¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

Hay pronombre personal definitorio en el camino de la vida. La pronuncia Jesús unido al concepto de la cruz y llega al corazón del hombre. Es el «conmigo». El conmigo conlleva que tu destino es seguirlo. Que tu vida no será muy diferente a la suya. Que tu verdad está unida a la verdad de Cristo. Que tus padecimientos serán semejantes a los suyos. Que tu destino como cristiano tendrá las mismas dificultades de comprensión que tuvo en su tiempo. Que si no te niegas a ti mismo, nada tienes que hacer con Él. Que la cruz es tu distintivo porque Él la llevo con la fuerza del amor.
El «conmigo» quiere decir que vives con Él, para Él y por Él. El «conmigo» es un todo en tu vida cristiana. Ese «conmigo» quiere decir que te desprendas de lo superfluo de la vida y le sigas aunque eso implique perder la propia vida.
El «conmigo» supone que nos has de tener miedo al descrédito ni a los desprecios de los que juzgan tu fe. Que has de ser valiente en tu vida cristiana. Comprometido en tu entrega y disponibilidad por el otro. Constante en tu vida de sacrificios y renuncias. Implicado siempre en hacer el bien por amor. Ser consciente de quien debe estar en el centro de tu todo. Que seguirle a Él implica asumir su mismo proyecto y su misma forma de vivir, mucha entrega y mucho abandono personal. Que a Jesús se le conoce y se le comprende no por medio de la teoría sino en el compartir su forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir. Que es necesario aprender a aceptar el dolor porque en la vida hay resurrección.
El «conmigo» es comprender que uno marcha por la vida acompañado de aquel que lo dio todo por amor a ti. Que ese amor tiene un trono en forma de cruz.
El «conmigo» te enseña que el amor y el servicio solo tienen razón de ser en la existencia de la cruz.
«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo». ¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero caminar contigo para que el plan de Dios se cumpla en mi vida! ¡Señor, quiero caminar contigo aunque se presenten cruces y dificultades pues tu me das la paz que mi corazón necesita! ¡Señor, quiero caminar contigo pese al rechazo de tantos que no creen por mis creencias y mi ser cristiano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero buscarme seguridades mundanas sino la seguridad de hacerlo a tu lado! ¡Señor, quiero caminar contigo para hacerme un lugar entre los humildes y sencillos y no entre los poderosos! ¡Señor, quiero caminar contigo para trabajar por el bien y no refugiarme en el pecado! ¡Señor, quiero caminar contigo para no tener miedo a lo que se me presente! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero acogerte en mi vida no como algo pasajero sino como el huésped principal de mi corazón! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ser tu testigo, tu discípulo, tu amigo, el instrumento que lleva la paz al hermano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero tener tu misma mirada, tus mismos gestos, tus mismos sentimientos, tus mismas acciones, tu mismas palabras! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero dejarme llevar por mi soberbia y mi orgullo, por mis juicios al otro, por mis actitudes interesadas, por mis gestos altaneros! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ver siempre el lado hermoso de la vida y no sacar punta a los aspectos negativos de las cosas! ¡Señor, quiero caminar contigo porque necesito de tu prudencia y tu serenidad para convertir mi corazón de nuevo, para comenzar en esta Cuaresma un vida nueva en la que Tú, por medio de mi oración y tu Palabra, me corriges para hacerme un hombre nuevo! ¡Señor, quiero caminar contigo para levantar al que sufre, al dolorido, al que está solo, al que lleva una pesada carga en las espaldas! ¡Señor, quiero caminar contigo para que la verdad reine en mi vida, para que la misericordia y el amor brillen en mi corazón de piedra, para que la bondad despunte en mi vida! ¡Señor, caminando a tu lado todo es posible por eso quiero caminar contigo!

Contigo quiero caminar, cantamos con Marcela Gandara:

¿Que representa Belén para mi?

Mis pasos se dirigen pausados y serenos hacia Belén. Para este peregrinar hacia la cueva donde nacerá el Niño Dios no puedo ir con las cargas del año a mis espaldas. Algo tiene que cambiar en mi interior. Mi mochila debe estar ligera, sin el peso de las amarguras, el orgullo, la soberbia, los sufrimientos, los problemas, la autosuficiencia y tantas otras cosas que puedan hacer cansino el camino y que, incluso, me pueden llevar a renunciar a llegar hasta allí.
Por eso me pregunto hoy que es lo que estorba de mi vida y qué debo aligerar, que debo aparcar de mi interior para ir hacia el portal con un corazón nuevo.
El portal de Belén no es un establo donde reposa el Niño Dios. Belén es el propio corazón donde vive el Niño Dios. Belén es dar integridad a mi ser personal, a mi esencia como ser humano. Belén es mi capacidad de amar, de darme a los demás, de tener caridad y no criticar ni juzgar, de servir con generosidad, de trabajar bien por amor a Dios, de preocuparme por el prójimo, de repartir alegría y felicidad, de contagiar optimismo, de optar por el bien, de respetar la individualidad del otro, de orar hasta desfallecer, de interceder por el que sufre, de amar incluso al que no te quiere bien, de perdonar, de comprender… Belén es sentir al amor que Dios tiene por mí. Es valorar ese nacimiento del Niño Dios como un gran regalo para la humanidad. Es sentirse hijo amado de Dios.
Belén es tener un corazón abierto al amor de Dios. Un lugar abierto a la esperanza en la que no quepa la cerrazón, el bloquear las puertas para quedarse en el yo. Es abrirle al Niño Dios las puertas de par en par; es ser uno con Jesús de Nazaret, con su Palabra, con sus mensajes, con su Buena Nueva, con su Evangelio.
Belén es ser consciente de que Dios ha nacido en mi pesebre interior y se ha hecho realidad en mi propia vida. Belén es constatar, de manera maravillosa, que Dios mw necesita —¡qué aparente contradicción!— para la salvación del mundo. ¡Por eso camino hacia Belén porque sé que el Señor está presente y vivo, es realmente un «Dios con nosotros», un Dios que ha entrado en el mundo y quiere estar junto a mí acompañándome en el camino de la vida!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me acerco al pesebre de Belén en al que te haces humilde para recibirnos en el corazón! ¡Me acerco a adorarte, Niño Dios, envuelto en pañales en la mayor humildad para aprender de Ti! ¡Te adoro, Niño Dios, por haber nacido en Belén para mostrar el gran amor que sientes por el ser humano! ¡Te amo, Niño Dios, y mi deseo es amarte cada día más, entregarme más a Ti, parecerme más a Ti! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque has venido a iluminar con tu presencia mi oscuridad, permíteme comprender que eres, a pesar de tu pequeñez, el Dios Amor! ¡Te doy gracias, Niño Jesús, porque eres la Paz que viene a sanar las heridas de mi corazón, a limpiarlo de rencores, orgullo, miedos, soberbia, resentimientos, heridas… haz que mi corazón de piedra se convierta en un corazón de carne, amoroso y humilde como el tuyo! ¡Hazme, Niño Dios, mensajero de tu amor, de tu paz, de tu esperanza y tu misericordia, hazme heraldo vivo de Tu Buena Buena y de Tu Palabra! ¡Concédeme la gracia, Niño Jesús, de encarnarte en mi! ¡Ilumina mi corazón, Señor, porque quiero ser también luz que ilumine el mundo para dar testimonio de tu verdad y de que has venido al mundo por nuestra salvación! ¡Niño Dios, has nacido de una Virgen pura, concédeme la pureza de intención y limpia mi corazón, mi mente y todo mi ser para que pueda ser imagen tuya en este mundo donde reina la maldad! ¡Gracias, Niño Dios, porque nos das la vida para vivirla con intensidad y rectitud, ayúdame a vivir conforme a tu voluntad! ¡Hospédate, te lo ruego, en mi corazón!

Camino de Belén, un hermoso villancico con la voz de Niña Pastori:

Por mi fe… nada temo

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

Even When He is Silent (Incluso cuando Él es silencio), es la música propuesta para hoy para acompañar esta meditación:

Lavarme las manos ante Jesús

Martes Santo. Hoy la imagen se dirige hacia el pretorio. Allí Pilatos ordena que le traigan una jofaina llena de agua y se lava las manos. Ante el tumulto ensordecedor y el gentío que exige la muerte de Jesús, al que contempla sereno y con mucha paz interior, levanta su mano para que cese el ruido y exclama timorato: «Soy inocente de la sangre de este hombre». Y pienso: ¡Ay, Señor, cuántas veces me he lavado las manos y no he dado testimonio de la verdad!
Todo porque ante su insistencia Jesús no le niega su condición de Rey. ¡Es que es el Rey del Universo pero, sobre todo, es el rey de nuestro corazón, de ese corazón que tantas veces exclama: «¡crucifícale, crucifícale!»!
Y es que Cristo anhela ser el Rey de nuestros corazones. Acepta por amor —un amor tal vez incomprensible a los ojos humanos— a pasar por el suplicio de la Pasión, a entregarse sin queja alguna a sufrir el oprobio de sus verdugos. Prisionero, escupido, humillado, vejado, flagelado, coronado de espinas, insultado, arrastrado… ¡Señor mío, te ofrezco mi corazón consciente de lo que padeciste por mí!
Pronunciar esta frase tiene muchas implicaciones para mí. Y las tiene porque de verdad creo, siento y deseo que Jesús, el Rey de Reyes, sea Rey de mi corazón; a Él le debo y le someto mi vida, mis anhelos, mi voluntad, mi querer.
No deseo ser ambiguo como Pilatos. Quiero complacer a Jesús. Lavarme las manos ante Jesús, mi Rey y mi Salvador, es un acto de cobardía, de ambigüedad, de falta de compromiso con él. No quiero cometer la misma falta que tuvo Pilatos, no deseo mantenerme neutral ante la verdad de las cosas por eso deseo ardientemente entregarle mi corazón, mi vida y mi alma a Cristo. Sobre todo, porque Cristo desea mi santidad y esta se alcanza con el compromiso veraz. No lavándose las manos en la jofaina de la ambigüedad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu imagen preso en las manos de Pilatos me conmueve y me sobresalta! ¡Observo mientras Pilatos se lava las manos para ofrecerte como mercancía que mis pecados se hacen presente en el odio cerril de aquellos que exigen tu crucifixión! ¡Pero yo, Señor, quiero que reines en mi corazón, no quiero ofenderte ni condenarte! ¡Quiero, Señor, que seas mi Rey y mi Soberano! ¡Señor, tu sabes lo que anida en lo más íntimo de corazón, me das la libertad para actuar; no permitas que me lave las manos mostrándote indiferencia y cobardía! ¡Señor, tu eres mi Dios y no tengo más rey que tu! ¡No permitas que te juzgue pecando contra ti y contra los demás! ¡No permitas, Señor, que te abandone nunca pues deseo acompañarte en el dolor y la contrariedad y aprender de Ti a tener siempre mucha paciencia para afrontar los vaivenes cotidianos y ofrecerlos por amor a Ti y a los demás! ¡Ayúdame a no eludir mis responsabilidades ni la verdad, a tener siempre el coraje de estar junto a lo que es cierto, a no buscar argumentos para quedar bien! ¡Ayúdame a que mis intenciones sean siempre bendecidas por Ti, a no justificar mis conductas y que mis hechos vayan acorde con mi buena voluntad! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que mi corazón sea dócil a la voz de la conciencia que anuncia siempre la verdad y haz que tu Santo Espíritu me indique siempre el camino a seguir!

Un bellísimo Ecce Homo («He aquí al hombre»), palabras de Pilatis antes de lavarse las manos y la conciencia antecel Señor:

https://m.youtube.com/watch?v=t78H7svd1AY

«Tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se lo dio»

Hoy domingo viviremos el misterio de la Eucaristía. Es el día del Señor, de la gran alegría cristiana. Medito hoy sobre los cuatro verbos fundamentales del momento de la consagración. Jesús, antes de morir, nos dejó ese gesto que cada domingo actualizamos y que, a veces, de tanto escucharlo puede acabar convirtiéndose en algo rutinario. Los cuatro verbos son «tomó el pan», «lo bendijo», «lo partió» y se «lo dio». Estos cuatro verbos si los escuchamos con fe y los acogemos en el corazón y tenemos puestos en ellos sintetizada toda nuestra vida algo tiene que cambiar en nuestro interior.
«Tomó el pan». Los cristianos creemos firmemente que hemos sido tomados por las manos de Dios, con cariño y con amor. Es el misterio del amor de Dios en nuestra vida. Pero creerlo es una opción, una cuestión de fe. Que nuestra vida es un regalo de Dios es cuestión de creerlo. También podemos pensar como Heiddegger que la vida nos ha lanzado, que no hay un Dios que nos ha dado la vida. Que la vida es un azar, una broma del destino. Para mí, como cristiano, mi vida es una misión. La Palabra de Dios me invita a creer que estoy en las manos de Dios, que es Padre.
«Lo bendijo». La primera persona que nos bendijo a nosotros no fue nuestra madre cuando nos tomó en sus brazos al nacer. Fue Dios. Pero al mismo tiempo, ¡cuántas personas a lo largo de nuestra vida nos han bendecido porque han dicho bien de nosotros! Familiares, amigos, compañeros de trabajo y de estudios, educadores, religiosos y religiosas… Dios también nos bendice cada día ―nos llama «hijos» amados― en las alegrías y en las penas, en el sufrimiento y en la esperanza, en la salud y en la enfermedad. Los sacramentos son también parte de la bendición de Dios en nuestra vida. Disfrutemos de la plegaria eucarística como un regalo de Dios.
«Lo partió». Sugiere que tantas veces nuestra vida nos partimos. Nos partimos en trozos pequeños, medianos y grandes en función del dolor y del sufrimiento, de las rupturas, de las divisiones internas que llevamos dentro, de nuestra falta de identidad de lo que somos y adónde vamos, de no entendernos a nosotros y no entender a los demás, de las divisiones sociales, familiares, profesionales… Todas estas rupturas de nuestra vida Cristo los asume y se hace partícipe de ellas desde la Cruz. Y la noche antes de su muerte, al partir el pan, dijo bien claro «haced esto en memoria mía». Es la forma para que podamos beneficiarnos, actualizar cada día, cada domingo, lo que Jesús hizo en la Cruz. E impresiona cuando escuchamos desde el micrófono como se parte el pan como se parte también algo de nosotros en comunión con Dios.
Y, finalmente, «se lo dio diciendo: ¡Tomad y comed todos de Él porque este es mi cuerpo!». ¡Qué impresionante! ¡Qué emotivo! ¡Qué hermoso! Nos lo dio. En esta vida fragmentada que tantas veces tenemos, estps inevitables desajustes, divisiones y rupturas de nuestra vida nos podría llevar a tener una visión pesimista de la condición humana. La palabra de Dios, el gesto de Jesús, nos invita a recordar que podemos recomponerla. Nos da la oportunidad de presentarle estos fragmentos partidos de nuestra vida.
Este es el gran mensaje de la Eucaristía: «tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se lo dio» que implica que cada día podemos renovar nuestro compromiso con Jesús, poner nuestra fragilidad en sus manos y aumentar nuestra fe para creer de verdad que puestos en sus manos todo es posible para nuestro pequeño ser.

-


¡Esta es mi vida, Señor, no sé hacerlo mejor! ¡Pongo estos pedazos de mi vida ante Ti, Señor, recompónlos y ayúdame a darle este sentido de entrega analizando mis rupturas¡ ¡Ayúdame a hacer, Señor, de las experiencias humanas ―fragmentación, división, rupturas, dolor, angustia, desaliento…― darle la vuelta! ¡Dame también Espíritu Santo tus santos dones para lograrlo! ¡Te lo ofrezco, Señor! ¡Y en todo caso no permitas que me contemple tanto y aunque mi vida sea frágil te la entrego para que la hagas nueva! ¡Haz de mi vida llena de dificultades e incoherencias un vida verdadera, llena de ti! ¡Me entrego a ti, Señor! ¡Tú tienes la capacidad para reconciliar, para recomponer mi vida!

Te tengo a Tí, cantamos este canto de comunión en la meditación de hoy