¿Bienaventuranzas en tiempo de pandemia?

Me provoca mucho sufrimiento interior observar tanta gente que lo está pasando mal en esta pandemia que azota el mundo. Crisis económica, crisis existencial, crisis moral, crisis familiar, crisis de salud, crisis por la pérdida del trabajo. Muchos a mi alrededor sufren. Veo el sufrimiento y lo hago mío. Pero tango fe. La fe es la esperanza del cristiano. Bienaventurado el hombre que pone su fe en el Señor. Bienaventurado el ser humano que sufre porque tiene el amparo y el amor de Dios.

Las Bienaventuranzas están en el corazón de la predicación de Jesús, de la Iglesia. A través de las Bienaventuranzas surge el rostro del Maestro, a quien estamos llamados a revelar todos los días de nuestra vida. Para que su mensaje entre bien en nuestros corazones Jesús añade a las Bienaventuranzas cuatro palabras estremecedoras: ¡infelices los ricos, los satisfechos, los burladores, los halagados!

Hay que evitar la mala interpretación que haría que Jesús maldijera a algunas de las multitudes de fieles. Dios es amor y nos mostró su amor entregándose en la Cruz. Es solo un proceso literario, tesis y antítesis bien conocido en la Biblia, los salmos o escritos de sabiduría, para que la enseñanza del maestro entre en el corazón de los fieles. Las bienaventuranzas son como en el himno a la caridad, el retrato de Cristo.

Jesús es el pobre que se reconoce fundamentalmente dependiente de María y de José, que trabajó con sus manos, que sólo busca una cosa: hacer la voluntad de su Padre, ¡por amor!

Jesús tiene hambre y sed. Nació en un pesebre y se hará Pan de vida, Eucaristía. En el momento de morir, lanzará un grito que tantos hacen suyo: ¡Tengo sed! ¡Tengo sed de tu amor, de tu oración!

Jesús llora por Jerusalén, que no lo reconoció como el Salvador. Jesús llora por nuestros pecados, nuestra negativa a amar a su manera. Jesús es el perseguido por excelencia. Él es el Cordero inmaculado, el Inocente que experimentará la muerte por los celos del diablo, la debilidad de los hombres, ¡nuestro pecado! Él es el Cordero de Dios que lleva y quita el pecado del mundo.

Al llamar felices a los pobres, los hambrientos, los afligidos, los perseguidos, Jesús no quiere que una revolución o mediocridad habite nuestro mundo o nuestras vidas. No, Jesús nos llama a una nueva vida, a una vida en Él. Y para comprender este Reino que Él nos ofrece, debemos mirar la Cruz y la Resurrección, el lavatorio de los pies y la Sagrada Eucaristía.

Las bienaventuranzas van realmente en contra de lo habitual, de lo que se hace en sociedad; y aunque este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva a otro estilo de vida. Por eso tanta gente sufre. Ser cristiano, vivir como un hijo de la Luz siguiendo a Jesús, el amado, es vivir no en el régimen del permiso prohibido sino del feliz bendito. Es un camino a contracorriente, es el camino de la Cruz, de la locura de la Cruz de Cristo. Las Bienaventuranzas no son una ligereza ni una superficialidad, podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con todo su poder y nos libera de la debilidad del egoísmo, el consuelo, el orgullo. Liberados de lo que nos dispersa, nos aleja de los demás, nos distrae de los que importante, de lo que nos provoca cansancio, de lo que nos cuesta avanzamos por un camino donde la confianza sea hace esperanza, la vida se ha verdad, el amor se hace realidad. Las Bienaventuranzas nos invitan en estos tiempos de crisis y de pandemia a una convivencia armoniosa, armoniosa, pacífica, misericordiosa, justa y ¡santa!; una convivencia donde el amor se convierta en el elemento clave de nuestra existencia para eliminar las rencillas, los enfrentamientos, el odio, el desprecio al prójimo. Necesitamos crear a nuestro alrededor mucha paz, mucha alegría, grandes dosis de armonía y de justicia. Y esto se logra, fundamentalmente, desde la fe, desde el amor, desde la oración, desde la entrega.

¡Señor, me postro de rodillas ante ti y abro mi corazón para que escuches mi oración; te pido, Señor, por tantas personas que sufren en estos tiempos de crisis para que te hagas presentes en sus vidas, consueles su corazón y pongas fin a su sufrimiento! ¡Con toda mi pobreza de espíritu, Señor, me postro ante ti de rodillas consciente de que los hombres no podemos poner fin a esta situación que vivimos pero reconociendo que en tus manos está entregar nuestras esperanzas en Ti! ¡Con toda mi fragilidad, Señor, como los bienaventurados que lloran abro mi corazón mi derramo mis quejidos de dolor suplicándote tu ayuda misericordiosa para dar solución a esta pandemia que a tantas personas les está llevando al sufrimiento y la desesperación! ¡Con toda la mansedumbre de la que soy capaz, Señor, te pido que no actuemos según nuestra voluntad sino según lo que tu tienes previsto para la sociedad; ilumina sobre todo a los gobernantes para que actúen siempre en favor del bien común! ¡Señor, son muchos los que tienen hambre y sed de justicia reclamando sus derechos laborales, sociales, profesionales, familiares, su dignidad como personas, haz que la justicia santa que viene de Ti se aplique en nuestro mundo para todos aquellos que sufren vean llenarse su corazón de esperanza! ¡Señor, me postro ante ti con el corazón abierto a tu misericordia pidiendo por los que sufren para que pongas todo tu amor en favor de los débiles y desfavorecidos! ¡Señor, desde mi corazón frágil y pequeño, los que aspiramos a ser limpios de corazón te pedimos que vivamos acorde con tus principios para seguir llenando el mundo de mucho amor, caridad y misericordia! ¡Ayúdanos, Señor, a ser pacificadores, a ser agentes activos de amor, de paz y de concordia en nuestras sociedades desgarradas por el sufrimiento! ¡Y, Señor, no permitas que nos alejemos de Ti y seamos siempre fieles a tu verdad!

Vivir en la transparencia

Limpiando ayer un tarro de cristal en el que había guardado aceite usado quedaron impregnados en el vidrio algunas gotas pegajosas que impedían la limpidez del cristal. Me vino a la mente una idea: esto sucede con frecuencia en mi vida cristiana. Hay demasiadas manchas que ensucian mi vestidura espiritual. Por eso es tan necesario vivir en la transparencia para que acompañe la santidad de mi corazón, esa que hace agradable a Dios. En la medida en que soy transparente santifico a Dios en su corazón.
Tomé de nuevo el estropajo, vertí sobre él el lavavajillas líquido y limpié de nuevo el tarro de cristal hasta dejarlo impoluto. Me sirvió el símil para comprender qué importante es la transparencia de vida en mi vida cristiana. Esa transparencia te permite amar la verdad, la justicia, la caridad, el servicio, la pureza. Esa transparencia te invita a no dejarte llevar por la soberbia, el engreimiento o el egoísmo. Esa transparencia te ayuda a servir a los demás con generosidad y amor.
Esa transparencia te impide ser jactancioso y vanidoso, que el yoismo presida tu existencia o que la presunción sea el baluarte de tu ser.
Esa transparencia te ayuda a que cuando alguien te daña, te abofetea humillándote, te golpea moralmente, te provoca sufrimiento tu respuesta sea la quietud y la serenidad interior y no devolverlo con las mismas armas que principalmente te provocan más dolor a ti.
Esa transparencia te hace entender que no puedes excluir a nadie de tu corazón y de tu vida porque todos tienen valor como seres humanos.
Esa transparencia te ayuda a entender que cuando amas, vives desde el corazón; cuando perdonas, vives desde el corazón; cuando sirves, vives desde el corazón; cuando te olvidas de ti, vives desde el corazón; cuando aceptas las cruces cotidianas, vives desde el corazón; cuando te niegas a ser vencido por el orgullo y la soberbia, vives desde el corazón; cuando luchas y te esfuerzas por ser mejor, vives desde el corazón; cuando te entregas de verdad, vives desde el corazón; cuando alejas de tu vida la superficialidad, vives desde el corazón…
La transparencia no es simplemente una cuestión de sinceridad. Es una cuestión de autenticidad. Si quiero ser un cristiano auténtico, luz del mundo, tengo que ser una persona transparente porque no se enciende jamás una luz para no ser vista, para ocultarla y para que no ilumine.

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¡Señor, concédeme la gracia de vivir siempre una vida auténtica y transparente, que deje pasar la luz para no esconderme entre las máscaras que cubren mi existencia! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida que huya de la luz de la verdad para que el mal no se acomode en mi corazón! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que rebose sobre mi el don de sabiduría para que ilumine mi mente y derrote la ignorancia y descubra siempre la verdad de tu Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida esté llena siempre de buenas obras, acompañadas de la verdad de mis actos, para que mis palabras, gestos, sentimientos y acciones están cubiertos de tu gracia! ¡Ayúdame a vivir la vida desde la transparencia, para que sepa disfrutar de todo lo que me das desde la gracia, para que no me venda a las distracciones del mundo y busque siempre mi felicidad interior! ¡Ayúdame, Señor, a apostar siempre por la fidelidad al Evangelio, a los grandes ideales que tu nos has enseñado, a no dejarme llevar por la mediocridad y que busque siempre servir con amor y amar al prójimo de verdad! ¡Ayúdame a avivar en mi corazón la gracia de la libertad para que desde la libertad interior darme siempre a los demás!

¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?

Me doy cuenta como en ocasiones tomo la piedra. Y al apretarla con fuerza entre mis dedos siento la frialdad del mineral y la rugosidad de su textura. Siento como en ese apretar puede haber dolor o enfado, crítica o malestar, arrogancia o soberbia. No importa el qué, lo que importa es que va a ser lanzada contra alguien al que considero merecedor de un castigo. Pero también me doy cuenta que esa misma mano que va a lanzar ese pedrusco contra el prójimo es la mano que acaricia cada noche a su hijo pequeño, que pasea por la calle agarrado de la mano de su pareja, que prepara con delicadeza la cena en casa para la familia, que ayuda al necesitado en el hospital, que teclea el ordenador para escribir estos textos, que pasa las cuentas del Rosario cada día… es una mano que se mueve entrelazando el bien con el mal, la benignidad con la falta de benevolencia, la generosidad con la falta de magnanimidad, la afabilidad con la falta de indulgencia, la dulzura con el prejuicio.
Abro mis manos. Miro entonces las manos de Cristo clavado en la cruz. Manos que antes de juzgar dibujaron en el suelo. ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? ¿Quién soy para evaluar los errores del que tengo cerca? ¿Quién soy yo para dejar al descubierto la mancha del otro? ¿Quien soy yo para convertirme en el abanderado de los defectos ajenos? ¿Quién soy yo para juzgar a quienes por sus debilidades, olvidos o negligencia, causan prejuicios a otros? ¿Quién?
Me lo pregunto de otra manera: ¿Por qué esas manos no se abren para destacar sus virtudes? ¿Por qué cuesta rendir tributo a sus buenas acciones? ¿Por qué no ahondar en lo que hay de profundo en su corazón y resaltar esos valores que lo hacen único? ¿Por qué no buscar su bien, su aprendizaje, su progreso?
¿No comprendo que si actúo desde la cerrazón del juicio ajeno mi corazón —que se dice estar cerca de Cristo— se empequeñece? ¿Qué si mi actitud es de resaltar los fallos y las faltas ajenas hago añicos la humildad que predico? ¿Soy consciente de que si mis palabras o gestos sacuden con firmeza al prójimo me alejo de las buenas obras a las que aspiro? ¿Que si juzgo con dureza a mi prójimo me estoy erigiendo en su amo y estoy usurpando el lugar que le corresponde a Dios porque uno está llamado a considerar al otro mejor porque es cuestión de ponerse a su servicio en lugar de juzgarle?
No, no tengo derecho a juzgar al prójimo con firmeza. Las faltas que pueda encontrarle no prueban que yo valga más que él. Puedo sí, corregirle con la corrección fraterna. Pero nunca ante terceros. Jesús no nos invita a cerrar los ojos y permitir que las cosas se mantengan en el error sino que se ayude a los ciegos a que sigan su camino. Pero hace una denuncia taxativa a quienes juzgan y condenan. Quiere que se reprenda con paciencia y pedagogía, advirtiéndole como verdadero hermano, con moderación en el juicio. Sólo con caridad es posible un servicio semejante. Y entonces uno es capaz de ver de donde fue rescatado en su momento.
Y esa piedra que uno sostiene con firmeza para ser lanzada al prójimo, caerá de inmediato a los pies reconociendo que el amor se edifica en la comprensión porque el amor no es jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta..

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¡Señor, solo tu eres el juez justo y condescendiente! ¡Me pides, Señor, que no juzgue a mi prójimo porque con la misma medida que yo mida a los demás seré juzgado! ¡Te reconozco, Señor, que es muy estrecha mi medida para con el prójimo y muy ancha para conmigo mismo! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de sellar la comisura de mis labios antes de que éstos emitan un juicio rápido y terrible de cualquiera! ¡Señor, cambia mi corazón para que en lugar de juzgar pueda corregir con caridad, humildad y amor! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo!  ¡Señor mío, concédeme la gracia de que todas mis acciones estén revestidas de amor, de equidad, de humildad, de misericordia, de magnanimidad, de perdón, de generosidad y de justicia! ¡Antes de juzgar al otro hazme ver mis propios fallos y errores y dame el don de corregir con amor, resaltando del otro sus virtudes y sus buenas obras! ¡Y sobre todo, Señor, enséñame a amar como Tú amas, a mirar como Tú miras, a perdonar como Tú perdonas, a actuar sin prejuicios como Tú actúas, a construir en lugar de destruir! ¡Te doy gracias, Señor, porque tu cercanía y tu amor me permiten comprender que solo la Verdad nos hace libres y que mi corazón henchido de tu amor y de tu misericordia me llenan de humildad y mansedumbre para ver a los demás con ojos de bondad!

¿Embellezco mi entorno con el espíritu de gratitud?

Los seres humanos estamos hechos para la ofrenda y la alabanza. Contemplas a Cristo y te conmueves al observar como extendía sus manos para levantar al caído, abrazar al cansado, sanar al enfermo, acariciar al desolado. Levantaba y daba gracias al Padre eterno por cada una de las personas que en su camino se cruzaban. Vigorizaba sus vidas. Alentaba su espíritu. Enderezaba su esperanza. Todo cuanto hacía era para ofrecer la vida de aquellas personas. Cristo embellecía los lugares por donde pasaba con su gratitud. ¿Hago yo lo mismo? ¿Embellezco mi entorno con el espíritu de la gratitud? ¿Soy portador de gratitud? ¿Estoy agradecido con lo que tengo, con mi vida? ¿Agradezco lo que me sucede aunque sea la cruz y tal y como me sucede? ¿Lo percibo todo como una bendición y doy gracias por ello en mi oración diaria?
El corazón que rebosa gratitud se desprende de los miedos, de la incertidumbre, de los temores, de la confusión; es un corazón que permite aceptar en su totalidad lo que a uno le sobreviene. La gratitud es manantial de apreciación y fuente de esperanza, caridad, humildad y paz interior. Es un fontanal de pureza y amabilidad que aparca el orgullo. Siendo agradecido en lo que se recibe y en lo que se entrega generas a tu alrededor ternura y compasión. Pero cuando el corazón se cierra al agradecimiento bloqueas las puertas para recibir bendiciones y dar amor.
En la oración el agradecimiento y la alabanza bajan a lo más íntimo y profundo del ser. Es el Espíritu Santo quien abrasa interiormente, generando una dulzura que inflama nuestra vida y que irradia luz cegadora.
En el agradecimiento de nuestra realidad acompasada con la alabanza el Espíritu nos inunda de bondad. Nos hace seres nuevos. Nos abre a una nueva resurrección de nuestro espíritu. Y de esta manera puedes embellecer el entorno con un espíritu rebosante de gratitud.
Aunque no sea sencillo, basta con seguir el ejemplo de Jesús. Convertir mi vida en una ofrenda eucarística, la mayor de las gratitudes, para ser portador de alegría, esperanza, generosidad, paz, humildad, caridad y amor. Tan fácil pero tan difícil a la vez. ¿Qué me falta para conseguirlo?

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que he recibido de Ti, pues haces que mi vida sea un canto a lo bello y hermoso sean cuales sean las circunstancias en las que me encuentre! ¡Que mi vida, Señor, en todo lo que me suceda, sea bueno o malo, esté impregnada de gratitud! ¡Señor, acudo a ti con frecuencia para pedirte cosas, pero concédeme la gracia de ser siempre agradecido por tu amor incondicional que me ama a pesar de mis caídas y mi pecado! ¡Gracias por tu perdón que me enseña como perdonar al prójimo! ¡Gracias, Señor, porque me levantas cuando estoy caído y me muestras como levantar al que está caído a mi lado! ¡Gracias, Señor, por las experiencias vividas porque las has vivido a mi vera! ¡Gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado en momentos de dificultad y de alegría pues son una bendición que me has regalado! ¡Gracias, Señor, por tu protección constante porque incluso en los momentos difíciles nunca me ha faltado de nada! ¡Gracias, Señor, la belleza de la creación y ayúdame a saber preservarla! ¡Gracias, Señor, y elevo mis brazos al cielo para alabarte, para bendecirte, para darte gloria! ¡Gracias, Señor, por mi pobre corazón que late de amor por ti y me muestra como amar al prójimo! ¡Gracias, Señor, por olvidarte de mis errores y permitirme comenzar de nuevo! ¡Gracias, Señor, por mis piernas que me permiten ir al encuentro del prójimo sea cual sea el camino a recorrer! ¡Gracias, Señor, por hacerte hombre, por morir gratuitamente en la cruz y resucitar al tercer día para salvarnos del pecado! ¡Gracias, Señor, porque todo en ti es gratitud amorosa! ¡Concédeme la gracia de embellecer el mundo con mi gratitud humilde y entregada que testimonie la grandeza de tu amor del que nunca quiero apartarme!

¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

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¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

¿En qué doy gusto a Dios?

Primer sábado de junio con María, Reina de la alegría, en el corazón. Esa alegría de María le hizo apreciar las cosas de la vida con una delicadeza especial.
La permitió interiorizar la llamada del Ángel, disfrutar de los nueve meses de maternidad, gustar del educar al Hijo de Dios —¡menuda responsabilidad si uno lo analiza bien!—, amar a san José y a Jesús desde la entrega y la caridad, disfrutar de la vida familiar y de la amistad… Esa delicadeza también se manifestaba en sus estados de ánimo: gozo ante la visita de los pastores y los Magos que honraban a Jesús, dicha al saludar a santa Isabel, felicidad viendo crecer a Jesús, serenidad interior cuando conservaba todo en el corazón, temor al perder a Jesús en el templo de Jerusalén, confianza en Caná cuando indicó a los sirvientes el «haced lo que Él os diga», tristeza profunda en la mañana de Pascua, dolor ante la crucifixión, regocijo ante el sepulcro vacío, paz la noche de Pentecostés…
El mayor gusto de la Virgen, sin embargo, fue complacer en todo a Dios. Desde su corazón abierto al Padre, María deseó en todo momento hacer el bien con humildad, sin ruidos, con confianza, llena de certeza y esperanza, obediente siempre a la voluntad de Dios, consciente de la enorme responsabilidad que había asumido.
Contemplas a María, observas esas docilidad de hija de Dios y te preguntas con el corazón abierto: ¿En qué doy gusto a Dios? ¿Está mi vida impregnada de la misma fragancia que tenía María tratando de crecer y esperar siempre en el Padre? ¿Actúo como María buscando dar gusto a Dios con mis palabras, con mis gestos, con mis obras y mis pensamientos?

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¡María, Madre del amor hermoso, me entrego enteramente a Ti y te pido que me ayudes a gustar la presencia de Dios en mi vida como hiciste Tu a largo de tu existencia! ¡Concédeme la gracia de amar a todos los que me rodean como amaste Tu y amar a Dios con el corazón siempre abierto! ¡Dame el gusto por las cosas de Dios, ese gusto que te llevó a aceptar siempre Su voluntad! ¡Quiero, María, vivir un cristianismo nuevo, el de la alegría que tu representas, el de la oración y la piedad que te tienen a Ti como máximo exponente, el de la caridad y el servicio que te muestran como la primera discípula de Jesús, la del amor que impregna toda tu vida! ¡Permíteme caminar desde la verdad y no desde el miedo, desde la autenticidad y no desde la insubstancialidad de las cosas! ¡Ayúdame, María, a comprender que mi vida espiritual no es una conquista propia sino que es un don del Espíritu que hay que acoger en el alma como hiciste Tu! ¡Ayúdame a ver a Jesús, Tu Hijo, Dios y hombre, mediador entre el Padre y cada uno de nosostros, que es el camino, la verdad y la vida! ¡Concédeme la gracia de gustar de mi fe, con firmeza y alegría, con esperanza y confianza, y proclamar que ha sido resucitado gracias tu Hijo y que estoy en este mundo para darle gloria a Dios! ¡Concédeme, María, la gracia de amar siempre a Jesús, de quererle e identificarme con Él y proclamarle como Rey del Universo! ¡Hazme bueno María, hazme alegre, confiado, profundamente piadoso, generoso hasta el extremo, sumiso a la voluntad del Padre, entregado al servicio al prójimo, amoroso con un amor desprendido; hazme como Tu, María, para gustar de las cosas de Dios en el día a día de mi vida! ¡Quiero, María, llenar mi vida de Jesús, sentirme salvo por su gracia gratuita, experimentar su cercanía y comprender que en Él todo lo tengo! 

La alegría del primer sábado de mes me invita a celebrarlo con este hermoso Sancta Maria, mater Dei, KV 273, gradual para la fiesta de la Bienaventurada Virgen Maria obra de Mozart compuesta en 1777 para solistas, coro, cuerdas y órgano. ¡Una maravilla en honor de María!

¡Quiero ser santo!

Hoy le digo a Dios: «¡Padre, quiero ser santo!». Tenemos una imagen falsa y preconcebida de lo que es e implica la santidad. Consideramos que es el resultado de un enorme esfuerzo para alcanzar una cierta perfección y que, en realidad, solo unas pocas personas llegan excepcionalmente a este estado de elevación espiritual. La santidad no es esto. No es la perfección moral. Es la perfección de la caridad en el sentido de que acogemos en nosotros mismos la misma santidad de Dios, que está en Dios y a quien permitimos que se desarrolle en nosotros. Al final, la santidad es bastante simple. Es dejar que la vida divina recibida por el bautismo y la confirmación se desarrolle en nosotros. Es permitir que la luz de Cristo ilumine nuestra vida para que lleguemos a ser luz del mundo.
La santidad consiste en dejar que la vida de Cristo crezca en nuestro interior rechazando lo que es contrario a esta vida. En realidad, un santo no es más que un cristiano normal, es decir, un pobre pecador que entra en diálogo con el Cristo resucitado y se deja transformar gradualmente por el poder de la resurrección. Es recibir la llamada del Padre, no por el bien de sus obras, sino por la grandeza de su misericordioso, justificándose en Cristo. La santificación que cada uno ha recibido con la gracia de Dios debe preservarse y completarse en la vida cotidiana.
Uno no puede crecer en santidad solo. De la misma manera que no se puede vivir el cristianismo solo. Esto es también lo que produce el bautismo. Por el bautismo, somos incorporados a la Iglesia. El bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Nos hacemos miembros el uno del otro y tenemos que entrenarnos unos a otros a la santidad.
Pero el camino de perfección tiene la cruz la esencia profunda de la vida del cristiano. No es posible la santidad sin renuncia, sin combate espiritual, sin fe, sin amor al prójimo y confianza en Dios.
¡Quiero ser santo! Pero para lograr esta perfección tengo que poner todo mi empeño, de acuerdo con los dones recibidos de Cristo, para entregarme por completo a la gloria de Dios y al servicio amoroso al prójimo. Seguir las huellas de Jesús tratando de ser imagen suya en este mundo, obediente a la voluntad del Padre para dar frutos y ser luz. Lejos estoy de esta santidad pero no debo dejar de caminar para alcanzar la tierra prometida.

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¡Señor, como bautizado me llamas a la santidad, la perfección de la caridad, a la plenitud de la vida cristiana, a seguir tu mandato de ser perfecto como Tu Padre celestial es perfecto! ¡Sabes, Señor, que solo no puedo! ¡Que mi camino es tortuoso, que mis caídas muchas, mi debilidad me impide muchas veces avanzar con firmeza, que mi capacidad de amar es limitada, que la pequeñez de mi vida limita mis pasos, que mi falta de confianza es a veces grandes, pero te necesito de tu ayuda por eso te pido que envíes tu Santo Espíritu para que me renueve cada día! ¡Ayúdame a Ser Santo, Padre Celestial, porque Tu intervienes cuando se acoges con ternura mis súplicas sinceras! ¡Padre, tu me has predestinado, como has predestinado a tanto, a ser la imagen de Jesús en mi entorno, tu me llamas a ser discípulo de Tu Hijo, tu me has justificado para que sea testigo de la verdad, Tu me llamas cada día para tener una unión íntima contigo, con Jesús y con el Espíritu Santo en compañía de María, no permitas que deje de acudir a vuestra llamada! ¡Tu, Padre, me envías cada día gratuitamente gracias abundantes que son signos evidentes de tu amor; no permitas que los desaproveche! ¡También Padre, me enseñas la senda de la cruz, del sufrimiento y del dolor, hazme comprender que no es posible mi santidad si antes no acepto la cruz de Jesús, la renuncia y el levantarme cada vez que caigo! ¡Padre, Jesús nos enseñó a amar y dar la vida por el otro, hazme apóstol de tu misericordia, discípulo de las buenaventuras, hermano del amor al prójimo! ¡Quiero ser santo, Señor, envíame tu Santo Espíritu para avanzar cada día hacia la Jerusalén Celestial!

Para ser santo, con Jesed cantamos anhelando la santidad: