¡Ven a mi, Espíritu Santo, en esta Pascua!

¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! Caminamos hacia Pentecostés en un camino de cruces mundiales. Yo confío. Confío en la misericordia Dios, confío en la Palabra de Cristo y confío en la fuerza del Espíritu Santo. ¿Acaso no se realizó toda la vida de Jesús en el Espíritu Santo? Fue su compañero inseparable, la evidencia de que debo recurrir a Él en todos los instantes de mi vida.
El Espíritu Santo estuvo presente en la Anunciación a María. Le acompañó en los cuarenta días del desierto. Descendió sobre Él en su bautismo en el Jordán. Cuando hablaba a las gentes, como dice la oración del cardenal Verdier al Espíritu Santo, le inspiraba lo que debía decir, cómo decirlo, lo que debía callar y cómo debía actuar. Por medio del Espíritu Jesús curó enfermos, sanó heridas físicas y del alma, expulsó demonios, perdonó los pecados y resucitó a los muertos. La fuerza del Espíritu le permitió sufrir la Pasión, llevar la Cruz y en el ignominioso final en el Calvario sobrevoló sobre Él en su donación a la humanidad para darle las fuerzas antes de ofrecerse con un Espíritu eterno. Sobre la santa cruz estaba presente la Santísima Trinidad para transformar tanto sufrimiento en amor que redime al hombre. ¡Mi corazón se sobrecoge ante tan sublime donación!
Pero la historia de Cristo no concluye con su muerte, se abre a la gloria con la Pascua que ahora estamos viviendo. Su Resurrección culmina la Encarnación por obra y gracia del Espíritu Santo.
¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! ¡Llena de plenitud mi vida, la vida de los míos, la vida de la Iglesia, la vida de la humanidad entera! ¡Haz fructífera mi misión cristiana para hacer auténtica la misión salvífica de Jesús que es la donación del Espíritu Santo a los hombres para conducirnos al cielo!
Si el Espíritu Santo es amor, paciencia, piedad, sabiduría, justicia, paz, alegría, comprensión, entendimiento, generosidad, fraternidad… yo anhelo asemejarme a Él. Si al Espíritu Santo Dios nos lo ha enviado yo lo quiero recibir en mi corazón. Si Jesús me ha enseñado que la fuerza de su Espíritu es la que me sirve para anunciar la Buena Nueva del Evangelio en todo espacio y todo lugar, superando obstáculos, hostilidades y dificultades, yo quiero estar en primera línea de acción.
Soy un testigo humilde de Cristo. Lo soy porque por el bautismo he recibido el Espíritu Santo, porque su presencia en mi corazón me da la fuerza para proclamar que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Y esta verdad, por medio del Espíritu Santo, la quiero proclamar a la humanidad en la Pascua de la vida.

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¡Ven Espíritu Santo y derrámate sobre la humanidad entera en esta Pascua! ¡Llena de plenitud mi vida, la vida de los míos, la vida de la Iglesia, la vida de la humanidad entera! ¡Haz fructífera mi misión cristiana para hacer auténtica la misión salvífica de Jesús que es la donación del Espíritu Santo a los hombres para conducirnos al cielo! ¡Qué alegría, Señor, vivir tu gran obra en tu Pascua gloriosa! ¡Qué alegría sentir la fuerza del Espíritu Santo llenar mi vida y mi corazón! ¡Ven Espíritu Santo a mi corazón en esta Pascua para convertirme en un auténtico discípulo de Jesús, para aprender a sufrir por amor, para lograr convertir mis cruces cotidianas en un camino de luz, de esperanza y de caridad! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para llenar mi corazón de ti y tener los mismos sentimientos hacia el prójimo que tuvo Jesús! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para amar como amó Jesús! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para transformarla más si cabe en esta Pascua de la alegría, para ser donación, para ser entrega, para ser servicio a los demás! ¡Ven Espíritu Santo, para acoger con el corazón abierto la Palabra de Jesús, para hacerla viva en mi vida y llevarla con humildad a los demás! ¡Ven Espíritu Santo, hazte muy presente en mi vida para orar con devoción, con humildad, con entrega, con plenitud y con mucha donación! ¡Ven Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a la vida de los míos, ven a la vida de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, de mis hermanos de los diferentes grupos de oración, de los que me quieren mal, de los que no creen en ti…! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón de ti para hacerme un hombre nuevo, pleno, generoso, entregado, amoroso y fiel! ¡Ven Espíritu Santo para que mi vida se mueva al son de tus susurros y a la luz de tu iluminación espiritual!

¡Padre, perdóname porque no sé lo que hago!

Martes Santo. Resuena profundamente en mi interior esta frase del Señor, que se escucha en la intimidad del Calvario, en el silencio majestuoso del día de la Pasión: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Mi corazón se llena de congoja, de tristeza, de dolor profundo. En su agonía, Jesús me interpela. Lo hace a todos. Se dirige al Padre implorando perdón por mi —nuestra— alma. Pide a Dios que perdone a los que le han —hemos— torturado. A los que le han —hemos— insultado, vejado y escupido. A los que tenemos el corazón duro y actitudes y gestos poco amables con el prójimo. Con una dignidad que sobrecoge, no responde. Ora.
Humillado acepta la humillación. Blasfemado acepta las blasfemias. Despreciado acepta el desprecio. Y ora.
Ante la injusticia, calla. Y ora. Ante el oprobio, silencio orante. No exige venganza a Dios. No reclama que se manifieste su dignidad de Hijo del Padre.
La noche se cierne sobre el Calvario. Desde lo alto de la cruz se escucha: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». ¡Le pide a Dios perdón por mis faltas! ¡Le pide perdón por mi alma, para salvarme del pecado!
«Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Es una oración que surge del corazón mismo de la cruz. Es una oración bellísima de amor a los verdugos. Es una plegaria profunda y noble de perdón por el que te ha ofendido.
Herido, magullado, llagado, sin apenas aliento Jesús clama: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Cristo pone en sus labios la teología del perdón. El perdón al que te ofende, humilla, desprecia. Te enseña a orar por el que te critica, te juzga, te miente, te engaña. Te muestra el valor del amor auténtico, el dar sin condiciones la vida por el que te ha provocado daño y te ha hecho mal. Miras al Cristo humillado con los brazos extendidos, abrazando a la humanidad entera, con su rostro dolorido y entiendes el valor del «perdona setenta veces siete», «ama a tus enemigos y ora por los que te persiguen», «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados».
Miras al cielo y ves como Dios sonríe. Es el gozo de sentir que hay muchos que han hecho suya esta frase que es el resumen vivo del mandamiento del amor. Vivimos en una sociedad en el que la palabra perdón va desapareciendo del diccionario de la vida, con vidas individualistas que miran por si mismas y no saben del perdón, con corazones duros como la piedra que no saben perdonar, que configuran incomprensión, falta de caridad y de amor, distancia y envenenamiento del alma, que crean muros entre las personas. Y ahí está el grito de Jesús. Hoy quiero hacer mía esta frase y darle la vuelta. «Padre, ¡perdóname porque son muchas las veces que no sé lo que hago y quiero ponerme en el camino de la reconciliación con el hermano, amar al prójimo, convertirme al amor!».

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo!

Sentir las penas de Jesús a través de María

Tercer sábado de marzo con María, la Madre de Dios, la mujer que comprende los sufrimientos del alma humana, en lo más profundo de mi corazón. Contemplo hoy a María penetrando en cada uno de los sufrimientos de Cristo durante su Pasión. Pienso en cómo María se debió encontrar en ese momento álgido de la vida de Jesús sin poder darle el menor de los consuelos y sin poder proporcionarle el cariño de Madre para evitarle tanto dolor corporal, para saciar su sed, para aliviar cada una de los humillaciones recibidas, para limpiar su rostro y su cuerpo magullados. Pienso en cómo se le traspasaría el corazón con la espada de los insultos y las blasfemias que se pronuncian contra Jesús, Ella que lo conocía tan bien y sabía de su humanidad, de su bondad y el abundante amor que desprendía su corazón divino. Me descompongo al pensar cuánto sufrimiento en su corazón de Madre ante tanta ingratitud y desagradecimiento ante el Señor de las Bienaventuranzas, de la sanación interior, de los milagros, de la Buena Nueva. Se trunca mi corazón por Ella que ve como en el momento supremo en que Cristo está dando su vida por el ser humano, la desbandada es general. María permanece allí, en el pretorio, en el camino hacia el Calvario y a los pies de la Cruz. También yo he sido uno de los que le han abandonado, le he insultado con mis pecados, le he injuriado con mis infidelidades, he permitido su sufrimiento con mis faltas. Soy también consecuencia con mis actos y mis infidelidades del sufrimiento de Jesús y de María porque Cristo cargó la cruz no solo con los pecados humanos pasados sino también con los presentes y futuros.
Hoy, en este sábado, quiero de aprender de María a compadecerme con el corazón abierto de la Pasión de su Hijo. No caminar por la vida mostrándome indiferente a un hecho tan crucial en mi vida cristiana. Y por eso le pido a la Virgen, que se mantuvo firme y fiel a lado de Jesús, que humanice mi corazón, que lo haga humilde, pequeño y pobre para sentirse conmovido por Jesús y no permita que me acostumbre a verlo crucificado.

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¡María, Virgen santa, Madre buena, enséñame el camino para amar más a Jesús, para no mostrarme indiferente a su amor divino, a no acostumbrarme a verlo crucificado! ¡María, que tan asociada estabas a la misión de Jesús, muéstrame el camino para vivir como un auténtico seguidor suyo! ¡Quiero aprender de ti, María, a mantenerme fiel en la unión con tu Hijo incluso en los momentos de la cruz, a adherirme a ti en la pasión redentora de tu Hijo, que tu viviste con la participación en su dolor! ¡Ayúdame a ser compasivo, María, porque en tu compasión tu corazón repercutió todo lo que Jesús padeció en el alma y en el cuerpo; ayúdame a vivir también así muy unido a la Pasión de Jesús para que todo lo que haga en mi vida esté impregnado de amor! ¡Que aprenda de ti, María, que al asociarme al sacrificio de Jesús me estoy subordinando a Él! ¡Ayúdame a ser como tu, María, en tu inquebrantable firmeza y tu extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos, en ser firme en la fe, en la esperanza, en el amor y en el cumplimiento de la voluntad de Dios! ¡Tu, María, que sufriste con dolor y amargura los insultos que recibió Jesús, respondiste a tanto agravio y humillación con un corazón indulgente y una actitud de perdón, asociándote con Jesús en su súplica a Dios de que perdonara a todos porque no saben lo que hacen; que como tu, María, mi corazón esté predispuesto al encuentro del otro, a perdonar siempre, a romper las cadenas del mal! ¡María, te tomo de la mano y te presento mi súplica: acoge todas y cada una de mis penas y las de los que me rodean para que las llenes de consuelo; toma mi cuerpo y las de mis próximos para que los sanes, toma mi corazón y la de mi prójimo para que los llenes de amor, bondad, perdón, contrición, paciencia y caridad y toma nuestras almas para que caminen siempre purificadas para alcanzar la salvación que nos ha prometido tu Hijo Jesús!

De la mano de María, Madre del Salvador

Primer sábado de marzo con María, la Madre del Salvador, en lo más profundo de mi corazón. Madre del Salvador, el que entregó su vida por mi en la cruz para brotar a la nueva vida.
La cristiana como religión de la Palabra es una religión cristocéntrica y trinitaria, tiene su origen y su todo en la Palabra. Por eso el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas puras y santas de la Virgen María.
Soy consciente de que Cristo es el centro sobre el cual todo gira. Es mi vida y es el sentido de toda existencia. Pero María es su Madre. El corazón de María y el de Jesús van íntimamente unidos. Y para mi son lazo que une. Mi amor por María, mi entrega a la Madre, viene de mi relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. De esta unión trinitaria surge mi amor por María. Ella es el ejemplo más sublime de amor a la Trinidad misma. Ella ama como Dios ama. Ella protege como Dios protege. Ella cuida como Dios cuida. Ella siente como Dios siente. Es así, sencillamente, porque en el inicio de los tiempos Dios soñó con María, pensó en María, la convirtió en la Nueva Eva para la humanidad entera. Me estremezco, me emociono y mi corazón se encoge. Solo por esto y por muchas más cosas amo a María.
María, la Madre del Salvador, nuestra Madre protectora, la que su corazón palpitaba al mismo ritmo que el de su Hijo, la que sufrió las mismas penas en el camino al Calvario, la que bebió su sangre a los pies de la Cruz.
Amo a María, Ella nos ha dado a Jesús que pasará en unos días un proceso de Pasión y Muerte para redimirnos del pecado, para liberarnos de la muerte, para hacernos gracia en una nueva vida. Se lo debemos al sí de María aceptando llevar en sus entrañas al Hijo de Dios. María lo acepto todo desde la pequeñez y la humildad del corazón. Ella formó y moldeó humanamente al hombre que sufriría por mi para rescatarme del pecado; Ella es cooperadora en la obra redentora de Cristo; Ella estuvo firme al pie de la cruz en una escuela de fidelidad a su Hijo; Ella, que está tan asociada a la Cruz, me enseña como debo llevarla en el trajín de cada día; Ella que se ofreció en el Calvario a vivir la Pasión de su Hijo, me muestra como debe ser mi caminar como cristiano; Ella, al acoger en su corazón el «Ahí tienes a tu hijo» me tomo como su Hijo, y cuando Jesús dijo a Juan —que me representaba a mi y a todos nosotros—, el «Ahí tienes a tu madre», me adoptaba como Madre.
María, Madre del Salvador, irradia la Buena Noticia de Cristo, al que siempre lleva consigo. Y yo, con Ella, voy caminando seguro por la vida.

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¡María, Madre del Salvador, ruega por nosotros! ¡María, bendita seas entre todas las mujeres, bendita por ser la fuente de la vida, bendita por ser la Madre de Jesús! ¡Bendita seas, siempre, Madre! ¡María, cada vez que dirijo mi mirada a Jesús mis ojos se vuelven a Ti, que fuiste su Madre! ¡Gracias, María, porque en los momentos de mis calvarios estás al pie de mi Cruz, me sostienes y me cuidas! ¡Gracias, María, porque no me faltas nunca, porque siempre estás presente, porque tu maternidad es protectora, amorosa, entregada, generosa! ¡Gracias, María, porque con tu sí no solo diste vida al Hijo de Dios, te convertiste en nuestra corredentora ayudando a Jesús a salvar al hombre con tu mismo sufrimiento! ¡Ayúdame a llevar una vida santa, un vida que conserve y medite en el corazón la Buena Nueva del Evangelio, una vida que observe y profundice en la realidad de la vida para ser más como Cristo tu Hijo! ¡Ayúdame a aceptar siempre en mi vida como tu hiciste la voluntad del Padre, para captar cada perla del amor de Dios en mi vida, para ver en mi vida cada gesto de la obra de Jesús, para adecuar mi camino a la senda de la salvación que tu Hijo nos ha marcado! ¡María, Madre del Salvador, concédeme la gracia de cooperar con tu Hijo, desde la humildad y sencillez de mi vida, a hacer un mundo mejor, más humano, más amoroso, más pacifico, más cálido, más bienaventurado y misericordioso y de tu mano caminar hacia la vida eterna!

Mirando al buen ladrón

Hoy en la oración he subido al Calvario para contemplar a Cristo en su cruz. Me he compadecido de sus penas. De sus dolores. De sus llagas. He sentido como por amor aceptó la condena de morir en la Cruz y quiso para sí mismo mi propia cruz.
Pero he girado ligeramente la mirada. Y he contemplado dos cruces más. He fijado mi mirada en la cruz de Dimas, el hombre que Jesús invitó a entrar con Él en el Paraíso. ¡Que honor y qué bendición para aquel malhechor!
Y me he visto a mi mismo —frágil, tibio, orgulloso…— que se siente compañero de Cristo a pesar de su miseria y su pequeñez. He sentido como aquel buen ladrón comprendió el sentido de la cruz desde su propia cruz. He vislumbrado como aquel hombre condenado viendo sufrir a Jesús hizo suyo su propio dolor y abrazó con una fe cierta y una confianza cierta el misterio trascendente de la cercanía de Dios.
Como aquel hombre he sido capaz de abrir el corazón. Considerar mi pequeñez, mi miseria, mis sufrimientos y mis dolores, todo aquello que me ahoga y colocarlo junto a Cristo, con los brazos abiertos abrazando la humanidad, colgado en el madero santo. ¡Que congoja! La grandeza de Dimas es fijar la mirada en Cristo, dejar de mirarse a si mismo, para sentir el abrazo de Dios.
Y me ha ayudado a profundizar en mi camino interior. Sentir como Jesús te mira con compasión, con amor puro e infinita misericordia si te entregas a Él con verdad. Eso es lo que hizo Dimas y lo que a mí me cuesta tanto hacer. Desde la cruz Dimas no tenía ocasión de rehacer el daño causado, reponer lo destruido, coser lo destrenzado de su vida, pero podía tomar los trazos dañados de su existencia y dárselos al Señor para que, en el último momento, pudiera dar sentido a su vivir. Y fue valiente. Un decidido. Un auténtico testimonio de fe, de confianza y de entrega a Jesús. Su «Acuérdate de mi» es una frase inspiracional, es un canto de apertura del corazón, es un desnudar el alma a Jesús, es un acto de entrega del propio ser, es un confiar en la plenitud. Es ir más allá de la Cruz para abrazar la Cruz de Jesús.
He sentido mi cobardía porque he visto las veces que pudiendo acercarme a la Cruz de Cristo he huido de ella; cuando la he podido sostener, he huido de allí; cuando la he podido cargar ha pesado más mi comodidad… pero hoy he comprendido que la Cruz de Dimas, tan cercana a la de Jesús, es también mi cruz. Es ese espacio donde puedo vivir en comunión con el Señor contemplándolo desde mi propia cruz, dirigirme a Él en mi condición de pecador.
Dios es Amor. Es un amor tan grande que me permite asumir como propia su propia cruz a pesar de leer en lo profundo de mi corazón y saber lo que anida en él.

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¡Señor, como tantas veces te he fallado me resulta difícil subir a tu cruz pero al menos déjame estar a tu lado en la cruz del buen ladrón! ¡Señor, Tú sabes las veces que caigo, que me cuesta levantarme, que me desmorono, que mis acciones o mis palabras me condenan, que trato de apartar mis sufrimientos; pero ahí estás Tu para mirarme con una mirada de misericordia y de amor! ¡Acuérdate siempre de mí, Señor! ¡Te lo pido con el corazón abierto, con una confianza ciega, con una esperanza cierta! ¡Quiero, Señor, abrirte mi alma, entregártela enteramente a Ti, para que Tu Santo Espíritu la anime con su soplo, para que la llene de su vida, para que la ponga en acción, para que la mantenga en la fe, para que la conduzca hacia el bien, y para que produzca auténticos actos de la santidad! ¡No permitas, Señor, que renuncie a mi cruz! ¡Te doy gracias, Señor, con el corazón abierto porque has hecho tuya mi cruz, me perdonas y quieres que siempre camine por la senda del bien! ¡Me comprometo a ello, Señor, a busca la santidad en cada gestos cotidiano, a vivir en comunión contigo y con los demás!

Acompaña esta meditación la canción El Buen Ladrón:

En la fiesta de la Eucaristía y el sacerdocio

Celebramos hoy con solemnidad y alegría la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor, Corpus Christi, que nos recuerda la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la institución de este sacramento que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, cuando el Señor convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.
La Eucaristía es el regalo más sublime que Dios nos ha hecho llevado por su deseo de quedarse con nosotros después de la Ascensión.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo está íntimamente relacionada con el don del sacerdocio cuya misión es hacer presente el sacrificio que Jesús realizó de sí mismo para la redención del hombre en el Calvario. Allí, con su muerte, el Señor se convirtió en una ofrenda de sí mismo bajo la amorosa tutela del Padre. Jesús es, al mismo tiempo, el oferente y la ofrenda, sacerdote y víctima.
Durante aquella noche del Jueves Santo, Jesús confió a los Apóstoles la misión de perpetuar aquella ofrenda que hizo de sí mismo: «Haced esto en memoria de mí». Con estas palabras tan sublimes da comienzo el sacerdocio cristiano.
Es un día para llevar en el corazón a todos los sacerdotes, especialmente los más cercanos a cada uno de nosotros. Recordar que tienen un rol único, extraordinario e irremplazable en la Iglesia.
Orar por ellos con el corazón abierto para que continúen siendo hombres que vivan, anuncien y compartan la Palabra de Dios a sus hermanos. Para que vivan en santidad su vida sacerdotal por medio de la oración personal, de la caridad pastoral y la aceptación del sufrimiento para que su trabajo ofrezca los frutos deseados.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean hombres santos que, por medio de los sacramentos, ofrezcan sabia nueva a sus hermanos en la fe, los alimenten por medio de la fe, les ayuden a crecer en santidad, los fortalezcan en el crecer, los conviertan en testigos del Señor, les ofrezcan el perdón y la sanación del cuerpo y del alma y bendigan su amor conyugal en el nombre de Jesús.
Orar por ellos con el corazón abierto para que se conviertan en auténticos pastores desde la humildad y el servicio, desde el amor y el ofrecimiento, desde la caridad y la entrega siguiendo el ejemplo de Cristo, el Buen Pastor, que dio su vida por cada uno de las ovejas de su rebaño.
Orar por ellos con el corazón abierto para que sean siempre dóciles a la gracia del Espíritu Santo, obedientes a Dios y a la Iglesia con el fin de hacer fructificar su ministerio que, en definitiva, es el sacrificio que más agrada al Padre.
La fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor es la gran fiesta de la exaltación de la Eucaristía pero también la del gran don del sacerdocio. Un día señalado para orar para que todos los sacerdotes sean hombres santos y que esa santidad, impregnada con la preciosa sangre de Cristo, la lleven al pueblo de Dios con amor.

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¡Te doy gracias, Señor, por esta fiesta de tu Cuerpo y de tu Sangre, que me permite rememorar la institución de la Eucaristía, este gran misterio de Amor que nos regalaste el Jueves Santo! ¿Quiero testificar mi gratitud, Señor, por este divino beneficio que atestigua tu victoria sobre el mal y tu triunfo sobre la muerte por medio de tu Resurrección! ¡Señor, te doy gracias porque me permites gozar del milagro de la Eucaristía: hazte muy presente en mi vida, vive en mi, haz que te vea, que te sienta y que quiera estar siempre junto a Ti porque quiero convertirte en el Señor de mi vida y de mis esfuerzos cotidianos! ¡Te pido, Señor, por todos los sacerdotes de tu Santa Iglesia, que tu has elegido por medio de su vocación para que vivan santamente en consonancia a tu Sagrado Corazón! ¡Que todos los que han recibido tu llamada al sacerdocio se parezcan en todo a Ti! ¡Señor, envía sobre ellos a tu Santo Espíritu para que sean claros transmisores de Tu Palabra, pastores abiertos a servirte a Ti, a los fieles y la Iglesia, ejemplo de humildad, sencillez y amor! ¡Finalmente, Señor, postrado ante Ti en el sagrario, con el corazón abierto, me entrego enteramente a Ti para sentirme seguro, sereno y amado y también para amar, por eso te digo con todo mi amor: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción, con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos!

O Salutaris Hostia, un hermoso himno de Santo Tomás para un día tan señalado como el de hoy:

Junto a María en el sepulcro

Último sábado de abril con María en el corazón. Hoy es Sábado Santo. No es un día cualquiera en el calendario de la Semana Santa. En este día nos envuelve el silencio en el corazón, callan las campanas, el altar de las iglesias está despojado, los sagrarios abiertos y vacíos y la Cruz desnuda.
En este día me uno a la Virgen Dolorosa. El sepulcro ha sido sellado, los discípulos de Jesús se han dispersado y nada sabemos de ellos. Ahí está María, la Madre, y María Magdalena, en oración contemplativa cerca del sepulcro donde se halla Cristo. Les acompaña también Juan, nuestro alter ego —¡He aquí a  Tu Madre, he aquí a tu hijo—. Me uno a María en esta alianza que se ha creado en el monte Calvario, meditando junto a Ella la Pasión de Jesus a la espera de su Resurrección gloriosa.
Me uno en este día al silencio de María. El silencio que hace fecunda la fe, el hágase del principio y el fíat del hoy. El silencio de la esperanza, el silencio de saberse llena de la gracia de Dios, de la misericordia del Padre, de saber que estoy junto a la corredentora por voluntad de Dios, la Madre del Hijo que ha muerto por mi salvación y por la redención de mis pecados.
Me uno a María para darle gracias. Para acompañarla en el dolor postrado ante el sepulcro llorando la muerte de Jesús. Para sentir que mi corazón también es traspasado por una espada pero en este caso de culpabilidad por mis pecados, causa de la muerte de Jesús.
Me uno a María para ser como Ella pan pascual de sinceridad y verdad, para ser agua fecunda, semilla que de frutos, árbol de esperanza.
Me uno a María porque pese a su dolor me enseña cómo amar a Cristo incluso en su ausencia y como nos ama a todos acompañándonos en este sábado de silencio y de espera.
Me uno a María porque la fortaleza de su fe sostiene mi fe tibia, tantas veces quebradiza.
Me uno a María porque es la mejor escuela de apostolado, de transmitir la Buena Nueva de Jesús, de proclamar Su Evangelio, de comprometerse en divulgar la verdad revelada, de educar en la fe, de sellar un alianza de amor entre los cristianos.
Me uno a María porque ella me ayuda a vencer mis temores, mis angustias, mis contrariedades, porque me hace entender que de su mano puede tener confianza en la voluntad divina.
Me uno a María porque Ella me enseña a orar y ser fiel a su Hijo que mañana resucitará para darnos de nuevo la vida.
En este Sábado Santo no puedo más que exclamar que ¡soy todo tuyo, María!

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¡María, Señora de los Dolores, me uno a tu dolor en este día! ¡Me uno a ti ante el sepulcro que acoge el cuerpo muerto de Jesús, postrado ante el misterio de la muerte a la espera de que Dios actúe y haga regresar a Jesús desde las tinieblas a la luz para que la vida triunfe sobre la muerte! ¡Me uno a tu silencio, Señora, y trato de imitar tu fe, tu esperanza y tu amor que te sostienen y me sostiene también a mí en la prueba! ¡Me lleno de Ti, María, para llenarme también de Dios! ¡María, me acerco a Ti para que me enseñes a orar y a confiar en Jesús, a aceptar su voluntad, a llevar los sufrimientos cotidianos con serenidad, a caminar con esperanza aunque a veces no parezca que haya luz, a ahogar todos mis rencores, asperezas y enemistades, a crecer en esperanza y a alimentar mi fe! ¡Me uno a Ti, María, en este día de dolor, para acompañarte en este silencio tuyo desbordado de amor y de gracia! ¡Te acompaño, Madre, para tener tus mismos sentimientos en este día de silencio y de oración, para contemplar esta escena con una mirada de amor, con la disponibilidad para dejar que Dios actúe en la pequeñez de mi vida y ser testigo de Jesús, para no dejar de repetir el Magnificat, para no caer en el desaliento, para estar siempre disponible a lo que disponga Dios! ¡María, Madre, ruega por nosotros en este día de soledad!

Hoy, acompañando en el silencio a María, la música de esta sección también se silencia.

¡Búscame a mí, Señor!

Miércoles Santo. A un día de la Pasión de Cristo. Jesús se predispone a cargar el pesado madero camino del Calvario. Este gesto de cargar la cruz tiene una gran profundidad para mi sendero espiritual.
La cruz es la viva representación de la vida misma y de todas las circunstancias que me rodean, de los problemas cotidianos, de las constantes caídas, de los conflictos que de manera conscientemente genero, de aquellos que me llegan sin esperarlos. Cristo me enseña a cargar la cruz, mi propia cruz, siendo responsable de mis propios actos aunque también el saber pedir ayuda cuando el peso es excesivo y las cargas dolorosas.
Los clavos que traspasan las manos y los pies de Cristo significan para mí la manera como afronto las vicisitudes de la vida y los problemas que me atenazan. Puedo quedarme apresados en ellos o, como Jesús, resucitar y dar cabida a la esperanza, a la alegría, a la confianza y avanzar en mi peregrinaje vital.
El camino que conduce hasta el monte Calvario es largo y sinuoso, difícil de transitar, como lo es también la vida. En este caminar serán muchas las personas que pasen a mi lado, unos me halagarán, otros me traicionarán, otros me apoyarán, otros me levantarán y para otros seré alguien indiferente.
Como a Jesús en su caminar ascendiendo hasta el lugar de su crucifixión encontraré quien me dé de beber, quien me limpie el rostro en el desconsuelo, quien me latigue con sus críticas, quién me fustigue con su indiferencia o quien se acerque a mi para llevar la cruz. O también a quién no he dado de beber, ni he limpiado su rostro, o he fatigado con mis críticas o no me he acercado para portar su cruz. Esas personas representan a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi círculo social, a los conocidos que se crucen en mi camino.
En este Miércoles Santo quiero ser consciente de que camino al lado de Jesús. Que como él voy lleno de heridas pero que no debo dejar de portar la cruz con entereza y dignidad porque en definitiva mientras camino con ella a cada paso que doy me acompaña la sombra indeleble de mi propia vida, de mis propios actos y de mi auténtico ser.

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¡Señor, estoy llamado a unirme a ti, acompañarte en el camino de la Cruz! ¡En este Miércoles Santo quiero prepararme bien para vivir contigo espiritualmente la Santa Cena, la institución de la Eucaristía y el sacerdocio, estar contigo en el huerto de Getsemaní, llorar por mis pecados, aceptar con dolor que serás flagelado por mis faltas y mis pecados, cargar contigo la cruz! ¡Quiero acompañarte en silencio para unirme a tu amistad de una manera especial entregándote mis dolores y hacerlos uno contigo, mis sufrimientos y hacerlos uno contigo, mis pesares y hacerlos uno contigo! ¡Quiero contemplar tus sufrimientos Señor y que mi corazón se llene de compasión para tomar con fortaleza el saber sobrellevar cada una de las pruebas que me presenta la vida! ¡Señor, en estos días te vas a sentir muy solo, búscame a mí! ¡Señor, te vas a encontrar sin nadie que te acompañe, búscame a mí! ¡Te encontrarás abrumado por el silencio, escucha mi oración y mis palabras de amor! ¡Te llenará de desconsuelo el desprecio de la gente, reposa en mi! ¡Te pesará la cruz, déjame que te ayude a llevarla! ¡Te verás despojado de tus vestiduras, desnudo frente al mundo, déjame que ame tu desnudez y que sea yo quien te vista! ¡Permíteme, Señor, ser un auténtico testigo de tu verdad, concédeme la gracia de ser tu palabra, tus gestos, tu mirada! ¡Dame la gracia de ser tu refugio en estas horas difíciles y vivir auténticamente como viviste tu!

En mi Getsemani, cantamos hoy acompañando al Señor:

¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como hizo la Verónica!

Jesús camina con dificultad hacia el Calvario. La Verónica, compasiva, supera la cruel escolta, adelanta a la soldadesca romana y a la turba vociferante que clama contra Él y limpia con un blanco velo el rostro desfigurado y entumecido de Cristo que, sin embargo, no ha perdido ni su belleza, ni su serenidad.
¿Qué mensaje me ofrecen este paño en el que queda impreso el rostro de Jesús y el gesto tierno, solidario y valiente de la Verónica?
Mientras esta mujer de corazón caritativo limpia con suave delicadeza el rostro del Amor siente profundamente las consecuencias de la maldad perversa del hombre y el desgarro que provoca el mal. Y la Verónica se turba. Y de sus ojos salen lágrimas de tristeza. Las mismas que deberían caerme a mí cuando contemplo mi miseria y mis pecados porque ese rostro ensangrentado de Cristo es consecuencia de mis faltas y de mi oprobio. En mi corazón también debería quedarme cada día impreso el rostro del Cristo doliente para no salirme del camino recto, para luchar por mi conversión interior, para provocar la transformación de mi vida.
Hacer como la Verónica que en un primer instante solo es capaz de ver un rostro torturado, sufriente y dolorido pero que, por medio del gesto amoroso de limpiar aquella figura ensangrentada y herida, su manera de contemplar a Jesús cambiará profundamente. En ese paño queda impregnado el amor y la bondad de Dios que acompaña al ser humano incluso en los momentos de mayor angustia, sufrimiento y dolor. Solo es posible ver y reconocer a Dios desde la pureza del corazón. Ese paño blanco es también la gracia sacramental que se me ofrece en el sacramento de la reconciliación. El alma de los hombres está manchada por el pecado y Jesús me dice que acuda a Él, que me arrepienta, que está dispuesto a acoger con ternura mis fallos y mis caídas para borrarlas de mi alma.
Como con la Verónica, Jesús quiere dejar la impronta de su rostro en mi propio corazón, en lo más íntimo de mi alma. Quiere dejar su amor, su paz, su esperanza. Quiere caminar a mi lado con esa mirada de bondad que todo lo cambia. Jesús quiere que su gracia deje blanquecina mi alma, limpia de orgullo, soberbia, rencores, mentiras, egoísmos, imperfecciones. Quiere que sea su rostro en el mundo, quiere que sea Él mismo en mi entorno familiar, social, profesional. Quiere que viva bajo su mirada y vivir siendo mirada para los demás.
Después de dejar atrás la escena con la Verónica, Jesús avanza con la Cruz a cuestas dejando claro que ningún gesto de amor queda en el olvido, que ningún gesto de caridad, de bondad, de servicio, de entrega, de generosidad, de comprensión… pasa desapercibido porque nos hace más semejantes a Él.
¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como lo limpió la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti!

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¡Señor, permíteme que te limpie el rostro como hizo la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti! ¡Cuando me acerque al Santísimo o la comunión, Señor, que tu rostro quede impreso en lo más profundo de mi alma y lleno de Ti trasmita amor, paz, alegría y felicidad! ¡Que tu gracia, Señor, inunde mi corazón con la blancura de tu amor! ¡Transfórmame, Señor, cámbiame, purifícame y vivifícame! ¡Señor, tu permitiste que la Verónica se acercase a ti, aceptarse este gesto de ternura y caridad, convierte todos mis actos en actos de amor para que cada uno de ellos sean un reflejo tuyo, un testimonio de tu verdad y de tu amor! ¡Que la misma pena que sintió la Verónica por Ti sea capaz de sentirla yo también por los que sufren, los que están solos, los que padecen problemas, los que necesitan ser consolados porque Tú, Señor, estás en ellos presente! ¡Que ese mismo roce tierno de la Veronica sea capaz de darlo yo también por el prójimo para aliviar sus dolores y sufrimientos! ¡Dame el don de la humildad, Señor, para encontrarte y ser capaz de mostrar a los demás tu imagen reflejada en mi, para grabar tu rostro en mi corazón, para ser auténtico discípulo tuyo!

Una hermosa canción relacionada con el tema de hoy:

Tomar a María como modelo

Primer sábado de marzo con María en el corazón. Se prepara la Virgen interiormente para avanzar hacia el Calvario. Sabe lo que le sucederá a Jesús. Está en comunión con Él, antes de la Pasión y a los pies de la Cruz.
Y Jesús, cuando está presto para dar a luz a la Iglesia que brota del amor de su corazón traspasado, asocia a María con este nacimiento otorgándole el título de Madre, título que se asocia a cada uno de nosotros en el poder de Espíritu Santo.
En esta Cuaresma, como discípulo amado que soy —porque el amor de Cristo es desbordante sobre cada persona, sea cual sea su condición—, llevo a María a mi hogar para hacer fecunda gracia que el Señor desea para cada uno de nosotros.
En este día mi oración es para dar frutos. Para tomar de nuevo a María como mi modelo que es lo mismo que aceptar ese corazón abierto a la compasión, al amor y a la misericordia. Tomar a María como modelo para amar al que sufre, al que está solo, al que tiene dificultades, al que me ha hecho daño, al que sufre de cuerpo y de alma… Para dar testimonio de esa fe que me anima, para mostrar en mi mirada la serenidad del que se siente confiado en Dios pese a las dificultades,  del que sabe que al final de la noche surge el sol de Pascua, del que avanza por la vida con la dignidad de sentirse hijo de Dios pese a sus altibajos, del que se siente peregrino y sigue adelante a pesar de las cruces que carga.
La vida es más sencilla cogido de la mano de María. Con el Calvario y en la mañana de Pascua, Ella permanece en la sombra pero está presente; como en la noche de la Ascensión, que se encontraba en oración, rodeada de los primeros discípulos; Ella, que todo lo interiorizaba, también se preparó para su nueva misión: ser la madre de todos los que se convertirán en hijos de Dios y miembros del cuerpo místico de su Hijo.
Y aquella mañana de Pentecostés sentirá la luz poderosa del Espíritu Santo —que ya había experimentado en tantos momentos de su vida— para darle el impulso a su misión.
Cuando llevas en el corazón a María, te la llevas a casa, te estás asociando directamente a la misión que emana del poder del Espíritu Santo para ser testigo de Cristo en tu familia, en tu entorno laboral, entre tus amigos, en tu comunidad parroquial, en todos los ámbitos de tu vida.
¡Que sencilla es la vida cuando está uno siente en ella la amorosa presencia y la compañía de María cuyo ejemplo y oración te arraigan en el amor, en la esperanza, en la fidelidad y en la confianza!

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¡María, se llena mi corazón de amor por tu presencia en mi vida! ¡Te doy gracias, Madre, por todos los bienes que recibo de tu santísima mano! ¡En el momento de tomar decisiones ayúdame, María, a meditarlo todo en el corazón y cuando venga de Dios dar el mismo sí que diste tú el día de la Anunciación! ¡Cuando lleguen, María, los momentos de dificultad y no salgan las cosas como las tenga previstas pon en mi corazón la paciencia necesaria para sobrellevar la situación! ¡Antes de juzgar, de herir con la palabra, de criticar, de no hablar bien dame, María, la palabra humilde y generosa! ¡Cuando el sufrimiento se haga presente en mi vida, Tu que estuviste presente en el Gólgota, concédeme la gracia de permanecer a los pies de la cruz! ¡Cuando me llegue la hora de esperar que se cumplan los planes de Dios, Tú que estuviste en oración esperando en el cenáculo, inspírame mi manera de actuar! ¡Haz, María, que cada día de mi vida sea como la tuya, una vida de servicio, de entrega, de generosidad y de humildad, en la que siempre quepa una sonrisa, una palabra de aliento, un consejo amable, un compañía alegre! ¡Haz que mi corazón lata al unísono con el de Tu Hijo! ¡Ayúdame a acoger siempre la Palabra de Dios y cumplirla, a caminar la senda que me conduce a Jesús y a peregrinar de tu mano hacia la configuración plena con Jesús!

Escuchamos hoy el motete Virga Jesse, WAB 52  del compositor Anton Bruckner con textos del profeta Isaías: