Santificando el nombre de Dios

Una lectora me envía un mensaje cuestionándome algo que me ha llevado a orar su pregunta: «¿Que le aporto a Dios alabándole si Él, de por si, ya es santo?».
Efectivamente, Dios es santo. El Santo entre los santos. Su propio nombre testimonia su santidad y, sobre todo, su divinidad. Santificar el Nombre de Dios implica ponerlo por encima de todo. Estoy convencido de que ninguna de nuestras oraciones le santifican por razón de su santidad. Pero cuando le alabamos, le bendecimos, le glorificamos y le adoramos lo que realmente estamos haciendo es pedirle desde nuestra humildad y sencillez que su Nombre como se recita en el Padrenuestro, la oración por excelencia del cristiano, «sea santificado» pero no de manera general sino de manera particular en quien le ora, alaba, bendice y adora. ¿No es hermoso y conmovedor pensarlo y experimentarlo?
Dirigiendo la alabanza a Dios no solo le doy gloria sino que recorro junto a Él mi camino de santidad al que Él me ha invitado desde el día que recibí las aguas bautismales y me convertí en miembro de su Iglesia. Me permite hacer justicia a su realidad, reconocerlo, respetarlo y honrarlo, y vivir de acuerdo con sus mandamientos
A Dios le gusta que le alabemos y que le glorifiquemos pero no por mera satisfacción de sentirse halagado sino porque cuando uno se dirige a Él en alabanza se está haciendo un gran bien a sí mismo. Toda alabanza, todo canto de gloria, toda exultación de gracia, toda manifestación de adoración Dios la acoge agradecido pero la retorna de inmediato en el corazón del que alaba en forma de serenidad interior, de paz en el corazón, de alegría en el espíritu. Cuando alabas a Dios te estás olvidando de ti mismo, lo centras todo en Él, abres su corazón a Él, le manifiestas tu entero agradecimiento, tu admiración por lo que hace por ti, das gracias por su amor y su misericordia. Y esto redunda en la felicidad de la persona. Y no hay nada que alegre más a Dios que sentir la felicidad de sus hijos.
Así, cada vez que alabe a Dios y le de gloria podré valorar y deleitarme con la abundancia de dones y gracias que me regala cada día sin ni siquiera haberlos merecido. Y así, inmediatamente, podré elevar mi mirada al cielo, alzar las manos abiertas hacia lo alto y exclamar con fe, alegría y esperanza: ¡Santo, santo, santo, Dios omnipotente; digno eres, Dios de Amor, de recibir la alabanza, la gloria, el honor y la bendición! ¡Santificado seas por siempre, mi Dios, Padre del Amor!

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¡Santo, santo, santo, Dios omnipotente; digno eres, Dios de Amor, de recibir la alabanza, la gloria, el honor y la bendición! ¡Santificado seas por siempre, mi Dios, Padre del Amor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, porque me has dado la vida, por tu amor, por el amor que recibo de los que están a mi lado! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por mi familia en la que debo convertirme en pilar de santificación! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por los talentos recibidos que puedo emplear en tu nombre para hacer el bien! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por las personas que has puesto a mi lado y que me ayudan a ser mejor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por las cruces cotidianas que me permiten recorrer el camino de la vida junto a Jesús! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, cuando las dificultades jalonan mi vida porque me hacen vivir la vida en la plenitud de tu amor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por cada nuevo día que me regalas, por cada jornada nueva que puedo darte gloria, por cada día de trabajo que me permite honrarte desde la santificación del trabajo bien hecho! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, para que te hagas presente siempre en mi corazón, un corazón abierto a la bondad, que rechace la soberbia y el egoísmo, que sea fuerte antes los desprecios y las humillaciones, abierto a la sencillez y a la humildad! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por darme a María como Madre que me consuela, acoge, protege y guía! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por la fe recibida, por mi vida espiritual, por los sacramentos que puedo practicar, por mis grupos de oración, por mi parroquia, por los sacerdotes y consagradas que están a mi lado, por tantos amigos a los que quiero! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, siempre bendecido, glorificado y alabado en mi vida pobre y sencilla, no siempre recta ni perfecta, tantas veces incoherente y tibia, pero que trata bajo el manto protector de María, con la fuerza de los dones del Espíritu Santo y de la compañía de Jesucristo aspirar a la santidad! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, para que tu presencia se haga viva en la vida de todas las personas que me rodean, de la humanidad entera, de los que no te conocen o te rechazan, para que con tu presencia en nuestro corazón el mundo sea cada día mejor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, la belleza más hermosa, el protector de todo, nuestra esperanza, fe y caridad, nuestra vida terna, la infinita bondad, el Dios Todopoderoso, el amor misericordioso, la justicia y la abundancia, la suavidad y la fortaleza de mi vida, la sabiduría y la humildad, todo lo bueno que existe, el mayor bien, el Dios vivo y veraz! ¡Gloria a Ti, Dios de Amor, gloria siempre a Ti!

Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

¿Es posible ser perfecto como el Padre celestial es perfecto?

Conciliar el ideal de perfección que tiene Dios con mi imperfección es una tarea ardua y difícil.  Pero el mensaje, pronunciando por Jesús al término de su sermón en el monte de las Bienaventuranzas, es claro: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
La llamada de Jesús a ser perfectos es una norma que establece para cada uno de nosotros; siendo realistas, ¡parece imposible cumplirla! La exigencia de Jesús está fuera de toda duda pero, tal vez, lo mejor hubiese sido que seáis un tanto por ciento generosos, otro tanto por ciento honrados, otro tanto por ciento serviciales, otro tanto por ciento amorosos… o sed lo que podáis según vuestras capacidades.
Pero el mensaje es contundente: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». ¿Qué significa y qué implica ser perfectos en un mundo tan difícil de vivir y con tanta miseria que se acumula en mi interior? Dios, que es justo, misericordioso y, por encima de todo, amoroso es conocedor de nuestros pecados y no puede permitir que cada uno establezca por su cuenta sus propias normas. El ideal de la perfección es imposible de cumplir. Siendo realistas nadie la alcanzará por su naturaleza pecaminosa, por esa tendencia tan propia del ser humano de caminar aferrados a la soberbia, al egoísmo, al rencor, a la falta de caridad, al juicio ajeno, a buscar sus propias comodidades…
Ante este panorama, ¿vale la pena esforzarse? ¿compensa vivir, tratando de llegar a la perfección aún a sabiendas de que nunca llegaré a ser perfecto? Vale la pena y compensa porque hay un elemento que lo puede todo. La gracia. La gracia santificaste de Dios que se derrama sobre cada uno como un don sagrado. Entre lo que uno es y lo que está llamado a ser se irradia de manera gloriosa la gracia que el Padre, por medio del Espíritu, derrama sobre cada ser humano abierto a su misericordia. Es un regalo que no tiene precio, es un obsequio dadivoso fruto de un amor infinito e inagotable. La misericordia de Dios, que en esta Semana Santa que se avecina, deja su impronta en la entrega de su Hijo, con su pasión, su muerte en cruz y su gloriosa resurrección, cumplió con creces nuestra desventura, nuestro fracaso y nuestra imperfección.
Uno puede vivir condicionado por la búsqueda de la perfección y reconocer que nunca la alcanzará por si mismo. Por medio de la oración, de la vivencia de la Palabra, de la vida sacramental, puede ir moldeando sus imperfecciones. Cuenta con la estima de Dios, su misericordia es tan extraordinaria que Su gracia irradia este esfuerzo por medio de la transformación interior.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Sí, el ideal de Dios es la perfección. Entonces contemplas la cruz. Comprendes su valor redentor. El clima de libertad y de amor que se respira allí. Y asumes con el corazón abierto que el nexo de unión entre mi perfección y la del Padre celestial, radica en Jesucristo. Él es lo que lo hace todo nuevo y nueva puede hacer mi vida si me dejo llenar de Él, con la gracia, la fuerza y los dones del Espíritu.

 

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¡Ayúdame, Señor, a recorrer el camino de la perfección! ¡Concédeme la gracia, Señor, de renovar mi interior, de cambiar mi vida, de buscar cada día la santidad! ¡Ayúdame a reconocerme siempre pecador y desde mi pequeñez tender hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que olvide que estoy llamado como cristiano a la santidad cumpliendo tus mandamientos, renunciando a todo para seguirte a. ti, para lograr una entrega más completa a Ti, entregándome más a los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a aprender a renunciar, a perfeccionar mi vida personal, a responder a las aspiraciones que me pides en mi vida cotidiana! ¡Concédeme la gracia de perfeccionar mi fe, de atender el «sígueme» que pides para mi vida con todas las renuncias que comporta, con una confianza ciega en tu amor, para fortalecerme en mi caminar y para no caer ante los problemas y las dificultades! ¡Ayúdame a tener ser consciente de la perfección de la esperanza que me sitúa en la perspectiva de la vida eterna! ¡Ayúdame a perfeccionar mi amor hacia el Padre, amándolo por encima de todas las cosas, para cumplir con el mandamiento que nos has dado de Amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza! ¡Ayúdame a perfeccionar mi vida con un amor verdadero al prójimo, como expansión del amor hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que el egoísmo, la soberbia o todos los pecados que inundan mi corazón se conviertan en barreras que me acerquen a la perfección! ¡Dame el don de la caridad, por medio de tu Santo Espíritu, para acercarme a los que sufren injusticias, para socorrer a los que sufren soledad, a los que están abandonados! ¡Dame un corazón humilde para dar testimonio de tu verdad, un corazón manso que no juzgue, ni condene, que perdone con alegría, que busque siempre la reconciliación y el amor, que ponga siempre por delante la verdad de tu Evangelio! ¡En estos días, sobre todo, que mi apostolado verdadero mostrar el testimonio de la Cruz y la luz que eres Tu, Señor! ¡Ábreme a la perfección, Señor, porque al cielo quiero llegar!

Del compositor ruso Mihail Ippolitov-Ivanov escuchamos hoy su obra Bendice, alma mía, al Señor, una pieza sencilla pero muy bella a la vez:

¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como hizo la Verónica!

Jesús camina con dificultad hacia el Calvario. La Verónica, compasiva, supera la cruel escolta, adelanta a la soldadesca romana y a la turba vociferante que clama contra Él y limpia con un blanco velo el rostro desfigurado y entumecido de Cristo que, sin embargo, no ha perdido ni su belleza, ni su serenidad.
¿Qué mensaje me ofrecen este paño en el que queda impreso el rostro de Jesús y el gesto tierno, solidario y valiente de la Verónica?
Mientras esta mujer de corazón caritativo limpia con suave delicadeza el rostro del Amor siente profundamente las consecuencias de la maldad perversa del hombre y el desgarro que provoca el mal. Y la Verónica se turba. Y de sus ojos salen lágrimas de tristeza. Las mismas que deberían caerme a mí cuando contemplo mi miseria y mis pecados porque ese rostro ensangrentado de Cristo es consecuencia de mis faltas y de mi oprobio. En mi corazón también debería quedarme cada día impreso el rostro del Cristo doliente para no salirme del camino recto, para luchar por mi conversión interior, para provocar la transformación de mi vida.
Hacer como la Verónica que en un primer instante solo es capaz de ver un rostro torturado, sufriente y dolorido pero que, por medio del gesto amoroso de limpiar aquella figura ensangrentada y herida, su manera de contemplar a Jesús cambiará profundamente. En ese paño queda impregnado el amor y la bondad de Dios que acompaña al ser humano incluso en los momentos de mayor angustia, sufrimiento y dolor. Solo es posible ver y reconocer a Dios desde la pureza del corazón. Ese paño blanco es también la gracia sacramental que se me ofrece en el sacramento de la reconciliación. El alma de los hombres está manchada por el pecado y Jesús me dice que acuda a Él, que me arrepienta, que está dispuesto a acoger con ternura mis fallos y mis caídas para borrarlas de mi alma.
Como con la Verónica, Jesús quiere dejar la impronta de su rostro en mi propio corazón, en lo más íntimo de mi alma. Quiere dejar su amor, su paz, su esperanza. Quiere caminar a mi lado con esa mirada de bondad que todo lo cambia. Jesús quiere que su gracia deje blanquecina mi alma, limpia de orgullo, soberbia, rencores, mentiras, egoísmos, imperfecciones. Quiere que sea su rostro en el mundo, quiere que sea Él mismo en mi entorno familiar, social, profesional. Quiere que viva bajo su mirada y vivir siendo mirada para los demás.
Después de dejar atrás la escena con la Verónica, Jesús avanza con la Cruz a cuestas dejando claro que ningún gesto de amor queda en el olvido, que ningún gesto de caridad, de bondad, de servicio, de entrega, de generosidad, de comprensión… pasa desapercibido porque nos hace más semejantes a Él.
¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como lo limpió la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti!

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¡Señor, permíteme que te limpie el rostro como hizo la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti! ¡Cuando me acerque al Santísimo o la comunión, Señor, que tu rostro quede impreso en lo más profundo de mi alma y lleno de Ti trasmita amor, paz, alegría y felicidad! ¡Que tu gracia, Señor, inunde mi corazón con la blancura de tu amor! ¡Transfórmame, Señor, cámbiame, purifícame y vivifícame! ¡Señor, tu permitiste que la Verónica se acercase a ti, aceptarse este gesto de ternura y caridad, convierte todos mis actos en actos de amor para que cada uno de ellos sean un reflejo tuyo, un testimonio de tu verdad y de tu amor! ¡Que la misma pena que sintió la Verónica por Ti sea capaz de sentirla yo también por los que sufren, los que están solos, los que padecen problemas, los que necesitan ser consolados porque Tú, Señor, estás en ellos presente! ¡Que ese mismo roce tierno de la Veronica sea capaz de darlo yo también por el prójimo para aliviar sus dolores y sufrimientos! ¡Dame el don de la humildad, Señor, para encontrarte y ser capaz de mostrar a los demás tu imagen reflejada en mi, para grabar tu rostro en mi corazón, para ser auténtico discípulo tuyo!

Una hermosa canción relacionada con el tema de hoy:

Como los reyes de Oriente, dejarse guiar por Dios

La Epifanía es la fiesta de la manifestación del Hijo de Dios a las naciones. Los magos que le rinden tributo representan a este mundo pagano que espera reunir a todos los hombres en torno a Jesús. Él mismo, durante su ministerio, se llamará a sí mismo “hijo del hombre” en lugar de “hijo de David”, mostrando que ha venido para salvar a todos los hombres.
A través de los Reyes Magos hoy se me invita a considerar mi aspiración de contemplar a Cristo, en esta búsqueda incesante de Dios. El Salmo 104 ya canta aquello de que se alegren los corazones que buscan a Dios. A los tres reyes los observo hoy como a estos buscadores de Dios a través del tiempo y del espacio.
Como a los magos de Oriente a nosotros nos sucede lo mismo: la lógica y el conocimiento nos puede llevar muy lejos pero puede evitar que alcancemos la meta si la fe no está iluminada por Dios por medio del Espíritu Santo.
Los Reyes Magos se dejaron guiar por Dios. Una enseñanza para que, en lugar de quedarme encerrado en mi propio orgullo, pretendiendo saberlo todo y saber de todo, imitar a estos sabios que aceptaron ser aconsejados por Dios.
Cuando se postran ante el Niño Jesús, sus vidas cambiaron. La contemplación del Niño postrado en el pesebre les abrirá a un mundo nuevo. No es de extrañar, entonces, que recibieran la advertencia del ángel en un sueño para que regresaran por un camino distinto. Habiendo visto a quien es el camino, la verdad y la vida, su vida es la que tomó una nueva dirección iluminada por la verdad.
En el detalle de ofrecer oro, incienso y mirra los Reyes vienen a decir que desde ese momento dejarán de servir al dinero, a los dioses falsos o adorarse a uno mismos y que sólo lo harán a aquel a quien nuestros ojos han visto y nuestras manos han tocado pues Jesús es el Rey y Señor de todos los hombres.
Sí, el viaje de estos tres magos me invita a seguir mi camino hacia la santidad personal, a tener un corazón inquieto abierto a la verdad que no se conforme con lo que es aparente o habitual, que sea capaz de buscar la promesa de Dios, de buscarlo en la realidad de mi vida y de estar siempre vigilante para percibir sus signos y su lenguaje tantas veces silencioso pero perseverante. Y, con la misma actitud de los Magos de Oriente, ir al encuentro de Jesús para adorarle y ofrecerle mi más preciado regalo: mi entrega personal, acompañada del amor incondicional a los que me rodean.¡Feliz vigilia de Reyes a todos, que el mejor regalo sea recibir a Jesús con el corazón abierto!

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¡Reyes Magos de Oriente, vosotros que sois hombres sabios y que os habéis dejado seducir por la Estrella de Belén para venir a nuestros hogares, el mejor regalo que nos podéis dejar es que Dios forme parte del gran tesoro que es nuestra familia porque somos conscientes de que Dios es el origen y el fin de vuestra generosidad y presencia! ¡Os pido, Melchor, Gaspar y Baltasar que depositéis en mi, en mi mujer y en los niños y en el corazón de toda mi familia, amigos y de las personas del mundo el amor a Jesús y de Jesús, el Niño Dios! ¡Señor, Jesús, al igual que los Reyes Magos quiero adorarte cada día! ¡Quiero hacerlo con las manos llenas! ¡Quiero, Señor, ofrecerte el oro de la pobreza de mi vida y de mi corazón, el incienso oloroso de mis pequeñas y sencillas virtudes y de mi oración, la mirra amarga de mis sacrificios y el desprendimiento de lo terrenal para apegarme a las cosas de Dios! ¡Quiero permanecer siempre fiel a Ti, Señor! ¡Quiero honrarte siempre! ¡Quiero alabarte siempre! ¡Quiero ser tu amigo, Señor! ¡Quiero honrar a tu Santísima Madre! ¡Señor, me postro ante Ti porque no te quiero olvidarte jamás, porque quiere tenerte siempre en mi corazón, porque quiero vivir Tu Evangelio en total plenitud, porque te necesito para tener un corazón generoso y misericordioso, porque no quiero olvidar nunca que eres mi Creador! ¡Te quiero, Niño Dios, que has nacido por misericordia de Dios, el Padre que quiere tanto a su descendencia que no puede soportar que los hombres nos perdamos para siempre!

Del compositor francés Francis Poulenc escuchamos hoy su motete Videntes Stellam:

Hoy mi corazón proclama a Cristo como mi Rey

Hoy domingo en la Iglesia celebramos una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, la conmemoración de que Cristo es el Rey del universo y que su Reino es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del perdón, del amor y de la paz.
En este día mi corazón proclama que Jesús, aquel se hincó de rodillas como un vulgar servidor ante los apóstoles para lavarles los pies y que murió derramando su sangre por mí en la Cruz, es mi Rey y mi Señor. Hoy mi corazón proclama con orgullo que Cristo es mi Rey y mi Salvador, que llena mi vida con su divinidad y que me siento profundamente unido a Él, camino de verdad y de vida.
Hoy mi corazón proclama con alegría que ese Rey y Señor es la luz que guía mi camino y quiero alabarle por siempre, quiero exclamar a los cuatro vientos que a «Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Hoy mi corazón proclama que siento la Cruz como el signo paradójico de su realeza y que su ley es cumplir la voluntad del Padre por amor.
Hoy mi corazón proclama que estoy dispuesto a seguir siempre a ese Rey y Señor cuyo poder no es terrenal sino divino, el poder de dar la vida eterna, de liberarnos del mal y de vencer la muerte y el pecado. Que su ley es la ley del Amor capaz de transformar los corazones para llenarlos de paz, amor y esperanza.
Hoy mi corazón proclama que ese Cristo que es mi Rey y mi Salvador es el auténtico testimonio de la entrega y que su bandera es la de la verdad y de la justicia y que seguirle a Él no me garantiza la seguridad según los criterios arbitrarios de nuestra sociedad pero me garantiza la alegría de lo que soy y la seguridad de la paz interior porque Él anida en mi corazón.
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que se quiere gloriar en obedecer sus mandatos y seguir su Palabra porque el fin es vivir con Él en el cielo prometido.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que anhelo impregnar toda mi vida de las enseñanzas de Su Evangelio, transitando por los caminos de la humildad y la sencillez y no por los del orgullo y el egoísmo; de la virtud y la comunión con el prójimo y no por la autosuficiencia y el egoísmo; del bien y la solidaridad y no la mentira; del amor y la justicia y no la falsedad y la arbitrariedad; del servicio desinteresado a los demás…
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que todo cuanto realice en esta vida tiene como finalidad llevar su reinado a la sociedad.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador que implica que mi vida esté abierta al perdón y a la reconciliación, a la aceptación humilde y sincera de lo que soy y de lo que son los demás, del respeto a la diversidad, de la comprensión de la realidad del prójimo, del olvido de mi mismo para ponerme en la piel de los demás, de no importarme ser el menos valorado si soy capaz de ver lo atractivo que atesoran los demás.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que esta afirmación no deseo que quede en palabras huecas y vacías sino que sean un auténtico compromiso de amor y fidelidad a Él.
Hoy mi corazón proclama con fe alegre y rotunda que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque lo creo de verdad, porque creo que mi destino es la vida gloriosa en el cielo, la plenitud del Reino donde Cristo sentado en el trono de la Cruz me espera para compartir la felicidad de la vida eterna en la que yo, pobre instrumento de su amor, podré disfrutar toda la eternidad alabándole siempre a Él junto al coro celestial.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

En esta festividad de Cristo Rey, un regalo de la mano de J. S. Bach. Se trata de su cantata Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 113, (Señor Jesucristo, supremo bien):

Gozoso con el triunfo de María

¡Qué día tan hermoso nos regala hoy la liturgia! Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Esta fiesta invita a recordar que la Virgen, terminada su peregrinación por la vida terrenal, fue invitada por Dios a encontrarse con su Hijo en el cielo quedando liberada de la corrupción del sepulcro. Y en el cielo, Dios le otorga el bellísimo título de Corredentora del genero humano, en ese papel tan relevante de mediadora entre Dios y nosotros, pobres pecadores.
Hoy es la gran fiesta del triunfo de María, la mujer fiel a la voluntad divina. ¿Qué enseñanza tiene para mí la Asunción de la Virgen, cómo puede afectar a mi vida cotidiana esta festividad tan solemne y hermosa? Ella me indica de nuevo el camino hacia la eternidad, morada de Dios. María, que aceptó decidida la voluntad del Padre, que hizo de su vida un compromiso con el destino elegido por Dios, vivió cada instante de su vida unida a Él. Con sus gestos, con sus palabras, con sus sentimientos, con sus actos, María va siempre unida a Dios. El camino de María siempre es un camino hacia Dios. Así, comprendo que en mi hay un gran espacio que debo abrir para que en él quepa siempre Dios. Si con el bautismo soy templo del Espíritu Santo, con la santidad de mi vida puedo ser Arca como lo fue María. La Virgen me demuestra que abriendo mi corazón al Padre nada pierdo y mucho gano. El corazón de María es tan elevado, tan generoso, tan humilde, tan unida a Dios que toda la creación cabía en su interior. María me enseña que Dios está siempre cerca y que unida a Ella puedo estar también muy unido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Que en este día sea capaz de abrirme a la Trinidad, exclamando con jubilo: «He aquí un pequeño instrumento del Señor, hágase en mí según tu Palabra»!

orar con el corazon abierto

¡María, tu me guías siempre el camino a seguir! ¡Tu Asunción, Señora, es la gran respuesta de Dios que me enseña que el Padre siempre abre los espacios a los que seguimos su voluntad! ¡Ayúdame, María, estar unida a Dios como lo estás Tú! ¡Hazme ver cada día que Dios está cerca y que unido a Él pueda ver el misterio que descansa en mi interior! ¡Hazme ver que en mi vida hay espacio siempre para Dios porque Dios está presente siempre en mi pobre corazón! ¡Hazme ver que esta presencia de Dios ilumina mi vida, mis problemas, mis tristezas, mis caídas, mis caminos, mi fe, mi esperanza y mis anhelos! ¡Ayúdame a abrirme a Él como lo hiciste Tú, María, para serle fiel hasta la cruz y cruz de amor! ¡Ayúdame a ser testigo fiel de Jesús en este mundo que se aleja de Él! ¡Recuérdame siempre, María, que Dios me espera; cógeme de la mano, María, porque sé que el camino al cielo no lleva al vacío sino a la plenitud! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón grande para dar cabida a Dios y al prójimo! ¡María, Tú eres el consuelo, la esperanza, el amor, la alegría, la guía de mi peregrinar… te encomiendo mi vida, Señora, para que mi fe se haga más firme, para que me ayudes a vivir con esperanza y coherencia cristiana, con el deseo vivo de agradar a Dios, para incendiar mi amor por Jesús, para que mis obras sean agradables a Él! ¡Madre, tu eres la luz que da esplendor a nuestra vida, porque vives en Cristo y para Cristo; aquí estoy para buscar tu amparo y tu protección y para implorar tu intercesión antes los desafíos de mi vida! ¡María, Reina de la Paz, en vos confío! ¡María, Señora de la Alegría, bendice al mundo entero tan necesitado de tu intercesión y de tu amor de Madre!

En este día de la Asunción presento una obra bellísima de Marc-Antoine Charpentier: Missa Assumpta est Maria H.11. ¡Qué la disfrutéis con María en el corazón!:

En sintonía con el Espíritu Santo

En el comienzo de toda oración invoco al Espíritu. «¡Ven Espíritu Santo para que pueda abrir mi corazón a Dios y ser sensible a su mensaje!». Es el Espíritu Santo el que te invita a rezar, quien te enseña los caminos de la oración, el que te sugiere las palabras que surgen de tus propios labios y de tu corazón para dirigirse a Dios. Es el Espíritu Santo el que te acompaña en la plegaria, rezando contigo y tu con Él. De hecho lo hacía siempre con el mismo Cristo. «En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido» (Lc 21:10). O como dice san Pablo en la Carta a los efesios: «Elevad constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu».
El Espíritu Santo ampara tu oración. El Espíritu Santo acompasa las notas de tu sintonía de oración. El Espíritu Santo aviva tu corazón. Sin la fuerza del Espíritu Santo, sin su gracia santificante, sin su estela de sabiduría, la oración se queda en medias palabras. La oración tiene fuerza, viveza, alegría, esperanza cuando brota directamente del Espíritu, dador de vida. Ya lo dice tan bellamente san Juan en el epílogo del Apocalipsis: «El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!» Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida».
Encomendarse al Espíritu Santo, el Espíritu de Amor, es una recomendación del apóstol san Pablo que recuerda que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables.
¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor y abre mi corazón al susurro de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo, Dios de infinita caridad, dame tu Santo Amor! ¡Espíritu Santo de piedad y dulce caridad lléname de tu sabiduría, de tu fuerza y entendimiento! ¡Espíritu Santo, fuente de luz, mándame tu Luz desde el cielo, ilumina mis actos y palabras, purifica mi alma y mi cuerpo y dame tu paz! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, perdona mis continuas infidelidades hacia la Santísima Trinidad! ¡Espíritu Santo, te adoro con toda humildad, te alabo con toda alegría y te bendigo con toda sencillez; en Ti busco amparo, protección y defensa para salir siempre victorioso de todas mis aflicciones! ¡Espíritu Santo, Dios eterno, cuya gloria colma cielos y tierra, iluminame, guíame, fortaléceme, consuélame y lléname de paz! ¡Espíritu Santo, ven y sana mi pobre corazón repleto de heridas, ayúdame a sobrellevar las adversidades de la vida y que tu misericordia sea mi seguridad y mi protección! ¡Espíritu Santo, Consuelo del alma, que tus santas inspiraciones me llenen para que vea claro, hazme fuerte para salir de cualquier situación, guíame y dirige mis pasos para que no cometa errores, y así, si es tu Santa Voluntad, concédeme el alivio y el consuelo en mis graves angustias, ayúdame en este favor en particular porque mis fragilidad no me permite avanzar por mi mismo! ¡Espíritu Santo, desde lo más profundo de mi ser y de mi corazón creo, espero y confío en Ti, sé que me acompañas cuando estoy débil, y estás a mi lado dándome impulso para seguir, sé que me guías por las mejores sendas, me iluminas y me inspiras con tus dones, sé que me otorgas tu Santo Amor para que no sufra y confío y espero que así seguirá siendo siempre!

Ven Espíritu de Dios cantamos dirigiéndonos al dador de vida:

Rendir cuentas sinceras a Dios

Al final de la jornada, cuando cae la noche, Dios desea escuchar de tus propios labios cómo te ha ido el día y como te has desempeñado en el trabajo apostólico. Cuando rindes sinceras cuentas y con el corazón abierto de lo que has hecho te das cuenta que es mejor hablar poco y obrar mucho. Que lo que Dios espera de ti es un compromiso firme, mucha humildad y sencillez, mucha oración, mucha generosidad y, también, mucho silencio interior.
Comprendes que estás marcado por la cruz de Cristo, con el sello del bautismo, con la luz de Espíritu y que estás creado para alcanzar el cielo prometido. Que no es suficiente con adorar la cruz de Cristo: hay que aprender a cargar con ella en tu fragilidad y tu entereza cristiana.
La cruz no está lejos de uno, te acompaña siempre. Y no merece lamentarse porque sea demasiado pesada. El Señor no te la coloca en la espalda si no la puedes llevar y no permite cargarla por encima de tus propias fuerzas.
Sabiendo esto hay que poner todo el empeño para mejorar al día siguiente cuidando el corazón para que en él habite el Espíritu Santo, custodiándolo como un tesoro para que no entren los malos pensamientos, los sentimientos negativos, las malas intenciones, la soberbia, el orgullo, las malas acciones, los celos, la tibieza, las envidias…
Ese tiempo de reflexión nocturno es un camino hacia Dios. Convertirse implica ser cada vez más como Jesús: pensar como Él, sentir como Él, actuar como Él, amar como Él. Exige un esfuerzo progresivo y continuo. Y el conocerte a ti mismo te ayuda a progresar y ser testimonio del Evangelio de Cristo. Y caminar en pos del cielo prometido.

orar con el corazon abierto

En este día la oración no es mía. Pero es una plegaria muy hermosa para rezar por la noche, que a mí me gusta realizar en ocasiones porque me ayuda acostarme en paz:
Padre mío, ahora que las voces se silenciaron y los clamores se apagaron, aquí al pie de la cama mi alma se eleva hasta Ti para decirte:Creo en Ti, espero en Ti, te amo con todas mis fuerzas.Gloria a ti, Señor.
Deposito en tus manos la fatiga y la lucha, las alegrías y desencantos de este día que quedó atrás.
Si los nervios me traicionaron, si los impulsos egoístas me dominaron, si di entrada al rencor o a la tristeza,¡Perdón Señor! Ten piedad de mí.
Si he sido infiel, si pronuncié palabras vanas, si me dejé llevar por la impaciencia, si fui espina para alguien, ¡Perdón Señor!
No quiero esta noche entregarme al sueño sin sentir sobre mi alma la seguridad de tu misericordia, tu dulce misericordia enteramente gratuita, Señor. Te doy gracias Padre mío, por que has sido la sombra fresca que me ha cobijado durante todo este día. Te doy gracias porque invisible, cariñoso, envolvente me has cuidado como una madre, a los largo de estas horas.
Señor, a mi derredor ya todo es silencio y calma. Envía el ángel de la paz a esta casa. Relaja mis nervios, sosiega mi espíritu, suelta mis tensiones, inunda mi ser de silencio y serenidad. Vela sobre mí, Padre querido, mientras me entrego confiado al sueño, como un niño que duerme feliz en tus brazos. En tu nombre, Señor. Descansaré tranquilo.

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Por tu limpia concepción, ¡oh Soberana Princesa! una muy grande pureza te pedimos de corazón.

Encontré una paz, cantamos hoy acompañando la meditación: