¿Silencio o abandono de Dios?

En ocasiones, ¡cómo me cuesta comprender que el silencio es el espacio en el que Dios me espera! Me sorprendo con frecuencia confundiendo el silencio de Dios con su abandono porque se me hace difícil comprender lo que Dios espera de mi o lo que quiere que haga. En estos casos, descifrar sus silencios no me resulta sencillo porque en ocasiones no distingo si el que me habla es Él o es mi yo el que prevalece por ese anhelo interior de desear infinidad de cosas.
Uno asume que en ciertos momentos tomar la decisión acertada resulta complicado. ¿Hay que traspasar el umbral de la puerta o dejarla cerrada? ¿Tomar un camino o decidirse por otro? ¿Aceptar el reto o permanecer inmóvil? ¿Dar un sí por respuesta o callarse para evitar comprometerse?
Las decisiones dependen de muchos factores pero para escuchar a Dios tengo que dejar de escuchar el ruido de mi propia voz, a veces demasiado estridente.
Lo cierto es que el Dios de la vida, de la misericordia, de la bondad, de la ternura y, sobre todo, del amor siempre se mantiene a mi lado acompañándome fiel en mi caminar, renovando mi interior, sanando mi vida, transformando mi corazón, protegiéndome del mal y dándome la fortaleza para avanzar al caer.
En el silencio, Dios me —nos— guía. Por eso en el silencio es cuando más confío en Él porque puedes percibir ese susurro maravilloso que obra el milagro que esperas, sientes su amor y te llena de felicidad. En el silencio, Dios consigue abrir en cada vida un espacio de libertad iluminado por la fuerza de su amor, la fuerza de Su Espíritu. Basta escuchar en el interior la llamada de ese Amor y dejarse impregnar por él.

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¡Señor, enséñame a orar! ¡Envía tu Espíritu y enséñame a orar para que por medio de tus miradas y tus silencios sea capaz de aprender a escuchar y a dialogar contigo! ¡Ayúdame a aprender también a orar con la vida, con tu buena nueva del Evangelio, con los susurros del Espíritu, con el encuentro cotidiano contigo! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de interiorizarlo todo, dejarme tocar por ti, empaparme de tu amor, ser capaz de comprender con la sabiduría que viene del Espíritu el conocer lo que quieres de mi, el entender lo que me sucede, el aprender a cambiar, el profundizar sobre mi vida, el saber cambiar! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de abrir el corazón para sentir tu presencia, para gustar de tu amistad, para saborear tus gracias, para dejarme tocar por tu amor, tu misericordia y tu perdón! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de controlar mi voluntad para que todo mi querer y me hacer se ajusten su tu querer y a tu voluntad! ¡Señor, tu te revelas a los humildes y a los pequeños, a los que bajan la cabeza ante el hombre y la alzan ante ti, hazme pequeño Señor para que levantando los ojos del suelo pueda ver la vida con el corazón abierto como la ves tu!  

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Ternura para amar, consolar, comprender, perdonar, orar…

Tercer fin de semana de septiembre con María en nuestro corazón. Tomo de mi biblioteca un libro de iconos rusos para disfrutar un rato en el salón de casa. En una de las páginas surge esta imagen cercana e íntima del siglo XII que representa a la Virgen de la Ternura. Es la representación de una Madre amorosa sosteniendo a su Hijo en brazos, mirándole con ternura, acariciándole con ternura… Ninguna emoción humana es capaz de competir con la vivencia de la ternura de una madre que ha llevado al niño en su seno participando de sus gozos y sus dolores y demostrando cómo padece con él y por él.
La ternura es la columna central que sostiene la vida. Y, sin ternura, la vida no vale gran cosa. La virtud de la ternura es propia de aquellas personas que aman con un corazón sencillo, generoso y humilde.
Dios, creador de la vida, es en si mismo ternura y María que participa de ese rostro de Dios, se convierte en la máxima expresión de la ternura, la ternura bondadosa, generosa, serena y llena de bondad. La ternura de María, Madre de Dios, es un ternura auténtica. Es necesaria mucha ternura para la alegría y en esta sociedad en la que vivimos ¡la alegría es tan necesaria! Como es necesaria también mucha ternura para amar, para comprender, para escuchar, para consolar, para alabar, para perdonar, para orar.
En María, Virgen de la Ternura, Dios se hace Buena Nueva para el ser humano como acontecimiento de pura benevolencia y de absoluta gratuidad. María es la mujer creyente que acoge en lo más profundo de su corazón la Palabra de Dios; es la mujer creyente que asume con libertad y alborozo el plan de Dios en su vida; es la mujer hermosa de Nazaret que asume la maternidad de Dios, que le permitirá descansar en el regazo de su ternura; es la mujer valiente que mirará con ternura el cuerpo yaciente del Hijo descendido de la Cruz.
La ternura de María es nuestro ejemplo a seguir. La Virgen manifiesta en todas sus acciones la ternura de Dios hacia los que sufren, hacia los necesitados, hacia los que esperan el consuelo. Por eso hoy, he de mirar mi corazón, pedirle a María que ese corazón endurecido, egoístay soberbio sea más tierno y entregado; que se llene de Dios para darlo no sólo a quien amo de corazón sino también a quien me necesita y me cuesta aceptar, con quien suelo pasar de largo; la ternura es sólo una de las caras del amor. Como cristiano estoy llamado a la ternura no sólo en virtud de una instancia del corazón o de un impulso emotivo sino en virtud de la palabra de Dios y de mi vida en Cristo. Si la ternura me pertenece como cristiano ¡cómo no la voy a ejercitar si tengo en María el mejor ejemplo a imitar!

 

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¡María, en este último sábado del mes de agosto quiero contemplarte con un amor especial! ¡Santa María de la ternura de Dios, ruega por nosotros para que me ponga siempre en manos de tu Hijo y cumpla siempre Su voluntad! ¡Ayúdame a ser más tierno, más comprensivo, más generoso y más amable con los demás! ¡Quiero ver en Ti la luz del alba que ilumina mi camino! ¡Quiero aprender de Ti tu amor por Jesús y por mis hermanos! ¡Quiero creer en Tu Hijo como creíste Tu, como guardaste Tu Su Palabra! ¡Quiero imitar tu estilo de vida, tus formas, tus gestos, tu mirada! ¡Tu ternura! ¡Tu, María, que eres la Virgen hermosa, que tienes un corazón sincero y transparente, bueno y predispuesto al acogimiento, humilde y sencillo, lleno de amor y de paz! ¡Conviértete en mi ejemplo! ¡Gracias, Madre, porque puedo acudir a Ti cada día! ¡Aquí estoy, María, en camino, en busca de un camino de fe, de un proyecto de vida coherente, con la idea de sembrar semillas de amor y de alegría, de esperanza y de confianza! ¡Ayúdame, Madre, a encontrar siempre el rostro de Tu Hijo! ¡Gloria a Ti, María, templo donde mora Dios, dame acceso a tu intimidad para hacer más mío el misterio de la misericordia de Dios! ¡Gloria a Ti, Madre, por tu hermosura y por todo lo que me ofreces cada día! ¡Gloria a Ti, María, Madre del Señor y Madre mía!

Salve Regina, de Cristóbal Morales:

Torpeza en los juicios ajenos

Soy torpe en muchas cosas. Mi torpeza me hace abrazar, por ejemplo, la ineptitud en las manualidades. Pero a veces, mi torpeza, va más allá porque me impide ver el trasfondo humano de las personas.
Un amigo me presentó hace unos días a un individuo con un aspecto muy desaliñado, repleto de tatuajes en brazos y piernas hasta el punto que, si quisiera, no le cabría un motivo más en su cuerpo. Ese día llevaba encima una camiseta negra envejecida con una calavera estampada y un lema que invitaba a salir corriendo.
Tomamos el aperitivo los tres juntos. Fueron dos horas de sorpresa en sorpresa. Una persona educada, amable, con unos valores firmes, alguien solidario que dedica bastante de su tiempo libre a ayudar al prójimo, respetuoso con las ideas ajenas, amigo de su amigos, solidario… Cuando se marchó, su amigo ahondó en sus bondades personales. Mi torpeza me había llevado a prejuzgar a alguien que, de no haberle conocido, si me lo hubiese encontrado por la calle, había cambiado de acera porque por su aspecto externo no invitaba a la confianza.
Dios me había dado de nuevo —como tantas veces sucede— una auténtica lección de humildad personal. Me dejó patente que Él mira el interior del ser humano, que lo exterior no tiene porque definir a la persona. Y, aunque esta apreciación es de manual, fue de nuevo una lección a mi soberbia personal porque con tristeza —lo debo reconocer— mi naturaleza me lleva en algunas ocasiones a prejuzgar sin conocer, a pensar de alguien sin ahondar en su interior, a crear una imagen únicamente con los cuatro bosquejos que diseña mi opinión.
Juzgamos por lo físico porque las apariencias nos influyen. Al dejar a mi amigo recordé una de las muchas situaciones impactantes que se recogen en el Evangelio. Es aquella en la que Cristo se detiene ante el mostrador de los impuestos, fija su mirada sobre Mateo y, exclama, con ternura: «Sígueme». Algo profundo debió tener aquella mirada para que penetrara en el corazón de aquel cobrador de impuestos para que se levantara, lo dejara todo y siguiera al Señor.
El evangelista no narra lo que sintió Mateo pero no es difícil de imaginar que la mirada de Cristo le conmovió y le hizo sentirse diferente. A pesar de su profesión, mal vista en su época, la mirada de Jesús no fue una mirada de reproche, ni de condena, ni de censura ni reprobación. En el momento en el que no te sientes condenado no tienes necesidad de defenderte ni justificarte. Con probabilidad Mateo sintió que aquella mirada rezumaba amor y estaba repleta de cariño. Por tanto, al «Sígueme» de Cristo siguió el «Sí» de Mateo. Cristo había mirado su corazón y no las apariencias.
Esta escena me enseña que cuando miras con ojos de amor tienes más facilidad para llegar al corazón del otro.

 

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¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Haz de mi vida una ofrenda:

Cada día… una página en blanco

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

En este primer día de agosto, nos unimos a la intención del Papa Francisco para este mes que es rezar por el “tesoro” de la familia, “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan la familia como el tesoro de la humanidad”.

¿Puedo evitar que mi vida cristiana se convierta en algo rutinario?

Con harta frecuencia si uno desea lograr cambios importantes en su vida tiene que dar pequeños pasos. Sin embargo, no es sencillo arriesgarse y cuesta tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Es habitual que nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Mi alma tiene sed de ti, Señor

Palabras que hieren, palabras que sanan

¿Con cuánta frecuencia dices algo y luego te cuestionas de dónde han salido esas palabras? En ocasiones es la sabiduría que pronuncian nuestros labios lo que más sorprende. ¡Qué lucidez!, se enorgullece uno. Pero lo que más nos sorprende es el sarcasmo, la crítica o la ira con la que uno se expresa. Entonces surge ese susurro interior que te cuestiona: «Hubiera estado mejor callado» o «¿Por qué dije eso tan inconveniente?» ¡Con cuánta frecuencia justificamos nuestra reacción convencidos de que nuestro interlocutor merecía escuchar esas palabras hirientes!
Cada palabra que pronunciamos tiene un enorme poder. Las palabras que emiten nuestros labios pueden convertirse en fuente de vida o de muerte. Si alguien nos pidiera que recordásemos palabras que nos han herido no nos llevaría demasiado tiempo en reabrir esa cicatriz marcada en el corazón por aquel que dejó la impronta del dolor. Del mismo modo, cualquier palabra benéfica recibida calienta nuestro corazón cuando regresa a nuestra memoria.
He abierto hoy el capítulo 12 del Libro de los Proverbios. Me ha hecho consciente de que las palabras hieren como los golpes de una espada, mientras que el lenguaje de los sabios es como un bálsamo que sana. Y que la muerte y la vida están en el poder del lenguaje, que tienes que contentarte con los frutos que tu lenguaje haya producido. 
Las palabras de la vida nos animan a todos. Pero también es cierto que las palabras irreflexivas pueden terminar con un sueño o demoler la autoestima, ya sea de manera intencional o involuntaria. Toda palabra negativa desalienta a las personas y empeoran las situaciones.
¿Cómo puedo llegar a ser un auténtico discípulo de Cristo que ofrezca palabras de vida cuando me es tan fácil pronunciar palabras de las que luego tengo que arrepentirme? Cuando siga la máxima de ser capaz de sacar la bondad que llevo en mi corazón porque de la abundancia del corazón habla mi boca y cuidando los pensamientos con los que entretengo mi corazón. Esto equivale a invitar al Espíritu Santo a hacerse cargo de todos mis pensamientos para que las actitudes correctas reemplacen aquellas revestidas de negatividad. Así, las palabras de la vida saldrán de manera natural de mi corazón.

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¡Señor, cuanto tengo que aprender de Ti que en los momentos de mayor tensión, en el límite de tu paciencia, supiste callar y no responder! ¡Gracias, Padre, por el ejemplo vivo de tu Hijo Jesucristo! ¡Gracias, Jesús, por hacerme comprender que este es el camino y esta es la mejor actitud! ¡No permitas Espíritu Santo que salgan de mi boca palabras hirientes, frases despectivas, respuestas punzantes pues quiero parecerme a Jesús! ¡Espíritu Santo concédeme la gracia de la humildad y la sencillez para callar cuando conviene! ¡Ayúdame a encontrar en Jesús y en la luz del Evangelio las palabras adecuadas para que ser testimonio de verdad y de amor! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a aprender a callar y vivir en la Palabra de Jesús; ayúdame a hablar y proclamar su Palabra! ¡Concédeme la gracia, si conviene, de hacerlo desde la cruz porque allí es desde donde se perdona de corazón, se construye la paz y se es fiel a la voluntad del Padre! ¡Pero ayúdame a no permanecer callado ante las mentiras que atacan a la Verdad!

Sublime gracia (Amazing grace):

Cristo se acerca a mi pobreza

La gracia de Dios es gratuita. Va más allá de las propias leyes. Lo supera todo. No depende de nuestra buenas obras porque todos somos justificados por su gracia en virtud de la redención realizada a través de Jesús. San Pablo lo recuerda perfectamente y, favorecido por esta gracia, su vida tomó un rumbo distinto. Saulo comprendió que su salvación —incluso también su felicidad porque el brillo humano de la salvación es la felicidad— era producto del gozo de la gracia.
Pero que la gracia de Dios sea gratuita no quiere decir que se venda a precio de saldo porque exige renovación constante. La gracia se gana y se pierde. Y Dios quiere que la renueve cada día, que despierte de mis modorras y parálisis cotidianas, que me baje del pedestal del orgullo y avive mi vida. Cristo se acerca a mi pobreza para espabilarla, me pide que en todo momento sea mendigo de su amor con el único fin de que su gracia misericordiosa me siga sanando, purificando y salvando.
No basta con ser bueno, no es suficiente con rezar, no vale pensar que mis buenas acciones me salvarán, no es suficiente con ir a Misa cada día, no basta con pedir el pan nuestro de cada día, no basta con pedir perdón de corazón…
Cristo quiere acercarse a mi pobreza. Quiere tomarla con sus propias manos para transformarla por completo. Y ese camino pasa por acercarse a los pies de la cruz y encontrarse con Él en mi propia cruz. Es en este encuentro entre el pobre y necesitado con el Señor de cielos y tierra donde todo se reconcilia, se transforma y se cambia.
La riqueza de Dios transita por mi pobreza personal y animada por la fuerza del Espíritu que me alienta, me sostiene y me llena de alegría. Y lo que dignifica mi pobreza es el amor de Dios que tiene su cúlmen en la lógica de la cruz, que es la lógica desbordante y maravillosa del amor de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender que la pobreza que tu quieres de mi es el despojo de todo aquello que me impide llevar una vida según la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a abajarme para ser, como lo desea Dios, uno de tantos! ¡Ayúdame a tener un corazón pobre para que únicamente Dios todo lo llene, para caminar con las manos vacías con el fin que Él me disponga de lo necesario! ¡Ayúdame a descubrir que nada se pierde en la vida si te he ganado a Ti! ¡Ayúdame a elevar cada mañana los ojos al cielo y con las manos extendidas esperarlo todo del Padre! ¡Ayúdame a acoger en lo más profundo del alma la riqueza de Dios que siendo todopoderoso se hizo pobre por medio tuyo para enriquecerme con su pobreza! ¡Ayúdame a comprender que mi fortaleza es mi debilidad y que uno no es nada si se une a Aquel que todo lo conforta! ¡Ayúdame a comprender que uno debe ir descalzo por la vida porque pisa suelo sagrado! ¡Ayúdame a gastar la vida por el otro que es como gastar la vida por ti! ¡Ayúdame a aceptar las pérdidas que la vida presenta —esos seres que amas, tu seguridad económica, la salud antes de hierro y que ahora flaquea, el honor y prestigio que tanta seguridad genera…— aceptando siempre la voluntad de tu Padre ¡Ayúdame a revestirme de tu pobreza que te permite estar atento a las necesidades del prójimo y descubrir que hay quien necesita recursos materiales, pero también compañía, amor, entrega, reconocimiento, gratitud y esperanza! ¡Ayúdame a ser simplemente como tu, pobre en cosas materiales pero rico en el espíritu, a tener tus mismos sentimientos, quien hiciste de la humildad y la pobreza tu estilo de vida y no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de mi vida porque no responden a la verdad de mi espíritu!

Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro en la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro. En este día subrayamos el singular ministerio que el Señor confió al primero de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. Tengamos en este día muy presente en nuestras oraciones el pontificado del Papa Francisco y de corazón, también, a nuestro amado Papa emérito Benedicto XVI que desde el silencio de la oración vela por el bien de la Iglesia.

Ad te levavi, de Josef Rheinberger, hermoso motete para esta tiempo de Cuaresma:

El sencillo (y difícil) arte de alentar

Una de mis hijas me envió hace unos días un WhatsApp muy escueto pero a la vez muy reconfortante: «Gracias, papá. Sabes lo importante que era para mí. Te quiero (con varios corazones con emoticonos)». Me sentí agradecido… y querido. Ella era consciente del esfuerzo que me había supuesto conseguirle aquello a lo que ella daba importancia… aunque sin su agradecimiento lo hubiera hecho igual. En la vida, todos necesitamos pequeños gestos que nos animen, el aliento que levante el ánimo o que nuestro trabajo sea valorado. Una simple palabra o un simple gesto son suficientes para serenar el corazón y alegrar el alma.
Alentar. Confortar. Reconfortar. Animar. Son palabras que crean una reserva de esperanza. Y no cuestan nada. Forman parte del siempre difícil arte de alentar.
Un frase sencilla, surgida del corazón, en este caso ha sido suficiente. Basta también una llamada de teléfono, una nota, una palabra amable, un saludo espontáneo, la calidez de un abrazo, una apretón de manos sincero, una sonrisa conciliadora, un mirada dulce. No cuesta nada encontrar la oportunidad para agradecer al otro la ayuda prestada. Son los pequeños gestos los que cambian el corazón de la gente.
Actuar así crea un mundo de alegría, de afabilidad, de ternura. Y te permite comprender que es necesario, cada día, apreciar las cualidades innegables de cada persona. Ver su paciencia, su sabiduría, su bondad, su entrega, su honestidad, su magnanimidad, su compasión, su fortaleza… en definitiva, excavar en sus cualidades para darles las magnitud que merecen. Se trata de sacar brillo a los valores de los que te rodean porque con ello no sólo logras reconocer su autenticidad sino que afianzas tu relación con esa persona.
Tal vez no conocemos lo que anida en el corazón de los que tenemos cerca, sus alegrías o sus tristezas, sus fortalezas o sus sufrimientos, pero sí tenemos la oportunidad de tratarlos bien porque con cada palabra amable o con cada gesto de amor espontáneo se pueden aliviar infinidad de corazones humanos.

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me irrite con las personas o las situaciones que vivo cada día sino hazme entender que es mi manera de ver el mundo! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso con las palabras, con los gestos y con las miradas para sacar siempre lo positivo de cada situación y de cada persona! ¡Señor, mueve mi corazón para que siguiendo tu ejemplo se convierta en un corazón rebosante de misericordia, de cordialidad, de alegría, de compasión, de entrega, de generosidad, de comprensión! ¡Que pueda ver a los que me rodean como los ves Tú, Señor; que los pueda amar como los amas Tú; que los pueda abrazar, como lo harías Tú; que les pueda hablar como los hablarías Tú; que los pueda sentir como los sentirías, Tú! ¡Ayúdame, Señor, a ser generoso en las palabras y a crear buen ambiente allí donde vaya! ¡No permitas, Señor, que mi corazón sea altanero, soberbio y discipliente por que eso me aparta de Ti! ¡Ayúdame a ser un cristiano siempre alegre para que mi alegría y mi felicidad sean una bendición para los demás y para mi mismo! ¡Ayúdame a ser, Señor, agradecido con lo demás y no permitas que me acomode sin dar las gracias! ¡Ayúdame a mirar a todos con sencillez! ¡Enséñame a escuchar sin prejuicios! ¡No permitas que me calle lo que me gusta y me alegra de los que me rodean, a resaltar sus éxitos y sus cualidades! ¡Pero sobre todo, Señor, ayúdame a alimentar mi vida de pequeños gestos que se den a los demás para alegrar el entorno en el que me muevo!

¡Cuán grande es Él!, bello coro para el día de hoy:

Alegría o negatividad

Colabora conmigo una persona que contempla siempre el vaso medio vacío. Es maestro en sacarle punta a la negatividad. Ayer, sin más, no pude callarme: «Me resultan incómodos tus planteamientos. ¿No habría manera de encontrar lo positivo de las situaciones? Construyendo es como se avanza, destruyendo todo se paraliza». Considero que es una cuestión del corazón. Cuando el corazón es fuente que vivifica todas las acciones, reacciones y actitudes todo adquiere una dimensión positiva. Si el corazón es fuente de conflicto, todo se torna negatividad. Lo que uno es y siente, cada uno de los desafíos cotidianos, tiene su razón de ser en lo que pervive en el fondo del corazón. Lo dice con claridad el libro de los Proverbios: «Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida».
¡Qué bien haríamos en verificar en cada momento lo que brota de esta fuente que en definitiva te permite confiar confiar en Dios o en lo negativo de la vida!
Ambas cosas son incompatibles. Donde la alegría del corazón reina se vierte paz y confianza en Dios, incluso en tiempos de incerteza. Si lo que reina en el corazón es la crítica, lo que se manifiesta es negatividad.
Alegría o negatividad… Depende de cada uno escoger lo que reina en el corazón y así en tantas y variadas ocasiones en el transcurso del día. Cuando la negatividad toma el control permitimos que el derrotismo se imponga.
Si se permite que la negatividad invada el corazón, la fe acaba desvaneciéndose, dejándonos al margen de las devaneos de la vida. Si abono los malos sentimientos o los pensamientos negativos estos se reflejan en todas mis actitudes y provocan afectación en mis relaciones personales, con los hombres y con Dios. Si la amargura impera, la razón se nubla y el amor acaba extinguiéndose. El corazón es, en definitiva, ese frondoso árbol del cual brota el fruto que damos. Si lo que conserva nuestro corazón es bueno, entonces el fruto que dará también será bueno y viceversa. Por eso con cuidado debo vigilar mi corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, envía tu Espíritu Santo para que me conceda la gracia de expulsar de mi corazón cualquier pensamiento triste o negativo! ¡Ayúdame a no lamentarme de las cosas sino a ver siempre su lado positivo! ¡Que siempre sea agradecido por la alegría y la felicidad que me regalas pese a las cruces cotidianas! ¡Concédeme la gracia de aceptar mi vida como es, regalo tuyo, y a adaptarme a ella con confianza y esperanza! ¡Cuando algo me desagrade, Señor, no permitas que me lamente más al contrario dame la gracia de estar agradecido para poner a prueba mi voluntad de mostrarme confiado y feliz! ¡Permíteme, Señor, controlar siempre mis pensamientos, mis impulsos, mis acciones, mis nervios… para que por medio del dominio de mi mismo sea capaz de dar testimonio de Ti! ¡No permitas que me recree en mis fracasos y mis caídas sino que me alegre de mis triunfos por pequeños que sean! ¡Ayúdame a no criticar y ante cada crítica hazme ver, Señor, las virtudes de los demás para olvidarme de sus defectos! ¡Hazme sensible a las necesidades del otro, a practicar la paciencia y no permitas que la indiferencia me invada! ¡Y ayúdame siempre a afrontar los problemas con valentía y determinación y no dejar las cosas para mañana! ¡Señor, en ti confío, en tus manos pongo mi miseria y mi pequeñez!

Música a cappella para acompañar la meditación de hoy: