¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?

Me doy cuenta como en ocasiones tomo la piedra. Y al apretarla con fuerza entre mis dedos siento la frialdad del mineral y la rugosidad de su textura. Siento como en ese apretar puede haber dolor o enfado, crítica o malestar, arrogancia o soberbia. No importa el qué, lo que importa es que va a ser lanzada contra alguien al que considero merecedor de un castigo. Pero también me doy cuenta que esa misma mano que va a lanzar ese pedrusco contra el prójimo es la mano que acaricia cada noche a su hijo pequeño, que pasea por la calle agarrado de la mano de su pareja, que prepara con delicadeza la cena en casa para la familia, que ayuda al necesitado en el hospital, que teclea el ordenador para escribir estos textos, que pasa las cuentas del Rosario cada día… es una mano que se mueve entrelazando el bien con el mal, la benignidad con la falta de benevolencia, la generosidad con la falta de magnanimidad, la afabilidad con la falta de indulgencia, la dulzura con el prejuicio.
Abro mis manos. Miro entonces las manos de Cristo clavado en la cruz. Manos que antes de juzgar dibujaron en el suelo. ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? ¿Quién soy para evaluar los errores del que tengo cerca? ¿Quién soy yo para dejar al descubierto la mancha del otro? ¿Quien soy yo para convertirme en el abanderado de los defectos ajenos? ¿Quién soy yo para juzgar a quienes por sus debilidades, olvidos o negligencia, causan prejuicios a otros? ¿Quién?
Me lo pregunto de otra manera: ¿Por qué esas manos no se abren para destacar sus virtudes? ¿Por qué cuesta rendir tributo a sus buenas acciones? ¿Por qué no ahondar en lo que hay de profundo en su corazón y resaltar esos valores que lo hacen único? ¿Por qué no buscar su bien, su aprendizaje, su progreso?
¿No comprendo que si actúo desde la cerrazón del juicio ajeno mi corazón —que se dice estar cerca de Cristo— se empequeñece? ¿Qué si mi actitud es de resaltar los fallos y las faltas ajenas hago añicos la humildad que predico? ¿Soy consciente de que si mis palabras o gestos sacuden con firmeza al prójimo me alejo de las buenas obras a las que aspiro? ¿Que si juzgo con dureza a mi prójimo me estoy erigiendo en su amo y estoy usurpando el lugar que le corresponde a Dios porque uno está llamado a considerar al otro mejor porque es cuestión de ponerse a su servicio en lugar de juzgarle?
No, no tengo derecho a juzgar al prójimo con firmeza. Las faltas que pueda encontrarle no prueban que yo valga más que él. Puedo sí, corregirle con la corrección fraterna. Pero nunca ante terceros. Jesús no nos invita a cerrar los ojos y permitir que las cosas se mantengan en el error sino que se ayude a los ciegos a que sigan su camino. Pero hace una denuncia taxativa a quienes juzgan y condenan. Quiere que se reprenda con paciencia y pedagogía, advirtiéndole como verdadero hermano, con moderación en el juicio. Sólo con caridad es posible un servicio semejante. Y entonces uno es capaz de ver de donde fue rescatado en su momento.
Y esa piedra que uno sostiene con firmeza para ser lanzada al prójimo, caerá de inmediato a los pies reconociendo que el amor se edifica en la comprensión porque el amor no es jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta..

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¡Señor, solo tu eres el juez justo y condescendiente! ¡Me pides, Señor, que no juzgue a mi prójimo porque con la misma medida que yo mida a los demás seré juzgado! ¡Te reconozco, Señor, que es muy estrecha mi medida para con el prójimo y muy ancha para conmigo mismo! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de sellar la comisura de mis labios antes de que éstos emitan un juicio rápido y terrible de cualquiera! ¡Señor, cambia mi corazón para que en lugar de juzgar pueda corregir con caridad, humildad y amor! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo!  ¡Señor mío, concédeme la gracia de que todas mis acciones estén revestidas de amor, de equidad, de humildad, de misericordia, de magnanimidad, de perdón, de generosidad y de justicia! ¡Antes de juzgar al otro hazme ver mis propios fallos y errores y dame el don de corregir con amor, resaltando del otro sus virtudes y sus buenas obras! ¡Y sobre todo, Señor, enséñame a amar como Tú amas, a mirar como Tú miras, a perdonar como Tú perdonas, a actuar sin prejuicios como Tú actúas, a construir en lugar de destruir! ¡Te doy gracias, Señor, porque tu cercanía y tu amor me permiten comprender que solo la Verdad nos hace libres y que mi corazón henchido de tu amor y de tu misericordia me llenan de humildad y mansedumbre para ver a los demás con ojos de bondad!

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

A la luz del Espíritu Santo

Sabemos que el Espíritu Santo es luz. Y es luz que da vida porque el Espíritu Santo es la fuente viva que ilumina de manera permanente nuestra vida. Es como la luz del sol imprescindible para que en la tierra exista la vida.
El Espíritu Santo habita en lo más profundo de nuestro ser, hace vida nuestra vida. El Espíritu Santo es el Amor mismo, el Amor que lleva al Amor, que infunde en nuestros corazones un querer verdadero. Es el que potencia el amor en nuestro corazón pues sin amor ninguna vida tiene sentido.
El Espíritu Santo es, asimismo, la luz que ilumina nuestro camino, que guía nuestros pasos, el que hace brillar la luz en la oscuridad de nuestra vida, el que nos permite experimentar la luz de la vida cuando estamos desencaminados, extraviados, desorientados o perdidos. Es el que orienta nuestros pasos temerosos cuando no sabemos a dónde dirigirnos. Es la luz que orienta nuestros pensamientos y alumbra correctamente nuestras decisiones cuando estas deben ser tomadas.
El Espíritu Santo es la luz que nos permite distinguir la bondad de las personas, de los acontecimientos y de los hechos de nuestra vida. El que nos permite descubrir, para gozo de nuestra alma, la belleza de lo que nos rodea, la gracia que Dios nos regala y apreciar los dones que de Él recibimos cada día. El Espíritu Santo permite que cada acontecimiento de nuestra vida podamos apreciarlo a la luz del amor y de la alegría.
El Espíritu Santo nos ilumina para resistir las tentaciones, abandonar los malos hábitos, superar las dificultades, soportar el dolor, cultivar las buenas cualidades, potenciar el amor, la misericordia, la benignidad, la fe, el autodominio, la apacibilidad, el gozo, la paz, la paciencia…
Si el Espíritu Santo ejerce una poderosa fuerza en nuestras vidas y derrama tanta luz sobre nosotros… ¿Por qué con tanta frecuencia nos olvidamos de invocarlo y de pedir sus favores y sus dones?

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¡Ven Espíritu Santo, ven a mi corazón y dame luz! ¡Ven y ayúdame a poner en tu presencia todas mis preocupaciones, mis inquietudes y lo que perturba mi paz y serenidad! ¡Espíritu de Dios, Tú conoces mis sentimientos más profundos, hoy quiero ponerlos en tu presencia para que los eleves al Padre, para compartirlos íntimamente contigo y enfrentarlos con mis pequeñas fuerzas humanas! ¡Señor, escúchame, te clamo con un corazón pobre, mientras levanto mis manos para alabarte! ¡Quiero, Señor, poner en tu presencia todas mis preocupaciones: mi familia, mi carácter, mis seres queridos, mis necesidades, mis defectos! ¡Ocúpate de ellos, Señor, y dame la luz para interpretarlos según tu voluntad! ¡Ven, Espíritu de Dios, ven para que no sienta sola con el peso de la vida, para caminar seguro y en confianza, para avanzar con alegría, para experimentar en mi vida tu fuerza, tu gozo, tu amor, tu dulzura! ¡Dame la gracia y a luz para comprender que todo es pasajero lo que nunca se acaba es el amor del Padre y que con ese amor puedo con todo!

Invocamos al Espíritu Santo disfrutando de esta canción de Kari Jobe: