niño Dios, respondiendo a tu invitación y tu llamada! ¡Quiero ir al cielo, Señor, alcanzar la eternidad! ¡Ayúdame Tú que solo no puedo!

Hoy nos deleitamos con este bellísimo villancico inglés: The Infant King (El infante Rey) que, con el corazón abierto, adoraremos junto a los Reyes Magos en Belén.

¡Ha nacido Jesús!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!
Interiorizo esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»! Dios es capaz de transformar lo trascendente en sencillo y lo trivial en inefable y convertirlo en algo maravilloso. Y en un día como hoy emplea instrumentos en apariencia sencillos —un burro y un buey, unos pobres y desorientados pastores, un rebaño de ovejas y un desangelado pesebre— para crear con ellos la más impresionante escenografía donde cada año tiene lugar una de las obras más trascendentales de la historia de la humanidad; porque la otra, igual de significativa, se celebra con un cariz diferente en lo alto del Gólgota.
En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que Dios ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso, en estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy, Jesús demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
El mismo Dios ha entrado en mi —nuestra— vida invitando a cambiar. Para dejar claro que la esperanza es posible. Que vale la pena ser hombre comprometido con Él porque es Dios mismo quien comparte mi vida y mi misma aventura humana; que junto a Él puedo caminar confiado y alegre hacia la plenitud.
En este día de Navidad el corazón, tocado por Dios, me invita a renacer a la alegría, a la confianza, a la esperanza, a la misericordia, al perdón, a la solidaridad, al servicio, a la fraternidad y, sobre todo, a la entrega total en el Padre, al encuentro personal con Cristo y a la gracia del Espíritu.
Cristo puede nacer cada año en Belén pero si no nace en mi corazón, mi renacer en esta Navidad habrá sido tristemente infructuoso.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! ¡No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida! ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Del maestro francés Marc Antoine Charpentier disfrutamos de su cantara In nativitatem Domini Nostri Jesu Christi Canticum, H.414:

¡Ave María, Señora del Adviento!

Último sábado de noviembre con María en nuestro corazón. Mañana se inicia el tiempo de Adviento, en que empezamos a preparar la llegada de Cristo. Me imagino hoy cómo la Virgen debió preparar en la intimidad y en la oración, con alegría, esperanza y agitación interior el nacimiento de su Hijo. Ella es, también, una de las grandes protagonistas de este tiempo de reflexión interior porque a través de su maternidad llegamos los cristianos al nacimiento de Cristo en Belén. María, con su generoso «¡Hágase!», se une estrechamente a la unión con Cristo al que llevó en su seno virginal.
Hoy María me enseña algo hermoso, sencillo. Con su fe, con su amor, con su entrega, la Virgen me indica cuál es el camino para esperar a Jesús. A Jesús por María. Poner a Cristo siempre en el centro de mi corazón. Dar siempre mi «¡Amén!» a la voluntad del Padre. Estar siempre plenamente disponible a aceptar los planes de Dios en mi vida. Alabarle siempre. Vaciarme de mi yo y, en mi pobreza y humildad, estar cerca de los que más me necesiten. Ser siempre fiel y obediente a la Palabra de Dios y, desde ella, crecer espiritualmente y confiar. Servir desde el amor, amar desde el servicio. Ser capaz de ver a Dios en un pequeño niño. Saber contemplar a Dios en lo pequeño de las cosas. Saber vislumbrar en la necesidad del afecto y del cariño.
Deseo en este tiempo de preparación caminar junto a María. Con Ella será más fácil llegar a Jesús.

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¡Señora del Adviento, hazme pronunciar su «¡Sí!» a Dios como hiciste Tu; visítame como visitaste a tu prima Isabel; hazme hacer como invitaste a los criados de las bodas de Caná; seréname como hiciste con los apóstoles en el cénaculo; acompáñame en la tribulación como hiciste con Jesús a los pies de la Cruz! ¡María, Señora del Adviento, camina junto a mi hasta el feliz día de Navidad! ¡María, Señora del Adviento, lléname de esperanza, de alegría, de fe, de caridad, de amor, de paz, de fortaleza, de humildad! ¡María, Señora del Adviento, permíteme en su momento postrarme ante el Niño Dios y arrullarlo entre mis brazos! ¡María, Señora del Adviento, mi corazón es como un pobre pesebre sucio y frío, límpialo con tu presencia; haz que en su interior brote el calor del amor y la serenidad para que se encuentre a gusto Jesús! ¡María, Señora del Adviento, haz a todos los matrimonios santos, que la fuerza de nuestro amor se irradie en la familia; danos santos matrimonios para que haya hijos santos y también santas vocaciones! ¡María, Señora del Adviento, haz que aprendamos a pedirle al Espíritu que cada palabra, cada gesto, cada pensamiento, cada mirada esté impregnada del amor de Dios! ¡María, Señora del Adviento, ayúdanos a imitación tuya a estar siempre atentos a la llamada del Padre! ¡María, Señora del Adviento, gracias por ser mi Madre!

En este último sábado mariano de noviembre escuchamos hoy el motete Ave gloriosa – Salve virgo regia, que se encuentra recogido en el folio 100v del Códice de las Huelgas.

Los dones que voy a ofrecer al Niño Dios

Guiados por una Estrellla, tres Magos de Oriente —que representan a los pueblos a los que Jesús ofrece su Salvación—, están cerca del portal de Belén para adorar al Dios nacido para reinar eternamente en el corazón del hombre. Cuando se pusieron en camino llevaban consigo tres cofres con sus respectivos dones que ofertarán al Niño: oro —símbolo de la realeza, pues Jesús es el Rey de Reyes—, incieso —el aroma que nos remite a la divinidad, y Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre— y mirra —empleada para embalsamar, signo de la humanidad de Cristo condenada a la muerte en la Cruz—. Entregarán estos preciados presentes con un corazón abierto, con humildad desbordante, con un amor ardiente y un celo fervoroso.
Como esos Reyes espero con ilusión la Epifanía del Señor para ponerme a la puerta de la cueva de Belén con esa misma reverencia y admiración. Anhelo dejarme iluminar por la fuerza del resplandor de este Niño divino, y la luz de santidad que irradia María, su Santísima Madre. Hacerlo con venerable respeto, con alegre devoción, con íntimo afecto para ofrecerle mis propios dones: el oro de la pobreza de mi vida y de mi corazón, el incienso oloroso de mis pequeñas y sencillas virtudes y la mirra amarga de mis sacrificios, mi desprendimiento de lo terrenal y me apego a las cosas de Dios.
Cuando los Reyes ofrecieron postrados de rodillas sus dones al Dios hecho Hombre ¡lo harían, seguro, llenos de emoción predispuestos a servir a ese gran Señor, ahora todavía un Niño, y ponerse al servicio de esa gran Mujer que es la Virgen María! ¡Y, sobre todo, con la predisposición del corazón a alabar al Dios de todo lo creado!
Como los sabios de Oriente en su humilde y reverencial adoración deseo desprenderme de mis coronas mundanas y ponerlas ante el Niño Jesús como signo de reconocimiento de la grandeza de Dios y lo pequeño que soy ante Él. No pretendo humillarme. Simplemente, desprenderme de mi soberbia, de mi egoísmo, de mis yos, para colocarme con todo mi amor y cariño en el lugar que me corresponde ante Dios. Sólo pretendo dejarme guiar por Él, permitir que mi corazón acoja su Palabra y dejar que mi voluntad no frene los proyectos que Dios tiene pensados para mí.
Y como los Reyes me quiero poner en adoración, ofreciendo al Señor mi pequeñez confiando en que el Niño Dios la acoja; ofreciendo mi vida para servirle a Él y a los demás; ofreciendo mis pobres presentes para que esos regalos se conviertan en un acto de autenticidad de mi vida cristiana; ofreciendo mi vida para ser testimonio de la verdad.

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¡Señor, Jesús, al igual que los Reyes Magos quiere ir también a adorarte cada día! ¡Quiero hacerlo con las manos llenas! ¡Quiero, Señor, ofrecerte el oro de la pobreza de mi vida y de mi corazón, el incienso oloroso de mis pequeñas y sencillas virtudes y de mi oración, la mirra amarga de mis sacrificios y el desprendimiento de lo terrenal para apegarme a las cosas de Dios! ¡Quiero permanecer siempre fiel a Ti, Señor! ¡Quiero honrarte siempre! ¡Quiero alabarte siempre! ¡Quiero ser tu amigo, Señor! ¡Quiero honrar a tu Santísima Madre! ¡Señor, me postro ante Ti porque no te quiero olvidar jamás, porque quiere tenerte siempre en mi corazón, porque quiero vivir Tu Evangelio en total plenitud, porque te necesito para tener un corazón generoso y misericordioso, porque no quiero olvidar nunca que eres mi Creador! ¡Te quiero, Niño Dios, que has nacido por misericordia de Dios, el Padre que quiere tanto a su descendencia que no puede soportar que los hombres nos perdamos para siempre!

We Three Kings of Orient Are, un hermoso villancico inglés cantado por Jennifer Avalon:

Mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida

Probablemente durante esta Navidad habrás mirado —contemplado— el pesebre infinidad de ocasiones. Y rezado, meditado y suplicado al Niño Jesús solo o en familia. Fijado la atención en ese Niño Dios que ha venido a salvarnos. Y experimentado en tu corazón su amor. Y comprendido que, para convertirse en un seguidor de Cristo, hay que aprender a mirar con ojos de amor.
Mirar como el sol se pone por la mañana, la sonrisa de tu hijo, el gesto de tu cónyuge, el trabajo bien hecho de tu compañero de oficina, el vuelo de un pájaro, la mano tendida de un mendigo en la esquina de tu casa… pero, sobre todo, mirar aquello que a simple vista es difícil de ver porque las prisas, la aceleración de la vida, el estrés incesante del trabajo o de la vida social, ese «no tengo tiempo para nada», impide que nuestra mirada sea un mirar contemplativo que interiorice lo que la vista observa y el corazón acoge.
Cuando la serenidad no anida en el corazón humano es imposible que el hombre pueda dar amor, ser comprensivo con los demás, mirar con una mirada de entrega. Y, así, surgen las suspicacias, las desconfianzas, los conflictos, las discusiones, las querellas, los malos entendidos… Si nuestra vida avanza tan rápido que es imposible detenerse brevemente a mirar lo que gira a nuestro alrededor, tampoco será posible pararse a mirar a ese Dios que espera cruzarse con nuestra mirada.
De toda mirada surge siempre una experiencia. Una experiencia que puede llevar tras de sí un encuentro con uno mismo o con los demás, con el entorno o con la realidad de un mundo que se abre a nuestro alrededor pero que la ceguera del egoísmo nos impide ver. Sin una mirada serena, alegre pero de quietud, inserta en el corazón, es imposible que germine la semilla de la fe.
Personalmente, la contemplación del Niño Jesús en el pesebre de Belén ha significado una invitación a mirar la realidad de mi vida. A fijar los ojos en ese Dios infante que me permite mirar profundamente lo que anida en mi corazón, para crecer en el amor y en la fe, para detenerme en aquellos detalles que debo mejorar, para mirar con ojos renovados a los demás, para fijar mi mirada en el que sufre y necesita de mi amor y mi perdón, para mirar con dulce compasión al que busca mi consuelo y mi paz, para mirar con firmeza al que necesita de mi ayuda, para mirar con generosidad al que busca mi consejo, para mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida, para acoger con interés lo que nos quieren transmitir, para mirar con sencillez cuando nos tienen que corregir…
Ese Niño Dios es el mismo que años más tarde curará en las aldeas de Galilea los ojos de los ciegos que viven en las tinieblas y la oscuridad. O lo que es lo mismo, mi propia ceguera espiritual. Por eso hoy, a pocos días de que la Navidad llegue a su fin, elevo mi mirada al cielo e invoco al Dios creador para que, viéndole en el pedestal de la gloria, alegre por la presencia de su Hijo en mi corazón, mi mirada se impregne de su luz para que ilumine mi camino y la senda de los que andan junto a mí en ese peregrinaje hermoso que es la vida con Dios en el corazón.

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¡Padre de bondad, cambia mi mirada; convierte mi corazón para que sea capaz de descubrir tu presencia y las huellas del Reino, tan cercanas y cotidianas, y mirar la vida con tus ojos! ¡Cambia mi mirada para vivir la fiesta del encuentro, para sorprenderme cada día con tu caminar a mi lado, Tu que eres Señor mi compañero y protector! ¡Cambia mi mirada, para descubrir a Tu Hijo Jesucristo, que vive en el que sufre, en el que tiene problemas económicos, en el que está enfermo, en el marginado por la sociedad, en el que no tiene esperanza, pero amado y preferido por Ti! ¡Cambia mi mirada para encontrar las semillas de Evangelio, que crecen en mi pobre y sencilla humanidad! ¡Padre de Amor y Misericordia, abre mis ojos y mis oídos, para encontrar la senda correcta y escuchar tus desafíos! ¡Dame Espíritu Santo la mirada del Evangelio que transforma el mundo para convertirlo en sacramento, señal viva de tu presencia y eco fecundo de tu aliento! ¡Ayúdanos, Padre Dios, a buscarte en la vida, a encontrarte en la historia de cada persona que se cruza en mi camino, a localizarte en lo cotidiano, para servir a los demás, trabajar hacer el mundo mejor y contribuir a construir con ello tu Reino!

Nos deleitamos con esta Cantata de Navidad del compositor Alessandro Scarlatti:

¡Bendita sea la Navidad!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya!
Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Hoy nos ha nacido un Salvador, cantamos para glorificar a Dios:

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación

¡Feliz Navidad a todos los lectores de estas meditaciones! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!

Quisiera hoy interiorizar esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»? En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy Jesús nos demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
Ayer noche cantamos en casa el Adeste Fideles. Y con gran alegría puse el corazón en la estrofa final que reza así:

Pro nobis egenum, et foeno cubantem,
Piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis non redamaret?
Venite adoremus, venite adoremos
Venite adoremus Dominum.

Por nosotros pobre y acostado en la paja
Démosle calor con píos abrazos
A quien así nos ama ¿quién no le amará?
Venid, adoremos, venid, adoremos
Venid, adoremos al Señor.

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Por eso, hoy exclamo con alegría desbordante, con emoción contenida, con amor eterno: ¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Una bella cantata de Waugham Williams para el día de Navidad: A Christmas Cantata: II. Narration: Now the birth of Jesus Christ

Esta noche nacerá un Salvador

Esta noche nacerá un Salvador: el Mesías, el Señor. ¡Qué alegría pensar que el Señor está presente en mi vida! Que Dios se hace niño para permanecer entre nosotros. Hoy Dios entra en el mundo para acompañarnos.
Hoy quiero sentirme un humilde pastor de Belén, una alma sencilla, haciendo vela, dispuesto a dormir al raso, siendo un testigo privilegiado del nacimiento de Dios. Se lo decía a nuestras hijas ayer noche. A pesar de los problemas, de las dificultades, del sufrimiento pesan más las cosas bonitas que nos han ocurrido este año sabiendo que Cristo está a nuestro lado cada minuto de nuestra vida y que lo hará hasta el final de los tiempos.
Y me siento un pastor presuroso a reaccionar al anuncio del ángel. Y lo que vamos a vivir esta noche no quiero que me deje indiferente. Por eso quiero caminar hacia Belén, decidido y alegre, conmovido y expectante. Quiero alejar de mi corazón las preocupaciones, los problemas de mi trabajo diario, mis cansancios… Quiero responder a la llamada del ángel, que susurra en mi corazón. Quiero que hoy el Señor me encuentre velando, orando, meditando este acontecimiento tan importante en nuestra vida. Quiero aparcar mi rebaño que se manifiesta en vivir encerrado en mi propio yo, en mis egoísmos y mis intereses, en mis medianías, en mi soberbia y mis tonterías, en mis pegas y excusas cuando se trata de las cosas del Padre.
Quiero que esta noche me coja bien despierto, con los ojos bien atentos, con el corazón predispuesto. Quiero estar en comunión con el Señor; sentirlo vivo en mi corazón; escuchar los susurros del Espíritu Santo; dejarme guiar por la voluntad del Padre; actuar, pensar y vivir de acuerdo con lo que espera de mí; poner las cosas de Dios en mi vida como algo prioritario; no dejarme oprimir por las urgencias de la vida cotidiana…

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¡Quiero amarte Señor! ¡Quiero sentirte, Niño Jesús! ¡Quiero abrazarte con el mismo mimo que tu Madre, la Virgen María! ¡Quiero arroparte con telas dignas que cubran tu desnudez divina y oculten la desnudez de mi alma humana, Niño Dios! ¡Quiero, Señor, deshacerme de esos pañales ásperos y sucios producto de mi miseria y mi pequeñez y arroparte con trapos de hilo que cubran también mi alma sedienta de Ti!
¡Que nazcas de nuevo en mi vida, Niño Dios, y que en el pesebre de mi interior se renueve mi pobreza espiritual, mis infidelidades hacia ti y mis amores tantas veces egoístas e interesados! ¡Te quiero, Cristo Niño, porque contigo hoy en mi corazón veré la vida con optimismo, confianza, esperanza y alegría! ¡Renueva y transforma mi alma, Niño Jesús, para que pueda caminar siempre a la luz de Dios! ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz un corazón semejante al tuyo!

Gaude, Gaude, Emmanuel entonamos hoy con alegría:

Exteriorizar la alegría

En la entrada de una tienda, escrito con letras rojas sobre un trozo de madera, leo este proverbio oriental: “Cuando estás triste no serás capaz de ascender ni una colina; pero si estás alegre, no se te resistirá ni la montaña más alta”. Prosigo mi camino, pensando en esta frase que la dueña de la tienda ha colocado en el escaparate invitando a la alegría cotidiana.
No hemos de conformarnos con sentir alegría, hemos de exteriorizarla. La alegría es un regalo de Dios. Hay que aprender a utilizarla, conservarla, expandirla y regalarla. La alegría está en todas partes.
Y, ahora, que esperamos con alegría la inminente llegada de Cristo en Belén, nuestra alegría tiene que ser más intensa en estos días porque sabemos que Dios está cerca; tomará nuestra condición de hombres para, menos en el pecado, ser uno más de nosotros.
El horizonte de la vida cristiana no está exenta de experiencias dolorosas, de pruebas, de sufrimiento, de rechazo, de dificultades, de incomprensiones, de dolor y de conflictos. Pero en medio de todas las pruebas hay que saber conservar el dinamismo de la alegría, porque es mucho más que un sentimiento fugaz, es un estado permanente del espíritu que nace de la fe y del compromiso con Cristo. La alegría es el canto de un corazón lleno de Dios.

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¡Señor, quiero estar alegre, pero a veces los problemas y las tribulaciones me consumen, concédeme tu gracia para tener siempre mi corazón en paz, alegre y radiante en amor! ¡Jesús, maestro bueno, que mañana te harás presente en Belén, quiero seguir tus pasos! ¡Dame tu Espíritu para aprender a vivir siempre alegre y feliz! ¡Quiero levantarme cada mañana alabándote y dándote gracias por todo lo que me regalas cada día, para descubrir Tu presencia en cada instante de mi vida y vivir en la alegría del encuentro y la alabanza! ¡Enséñame, Señor, a vivir con alegría los hechos cotidianos de mi vida! ¡Envía tu Espíritu para que no ve venza el desaliento, para que no pierda la esperanza, para que la rutina del día a día no aminore mi fe, para que no pierda la capacidad de asombro ni de sorpresa ante las cosas en aparencia pequeñas que realizas en mi vida! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para encontrar todos los días los rastros visibles de tu caminar en mi vida! ¡Ayúdame, Señor, a vivir una fe alegre, serena y comprometida, que no se oculte ante las pruebas y se empequeñezca ante las adversidades! ¡Dame la alegría, Señor, de anunciar y vivir los valores del Reino aunque produzcan incomprensión y soledad! ¡Descúbreme, Señor, la alegría de quienes dieron la vida por el Evangelio! ¡Dame tu Espíritu, Señor, para aprender a vivir con alegría y transmitiendo alegría!

Pues nada mejor para acompañar esta meditación sobre la alegría que este preludio BWV 734 de Bach Nun freut euch, lieben Christen (Alegraos, queridos cristianos) en una magnífica grabación de Vladimir Horowitz: