¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

orar con el corazon abierto.gif

¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

Anuncios

En la Epifanía, regresar por otro camino

Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía, uno de los días más bellos del calendario, inmersos todavía en la alegría de la Navidad. Con las iglesias iluminadas, nos acercamos al pesebre acompañando a los tres Reyes Magos.
Melchor, Gaspar y Baltasar, tres hombres cuyos rostros simbolizan todo el pesebre de Belén, a todos los continentes, a todas las razas y a todos los pueblos. Estos tres hombres sabios de Oriente se dirigieron a Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella levantarse y nos postramos ante Él». ¿Me hago yo también esta pregunta en lo cotidiano de mi vida?
¿Quiénes eran estos tres personajes? ¿De dónde venían? En los Evangelios no se nos dice nada. No importa. Vimos su estrella levantarse. Estos hombres escudriñan en las estrellas los signos de los tiempos para intentar, sin fuerza y ​​sin armadura, alcanzar la estrella inaccesible de Belén. La gente que caminaba en la oscuridad vio que se alzaba una gran luz, la de un niño recién nacido recostado en un pesebre en Belén.
La epifanía es la manifestación pública de una persona relevante, de un héroe, de un jefe de Estado y, también, de un Dios. Mirando nuestras cunas, leyendo nuevamente el pasaje del evangelio donde se relata la presencia de los Magos, uno no se puede dejar engañar. El rey no es ni Melchor, ni Gaspar ni Baltasar, el rey es Jesús. Señor de señores. Rey de reyes. Un Rey que es más que un rey: es pastor de su pueblo.
Un Dios de amor y misericordia se revela al mundo. ¿Pero quién se lo dirá a los que no lo conocen? Como los Reyes Magos nos corresponde a los bautizados, a los cristianos, a los discípulos de Cristo. ¿No es esta nuestra vocación, nuestra misión?
Los tres magos fueron advertidos en un sueño de no regresar al palacio de Herodes y volvieron a su país por otro camino. Una invitación a no regresar a nuestros propios hogares por el mismo camino sino con un corazón renovado donde impere el amor, el perdón, la generosidad, la esperanza… saliendo de nuestras rutinas, de nuestros hábitos para avanzar por los caminos de la verdad y la autenticidad.
En esta tarea no estoy solo, los magos me preceden, María y José refugiándose en Egipto para salvar a Jesús de la furia de Herodes me preceden, el Espíritu Santo, iluminador de la vida, me precede. Es el momento de regresar por otros caminos, poner toda mi creatividad y mi imaginación al servicio de la proclamación del Evangelio.
Que este día me sirva para imitar a los magos de Oriente, almas humildes que peregrinan hacia Cristo, buscando un encuentro con Dios, viviendo interiormente cerca de Jesús para disfrutar de la bondad de Dios y su amor por los hombres.
¡Feliz fiesta de la Epifanía para todos los lectores de esta página!

MJS Xmas Art Three Kings

¡Queridos Reyes de Oriente, dadme vuestro valor, vuestra fe, vuestra humildad, vuestra valentía para salir al encuentro de Jesús, para arriesgarlo todo por Él, para seguir siempre las indicaciones de Dios, para ir en búsqueda de la verdad, para no cesar en el empeño de mi misión como cristiano! ¡Queridos Reyes de Orienta que a imitación vuestra no me de miedo defender la verdad, ir contra el pensamiento dominante, contradecir los principios equivocados de un mundo que quiere eliminar a Dios! ¡Que no deje nunca de contemplar el misterio del nacimiento de Cristo! ¡Que como vosotros no deje de preguntarme nunca dónde está el rey de los judíos para poder adorarlo! ¡Queridos Reyes Magos que como vosotros sea un hombre en busca de algo más que lo mundano de esta sociedad, que sea capaz de buscar la luz verdadera, la luz que indica el camino de la santidad! ¡Que como vosotros me deje guiar siempre por los signos de Dios! ¡Que siguiendo como vosotros la estrella de Belén encuentre la huella de Dios en mi vida! ¡Que como vosotros sea capaz de ver la grandeza de la creación, la sabiduría de Dios, el amor tan grande que siente por nosotros! ¡Ayudadme a ver la belleza del mundo y su enorme grandeza para que, contemplándola, pueda ver al mismo. Dios! ¡Que como vosotros sea capaz de leer en las Sagradas Escrituras para comprender que la estrella verdadera es la Palabra que viene de Dios que nos trae la verdad! ¡Y a ti, Señor, te pido que imitando a los Reyes Magos pueda acudir cada día a Ti con las manos llenas del oro del amor, el incienso del perdón y la mirra de la misericordia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy esta cantata para la solemnidad de la Epifanía: Sie werden aus Saba alle kommen, BWV 65 (Todos vendrán de Saba):

¡Venga a nosotros tu Reino!

A veces uno tiene la sensación de que ama y busca a Dios con el fin de beneficiarse de su bondad y misericordia. Algo parecido a ese hijo que se une a sus padres en la alegría cuando realiza con ellos alguna actividad que ha pedido con insistencia.
Cuando el Señor presentó a los apóstoles la oración del Padrenuestro, la oración por excelencia del cristiano, la gran enseñanza del «santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino» es que dejaba escrito el programa de lo que debo hacer como cristiano. A mi me corresponde santificar el nombre de Dios en mi mismo. Me corresponde a mi hacer descender su reino en lo más íntimo de mi interior, en lo profundo de mi corazón,; me corresponde hacer cumplir su voluntad como los santos y los ángeles del cielo cumplen en la eternidad de la gloria celestial.
Todo lo que yo hago por Dios —amar, perdonar, servir, entregarme, renunciar…— lo hago también por mi mismo. Y es así porque cada uno está en Él y Él en nosotros.
«¡Venga a nosotros tu reino!». ¡Qué gran tesoro, Señor, poder sentirlo desde la bondad de mi pobre corazón!

orar con el corazon abierto

¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que estés muy presente en mi corazón y reine en él la paz, el amor, la generosidad, la entrega y la misericordia! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que sea capaz de generar a mi alrededor un mundo de alegría y de esperanza! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que mi corazón se ilumine con el fuego de tu amor! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que Tú te hagas presente en mi cuando pienso, cuando siento, cuando hablo, cuando amo, cuando actúo! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que no me abone a la soberbia, al egoísmo, a la tibieza, a los sentimientos negativos, al creerme poseedor de la verdad, a emitir juicios equivocados! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que mi vida esté impregnada de tu plenitud! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que te sepa encontrar en la oración y te sienta cada día en el pan de la Eucaristía! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para aprender a luchar contra las malas apetencias de mi espíritu y vivir recta y honestamente cada día! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para hacer mis obras semejantes a las tuyas! ¡Venga a nosotros tu reino, Señor, para que este reino se haga presente cada día en mi vida, para que Tú reines en mi, para que Dios reine en mi y el Espíritu Santo reine en mi dando frutos de vida eterna!

Venga tu reino, cantamos hoy:

Reconozco mi condición de pecador

Esta frase de San Agustín que leí hace tiempo me obliga a esforzarme a vivir en gracia y amistad con Dios: «El pecado es la causa de todos los males».Quiero tenerlo presente y abro el salmo 51: «compadécete de mí, Oh Dios». Éste miserere mei Deus del salmista es la oración del alma pecadora y te hace tomar conciencia de tu fragilidad y de tu condición de pecador porque «reconozco, Señor, que he pecado contra ti». Y lo más grave, he cometido el mal en tu propia presencia.
Y ese pecado cometido deja en mi corazón una brizna de oscuridad, una impronta de dolor, el sello de la enemistad y el alejamiento de Dios. Cada vez que peco mi pecado se vuelve contra mí.
Te quedas inerte como el paralítico acostado en su lecho. Y, entonces, solo te queda acudir a la confesión y pedirle al buen Jesús que por su infinita misericordia y amor se compadezca de ti. Y cuando el confesor, en nombre del amor y la bondad de Cristo, te ofrece la absolución te postras ante el crucifijo y contemplas el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado de Cristo en la cruz. Y no puedes más que dar gracias por tanto amor y de tus labios surgen, amorosamente humildes, estas palabras de petición: «Señor, termina en mí la gran obra de tu misericordia y, sobre todo, no permitas de ahora en adelante que me aleje de ti».


¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Gracias, Padre! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Cristo es luz eterna, compañía perpetua, y esta idea queda hermosamente reflejada en esta obra Lux Aeterna de Edvard Elgar:

El gran tesoro de mi corazón

Tengo auténtica sed de amor, necesidad de entregarme, de darlo todo por Cristo. Si es así, ¿cual debe ser entonces mi deseo en la vida? Tratar de agradar en la medida de mis posibilidades a Jesús, y unido espiritual y humanamente a Él, a Dios. En este sentido, ahora que camino hacia la Pascua, siento algo que me llena de consuelo. En esta unión con el Señor, Jesús nunca me pedirá que le sacrifique. Me podrá pedir cualquier otra cosa. Me podrá exigir que acepte el sufrimiento, que renuncie a cosas que son importantes para mi, que me haga pequeño en los éxitos y sumiso en los fracasos, que no abandone en la tribulación, que sirva a los demás, que haga más apostolado… pero nunca que le sacrifique. Jesús espera de mi todo y desea ardientemente concedérmelo.
Por eso comprendo que debo vivir siempre con el propósito de agradar a Jesús, el gran tesoro de mi corazón. Con independencia del plan que Dios tenga pensado para mi, del camino que deba seguir según su voluntad, tanto en los momentos de consolación como de sufrimiento, debo siempre agradar a Jesús. Y hacerlo porque Él es la razón que vivifica mi alma. Jesús es la razón de todo, sin Él nada es posible. Él mismo es consciente. Y espera. Espera con paciencia infinita. Y para agradar a Jesús solo he de poner mis pocos medios, ofrecerle mi buena voluntad y dar lo mejor de mi. El resto llegará por añadidura. Y esto lo puedo hacer siempre, incluso en los momentos de mayor desolación personal o espiritual. Jesús es tan bueno y misericordioso que no pide nada más porque Cristo nunca pide imposibles. Cristo pide que haga lo posible por seguirle, que de el todo por hacer el bien, que viva en la verdad y en integridad las virtudes cristianas incluso en entornos de indiferencia u hostilidad. Tan simple y complicado lo hago siempre.

¡Señor, seguir tu camino puede parecer difícil, pero es más sencillo de lo que parece porque solo hay que hacer tu justicia y vivir con coherencia cristiana! ¡Ayúdame entonces a ser consecuente, Señor! ¡Señor, tu no me pides imposibles sino que haga lo imposible por dar el todo por todo por hacer el bien, por vivir en la verdad, por vivir las virtudes cristianas y ser luz! ¡Ayúdame, Señor, a ser consecuente con esto! ¡Tu me pides, Señor, que sea transparente, que mis palabras estén acordes con mis hechos, que mis pensamientos estén acordes con mi corazón, que no utilice dobles discursos según el ambiente en que me encuentre, caminar con la verdad aunque implique sufrimientos y duela denunciando el mal y proveyendo de amor! ¡Señor, sé que soy un pecador y que necesito tu perdón sanador! ¡Creo, Señor, que moriste por mis pecados en la Cruz y resucitaste al tercer día para darme vida nueva! ¡Sé, Señor, que tu eres el único camino que me lleva hacia Dios! ¡Cambia, Señor, mi vida con la fuerza de tu Espíritu y enséñame a conocerte mejor para irradiarte a los demás!

Spem in Alium de Thomas Tallis, muy adecuada a la meditación de hoy:

Sí, Señor, santificado sea tu nombre

«Santificado sea tu nombre». Me he detenido en estas primeras palabras del Padrenuestro porque no caemos en la importancia que tiene pronunciarlas cuando el nombre de Dios es continuamente despreciado por tantos y con tanta frecuencia en nuestras sociedades. Me he propuesto este año conocer más al Padre, tratarlo más y darlo a conocer así como a Jesús. Desde la intimidad con Dios nace y se desarrolla nuestra vida.
Cuando santifico el nombre de Dios, y lo hago con el respeto y la devoción debida, en realidad le estoy diciendo lo mucho que le amo: «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios hago una declaración de principios. Lo coloco en el lugar que merece, por encima de cualquier cosa creada; revelo su divinidad; reconozco su santidad y su omnipotencia; ensalzo su hermosura; honro su grandeza y su misericordia; me maravillo por las gracias y los dones con las que nos obsequia; canto sus bondades; me inclino ante su majestad… «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios reconozco su ternura, su generosidad, su amor infinito, su gran misericordia. Es Él quien me lo ha dado todo: la vida, mi familia, mis virtudes, mis capacidades, mis dones, mi libertad, me fe, mi esperanza… La mía y la de todos los que me acompañan. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios le estoy dando gracias por la entrega generosa de su Hijo que puedo vivenciar cada día en el misterio extraordinario de la Eucaristía. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios le doy gracias por la generosidad de darnos a María, la que mejor supo glorificar a Dios en la Anunciación y en el canto del Magnificat. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
Cuando santifico el Nombre de Dios me uno al coro celestial que, desde la gloria de Dios, entonan su alegre Sanctus cotidiano. «Sí, Señor: ¡santificado sea tu nombre!».
oar-con-el-corazon-abierto
¡Sí, Señor: santificado sea tu nombre porque Tú por encima de todo eres santo! ¡Santíficate en mi, Padre, es la petición de esta alma pequeña! ¡Ven a mi para que mi camino a la santidad esté apoyado en tu santidad infinita! ¡Envíame tu Espíritu, Padre, para que me ilumine, me purifique, me transforme, me lave! ¡Señor, que mi vida sea un camino de alabanza a ti, de agradecimiento por todas las cosas que haces por mí que tanto me ayudan a crecer cada día a pesar de mi miseria y de mi pequeñez! ¡Ayúdame, Señor, a darte gloria y agradarte siempre con mis palabras, mis pensamientos, mis sentimientos y mis gestos! ¡Señor, son muchos los dones, a las gracias y los regalos que me has hecho sin merecerlo y no puedo más que darte gracias y alabarte por haber sido tan generoso y tan bueno conmigo! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia! ¡Por el amor de mi familia, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por mis amigos, por mi grupo de oración, por mis compañeros de trabajo, por mis benefactores, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las maravillas que puedo contemplar cada día, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por el regalo de la vida, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por el don de la fe y mi pertenencia a la iglesia católica, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las dificultades que voy encontrando en el camino algunas resueltas y otras complicadas de solventar, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las veces que me ensalzado y aplaudido y también por las que me han vejado, humillado y despreciado, Señor: santificado sea tu nombre!  ¡Por las veces que te veo en el otro, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por las capacidades y las virtudes que me has dado y por los defectos que tienen que ser corregidos, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por tu generosidad de morir en la cruz por la redención de nuestros pecados, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por mi trabajo y por el pan nuestro de cada día, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Por tu gran misericordia al perdonar mis miserias y mis pecados en el sacramento de la Reconciliación, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Porque nos has dado a José, el padre adoptivo de Jesús y a María, Madre de la Misericordia y del Amor, a los que puedo acudir cada día para que interceda ante Ti, Señor: santificado sea tu nombre! ¡Señor: santificado sea tu nombre cada instante de mi vida y de todos los seres humanos que han sido creados por la ternura de tu amor generoso!
Una curiosidad musical para acompañar la meditación de hoy, el Padrenuestro en arameo, la lengua con la que Cristo nos transmitió la oración:

 

Contemplaré la bondad del Señor

Abro una página para buscar una palabra que me aleccione, que de un soplo de alegría a este día que nace, que transmita más esperanza a mi esperanza, que en mi camino hacia el portal de Belén sienta el aliento del Señor que llega. Y surge, inmaculado, el salmo 27. Y al llegar a este punto «Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivos / Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» me embarga una emoción profunda. Una alegría inmensa.
La cercanía con el Señor ha sido la luz de este Adviento. Y ahora, pronta la llegada de la Navidad, esa luz se convierte en la fuerza de mi vida. Y postrado ante el portal de Belén contemplaré la belleza el Señor, su bondad y su misericordia. En Dios me fortalezco. Pero sobre, todo, mi emoción es intensa al pensar que si su mano misericordiosa no se posara sobre mí cada día para cambiar mi vida, para sanar mis heridas, para levantarme cuando caigo y me desmorono, no sé realmente donde estaría porque no cabría la esperanza.
Pero el Señor dice que espere en Él, que sea fuerte y que tenga valor porque está próximo, está cerca. Ya llega su amor para abrazarme, ya llega su mirada de Niño para abrirme los ojos para comprender que nunca camino solo, que es su bondad infinita la que me envuelve cada día y su misericordia la que me sostiene ante cualquier vicisitud de la vida. Tan simple y a la vez tan mayúsculo.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Gracias, Jesús, porque me enseñas a ver y amar los acontecimientos de la vida con la misma mirada de Dios! ¡Gracias, porque haciéndote Niño me ayudas a comprender cómo actúa Dios! ¡Gracias, porque abres mi corazón para que sea transformado por tu bondad y por tu infinita misericordia! ¡Gracias porque tu cercanía purifica mi conciencia y transforma mi vida, mis palabras, mis acciones, mis pensamientos y mis actitudes! ¡Gracias porque tu ejemplo me invita a comprometerme a hacer el bien a los demás y caminar siempre con el corazón abierto hacia Ti! ¡Señor, quiero alabarte y confiar en ti; te pido que abras en estos días mi corazón, que tomes mi pobre vida y que la hagas más sencilla, que se convierta toda ella en un canto de alabanza por todo lo que operas en mi vida, por lo que haces en mi corazón! ¡Señor, gracias, porque siento tu presencia en mi; siento que bajas a mi miseria y mi pequeñez y me llenas de tu infinito amor, de tu misericordia y de tu paz! ¡Gracias, Señor, porque soy indigno de que entres en mi corazón, pero sé que por tu gran amor es tu Espíritu el que me llena todo! ¡Gracias, Señor; gracias de corazón! ¡Que nunca me falta tu presencia amorosa, que sea capaz de vivir siempre estrechamente unido a tu gran amor! ¡Y postrado ante el Belén, Niño Dios, sólo puedo exclamar con alegre cantar: Espero en ti, Señor; gracias por todo lo que me das y no merezco, Señor!

Una hermosa canción navideña, O Holy Night, que nos invita a abrir el corazón en este tiempo previo a la Navidad:

Golpear las puertas de la Misericordia de Dios

Como cristiano voy caminando en el camino del Adviento con el corazón abierto, tratando de prepararme para purificarme y renovarme con la ilusión de convertirlo en un pequeño pesebre donde pueda nacer Dios hecho Niño.
El Adviento es, entre otras cosas, un camino de conversión del corazón, un camino para abrir la pobreza de nuestra vida al amor redentor de ese Dios que se hace hombre y que posteriormente se entregará en la Cruz por nuestra salvación.
¿Que sería de nuestras vidas si Dios no hubiese nacido en Belén y no hubiésemos sido salvados en el madero santo? ¿Que hubiese sido de nosotros si nuestro Dios, a través de Cristo, no hubiese entregado su vida para rescatar la nuestra?
Recién terminado el Año Jubilar de la Misericordia tengo la oportunidad de ir golpeando las puertas de la misericordia del corazón amoroso de Dios que pronto llegará a mi -nuestra- vida en forma de un Niño pobre y humilde.
Golpear sin miedo las puertas de su Bondad con mis pequeñas mortificaciones, de mi oración, de mi voluntad de cambiar y, sobre todo, con la puerta abierta de mi caridad y mi servicio a los demás.
Cada vez que golpeo las puertas de la Misericordia de Dios me encuentro con ese Dios que ha golpeado primero la pequeña puerta de mi pobre corazón. Con cada llamada escucho como exclama amorosamente: «Estoy a la puerta y llamo; si escuchas mi voz abre la puerta, entraré en tu corazón y cenaré contigo».
Abro así la puerta para dejar salir el pecado, el orgullo, la soberbia, todo aquello negativo que me domina; abro la puerta para que salga del corazón lo mundano y la comodidad de la carne, y permito que entre el Señor.

orar-con-el-corazon-abierto<

¡Señor, quiero estar preparado para abrirte cuando me llames! ¡No permitas que mi alma se muestre complaciente! ¡No permitas, Señor, que me crea bueno porque trato de hacer bien las cosas, de rezar, de servir, de entregarme a los demás…! ¡Te pido, Señor, que salgas a mi encuentro, que te hagas el encontradizo, que llames a la puerta de mi corazón con insistencia! ¡No permitas, Señor, que me olvide de que Tú eres mi referente, mi todo, mi luz, mi guía! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que no me muestre sordo cuando me llamas y dame la sensibilidad para escuchar los susurros del Espíritu! ¡No permitas, Señor, que mi voluntad se imponga a la tuya y que lo mundano me confunda! ¡Envía Tu  Espíritu, Señor, para que me de la inteligencia y la sabiduría para saber discernir en cada acontecimiento el brillante resplandor de tu presencia amorosa! ¡No permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte de Ti, que la sonoridad de lo externo y las muchas excusas que pongo ahoguen tu mensaje y tu palabra! ¡Que Tu Palabra sea para mi alimento, que mis ojos no vean más que tu luz, que mi respiración no sea más que para sentirte, que mi alimento sea tu cuerpo y tu sangre! ¡Llama, Señor, a la puerta de mi corazón y, si no respondiera, siéntate en el zaguán hasta que te abra!
Además de golpear la puerta de la Misericordia de Dios es conveniente tener la lámpara encendida para estar a la espera de la llegada del Redentor. Y eso es lo que cantamos hoy:

La mirada desde la Cruz

¡Contemplaba ayer una cruz con un Cristo esculpido en madera que se encuentra en una pequeña capilla donde hacía oración! ¡Permanezco varios minutos en silencio mirando el rostro de Jesús! ¡Y Él también me mira, con esa mirada de amor que desprende ternura desde la Cruz! ¡Y le sonrío! Es una sonrisa de agradecimiento, sencilla y humilde, pero de profundo sentimiento de gracias porque especialmente en este tiempo que anuncia su Pasión y Muerte, ¡con cuánta misericordia se ha allegado Cristo a mí! ¡Y observo como su rostro, a través de esos ojos de transparencia y amor, me miran con misericordiosa benignidad aún a sabiendas de los estragos que provoca el pecado en mi pobre ser! ¡Y como en esa mirada Jesús se muestra con ternura diciéndome que me ama! ¡Esa mirada compasiva te hace comprender que todo en tu vida tiene verdaderamente sentido por mucha dificultad que haya alrededor! ¡Y sientes, gracias a esa mirada de amor, que dejas de estar caído en la linde del camino de la vida, tendido y prácticamente sin fuerzas para sentir como Él te toma de la mano y te reintegra en su rebaño donde el Amor es el más grande bien! ¡Y le miras, le miras agradecido, asombrándote de sentirlo tan cercano de ti! ¡Y no dejas de sorprenderte por cómo su infinita misericordia se hace presente en tu vida! ¡Y le pido ser rociado por esa gran bondad y le dejo que me empape de su amor y de su comprensión! ¡Por qué Jesús todo lo entiende!

GR_WE_Crucifixion_cr_Passion_1939

Y no puedo más que exclamar: ¡Jesús, Tu eres el hombre más compasivo, más amable, más sensible, más tierno, eres el que me das las pautas para que pueda caminar seguro por los senderos de mi peregrinación por esta vida! ¡Eres el único modelo que debo seguir! ¡Eres el ejemplo del que todo lo debo aprender! ¡Y te doy gracias, Señor, porque tus ojos se posan sobre mí como lo hicieron ante tantas gentes que se acercaron a pedir tu bendición o escuchar tu Palabra, en tantos enfermos de cuerpo y alma, en tantos endemoniados, en tantos desamparados, en tantos olvidados, en tantos alejados de la Verdad, en tantos confinados en vivir con sufrimiento, padecimientos y dolor! ¡Quiero llenarme de Ti, Señor, para que mi corazón se sane con el bálsamo de tu misericordia! ¡Señor, Tú que has conquistado tantas almas, que extendiste tus manos para sanar los corazones enfermos, sigue sanando y acariciando mi vida! ¡Eres, Jesús, el compasivo que mira desde la Cruz y me haces comprender con tu mirada de amor lo mucho que debo parecerme a Ti para dar testimonio de mi fe!

Nos vamos adentrando en el misterio de la Semana Santa, cada vez más cercana, y musicalmente lo hacemos de la mano del maestro italiano Tiburtio Massaino de la que escuchamos su Musica super Threnos Ieremiae prophete in maiori hebdomada decantandas, compuesta a 5 voces para el Monasterio del Monte de los Olivos de Piacenza:

¿Qué espera Dios de mí?

Viajamos mi hijo pequeño y yo en tren. A mitad de trayecto, mientras contemplamos el paisaje, me pregunta: «Papá, ¿por qué he nacido?». La pregunta es más compleja de contestar que el «¿Cómo he nacido, papá?». Le explico que ha nacido porque papá y mamá se quieren y deseaban tener un hijo al que quererle mucho más. Y que Dios nos ha querido dar este gran regalo que es él. Más tarde en la oración también me pregunto: ¿Por qué he nacido yo? ¿Qué espera Dios de mí? ¿Qué hago yo en este mundo para dejar la huella de Dios a las personas con las que me encuentro cada día?
Nadie nunca nos ha preguntado si deseábamos haber nacido. Somos el producto de la relación de dos personas, pero estamos en este mundo porque Dios ha querido que así sea. En nuestro nacimiento no hemos llegado con las manos vacías. Venimos cargados con una mochila repleta de dones, los dones con los que Dios ha querido obsequiarnos. Sin embargo, estos dones no son frutos maduros sino que se trata de pequeñas semillas que, sembradas desde nuestro nacimiento, hemos de regar y abonar cada día con el fruto de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo, de nuestras ilusiones, de nuestra oración y con el acompañamiento y la ayuda de tantos que caminan junto a nosotros, nos aman y nos ayudan y, sobre todo, de la vida sacramental. Todo unido nos hace crecer para dar frutos de eternidad.
Lo importante es que cada una de las personas que estamos en este mundo tenemos que ser el reflejo de la bondad de Dios. Cada uno con su propia personalidad, originalidad y carácter. Con sus propias esperanzas y anhelos. Pero, en definitiva, el reflejo de la bondad de Dios.
Hay un elemento que une a todos los creyentes: la misión de utilizar esos frutos maduros para transmitir la buena nueva de Jesús. Todo cristiano tiene que ser portador de amor, alegría, de esperanza, de generosidad, de libertad, de solidaridad, de entrega, de perdón, de amor, de ilusión… Ningún cristiano puede renunciar a esta llamada que hace Dios en nuestra vida. Por tanto, nuestra vida, nuestra propia vida es la que habla por nosotros, pero no lo hace desde la palabra, de los hechos, de los acontecimientos de nuestra vida. Lo que nosotros hagamos como cristianos hablará por nosotros.
La madre Teresa de Calcuta decía siempre que “no se acerque a vosotros nadie que no se convierta en alguien mejor y más feliz”. Esta es la misión de nuestra vida. Y este principio es el que responde al gran interrogante de nuestra existencia: ¿qué espera Dios de mí? Sencillamente, ser la imagen de Dios ante los demás.

crecimiento (1)

¡Gracias, Señor, por la vida! ¡Bendito seas, Señor, Dios todopoderoso que me has formado en el vientre de mi madre y que habías pensado en mí antes de mi nacimiento! ¡Bendito sea el gran regalo de la vida que puedo disfrutar gracias al
cuidado recibido de mi padres que me ha ido formando por voluntad tuya! ¡Señor, Dios mío, te doy gracias por mi existencia, por haberme creado de la nada! ¡Pero también, Señor, te pido perdón como hijo que no merece este título cuando no vivo de acuerdo a tus deseos sino a las debilidades de mi naturaleza pecadora! ¡Ayúdame, Señor, a revivir cada día en tu Presencia y hacer siempre Tu voluntad! ¡Te ofrezco también cada una de las vidas inocentes que ha sido despreciadas por sus padres! ¡Perdónales, Señor! ¡Te pido por mis hijos, Señor, para que sean buenos cristianos! ¡Madría, Madre de todos los vivientes, te confío la causa de la vida! ¡Ayúdanos a anunciar con amor y alegría al mundo el Evangelio de la vida! ¡Ayúdanos, también, a ser testimonio de gratitud, de alegría, de verdad para construir la civilización del amor para alabanza y gloria de Dios!

No me mueve mi Dios para quererte, versionado por la hermana Glenda:

https://www.youtube.com/watch?v=4rWrzqHLubA