¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

Conformismo

Uno de los principales problemas de nuestra vida es el conformismo; el vivir instalados en aquellas realidades que nos resultan agradables aunque, lamentablemente, no nos acaben de llenar la vida. Es sentirse satisfechos con un bienestar acomodado a nuestra conciencia en lugar de aspirar a la plenitud. Es como vivir rodeado de burbujas que, aunque resultan muy confortables, son volátiles y acaban desinflándose.
En lo más íntimo de nuestra conciencia descubrimos los seres humanos que hay una ley que Dios escribe en nuestro corazón; está enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacer como que no la conocemos, podemos tratar de acallarla, silenciarla, ignorarla o desoírla. Pero siempre estará en nuestro interior reclamando ser oída. Es la autenticidad. He leído alguna vez que la conciencia es el sagrario del hombre; en ese sagrario el ser humano se encuentra a solas con su Dios Creador que hace resonar su voz en el recinto íntimo de su alma. Una conciencia limpia es la libertad de espíritu que viene al que se encuentra bien con Dios y los demás.
Esto me enseña que debo seguir siempre lo que la voz de mi conciencia dicte —mientras no haya una intención dañina o dudosa— para poder escuchar del Señor que soy su siervo de quien está orgulloso. Prestar atención a mi interior para oír e interrogar mi conciencia para que en todo lo que haga comprobar si soy testigo de Dios. Formar y educar mi conciencia de acuerdo con la ley de Dios y con la razón para decidir siempre según la razón. Examinarla a los pies de la cruz. Darle una forma recta y veraz. Asimilarla en la oración a la luz del Espíritu Santo y ponerla en práctica en nuestras acciones, palabras y gestos. Orientarla de la mano de la dirección espiritual. Protegerla de las influencias negativas y las tentaciones del maligno que siempre tratará de torcerla. Perfeccionar la conciencia es tarea de toda una vida. ¡Cuánto camino me queda todavía por recorrer!

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¡Señor mío y Dios mío! ¡Examíname en cada paso que yo dé, en cada palabra que pronuncie, en cada pensamiento que tenga, en cada gesto que realice, en cada acción que cometa! ¡Pruébame, Señor, escudriña mi mente y mi corazón porque tu misericordia infinita está delante de mis ojos! ¡Tú eres el médico de mi vida y hoy te clamo para que diagnostiques lo que hay en mi corazón! ¡Prueba mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda maldad! ¡Toma, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Líbrame, Padre, de las acechanzas del demonio cuando me enfrente a decisiones difíciles y actitudes morales! ¡Ayúdame, Padre, a la luz del Espíritu Santo a buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Adoro te devote:

¿Doy importancia a la virtud de la templanza?

Vivimos en una sociedad en la que se impone el consumismo y el materialismo en el que adquirir lo que uno desea se convierte en un ideal; una sociedad que busca la vida fácil y acomodaticia, sin compromisos; una sociedad que invita a no profundizar en el yo y en reconocer las propias debilidades; una sociedad donde el egoísmo es el rey; una sociedad que se ríe de la fuerza de voluntad para alcanzar grandes metas; una sociedad que aplaude la laxitud de conciencia y que no da importancia a crear conciencias rectas y nada permisivas. Una sociedad que está alejando a Dios del centro. Podría continuar pero todos estos hechos van en contra de una virtud en desuso: la templanza.
La templanza es esa virtud que trata de alcanzar el equilibrio en la utilización de las cosas y que ordena y modera los apetitos y el uso excesivo de los sentidos sujetándolos a la razón.
Si no aplico en mi vida la virtud de la templanza y no soy capaz de dominar mis propios actos pierdo gran parte de mi libertad porque me abono la actitudes negativas y a la victoria del pecado sobre mi. Eso provoca que no pueda desarrollar las virtudes de la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la entrega, la caridad… virtudes todas ellas características del Señor y que yo, como cristiano, debería ejercitar.
Por medio de la templanza logro controlar mis pensamientos y moderar mis actos, someter mis afectos y no depender de lo material de la vida. Además, crezco interiormente, soy capaz de dominar mis apetencias, me permite ser dueño de mi mismo y conocer mejor mis debilidades, me ayuda a mejorar cada día, a estar más alegre y ser más responsable, ser más auténtico entre lo que pienso, digo y realmente hago…
Si la templanza me permite ser dueño de mi mismo, apreciar mi propia dignidad, ser más humilde y esforzarse cada día a ser mejor, ¿qué cosas me impiden vivirla?

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¡Señor, concédeme la gracia de crecer cada día a tu lado; envíame a tu Santo Espíritu para que mis esfuerzos cotidianos me lleven a ser mejor persona, a no dejarme llevar por lo negativo, a que me venzan los caprichos y los deseos mundanos, a tomar aquello que no es agradable a Dios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dominar mis impulsos y ser siempre dueño de mi mismo no dejándome vencer por las acechanzas del demonio! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que sea siempre consecuente con mis pensamientos, palabras y acciones! ¡No permitas, Señor, que vaya siempre justificando mis actos y dando falsos pretextos cuando he hecho mal las cosas o no simplemente no he actuado bien! ¡No permitas que mi voluntad mi vence y ayúdame a trabajar siempre por hacer la voluntad de tu Padre! ¡Dame, Señor, la humildad para darme a los demás, para ser consciente de mi pequeñez, de mis debilidades, de mi necesidad de Ti! ¡Dame el don del respeto al prójimo para valorarlo como es y no juzgarlo! ¡Permíteme tener siempre una conciencia recta que no navegue entre las olas del que dirán! ¡Ayúdame a comprender al prójimo, al que más cerca tengo, y dame la sabiduría para saber orientarle siempre en sus necesidades! ¡Concédeme la gracia de saber sacrificarme y mortificarme por Ti y por el prójimo! ¡Borra de mi corazón la soberbia y el egoísmo, mis comodidades, mis autosuficiencias, mi utilitario, mi permisividad, mi tibieza porque quiere acercarme más a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a mantenerme siempre firme en mis principios y a controlar impere lo que pienso, lo que digo y lo que hago por mi propio bien y para honrarte a Ti y a los demás! ¡Bendíceme, Espíritu Santo, con esta valiosa virtud!

Dios de gracia y compasión, un canto inglés de Cuaresma de autor desconocido:

¿Sana Dios hoy?

¿Sana Dios hoy? Esta fue la pregunta de un encuentro al que asistí ayer en el que varias personas sentimos en nuestro corazón como Dios sana cuando tu vida está predispuesta para recibir su amor. Fue una experiencia hermosa. Hombres y mujeres de distintas edades experimentamos como el Señor nos tocaba el corazón. Regresamos a nuestros hogares glorificando a Dios. Me vino a la memoria la imagen de la alegría de Jesús aquel día en que uno de los diez leprosos al que había sanado se marchó agradeciendo a Dios lo que había hecho por él sintiéndose sanado y salvado.
La sanación interior exige mucha humildad interior. En mi interior le decía a Jesús que los hombres somos a menudo ingratos. Que nuestra autoestima nos lleva a rechazar con frecuencia su amor. Que no comprendemos que no es lo mismo ser curado que salvado.
El milagro de la sanación interior solo tiene sentido si es un reflejo del milagro del corazón. No es la lepra externa la que Cristo cura, es una lepra mucho más profunda y sutil: es la lepra del alma.
La sanación interior solo es posible por medio de la fe. Es el acoger el “Levántate y anda: tu fe te ha salvado”. La fe es la conciencia del amor incondicional de Dios siente por mí que soy un “leproso” pecador. La sanidad interior no es un derecho para el hombre sino un regalo que proviene de Dios.
Para muchos que son “sanados” lo más valioso es el obsequio que han recibido, pero olvidan al donante. Mientras que para el hombre “salvado” lo importante es el amor del donante más que el valor intrínseco del regalo en sí. ¡Porque solo el amor salva!
Y la fe, que sana el corazón, te lleva a la gratitud. De nuevo me vino la imagen de aquel que al ver que había sido sanado regresó glorificando a Dios, se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias de corazón.
El verdadero regalo de la sanación interior no es el regalo en sí mismo sino la íntima conciencia de saberte amado por Dios. El que se contenta con el regalo vive condenado a poner su propia persona en el centro de todo. Su existencia gira en torno a este regalo.
Verdaderamente libre de sus temores y, por lo tanto, capaz de disfrutar de una verdadera alegría, es él quien puede apartar la mirada del regalo y ver solo la mano providente de Dios. ¡Toda la apuesta está allí! Puedo perder mi trabajo, puedo tener dificultades con un hijo, puedo tener problemas económicos, puedo sufrir una enfermedad… ¡La salvación comienza tan pronto como puedo levantar mis ojos y cruzar mi mirada con la mirada amorosa de Dios que me revela que valgo más que este regalo que se me ofrece!
Y me preguntaba también: ¿Me maravillo por los obsequios continuos que recibo de Dios? Pero, sobre todo, ¿soy capaz de apreciar cada regalo, no tanto por lo que es, sino por lo que significa para mi vida?
Y me respondo convencido de que la lepra de la que debo liberarme es la de un corazón lleno de pretensiones y exigencias. La de un corazón que se olvida con frecuencia de dar gracias a Dios. Delante de Dios y frente a los demás me comporto como un rico al que arrancan el regalo de las manos en lugar de mostrarme como un pobre que recibe este regalo con la alegría del corazón.
Sentirse sanado y salvado implica vivir cada día como un regalo.  Vivir desde la fe. Aprender a maravillarse de cada gesto de amor que recibo.  Aprender a vivir llenando cada gesto, cada palabra, cada pensamiento… de amor como si fuera la última vez que voy a vivir esta experiencia, como si fuera la última vez que vaya a convivir con esa persona con la que trato.
Vivir todos los días como si tuviera que morir mañana. Solo entonces podré saborear la verdadera alegría, una alegría sanadora libre de todo temor.

orar con el corazón abierto

¡Gracias, Señor, por los regalos que me ofreces cada día! ¡Gracias, Señor, por que me sanas y me salvas por mero amor y misericordia! ¡Te pido, Señor, que entres en lo más profundo de mi corazón y sanes cada una de las cosas de mi vida que necesitan ser sanadas! ¡Señor, tu me conoces perfectamente, me conoces más que a mi mismo, y sabes que parte de mi vida debe ser sanada! ¡Toca con tus manos aquello que debe ser sanado y cambiado y libéralo de las cadenas que lo aprisionan! ¡Elimina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, todos aquellos obstáculos que me aprisionan, me acobardan y me hacen sufrir! ¡Tómame, Señor, de las manos y no me abandones porque quiero caminar contigo! ¡Dale luz, Señor, a las zonas oscuras de mi vida y llena con tu presencia las partes vacías de mi existencia, especialmente aquellas que necesitan ser sanadas y salvadas! ¡María, Madre de Jesús, ven también en mi ayuda para consolar lo que debe ser consolado y para proporcionarme la fuerza que tantas veces me falta para caminar con alegría! ¡Renueva, Espíritu Santo, mi confianza en Dios y dame la fortaleza para hacer frente a las dificultades, trampa y adversidades de la vida y hazme consciente de que es el amor de Dios el que me sostiene siempre! ¡Cura esas heridas que deben ser sanadas! ¡Concédeme la gracia de no poner barreras al amor de Dios y ni al amor del prójimo, no permitas que me repliegue en mi mismo y por medio de tu gracia sanadora dale sentido a mi vida! ¡Jesús, sanador de cuerpo y de alma, te glorifico, te alabo y te bendigo y me entrego enteramente a Ti y te hago entrega de mi corazón, de mi mente y de mi espíritu para salir al mundo y proclamar tu amor y tu misericordia, tu bondad y tu justicia!

Tu examinas mi corazón, Señor:

Jesús viene para quedarse

La Navidad se otea en el horizonte. Estamos a la espera de que Jesús venga a salvarnos. ¡Se acerca el Señor, el Salvador! ¡Y este hecho extraordinario no nos debería aterrorizar, al  contrario debe ser motivo de gran alegría! Jesús, al revelar de esta manera el significado de nuestra existencia, nos señala la actitud que debemos seguir para una buena preparación para recibirlo como corresponde en el corazón.
En las páginas del Evangelio hay muchas frase que te hace estar alerta: «Levántate y anda», «mantente en guardia», «permanece despierto» y, sobre todo, «ora sin desfallecer». Todos estos consejos, estas llamadas a estar vigilantes, esta invitación a la oración forman parte del camino del Adviento. ¡Porque el Señor viene a nosotros para siempre! Debo ser consciente de que en Navidad no conmemoro solo el hecho de que Jesús vino una vez. Celebro su venida, en el presente de mi vida: este año, como todos los años en Navidad, Jesús nace por mi —nuestra— salvación. Hoy, y todos los días, el Señor viene a mí, a mi vida, allí donde me encuentre y con el estado de ánimo en el que me encuentre. Lo impresionante es que nunca ha dejado de venir a mí y me llama constantemente para que le deje entrar en mi corazón y conocerlo mejor. ¿Estoy atento a su llamada, preparado para su venida, para su presencia en mi vida? ¿Quiero conocerlo de verdad?
Es este un tiempo en que debo tomar conciencia de mi propia responsabilidad en este encuentro con Dios. Mi alma debe volverse hacia Dios, con todo lo que es —corporalidad, sensibilidad, inteligencia, memoria, voluntad—, es decir, con todo mi ser. La vida es muy breve y al mismo tiempo algo extremadamente seria pues no solo es creación de Dios, la ha salvado Él. Es mi responsabilidad ir al encuentro de ese Dios que va a nacer. Y hacerlo con amor.  Dios nos ama y quiere ser amado por cada uno de nosotros en nuestra propia individualidad. El nacimiento del Hijo de Dios en Navidad está motivado únicamente por el amor que él tiene por cada uno de los hombres.
En esta primera semana de Adviento quiero profundizar en lo que hay en mi interior y contemplar mi vida desde la perspectiva del Señor. Volver mi mirada hacia Él que ya está presente en mi interior tantas veces como le dejo entrar.  Y, bajo el prisma de su mirada, ser consciente de las riquezas y la pobreza que hay en mi vida en este momento, así como los deseos y aspiraciones para llevarla a la santidad. Todo esto es lo que hace que el tejido de mi existencia tenga un sentido. Y, dado que el Señor me está esperando,  no puedo más que exclamar: ¡Bendito seas, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida! ¡Dame, por medio de tu Espíritu, una buena preparación para recibirte en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Jesús, Niño Dios, ven a vivir la realidad de mi humanidad; te necesito para hacer de mi vida una vida sencilla y santa! ¡Señor, tu tomas la condición humana con su belleza y sus limitaciones, tu me llamas a la conversión interior, tu me llamas a vivir la vida con intensidad para una auténtica conversión! ¡Enséñame, Señor, a adaptarme a la novedad que exige vivir tus mandatos, a dar sentido auténtico a mi vida según tus enseñanzas, a aceptar con coraje, humildad y amor tu voluntad, a creer que Tu, Señor, estás aquí con nosotros! ¡Hazme consciente, Señor, de que tu vienes porque nos amas y nos eliges para trabajar en tu viña, para hacerla más viva, para entregarnos a los demás como lo hiciste tu con amor, caridad y misericordia! ¡Abre, Señor, mis ojos a las necesidades y aspiraciones de los que me rodean, a los que sufren a mi alrededor, a los que necesitan de mi comprensión! ¡Abre, Señor, mi corazón al amor, para que nazca en mi interior un ardiente deseo de amar y compartir mi experiencia de Ti! ¡Señor, quiero ser un testigo vivo de tu venida, quiero ser artesano de tus obras, testimonio de tu mensaje! ¡Quiero transformar mi vida por medio de tu Santo Espíritu! ¡Gracias, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida!

Un hermoso villancico navideño para alegrar el corazón en este tiempo de adviento:

Vivir en presencia de Dios

Lo leo en el Génesis: «Anda en mi presencia y sé perfecto». ¿Qué supone caminar por la vida en presencia de Dios? Implica, en un entorno relativista que desprecia la búsqueda de la verdad, ir siempre con la conciencia de que Dios se hace presente en cada uno de los acontecimientos —tristes o alegres— de mi vida. Ser consciente que escruta y contempla cada uno de mis pasos y tener la conciencia cierta de que Él debe convertirse el centro de mi vida. Implica permanecer en su amor, arraigado en la fe porque ésta no es una mera aceptación de unas verdades volátiles sino una relación de intimidad con Jesús que me permite vivir con la conciencia de ser amado por Dios.
Sin embargo, en ocasiones actuamos de determinada manera, positiva o negativa, pero según la circunstancia la llevamos o no término porque alguien nos observa. Si tengo la conciencia viva de qué Dios, desde la finitud, me observa siempre y que debe convertirse en el centro de mi vida probablemente actuaré en consonancia con su voluntad y su gracia cumpliendo sus mandatos con rectitud.
Dios no actúa como una cámara de vigilancia permanente. No es un agente del orden cuya misión es llamarme la atención por cada actitud equivocada que cometa. Al contrario, Dios es Padre. Un Padre que transmite amor y misericordia. Un Padre que indica el camino que debo seguir cada día para alcanzar la felicidad prometida.
Caminar en presencia de Dios es sentir su amor, lo que da sentido a todo. Nadie es fruto de la casualidad. Es fruto de un proyecto de amor divino. Y en esta conciencia es más sencillo discernir cuáles son los designios para mi, más fácil poner prioridades a mi vida, establecer una escala de valores que permitan orientar mi vida. Considerar la realidad de mi existencia no desde la mundanidad sino desde una perspectiva espiritual. Es sentirse amado, querido y bendecido sintiendo su presencia en todo cuanto me acontece, en medio de las contrariedades y sufrimientos pero también los momentos de gozo y de alegría. Es dar testimonio vivo de la presencia de Cristo en el mundo.
Haga lo que haga, actué como actúe, siempre estoy en presencia de Dios. Me corresponde a mi descubrir su presencia, conservar su presencia y deleitarme con su presencia.

orar con el corazo abierto

¡Me pides Padre que ande en tu presencia y sea perfecto; me lo pides a mí lleno de miserias e imperfecciones! ¡Me lo pides a mi repleto de debilidades y autosuficiencias, de egoísmo y de soberbia! ¡Pero quiero cumplir tu voluntad y entregarme enteramente a Ti! ¡Permíteme tener una unión íntima contigo, Tu que me has creado por amor y me has hecho tu santuario en el que habita tu Espíritu! ¡Padre, no soy fruto de la casualidad; soy creación por un proyecto de amor! ¡Ayúdame, Padre bueno, con la gracia del Espíritu a permanecer siempre arraigado en la fe y vivir como una persona que se sabe amada por Ti! ¡No permitas, Padre, que nada me paralice; que no me embargue el miedo al futuro por mis debilidades y mis caídas! ¡Ayúdame, Padre, con la fuerza del Espíritu Santo a alimentar cada jornada con la sabia de la oración, con la riqueza de Tu Palabra y con el alimento de la comunión! ¡Ayúdame a ser testimonio de Ti, a ser semilla que fructifique y dé frutos abundantes! ¡Ayúdame, Padre, a ser dócil al Espíritu Santo para vivir en tu presencia y crecer en mi unión contigo! ¡Ayúdame a estar más abierto al servicio a los demás! ¡No permitas que me baje nunca de la Cruz, no permitas que me venza la impaciencia, más al contrario ayúdame a caminar siempre en tu presencia tratando de ser siempre justo en mis decisiones, intachable en mis gestos, irreprochable en mis actitudes, virtuoso en mis obras y perfecto en mis actos!

O Salutaris Hostia en la bella versión de Erik Esenvalds:

Decisiones que ponen en juego la moral

Una de las obras maestras del cine es la película El hombre tranquilo, dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne y Maureen O’Hara. El duro actor norteamericano, al que asociamos con los mejores western de la historia del cine, interpreta a Sean Thornton, que después de haber adoptado en conciencia la más importante decisión de su vida, deberá cargar con el peso de esa medida en los postreros años de su vida. Thornton vivirá todo tipo de situaciones al no cumplir ni con las expectativas creadas por su futura esposa y su hermano ni la de los habitantes de la pequeña comunidad del minúsculo caserío del Norte de Irlanda donde se localiza la trama. En principio, los valores que le exigen a Thornton son muy estimables y se enmarcan en las varias veces centenaria tradición de aquellas tierras. Otra cosa es, que las circunstancias más íntimas, le lleven a Thornton a sufrir un camino de espinas y de incomprensiones. El personaje de John Wayne toma la decisión de renunciar a un padecimiento físico y, en su lugar, aceptar el sufrimiento espiritual de verse como alguien incapacitado para cumplir con sus deberes y obligaciones matrimoniales pues su conciencia le dicta aspirar a un bien superior y no a subvertir los valores que son el sustento de su vida.
A lo largo de nuestra vida nos vemos obligados a tomar decisiones de índole moral, muchas de las cuales son tan importantes que suponen un enorme desgaste físico, mental y espiritual. Cargar la cruz de cada día no es tarea fácil, especialmente cuando se trata de hacer las cosas con honestidad y fidelidad a una doctrina. Viene esto a cuenta porque un amigo me explicó hace unos días el caso de una profesional que tenía un importante dilema moral a cuenta de su negocio. Tan profunda era la situación que podría acabar con sus ingresos, y por tanto necesitaba hablar con un sacerdote para que le aconsejara las medidas a adoptar. En la conciencia de cualquier ser humano –inteligencia, emotividad, voluntad– está la propia vocación al bien, de manera que la elección del bien o del mal en las situaciones concretas de la vida acaban por marcar profundamente a la persona en cada expresión de su ser. Es la situación de esta chica. Yo, personalmente, también he estado en esta situación y no siempre, por las circunstancias, he tomado el camino correcto.
Olvidamos a veces que antes de ser clavado en la Cruz, Cristo hizo parada en el huerto de Getsemaní. Tal vez allí su sufrimiento fuese mayor que durante el tormentoso y oprobioso paso por el palacio de Pilatos donde, además de humillado, escupido y vejado fue flagelado, coronado de espinas y revestido con una túnica para iniciar el cortejo hacia el Gólgota. Sin reproches, el Señor, con la grandeza de aceptar la voluntad del Padre, sólo pidió que se apartase de Él aquel cáliz.
Los cristianos tenemos la obligación de ser fieles a la Cruz de Cristo, pues sin Cruz no hay salvación; pero antes hemos de pasar por nuestro Getsemaní particular, que es nuestro momento espiritual, con la conciencia limpia y libre, el que nos lleva a aceptar la voluntad de lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, con el fin de cargar posteriormente la cruz de cada día. Todos somos un poco ese Thornton de la película de John Ford, porque todos estamos obligados a buscar con la conciencia limpia la verdad de nuestra vida con la misma honestidad que lo hace John Wayne en las verdes praderas del norte de Irlanda. Para que eso se logre nuestra alma debe estar serena. Y cuando rechazamos la verdad y el bien que Dios nos propone, hay que escuchar lo que Él nos propone a través de la voz de la conciencia, buscándole y hablándole, para reconocer y enmendar nuestros errores y abrirnos a la Misericordia divina, la única capaz de sanar cualquiera de nuestras heridas.

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¡Señor, ayúdame a asemejarte cada día más a Ti para actuar siempre con corrección; sin Tí, Señor, y sin tu ejemplo no puede haber una base sólida para desarrollar una ética personal! ¡Envíame los frutos del Espíritu Santo, Señor, para llenarme de Ti que eres el Señor de la vida de la forma de ser y relacionarte! ¡Envíame tu Espíritu Señor, para tener un carácter amable, generoso, puro, entregado, alegre, flexible, servicial, cariñoso, justo, honrado, honesto y fiel! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que mis actos siempre reflejen bondad, comprensión, humildad y firmeza frente al pecado, la injusticia y la maldad! ¡Concédeme la gracia de esforzarme para vivir de acuerdo a tus mandamientos, siendo diligente en servirte a Ti y a los demás y defendiendo siempre la verdad aunque esto me lleve a la persecución y el sufrimiento! ¡Concédeme la gracia de ser una persona llena del Espíritu Santo, sometido a la verdad de la Escritura, que viva una vida limpia con conductas ejemplares, que nazca de un corazón henchido del Evangelio y viva la realidad de las bienaventuranzas! ¡Ayúdame a que mi valores sean los del Evangelio y mi ejemplo de vida sea el tuyo! ¡Quiero ser un autentico seguidor tuyo, Señor, y seguir tus mandamientos! ¡Dame la fuerza para con la gracia de Dios que viene del Espíritu Santo a servir, amar y aplicar las verdades del Evangelio, servir por amor a Dios y no para mi mismo!

 

Como hoy va de Irlanda, qué mejor que nos acompañe la música del más renombrado de sus compositores clásicos, Sir Charles Villiers Stanford, y uno de sus célebres motetes, Beati Quorum Via:

«Señor, si quieres, puedes limpiarme»

No una, sino mil. Son las veces que me olvido de que no estoy solo en este mundo, que no soy autosuficiente, que con mis solas fuerzas es imposible salir adelante. De colocarme en el pedestal de los dioses en minúsculas. ¡Con cuánta frecuencia me trato de colocar en el lugar de Dios para resolverlo todo!
En estos momentos —cuando es más necesario el equilibrio, la ponderación, la armonía…—, el darse cuenta de que uno sólo no puede es cuando la caída es más dolorosa. Se hace más evidente mi debilidad y la conciencia de que con mis solas fuerzas es imposible sostenerme. Entonces con evidente claridad te das cuenta de que no soy más que una criatura diminuta, simple, repleta de limitaciones. Y es más fácil también aceptar el sufrimiento como parte intrínseca de mi propia existencia con el Padre amoroso tomándome de su mano, cuidándome y llenándome de su misericordia.
La enseñanza de Dios ante nuestras inútiles autosuficiencias es que la vida no tiene ningún sentido si no se vive por Dios y para Dios. Por eso hoy, alzando los brazos al cielo, con el rostro en tierra, exclamo desde lo más profundo de mi corazón como aquel leproso del Evangelio: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y sentir como Dios extiende su mano sobre mi pobre corazón y escuchar: «Quiero, queda limpio».

si tu quieres puedes

¡Señor, acudo a Ti hoy como el leproso necesitado de tu gracia y de tu amor! ¡Vengo, Señor, a la oración para que toques mi corazón y sanes todas las lepras que hay en mi vida: mi autosuficiencia, mi soberbia, mi egoísmo, mi tibieza, mi vanidad, mi pereza, mi falta de caridad, mi falta de amor, mi falta de autenticidad, el creerme un dios que todo lo puedo pero nada alcanza…! ¡Todo lo sabes, Señor, tú conoces mis debilidades! ¡Tú, Señor, conoces los sufrimientos de mi vida, ayúdame a sobrellevarlos purificando mi alma! ¡Tú, Señor, conoces las necesidades que tengo, ayúdame a aceptar tu voluntad! ¡Limpia, Señor, la lepra de mi corazón, de mi boca, de mi alma para que reposes alegre en mi interior! ¡Señor, tengo la necesidad de ser purificado por Ti porque quiero exponerme a tu santidad! ¡Señor, si quieres puedes limpiarme! ¡Si quieres puedes liberarme de mis caídas constantes! ¡Quiero ser transformado por tu gloria, Señor! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me examine de amor, para avanzar, para crecer, para madurar como cristiano, para ser instrumento útil en mi pequeño mundo! ¡Señor, son muchas las veces que creo estar sano pero a la luz del Espíritu Santo entiendo que estoy enfermo! ¡Señor, si quieres puedes curarme! ¡Quiero, Señor, a semejanza del leproso experimentar en mi vida la gracia de tu amor! ¡Haz, Señor, que en cada confesión el Espíritu Santo me de la luz para abrir mi corazón y tenga siempre un firme propósito de enmienda para acercarme a Ti y que tú limpies mi corazón! ¡Tú eres, Jesús, mi Señor, quiero rendirme a tu voluntad, aceptar tu voluntad, hacer mía tu voluntad, santificar lo que tu deseas para mí aunque eso no sea lo que yo había previsto para mi vida!

Te alabo en verdad, le cantamos hoy al Señor:

¿A qué me invita el Espíritu Santo en este tiempo de Adviento?

El Espíritu Santo revolotea siempre a nuestro alrededor. En este Adviento su presencia es real, profetizando en primer lugar en la Anunciación a la Virgen que engendrará al Mesías que redimirá el mundo, y más tarde, haciendo su presencia en el portal de Belén el día del nacimiento del Niño Dios. Es una enseñanza para el hombre de hoy. Nos permite comprender que los hombres sólo podemos realizarnos desde la perspectiva del Espíritu Santo. O mejor dicho, cuando nos convertimos en sus instrumentos dóciles ya que es Él quien nos permite alcanzar con paso decidido las metas que Dios nos marca en el peregrinaje de nuestra vida. Es el Espíritu Santo el que nos guía, nos fortalece, nos aconseja, nos inspira y nos ilumina.
En el día de Navidad que se avecina Jesús se hará presente en nuestra vida para acompañarnos siempre y darnos la luz. La luz que sirve de guía en nuestro caminar. La luz que viene del Espíritu Santo.
Y en estos días de Adviento, de repaso de nuestra vida, nuestra alma se llena del Espíritu Santo. Es la como la estrella que nos guía en el camino hacia Belén. Y eso nos da una gran paz, una enorme confianza y una inmensa serenidad. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Dios, moldea nuestra conciencia, forma nuestro corazón, y llena nuestra alma de amor.
Pero en este caminar hacia el portal de Belén sólo los sencillos y humildes de corazón son capaces de escuchar el susurro del Espíritu Santo en su corazón. Solo las almas dóciles se dejan penetrar por la fuerza del Espíritu de Dios. Sin embargo, ¡Son tantas las ocasiones que anteponemos nuestro interés a la voluntad de Dios! ¡Son tantas las veces que nuestros juicios humanos tratan lograr gobernar la realidad de nuestra vida! ¿Por qué tenemos la tendencia a olvidar que es la sabiduría de Dios la que debe regir en nuestra vida?
¿A qué me invita el Espíritu Santo en este tiempo de Adviento? A romper las cadenas que me atan a lo mundano, a desprenderme de las lógicas humanas y ponerlo todo en la presencia de Dios, a desarmar nuestras apetencias, a dejar de ser el ombligo del mundo y ver todas las situaciones en clave de eternidad. Es el tiempo para que el Espíritu Santo guíe nuestra vida, nos inspire, nos ilumine y nos predisponga a escuchar siempre la voz del Señor y, una vez en su presencia, que nuestra relación esté basada en el amor.
Me siento en silencio ante el Belén. Son unos breves minutos. Tiempo para pedirle al Espíritu Santo que elimine de mi corazón todo aquello que me impida tener paz, que me purifique, me renueve, me restaure y me llene con su preciosa unción. Todo para que mi alma esté preparada para recibir al Señor.

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¡Espíritu Santo, que soplas libremente sobre cada uno de nosotros, lléname de tu amor! ¡Espíritu Santo, que te hiciste presente en el corazón y en el vientre de la Virgen María, lléname de tus siete dones! ¡Espíritu Santo, que te apoderaste de Jesús, para enviarlo a anunciar la Buena Nueva de Dios y la liberación de nuestros pecados, lléname de esperanza! ¡Espíritu Santo, que eliminas de los corazones el miedo, los prejuicios, los intereses y la falta de amor, purifícame! ¡Espíritu Santo, que me invitas a abrirme al mundo, a ser coherente con mi testimonio de vida, invencible ante la desesperanza, renuévame! ¡Espíritu Santo, que eliminas de mi corazón los miedos y abrasas con tu poder aquello que no es servicio fraterno, restaúrame! ¡Espíritu Santo, que reduces a cenizas el orgullo, la soberbia, el egoísmo, la prepotencia o la hipocresía, sálvame! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a ser viento en el Viento!

Christmas Holy Spirit, la canción que hoy acompaña la meditación:

Soy una buena persona… no hago daño a nadie

Esta frase la repetimos con cierta frecuencia porque en el fondo todos tenemos un corazón bondadoso. Pero, como pecadores, creemos que el mal radica en hacer las cosas que están mal y no en dejar de hacer las cosas que redunden en el bien. Es la actitud de quienes tenemos las manos prietas por el pecado de omisión, el pecado de ser silenciosos observadores de la vida.
Las situaciones son muchas y muy variadas. Esa sonrisa negada a quien me mira buscando mi consuelo y compasión; la palabra de aliento que soy incapaz de regalar a quien está necesitado de esperanza o la respuesta airada en una conversación porque no se hace mi voluntad o se sigue mi criterio; el trabajo que no hago de más porque mi horario laboral termina a en punto y no voy a regalar a la empresa ni un minuto más; los minutos que niego a aquel que necesita ser escuchado porque mi tiempo es oro y no estoy para monsergas ajenas ya que con lo mío hay suficiente; el perdón que he omitido porque la herida que me han hecho es tan grande que soy incapaz de olvidar; ese pedazo de pan que me cuesta compartir porque, en definitiva, me lo he ganado con el sudor de mi propio esfuerzo y sacrificio; la rutina que jalona mi vida que me hace deambular por la vida dejándome llevar por lo que hacen los demás y así evito el qué dirán; el seguir los criterios ajenos sin importarme lo que piensan y sienten los que están a mi alrededor; el contentarme en no mejorar, en no formarme, en no crecer cada día como persona y como cristiano; la desidia en mi oración; la plegaria por aquel por el que nadie se acuerda y que tan necesitado está de intercesión; la visita a ese amigo enfermo en el hospital porque estoy muy ocupado y ya lo veré cuando esté recuperado; esa llamada de teléfono al amigo que lo está pasando mal porque se ha quedado sin trabajo y no vaya a ser que me pida dinero o cualquier otro tipo de ayuda material; la indiferencia ante el que sufre porque mis problemas sí que son un losa difícil de sobrellevar; la discusión que he evitado por defender mis creencias y mi fe no vaya a significarme demasiado; la lágrima secada al que sufre a mi lado porque en el fondo se merece lo que tiene; la respuesta desagradable que surge de mis labios porque respondo con la misma firmeza al que con sus palabras ha herido mi orgullo y amor propio; mis palabras airadas y malsonantes, llenas de rencor, porque si callo van a pensar que soy un pelele y me van a volver a pisotear; la herida al hermano que no he tratado de curar porque no fui yo quien la cometí; la limosna que no he ofrecido porque ya me cuesta llegar a fin de mes…
¡Hay, Señor, cuántos pecados diarios de omisión! ¡Y cómo trato de justificar mi conciencia con excusas tan vanas y superficiales! Sin embargo, me creo buena persona, orgulloso de mi comportamiento porque en lo grande no hago daño a nadie. Pero… ¿y en lo pequeño, en lo que puedo hacer y no hago? Es ahí donde uno se gana el cielo, donde demuestra que vive por amor y para dar amor. Es ahí donde radica mi semejanza a Dios.

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¡Señor, Padre de bondad, te pido perdón de mis pecados! ¡Te pido sinceramente, perdón, por mis pecados de pensamiento, palabra y omisión, por todos los actos que te agravian cada día, por todas las cosas equivocadas que cometo cada día! ¡Perdón, Señor, por las ofensas a mis hermanos, las palabras altisonantes e hirientes, las que no hubieras pronunciado Tú! ¡Perdón, Señor, por mis pecados de omisión! ¡Por todas esas cosas que debía haber hecho y dejé de hacer! ¡Te pido perdón, Señor, por mi desidia en tantas cosas! ¡Por no haber orado con fe, por no interceder como debía, por no ser vigilante a la verdad que surge de tu Palabra! ¡Perdón, Señor, por no callar para no herir, por no hablar cuando era preciso, por no emplear mi autoridad para hacer el bien! ¡Perdón, Padre de bondad y misericordia, por mi falsedad, por mi hipocresía, por mi falta de caridad, por esas acciones impregnadas de rencor, por la falta de sinceridad de mi corazón! ¡Todo esto Tú lo conoces, Señor! ¡Pero ante Ti, Señor, exclamo que no deseo volver a pecar! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que me dé el don de fortaleza para luchar contra el pecado, el don de piedad para profundizar más en la oración y el don de consejo para tener siempre tu inspiración en mi camino de cada día!