Transfigurado con Cristo

Hoy la Iglesia nos regala la fiesta de la Transfiguración del Señor. ¿Qué sentido tiene la palabra transfiguración para mi?

Tengo un amigo que es cirujano plástico, especializado en el rejuvenecimiento facial de del rostro. Se muestra orgulloso presentando el resultado de su trabajo médico: un hombre o una mujer en el antes y el después de su operación para cambiar su aspecto. Y comenta siempre la felicidad de sus pacientes con el cambio experimentado. Es un mal ejemplo que me ayuda a comprender la reacción de los apóstoles que presenciaron la Transfiguración de Jesús. Un hecho extraordinario al contemplar como Cristo cambia por completo.

Pero en Jesús hay más que una transformación de su persona. Si los apóstoles mantuvieron tan vivo el recuerdo de esta Transfiguración de Jesús es porque no solo fueron testigos de aquel hecho sino que ellos mismos también fueron transformados.

A través de esta escena comprendemos que los apóstoles experimentaron en su carne el rostro divino de aquel hombre con el que viajaban, comían, compartían experiencias… Sentían que había más en él de lo que veían todos los días: una luz divina, una fuente de agua viva, una belleza diferente a cualquier otra, algo que ningún otro hombre tenía. Y eso que se experimenta no puede olvidarse. Esto es lo que el relato de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor expresa.

Para Pedro, Santiago y Juan, que representan no solo a los demás apóstoles sino a los que seguimos a Jesús a lo largo de la historia, Jesús no solo es un hombre es, también, un ser divino, lleno de luz divina, de la belleza divina que brilla en él. La presencia de Moisés y Elías con quienes Jesús habla en la historia de la Transfiguración marca la continuidad del Plan de Salvación de Dios para la humanidad que Jesús cumple total y definitivamente, porque él es la Palabra de Dios hecha carne. Es la revelación perfecta de Dios a la humanidad.

Esta revelación de Dios, esta luz de Dios, esta belleza de Dios que habita en él, Jesús no quiere guardársela para sí mismo. Quiere comunicarla y compartirla. Esta es la misión que cumple predicando, sanando, yendo tan lejos como para morir en una cruz. Jesús, la Luz del mundo, quiere que se derrame sobre aquellos que lo acogen, que lo reconocen en la fe como el enviado del Padre.

¿Y qué aplicación tiene este hecho extraordinario en mi vida? A través del bautismo tenemos la suerte de convertirnos en partícipes de la naturaleza divina, hermanos y hermanas de Cristo por adopción. La luz de Jesús está en nosotros y se extiende a nuestro alrededor. «Vosotros también sois la luz del mundo», nos anuncia Jesús en el Monte Tabor.  

¿Cómo ser la luz del mundo? Permitiendo que la luz de Dios pase a través de mis gestos, mis acciones, mis palabras, mis preocupaciones, mis compromisos, mis actos. Amando, llevando una vida de oración, aceptando el sufrimiento. Si lo reconozco en mi por la fe, me transfigurará a su vez, sin ni siquiera notarlo. Y sorprenderá escuchar a la gente decir: «Tiene algo especial. Cuando me acerco a él, me siento bien, me siento mejor». La luz de Dios se manifiesta de varias maneras. Puede brillar como un sol invasor al igual que en la Transfiguración de Jesús, pero también puede brillar a través de rayos más finos e intermitentes. Siempre es la misma fuente de luz que está trabajando, es Dios mismo por su Espíritu y por sus dones.

Se trata de brillar a nuestra manera como Jesús, que no tenía otra preocupación que darse plenamente a los demás, amar a sus hermanos y hermanas entregándose totalmente, como todavía lo hace cada día en la Eucaristía donde tenemos la fortuna de compartir su Cuerpo y su Sangre redentora.

¡Señor, gracias por el gesto extraordinario de tu Transfiguración en el monte Tabor, por antes de tu Pasión; nos muestras que tu divinidad! ¡Nos enseñas que te transfiguraste después de una tiempo de profunda oración para que Dios se hiciera presente en tu vida; que este hecho se convierta en un punto de encuentro contigo y con el Padre! ¡Quiero sentirme siempre cerca tuya, gozando del anticipo del cielo, como le ocurrió a tus tres apóstoles! ¡Quiero sentir siempre tu presencia, Señor! ¡Quiero darte gracias, Señor, porque en este hecho preanunciaste tu muerte en la Cruz, testimonio de tu amor, camino para nuestra salvación! ¡Gracias, Señor, porque tu transfiguración es ejemplo de tu amor! ¡Ayúdame a ser luz del mundo! ¡Ayúdame, Señor, a caminar sin miedo por este valle de lágrimas; que no tema al sufrimiento; que viva siempre con la esperanza de que mi destino es el cielo prometido; que allí veré la gloria del Padre; que no tenga miedo a vivir momentos de dificultad y sufrimiento porque Tu siempre estás conmigo! ¡Señor, Tu me enseñas que la vida es sacrificio y que por medio de este mi vida es mas plena! ¡Enséñame, Señor, también a orar como hiciste intensamente antes tu Transfiguración, para tener una estrecha comunión contigo y con el Padre, para transformar mi vida, para aprender a amar más al prójimo, para ser cada día mejor, para vivir el mandamiento del amor, para renovar mi camino hacia la santidad, para iluminar mi camino! ¡Señor, te pido por nuestra Iglesia Santa que en este tiempo sufre tanta persecución en el mundo, para que camine transfigurada a tu lado; te pido por el Santo Padre y por todos los obispos y sacerdotes, para que sirvan con fidelidad a todos los fieles! ¡Y, Señor, ayúdanos a todos los que te amamos a brillar en este mundo para que sigamos caminando al resplandor de tu luz, siempre con esperanza, con generosidad, con caridad y amor!

El difícil arte de aceptar los errores

Hace unos días ante un conflicto en mi entorno profesional dos personas centraron todo su esfuerzo en señalar al que tenía la culpa. Para cada uno era el otro el responsable. En ningún momento trataron de encontrar analizar qué había generado el problema y como solventarlo. Me correspondió escuchar las dos versiones y tratar de comprender lo que había sucedido. En la vida todos tendemos a buscar culpables y que, como sabemos, la culpa se encuentra claramente en el lado contrario, completamente alejado de la responsabilidad última que cada uno tenemos.
Nos encanta encontrar a alguien a quien culpar. Todos sabemos que la culpa nunca será mía. Pero cuando uno centra su tiempo en tratar de hallar al culpable has perdido un tiempo precioso para dar solución a lo que se ha quebrado.
Cuando tratamos de encontrar culpables se crea en el entorno en el que te mueves una barrera de recelo y de miedo que impide alcanzar la solución deseada. ¿Qué es preciso hacer para solventar este problema?
La responsabilidad personal no empieza en el que tenemos enfrente. Comienza con uno mismo. Lo más sencillo es sacar punta de los defectos ajenos, pero ¡cuánto alguien cuesta analizar los propios!
La responsabilidad personal pasa por hacerse haga responsable de los propios pensamientos y de nuestro propio comportamiento. Esto exige disciplina. Puedes transcurrir la vida tratando de cambiar a los que tienes cerca y no mover ni un dedo por cambiarte a ti mismo. Y, a pesar de que son muchas las ocasiones en que no puedes controlar lo que sucede a tu alrededor, sí puedes controlar tu forma de pensar y de actuar.
Cuando pensamos en quien necesita cambiar, transformar o mejorar su vida, pensamos en lo que el otro necesita pero no lo que es mejor para mi.
El punto de partida para dejar de culpabilizar al prójimo es desprenderse de las comodidades que nos embargan y comenzar a aceptar que con mucha frecuencia nos equivocamos, permitir que nos corrijan, eliminar las dosis de esa gruesa coraza que nos cubre que tiene un nombre: orgullo, y tratar de ser en primer lugar lo más sinceros con nosotros mismos para poder serlo también con las demás personas.
Errar es un elemento innato en el ser humano, causa importante de nuestro aprendizaje personal. Cuando asume un error aprendes de él y esto te permite crecer como ser humano, comprender al prójimo cuando yerra y perdonarlo cuando sus actitudes nos han afectado en cierta manera. Es la mejor forma de madurar, crecer humanamente y controlar nuestra vida.

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¡Señor, con humildad me presento ante ti para reconocer que muchas veces me cuesta aceptar mis errores, que he fallado, que no he respondido como debía a los que me pedían algo, que he sido egoísta en mis actitudes! ¡Señor, peco de poca paciencia y son muchas las veces que cuando yerro o me equivoco me cuesta reconocer mis errores, reconocer que debo cambiar, pedir perdón a los que he ofendido o fallado y proponerme cambiar! ¡Ayúdame a transformar aquello que deba ser cambiado! ¡No permitas que dañe también con mis palabras o mis comentarios a otros! ¡Dame, Señor, la sabiduría innata para actuar siempre bien, para pensar y madurar cada una de mis acciones y mis actos, para reconocer cuando hago algo que esta mal! ¡Abre mi mente, Señor, para que pensar bien lo que debe ser cambiado en mi, para que mis errores se conviertan en una oportunidad para cambiar a mejor! ¡Dame el don de la sinceridad para reconocer que me he equivocado, para no echar balones fuera, para no esconder la cabeza debajo el ala, para ser auténtico y reconocer que me he equivocado! ¡Señor, cuida de mi y aleja de mi corazón y de mi vida aquello que me hace daño y, por encima de todo, alegra mi corazón con tu Presencia!

Perfumar a Cristo como la Magdalena

Me acerco en esta mañana a la figura de una mujer importante de los Evangelios. Aparece varias veces en sus páginas. Una mujer que salta de hombre en hombre, que vive el vacío de la vida, los egoísmos del corazón, sometida al pecado, al desamor, embarrada en la lujuria, con un vida perdida por sus desafueros humanos… El día que encuentra a Jesús, su vida cambia. Vuelve a la vida. Renace interiormente. Jesús la acoge con lo que es, con su pasado y su presente. No le importan sus debilidades, ni lo que ha sido. Ella se postra a sus pies y le perfuma con un perfume de nardos y Él, sin miedo al que dirán por las faltas que ha cometido, abre sus manos a sus miserias, a su inmundicia, a sus suciedades humanas, a su impureza y… la levanta y la dignifica. Con su misericordia, Jesús la libera de sus esclavitudes; con su amor generoso, la cura de sus debilidades; con su gracia, la fortalece ante la vida.
El comportamiento de Jesús con esta mujer demuestra que el Señor actúa siempre con indulgencia, con compresión, con amor, con ternura y delicadeza. Jesús ama a los hijos pródigos. Cuando María Magdalena se postra a los pies de Cristo halla todo el perdón del Amor mismo, siente la mayor misericordia que un corazón puede recibir. Junto a la parábola del Hijo Pródigo, el gran milagro de amor, consuelo, esperanza y misericordia que se relatan en los Evangelios es la historia de la Magdalena. Me conmueve como resucita de la vida pecadora, como son transformadas sus miserias en belleza de vida, como las losas de su existencia se le hacen ligeras, como se regenera su corazón pecador y se vuelve un corazón comprometido y puro; como las lágrimas que brotan de ella, arrepentida, son un proceso de purificación humano. Y, sobre todo, como su esclavitud al pecado acaba deviniendo en seguimiento fiel, puro, apostólico, firme al Amor de los amores. Y como desde el momento en que se encuentra con Cristo su mirada solo está centrada en él porque no solo se sintió perdonada por Jesús, se sintió amada, comprendida, purificada, sanada… Y entonces aprendió a amar. A amar con un amor que lo transforma todo, que lo cambia todo por completo, que lo enriquece por doquier, que te permite irradiarlo a espuertas, que levanta el ánimo, que transforma interiormente, que fortalece la vida, que eleva el alma para irradiar a Cristo. Es tan fuerte el amor de sentirse amada y perdonada que no duda en dar un sí firme a Jesús hasta el punto de estar con Él, junto a la Madre y san Juan, el discípulo amado, a los pies del madero santo. Y no solo eso, Jesús la premia con ser anunciadora de su Resurrección gloriosa. Premio indiscutible a la fidelidad humana, al seguimiento por amor, a la firmeza de su fe y al cumplimiento de la promesa de que por muy hondo que sea el pecado una vez te has comprometido con Jesús tu camino está abierto a la esperanza y la gracia.
La historia de la Magdalena es un señuelo para mi vida porque me muestra una senda preciosa en este camino de Cuaresma: yo también puedo, con mi pecado y mis miserias, borrar la inmundicia de mi corazón y dar un sí cierto para cambiar mi vida y ser un fiel seguidor del Cristo que desborda Amor infinito y misericordioso porque es un Amor que todo lo transforma, todo lo perdona y todo lo sana.

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¡Santa María Magdalena, fiel seguidora de Jesús, ayúdame a encontrar siguiendo tu ejemplo de humildad, compromiso, amor, arrepentimiento y conversión el amor de Jesús en este tiempo de purificación interior! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento y de la conversión para hacerme un verdadero discípulo suyo! ¡Ayúdame a abrir el corazón de par en par a Cristo para serle fiel en lo pequeño y en lo grande y tener un verdadero conocimiento de mi mismo y reconocer cuáles son mis miserias y mis culpas, mi pecado y mis faltas, y cambiar para seguir muy unido a Él como lo estuviste tu! ¡Ayúdame a ser un buen discípulo de Jesús como lo fuiste tu y enséñame el camino para avanzar por la vida cristiana, para acoger en mi corazón la Palabra de Jesús, para poner en sus manos la pobre arcilla del que estoy hecho, para ser testigo de su misericordia, para amar con el corazón abierto, para abrirme a la humildad, para tener mucha fe de que con Jesús todo lo puedo, para vivir una auténtica conversión del corazón, para testimoniar que con Jesús todo es posible, para ir al encuentro suyo sin ataduras ni miedos! ¡Enséñame a vivir una vida auténtica, entregada, fiel, generosa que muestre siempre gratitud y amor; una vida que muestre a Jesús su agradecimiento por todo lo que hace por mi; una vida que le demuestre que estoy muy lleno de Él, que agradezca todo el amor que siente por mi; que no dude en seguirle en los caminos de la vida, que me muestre como llevar la cruz de cada día! ¡Ayúdame, María Magdalena, a salir siempre a su encuentro, a enamorarme de Él como lo hiciste tu desde la gracia, el perdón y la fidelidad! ¡Ayúdame a convertir mi vida en una vida apostólica como discípulo de Jesús del que tu fuiste un auténtico ejemplo de fidelidad y de entrega! ¡Ayúdame a contemplar contigo al Cristo ensangrentado en la Cruz, para leer en las llagas de su cuerpo, para ver sus manos y sus pies clavados en el madero, para ver su rostro manchado de sangre por la corona de espinas, para ver su piel degollado… con el único fin de serle fiel siempre y comprender de donde viene la fuerza del amor, de donde procede la fuente de la gracia, de la esperanza, del perdón, de la sanación del corazón; para entender que no hay nada más bello que dar la vida por el otro; para comprender que sin vida fiel a Cristo no hay gracia!

¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para la Pascua?

Hoy es miércoles de ceniza. Comienza la Cuaresma. He comenzado la jornada al levantarme leyendo el Salmo 51 que es una bellísima oración penitencial y te orienta de una manera preciosa hacia la luz de la Pascua. Un salmo que te llena y te reconforta: «¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!… Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu». Este salmo te recuerda que el objetivo de la Cuaresma es redescubrir la alegría, la alegría de sentirse salvado, sanado y perdonado.
La vida transcurre a tal velocidad que uno llega a la víspera de la Pascua sin ser consciente de que se adentra en la Cuaresma. Se nos presenta una interminable lista de pretextos que nos llevan a posponer las buenas resoluciones para el día siguiente. Pero entonces surgen otros pretextos para alentarnos a posponer nuestra entrada en la Cuaresma. Así que este miércoles de ceniza es el que te lanza a ponerte en marcha sin demoras y sin esperar las condiciones favorables ilusorias para vivir plenamente la Cuaresma en el aquí y en el ahora. Es el día para presentarse ante al Señor y preguntarle con el corazón abierto: «¿Qué esperas de mí, Señor? ¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para Tu Pascua? ¿Cómo quieres que afronte este tiempo? Como conoces perfectamente mis muchas debilidades, cuento contigo para que me ayudes a descubrirlo». Y si desconozco cómo hacerlo le puedo confiar al Señor mi deseo de vivir la Cuaresma de manera intensa. Pedírselo hasta cien veces al día si es necesario para rogarle poder entrar de su mano y con la fuerza del Espíritu para hacer camino en su compañía. ¿Alguien duda de que dejará este ruego sin respuesta?
La Cuaresma no es un castigo sino uno de los grandes regalos de la vida cristiana. La razón de la Cuaresma no es el pecado y la realidad de nuestras faltas, sino el amor: el amor desbordante de Dios, la locura del Dios que ama y que busca por todos los medios hacernos dóciles para que aceptemos la felicidad con la que Él quiere llenar nuestro corazón y nuestra vida.
La Cuaresma hay que vivirla como un proceso comunitario y personal al mismo tiempo. Uno no es cristiano en su individualidad, lo es para vivir con y para el prójimo: por lo tanto, no vivimos la Cuaresma el uno para el otro, sino unidos entre sí por la Comunión de los Santos. Y esto es particularmente cierto en las pequeñas iglesias domésticas que son las familias.
Lo bello de la Cuaresma es que Dios tiene una historia de amor absolutamente personal para vivir con cada uno de nosotros: la Cuaresma es, por lo tanto, también un proceso profundamente personal, para disfrutarla en la soledad y el silencio del corazón. Un viaje íntimo en compañía de Dios.
En este viaje de cuarenta días Dios desea apoderarse de nuestra vida, que nos llenemos de Él para ver nuestro interior, para dar respuesta a nuestros deseos secretos, a nuestros anhelos de transformación, a nuestra necesidad de cambiar. Es Él quien los causa, y es Él quien luego responde.
En el umbral de esta Cuaresma que hoy comienza, le pido al Señor que haga en mi todo lo que precise para encontrar la alegría de la Pascua en mi corazón.

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¡Señor, hoy comienzan cuarenta días de peregrinación dedicados a la reflexión interior, a la oración y al ayuno! ¡Ayúdame a vivirlos muy unido a ti como preparación para la Pascua! ¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida, por esto quiero darte gloria en este día porque en ti está la salvación! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, concédeme la gracia de vivir este tiempo con generosidad, con apertura de corazón, con ayunos fervorosos, con interiorización profunda, con un corazón nuevo que ahonde en tus mismos sentimientos! ¡Tu me invitas a convertirme y creer en el Evangelio, a mirar la realidad de mi interior, a ver y entender como puedes cambiar mi vida, a buscar en mi interior lo que es auténtico, a descubrir lo que esperas de mi, a vivir una vida que testimonie que soy cristiano! ¡Tu me invitas, Señor, a convertir mi vida en evangelio! ¡Tu me invistas a abrirme al mundo que me rodea para saborear la grandeza de tu amor y llevarla a los demás! ¡Señor, tu sabes que convertir mi corazón no es algo que pueda hacerlo sin tu ayuda porque mi voluntad es débil y me cuesta cambiar de actitud! ¡Lléname de tu amor para cumplir tu voluntad y desde tu inmenso amor crecer interiormente para que tu moldees aquello que consideres y cambies aquello que deba ser cambiado! ¡Empieza, Señor, por lo pequeño pues son muchas las cosas que debo transformar! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que no sirva, a dedicar tiempo a descubrir los ayunos que debo hacer en estos días de Cuaresma, apartando de mi vida lo superficial y que no me llena! ¡Señor, aspiro a la libertad de la santidad y deseo hacer un hueco en mi vida a la verdad del Evangelio porque quiero parecerme a ti en la pequeñez de mi vida!  

Cada día… una página en blanco

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

En este primer día de agosto, nos unimos a la intención del Papa Francisco para este mes que es rezar por el “tesoro” de la familia, “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan la familia como el tesoro de la humanidad”.

¿Qué necesidad tienes de esperar?

Terminé de leer hace unos días un libro sobre conversos del siglo XX. En uno de los capítulos, a pie de nota, destacaba una frase de san Agustín sobre la conversión: «Si ya te has decidido, ¿qué necesidad tienes de esperar? El momento es ahora; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
Pienso con frecuencia lo que implica convertirse a Cristo, ser auténtico cristiano. Es algo para hoy, no para mañana. En el posponerlo al mañana pueden pesar muchas cosas. Convertirse en el hoy es tomar conciencia de lo que es amar, sufrir por los demás, servir al prójimo y estar sensibilizado por la pasión del Señor para aprender a cargar con la Cruz. Pero, sobre todo, convertirse supone cambiar de vida y la manera de comportarse porque el encuentro con Jesús te hace consciente de que no puedes centrarte en ti mismo sino seguir a Jesucristo y vivir por los demás. Convertirse a Jesús no puede aparcarse para mañana porque la auténtica conversión del corazón nunca puede esperar. Cuando pospones tu sí al Señor corres el riesgo de abandonar tu decisión porque el principe del mal se ocupa de utilizar todas las artimañas que están en su poder para debilitar tu voluntad.
¿Qué necesidad tienes de esperar? Esta pregunta de san Agustín te remite a la respuesta. La conversión es un proceso cotidiano, una implicación del corazón y del alma hacia el único destino que es válido: la cercanía con el Señor. El encuentro con Él. El anhelo de vivir por Él y con Él. Pero este proceso no depende de uno mismo; hay que orarlo, trabajarlo y pedirle al Espíritu Santo el gran don de la conversión porque, en definitiva, la conversión interior es un obsequio que Dios otorga al hombre por medio de Jesús, entregado a la humanidad para redimirnos y mostrarnos donde se encuentra la vida verdadera.

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¡Señor, permite que el Espíritu Santo obre en mi corazón pecador y frágil para que tu mismo crezcas en mi interior y se produzca en mi una profunda transformación del corazón, una auténtica conversión! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu bondad, de tu amor, de tu humildad y de tu misericordia! ¡Lléname de la gracia para saber acoger siempre lo bueno y lo correcto y despreciar lo que me aparta de Ti! ¡Fortaléceme para una auténtica conversión, para no dejarme llevar por las artimañas que me presenta el demonio y dame la sabiduría para ser testimonio de tu verdad! ¡Concédeme la gracia de una vida virtuosa y pura, bondadosa y servicial, que desprecie los placeres mundanos y abrace los anhelos de tu Sagrado Corazón! ¡Señor, tu conoces mi pasado y mi presente, lo que he sido y lo que soy, mi disponibilidad y mis abandonos, mi fortalezas y debilidades, mis virtudes y mis defectos, mis capacidades y mis limitaciones, ayúdame a que lo positivo prevalezca sobre el mal! ¡Ayúdame a cambiar lo que deba ser cambiado, a convertirme en lo que Tú anhelas que sea, a vivir acorde con tus mandamientos y vivir con la luz de tu verdad y de tu amor! ¡Ilumina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi corazón, mi alma, mi mente y mi entendimiento para que en cada una de las situaciones de mi vida actúe como actuabas Tú, piense como pensabas Tú, sentir como sentías Tú, querer como querías Tú y vivir conforme a tu vivir!

Me abandono en Ti, cantamos hoy:

Caminar en la verdad

Caminar en la verdad. Es la categoría fundamental, el criterio sobre el que se basa en la autenticidad en el pensar, en el actuar, en el sentir y en el querer.
Pasar la vida según el criterio de tratar de decir siempre y en todo la verdad. El ejemplo es Cristo. El vino al mundo para testimoniar la verdad pues Él mismo es la verdad. No hay que tener miedo. Hay que andar en verdad delante de Dios, de los demás y de uno mismo, marchando con la conciencia limpia, pidiéndole al Espíritu Santo que ante la flaqueza de la mentira cambie el corazón.
Y aunque Dios comprende nuestras flaquezas, nuestras fatigas y nuestras oscuridades Dios sabe que el hombre tiene la tentación al mal por muchas gracias que tenga por eso solo con la verdad uno es auténticamente libre y fuerte.
Y entonces te preguntas: ¿cuántas veces he preferido el éxito a la verdad, la reputación personal a la justicia, el objetivo a respetar los límites, el ceder a la tentación al cumplimiento de la voluntad de Dios?

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¡Señor, tu conoces mi vida, mis sentimientos, mi corazón; tu sabes que necesito un corazón abierto a tu gracia, a otras maneras de actuar, sentir y pensar; sabes que necesito un corazón que esté principalmente abierto a la Verdad! ¡No permitas que mi corazón se centre solo en mi verdad sino sólo y exclusivamente en la única Verdad que es la que Tú nos has revelado! ¡No permitas, Señor, que me instale en la comodidad de mi vida, en mis costumbres anquilosadas, en mis formas de pensar tantas veces equivocadas, a mi manera de vivir desviada del camino! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu para que ilumine con su gracia la oscuridad que haya en mi! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar bajo la lámpara de tu luz para que las tinieblas interiores no coarten la verdad de mi vida y me permita caminar a la luz de la verdad y la autenticidad! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu me indique el camino a seguir y me otorgue la santa paciencia para aprender a esperar, sentir y escuchar! ¡Ayúdame a ir siempre con la verdad cierta y no permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte del camino correcto! ¡Hazme comprender, Señor, que los tiempos cambian, la sociedad tiene otros valores, pero Tu Verdad prevalece; no permitas que me acomode a la realidad de los tiempos más al contrario concédeme la gracia de que la Verdad crezca en mi interior! ¡Hazme, Señor, apóstol de la verdad en todos los ambientes y envía sobre mi tu Santo Espíritu para que elimine de mi vida todas aquellas máscaras que puedan envolver mi corazón! ¡Ven a mi, luz de verdad, santificador de la verdad, ven a mi alma y quema el corazón con el fuego de tu amor y ayúdame a que la verdad impere siempre en mi! ¡Lo que soy te lo doy, hazme mejor Espíritu de Dios!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Señora, Madre de la Esperanza, que caminaste siempre en la verdad llevando a Cristo en el corazón, haz que la verdad prevalezca en mi corazón!

Caminar en la verdad, cantamos hoy:

En la Galilea de lo cotidiano

No es sencillo transparentar el Evangelio en la propia vida. Pero durante estos días de Pascua, repasas con la mirada la vida de los apóstoles y sus dudas y eres consciente de que ellos tampoco lo tuvieron fácil.
Cada día te vas haciendo más consciente de que necesitas el aliento vivificador de Jesús, aprender a escuchar lo que anida en tu interior, a acoger en el corazón su paz, esa paz que Cristo entregó tantas veces a los apóstoles.
Mi anhelo es experimentar en mi Galilea cotidiana como el Señor me llama por mi nombre. En ese momento mi corazón se regocija de alegría. Algo así como cuando en las tareas que llevaban a cabo, cada uno de los doce escuchó su nombre y decidió seguirle para vivir con su estilo de vida, con su compromiso de cambiar el mundo y colaborar en la tarea de hacer más humano el mundo en que vivimos.
En la Galilea de lo cotidiano tengo que abrir de par en par mi corazón para alimentarme de la Buena Nueva de Cristo con toda su esencia, escuchar el susurro del Espíritu en mi corazón para impregnarme de la verdad y la alegría del Evangelio y, sobre todo, para ser capaz de «resucitar» mi propia vida.
En la Galilea de lo cotidiano necesito aprender al estilo de Cristo, a vivir acogiendo y escuchando al prójimo, perdonando al que me ha dañado, haciendo el bien al hermano, aliviando al que está lleno de heridas y sufrimientos, abriendo las manos para generar la confianza del desesperado y abriendo el corazón para transmitir a todos que Dios es amor y misericordia.
En la Galilea de los cotidiano necesito seguir los pasos del Resucitado, sin detenerme y seguir el camino que Él me marca. Mirar el presente y el futuro, sin detenerse a mirar el pasado que Dios perdona. ¿O caso no va Cristo siempre por delante?
En la Galilea de lo cotidiano, pese a mis dificultades y caídas, quiero renovar mi vida y dar testimonio de que soy cristiano, discípulo del Señor que vive en mí y yo en Él, que camino con esperanza, con confianza con una fe renovadora y bajo la inestimable luz del Espíritu Santo que todo lo ilumina.
En la Galilea de lo cotidiano quiero entrar en el misterio del amor de Cristo que todo lo inunda, en lo recogido de mi vida y de mi interior, y desde la intimidad con Jesús salir al mundo para llevar el amor de Dios al prójimo desde el testimonio.
En la Galilea de lo cotidiano quiero volver a la intimidad con Cristo, encontrarme con Él en lo sencillo de todo los días, convirtiendo lo pequeño y ordinario en un don grande que honre a Dios por amor a Cristo.

 

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¡Señor, en la Galilea de lo cotidiano quiero encontrarte porque Tu me invitas a creer, a buscarte cada día, especialmente en aquellos lugares que se escapan a mi lógica humana y mi lógica de fe! ¡Tú, Señor, cruzaste la orilla para buscar a las ovejas perdidas y nos pides que nos pongamos en camino, que aparquemos todas nuestras debilidades e inseguridades, que no agachemos la cabeza, que no tememos, que seamos capaces de reconocerte en tantos que la sociedad oculta! ¡Señor, tu me conoces mejor que a yo me conozco a mi mismo por eso te pido paciencia y soples sobre mí la sabiduría del Espíritu para abrir mi corazón al conocimiento de la verdad y a la voluntad de Tu Padre! ¡En esta Pascua, Señor, quiero renovar mi vida, quiero seguir tu camino sin desespero ni dudas porque son muchas las ocasiones en las que las cosas no salen como deseo! ¡Hazme, Señor, sentir en mi corazón tu ternura, tu paz, tu amor, tu protección y tu misericordia! ¡Muéstrame, Señor, el camino que me lleve a la Galilea de lo cotidiano! ¡Concédeme la gracia, Señor, de no tener miedo, de ver la vida desde la grandeza de la cruz y la luz de tu Resurrección! ¡Concédeme la gracia de sentir tu profundo amor! ¡Y cuando mi fe se debilite, Señor, ven pronto a mi corazón; ven en cualquiera de mis actividades cotidianas, ven y llena mi corazón de Ti; ven y dame la luz que necesito para iluminar mi vida; ven a los problemas que asfixian; ven en los quehaceres que me abruman; ven en las inquietudes que me turban; ven también en mis éxitos y mis esperanzas! ¡Señor, en mi Galilea interior estás Tu y no quiero perderte!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, alfarera de Dios en la tierra, ayúdame a decir siempre sí a Dios, sí a la vida, sí la esperanza.

 Del compositor inglés William Byrd, nos deleitamos con esta obra para seis voces:  Christ is risen again (Cristo resucita de nuevo):

https://www.youtube.com/watch?v=3GSoEhDCBX4

Creer antes que dudar

En un reciente viaje me ha acompañado un ingeniero cuya principal afición es la pesca de río. Tan apasionado es a este deporte que durante las comidas o en los vuelos salpicaba las conversaciones con diferentes anécdotas relacionadas con su hobby preferido. Una frase suya me invita a la reflexión: «Rodeado de un paisaje silencioso practicar la pesca también te permite encontrarse a uno mismo».
En las páginas de los Evangelios aparecen variadas historias y parábolas relacionadas con la pesca. Existe una cierta analogía entre esta actividad y la vida espiritual.
Como me comentaba este ingeniero para practicar la pesca lo mejor es estar abierto a lo inesperado: a veces pescas una gran trucha en un momento en que no se sospecharías que pudieras capturarla.
En la pesca observo un símil de mi propia vida. Cada nueva experiencia es como una presa que enriquece mi vida interior, me ayuda a crecer y madura mi fe. Aún así, debes estar preparado para deshacerte de la comodidad de tus pensamientos y hábitos de conducta, para estar atento y cuestionar lo que crees o lo que no crees; estar receptivo a la sorpresa es como esperar lo inesperado que viene de Dios.
Cuando uno siente que su vida espiritual patina los hilos de su oración no aportan nada nutritivo, puede ser que sea necesario avanzar hacia aguas más profundas. El agua profunda es lo que sucede en tu interior donde están los secretos: los miedos o los dolores más profundos, las esperanzas y los deseos más ocultos. Aquí es donde el Evangelio funciona para cada persona. ¡Acaso no le dijo Jesús a Pedro que echase las redes en aguas profundas!
Simón Pedro, el pescador, no dudó en seguir el consejo de un hombre que no era experto en la pesca. Pedro prefirió creer antes que dudar. Prefirió tal vez encogerse de hombros y arriesgarse después de una noche aciaga en cuanto a pesca se refiere y agotadora desde el punto de vista humano. Esto te permite cuestionarte ¿qué riesgo estoy dispuesto a tomar para cumplir en lo que se refiere a mi vida interior? ¿El riesgo de cambiar mi visión del mundo y de cambiar mi vida, el riesgo de luchar contra lo que me duele, de ser desafiado, despreciado o rechazado?
Vivir la fe no siempre es la parte hermosa de la pesca en un estanque tranquilo. Exige, en ocasiones, enfrentarse a lo desconocido, desafiar las tormentas que se presentan, poner a prueba tus convicciones. Pero como decía el ingeniero que me acompañaba en el viaje las mejores capturas suelen ser las costosas… ¡pero son las que más valen la pena!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo y te amo profundamente porque no solo eres la luz que ilumina mi camino sino que eres el amigo que me acompaña siguiendo cada uno de mis pasos y que me ayuda a escoger el camino correcto, aquel que me dirige a la vida verdadera! ¡Te pido, buen Jesús, que me ayudes a levantarme cada vez que caigo y me perdones por mis faltas! ¡Como Pedro yo también estoy muchas veces agotado y frustrado por lo que me sucede, trabajando sin obtener frutos y tu me pides que reme mar adentro en aguas profundas! ¡Tu sabes que a veces me surgen las dudas pero no quiere dejar de creer lo que implica cumplir tu voluntad! ¡Hazme comprender, Señor, por medio de tu Santo Espíritu que cualquier donación que venga de Ti y del Padre exige un esfuerzo por mi parte, que estás dispuesto a realizar un milagro pero yo también debo estar dispuesto a ir hasta las aguas profundas y estar disponible con mi esfuerzo, con mi sacrificio y mi fe vivas! ¡Ayúdame, Señor, a comprender por medio de tu Espíritu divino, lo gratificante que es recibir tu providencia y tu gracia en las aguas profundas de mi vida pues tu sabes que cuando vienen las dificultades, las crisis, la oscuridad, el sufrimiento o las experiencias dolorosas o frustrantes puede tener la tentación de abandonarlo todo! ¡Concédeme, Señor, una fe firme y una confianza ciega para que puedas obrar en mi interior el milagro que deseas y recibir más de lo que siempre espero!

En tu nombre echaré las redes, cantamos hoy:

Escucha el silencio, tiene mucho que decir

Desde el domingo pasado me encuentro por motivos profesionales en Irán. El guía que me traduce en centros oficiales del farsi al inglés es un hombre de interesante conversación, culto y leído que, en nuestras conversaciones privadas, entremezcla muchas expresiones de Rumi, el poeta místico persa por excelencia. Ayer, al despedirse de mi, su última frase fue: «No olvides escuchar en el silencio, tiene mucho que decirte».
En la soledad del avión recordé estas palabras que aparecen en san Mateo y que tienen una gran profundidad: «¡El que tenga oídos, que oiga!». ¿Cuantas veces me encuentro entre los que afirman que si pero no comprendo nada pues no soy capaz de escuchar en el silencio que proviene de Dios? ¿Que leo, analizo, profundizo… y nada cambia en mi interior? ¡Cuantas veces permanezco apegado a lo mío, protegido por mi viejo caparazón, en mi coraza de hierro, buscando la ocasión para tratar de influir en la voluntad de Dios para que cambie aquello que me hace sufrir pero no escucho en el silencio que viene de Él!
Entonces, comprendes que estás lejos del Amor de Dios. Comprendes que vives una religión a la que llamas cristiana pero es que como una especie de religión a medida, con tus propias reglas. «¡El que tenga oídos, que oiga!». Oyes, pero en realidad no escuchas. Ves, pero en realidad estás completamente ciego.
El cristianismo es una religión única, sorprendente, profundamente sublime. Es la única religión que presenta a Dios desde la vertiente del amor pero también del sufrimiento. Y es la única porque el resto de las religiones ofrecen una perspectiva amable de Dios, un Dios saludable que posee gran poder y que es perfecto en todas sus dimensiones. El nuestro también lo es pero nuestro Dios se hace presente en el mundo por medio de Jesucristo, su Hijo amado. Un Dios que sufre en silencio con el hombre, con el enfermo, con el desvalido, con el desarraigado, con el perseguido; un Dios que acompaña en silencio al ser humano en el sufrimiento porque Él mismo sufre el sufrimiento. Esta es la máxima expresión del amor de Dios. Dios vive en silencio activo lo que uno personalmente vive. Por eso es el Dios Amor, el Dios de la disponibilidad y la entrega.
Por medio de Cristo, con sus palabras, con sus hechos y con sus gestos, Dios se acerca en silencio activo a los débiles, a los pequeños, a los pobres y a los perdidos y los rescata. Jesús los enaltece. Y su amor es gratuito. Él hace que nuestro amor y compasión por ellos sea el sello impreso en nuestro corazón para alcanzar el reino de los Cielos. «¡El que tenga oídos, que oiga!».
Comprendes así que tu deber es vivir conscientemente, poniendo tu mano sobre tu corazón, con toda la intensidad espiritual de la cual eres capaz. Tu pobreza, tu debilidad, tu sufrimiento, tu enfermedad, tus problemas, los tuyos y los de tu familia, lo que te afectan y los de tus amigos, deben estar presentes durante estos momentos en comunión con Dios. De esta manera, tu alma enferma y tu corazón roto se abre de par en par al Amor de Dios con todas esas realidades que te hacen sufrir. Nuestro Dios, que es la la ternura infinita, que sufre en tu sufrimiento, lo acoge todo con amor.
Mi corazón sufriente es ese espacio vital que se convierte en el lugar favorito de Dios, ese espacio donde Dios puede realizar el gran milagro de impregnarlo todo desde el silencio de ternura y de amor. «¡Escucha en el silencio, tiene que mucho que decir». ¡Por qué entonces empeñarse en hacer oídos sordos a todo lo que viene de Dios1

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero en el silencio de la vida escucharte, encontrarte, hablarte para callar, dialogar contigo, convertir mi vida espiritual en un encuentro permanente contigo! ¡Quiero, Señor, comprender que tu eres el protagonista, que en el encuentro contigo lo importante es lo que tu me quieres decir, el haced lo que Él os diga de María, porque tú realmente sabes lo que necesito, lo que anhelo! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón para dejarme sorprender por el silencio de Dios! ¡Señor, ayudarme a aceptar tu voluntad permitiéndote que entres en mi corazón para confiando, escuchando y caminando a tu lado sea capaz de descubrir hacia donde me quieres llevar! ¡Espíritu Santo que mis quejas se aplaquen para siempre en el silencio acepte la voluntad de Dios! ¡Señor, cuando las dudas me embarguen que mi razón esté siempre iluminada por la fe dejándome abrazar por tu misericordia, por tu amor y tu plenitud! ¡Espíritu Santo inúndame de la pedagogía silenciosa que proviene de Dios y dame mucha fe! ¡Señor, cuando la inseguridad me embargue ayudarme a abrirme a tu amistad sincera centrándome sólo en Ti con el corazón abierto! ¡Espíritu Santo que esta sea mi actitud en la oración, concédeme la gracia de escuchar en el silencio de la oración al que me da siempre seguridad, cercanía, amor y misericordia! ¡Cuando las cruces, Señor, me embarguen, que no deje de mirar en silencio tu cruz redentora! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser capaz de vivir en unión con Jesús que supo vivir el dolor en el silencio y en permanente ofrecimiento al Padre! ¡Señor, tu sabes que soy poca cosas y que todo lo que soy es gracia a ti, permíteme vivir siempre en la verdad caminando a tu lado! ¡Espíritu Santo, concédeme siempre el don de vivir en el silencio de la humildad para caminar al lado de Jesús! ¡Señor, como tu quiero vivir abandonado al Padre, que en el silencio de la vida y de la oración se hace presente para acogerme, protegerme y cuidarme! ¡Espíritu Santo, que en el silencio del abandono sea capaz de descubrir la ternura que Dios siente por mí!

El sonido del silencio, cantamos con Alex Campos: