La vida es mucho más que mis problemas

Esta mañana me he levantado cansado, con tedio, con cierta pereza, con una inercia que tiende a afrontar con pesadez la jornada, con la cargas de lo que viene en el día con poco ánimo. He hecho la oración y he rezado las laudes distraído. Pero, enseguida, he tomado el bello y motivador Salmo 62 y lo he leído con ahínco, con esperanza. Y he comenzado clamando como hace el salmista: «Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo» y he continuado recitándolo con alegría, con esperanza, con gozo y cuando he terminado lo he visto todo con otros ojos, como una ofrenda amorosa a la vida, como un agradecimiento profundo a todo lo que me Dios me concede; con el ímpetu de que este nuevo día y todo lo que él depare, positivo o no tan agradable, me servirá para ir edificando en mi vida, para ir construyendo puentes de afectividad, de esfuerzo, de compromiso y, sobre todo, para que se convierta en una encuentro con Aquel que todo lo da, todo lo ofrece, todo lo entrega. 

Y he permanecido un rato en silencio, sentado en el silla donde he leído el texto. Y me he dicho: «Me pesa el día, ¡pero a cuantos les cuesta cada día la jornada! Me siento cansado, ¡pero cuántos cansancios acumulan tantos cuya vida sí que es difícil y complicada! Hoy tengo que convertir este día en una jornada llena de vitalidad,  de ánimo, de alegría, de esperanza, de caridad, de amor. No lo tengo que hacer por mí, tengo que hacerlo ofreciéndolo por todos aquellos a los que hoy les va costar levantarse por los problemas que les pesan, los sufrimientos que les embargan, las pesadumbres que les agobian, por los que no tienen donde llenar las manos de alimentos o de ilusiones, por los que les falta trabajo o alegría, por los que ven hundirse sus negocios oo su trabajo pende de un hilo si no lo han perdido, por los que están solos y no tienen a nadie que les acompañe».

Y me he puesto en pie. La vida es mucho más que mis problemas, mis cansancios, mis agobios, mis dificultades, ¡mi individualismo! La vida es darse y entregarse. Es dar trascendencia a lo que vivimos. Es dar un sonrisa y llenar al otro. Es dar un abrazo y consolar. Es secar una lágrima con el pañuelo de tu amor. Es humanizar la existencia de los que te rodean. ¡Claro que puedo tener problemas pero puedo ponerlos en un lado para acoger los del otro y unidos, darle un sentido de amor!

La vida es convertir lo ordinario, lo pequeño, lo sencillo en algo extraordinario. Basta un gesto, una sonrisa, una mirada, una palabra y todo se hace acontecimiento. Así, todo se abre a la providencia de Aquel que nos enseñó la Buena Nueva de la entrega por amor al prójimo.

Mi referente es un pequeño hogar de un pueblo perdido donde tres personas santas convirtieron aquel espacio en el centro del amor, de la entrega, del silencio, del trabajo santificado, de la convivencia humanizadora, de la oración sencilla con el corazón abierto; un hogar donde el Espíritu rondaba dando sabiduría, inteligencia, fortaleza, vida interior, trascendencia, pureza, ¡vida en Dios!

Esa escuela me enseña a que la vida tiene como horizonte la eternidad y que mis cansancios cotidianos puedo convertirlos en un estadio más para mi crecimiento personal y espiritual.

¡Espíritu Santo, tu lees lo que hay en mi interior, en mi vida, en mi camino; sabes que hoy me he levantado cansado y con pocas fuerzas, desgastado por el agotamiento de ayer y por las cargas de mis agobios! ¡Pero tengo, esperanza, tengo fe, tengo alegría, tengo a la Trinidad Santa que me acoge y no puedo más que dar gracias, que bendecir, que alabar y que seguir adelante! ¡Acudo a ti, Espíritu de Dios, para darme la fortaleza que me falta, el empuje que necesito, la sabiduría para ver las cosas con otra mirada! ¡Me acuerdo, Espíritu divino, como acompañaste a Cristo en sus jornadas agotadoras dándole fuerza para seguir adelante y sobre todo recuerdo como estabas a su lado aquel día capital de su subida al Calvario cargando con la cruz de mis pecados! ¡Me acuerdo como diste a nuestra Madre, la Santísima Virgen, el valor y la fuerza para permanecer a los pies de la cruz y me digo: ven, Espíritu de Amor, ven a mi vida y no me permitas que me queje nunca por mis cansancios! ¡Dame la fuerza para sostener a los que están a mi lado y dales a todos los que amo y a la humanidad entera la fuerza para luchar cada día, para no decaer ni desfallecer antes los cansancios de la jornada! ¡Y que los cansancios de mi jornada no me hagan caer en el desánimo ni en la desesperanza más al contrario que me permitan abrir el corazón para ser testimonio del amor de Dios a loa humanidad entera!  

Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

Mi intercesión, ¿por qué tomarla como algo sin importancia?

Dios me ofrece un poder vertiginoso, a mí que soy pequeño y frágil, lleno de defectos y tendente a las equivocaciones: el hacer obras que ensalcen al mundo. No solo esto, sino elevar el bien de nuestros seres queridos y cada una de las personas que te cruzas por el camino. Mi intercesión, ¿por qué tomarla como algo sin importancia? Mi oración pobre y sencilla pero con el corazón abierto es preciosa a los ojos de Dios. Él la escucha cuando se basa en la fe y la confianza ciegas. Basta pensar en todos aquellos, cerca o lejos de mí, por los que nadie ora. Por aquellos que nacen y mueren sin que sobre ellos se invoque jamás el nombre de Dios. Por los que sufren y luchan sin la misericordia de Dios implorada sobre su vida. Estoy convencido de que un alma entregada al ministerio de la intercesión es capaz de cambiar el mundo. ¡Mi bautismo, mi compromiso cristiano, mi pequeña vida de oración, mi vida sacramental es mi pequeño poder! Lo he recibido en beneficio del universo, para hacer el bien y llevar el bien. Dios nos ha convertido a los cristianos en instrumentos de salvación para nuestros hermanos en la fe, pero también para aquellos que todavía no creen.
¿Por qué no creen en el Amor que murió en la Cruz por su salvación? Ese es el gran misterio. Hay que preguntarse si han tenido en su vida un encuentro personal, cálido, verdadero y sincero con un amigo de Jesús. ¿Han oído hablar del Dios del Amor por alguien que vive bajo su amparo y misericordia? Se puede argumentar que hay medios de formación, sistemas de comunicación, oportunidad infinitas para conocer, pero ¿han escuchado corazones que les hablen, bocas y ojos que anuncien el camino para gozar de la alegría, la esperanza, el amor, la misericordia o el perdón? ¿Les ha dicho alguien que la aspiración es la vida eterna?
Dios invita a ser instrumentos sencillos pero eficaces para comunicar al mundo toda esta sabiduría que viene de arriba: pura, pacífica, benévola, conciliadora, llena de misericordia y fructífera en buenos frutos. ¿Por qué pierdo tantas veces el tiempo y no soy capaz de llevar al mundo la Buena Nueva del Reino? ¿Si lo hiciera constantemente no cambiaría al menos lo que me circunscribe?

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¡Qué gran tarea nos tienes encomendada, Señor, a quienes te conocemos! ¡Te doy gracias, Dios mío, porque me siento amado por Ti pese a mis muchas miserias! ¡Porque te compadeces de mi por ser como soy! ¡Gracias, Señor, por querer curar mi corazón repleto de heridas! ¡Gracias, Padre bueno, porque compartes con un amor misericordioso mis cruces personales, las de mis límites y pobrezas radicales! ¡Señor, eres la Gracia que necesita mi debilidad reconocida y por eso me abandono a tu Misericordia infinita para compartir contigo todas mis cruces y las de los míos! ¡Que la sabiduría de la Cruz sea para mi un modelo a seguir! ¡Que no me canse de contemplar tu Cruz, Señor, para irradiarla en los demás! ¡Que dedique mis mejores momentos a contemplarla para que todos sus principios me sostengan, reconforten y pacifiquen y sea capaz de transmitirlos a los demás! ¡Que mis actos no afeen jamás el bellísimo significado de Tu Cruz para que, sostenida a ella, me lance al mundo a exclamar con orgullo: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!”!

Envía señor tu Espíritu Santo

https://www.youtube.com/watch?v=tyM8Gs0152M

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

orar con el corazon abierto

¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

¿Doy importancia a la virtud de la templanza?

Vivimos en una sociedad en la que se impone el consumismo y el materialismo en el que adquirir lo que uno desea se convierte en un ideal; una sociedad que busca la vida fácil y acomodaticia, sin compromisos; una sociedad que invita a no profundizar en el yo y en reconocer las propias debilidades; una sociedad donde el egoísmo es el rey; una sociedad que se ríe de la fuerza de voluntad para alcanzar grandes metas; una sociedad que aplaude la laxitud de conciencia y que no da importancia a crear conciencias rectas y nada permisivas. Una sociedad que está alejando a Dios del centro. Podría continuar pero todos estos hechos van en contra de una virtud en desuso: la templanza.
La templanza es esa virtud que trata de alcanzar el equilibrio en la utilización de las cosas y que ordena y modera los apetitos y el uso excesivo de los sentidos sujetándolos a la razón.
Si no aplico en mi vida la virtud de la templanza y no soy capaz de dominar mis propios actos pierdo gran parte de mi libertad porque me abono la actitudes negativas y a la victoria del pecado sobre mi. Eso provoca que no pueda desarrollar las virtudes de la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la entrega, la caridad… virtudes todas ellas características del Señor y que yo, como cristiano, debería ejercitar.
Por medio de la templanza logro controlar mis pensamientos y moderar mis actos, someter mis afectos y no depender de lo material de la vida. Además, crezco interiormente, soy capaz de dominar mis apetencias, me permite ser dueño de mi mismo y conocer mejor mis debilidades, me ayuda a mejorar cada día, a estar más alegre y ser más responsable, ser más auténtico entre lo que pienso, digo y realmente hago…
Si la templanza me permite ser dueño de mi mismo, apreciar mi propia dignidad, ser más humilde y esforzarse cada día a ser mejor, ¿qué cosas me impiden vivirla?

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¡Señor, concédeme la gracia de crecer cada día a tu lado; envíame a tu Santo Espíritu para que mis esfuerzos cotidianos me lleven a ser mejor persona, a no dejarme llevar por lo negativo, a que me venzan los caprichos y los deseos mundanos, a tomar aquello que no es agradable a Dios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dominar mis impulsos y ser siempre dueño de mi mismo no dejándome vencer por las acechanzas del demonio! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que sea siempre consecuente con mis pensamientos, palabras y acciones! ¡No permitas, Señor, que vaya siempre justificando mis actos y dando falsos pretextos cuando he hecho mal las cosas o no simplemente no he actuado bien! ¡No permitas que mi voluntad mi vence y ayúdame a trabajar siempre por hacer la voluntad de tu Padre! ¡Dame, Señor, la humildad para darme a los demás, para ser consciente de mi pequeñez, de mis debilidades, de mi necesidad de Ti! ¡Dame el don del respeto al prójimo para valorarlo como es y no juzgarlo! ¡Permíteme tener siempre una conciencia recta que no navegue entre las olas del que dirán! ¡Ayúdame a comprender al prójimo, al que más cerca tengo, y dame la sabiduría para saber orientarle siempre en sus necesidades! ¡Concédeme la gracia de saber sacrificarme y mortificarme por Ti y por el prójimo! ¡Borra de mi corazón la soberbia y el egoísmo, mis comodidades, mis autosuficiencias, mi utilitario, mi permisividad, mi tibieza porque quiere acercarme más a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a mantenerme siempre firme en mis principios y a controlar impere lo que pienso, lo que digo y lo que hago por mi propio bien y para honrarte a Ti y a los demás! ¡Bendíceme, Espíritu Santo, con esta valiosa virtud!

Dios de gracia y compasión, un canto inglés de Cuaresma de autor desconocido:

Por mi fe… nada temo

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

Even When He is Silent (Incluso cuando Él es silencio), es la música propuesta para hoy para acompañar esta meditación:

No me puedo quedar mirando al cielo

Hoy es la solemnidad de la Ascensión del Señor. La Pascua casi llega a su fin. Jesús, fiel al Padre, que tras su donación generosa murió en la cruz y resucitó de entre los muertos, sube definitivamente al Cielo para vivir, rodeado de la gloria celestial, en la presencia de Dios, con Dios y en Dios. ¡Qué día más hermoso! ¡Mi enhorabuena, Señor!
Siento este día como algo especial. Como una meta. Yo también aspiro a la gloria eterna. Y, de nuevo, Jesús me marca el camino. Me señala la puerta de entrada a la eternidad. Mi profesión de fe me permite vislumbrar el futuro cierto. Creo que Jesús es El Salvador del hombre y que por su muerte y resurrección yo estoy llamado a la vida. A la Vida Eterna. Y aspiro también a mi ascensión al cielo en el momento de mi paso final por este valle de lágrimas. No quiero quedarme paralizado cómodamente en la antesala del cielo. Mi aspiración concreta es la eternidad y eso exige esfuerzo, trabajo, lucha, compromiso, testimonio.
En esta fiesta de la Ascensión del Señor surge de mi corazón un compromiso firme a ser misionero de la verdad. Testimonio de la autenticidad cristiana. No me puedo permitir el lujo de quedarme mirando al cielo a la espera de que todo me venga hecho.  No puedo como hicieron los apóstoles, escuchar las palabras de los ángeles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.
Soy cristiano. Y quiero ser un cristiano comprometido. No me puedo quedar mirando al cielo porque debo volver a la Jerusalén de mi vida cotidiana. Allí también está Cristo vivo, en el corazón del prójimo, en los acontecimientos de cada día. Porque Jesús, que está en el cielo, en realidad no se ha ido porque se hace presente en el mundo en el que vivo. Porque ese Cristo que se ha sentado a la diestra del Padre está muy presente en el amigo enfermo, en ese familiar que sufre depresión, en el compañero que se ha separado, en el amigo que no tiene trabajo y sufre problemas económicos, en el mendigo de la esquina de mi casa, en el hermano de comunidad que tiene problemas con su hijo drogadicto… Ese Jesús sobre todo Nombre es en realidad el cristiano perseguido, el niño abortado y la madre que sufre por ello, la amiga que su marido la ha dejado por otra más joven, el amigo que ha perdido su trabajo con cuatro hijos. En definitiva, ese Jesucristo que sube a la gloria celestial es el Dios que se hace presente en el corazón de todo hombre.
El Señor está hoy en el cielo, sí. Pero también en lo terreno de la vida. En el centro de mi vida familiar, en mi entorno laboral tan descristianizado, en la comunidad parroquial, en el núcleo de mis amigos, en la universidad de mis hijas aunque Dios parezca ausente, en el metro cuando viajo cada mañana… Cristo es cosa del minuto a minuto, del día a día. Yo aspiro al cielo, pero ahora mi cielo es la tierra y es aquí donde debo nutrir mi santidad para que algún día se me abra la puerta celestial a la que aspiro entrar con la mayor de la humildades.

orar con el corazon abierto

¡Señor, enhorabuena por este premio tan hermoso! ¡Tu me recuerdas en este día, Señor, que mi aspiración es el cielo! ¡Que en el personal de mi vida debo hacer la voluntad del Padre y buscar mi salvación cada día de mi vida! ¡Señor, soy consciente de que el Padre me ha encomendado una misión y debo cumplirla! ¡Envíame, Espíritu Santo, la sabiduría, la fortaleza y la confianza para escribir cada día la página certeza de mi vida que siga la voluntad de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a vivir mi vida en perspectiva de eternidad! ¡Ayúdame a comprender que estoy en la tierra de paso, que el tiempo avanza deprisa, que no puedo detenerme en mi crecimiento personal y espiritual, que las consecuencias de mis actos tendrán mucho que ver en mi entrada en el cielo! ¡Que mi misión no es solo para mí sino también para los que me rodean y encuentro por el amigo! ¡Concédeme, Espíritu divino, las herramientas necesarias para afrontar la vida con decisión y dame los instrumentos para inculcar a los míos los elementos para ayudarle a enfrentar también su vida! ¡En tu solemnidad de la Ascensión, Señor, hazme pescador de hombres, hazme servidor de los demás y que busque siempre servir y no ser servido, hazme cristiano comprometido para continuar tu obra con el impulso y la gracia del Espíritu Santo y la compañía siempre adorable de tu Santísima Madre! ¡Te pido, Señor, por tu Santa Iglesia católica, para que su camino lleve a todos los hombres a la gloria eterna!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre mía, confianza mía, llévame a Jesús!

De J. S. Bach, escuchamos una pieza de su Oratorio Lobet Gott in seinen Reichen (Ascensión de Jesus al Cielo〉 BWV 11 tan señalado para la festividad de hoy:

Compromiso y amor

Hay una frase del Evangelio que me impresiona mucho: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den alegría a vuestro Padre que está en el cielo». ¿Qué se puede decir ante esto? Compromiso. Así le comprendieron y pusieron en práctica los apóstoles y los primeros cristianos y tantos miles de cristianos a lo largo de la historia que dieron su vida, entregaron todo lo que tenían, para dejar testimonio vivo de la grandeza y el valor definitivo de este Reino que todos anhelamos: el Reino de Cristo. Lo hacemos porque sabemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida y que, además, Él es la resurrección y la vida. Pronto experimentaremos esta realidad.
En el testimonio está la verdad. La forma de conseguirlo. Sencilla pero complicada a la vez: repartir el pan con el necesitado; dar de hospedar al desamparado; vestir al desnudo… das a los demás y te salvas tu mismo y con eso conseguimos que la luz brille en mis tinieblas, mi oscuridad se vuelva mediodía y el Señor me responda: «Aquí estoy». El camino continua con la humildad y la fidelidad cristianas, valerse también de la fuerza que nos da ese Cristo crucificado y resucitado, y la fuerza iluminadora del Espíritu Santo.
Cada día me doy mas cuenta de la enorme responsabilidad que tengo como cristiano. Debo testimoniar a Cristo como sal de la tierra y luz del mundo. Salirme de mi mismo, de mis comodidades, para llevar la sal y la luz del Evangelio allí donde haya un corazón abierto a la escucha, un hermano necesitado, alguien que busca, especialmente en este tiempo en que gran parte de la sociedad pretende vivir al margen del Señor que lo ha creado, lo renueva, lo sostiene y le ama.
Pero ante todo debo ser consciente de la forma de testimoniar esa verdad tan maravillosa, frente a esta manera de evangelización que podríamos llamar la «actitud del soldado». No se trata de ir con la espada de la imposición, con el arnés de la fuerza. El Evangelio se impone por la convicción y el testimonio de las buenas obras. Es la única manera de que el mensaje de Cristo llegue al corazón de cualquier persona. La fe no se puede imponer nunca. La fe tenemos que proponerla siempre. Y no lo lograré por muchas rimbombantes palabras que emplee o por muy grandes que sean las manifestaciones que realice. La fe la transmitiré por mi auténtico comportamiento como cristiano, que es abrir el corazón, extender las manos y dar amor humilde y misericordioso.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, amigo, te pido hoy que me des la luz verdadera para iluminar a todos aquellos hombres que no te conocen, que ilumines también mi fe para llevarla a los demás! ¡Te pido, Señor, que sazones mi vida cristiana pues es la única manera de llevar a cabo de manera eficaz el encargo que tu me haces de iluminar el mundo y sazonar la tierra del entorno humano que me rodea! ¡Ayúdame a ser testimonio que comunique, transmita y contagie aquello que vivo desde mi sencillez! ¡Concédeme la gracia, Señor, iluminado por el Espíritu Santo de vivir tu estilo de vida y que me identifique siempre con tu proyecto de paz, amor, verdad y misericordia! ¡Señor, me llamas desde mi fragilidad y pequeñez a ser una pequeña luz en medio de este mundo que vive en la desorientación, pero que busca la verdad y necesita encontrarte; ayúdame a dar sentido a la vida de tantos! ¡Cuenta conmigo, Señor, para que tu Palabra llegue a cualquier rincón del mundo! ¡Cuenta conmigo para llevar la buena noticia a los que me rodean! ¡Pones, Señor, tu mirada en mi y me pides que sea luz y sal para dar sentido a la vida; para demostrar que la vida merece ser vivida desde tu verdad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mi para que sea testimonio auténtico de esta verdad! ¡Para ello, Señor, necesito un corazón sencillo, humilde, pobre, firme y esperanzado, capaz de buscar siempre la verdad y aceptar tu voluntad y hacerla parte de mi vida! ¡Necesito, Señor, un corazón compasivo, misericordioso, que acoja y que viva en la verdad y la transparencia! ¡Dámelo, Señor, para que mi camino siempre difícil, sienta el aliento de tu Espíritu y me haga ver más allá de las experiencias de la vida!

Del maestro Ralph Vaughan Williams escuchamos hoy su responsorio para el Jueves Santo O vos omnes, en nuestro camino cuaresmal musical hacia la Pascua:

Espejos de Dios en el mundo

Los ecos de la Navidad quedan ya en el recuerdo. Los signos externos -la corona de Adviento, el árbol, la decoración navideña, los turrones, los villancicos, los regalos…- han pasado. Permanece tan solo la luz del Niño Dios en nuestro corazón.
En Navidad los cristianos hemos celebrado el misterio más importante de nuestra fe. Hemos confesado que Jesús es Hijo de Dios. Con todo lo que significa creer que un hombre -un hombre como nosotros- ha devenido la grandeza de la finitud de Dios y que estamos llamados a participar de este hecho extraordinario. Como cristianos lo que nos permite participar precisamente de esta vida divina es el sacramento del Bautismo que ayer recordamos. La Navidad solo tiene sentido acabarse con el compromiso que cada uno como cristiano ha adquirido, el de ser testimonio de Cristo en medio del mundo, de la palabra de Jesús y de su vida en nuestra propia vida.
El gran misterio de la Encarnación, el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, continua en cada uno de nosotros como cristianos. Hemos de llevar la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva al corazón de los hombres y mujeres de buena voluntad que nos vayamos encontrando por el camino. Somos el espejo de Dios en medio del mundo porque somos seguidores de Cristo y hemos de procurar que nuestra vida se parezca los más posible a la vida de Jesús. Estamos llamados a que el misterio de Navidad se haga  realidad en la vida de cada día. Para los cristianos eso solo es posible no por nosotros mismos que somos débiles y estamos llenos de pecado, sino por la fuerza del Espíritu Santo, por la presencia de Dios en nuestra vida. Una presencia que todos hemos adquirido por el Bautismo.
Como cristiano debo adquirir el compromiso de que esta realidad se haga presente cada día, al menos en nuestra propia vida. Que cada uno de nosotros se convierta en un alter christus, otro Cristo. Que llevemos a los demás la esperanza y la ilusión al corazón de aquellos que están cerca nuestro. Hemos apagado las luces del árbol de Navidad. Ahora somos nosotros la luz del Niño Dios en Belén que ilumina el mundo. En nosotros los demás deben ver quien es Cristo porque a Cristo lo tienen que ver la coherencia de nuestra vida como cristianos. El compromiso es vivir como Jesús nos ha enseñado. Llevar la Navidad a la vida de cada día. Salir hoy al mundo, después de las fiestas de Navidad, convencidos de que somos la voz, los ojos, las manos, los pies y el corazón de Jesús en medio del mundo. Ser cristianos para vivir la vida de Jesús de manera real y efectiva. ¡Y eso solo depende de mi y de mi compromiso! ¡Qué gran tarea nos has encomendado, Niño Dios! ¡Qué gran tarea!

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¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, porque si Ti no hay posibilidad de que mi vida brote con alegría! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre esta pequeña alma porque sin tu presencia en mi vida no tengo fuerzas y me invade la incertidumbre! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que la rutina no se convierta en mi compañera de viaje y porque donde no estás Tu no puede haber verdad! ¡Señor, necesito que me envíes tu Espíritu que transforma el corazón y lo capacita para la entrega y el amor! ¡Necesito, Señor, que me envíes tu Espíritu para transforme mi alma y la llene de los dones de sabiduría e inteligencia, de consejo e fortaleza, de conocimiento y temor de Dios, para alcanzar la santidad que tanto anhelo! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, sobre mi para que no tema ser un auténtico seguidor tuyo, para que no me deje seducir por las tentaciones mundanas y me comprometa a vivir conforme al Evangelio! ¡Envíame, Señor, tu Espíritu que todo lo sabe, todo lo sugiere y todo lo muestra! ¡Ese mismo Espíritu, Señor, que ha transformado a tantos hombres y mujeres y que hace fuerte la debilidad y rico el testimonio de amor, de entrega y de generosidad! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que transforme por completo mi corazón y lo haga receptivo a tu Palabra y tus mandatos y hacerme así más disponible, más entregado, más fiel y más comprometido! ¡Señor, que mi vida sea una Navidad constante, que nazcas cada día en mi corazón, que sea verdaderamente tu voz, tus manos, tus pies, tus ojos y tu corazón! ¡Ayúdame, Señor, a caminar contigo y darme siempre a los demás como lo harías Tú!

Acompaña hoy la meditación el motete de Anton Bruckner, Os Justi Meditabitur, WAB30, que en silencio contemplativo me ha servido esta mañana para ponerme en oración:

¿Soy también un traidor a Jesús?

Martes santo. Día de intenso dolor, de angustia profunda, de soledad desgarradora y de abandono absoluto. Jesús se siente profundamente solo, su corazón está lleno de angustia y se siente dolorido y angustiado. El camino que le llevará a la Cruz está ya cercano. El Señor es consciente de que será traicionado por Judas cuyo corazón resentido tiene un precio: treinta míseras monedas de oro. Horas después de que Judas unte el pan en la misma copa que Cristo, Jesus ora al Padre en el Huerto de los Olivos. Es tremendo contemplar como con la entrega de Judas y la negación de Pedro, la roca sobre la que se edificará la Iglesia, la traición al Señor se gesta entre los más íntimos, los que más conocieron el amor que desprendía el corazón de Cristo.
Con esta traición ─con mi traición— se pierde el sentido de ser un auténtico discípulo del Señor porque toda traición comporta romper una fidelidad firme, un amor auténtico, una amistad comprometida. Únicamente es posible traicionar aquello que de verdad se ama.
Y, en el silencio de este Martes Santo, me pregunto con el corazón compungido: ¿Qué hago cada día yo por el Señor? ¿Le entrego con frialdad de corazón o me mantengo firme junto a Él? Y, en estos días de Semana Santa, ¿me siento más cerca de Él o mis actitudes me alejan de aquel que va a dar su vida por la salvación del mundo? ¿Soy consciente de cómo lo traiciono cada día?
Lo traiciono cuando trato de hacer mi voluntad y no me dejo penetrar por su amor y su misericordia. Le traiciono cuando mi boca le ensalza y le ora pero a la hora de la verdad no le permito que transforme ni mi corazón ni mi vida. O cuando utilizo al Señor para pedir y exigir y no estoy dispuesto a cambiar mis actitudes. O cuando dudo de su infinita misericordia. O cuando la tibieza se hace presente en mi vida. O cuando no perfecciono mis obras de amor ni trato de ser vigilante con mi vida cristiana. O cuando falto a la confianza, lealtad, fidelidad de alguien de mi familia, de mis amigos o de la gente que se cruza en mi vida. O cuando mis promesas de autenticidad y verdad son meras palabras faltas de compromiso. O cuando mis intereses están por encima de mi compromiso cristiano. O cuando doy la espalda a aquellos que me necesitan. O cuando niego a mi prójimo. O cuando le niego su libertad y su felicidad. O cuando me dejo vencer por la tentación. O cuando desecho la cruz en mi vida. O cuando incumplo mis promesas. Y, así, un largo etcétera.
Hoy Martes Santo quiero permanecer al lado del Señor. Dejarme penetrar por su mirada y descubrir, en el silencio de la oración, cuáles son las sombras que cubren mi vida para llegar a resucitar con Él con el corazón limpio y lleno de esperanza.

Kiss of Judas

¡Déjame, Señor, permanecer junto a Ti en el Huerto de los Olivos! ¡No permitas que un beso mío sirva para entregarte! ¡Permíteme, Señor, llorar contigo, orar contigo, sufrir contigo en este día! ¡Permíteme tomar la cruz y caminar contigo hacia el Calvario! ¡Permíteme, incluso, que me crucifiquen contigo porque anhelo, Señor, resucitar contigo el día de Pascua de Resurrección! ¡Señor, no quiero tracionarte! ¡Pérdoname, perdona, Señor, a este discípulo tuyo débil y cobarde que tantas veces te traiciona! ¡Dame, Espíritu Santo, la iluminación para ver las manos y los pies de Cristo clavados en la Cruz y recordar que todo ello fue producto de mis traiciones! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no crucificar de nuevo al Señor y no permitas que mi conducta, mis gestos, mis palabras o mis pensamientos le exponga de nuevo al escarnio público y la condena a morir en la cruz! ¡Ayúdame a ser una persona libre, abierta a Cristo, y no preocupada por mis propios intereses personales, mis satisfacciones, mis necesidades, mi egoísmo! ¡Ayúdame a ser una persona auténtica, abierta a Cristo, que se haga fuerte en la debilidad, que no huya en el momento de la prueba y que niegue a Jesús! ¡Ayúdame a ser como Cristo, siempre abierto a todos y a Dios, ejemplo de servicio, siempre desinteresado, siempre pendiente de los demás, siempre lleno de amor y de misericordia! ¡Padre, que la Pasión de tu Hijo Jesucristo, que convirtió su sufrimiento en instrumento de reconciliación y amor, me sirva para transformar mi vida y me haga siempre fiel a Ti y a los demás! ¡Ayúdame a ser fiel siempre a Tu Hijo!

In Monti Oliveti de Martini, para acompañar la meditación de hoy: