San José, en el camino de la Pasión de Jesús

Coincide la fiesta de san José, patrono de la buena muerte, con el fin de semana que da comienzo a la Semana Santa. Allí, al Calvario, nos trasladamos todos acompañando al Señor de la Vida que va a dar su vida por cada uno de nosotros. En ese Calvario se nos presentan las tres únicas posibles formas de abandonar la vida terrenal: según el modelo de Cristo, abandonado en las manos del Padre, perdonando y amando; según el de Dimas, el buen ladrón, profundamente arrepentido de su miseria y de su pecado que le permitirá alcanzar la salvación; o de la de Gestas, el bandido que reniega de Dios y prefiere maldecir su destino. Son los tres estadios de la muerte: la santa del Señor, la piadosa del buen ladrón y la deplorable del malhechor.
San José no tuvo ocasión de ver morir a Jesús. Había fallecido unos años antes pero la suya fue la primera muerte santa en la vida de Jesús. Fue, por tanto, una muerte pascual pues Jesús, el Hijo de Dios, había sido acogido por su padre adoptivo con la sencillez de quien acepta un encargo de Dios.
En este sábado, me confío a san José y a la Virgen María, los progenitores de Jesús; los padres que vivieron en la intimidad como Jesús crecía en sabiduría, como se preparaba interiormente para el misterio de la Salvación del hombre. ¿Puede alguien dudar de que en la pequeña casa de Nazaret, en la intimidad de aquel hogar, no hubiese mencionado nunca Jesús el destino que le esperaba en Jerusalén?
En este sábado me confío a san José con un corazón abierto, con un agradecimiento entrañable, con un amor inmenso. Olvidamos tantas veces su «sí» también incondicional, el silencio abnegado con el que vivió los años ocultos de Jesús, la generosidad con la que aceptó la voluntad de Dios, el amor que puso para facilitar las cosas a la Sagrada Familia de Nazaret, el desprendido amor que puso en todo cuanto hizo, la disponibilidad para hacer las cosas sencillas a María y a Jesús… Estoy convencido de que san José, el día de su santa muerte, pudo despedirse de su esposa y de su hijo con la certeza de un encuentro próximo en las alegrías del cielo.
En este sábado me confío a la Virgen María y a san José, pero al padre de Jesús, le pido especialmente hoy, anticipándonos a la Pasión de Jesús, que me enseñe a vivir en el abandono en Dios, en la generosidad y en el amor hacia los demás, en la entrega generosa y sencilla por el bien de los que me rodean y que me ayude a preparar la Resurrección de su Hijo en mi corazón con el anhelo de una auténtica conversión de mi propio corazón.

¡Amado san José, como cabeza de familia, me consagro a Ti! ¡Venero, padre de Jesús, tu corazón santo! ¡Quiero aprender de Ti la fidelidad a todas las obras, a tu esposa María, la madre de Dios, la sencillez de tus actos, el sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Te honro, venerable san José, porque fuiste elegido por Dios para compartir con Él la paternidad de su Hijo! ¡Enséñame como hiciste Tú con Jesús a trabajar siempre honradamente con el trabajo de mis manos, con buenas obras y mejor actitud! ¡San José, tú custodiaste con amor a la Virgen y a Jesús, dedicando tu vida a cumplir calladamente con el mandamiento de Dios, tu sostuviste a la Sagrada Familia con el esfuerzo denodado del día a día, con dificultades pero con alegría, te pido la protección de mi familia! ¡Te pido también cuides de mí! ¡Tú conoces nuestras aspiraciones y deseos, tus sabes de nuestros anhelos y esperanzas! ¡Ayúdame a caminar siempre como hiciste Tú, que tantas pruebas tuviste que pasar, tanto agotamiento acumulaste y tantas privaciones viviste! ¡Enséñame, adorado san José, a apaciguar mi corazón y mi alma y vivir la vida con la misma serenidad y paz interior que tuviste tú y enséñame también a tratar con la misma confianza y amor a Jesús y a la Virgen María!

Felicidades a todos los que tengan por nombre José o Josefa.

Hoy, como no podía ser menos, os ofrezco este Himno a san José:

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¿Por qué tenemos siempre tanta prisa?

Me sorprendo las veces que la prisa se apodera de mi vida. ¿Por qué los hombres tenemos siempre tanta prisa? ¿Por qué vivimos entre la agitación y las sacudidas? ¿Por qué nuestros nervios están siempre a flor de piel? No sabemos ir despacio, caminar tranquilos para disfrutar del tiempo y de la vida, dejar que pase el tiempo para disfrutar de lo que nos rodea. ¿Cuántas veces me pregunto «hacia dónde voy»?
He sido creado para conocer y amar a mi Creador, a participar por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Esta es la razón única y fundamental de mi dignidad y para la contemplación de Dios la prisa es una mala consejera.
Sin embargo mi humanidad me puede. Me puede porque llevo horchata en las venas de mi alma en lugar del fuego del amor de Dios, que es luz y vida en vida. No soy más que un proyecto de vida, labrado por las manos misericordiosas de Dios, pero que se desencanta cuando no se hace su voluntad. Soy alguien que rema a toda prisa por las aguas sucias y turbulentas del mar de la vida, como un pequeño barco de papel que ha salido del puerto sin velas ni cabos y el viento huracanado, las lluvias torrenciales y la fuerte marea le lleva a la deriva. Soy alguien que va tan deprisa que, con frecuencia, olvida la brújula al salir de casa y eso le hace perder el norte de la vida.
Las prisas impiden controlar las marejadas de nuestra vida llena de ruido ensordecedor, gritos que apelan al dinero, al placer, al disfrute de lo material. Vamos tan deprisa que caminamos raudos, como perdidos, sin encontrar la meta en esta sociedad sin entrañas, sentimientos, sentido de Dios. Vamos tan rápidos que no reparamos en el hermano que necesita nuestra ayuda, nuestro consuelo, nuestro abrazo, nuestra palabra de aliento… Lamentablemente nadie deja su piel rota entre las zarzas.
Por eso, en este Año de la Misericordia, no quiero ir deprisa, correr sin saber cuál es mi destino; caminar malgastando mis fuerzas y mi vida sin alcanzar la meta verdadera. En la prisa Dios no tiene cabida en el corazón. Y, si Él no está dentro de mí, ¡la vida me duele y me cansa!

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¡Señor, si Tú me has creado para ir despacio, para hacer las cosas bien, para dar vida a mi vida, para aprovechar la Creación y no malgastar la vida en el consumismo, en lo que no tiene importancia, en afanarme por acaparar! ¡Señor, ven a mi vida porque esta vida sin Ti se me escapa de las manos, se convierte en un muro para que entres en mi corazón y una barrera para darme a los demás! ¡Dame, Dios mío, una de esas palabras tuyas de amor y misericordia para que despierte mi alma y avive mi corazón! ¡Hazme, Espíritu Santo, nacer de nuevo en este nuevo año! ¡Tú, Padre Dios, eres la meta de mi camino sinuoso y tortuoso! ¡Tú eres, Padre de Misericordia, el final de cada una de mis jornadas! ¡Ayúdame a recorrerla serenamente! ¡Quiero seguir, Señor, el camino del hombre nuevo, el hombre que pausadamente dice si a la vida y con tesón, constancia y voluntad la guarda en su corazón! ¡Quiero ser, Señor, hombre de espíritu que haga del amor la verdad de tu Palabra y de tus Bienaventuranzas un desafío! ¡Deseo, Señor Jesús, hacer despacio contigo el camino llevando entre tú y yo —los dos juntos— la pesada carga de mis encrucijadas! ¡Quiero ser discípulo tuyo, Señor, y aprender de Ti, Maestro, a ser libre como el viento, en tu Espíritu renovador, purificador y sanador, que guía y salva!

Una belleza musical: el Alma Redemptoris Mater para seis voces, de Diego Ortiz

Peregrinar es caminar en la tierra

Recuerdo un viaje en familia a Santiago de Compostela coincidiendo con el Año Santo Compostelano. Significó para nosotros abrir nuestro corazón, entrando por el Pórtico de la Gloria para abrazar al Apóstol acompañados de tantos peregrinos en búsqueda de la experiencia de la gracia, del perdón y la redención, de la caridad y el amor. Peregrinamos a Santiago no tanto por abrazar al Apóstol, lo hicimos para encontrarnos con el Señor.
Cada año, un día como hoy, la mirada de Santiago se postra sobre cada uno de nosotros, manifestándonos que Dios existe, que nos ha regalado la vida y que nos llena de su gracia y de su amor al tiempo que nos marca el camino para sentir su presencia en nuestra vida.
Caminar. Peregrinar. Ningún caminante puede abandonar sus razones de vivir y de seguir adelante. Llegar a la tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, marca en ese peregrinaje personal hacia la casa del Padre. En ese comenzar siempre de nuevo, caminando de comienzo en comienzo, sedientos de Dios; necesitados de salud, de amor, de consuelo y de esperanza; necesitados de salvación y de perdón; necesitados de que la misericordia del Señor venga sobre cada uno de nosotros.
Peregrinar es caminar en la tierra. En su momento no fui consciente de que la tumba del Apóstol tenía una significación única en la Iglesia. Que esa tumba es el signo que ayuda a fortalecer nuestra fe como creyentes. Lo he ido comprendiendo a medida que mi fe se ha ido fortaleciendo y mis creencias han sobrepasado la tibieza de tantos años de vida acomodaticia en lo que se refiere a Dios.
Para Santiago el apostolado no fue un privilegio. Fue, sin duda, un don, una misión, una entrega para la que el Apóstol comprometió su vida. La identidad de un apóstol —cualquiera de nosotros está llamado a ser apóstol— revela la identidad del cristiano. Y el compromiso es dar testimonio del amor de Dios manifestando al Señor por medio de la caridad, del amor, del perdón, de la entrega y del compromiso, ofreciendo aquella visión de la vida que dimana del Evangelio, aunque tantas veces nos genere incomodidades.
Tu y yo estamos llamados a cambiar el mundo; tu y yo estamos llamados a continuar la obra de Cristo en la tierra en nuestra familia, en nuestro entorno social, en nuestro trabajo… en definitiva, en todos los ámbitos de la vida. Tu y yo estamos llamados a ser apóstoles en el siglo XVI. Es la llamada de Cristo que no podemos desoír. Es un reto maravilloso y parte de nuestro peregrinaje vital.

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¡Apóstol Santiago te pido hoy por el porvenir de nuestra nación; especialmente por aquellos desesperanzados por su angustiosa situación; por los dirigentes, para que no desfallezcan en sus responsabilidades y que conviertan la política en una actividad noble al servicio del bien común; por nuestro peregrinar a la luz de la fe; para que nos fortalezca la esperanza; por nuestro compromiso para acoger la gracia de Dios, para ser testigos de la alegría y la gratuidad en medio de la tiranía del individualismo y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en nuestra vida! ¡Apóstol Santiago, ayúdame a comprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que Dios nos sale al encuentro como amigo, padre y guía!

Himno al Apóstol Santiago cantado durante el funcionamiento del Botafumeiro: