Unirme a la cruz para desclavar a los que están clavados

El de la Cuaresma que ya termina es un camino de interioridad pero también de ser consciente de tantas cosas que te suceden. Una de ellas es que la vida, pequeña y frágil, con sus altos y sus bajos, con sus alegrías y sus penas, son un regalo maravilloso de Dios. De un Dios que es la exaltación del amor, que derrocha a espuertas misericordia.
Me llena de alegría pensar que Dios me ama simplemente por pura bondad porque, habiéndome creado, me ha convertido en una pieza de su amor desbordante y desinteresado. ¡Qué gran regalo el de la vida! ¡Qué gran regalo el de nacer a la vida cristiana con el sacramento del Bautismo! ¡Qué gran regalo el del Padre entregando a Cristo que te permite caminar en una dirección, con un proyecto vital, con una doble seña de identidad: la cruz y el amor!
Cristo, pronto crucificado, integrado en mi vida. Insertado en lo profundo de mi corazón. Vivificado en Él que es todo amor gratuito y generoso, todo gracia, todo don, todo bondad, todo entrega…
En esta Cuaresma, en este camino de interiorización profunda, busco a este Jesús que desprende ese amor gratuito; un amor que, por mis abandonos, faltas, caídas y miserias, no soy digno de recibir pero que Dios me regala por gracia y bondad.
No dejo de contemplar al Cristo crucificado; contemplo ese amor incomprensible para la mirada humana pero tan arraigado a la luz de la fe. Es un amor tan grande, tan profundo, tan lleno de tanta ternura, delicadeza, dulzura y compasión que no puedo más que desconcertarme. Ese amor sin medida del Cristo prendido y colgado en la Cruz es un regalo valiosísimo del Padre, que acojo con el corazón abierto. Y siento una necesidad profunda de abrazar la cruz; y desde ese abrazo romper aquello que me encadena al pecado, que busque el perdón, que acuda al encuentro del prójimo, que me acerque al que me da la espalda, que no juzgue, que prescinda de los convencionalismos que discriminan, que, que, que…
Siento en ese abrazo a la cruz, en ese amor que desborda la cruz, que deseo unirme a ella para desclavar a todos aquellos que están clavados por sus sufrimientos, sus dolores, sus heridas, sus angustias… Y hacerlo por puro amor, el mismo que siento Cristo desborda a raudales en mi pequeño corazón.

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¡Gracias, Señor, porque eres puro amor! ¡Porque me enseñas el sentido profundo del amar! ¡Gracias, Señor, porque me muestras lo importante que es abrazar la cruz para obtener frutos de ella! ¡Gracias, Señor, por morir por nosotros en la cruz! ¡Gracias, Señor, porque tu escuela del amor y de la cruz es pura enseñanza para mí; me muestras a poner amor en mis cruces cotidianas y en mis debilidades, caídas y sufrimientos aprendo a apartar estos obstáculos que me impiden seguirte con alegría y con amor! ¡Gracias, Señor, porque sin merecerlo me invitas a abrazar tu cruz y acompañarte en el camino de la vida, acompañando también a los que tengo cerca y que sufren cruces más grandes que la mía! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas lo importante que es amar y que la cruz me lleva siempre hacia el prójimo! ¡Gracias, Señor, porque este camino de Cuaresma me puedo impregnar de tu amor y desde tu amor vivir caminos de paz, reconciliación, de misericordia y de perdón!

Tres gestos: adoración, ofrenda y camino

La fiesta de la Epifanía te lleva a una aventura espiritual muy enriquecedora. Melchor, Gaspar y Baltasar son tres modelos para mi viaje en el camino de la fe a través de los gestos que muestran en su presencia ante el Niño Dios.
Lo más hermoso e inspirador: cuando los Reyes Magos se encuentran con Jesús le adoran. Siguieron la estrella buscando a Aquel que está por encima de todo, el Señor de los señores. No se desaniman por lo que ven: un niño envuelto en pañales. Por el contrario, se arrodillan y reconocen a Aquel que el mundo ha estado esperando. Lo adoran porque en Él descubren la manifestación de Dios al mundo no solo para el pueblo de Israel, sino para todos los pueblos. Para ti y para mí en nuestra individualidad.
Dios que es amor se manifesta bajo la apariencia de un Niño que devendrá el Salvador de la humanidad por su obediencia a Dios y dando su vida por el prójimo. ¿Cómo no inclinarse como los tres magos ante Él? Con este gesto de adoración no hago más que reconocer la grandeza del amor del Dios creador y asegurarle no solo el agradecimiento sino que me inclino ante su voluntad de salvación que une a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Es reconocer que esta salvación es un puro regalo gratuito de su parte. Y es por eso que no puedo dejar nunca de adorarle para darle gracias por las maravillas que Dios hace y que continúa haciendo en el ahora de mi vida.
Pero estos gestos de adoración de los magos se extienden a través de la ofrenda. Esto es lo que simbolizan las ofrendas de los Reyes Magos: oro, incienso y mirra. Los Reyes Magos le han ofrecido sus tesoros a Jesús y yo ¿qué tengo que ofrecerle? Simplemente lo que soy, mi realidad, mis miserias, mis bienes y mis talentos.
Mis miserias reconocidas y asumidas en la fe pueden ser el mayor regalo para el Niño Jesús que los acoge con misericordia. Mis bienes y mis talentos depositados en el pesebre, manifiestan mi voluntad de tomar posesión de mi mismo y de abrirme a la acción de Dios. Y Él todo lo acoge con amor. Miserias y límites asumidos, bienes y riquezas, talentos y cualidades puestas al servicio de Dios y del prójimo. ¡Qué hermosas ofrendas! Es el incienso de mi pequeñez y mis miserias lo que agrada a Dios, el oro de mis pocos bienes y riquezas materiales y espirituales que le cedo alegre y la mirra de mis talentos y cualidades naturales recibidos del creador que ofrezco para su gloria.
Pero los Reyes Magos no se encierran seguros en el establo de Belén. Tan pronto como pueden buscan una manera de regresar a su país y al hacerlo se convierten en mensajeros de las Buenas Nuevas anunciadas por el nacimiento de este Niño. Este mensaje lo difundirán en sus países y en sus respectivos ambientes como debo hacer yo en mi familia, en mi entorno laboral, social o parroquial. Un mensaje universal para toda la humanidad.
Me hace comprender que cuando estoy cansado ​​de mirar a mi alrededor y ver la desafección religiosa de muchos de los que me rodean, estoy invitado a explicar al mundo que se nos ha dado un Salvador.
Este día de la Epifanía no me puede dejar indiferente. Basta con hacer los gestos que ellos hicieron: adoración, ofrenda y camino. Siguiendo su ejemplo, ¡quiero esforzarme por cultivar estos tres gestos en mi vida!

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¡Niño Dios, me acerco al pesebre para adorarte y glorificarte, para con un corazón abierto y santificado para convertirme en una ofrenda para Ti con mi forma de actuar, de pensar, de vivir, de servir! ¡Que siguiendo el ejemplo de los Reyes Magos mi vida sea una ofrenda permanente de adoración, de oración y de interioridad para que puedas tocar mi corazón y hacerte siempre presente en mi vida! ¡Señor, te ofrezco lo que soy que es poca cosa, te entrego mi vida porque tu eres mi Dios y eres digno de alabanza y adoración! ¡Quiero hacerte una ofrenda total: aquí tienes mi corazón pobre que solo tu puedes transformar! ¡Señor, haz de mi una oblación eterna, una vida que sea ofrenda siempre para ti, una vida entregada al sacrificio y el servicio a los demás, una vida que sea agradable para Ti, un sacrificio de alabanza y adoración! ¡Que mi vida sea para Ti como una oración con el corazón abierto! ¡Señor, tu eres el Dios de mi existencia, eres verdad en mi vida, eres el que da significado a todo mi ser, eres la verdad real de mi vida! ¡Te ofrezco mi vida y como hicieron los Reyes Magos quiero que sea una constante de ofrenda, adoración y camino! ¡Todo tuyo, Señor!

¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús! 

¿Soy capaz de ver las maravillas de Dios?

Los seres humanos no solo somos cuerpo y materia somos también espíritu. Tenemos alma y esa alma, repleta del amor de Dios y de su misericordia, maravilla entre las maravillas, ¿no debería llevarnos a un permanente agradecimiento precisamente por las maravillas que Dios realiza en cada uno de nosotros?
Lo dice la misma Biblia, en el Libro de Job: Dios «hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables». Pero, ¿Cómo cantar las maravillas de Dios con vidas con tanto sufrimiento y dolor, con tantas heridas en los corazones, con tanto padecimiento y tantas penas, con tantas confusiones que agobian el interior de los hombres, con tantas cruces que cargar, con tantos desiertos que transitar…? ¿Cantar sus maravillas cuando no se comprende su voluntad, sus designios, sus caminos, con lo difícil que es el compromiso en la vida, el vivir con pasión el evangelio desde la realidad personal, desde las complicadas tareas que nos trae la vida…?
Es en el misterio escondido de la vida cuando se hacen más presentes las maravillosas grandes cosas que hace Dios en el  interior de cada ser humano. Es en las noches oscuras cuando más potente surge la luz de Dios.
Yo creo en las maravillas que hace Dios. Creo que Dios transforma los corazones. Creo que hace una obra de arte perfecta en cada ser humano. Pero también creo que estas maravillas son posibles si te dejas amar por Él. Por eso hoy le pido a Dios que abra mis ojos sean para que sean capaces de ver cada día las grandes maravillas que hace en mi.

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¡Padre, dame ojos cristalinos que me permitan ver con claridad las grandes maravillas que haces cada día en mí! ¡Unos ojos claros y nítidos que vean más allá de lo visible, que no se queden en lo racional, sino que me permitan observar más allá de lo que se ve! ¡Pero, sobre todo, Padre, concédeme la gracia de ver desde el corazón para ser capaz de observar todo aquello que se escapa a mi visión! ¡Quiero ver, Padre, cada una de tus maravillas que son parte de las promesas que nos haces, que comprender que cada palabra, cada encuentro cotidiano, cada mirada, cada gesto de amor, es una maravilla que me regalas tu! ¡Te pido, Padre, que toques mis ojos con dulzura para sanarme de la ceguera que tantas veces me imposibilita ver lo que es importante y lo que merece la pena ser vivido! ¡Concédeme la gracia, Padre de bondad, de tomar conciencia en cada momento que tus maravillas se hacen presente en todos los momentos de mi vida, en los detalles de los cotidiano, en las pequeñas cosas de cada día, en los acontecimientos importantes de la jornada! ¡Concédeme, Señor, la gracia para saber ver en lo que pones en mi camino! ¡Dame también, Señor, la sabiduría y el discernimiento para abrir mi corazón y comprender que yo, hijo tuyo, creación tuya, soy una maravilla tuya, que todos los hombres lo somos, por eso te pido que me hagas humilde, pequeño y sencillo para admirar con mayor grandeza la gran obra que has hecho en cada uno de nosotros! ¡Padre, gracias por las grandes maravillas que realizas cada día, gracias por las cosas buenas que nos regalas, gracias por las oportunidades que nos ofreces, gracias por la maravilla de la vida, de la fe, de la esperanza, de la confianza en ti! ¡Gracias, Padre, porque la gran maravilla eres tu, es Jesús, es el Espíritu Santo, es María, maravillas que me empujar a seguir, a avanzar y a ser eterna y profundamente feliz!

Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

¿Qué andas buscando hoy?

Parece mentira pero en unos días comenzará la Cuaresma, tiempo que nos llevará al tiempo de Pascua. Ahora transitamos por el Tiempo Ordinario, poco festivo pero igual de importante. Cuando no hay grandes festividades es un periodo que te ayuda a crecer en fidelidad y escuchar desde otra perspectiva la Palabra de Dios. Siento que en este tiempo es cuando más me llama Jesús. Hay muchas llamadas en nuestra vida pero no siempre tienes la predisposición para escucharla.
Cuando te encuentras con Cristo y escuchas su llamada no puedes quedarte indiferente. El encuentro con Cristo debe ser el punto de partida de una vida completamente nueva, renovada, especial. No hay que olvidar que el hombre, y especialmente el cristiano, está sujeto a todo tipo de tentaciones. Pero el Señor permanece allí, caminando a tu lado, llamándote. Y uno está invitado a escuchar su palabra y a ser guiados por la gracia del Espíritu.
Me viene el recuerdo de la vocación de los primeros discípulos. Seguro que muchos de ellos habían escuchado las prédicas de Juan el Bautista y sabían que hablaba de Jesús como «el Cordero de Dios». Cuando recibieron la llamada de Cristo lo dejaron todo y se apresuran a seguirlo. En algún pasaje del Evangelio Jesús hace esta pregunta directa: «¿Qué buscas?» Es una de las interpelaciones más profundas para cavar en el corazón el deseo de seguirle. La respuesta es la búsqueda del absoluto.
La misma pregunta me la interpela el Señor cada día: ¿qué andas buscando hoy? ¿Buscas la verdad de las cosas y de la vida o buscas la comodidad o el atajo equivocado que te lleva por el camino del error y del autoengaño? Y para que no olvides que camina a tu lado, exclama en tu interior: «¡Ven y verás! ¡Ven porque lo que verás te va a sorprender!». Al igual que esos primeros discípulos estoy llamado a escuchar esa invitación del Señor y caminar —aunque sería más justo decir, vivir— junto a Él.
Las páginas del Evangelio te interpelan siempre e insisten en la relevancia que tiene cada encuentro con Cristo. Y lo puedo conseguir por medio de la oración, de la vida de sacramentos, en la Eucaristía diaria, en el encuentro generoso con el prójimo, en mi entrega caritativa a los demás…
¡Con los demás! ¡Cuántos han compartido con nosotros su experiencia de fe! Es junto con el prójimo que uno también camina siguiendo a Cristo. Cada uno de nosotros puede ser «mediador» y «mensajero» en la vida del prójimo.
Las buenas nuevas del Evangelio, como discípulos de Cristo que somos, deben ser anunciadas sin miedo a todos los que conocemos, sin excepción. No se trata de convertir o convencer sino de testificar y fomentar el encuentro personal con Cristo. Así se ha transmitido de generación en generación. No con palabras grandilocuentes sino con el ejemplo personal. Es a través de nuestras respuestas personales y colectivas como se construye el Cuerpo de Cristo, Santuario del Espíritu Santo. Es hacer visible al prójimo el «¿Qué buscas?» y el «¡Ven y verás!».

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¡Señor mío y Dios mío, gracias porque te haces presente en mi vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de cada día ser consciente de que me acompañas, de que iluminas mi camino! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de discernir qué deseas para mí, cuál es tu plan de amor en mi vida! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para que por medio de su gracia me otorgue la sabiduría y la fortaleza para que sea capaz de seguir tus caminos con amor, docilidad, grandeza de espíritu y generosidad! ¡Ayúdame, Señor, a acudir a Ti y permanecer en Ti! ¡Señor, Tú sales a mi encuentro, me interrogas y me preguntas qué busco; no permitas que dude ni que tome otro camino! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que en la vida que tu propones solo hay una manera de estar y es viendo y estando contigo, sintiendo tu presencia, siendo tu discípulo, dando testimonio coherente de mi vida! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, no permitas que me paralice, que tenga miedo a darte mi sí, a adentrarme en lo desconocido, a tomar opción por Ti, a tener confianza plena en lo que me propones! ¡Señor, soy consciente de que a tu lado la vida cambia; ayúdame a transformar mi vida, a dar un paso adelante para cambiar la sociedad, para ayudar a los que me rodean! ¡Señor, Tú lo sabes todo, tu sabes que te amo pero que flaqueo, que muchas veces me alejo de Ti, que camino con incertezas, que me separo de tu amor pero estoy dispuesto a volver a Ti, a recibir tu amor, tu misericordia y tu perdón, a vivir acorde con tus enseñanzas, a ser tus manos, tu pies, tus labios, tus ojos y todo tu ser para llevar al mundo la justicia que prometes, el amor que nos regalas, la esperanza que nos llena, las palabras que consuelan, la caridad del que se entrega! ¡Señor, te busco y voy hacia ti porque quiero ver pero te suplico que por medio de tu Santo Espíritu me hagas tu evangelio, página viva que la gente pueda leer para que mi vida sea testimonio de verdad, obra y palabra que te testimonie! ¡Dame la fortaleza para desarrollar todos los talentos que me has regalado y hacer siempre con alegría, amor y generosidad las cosas bien para gloria tuya!

Ven y verás, cantamos hoy:

Gozoso con el triunfo de María

¡Qué día tan hermoso nos regala hoy la liturgia! Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Esta fiesta invita a recordar que la Virgen, terminada su peregrinación por la vida terrenal, fue invitada por Dios a encontrarse con su Hijo en el cielo quedando liberada de la corrupción del sepulcro. Y en el cielo, Dios le otorga el bellísimo título de Corredentora del genero humano, en ese papel tan relevante de mediadora entre Dios y nosotros, pobres pecadores.
Hoy es la gran fiesta del triunfo de María, la mujer fiel a la voluntad divina. ¿Qué enseñanza tiene para mí la Asunción de la Virgen, cómo puede afectar a mi vida cotidiana esta festividad tan solemne y hermosa? Ella me indica de nuevo el camino hacia la eternidad, morada de Dios. María, que aceptó decidida la voluntad del Padre, que hizo de su vida un compromiso con el destino elegido por Dios, vivió cada instante de su vida unida a Él. Con sus gestos, con sus palabras, con sus sentimientos, con sus actos, María va siempre unida a Dios. El camino de María siempre es un camino hacia Dios. Así, comprendo que en mi hay un gran espacio que debo abrir para que en él quepa siempre Dios. Si con el bautismo soy templo del Espíritu Santo, con la santidad de mi vida puedo ser Arca como lo fue María. La Virgen me demuestra que abriendo mi corazón al Padre nada pierdo y mucho gano. El corazón de María es tan elevado, tan generoso, tan humilde, tan unida a Dios que toda la creación cabía en su interior. María me enseña que Dios está siempre cerca y que unida a Ella puedo estar también muy unido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Que en este día sea capaz de abrirme a la Trinidad, exclamando con jubilo: «He aquí un pequeño instrumento del Señor, hágase en mí según tu Palabra»!

orar con el corazon abierto

¡María, tu me guías siempre el camino a seguir! ¡Tu Asunción, Señora, es la gran respuesta de Dios que me enseña que el Padre siempre abre los espacios a los que seguimos su voluntad! ¡Ayúdame, María, estar unida a Dios como lo estás Tú! ¡Hazme ver cada día que Dios está cerca y que unido a Él pueda ver el misterio que descansa en mi interior! ¡Hazme ver que en mi vida hay espacio siempre para Dios porque Dios está presente siempre en mi pobre corazón! ¡Hazme ver que esta presencia de Dios ilumina mi vida, mis problemas, mis tristezas, mis caídas, mis caminos, mi fe, mi esperanza y mis anhelos! ¡Ayúdame a abrirme a Él como lo hiciste Tú, María, para serle fiel hasta la cruz y cruz de amor! ¡Ayúdame a ser testigo fiel de Jesús en este mundo que se aleja de Él! ¡Recuérdame siempre, María, que Dios me espera; cógeme de la mano, María, porque sé que el camino al cielo no lleva al vacío sino a la plenitud! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón grande para dar cabida a Dios y al prójimo! ¡María, Tú eres el consuelo, la esperanza, el amor, la alegría, la guía de mi peregrinar… te encomiendo mi vida, Señora, para que mi fe se haga más firme, para que me ayudes a vivir con esperanza y coherencia cristiana, con el deseo vivo de agradar a Dios, para incendiar mi amor por Jesús, para que mis obras sean agradables a Él! ¡Madre, tu eres la luz que da esplendor a nuestra vida, porque vives en Cristo y para Cristo; aquí estoy para buscar tu amparo y tu protección y para implorar tu intercesión antes los desafíos de mi vida! ¡María, Reina de la Paz, en vos confío! ¡María, Señora de la Alegría, bendice al mundo entero tan necesitado de tu intercesión y de tu amor de Madre!

En este día de la Asunción presento una obra bellísima de Marc-Antoine Charpentier: Missa Assumpta est Maria H.11. ¡Qué la disfrutéis con María en el corazón!:

¿Renunciar o no renunciar?

Me invitan a una cena de verano con personas de diferentes ambientes, la mayoría de ellos ⎯⎯por su comentarios ⎯⎯ no creyentes. Incluso hay una mujer que, en el fragor de la conversación, sentencia que el «cristianismo es algo anti-natural». Para no estropear la velada hasta ese momento he permanecido en silencio. Pero no puedo dejar de intervenir. En la opinión respetable de estas personas entregadas a la satisfacción de los caprichos no se puede comprender que seguir a Jesús no implica renunciar a las cosas bonitas de la vida. Al contrario, seguir a Cristo es poseerlo todo porque Él lo da todo.
Cuando uno escucha hablar de «renuncias» en quienes no creen en la Verdad lo habitual es que emitan juicios despiadados contra la fe católica y, así, surge la ocasión perfecta para despreciar las enseñanzas de la Iglesia y criticar a los que seguimos a Cristo. Quienes así actúan no comprenden el verdadero sentido de la «renuncia».
Tengo un amigo que es cantante de ópera y, en la actualidad, actúa en los más importantes escenarios del mundo triunfando con su voz. Un sobrino mío ha aprobado recientemente las oposiciones al Banco de España después de tres años de denodado esfuerzo. Desde muy jóvenes ambos, por decisión propia y en aras a su sueño profesional, han «renunciado» a los divertimentos nocturnos, a los viajes, a los «placeres» de la vida. Nadie pone el grito en el cielo por ello porque sus esfuerzos han supuesto «renuncias» que la sociedad observa como algo positivo y natural. Sin embargo, en el cristianismo la crítica maliciosa es su sentido «anti-natural».
Toda renuncia se realiza, en la mayoría de los casos, por un fin superior. En el caso de mi amigo y de mi sobrino por alcanzar la meta profesional con unas dosis de reto personal. En el caso del cristiano, el objetivo es la santidad. Es una meta espiritual pero también una opción personal. Tomar la firme decisión de seguir a Cristo es buscar la senda de la santidad. Esta «anti-naturalidad» a los ojos de muchos es «trascendencia» a los ojos de Dios.
La pregunta que me hago hoy: Si soy capaz a renunciar a determinadas cosas de mi vida en aras a conseguir un objetivo, ¿por qué me cuesta tanto a veces renunciar a otras poniendo infinidad de excusas que tan relacionadas están con mi camino hacia la santidad?

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¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Alabad siervos del Señor (Laudate pueri Dominum, HWV 237), una bellísima obra de Haendel para el día de hoy:

La paradoja del fracaso

Cuando más sufriente es el dolor del corazón y más grandes son los fracasos, más cerca está Dios del hombre. Vencer el fracaso de mi egoísmo, de mi soberbia, de los excesos de mi personalidad, de mi relación con los demás, de mis rencores, de mi falta de caridad… esta idea del fracaso resuena varias veces en el interior de mi alma. Triunfar es aprender a fracasar. El éxito de nuestra vida tiene como punto de partida el saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta paradoja estriba, en gran parte, el acierto en el vivir. Cada desengaño, cada revés, cada decepción, cada contrariedad, cada frustración, cada desilusión lleva consigo el cimiento de una serie de capacidades humanas inexploradas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han edificado lo mejor de sus vidas.
Todos estamos expuestos, de una manera u otra, al fracaso; esa es la realidad. Pensar que uno está exento de él es una insensatez. Si asumimos el fracaso con una actitud positiva podremos incluso fortalecernos y abrir nuevos horizontes en nuestra vida. Del fracaso surgen lecciones esenciales para la vida. Las dificultades a las que nos enfrentamos juegan a nuestro favor. El problema principal de los fracasos radica en que no estamos acostumbrados a abordarlos sino que vivimos atemorizados por el riesgo a fallar, perseguidos por la sombra de la crítica o de la humillación. Pero Dios escribe derecho en los renglones torcidos de nuestro propio caminar. Dios nos deja libertad y sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor.
Pero el Señor se hace siempre presente en el corazón de cada uno con la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se pone en nuestras manos. Nos pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a descender de nuestros tronos de barro y aprender a ser niños ante Él. Nos ofrece el Tú. Nos pide que confiemos en Él y que aprendamos a vivir en la verdad y en el amor. Eso no es fracasar, eso es hacer grande y simple lo esencial: amar a Dios, amarse uno mismo y amar a los demás.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres mi roca, mi auxilio, mi fuerza! ¡Te dirijo mi súplica, Señor, para que me ayudes a superar las amarguras que me generan mis fracasos! ¡Necesito sentirte cerca, Señor, y ofrecerte mi pobreza y mi nada! ¡Señor, Tu conoces lo que anida en mi corazón y las buenas intenciones! ¡Sabes, Señor, que muchas veces las cosas no salen por mi cabezonería! ¡Ayúdame a comenzar de nuevo cogido de Tu mano, haciendo las cosas con humildad y mayor madurez, para gloria tuya! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar a los demás como a mi mismo y juzgarme como lo haría con los demás! ¡Y cuando me vayan bien las cosas no permitas caer en el orgullo ni en la tristeza cuando fracase! ¡Recuérdame, Espíritu de Dios, que el fracaso es el primer paso hacia el triunfo! ¡Lléname de serenidad, alma de mi alma, para hacer siempre el bien! ¡Ayúdame a superar las amarguras de mis fracasos y sentirte siempre cerca de mi! ¡Concédeme la gracia de aferrarme a Ti con la esperanza de que ofrecerás tu inestimable ayuda cuando todo a mi alrededor parezca derrumbarse! ¡Ven a socorrerme, Espíritu Santo, con tu gracia y con la del Señor! ¡Tú conoces perfectamente lo que este pobre corazón siente! ¡Tú sabes las veces que he fracasado y no deseas que me muestre triste y paralizado; al contrario te pido que me ayudes a tener la fortaleza para seguir adelante y enriquecer mi esperanza! ¡Te pido Espíritu Santo, que por medio del Padre que me concedas  tu eficaz auxilio  y tener la alegría y la fuerza de comenzar todo de nuevo sin detenerme en el camino llevando aridez e inutilidad a mi vida! ¡Si el fracaso se presenta, déjame creer Dios mío, que me lo ofreces para adquirir una madurez humana y espiritual!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Nunca salgas de mi vida Virgen mía, porque perdido estaré si no tengo tu guía.

Agnus Dei, de Samuel Barber, para acompañar la meditación de hoy:

Sentado junto al arroyo

Como muchos otros días le pido al Señor que me ofrezca para iniciar la oración una palabra. Y abro aleatoriamente la Biblia. Mi mirada se fija en esta frase del Libro de los Reyes: «Vete de aquí; encamínate hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Querit, que está al este del Jordán». Me quedo desconcertado. Pero le pido al Espíritu Santo iluminación y comprendo que el Señor prueba mi fidelidad y desafía mi lealtad. Me pide que me mantenga en la humildad, en la obediencia, en la escucha de su Palabra. Me pide que permanezca en silencio junto a Él para vivir en Él, confiar en Él, dejar que sea Él el que lleve el control de mi vida. El Señor quiere que viva seguro bajo su protección; es un desafío a no tener miedo, a vivir confiando en su cuidado.
Le digo al Señor que no deseo ocupar un lugar privilegiado entre los que se encontraban en la montaña de las Bienaventuranzas viendo el milagro de la multiplicación de panes y peces. Ni quiero permanecer a sus pies perfumándole con la esencia de nardo; ni estar invitado en las bodas de Caná para contemplar su primer milagro público; ni en la piscina de Siloé para ver sanar a aquel enfermo; ni subido en la barca cuando las aguas se agitaron en el lago de Genesaret; ni agitando las palmas en su entrada en Jerusalén; ni caminando por los polvorosos caminos de Galilea o en las orillas del lago de Tiberiades; ni siquiera en el momento glorioso de la institución de la Eucaristía o de la ignominiosa crucifixión en el monte Calvario…
Simplemente quiero permanecer sentado, agazapado, junto al arroyo de Querit para, en silencio, esconderme y aguardar el susurro de su voz. Anhelo estar allí, para sentir su compañía escuchando como corre el agua del arroyo. En este lugar se pone de manifiesto la sencillez de la vida que se resume en aceptar la voluntad de Dios. En este entorno, en el silencio de la oración, siento viva la presencia del Señor. Aquí fluye con sencilla armonía la grandeza de las pequeñas cosas de la vida. Puedes seguir el curso del agua que te muestra el camino de la vida. Es un susurro callado, apacible, alejado del ruido del mundo. En ese silencio, fluye en el corazón la presencia callada de Dios que te llama. «Ven a mí para que no se seque el agua del arroyo de tu corazón».

Sentado junto al arroyo

¡Señor, no permitas que se seque el agua viva de mi corazón! ¡Haz que cumpla siempre tu voluntad! ¡No dejes que se sequen los arroyos de mi vida! ¡Llévame al arroyo de Querit, Señor, para no separarme nunca de Ti, para que puedas probar mi fidelidad, para llenar mi corazón del agua abundante de tu Espíritu! ¡Llévame, Señor, al arroyo de Querit para que muera mi yo soberbio y egoísta, falto de amor y servicio, ambicioso y tibio, para vivir siempre en tu Espíritu! ¡Señor, quiero mantenerme siempre fiel a Ti para que, suceda lo que suceda en mi vida, sepa esperar tu tiempo, para que la primera gota de agua empape mi corazón y me llene de tu gracia! ¡Señor, gracias porque te ocupas de mí y me das la seguridad de acompañarte dónde tu me lleves! ¡Sé, Señor, que incluso sabré disfrutar sin amargura ni queja de esta sequía que Tú me traes porque Tú proveerás lo que yo necesito! ¡Señor, gracias porque no me abandonas nunca! ¡Mi alma tiene sed de Ti! ¡Señor, Tú sabes que mis lágrimas también me han alimentado de día y de noche por eso de doy gracias! ¡Gracias, porque cada situación difícil por la que he pasado me ha permitido crecer en mi relación contigo y me ha permitido conocerte mejor y comprender que eres un Dios fiel! ¡Gracias, Señor, mi Dios!

Mi dulce Señor, cantamos hoy para acompañar esta meditación: