Seguir de cerca a Jesús en la Fiesta de la Divina Misericordia

Fiesta bellísima la que celebramos hoy a los pocos días de finalizada la Semana Santa y en los primeros pasos de la Pascua: el domingo de la Divina Misericordia. La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones que Dios es Misericordioso, que nos ama a todos y que, cuanto mayor es el pecador, más derecho tiene a Su misericordia. Y misericordia es lo que suplico hoy al Señor ante esta pandemia que asola el mundo que ha dejado las calles vacías, lugares antes repletos de gentes ahora sin un alma, quebrando seguridades materiales que implicaba para muchos una vida segura y ahora incierta.
Durante la Semana de Pasión me ha venido muchas veces a la oración esta frase: «Y Pedro le seguía de lejos». Pedro —Petrus, la Piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia— que le asegura a Jesús que estará dispuesto a ir con El no solo a la cárcel sino también a la muerte; que le asegura que aunque le sea necesario morir con Él, no le negará. Y después de no cumplir su promesa y negarlo lloró amargamente. Me he sentido muy identificado con Pedro. Con la firmeza de sus palabras estando cerca de Jesús —en mi caso en la oración— y la extrema debilidad que demostró más tarde alejándose de Él —¡he visto aquí reflejada mis múltiples abandonos al Señor!—. ¡Y cuanta misericordia la de Jesús!
«Y Pedro le seguía de lejos». ¡Con cuanta frecuencia le sigo de lejos cuando querría seguirle de cerca! ¡Cuántas veces le niego con mis actitudes y gestos cotidianos!
Hoy, en este día de la Misericordia, siento como Jesús quiso permitir a Pedro, esa piedra imperfecta y llena de defectos que le niega, y como me quiere permitir a mi guijarro imperfecto y repleto de fallos, que le sigamos de lejos para ir acercándonos poco a poco porque Él cuenta con cada uno no solo a pesar de nuestra debilidad sino en nuestra debilidad. Y que esas debilidades, flaquezas y decaimientos que atesoramos no sean jamás un obstáculo a su amor misericordioso, a su perdón misericordioso y a su compañía misericordiosa. El único obstáculo que Jesús pone a su misericordia —como le sucedió a Pedro y me puede suceder a mi, frágil y tan humano— es dejarse vencer por la soberbia, en el creer que solo lo puedo todo, el considerarme un dios en minúsculas, el creer que sin Dios lo tengo todo hecho, el tomarme por alguien henchido de virtudes y perfecciones… ante todo esto Jesús pone una muro de hormigón que impide que Su amor sea misericordioso.
En esta Fiesta de la Misericordia, gran regalo de nuestro amado san Juan Pablo II, a quien hoy recuerdo con especial cariño, me pongo en manos del Cristo de la Misericordia para cumplir con un deseo de mi corazón: no pactar nunca con mi debilidad. No pactar con mis flaquezas humanas y no ocultarlas jamás a lo ojos de Cristo para que Él pueda mirarme con esos ojos de misericordia con los que miró a Pedro en el patio del Sanedrín antes de que le negara tres veces. Y como el apóstol yo pueda romper a llorar y acercarme a Él para sentir su abrazo liberador y misericordioso en la confesión que es donde Cristo te enseña que su amor y su misericordia son infinitas.
Bella fiesta del perdón, del amor y de la misericordia que acojo en mi corazón con un gozo y una alegría infinitas. ¡Jesuscristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, como decía un santo contemporáneo, el santo no es aquel que nunca cae, sino el que siempre se levanta, es aquel que reconoce que se es imperfecto y que necesita de Dios para ser perfecto como Él! ¡Lléname, Señor, de tu misericordia que tanto necesito para levantarme y no pactar con mis miserias, flaquezas y debilidades y seguirte de cerca y no de lejos cada día de mi vida! ¡Señor, quiero vivir y estar siempre cerca tuyo, sentirme fortalecido por tu misericordia, ser capaz de enfrentar a tu lado cualquier situación que se me presente, vivir sin temor, no alejarme de Ti jamás porque soy débil y vulnerable a las caídas y al pecado! ¡Señor, no permitas que te siga de lejos! ¡No desoigas, Señor, la oración que te hago con el corazón abierto pues tu conoces mis miserias y sabes que con mis solas fuerzas soy incapaz de elevarme a Ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de aumentar Tu misericordia en mi para que sea capaz de cumplir en mi vida lo que tu esperas de mi! ¡Tu Misericordia, Señor, es infinita y tus tesoros de perdón y compasión no tienen límites, por esto te pido hoy que me mires a pesar de mis flaquezas y debilidades con amor infinito y aumenta Tu Misericordia en mi corazón duro, soberbio y egoísta para que me enseñes a amar, a servir, a darme a los demás, a no desesperar, a vivir en confianza, en entrega, en generosidad y me conforme con vivir según tus enseñanzas y tu voluntad! ¡Y a ti Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Jesús en ti confío!  

¡Padre, perdóname porque no sé lo que hago!

Martes Santo. Resuena profundamente en mi interior esta frase del Señor, que se escucha en la intimidad del Calvario, en el silencio majestuoso del día de la Pasión: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Mi corazón se llena de congoja, de tristeza, de dolor profundo. En su agonía, Jesús me interpela. Lo hace a todos. Se dirige al Padre implorando perdón por mi —nuestra— alma. Pide a Dios que perdone a los que le han —hemos— torturado. A los que le han —hemos— insultado, vejado y escupido. A los que tenemos el corazón duro y actitudes y gestos poco amables con el prójimo. Con una dignidad que sobrecoge, no responde. Ora.
Humillado acepta la humillación. Blasfemado acepta las blasfemias. Despreciado acepta el desprecio. Y ora.
Ante la injusticia, calla. Y ora. Ante el oprobio, silencio orante. No exige venganza a Dios. No reclama que se manifieste su dignidad de Hijo del Padre.
La noche se cierne sobre el Calvario. Desde lo alto de la cruz se escucha: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». ¡Le pide a Dios perdón por mis faltas! ¡Le pide perdón por mi alma, para salvarme del pecado!
«Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Es una oración que surge del corazón mismo de la cruz. Es una oración bellísima de amor a los verdugos. Es una plegaria profunda y noble de perdón por el que te ha ofendido.
Herido, magullado, llagado, sin apenas aliento Jesús clama: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Cristo pone en sus labios la teología del perdón. El perdón al que te ofende, humilla, desprecia. Te enseña a orar por el que te critica, te juzga, te miente, te engaña. Te muestra el valor del amor auténtico, el dar sin condiciones la vida por el que te ha provocado daño y te ha hecho mal. Miras al Cristo humillado con los brazos extendidos, abrazando a la humanidad entera, con su rostro dolorido y entiendes el valor del «perdona setenta veces siete», «ama a tus enemigos y ora por los que te persiguen», «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados».
Miras al cielo y ves como Dios sonríe. Es el gozo de sentir que hay muchos que han hecho suya esta frase que es el resumen vivo del mandamiento del amor. Vivimos en una sociedad en el que la palabra perdón va desapareciendo del diccionario de la vida, con vidas individualistas que miran por si mismas y no saben del perdón, con corazones duros como la piedra que no saben perdonar, que configuran incomprensión, falta de caridad y de amor, distancia y envenenamiento del alma, que crean muros entre las personas. Y ahí está el grito de Jesús. Hoy quiero hacer mía esta frase y darle la vuelta. «Padre, ¡perdóname porque son muchas las veces que no sé lo que hago y quiero ponerme en el camino de la reconciliación con el hermano, amar al prójimo, convertirme al amor!».

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo!

Un corazón que palpita la alegría del encuentro

Cuaresma. Tiempo de reconciliación. De cambio. De conversión. De transformar la vida. De encontrar el sentido de la vida. De buscar el perdón de Dios. El Evangelio te invita a acercarte a Cristo desde el desierto de tu interior. Y desde ese encuentro con Él, con ese unirse a su amor tierno y a la vez vivaz, uno reciba la sanación que necesita y el perdón que suplica.
En este tiempo de reconciliación la confesión es necesaria. Sin embargo, en este tiempo de confinamiento no puedes acercarte al sacerdote para decirle tus pecados. Pero existe la posibilidad de reconciliarte con el Señor por teléfono. El sacramento de la Reconciliación y el Perdón es un regalo sublime de la Iglesia. Necesito confesarme con frecuencia. Poner ante Dios los dilemas de mi vida, mis faltas y mis caídas para que Él las acaricie con misericordia, las perdone y me haga crecer humana y espiritualmente desde ellas. Necesito confesarme porque me siento pecador. Tengo esa necesidad de acercarme a la fuente de la vida y del perdón para que mi ser viva unificado con el Amor, que mi corazón camine en armonía con el ser de Jesús. Necesito que mi corazón —pobre, frágil, desarmado y tantas veces infiel— quede purificado porque sin el brillo de la gracia es difícil amar a Jesús. Necesito experimentar de una manera intensa y sanadora el perdón de Dios porque si no lo experimento en mi propio ser… ¿cómo seré capaz de perdonar a los demás?
Pero, sobre todo, es una necesidad vital porque cuando me levanto del confesionario, expulsando toda la inmundicia que hay en mi interior, me siento la persona más amada del mundo; siento la caricia de Dios; siento la ternura del Padre; siento la gracia desbordada en mi ser. Y mi corazón se sublima de alegría, de misericordia, de gracia, de paz y de amor. Me siento como el hijo pródigo abrazado por el Padre, con un corazón que palpita la alegría del encuentro.
Y lo más grato, más entrañable y más fascinante: siento el abrazo amoroso de Dios. Y siento cuanto me ama, cuanto me quiere y cuanto me comprende a pesar de mi pequeñez y fragilidad. Y, ante su mirada, me siento limpio, sanado y purificado para caminar al ritmo del Espíritu hacia la santidad soñada de la que tan alejado estoy.

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¡Gracias, Padre, por tus abrazos frecuentes a pesar de mis infidelidades y mis caídas! ¡Gracias, Padre, porque me acoges en la debilidad y me ayudas a crecer por medio de la confesión! ¡Concédeme la gracia de abrir siempre mi corazón para ser consciente de mis faltas, de los errores que cometo, del bien que debería hacer y no hago! ¡Concédeme la gracia, Padre, de vivir en orden y toca lo más profundo de mi corazón para abrirlo a la gracia y convertirme de manera sincera y profunda! ¡Padre, llena mi vida de gracia y fortalece mi debilidad para crecer en el amor, en el perdón, en la humildad, en la gracia, en la entrega, en la generosidad…! ¡Concédeme la gracia, Padre, de transformar mi corazón para asemejarlo al de Jesús! ¡Me postro ante Ti, Padre, arrodillado con mi pecado y te pido me perdones por tantas ofensas cometidas contra Ti y contra los demás! ¡Cúbreme, Padre, de tu amor y de tu misericordia y concédeme la gracia de la contricción y ayúdame a tener siempre un firme propósito para enmendar mis fallos, mis errores y mi pecado y la valentía y la firmeza para no volver a caer en tentación!

Dios obra el milagro de la sanación

Alguien por el que siento un profunda estima tiene el corazón herido, su salud está desquebrajada por una grave enfermedad. Rezo intensamente por él porqué sé que Dios sana. Es una verdad que nadie puede negar. Cuando hacemos referencia a la sanación hablamos de una imperiosa necesidad actual. La voluntad de Dios es que todos estemos sanos, no es cierto que quienes sufren enfermedades, sean del cuerpo o del alma, es porque Dios lo desea. Quienes tienen este pensamientos no intentan encontrar en Él la respuesta a su crecimiento interior y a sus necesidades de salud.
Dios envío a su Hijo para darnos la vida y dárnosla en abundancia. En boca de Jesús no hay una sola frase en la que dijera que la tribulación, el sufrimiento, el dolor o la tribulación fueran voluntad de su Padre. Lo único que manifestó es que Dios permite la enfermedad en la vida humana como manifestación de su gloria. Entendiendo esto comprendemos que Dios anhela que el hombre esté sano en espíritu, cuerpo y alma.
En la Biblia hay infinidad de textos en los que Dios manifiesta su inmenso amor y su eterna bondad. A mi me sobresalta el Salmo 147 que exclama que «Él sana a los de corazón roto y venda sus heridas…».
Rezo por mi amigo, pero también le aconsejo que ore él con fe y con confianza abundante porque quien pide y ruega al Señor, es escuchado. Dios gusta de escuchar las plegarias de quien le invocan porque es un Padre amoroso que se deleita en la confianza de sus Hijos aunque conozca sus necesidades, dolores, sufrimientos, desesperanzas y enfermedades. Pero, además, le recomiendo que se confiese, para purificar su corazón del pecado y renunciar a lo malo que hay en su interior y acudir a Él en su petición con la gracia santificante de la confesión. Que acuda a la Eucaristía para recibir al que es dueño de su vida, el único en cuyas manos está devolverle la salud quebrada. Y, finalmente, que ore por su médico para que a través de sus conocimientos y de sus manos Dios pueda actuar en él porque Dios utiliza instrumentos para obrar el milagro de la sanación.
Dios no quiere a ningún hijo suyo enfermo, quiere sanar sus dolencias porque lo único que anhela es su felicidad, libre de todo dolor.

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¡Señor, pongo hoy en tus manos todas aquellas personas que a mi alrededor sufren dolencias físicas o espirituales! ¡Tu, Jesús, te hiciste hombre para redimirnos y sanar a los enfermos, míralos con piedad y cura aquellas heridas que cada de ellos uno tengan! ¡Reconforta a cada uno de ellos con tus manos amorosas y misericordiosas y con la fuerza de tu poder haz que sus corazones se llenen de esperanza para superar todos sus males; y permite que confíen plenamente en la eficacia del dolor para su santificación, transformación y salvación! ¡Haz, Señor, que siempre sepamos ver que tu nos otorgas el dolor como designio de tu gran amor y tu infinita misericordia! ¡Ayúdanos a saber llevar la cruz de la enfermedad y que nuestro sufrimientos tengan un fin de eternidad! ¡Espíritu Santo, envía a cada enfermo la gracia de la fe para que ésta crezca en su interior, para que su esperanza no se debilite y la paz habite en su corazón!

Limpiar el establo de mi corazón antes de Navidad

La Navidad se acerca y me corazón rebosa de alegría. Ya no solo rezo el Rosario por la calle o la Coronilla de la Divina Misericordia, me regocijo cantando villancicos a Jesús y a María.
Ayer hice un acto que me llenó de alegría. Limpiar el establo de mi corazón para reconciliarme con Jesús en el sacramento del Perdón, reconciliarme con aquel que dio la vida por nosotros, que se hace presente en el altar para recordar su Pasión y su Muerte; necesitaba terminar el Adviento en gracia de Dios con fuerzas para rectificar mis incoherencias, para sentir el abrazo amoroso del Padre, para aliviar mis pesadas cargas de egoísmo, para hacer limpieza a fondo de mi conciencia, para poner las cosas de mi vida en su debido lugar para que haya orden, para impedir que en los rincones de mi corazón se acumule el polvo del pecado. Aunque me confieso regularmente quería ser capaz de acercarme al pesebre de Belén bien limpio de corazón. Y me sentí felizmente reconfortado en ese encuentro maravilloso entre el que se siente pecador y el Amor infinito que ofrece su perdón y su misericordia. Salí aliviado de cargas y con la alegría de saber que voy a dejar a Cristo que nazca en el interior de mi corazón simbólicamente el día de Navidad aunque de una manera real en mi propia vida, especialmente cuando cada día lo recibo en la Eucaristía.
En este camino hacia la Navidad, como lo haré en el camino de la Pascua, durante la Cuaresma, necesitaba transitar con el corazón limpio y dispuesto con profunda humildad, con un amor encendido, despreciando la oscuridad del pecado, para enriquecerme con los frutos de la misericordia divina y sentirme cerca de Cristo para que mi corazón se convierta en un humilde pesebre donde Él pueda nacer y sentirse cómodo.
En Navidad Dios se hace hombre para habitar entre nosotros. Jesus se hace luz, se hace plenitud de vida, se convierte en el amigo verdadero. Es tu amigo y mi amigo, ¡que mejor manera que more en uno que limpiar por dentro la casa para recibirle con alegría!

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¡Señor, quiero hacer limpieza en mi corazón para recibirte como mereces! ¡Ilumina siempre mi entendimiento, Señor, para que sea capaz de ver claramente cuáles son mis pecados y fortalece mi voluntad para aborrecerlos y arrepentirme de ellos! ¡Ayúdame a crecer espiritualmente y cumplir siempre tu voluntad para no caer en tentación! ¡Lléname de tu amor y de tu misericordia para ser un buen cristiano! ¡Ayúdame a ser humilde para perdonar al prójimo, para no juzgarlo, para no tener malos pensamientos ni que mis palabras hieran! ¡Ayúdame a no menospreciar al prójimo, a no mentir, a no vivir en la tibieza ni en la comodidad! ¡Ayúdame a ser justo con todos, a no hacer daño al que se acerque a mi, a ser responsable en todos mis actos, a respetar la idiosincrasia y el pensamiento ajeno! ¡Ayúdame a respetar siempre tu Creación! ¡Ayúdame a defender las verdades del Evangelio! ¡Ayúdame a no vivir en lo mundano sino como un auténtico cristiano! ¡Ayúdame a servir al prójimo con amor y vivir para ser servido! ¡Enséñame a perdonar y a amar! ¡Enséñame, Señor, a ser como tu, a tener siempre un corazón puro y limpio, generoso y caritativo! ¡Concédeme la gracia de vivir en gracia para recibirte con honestidad esta Navidad!

¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!

Me preparo para la confesión. Como cada vez que me presento ante el sacerdote en el sacramento de la Reconciliación siento cómo le he fallado al Señor desde mi anterior confesión. El examen de conciencia, de preparación para la confesión, deja en evidencia mis debilidades. Es un momento en el que siento profundamente aquellas palabras de Pedro dirigidas a Jesús en el lago Genesaret: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» pero también su firme decisión de «dejarlo todo y de seguirle».
Estas dos frases resumen muy bien la experiencia de la vida. Son un reflejo de lo que los apóstoles vivieron durante los tres años de convivencia con el Señor. En la vida del cristiano, como en el de cualquier persona, existe ese momento de inflexión que es el arranque para un cambio interior. Éste puede ser el del momento de la confesión, momento de gracia y de misericordia. Tiempo en que, abriendo el corazón, una claridad interior ilumina tu vida y pone al descubierto, con toda su crudeza y realidad, tu pequeñez, tu indigencia, tu pecado y tu nada. En ese momento, tu corazón se turba, enmudece, tiembla y tus labios solo pueden pronunciar con la misma sinceridad que lo hizo san Pedro, de manera apenas audible, el «apártate de mí que soy un pecador».
Pero cuando el arrepentimiento es sincero uno es también capaz de escuchar la voz interior de Jesús que te susurra: «No temas». Un «No temas» que se acompaña de una llamada a su misericordia. Un «No temas» para presentarle al Padre la verdad de tu propia vida por muy oscura, pequeña, pobre y turbadora que esta sea.
Es Jesús quién se dirigió uno por uno a sus apóstoles, a cada uno de nosotros, por su nombre.
La confesión te pone ante la realidad de tu propia vida pero también te da la confianza y la esperanza en Cristo y te permite creer en Aquel que te acepta como eres a pesar de tu miseria y de tu pequeñez.
¡«No temo, Señor» porque aunque caigo siempre en la misma piedra estoy presto a «dejarlo todo y a seguirte»!

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¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a comportarme con sinceridad en el camino del amor, y a crecer contigo a través de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Concédeme una sincera conversión y suscita en mí el amor a Dios y al prójimo!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre! Haz que tus hijos demostremos en nuestras vidas diarias, con nuestras actitudes, con nuestro hablar, con todo lo que hacemos el Amor a Dios y al igual que Tu, ayúdanos  siempre  a saber decirle Sí a la Voluntad del Señor. Amén.

Una canción de perdón al Señor para acompañar la meditación de hoy:

María y el Sacramento de la Reconciliación

Primer sábado de septiembre con María, Puerta del Cielo, Refugio de los Pecadores, Madre de la divina gracia, Madre de la Misericordia y Virgen clemente en nuestro corazón. Me reconforta cuando terminada la confesión el sacerdote me pone como penitencia alguna oración dedicada a la Virgen. Nuestra Señora se hace presente en el Sacramento de la Reconciliación como estuvo a los pies de la Cruz. Durante el tiempo de apertura del corazón para reconocer los propios pecados, María ora con el Espíritu Santo para la sanación del alma del pecador arrepentido.
Aunque en el ritual de la Penitencia no hay mención a la Virgen el sacerdote con el que siempre me confieso saluda, cuando te postras de rodilla en el confesionario, con este bellísimo saludo: «Ave María Purísima». En honor a la Señora sin mancha de corrupción, uno responde: «Sin pecado fue concebida».
María está presente junto al sacerdote, acompañándole en la escucha. María participa del dolor del penitente y derrama también su misericordia sobre su corazón. María sabe lo que es abrir el corazón pues lo hizo desde la fe para acoger la llamada del Espíritu Santo. María estimula con su presencia en la confesión llamando a «haced lo que Él os diga» en una clara invitación a romper con las cadenas del pecado, las faltas y las adicciones y acercarse de nuevo a Jesús, su Hijo amado, para renovar interiormente el corazón y la vida. María cercena el orgullo del pecador para que su confesión no se convierta en rutinaria y adquiera un nuevo impulso en su vida de fe con el fin de que sus corazones se colmen de fe, alegría y paz interior.
La confesión, sacramento de curación del alma, es el encuentro con Jesús y renueva la amistad con Dios. Para llegar a Él hay que estar en paz. Y María, que ha vencido al pecado por su condición de Inmaculada, es la que ayuda a que el demonio no pueda robar el corazón del cristiano que acude a Ella buscando su amparo y protección y llevarlo de nuevo a Jesús.

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¡Gracias, María, Madre de la divina gracia y de la Misericordia, por hacerte presente en la confesión! ¡Mírame, María, pues bien sabes que soy un pecador que necesita reconciliarse con tu Hijo! ¡Me refugio, María, en tu Sagrado Corazón y en el Sagrado Corazón de Jesús, para que mi alma se purifique y mi corazón se sane! ¡Lléname de tu ternura y amor para que mi corazón de piedra se ablande y acoja todas aquellas virtudes que te hicieron agradable a Dios! ¡Intercede, María, ante el Padre para que tenga misericordia de mi! ¡Sé mi amparo, María, para que mi corazón se arrepienta siempre del mal cometido y ayúdame a caminar como hiciste Tú con sencillez, generosidad y amor! ¡Dame claridad ante las dudas e ilumina mi entendimiento para que sea capaz de reconocer todos mis pecados y mis faltas! ¡Y, sobre todo, Virgen María, concédeme ser siempre sincero en mi confesión para renacer fortalecido y alegre a la gracia!

Del compositor Jacobus Gallus dedicados en este sábado mariano a la Virgen su bellísima Missa Super Sancta María:

La lucha entre el bien y el mal

Son muchas las personas que no tienen verdadera conciencia de que la lucha entre el bien y el mal es permanente. Tiene lugar en diferentes ámbitos de nuestra vida: en la familia —objetivo primordial del demonio—, en el trabajo, en la Administración, en el seno de la Iglesia, entre amigos o compañeros… Basta con leer la prensa o ver los noticiarios para observar como se trata de desmoronar los valores cristianos de la sociedad y del mundo.
Tratar de explicar el mal en nuestro mundo se está convirtiendo en una tarea cada vez más ardua pues cada vez hay menos conciencia de lo que es el pecado y cuáles son sus consecuencias. No somos conscientes de que el motivo que originó el pecado de nuestros primeros padres se produce diariamente en cada uno de los hijos de Dios. Desde la muerte de Cristo en la Cruz, el cristiano tiene que ser consciente que libra una batalla que no puede perder. En el Gólgota el Bien derrotó al mal. El demonio fue derrotado —es consciente de que todo lo tiene perdido— pero siempre intentará que en la vida de cada hombre no sea efectivo el triunfo de la Cruz. Y lo intentará hasta el final de los tiempos tratando de derrotar y vencer al hombre por su soberbia, su orgullo o su autosuficiencia.
Aún en la derrota, el príncipe del mal se hace fuerte en nuestro mundo porque el ser humano está aparcando a Dios de su lado y abandonando la fe, pilar fundamental de la vida. Busca respuestas pero las trata de encontrar en lugares equivocados.
La lucha entre el bien y el mal es algo personal. Se libra en el interior de cada uno. Lo dice bien claro el apóstol San Pablo: «la lucha es contra principados, potestades y contra los gobernadores de las tinieblas y las huestes espirituales de maldad».
Algo tengo claro como cristiano. Personalmente ganaré la batalla si no decrece mi confianza en el Señor y pongo mi seguridad en los méritos de Jesús. Aquí es donde radica la victoria sobre el mal, recibiéndolo diariamente, siguiendo sus enseñanzas, aceptando su voluntad y sosteniéndome en la oración que pone en comunión con Dios, la confesión que nos redime del pecado y la comunión que nos hace uno con Cristo y el rezo del Santo Rosario, escudo que la Virgen pone en esta batalla. Son elementos básicos para protegerse de los ataques diarios del príncipe del mal y para vencer en ese conflicto permanente entre el bien y el mal. El cristiano cuenta, además, con un aliado esencial: el Espíritu Santo, que nos otorga la fortaleza para luchar y nos entrega las herramientas para vencer.

orar con el corazón abierto

¡Señor, te pido humildad y mucha fe para luchar contra los ataques del demonio, líbreme de todo mal y ayúdame a ser libre, a guardar siempre el amor y el bien en mi corazón, desear siempre el bien, respetar siempre la verdad! ¡Bendice, Señor, a todo aquel que desee el mal y encamínalo por el camino de la fe en ti! ¡Líbrame, Señor, de cualquier cosa que pueda perturbar mi camino, mi mente, mi espíritu, mi fe, mi estabilidad, mi amor, mi esperanza! ¡Concédeme la gracia para distinguir siempre el bien del mal y la gracia para salir siempre victorioso en el enfrentamiento con el poder de las insidias del demonio! ¡Haz que mi compromiso cristiano sea contra el mal y me vuelva cada día más lleno de Dios! ¡Espíritu Santo, Espíritu de Dios, desciende sobre mi, moldéame, lléname de Ti, utilízame, expulsa de mi corazón todo aquello que me aleje de Dios, expulsa de los corazones de los hombres todo lo que les aleja de la verdad, destruye del mundo todas las fuerzas del mal! ¡Espíritu Santo mantenme siempre firme en la fe, revestido de la verdad y protegido por la rectitud en el actuar! ¡Hazme, Espíritu de Dios, una persona preparada para salir a anunciar el mensaje de paz, amor y verdad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu divino, para que mi fe sea un escudo que me libre de las insidias del demonio! ¡Que la espada de la oración, de la palabra, de la Eucaristía, del amor, de la entrega y del servicio sea la que luche contra el mal! ¡Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes a ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón!

Quiero cantar una linda canción: es mi amigo Jesús:

¡Que gran regalo el tuyo, Señor!

Acudo a la confesión como tantas otras veces en mi vida. Pero ayer, de manera especial, veo este sacramento de la reconciliación como un gran regalo porque cuando rezo de rodillas la penitencia que me impone el sacerdote me reencuentro con Ese que me ama con un Amor infinito y al que me duele profundamente haber tratado de manera tan injusta, a quien me duele haber hecho daño con mis faltas y mis pecados. Siento en mi vida, arrodillado ante el Sagrario, el don de la misericordia de Dios que entregó a su Hijo para reconciliarme con su amor y sus proyectos.
Lo más impresionante es que es el Señor es el que toma la iniciativa del perdón para que yo también aprenda a perdonar. Eso me lleva a reflexionar también que si para mí la confesión es algo costoso como no será también para Dios que hizo que su Hijo sudara sangre de dolor y de angustia. Pero Dios carece de memoria del pecado de la persona que se acerca a un confesionario y se arrepiente profundamente y suplica su perdón porque no hay alma más pura que aquella que vive en el perdón porque en el perdón está reflejada la mirada de Dios. Ayer precisamente sentí esa hermosura del amor divino que te perdona y que hace caer todos los prejuicios de tu vida y que sella en tu corazón una impronta de paz.
Sentí como Jesús me daba de nuevo otra oportunidad. Sentí que verdaderamente el cristianismo está basado en el amor. Y muchas veces estructuramos nuestra vida intentando no pecar, pero el cristianismo no es intentar no morir sino que es vivir, crecer, amar. Y arrodillado, pidiendo perdón, le digo al Señor que en cada una de mis faltas es Él el que me dice que no le di de comer, que no le di de beber, que estuvo enfermo y no le visité, que necesitaba el perdón y no lo vi, que le critiqué, le calumnié, le insulté, no fui caritativo con Él, no tuve paciencia, provoqué divisiones en la familia, entre los amigos, le humillé, le desprecie, le juzgué con dureza, preferí tener una vida cómoda antes de entregarme a los demás. En definitiva, que cometí la insensatez de buscar la felicidad por mí mismo, queriendo ser un pequeño dios, y eso me impidió hacer feliz a los demás por qué no he amado como ama Jesús.
La confesión de ayer me animó a seguir adelante, consciente de que volveré a pecar y a sentirme vacío, sucio e impresentable interiormente, pero que puedo volver a levantarme y mirar con mirada limpia a ese Dios que me ha creado, que me ama, con un sentimiento nuevo de amor y que al volver a confesarme sentiré como es el mismo Cristo, mi amigo fiel, el que impondrá sus manos sobre mi frente y exclamará: «Levántate y anda y no peques más».

confesión

¡Hoy exclamo como el salmo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava todo mi delito, limpia mi pecado pues yo reconozco mi culpa y tengo siempre mis faltas presentes; contra ti, contra ti sólo peque, cometí la maldad que aborreces»! ¡Abre siempre mis ojos, para que sea capaz de ver los daños y el mal que cometido y el bien que dejado de hacer, y toca suavemente mi corazón para que sea capaz de convertirme de una manera sincera a ti! ¡Envía tu Espíritu Señor para que fortalezca mi debilidad, y renueve cada día el profundo amor que siento por ti y para que todas mis obras estén impregnadas por tu gracia y yo pueda convertirme en un auténtico testigo tuyo! ¡Gracias por haber instituido el sacramento de la reconciliación porque me hace más humilde para reconocer mis pecados y necesitado de tu gracia, Señor¡ ¡Gracias también porque me hace consciente de mi miserable naturaleza y me ayuda a crecer humana y espiritualmente! ¡Te te pido vivir siempre el sacramento de la confesión para recuperar en mi vida el sentido de estar cerca de ti, Dios mío, para llenar mi vida con esa experiencia maravillosa que es encontrarme contigo y descubrir el verdadero significado del perdón y de la misericordia! ¡Señor, no permitas que te rechace nunca, ni que construya mi felicidad en función de mi voluntad apartándote de mi vida! ¡Gracias por las gracias que recibí ayer que me he levantado, me fortalece, me animan, me restaurar, me salvan, y Y transforman por completo mi vida!

Renuévame, Señor Jesús: