No me importa si Dios me conduce al desierto

Nuestra existencia gira en torno a una multiplicad de interrogantes. Es lo que ocurre con el virus que, implacable, avanza por el orbe. Agotamos nuestras fuerzas tratando de encontrar una pequeña rendija de luz que nos permita comprender el por qué de determinadas situaciones; descorazona, a veces, pensar que Dios nos conduce al desierto y nos deja allí como abandonados.
Si hay algo que no se puede negar es que los pensamientos y las acciones de Dios no van en consonancia con los que cada uno tiene porque Él camina seguro por delante, despejando el camino que uno por si solo no recorrería y aplanando la senda que pisarán nuestros pies de peregrinos.
Por eso aunque no tenga miedo, confíe y tenga esperanza mi ilusión es abrir el corazón para decirle que, pese a que decaiga tantas veces y me fallen las fuerzas, camino seguro a su lado. Pero no siempre ocurre así porque me dejo llevar por el desconcierto.
Me encantaría ser ese ser humano perfecto que nunca duda y nada teme, pero soy frágil, de barro y con multiplicidad de carencias. Me encantaría saber gestionar todas las situaciones con serenidad y confianza, pero no siempre estoy a la altura de las circunstancias. Me encantaría afrontar con temple y decisión los conflictos pero no siempre soy lo suficiente valiente para hacerlo. Me encantaría tener la entereza para ser coherente pero la debilidad me gana a veces. Me encantaría que mi rostro fuese el espejo de Cristo pero no siempre está impregnado de alegría. Me encantaría darme siempre a los demás con infinita generosidad pero no siempre mi corazón está predispuesto al servicio. Me encantaría ser testigo de las bienaventuranzas pero no siempre me atengo a la Buena Nueva del Evangelio. Me encantaría que mis primeros pensamientos fuesen dirigidos a Aquel que es el Amor infinito, pero mi mente tiene muchas veces demasiadas preocupaciones mundanas. Me gustaría ser árbol que diera frutos, pero no siempre la semilla de mi corazón está bien regada y abonada. Me encantaría impregnarme de la sabiduría de Dios, pero no siempre estoy atento a su llamada.
En este tiempo de Cuaresma quiero aprender a caminar confiado. No me importa si Dios me conduce al desierto. Es más, necesito que me lleve al desierto porque en este lugar quedaré reducido a lo esencial, seré capaz de despojarme de lo superfluo y me quedaré solo con lo importante: con la fe que despelleja mis deseos y apetitos mundanos y caminar hacia esa Pascua que nos desató de la esclavitud del pecado y nos invita a participar de la vida nueva; una vida impregnada de santidad, de plenitud, de gracia y de esperanza.

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¡Señor, que no me incomode que me lleves hacia el desierto porque quiero renovar mi fe y hacerla más viva y esperanzada! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un viaje interior que me invite a un cambio profundo! ¡Ayúdame a ahondar en mi existencia, en transformar mi vida de pecado en una vida santa, en llenar de luz todas mis sombras, a poner seguridad donde impere el desconcierto, a llenar de certezas todos los momentos de duda! ¡Ayúdame a contemplarte en la oración y abrir mi corazón para darte gracias por todo lo que haces en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida bienaventurada, envuelta en la virtud de la caridad y con el perfume hermoso de la misericordia! ¡No permitas que las tentaciones me puedan, que mi fe se debilite, las fuerzas me fallen! ¡Dame la gracia de vivir de tu Palabra, fortalecer mi espíritu con el ayuno, ser desprendido con obras de misericordia, aceptar la cruz de cada día y estar siempre alerta para aceptar tu voluntad y comprender lo que tu quieres para mi vida! ¡Hazme humilde, Señor, para vivir esta Cuaresma desde la sencillez, desprendido de lo mundano y para llenarme cada día de Ti, de tu amor y de tu misericordia!

De la mano de María, Madre del Salvador

Primer sábado de marzo con María, la Madre del Salvador, en lo más profundo de mi corazón. Madre del Salvador, el que entregó su vida por mi en la cruz para brotar a la nueva vida.
La cristiana como religión de la Palabra es una religión cristocéntrica y trinitaria, tiene su origen y su todo en la Palabra. Por eso el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas puras y santas de la Virgen María.
Soy consciente de que Cristo es el centro sobre el cual todo gira. Es mi vida y es el sentido de toda existencia. Pero María es su Madre. El corazón de María y el de Jesús van íntimamente unidos. Y para mi son lazo que une. Mi amor por María, mi entrega a la Madre, viene de mi relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. De esta unión trinitaria surge mi amor por María. Ella es el ejemplo más sublime de amor a la Trinidad misma. Ella ama como Dios ama. Ella protege como Dios protege. Ella cuida como Dios cuida. Ella siente como Dios siente. Es así, sencillamente, porque en el inicio de los tiempos Dios soñó con María, pensó en María, la convirtió en la Nueva Eva para la humanidad entera. Me estremezco, me emociono y mi corazón se encoge. Solo por esto y por muchas más cosas amo a María.
María, la Madre del Salvador, nuestra Madre protectora, la que su corazón palpitaba al mismo ritmo que el de su Hijo, la que sufrió las mismas penas en el camino al Calvario, la que bebió su sangre a los pies de la Cruz.
Amo a María, Ella nos ha dado a Jesús que pasará en unos días un proceso de Pasión y Muerte para redimirnos del pecado, para liberarnos de la muerte, para hacernos gracia en una nueva vida. Se lo debemos al sí de María aceptando llevar en sus entrañas al Hijo de Dios. María lo acepto todo desde la pequeñez y la humildad del corazón. Ella formó y moldeó humanamente al hombre que sufriría por mi para rescatarme del pecado; Ella es cooperadora en la obra redentora de Cristo; Ella estuvo firme al pie de la cruz en una escuela de fidelidad a su Hijo; Ella, que está tan asociada a la Cruz, me enseña como debo llevarla en el trajín de cada día; Ella que se ofreció en el Calvario a vivir la Pasión de su Hijo, me muestra como debe ser mi caminar como cristiano; Ella, al acoger en su corazón el «Ahí tienes a tu hijo» me tomo como su Hijo, y cuando Jesús dijo a Juan —que me representaba a mi y a todos nosotros—, el «Ahí tienes a tu madre», me adoptaba como Madre.
María, Madre del Salvador, irradia la Buena Noticia de Cristo, al que siempre lleva consigo. Y yo, con Ella, voy caminando seguro por la vida.

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¡María, Madre del Salvador, ruega por nosotros! ¡María, bendita seas entre todas las mujeres, bendita por ser la fuente de la vida, bendita por ser la Madre de Jesús! ¡Bendita seas, siempre, Madre! ¡María, cada vez que dirijo mi mirada a Jesús mis ojos se vuelven a Ti, que fuiste su Madre! ¡Gracias, María, porque en los momentos de mis calvarios estás al pie de mi Cruz, me sostienes y me cuidas! ¡Gracias, María, porque no me faltas nunca, porque siempre estás presente, porque tu maternidad es protectora, amorosa, entregada, generosa! ¡Gracias, María, porque con tu sí no solo diste vida al Hijo de Dios, te convertiste en nuestra corredentora ayudando a Jesús a salvar al hombre con tu mismo sufrimiento! ¡Ayúdame a llevar una vida santa, un vida que conserve y medite en el corazón la Buena Nueva del Evangelio, una vida que observe y profundice en la realidad de la vida para ser más como Cristo tu Hijo! ¡Ayúdame a aceptar siempre en mi vida como tu hiciste la voluntad del Padre, para captar cada perla del amor de Dios en mi vida, para ver en mi vida cada gesto de la obra de Jesús, para adecuar mi camino a la senda de la salvación que tu Hijo nos ha marcado! ¡María, Madre del Salvador, concédeme la gracia de cooperar con tu Hijo, desde la humildad y sencillez de mi vida, a hacer un mundo mejor, más humano, más amoroso, más pacifico, más cálido, más bienaventurado y misericordioso y de tu mano caminar hacia la vida eterna!

Conciencia de que caminas junto a Dios

Después de cenar en un restaurante, invitado por mi anfitrión en el país, caminaba bien entrada la noche por Tashkent, la capital de Uzbekistan, donde me encuentro por razones laborales. El frío era intenso superando con creces los cero grados. La ciudad estaba desierta. Aunque me ofrecieron acompañarme hasta el hotel preferí caminar la media hora larga que había desde el restaurante para respirar la ciudad. Me coloqué los auriculares del iPhone para disfrutar del hermoso concierto en mi menor para violín de Mendelssohn. Solo, por las avenidas estrechas de la ciudad, en el silencio de la noche, en el frío penetrante del invierno de Asia Central, en la seguridad de una ciudad tranquila, tome conciencia de mi libertad. Conciencia de que caminas al albur de Dios. Caminas en total libertad, con la serena despreocupación de que nada puede ocurrirte. Avanzas sin mirar atrás. Sigues adelante sin que nada te detenga. Que cada paso es un proceso de transformación interior. De que todo lo tienes por Dios. Y te preguntas: ¿qué me inmoviliza y por qué en la vida? ¿Qué comodidades me llevan a instalarme en el inmovilismo? ¡De que cosas poco importantes depende mi vida? ¿A qué cosas estoy atado? ¿Que elementos me privan de libertad, tanto interior como exterior?
Y cuando vislumbraba a lo lejos la silueta del hotel donde me hospedo, pensaba: «Ya me queda poco para llegar». La vida es un camino, un camino que puedo caminar con miedo o con esperanza, con desasosiego o con confianza, con tranquilidad o con inquietud, con pesadumbre o con alegría, con serenidad o con desazón. La clave es no detenerse, ponerlo todo en manos de Dios, para ir transformándote con cada paso que des.

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¡Señor, tu conoces mi pequeñez, mis debilidades, mis ataduras, aquello de lo que me suelto, mis inconsistencias y mis tonterías y te las entrego todas para que las transformes! ¡Señor, no soy más que polvo y ceniza que se lo lleva el viento y sin embargo quieres que de fruto, que sea luz, que sea sal para la tierra! ¡Señor, ayúdame a caminar en la libertad de ser hijo tuyo cumpliendo tu voluntad y los planes que tienes pensado para mi! ¡Señor, soy pecador y me quieres santo! ¡No soy nada y me quieres instrumento de tu misericordia, de tu amor, de tu Palabra! ¡Señor, soy poca cosa y quieres que me transforme en uno contigo! ¡Señor, tu eres pan y vino, cuerpo y sangre, pero yo no soy digno de entrar en tu casa! ¡Pero te amo tanto, Señor, que quiero caminar por la vida consciente de que me amas, de que me transformas con cada paso que doy, de que eres mi esperanza, de que eres mi salvador, de que me sanas, de que eres libertad, de que eres el amor absoluto! ¡Señor, confío en ti, espero en ti! ¡Transforma, Señor, mi vida con la ayuda del Espíritu Santo, manténme cerca de Ti al tiempo que vas transformando la sociedad y los corazones humanos! ¡No permitas, Señor, que nada me quite mi libertad interior porque todo lo puedo contigo!

Aleluya, canto de Adviento:

De nuevas oportunidades

Hay días que las fuerzas decaen pero uno sigue adelante y no sabe como lo ha hecho. Sencillamente, se consigue porque ahí, invisible pero fiel, se encuentra Dios quién en el momento de nuestro nacimiento plantó en el corazón la semilla de la fortaleza que riega incisamente el Espíritu Santo. Pero la Trinidad Santa, el Dios que ama, el Cristo que salva y el Espíritu Santo que mora en uno solo necesitan de nuestra fe para hacer crecer esta fortaleza en nuestro interior.
Es increíble que cuando todo parece desmoronarse Dios te obsequia con un segundo más de esperanza, de seguridad y de convicción para poder salir adelante, esa convicción de que todo es posible, de que hay una nueva oportunidad en tu vida.
Cuando uno no ve la luz en su caminar, Dios solo espera la apertura del corazón para tomar el control de la vida del hombre. La vida no se desmorona cuando confías en el Dios Amor y, a pesar de las dificultades, caminas de la mano de Cristo a la luz del Espíritu. Tan simple y tan real.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que en mi vida no inmovilice como si de una estatua se tratara! ¡Tu que eres el amigo fiel, el que de invita a la confianza y a la esperanza, el que consuela, salva y de la vida, haz que abra mi corazón para no temer a la vida, para llenarme de seguridad y paz interior y no dejarme arrastrar por el inmovilismo y las incertezas, por el miedo al presente y el futuro! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que limpie corazón de los sentimientos de negatividad y de todo aquello que me impide llenarme de ti! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que llene de fortaleza, para que haga valiente ante las dificultades, me capacite para aceptar tu voluntad y me de las fuerzas para no dejar de luchar por los caminos en los que tu me llevas! ¡No permitas,Señor, que me deje arrastrar por los miedos y las incertezas, sino dame la alegría de la lucha constante, la entereza para enfrentar cada una de las pruebas que se me presentan y la capacidad para vencer los obstáculos! ¡Señor, dame la confianza para creer, la fe para esperar, la esperanza para creer lo que tu puedes hacer en mi vida! ¡Señor, que tu seas siempre la luz que me dirige, la paz que serena mi corazón inquieto, la sabiduría para adoptar las mejores decisiones, y el amor que dirija cada una de mis relaciones! ¡Señor, en ti confío!

Este es el día que hizo el Señor – Salmo 117

https://www.youtube.com/watch?v=ULrek3_3TD0

Como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día

Como cada mañana después de la oración aprovecho para salir a correr y hacer un poco de deporte. Al salir al exterior la luz del día me ha recordado esa frase tan hermosa del Libro de los Proverbios: «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día».
Cuando conoces a Jesús y tratas de tener una relación personal con Él sientes que recibes la salvación, así la luz de Dios ilumina tus pasos para transitar impregnados de su manera de vivir y con su paz.
El principio sustancial del caminar en Cristo se asemeja mucho al amanecer, que da comienzo a una vida nueva, que acrecienta su luz en la medida que uno madura en la fe, en la esperanza, en la confianza y, sobre todo, en la comunión con Dios. De ahí, que la actitud que uno debe tener es la de hacer el bien y evitar el mal, de esperar la prosperidad, el avanzar, el mejorar, el dar atención a los demás en todas los aspectos de la vida.
Cuando centras tu atención en lo que va a suceder, cuando tratas de practicar la justicia divina, ser obediente y llevar a cabo buenas acciones, eres más consciente de que la mano de Dios siempre te acompaña. Hay una verdad incuestionable: cuando pides con el corazón abierto siempre recibes, cuando buscas siempre hallas y cuando llama siempre se te abre porque las promesas de Dios no son en vano sino que son luz de vida que Él ofrece en abundancia. «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día». Esta frase me recuerda que mi actitud debe ser enfocada a esperar lo mejor de Diosa no dudar de sus milagros, a los cambios transformadores que habrá en mi vida y que, en todo, allí estará el Señor en cada momento de mi existencia. Y eso no solo es un gran alivio sino un motivo de gran esperanza.

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¡Señor, mi vida es un permanente caminar a veces desviado del auténtico camino por mis caídas y mis faltas! ¡Dame la sabiduría, Señor, para ir por el camino de la vida plena y recorrerlo sin desviarme de él y sin tropiezas que dañen mi corazón y te dañen a ti! ¡Instrúyeme, Señor, por el camino del bien por medio de tu Santo Espíritu, encamíname por las sendas de la rectitud cada instante de mi vida! ¡Hazme cumplir tus mandamientos que son el camino que lleva a la vida! ¡Ayúdame a saber siempre donde pongo los pies para evitar las caídas! ¡Señor, soy consciente de que la senda de los justos es como la luz del día y no quiero entrar en tinieblas! ¡Señor, tu eres la luz del mundo y yo quiero acercarme siempre a esta luz que da vida para no caer en las tinieblas! ¡Señor, tu me otorgas la libertad para elegir el camino, ayúdame a ser siempre responsable de mis actos y no me dejes nunca solo porque necesito de tu luz para caminar! ¡Señor, no solo eres la luz, eres también el camino; eres mi modelo y en todo te quiero imitar! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para vivir como tu, para andar por el camino recto y para dirigir mis pasos hacia la plenitud de la vida!

Gloria, aleluya, cantamos hoy:

 

La oración es abrir puertas al amor

«¡Enséñame a orar!». Escribe a esta página una joven pidiendo que le oriente en la oración. Se puede encontrar en esta página un apartado que guía a la oración. Pero yo mismo me pregunto hoy ¿qué es la oración para mí? Y puedo compararlo con abrir las puertas de mi vida. Abrir la puerta para salir de mi mismo, de las seguridades que me rodean, de la vacuidad de mi mundo interior y de mis autosuficiencias para respirar el aire puro del amor de Dios.
Y, una vez fuera, traspasado el umbral de mi propio yo entrar en el mundo en el que Dios manifiesta todo su amor y toda su misericordia. Es caminar hacia Dios para sentir su presencia vivificante en mi corazón y mirar hacia dentro de mi para conocer mi pequeñez, mis miserias, mis faltas pero también enaltecer mis virtudes con el fin de mejorar cada día y crecer en santidad.
La oración es abrir la puerta de mi vida y dejar que mi corazón sienta la fuerza poderosa del Espíritu soplando sobre mí. Es el perfume del Espíritu que inunda todo mi interior. Es dejarse acariciar por el Espíritu de Dios. Es desprenderse de toda seguridad para llenarse de la gracia del Espíritu, es hacer propia la verdad os hará libres, es dejarse sorprender por los dones que vienen de Dios.
La oración es mirar a Dios a los ojos y sentir su mirada. Es estar alegre a pesar de los cansancios y los agobios para llenarse de la sonrisa de Dios que es puro amor. Es sentir su abrazo, su amor, su querer.
La oración es abrir de par en par las puertas al amor, es dejarse llenar por la gracia de su misericordia, es descubrir el abrazo amoroso del Padre, es sentir como extiende sus manos para acoger nuestra pequeñez.
La oración es renovar nuestro interior, es transformar aquello que está anquilosado; es purificar aquello que debe ser aireado; es renovar aquello que está caduco; es fortalecer aquello que está debilitado; es comprometerse a cambiar lo que debe ser cambiado y es fijar metas nuevas para avanzar en el camino de la vida.
La oración es darse, entregarse y amar. Es conversar con Dios de lo que me preocupa y me alegra; es entregarle a Dios a las personas que amas y que quieres; es darle también a las personas con las que no simpatizas; es interceder por el prójimo, es pedir por las necesidades del mundo.
La oración es poner vendas en las heridas que todavía supuran y curar los rencores que se almacenan en el corazón. Es desprenderse de los egos para dar cabida al amar y dejar que el corazón sea un templo en el que habitando el Espíritu Santo, Dios se sienta a gusto.
La oración es, en definitiva, tener intimidad con Dios. Es abrir de par en par las puertas al Amor.

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¡Señor, haz de mí un alma de oración! ¡Ayúdame a abrirte cada día el corazón para acercarme más a Ti, para que me enseñes a orar, para gozar en silencio de tu presencia, para dejar que sea Tu Palabra la que me llene, que sean tus susurros los que abran mi camino de la vida, para que seas Tu quien me vaya modelando cada día a tu imagen y semejanza! ¡Señor, haz de mi un alma orante porque quiero que en mi corazón haya siempre un espacio en el que Tú te encuentres a gusto! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que sea Él quien ilumine mi oración, para que cree en lo más íntimo de mi yo una actitud de docilidad, humildad y de escucha, para que transforme mi corazón de piedra en un corazón sencillo y transparente, para que me ayude a encontrar esa familiaridad e intimidad que tu quieres para nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser templo de la gracia, un lugar donde Dios se sienta a gusto porque escucha la oración auténtica y sencilla de su hijo! ¡Padre, Dios de bondad, a Ti también te dirijo mi oración porque me has dado la vida, Tú eres el origen de mi existencia, la razón de mi vivir, por eso anhelo que Tu Santo Espíritu mi guíe siempre para comprender tu voluntad y que mi vida no sea más que un reflejo de la tuya, para que pueda convertirme en semilla fértil, fruto madura y luz de la Verdad que es Jesús, Tu Hijo! ¡Haz que brote, Padre, en mi interior un corazón que sienta el auténtico espíritu y sentimiento filial! ¡Señor, enséñame a orar!

La obra que escuchamos hoy tiene por título Liebe, dir ergeb’ ich mich, op. 18 nº 1 (Amor, me dirijo a Ti), compuesta para coro a ocho voces, obra de Peter Cornelius, músico del siglo XIX. Y el amor al que hace referencia es el amor al Salvador.

Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él

¡De qué manera tan hermosa concluye el mes de María: contemplando a la Virgen Santísima en el misterio de su Visitación! «María se puso en camino y fue aprisa a la montaña…». Esto es lo que celebramos hoy, la fiesta de la visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Es la festividad que te invita a ponerte en camino. Y así lo hizo María. En cuanto el ángel le anunció que Isabel estaba encinta caminó hacia aquella casa tan alejada de Nazaret. Sus pies impregnados del polvo del camino anduvieron, no sin riesgos y dificultades, al encuentro de su anciana prima. Los pies de María no se instalaron en la comodidad de Nazaret sino que fueron al encuentro del prójimo porque allí donde va María, va Dios. Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él. Fue María al encuentro de Isabel porque la Virgen quería mostrar que salir al encuentro del prójimo le hacía partícipe del amor, la ternura y la caridad de Dios; que uno no puede encerrarse entre los muros de la comodidad de la vida sino que de manera espontánea tiene que abrirse a la entrega del que tiene cerca; que nuestro camino de creyente es ser misionero, es llevar el anuncio del Evangelio, vivo, auténtico y personal, a todos los rincones; es comunicar a Cristo, es llevar la fe y la esperanza a todo ser humano para llenar su corazón de la alegría cristiana. Somos Iglesia y en el caminar de María nos hacemos Iglesia misionera.
Me sobrecojo cuando siento que en cuanto oyó Isabel el saludo de María quedó llena de Espíritu Santo. Y en el seno de Isabel Juan saltó de gozo. Aquel encuentro entre la dos mujeres es un sencillo Pentecostés, es un epílogo a la gran fiesta solemne que celebramos hace unos días. La presencia de María, tan llena del Espíritu Santo, nos acerca a todos los dones de Dios como sucedió en la Anunciación y como ocurrió también el día de Pentecostés.
Concluye hoy el mes dedicado a María. Es una jornada para estar más estrechamente unido a Ella, para pedirle una abundante efusión del Espíritu Santo sobre nuestro pobre corazón, sobre el mundo y la Iglesia entera, para que haga de nuestra pequeña vida una constante visitación para llevar al prójimo la verdad, la alegría, la justicia, la caridad, la libertad, el perdón y el amor, pilares básicos, esenciales e insustituibles de una auténtica convivencia cristiana.

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¡En este día, María, me haces comprender que debo ser dócil a los planes de Dios y tener siempre en mi vida una actitud de amor y de entrega hacia el prójimo! ¡Que tu ejemplo, Madre, me sirva para ponerme siempre en camino para para llegar «con prontitud» a la casa del prójimo y ponerme a su disposición en cualquiera de sus necesidades! ¡Hazme ver que en cada gesto de servicio, como fue el tuyo con Isabel, tiene como protagonista oculto a Tu propio Hijo pues Tu te acercaste a tu prima en el sagrario de tu corazón! ¡Hazme comprender que donde vas Tu, María, llevas siempre a Jesús; que donde vaya yo, debo llevar también al Señor! ¡Quiero aprender de Ti, María, a olvidarme de mi mismo e ir en busca del prójimo! ¡Ayúdame, María, a ser testigo de lo que hermosamente canta el salmo cuando dice que corro por el camino de tus mandamientos pues tú mi corazón dilatas»! ¡María, Madre del servicio, hazme una persona servicial, amable, generosa, entregada! ¡Llévame, María, por la senda de la caridad y por los caminos del Evangelio!¡María, tu me enseñas también a amar y respetar a los mayores; tu prima  Isabel era de edad avanzada y Tu acudes a su casa para ofrecerle la cercanía de tu amor, de tu ternura, de tu servicio, de tu  ayuda concreta, de tus atenciones cotidianas y de tu entrega; hazme ver en tu prima Isabel la figura de tantas ancianos y enfermos necesitados de ayuda y amor en mi familia, en mi comunidad, en mi barrio y en mi ciudad! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, María!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María cumpliste siempre la Voluntad de Dios con el corazón abierto, te ofrezco mi pequeño Corazón para que lo guardes, uniéndolo al de tu Hijo!

Hoy jueves la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo aunque propiamente lo celebraremos el próximo domingo. Al celebrarlo hoy recordamos el Jueves Santo, día  en que Jesús instituyó la Eucaristía. Es un idea indicado para ponderar el misterio de la Eucaristía y manifestar nuestra fe y devoción a este banquete pascual sacramento de piedad, signo de unidad y vinculo de caridad. 

Como María en la visitación, cantamos a María:

Caminar en la verdad

Caminar en la verdad. Es la categoría fundamental, el criterio sobre el que se basa en la autenticidad en el pensar, en el actuar, en el sentir y en el querer.
Pasar la vida según el criterio de tratar de decir siempre y en todo la verdad. El ejemplo es Cristo. El vino al mundo para testimoniar la verdad pues Él mismo es la verdad. No hay que tener miedo. Hay que andar en verdad delante de Dios, de los demás y de uno mismo, marchando con la conciencia limpia, pidiéndole al Espíritu Santo que ante la flaqueza de la mentira cambie el corazón.
Y aunque Dios comprende nuestras flaquezas, nuestras fatigas y nuestras oscuridades Dios sabe que el hombre tiene la tentación al mal por muchas gracias que tenga por eso solo con la verdad uno es auténticamente libre y fuerte.
Y entonces te preguntas: ¿cuántas veces he preferido el éxito a la verdad, la reputación personal a la justicia, el objetivo a respetar los límites, el ceder a la tentación al cumplimiento de la voluntad de Dios?

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¡Señor, tu conoces mi vida, mis sentimientos, mi corazón; tu sabes que necesito un corazón abierto a tu gracia, a otras maneras de actuar, sentir y pensar; sabes que necesito un corazón que esté principalmente abierto a la Verdad! ¡No permitas que mi corazón se centre solo en mi verdad sino sólo y exclusivamente en la única Verdad que es la que Tú nos has revelado! ¡No permitas, Señor, que me instale en la comodidad de mi vida, en mis costumbres anquilosadas, en mis formas de pensar tantas veces equivocadas, a mi manera de vivir desviada del camino! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu para que ilumine con su gracia la oscuridad que haya en mi! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar bajo la lámpara de tu luz para que las tinieblas interiores no coarten la verdad de mi vida y me permita caminar a la luz de la verdad y la autenticidad! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu me indique el camino a seguir y me otorgue la santa paciencia para aprender a esperar, sentir y escuchar! ¡Ayúdame a ir siempre con la verdad cierta y no permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte del camino correcto! ¡Hazme comprender, Señor, que los tiempos cambian, la sociedad tiene otros valores, pero Tu Verdad prevalece; no permitas que me acomode a la realidad de los tiempos más al contrario concédeme la gracia de que la Verdad crezca en mi interior! ¡Hazme, Señor, apóstol de la verdad en todos los ambientes y envía sobre mi tu Santo Espíritu para que elimine de mi vida todas aquellas máscaras que puedan envolver mi corazón! ¡Ven a mi, luz de verdad, santificador de la verdad, ven a mi alma y quema el corazón con el fuego de tu amor y ayúdame a que la verdad impere siempre en mi! ¡Lo que soy te lo doy, hazme mejor Espíritu de Dios!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Señora, Madre de la Esperanza, que caminaste siempre en la verdad llevando a Cristo en el corazón, haz que la verdad prevalezca en mi corazón!

Caminar en la verdad, cantamos hoy:

Por el camino de Emaús

La aparición de Cristo a los discípulos de Emaús es uno de los textos más hermosos y sobrecogedores del Evangelio de san Lucas. Por circunstancias personales es un texto al que estoy profundamente unido. Como el discípulo sin nombre tantas veces camino por la vida desconfiado, abatido, triste, desanimado, sin esperanza. Como él he perdido la alegría, sintiendo el vacío de la ausencia del que se ama. Esperando. Esperando con un caminar entristecido olvidando que Cristo nunca abandona, que camina junto a mí como un compañero de viaje más, escuchando pacientemente mis rogativas y mis lamentos. Paso a paso, Jesús me escucha con atención y en la oración y en la Eucaristía cambia interiormente mi corazón que arde con el fuego intenso de su amor.
En mi fuero interno confieso que mi corazón arde cuando Jesús está cerca, por eso le pido que se quede conmigo porque atardece y el día decae. A cada llamada, Jesús no desaprovecha la ocasión para sentarse en mi mesa para partir el pan, para partir conmigo mi propia vida, su propia vida.
Emaús es para mí caminar hacia un proceso interior. Un camino interior que te permite crecer y cambiar; un camino que te permite transitar entre la desesperanza y la desilusión a la alegría del encuentro. Un camino que lo centra todo en lo interior.
Emáus es tomar conciencia de que me encuentro en esta vida en un viaje de peregrinación espiritual, en un proceso de fe en constante crecimiento. Un viaje en el que tengo que reconocer a Cristo a mi lado pero que tiene en el Espíritu Santo el guía que despliega sobre mi una incesante maduración personal.
Emaús es ese camino que te permite crecer, madurar, renovarte, sanarte, purificarte, transformar la vida interior, restituir el ánimo y sanar todo dolor. Emaús es ese camino que te permite avanzar y no dejarse vencer por los peligros, las desilusiones y los obstáculos que se presentan.
Emaús es ese proceso que te hace entender que no puedes transitar por la vida sin cambiar nada, sin que nada suceda en tu interior, sin aprovechar la oportunidad para abrirse a la novedad que es Jesús. Quien nunca parte, nunca se descubre a sí mismo en el vivir cotidiano.
Emaús es el caminar para ir mucho más lejos de mi propio yo. Es ponerme en marcha para salir de mi mismo e ir al encuentro de la verdad.
¡Qué gran enseñanza la del encuentro de Emaús! ¡Qué maravilla ese encuentro con el Resucitado! ¡Qué necesidad de urgir con más frecuencia estos encuentros íntimos y personales con el Señor, sentir viva y profundamente el pan que gratuitamente nos da, sentir el vino que fortalece nuestro vivir!

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¡Quédate conmigo, Señor! ¡Quédate y conviértete para siempre en mi acompañante en el camino de la vida! ¡Sé, Señor, mi maestro, mi amigo, mi compañero, mi huésped, mi protector porque la noche va decayendo y está repleta de oscuridades, de incertidumbres, de soledades, de desalientos, de turbaciones, de sufrimientos, de tristezas, de problemas que parecen no tener fin! ¡Siéntate, Señor, a mi lado reparte tu pan de vida! ¡Quédate conmigo, Señor, y no permitas que dude nunca, que me venza el desaliento, que me deje derrotar por las inseguridades y los miedos, que me sacuda el dolor, que me traspase el desencanto! ¡Quédate, Señor, conmigo para crecer firme contigo, para regresar siempre siendo testimonio tuyo, para decirle al mundo que has resucitado y caminas a nuestro lado! ¡Quédate, Señor, conmigo y hazte cada día el encontradizo conmigo cuando me surjan los temores o tome caminos erróneos! ¡Quédate conmigo, Señor, que tengo necesidad de escuchar Tu Palabra, de sentir como arde mi corazón y se fortalece cada día mi fe cuando el sacerdote parte el pan en la Eucaristía! ¡Quédate, Señor, conmigo porque necesito compartir contigo mi vida y la de los míos, no me dejes solo, no permitas que haga el camino por mi cuenta! ¡Quédate, Señor, conmigo para guiarme y ser mi compañero de peregrinaje hacia el cielo! ¡María, quédate Tú también conmigo ya que eres la Madre de los caminantes, la que nunca nos nos abandonas y la que da luz a nuestra vida cuando atardece!

Por el camino de Emaús:

Contemplaré la bondad del Señor

Abro una página para buscar una palabra que me aleccione, que de un soplo de alegría a este día que nace, que transmita más esperanza a mi esperanza, que en mi camino hacia el portal de Belén sienta el aliento del Señor que llega. Y surge, inmaculado, el salmo 27. Y al llegar a este punto «Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivos / Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» me embarga una emoción profunda. Una alegría inmensa.
La cercanía con el Señor ha sido la luz de este Adviento. Y ahora, pronta la llegada de la Navidad, esa luz se convierte en la fuerza de mi vida. Y postrado ante el portal de Belén contemplaré la belleza el Señor, su bondad y su misericordia. En Dios me fortalezco. Pero sobre, todo, mi emoción es intensa al pensar que si su mano misericordiosa no se posara sobre mí cada día para cambiar mi vida, para sanar mis heridas, para levantarme cuando caigo y me desmorono, no sé realmente donde estaría porque no cabría la esperanza.
Pero el Señor dice que espere en Él, que sea fuerte y que tenga valor porque está próximo, está cerca. Ya llega su amor para abrazarme, ya llega su mirada de Niño para abrirme los ojos para comprender que nunca camino solo, que es su bondad infinita la que me envuelve cada día y su misericordia la que me sostiene ante cualquier vicisitud de la vida. Tan simple y a la vez tan mayúsculo.

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¡Gracias, Jesús, porque me enseñas a ver y amar los acontecimientos de la vida con la misma mirada de Dios! ¡Gracias, porque haciéndote Niño me ayudas a comprender cómo actúa Dios! ¡Gracias, porque abres mi corazón para que sea transformado por tu bondad y por tu infinita misericordia! ¡Gracias porque tu cercanía purifica mi conciencia y transforma mi vida, mis palabras, mis acciones, mis pensamientos y mis actitudes! ¡Gracias porque tu ejemplo me invita a comprometerme a hacer el bien a los demás y caminar siempre con el corazón abierto hacia Ti! ¡Señor, quiero alabarte y confiar en ti; te pido que abras en estos días mi corazón, que tomes mi pobre vida y que la hagas más sencilla, que se convierta toda ella en un canto de alabanza por todo lo que operas en mi vida, por lo que haces en mi corazón! ¡Señor, gracias, porque siento tu presencia en mi; siento que bajas a mi miseria y mi pequeñez y me llenas de tu infinito amor, de tu misericordia y de tu paz! ¡Gracias, Señor, porque soy indigno de que entres en mi corazón, pero sé que por tu gran amor es tu Espíritu el que me llena todo! ¡Gracias, Señor; gracias de corazón! ¡Que nunca me falta tu presencia amorosa, que sea capaz de vivir siempre estrechamente unido a tu gran amor! ¡Y postrado ante el Belén, Niño Dios, sólo puedo exclamar con alegre cantar: Espero en ti, Señor; gracias por todo lo que me das y no merezco, Señor!

Una hermosa canción navideña, O Holy Night, que nos invita a abrir el corazón en este tiempo previo a la Navidad: