Morir sin un solo beso, caricia o abrazo

Son ya seis los amigos o conocidos que, a las puertas de la Semana Santa, han fallecido por coronavirus en Madrid y varios los que tienen a familiares hospitalizados o fallecidos en algún lugar de la capital de España. En Cataluña me sucede lo mismo; entre amigos y familiares casi una docena. Y en Valencia. Y en Italia. Y en Francia. Recibo por WhatsApp numerosos testimonios de amigos y familiares con familiares infectados, numerosas peticiones de oración por personas cercanas que piden por la curación de sus familiares o amigos. La muerte es, en la mayoría de las ocasiones, un evento imprevisto, no esperado, pero siempre un evento inevitable.
Ante este evento doloroso surge una pregunta crucial: ¿Cómo debo vivir esta situación?
Observo a muchas personas a mi alrededor que, debido a su gran edad, esperan este evento con cierto desasosiego pero con gran paz y confianza. Mi abuela, por ejemplo, que celebrará sus cien años el 14 de abril. Encerrada en su casa ora intensamente. O a mi madre que, cerca de alcanzar los ochenta, le sucede lo mismo. Y, sobre todo, tantas personas a mi alrededor que envían textos que invitan a la oración, que oran incesantemente, que hacen de su confinamiento un auténtico retiro espiritual.
La esposa de uno de mis amigos, cuando la llamé ayer para darle mi dolorido pésame, me dijo: «Entró grave en el hospital con su Biblia y su Rosario. Pero con serenidad, a la espera de lo peor pero también con una gran esperanza». Desde ese momento no volvieron a verse. Y, repentinamente, el adiós sin un beso, un abrazo o una caricia. Así ha sucedido con miles de familias.
Para ella y para mí es un regalo sentir como afrontó este camino hacia la muerte en profunda paz antes de mudarse de este mundo al nuevo hogar donde el Padre lo espera. Sabemos que el cuerpo, que es nuestra morada en la tierra, será destruido, pero también que Dios nos construye en el cielo una morada eterna que no es una obra humana.
Para el cristiano, el misterio de la vida eterna no es una cuestión filosófica sino el misterio de una relación viva con Aquel que primero cruzó las puertas de la muerte. El bautizado no se queda solo después de su visita a la casa del Padre, encuentra un “hogar” donde tiene su lugar la familia celestial, una mesa donde el Señor le sienta con él y le da la bienvenida al banquete eterno.
Los discípulos lo experimentaron muchas veces después de la resurrección. Pensemos en los discípulos de Emaús que dan testimonio de una presencia que reconocieron al partir el pan o en los apóstoles a orillas del lago de Genesaret, en Galilea, que escuchan de Jesús que vayan a pescar para almorzar con él.
Es triste la muerte de un ser querido por circunstancias excepcionales como el coronarivirus o por cualquier otra causa. Es dramática la muerte en la soledad de un pasillo de un hospital por la falta de medios debido al desborde de una epidemia. Es triste como se ha cercenado la vida de personas con vitalidad que tenían una vida intensa por delante. Pero su hogar no está hecho por manos humanas, es un hogar eterno. Esta casa es parte de una casa más grande. El cristiano ingresa al bautismo en una familia de la cual es miembro por el tiempo y la eternidad: donde está Jesús, también estaremos nosotros. La familia eterna de Dios. A cada uno de los que han entrado en los hospitales de cualquier lugar del mundo y han fallecido Jesús les ha susurrado al oído: “Voy a preparar un lugar para ti”.
Este lugar que Jesús nos está preparando fue construido gradualmente en un camino de vida que es diferente para todos, un camino de vida donde se revelan los talentos y las cualidades personales, así como los límites. Por eso nuestra vida, como la de estos amigos fallecidos, tiene que desarrollarse por medio de una amabilidad constante, una vida impregnada de amor, una aplicación cuidadosa para santificar las tareas cotidianas, un servicio al prójimo, una entereza humana y espiritual, una honestidad personal… Esto son solo los vislumbres sigilosos de un camino porque el misterio de las personas es conocido solo por Dios.
Al final del camino de vida personal, estos amigos que nos han dejado te hacen planearte estas preguntas: ¿Cuál es el camino de mi vida? ¿Cómo lo vivo? ¿A dónde me lleva?
Son las preguntas que me surgen hoy teniendo en cuenta las extraordinarias y esperanzadas palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sin pasar por mí”.
La vida que esperamos, el lugar que está preparado para nosotros lo tenemos cerca. En la Eucaristía ya tenemos acceso a la morada de Dios entre nosotros, a su presencia viva y plena, en esta vida donde esperamos la felicidad que Él promete y el advenimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.
Que las almas de todos los fallecidos descansen en paz. Lo merecen y que el corazón misericordioso de Dios descanse también en aquellos que entran en los hospitales infectados por este virus exterminador y no tienen la fe de este amigo para afrontar el devenir que Dios tiene pensado para ellos. No dejemos de orar. Consagremos nuestra esperanza en el Dios Amor. No dejo de pensar en la imagen del Santo Padre bendiciendo con el Santísimo a la humanidad entera. Él está con nosotros, aunque a veces cueste entender que está presente en estos momentos de tanto dolor y sufrimiento.

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¡Señor, pongo en tus manos el alma de todas aquellas personas que en estos días nos dejan por causa de este virus letal y también por el ánimo de sus familiares y amigos! ¡Te doy gracias por el don de la vida que me permite elevarte con el corazón abierto esta oración de súplica y de esperanza! ¡Señor, te haces cargo del dolor que supone la pérdida de un ser querido, el dolor que rasga el corazón, pero tu presencia en mi vida y en la de sus familiares me reconforta y me da esperanza porque sé que pese a la pérdida están llamados a tu presencia; te doy gracias por que tu los acoges en tu seno y los amparas con tu amor! ¡Señor, elevo mi súplica hacia ti; tu les has llamado a tu presencia en unas circunstancias excepcionales; con toda humildad y con el corazón abierto te suplico que su alma descanse en la gloria del Padre! ¡Confío, Señor, en tu misericordia eterna, en tu amor desmedido, en tu palabra de vida eterna! ¡Señor, todos los que han fallecido han dejado en nuestro corazón un vacío por su generosidad, por su bondad, por su don de servicio, por su calidad humana; hoy sentimos tristemente la ausencia de su presencia; tu conocías lo que había en lo más profundo de su alma y de su ser, perdonables los pecados cometidos y llévalos ante tu presencia! ¡Señor, eres la paz y la serenidad, consuela a sus familiares y dales la fortaleza para seguir su camino con esperanza, dales el consuelo para superar su tristeza y dales la sabiduría para comprender los designios de Dios! ¡Qué en Ti, Señor, encontremos siempre el consuelo y la paz! ¡Bendice y da fortaleza a todos los sanitarios que luchan cada día por el bien de los enfermos, por los celadores, por los voluntarios, por los policías, por todos los que ponen sus manos y su corazón para hacer más llevadero este drama social que estamos viviendo! ¡Y también, Señor, por nuestros dirigentes para que tengan una mirada certera para tomar la mejor de las decisiones!

¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

Como los reyes de Oriente, dejarse guiar por Dios

La Epifanía es la fiesta de la manifestación del Hijo de Dios a las naciones. Los magos que le rinden tributo representan a este mundo pagano que espera reunir a todos los hombres en torno a Jesús. Él mismo, durante su ministerio, se llamará a sí mismo “hijo del hombre” en lugar de “hijo de David”, mostrando que ha venido para salvar a todos los hombres.
A través de los Reyes Magos hoy se me invita a considerar mi aspiración de contemplar a Cristo, en esta búsqueda incesante de Dios. El Salmo 104 ya canta aquello de que se alegren los corazones que buscan a Dios. A los tres reyes los observo hoy como a estos buscadores de Dios a través del tiempo y del espacio.
Como a los magos de Oriente a nosotros nos sucede lo mismo: la lógica y el conocimiento nos puede llevar muy lejos pero puede evitar que alcancemos la meta si la fe no está iluminada por Dios por medio del Espíritu Santo.
Los Reyes Magos se dejaron guiar por Dios. Una enseñanza para que, en lugar de quedarme encerrado en mi propio orgullo, pretendiendo saberlo todo y saber de todo, imitar a estos sabios que aceptaron ser aconsejados por Dios.
Cuando se postran ante el Niño Jesús, sus vidas cambiaron. La contemplación del Niño postrado en el pesebre les abrirá a un mundo nuevo. No es de extrañar, entonces, que recibieran la advertencia del ángel en un sueño para que regresaran por un camino distinto. Habiendo visto a quien es el camino, la verdad y la vida, su vida es la que tomó una nueva dirección iluminada por la verdad.
En el detalle de ofrecer oro, incienso y mirra los Reyes vienen a decir que desde ese momento dejarán de servir al dinero, a los dioses falsos o adorarse a uno mismos y que sólo lo harán a aquel a quien nuestros ojos han visto y nuestras manos han tocado pues Jesús es el Rey y Señor de todos los hombres.
Sí, el viaje de estos tres magos me invita a seguir mi camino hacia la santidad personal, a tener un corazón inquieto abierto a la verdad que no se conforme con lo que es aparente o habitual, que sea capaz de buscar la promesa de Dios, de buscarlo en la realidad de mi vida y de estar siempre vigilante para percibir sus signos y su lenguaje tantas veces silencioso pero perseverante. Y, con la misma actitud de los Magos de Oriente, ir al encuentro de Jesús para adorarle y ofrecerle mi más preciado regalo: mi entrega personal, acompañada del amor incondicional a los que me rodean.¡Feliz vigilia de Reyes a todos, que el mejor regalo sea recibir a Jesús con el corazón abierto!

orar con el corazon abierto

¡Reyes Magos de Oriente, vosotros que sois hombres sabios y que os habéis dejado seducir por la Estrella de Belén para venir a nuestros hogares, el mejor regalo que nos podéis dejar es que Dios forme parte del gran tesoro que es nuestra familia porque somos conscientes de que Dios es el origen y el fin de vuestra generosidad y presencia! ¡Os pido, Melchor, Gaspar y Baltasar que depositéis en mi, en mi mujer y en los niños y en el corazón de toda mi familia, amigos y de las personas del mundo el amor a Jesús y de Jesús, el Niño Dios! ¡Señor, Jesús, al igual que los Reyes Magos quiero adorarte cada día! ¡Quiero hacerlo con las manos llenas! ¡Quiero, Señor, ofrecerte el oro de la pobreza de mi vida y de mi corazón, el incienso oloroso de mis pequeñas y sencillas virtudes y de mi oración, la mirra amarga de mis sacrificios y el desprendimiento de lo terrenal para apegarme a las cosas de Dios! ¡Quiero permanecer siempre fiel a Ti, Señor! ¡Quiero honrarte siempre! ¡Quiero alabarte siempre! ¡Quiero ser tu amigo, Señor! ¡Quiero honrar a tu Santísima Madre! ¡Señor, me postro ante Ti porque no te quiero olvidarte jamás, porque quiere tenerte siempre en mi corazón, porque quiero vivir Tu Evangelio en total plenitud, porque te necesito para tener un corazón generoso y misericordioso, porque no quiero olvidar nunca que eres mi Creador! ¡Te quiero, Niño Dios, que has nacido por misericordia de Dios, el Padre que quiere tanto a su descendencia que no puede soportar que los hombres nos perdamos para siempre!

Del compositor francés Francis Poulenc escuchamos hoy su motete Videntes Stellam:

La gloria del Señor te envuelve de claridad

Hay una frase muy hermosa referida a los pastores que aparecen en la escena de Belén. «La gloria del Señor los envolvió de claridad». Me ha emocionado esta frase de san Lucas. La cueva de Belén se llenó aquella noche mágica del resplandor de la Luz. Fue una noche brillante. Luminosa. La noche en que nació Jesús, el Mesías, el Señor.
Leyendo esta frase cuatro días después de Navidad siento una gran alegría en el corazón. Siento como esa luz también penetra en mi interior. Como que ese resplandor es un regalo de Dios que nos llena con su gracia. Así, mi corazón rebosa amor, esperanza y fe. Es el sentimiento vivo de estar iluminado por la gracia de Dios.
Siento así la misma alegría que debieron sentir aquellos pastores envueltos en la claridad de Dios. Es la alegría que hunde sus raíces en la fe, en la certeza de que ese misterio cristiano de la Navidad se hace realidad cada año en mi vida. Y que esa luz que todo lo llena despeja las sombras de las incertidumbres y las oscuridades de mi propia vida.
No tiene sentido caminar entre tinieblas. No tiene sentido vivir con odios y rencores. Ni con divisiones ni rupturas. Ni con soledades ni tristezas. Ni con individualismo y autosuficiencias. Ni con orgullo ni con soberbia. Ni con angustias ni resentimientos. No podemos vivir enfrentados en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la comunidad, ni en la vida eclesial. No podemos cubrir de sombras la luz de la Navidad porque «la gloria del Señor lo envuelve todo de claridad». No podemos cubrir de oscuridad nuestro entorno más cercano. Tenemos que lograr que brille la luz de la Navidad. Hacer saber al mundo que Cristo ha nacido en Belén, es decir, en nuestro propio corazón. Que este hecho extraordinario es capaz de transformar por completo la dureza del corazón, esa actitud que te hace distante de los demás, esa manera de vivir que rompe el espíritu de fraternidad, esas actitudes despreciativas que solidifican la insolidaridad, esa ambición que te impide crecer, ese desorden emocional que te impide amar…
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». Esa claridad es la que te convierte en un hombre nuevo. Con el nacimiento de Cristo, ¡que alegría pensar que naces de nuevo a la vida! ¡Que se hace resplandor nuestra propia salvación!
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». O lo que es lo mismo. Hacer visible en el corazón la presencia de Dios, una presencia sostenida por el amor, la fraternidad, la alegría y la paz. ¡Como me gustaría que esa claridad me sirva para hacer brillar durante todo el año en mi corazón la luz que Cristo trae en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me pongo en tu presencia para recibir de Ti la claridad; me postro ante Ti para orar sin desfallecer, con esperanza, con alegría renovada, aceptando el camino de vida que tu me invitas a seguir! ¡No permitas que este año que vamos a comenzar me distraigo de lo que es importante! ¡Ayúdame, Señor, a que la Navidad sea permanente en mi corazón, que mi vida cotidiana sea un constante momento de oración, que Tu vivas cada momento de mi vida en el corazón para ser capaz de dar resplandor a mi vida y ser luz para los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de permanecer siempre en presencia de Dios, de vivir en y para Dios, en perseverar en el amor a Dios, en ser capaz de darme a los demás, de hacer visible en mi corazón esta presencia amorosa de Dios! ¡Que todo lo que salga de mi interior sea en realidad de Dios! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ser constante en el camino de santidad que Dios me ofrece, ayúdame a profundizar en mi interior para alcanzar a conocerme mejor para crecer en santidad! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a profundizar en lo más íntimo de mi alma para descansar siempre en Dios! ¡Que la claridad de tu vida, Espíritu Santo, invada mi alma, tu sabiduría cubra mi mente y que tu amor mi corazón de piedra y que mi voluntad quede siempre fijada en el tuya para acoger con alegría los dones que recibo de Ti!

While Shepherds watched their flock by night (Mientras los pastores vigilaban su rebaño de noche) un hermoso villancico inglés para acompañar esta meditación navideña:

Hoy mi corazón proclama a Cristo como mi Rey

Hoy domingo en la Iglesia celebramos una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, la conmemoración de que Cristo es el Rey del universo y que su Reino es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia y del perdón, del amor y de la paz.
En este día mi corazón proclama que Jesús, aquel se hincó de rodillas como un vulgar servidor ante los apóstoles para lavarles los pies y que murió derramando su sangre por mí en la Cruz, es mi Rey y mi Señor. Hoy mi corazón proclama con orgullo que Cristo es mi Rey y mi Salvador, que llena mi vida con su divinidad y que me siento profundamente unido a Él, camino de verdad y de vida.
Hoy mi corazón proclama con alegría que ese Rey y Señor es la luz que guía mi camino y quiero alabarle por siempre, quiero exclamar a los cuatro vientos que a «Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Hoy mi corazón proclama que siento la Cruz como el signo paradójico de su realeza y que su ley es cumplir la voluntad del Padre por amor.
Hoy mi corazón proclama que estoy dispuesto a seguir siempre a ese Rey y Señor cuyo poder no es terrenal sino divino, el poder de dar la vida eterna, de liberarnos del mal y de vencer la muerte y el pecado. Que su ley es la ley del Amor capaz de transformar los corazones para llenarlos de paz, amor y esperanza.
Hoy mi corazón proclama que ese Cristo que es mi Rey y mi Salvador es el auténtico testimonio de la entrega y que su bandera es la de la verdad y de la justicia y que seguirle a Él no me garantiza la seguridad según los criterios arbitrarios de nuestra sociedad pero me garantiza la alegría de lo que soy y la seguridad de la paz interior porque Él anida en mi corazón.
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que se quiere gloriar en obedecer sus mandatos y seguir su Palabra porque el fin es vivir con Él en el cielo prometido.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que anhelo impregnar toda mi vida de las enseñanzas de Su Evangelio, transitando por los caminos de la humildad y la sencillez y no por los del orgullo y el egoísmo; de la virtud y la comunión con el prójimo y no por la autosuficiencia y el egoísmo; del bien y la solidaridad y no la mentira; del amor y la justicia y no la falsedad y la arbitrariedad; del servicio desinteresado a los demás…
Hoy mi corazón proclama que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que todo cuanto realice en esta vida tiene como finalidad llevar su reinado a la sociedad.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador que implica que mi vida esté abierta al perdón y a la reconciliación, a la aceptación humilde y sincera de lo que soy y de lo que son los demás, del respeto a la diversidad, de la comprensión de la realidad del prójimo, del olvido de mi mismo para ponerme en la piel de los demás, de no importarme ser el menos valorado si soy capaz de ver lo atractivo que atesoran los demás.
Hoy mi corazón proclama que Jesús es mi Rey y mi Salvador y que esta afirmación no deseo que quede en palabras huecas y vacías sino que sean un auténtico compromiso de amor y fidelidad a Él.
Hoy mi corazón proclama con fe alegre y rotunda que Cristo es mi Rey y mi Salvador y que tuyo es el Reino, el poder y la gloria por siempre. Porque lo creo de verdad, porque creo que mi destino es la vida gloriosa en el cielo, la plenitud del Reino donde Cristo sentado en el trono de la Cruz me espera para compartir la felicidad de la vida eterna en la que yo, pobre instrumento de su amor, podré disfrutar toda la eternidad alabándole siempre a Él junto al coro celestial.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

En esta festividad de Cristo Rey, un regalo de la mano de J. S. Bach. Se trata de su cantata Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 113, (Señor Jesucristo, supremo bien):

¡Tienes que nacer de nuevo!

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Cantamos hoy al Espíritu para que nos vivifique:

El plan alternativo de Dios

Leo pausadamente, saboreando cada palabra, el Salmo 40: «Esperé confiadamente en el Señor: Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor… Porque estoy rodeado de tantos males, que es imposible contarlos. Las culpas me tienen atrapado y ya no alcanzo a ver: son más que los cabellos de mi cabeza, y me faltan las fuerzas».
Ante esto me digo que no voy a permitirle a la desesperanza que se instale en mi vida. No le voy a dejar que se aloje en mi corazón. No voy a darle la oportunidad que zarandee mi vida ni destruya todo aquello que con tanto sacrificio y trabajo voy construyendo con los esfuerzos cotidianos.
La desesperanza se presenta habitualmente ataviada con un envoltorio de prisa, y va minando y arrasando sutilmente todo aquello que encuentra a su paso. Uno puede postrarse ante ella; si lo hace se arrodilla ante un dios de barro; si la toma, la ingratitud de su presencia desmorona la vida; si se la acoge, consigue que el alma se llene de lágrimas. Por eso me propongo no permitir que ni la desazón ni la tristeza nublen el presente de mi vida. Deseo frenar esos pensamientos y sentimientos que lo van tiñendo todo con los colores oscuros del sinsentido.
Pero Dios ofrece siempre un camino alternativo, una luz en la oscuridad, un oasis en la sequedad del desierto. Pero todo conduce a lo mismo: a la presencia de Cristo. Y a los pies de Jesús te postras. Y lo que contemplas te reconforta. El Señor extiende sus manos horadadas con los clavos de la Pasión reflejo fiel del mayor sacrificio amoroso que un hombre ha hecho nunca por amor. Y la desesperanza se desvanece. Y la fe —esa semilla que necesita del adobo de la oración, del sol de la intimidad con Dios, del agua de la Palabra y de la sabia de la Eucaristía—, que implica conocer la grandeza y la majestad de Dios, retoma las riendas de esa vida que se apaga, espanta los temores y coloca ante el Señor las cargas y el peso de la tribulación.
«Esperé confiadamente en el Señor», clama el Salmo. Y debo ser consecuente con mi ser cristiano. Depositar la fragilidad de mi vida a su divina voluntad, colocar mis cansancios a sus pies, la tristeza en su corazón y ser consciente siempre —¡siempre!— que en cada acontecimiento Dios tiene un propósito para mí.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque Él sabe todo lo que puedo soportar.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque nunca me dejará caer sosteniéndome por muy perdido que pueda estar.
«Esperé confiadamente en el Señor», porque Él me otorgará la fortaleza parara avanzar y salir triunfante de la adversidad.
«Esperé confiadamente en el Señor». Esperaré porque con Él podré cambiar mi manera de mirar, acrecentará la llama de mi fe, perfeccionará los defectos de mi actitud y acrecentará las virtudes de mi vida.
No es sencillo llevarlo a la práctica pero si espero confiadamente en el Señor y deposito mi confianza en Él le estoy concediendo la oportunidad de que, de su mano, pueda hacerse realidad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, espero en ti, caminando como voy por esta vida, tantas veces por sendas equivocadas! ¡Tu, sabes, Señor, que en mi corazón conviven de manera permanente el bien y el mal, pero quisiera que solo el bien fuera la razón de mi vivir! ¡Espero en Ti, Señor, porque quiero seguir tus palabras y tus mandamientos, sentirme libre con la libertad que otorgan las enseñanzas de tu Evangelio! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero dejar atrás todas aquellas cosas que oprimen mi corazón y me alejan de ti! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero ser semilla que de fruto! ¡Espero en ti, Señor, porque quiero nacer de nuevo bajo el influjo del Espíritu Santo, abierto a los desafíos de tus Bienaventuranzas! ¡Espero en ti, Señor, desde mis caídas y mis pecados, desde mis alegrías y mis esperanzas, desde mis fracasos y mis éxitos, abierto siempre a ti, a la confianza y a la esperanza! ¡Espero en ti, Señor, porque mi anhelo es la vida eterna donde tu moras eternamente! ¡Espero en ti, Señor, porque anhelo tener un corazón abierto a la alegría y dispuesto a cargar la cruz de cada día! ¡Espero en ti, Señor, porque asumiendo mis debilidades y mis fragilidades anhelo fervientemente ser tu discípulo y aprender de Ti lo que el Espíritu me insufle! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Todo lo espero de Ti, cantamos para poner todo en manos de Dios:

De camino con María

¡Cómo termina de bello, dulce y hermoso el mes de mayo, los treinta días dedicados especialmente a María! Lo hace con la festividad de la visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel. Y con la delicadeza con la que escribe siempre San Lucas nos recuerda que la Virgen, a la llamada interior del ángel que le revela la próxima maternidad de su querida pariente estéril —a los ojos de los hombres porque para Dios nada es imposible—, «se puso en camino y con presteza fue a la montaña». María no viaja sola: el Verbo encarnado, recién concebido por el milagro obrado por Dios, lo hace con ella. Es tan hermosa la imagen que uno toma conciencia de que estamos ante la primera procesión eucarística en la historia de la Iglesia. Jesús va con la Virgen en un viaje agotador a través de montes y colinas al encuentro generoso y caritativo del ser humano y, sobre todo, en busca de las criaturas que ha venido a salvar.
En este viaje María inicia de manera generosa y servicial su misión de acercarnos a Su Hijo.
María es el ejemplo a seguir. No le preocupan en absoluto las dificultades que pueda encontrarse por el camino; nada le retiene, nada le paraliza, nada le impide llevar a Cristo al corazón del ser humano.
Hoy aprendo de María a llevar en mi corazón y en silencio a ese Dios que vive en mí y que quiere también manifestarse abierta y gloriosamente al mundo. Y lo más impresionante es que ahí está muy presente la fuerza del Espíritu Santo, que todo lo puede y todo lo transforma. Y así lo deja plasmado San Lucas: «en cuanto que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo».
Esta procesión eucarística de María es también un testimonio de oración sincera y profunda, unida a la voluntad del Padre. Es verdad que la Virgen hubiera podido quedarse, tranquila y serenamente, en su ciudad natal, y allí orar íntimamente para dar gracias a Dios por haberla premiado con la maternidad de Cristo. Pero ella, consciente de la necesidad de que todo cristiano tiene que llevar a Jesús al más cercano, realiza su primer acto de entrega que es abrazar al que más cerca de ella lo necesita.
¡Gracias, María, porque eres de nuevo un ejemplo extraordinario de fe, oración y servicio para mi pobre persona!

orar con el corazon abierto

Y hoy, de manera especial, que mejor oración que el Magnificat:
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.<
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.

Jaculatoria la Virgen en el mes de mayo: Gózote, gozosa Madre, gozo de la humanidad, templo de la Trinidad, elegida por Dios Padre.

Del compositor inglés John Rutter, escuchamos en este día una de las partes de su hermoso Magnificat dedicado a la Virgen:

Como luz del cirio pascual

Meditaba ayer contemplando el cirio pascual la belleza del significado de la Pascua. Con el testimonio del Cristo vivo y resucitado, la Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas del mundo, la hermosura que se trasluce sobre tantas mascaras que encubren la maldad y fealdad de esta sociedad desacralizada, la bondad que vence al mal, la vida que vence definitivamente a la muerte, el perdón que se impone al odio y el rencor, el bien que supera el mal, la esperanza que ilumina cualquier desazón, la alegría que difumina la tristeza,  la paz que derrota a la violencia… pero soy yo, cristiano comprometido, el que tiene que mantener viva cada día la llama incandescente del cirio pascual. Solo alumbrando en mi entorno y dando luz a los demás dejaré testimonio fe de esa verdad de que ¡Cristo ha resucitado!
Y quiero ser testigo de la luz. Quiero ser luz pascual. Quiero ser cirio encendido en medio del mundo. Quiero ser luz de verdad. Quiero ser luz que ilumine el camino de la vida. Quiero ser luz siempre encendida para iluminar los corazones en tinieblas, tristes, heridos, sufrientes, doloridos… Quiero ser luz de la Palabra para transmitir la verdad de las enseñanzas de Cristo, esa Buena Nueva de esperanza, sabiduría y amor. Quiero ser luz en mis afanes cotidianos, en la realidad de mi vida, con mis errores y aciertos.
Quiero a la luz de Cristo contemplar las heridas en sus manos y sus pies y la llaga de su costado en las mías y en las de mi prójimo. Contemplar el glorioso rostro transfigurado de Cristo en la mirada del hermano.
Quiero ser luz que de amor. Y para lograrlo debo vivir en verdad, en autenticidad, en honradez, con paz interior, con total honestidad, con serenidad, con bondad y con limpieza de corazón.
Cristo es la luz. Soy cristiano y esta luz me propongo hacerla brillar.

Orar con el corazon abierto

¡Señor, con los salmos te canto: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una Luz en mi camino, Dios mío, mírame, respóndeme, llena mis ojos de luz; Envía tu Luz y tu verdad, para que me enseñen el camino que lleva al lugar donde Tú habitas! ¡Señor, Tu dices «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz que le da vida y nunca andará en oscuridad», hazme luz para los demás! Fortalece, Señor, mis flaquezas para anunciar tu Palabra y que tu Luz resplandezca en mi vida y sea llama viva en mi corazón! ¡Señor, dame un corazón pobre, humilde, sencillo, compasivo, servicial, sufriente con el que sufre, entregado, dócil, generoso, transparente y misericordioso que siga tu voluntad y la haga ley en cada uni de mis quehaceres cotidianos!  ¡Señor, sé Tu mi luz y ayúdame a ser una pequeña luz en medio de este mundo desorientado que tanto necesita encontrar a Dios para dar sentido a su vida!

Enciende una luz, cantamos hoy con Marcos Witt:

Compromiso y amor

Hay una frase del Evangelio que me impresiona mucho: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den alegría a vuestro Padre que está en el cielo». ¿Qué se puede decir ante esto? Compromiso. Así le comprendieron y pusieron en práctica los apóstoles y los primeros cristianos y tantos miles de cristianos a lo largo de la historia que dieron su vida, entregaron todo lo que tenían, para dejar testimonio vivo de la grandeza y el valor definitivo de este Reino que todos anhelamos: el Reino de Cristo. Lo hacemos porque sabemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida y que, además, Él es la resurrección y la vida. Pronto experimentaremos esta realidad.
En el testimonio está la verdad. La forma de conseguirlo. Sencilla pero complicada a la vez: repartir el pan con el necesitado; dar de hospedar al desamparado; vestir al desnudo… das a los demás y te salvas tu mismo y con eso conseguimos que la luz brille en mis tinieblas, mi oscuridad se vuelva mediodía y el Señor me responda: «Aquí estoy». El camino continua con la humildad y la fidelidad cristianas, valerse también de la fuerza que nos da ese Cristo crucificado y resucitado, y la fuerza iluminadora del Espíritu Santo.
Cada día me doy mas cuenta de la enorme responsabilidad que tengo como cristiano. Debo testimoniar a Cristo como sal de la tierra y luz del mundo. Salirme de mi mismo, de mis comodidades, para llevar la sal y la luz del Evangelio allí donde haya un corazón abierto a la escucha, un hermano necesitado, alguien que busca, especialmente en este tiempo en que gran parte de la sociedad pretende vivir al margen del Señor que lo ha creado, lo renueva, lo sostiene y le ama.
Pero ante todo debo ser consciente de la forma de testimoniar esa verdad tan maravillosa, frente a esta manera de evangelización que podríamos llamar la «actitud del soldado». No se trata de ir con la espada de la imposición, con el arnés de la fuerza. El Evangelio se impone por la convicción y el testimonio de las buenas obras. Es la única manera de que el mensaje de Cristo llegue al corazón de cualquier persona. La fe no se puede imponer nunca. La fe tenemos que proponerla siempre. Y no lo lograré por muchas rimbombantes palabras que emplee o por muy grandes que sean las manifestaciones que realice. La fe la transmitiré por mi auténtico comportamiento como cristiano, que es abrir el corazón, extender las manos y dar amor humilde y misericordioso.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, amigo, te pido hoy que me des la luz verdadera para iluminar a todos aquellos hombres que no te conocen, que ilumines también mi fe para llevarla a los demás! ¡Te pido, Señor, que sazones mi vida cristiana pues es la única manera de llevar a cabo de manera eficaz el encargo que tu me haces de iluminar el mundo y sazonar la tierra del entorno humano que me rodea! ¡Ayúdame a ser testimonio que comunique, transmita y contagie aquello que vivo desde mi sencillez! ¡Concédeme la gracia, Señor, iluminado por el Espíritu Santo de vivir tu estilo de vida y que me identifique siempre con tu proyecto de paz, amor, verdad y misericordia! ¡Señor, me llamas desde mi fragilidad y pequeñez a ser una pequeña luz en medio de este mundo que vive en la desorientación, pero que busca la verdad y necesita encontrarte; ayúdame a dar sentido a la vida de tantos! ¡Cuenta conmigo, Señor, para que tu Palabra llegue a cualquier rincón del mundo! ¡Cuenta conmigo para llevar la buena noticia a los que me rodean! ¡Pones, Señor, tu mirada en mi y me pides que sea luz y sal para dar sentido a la vida; para demostrar que la vida merece ser vivida desde tu verdad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mi para que sea testimonio auténtico de esta verdad! ¡Para ello, Señor, necesito un corazón sencillo, humilde, pobre, firme y esperanzado, capaz de buscar siempre la verdad y aceptar tu voluntad y hacerla parte de mi vida! ¡Necesito, Señor, un corazón compasivo, misericordioso, que acoja y que viva en la verdad y la transparencia! ¡Dámelo, Señor, para que mi camino siempre difícil, sienta el aliento de tu Espíritu y me haga ver más allá de las experiencias de la vida!

Del maestro Ralph Vaughan Williams escuchamos hoy su responsorio para el Jueves Santo O vos omnes, en nuestro camino cuaresmal musical hacia la Pascua: