¡Ven, Jesús, ven!

Observando lo que sucede en el mundo parece que Jesús está ausente de nuestro mundo; parece también que el mundo olvida a Dios. Quienes creemos sabemos que Cristo está presente. Que su presencia está vida. Lo podemos experimentar en la oración y la Eucaristía. Jesús no vino solo para llenar de luz nuestras tinieblas; Jesús no se convirtió simplemente en nuestro compañero de viaje. El Hijo de Dios, la única ofrenda, perfeccionó para siempre a los que santifica. Cristo vino a transformarnos.

La gran noticia es que Cristo vive. ¡Lo necesitamos! Está presente con su poder y su gran gloria. El que nació con humildad en Belén, el que se dejó por su amigo Judas y los sumos sacerdotes del pueblo, el que tuvo hambre, el que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro que acababa de morir… ese es el Hijo de Dios. Dios no ha engañado a nuestra humanidad. Nos amaba tanto que quería inclinarse hacia nosotros para levantarnos hacia él. Aunque Jesús parece ausente, sigue intercediendo, orando por nosotros. Espera que sus enemigos sean puestos bajo sus pies venciendo al pecado. Satanás, el Padre de mentiras, parece campar a sus anchas en un mundo que adora el dinero, la corrupción, la mentira, los vicios, el hedonismo, el individualismo, la explotación de los débiles, la guerra por intereses económicos, la destrucción del medio ambiente…

Cristo vendrá en su gloria, para juzgar, para iluminar nuestras vidas, nuestros actos de caridad.

El juicio se describe como una unión, una unificación: la unificación de nuestros corazones, tan a menudo esparcidos y divididos; unificación de nuestras relaciones familiares, entre amigos, en el trabajo, en la parroquia… La Iglesia es, en Cristo, signo de unión con Dios y de unidad del género humano. ¡El juez es el Buen Pastor!

No tengamos miedo de este encuentro con Jesús. Como un amigo que nos guía, Jesús nos da los medios para esperar su venida. Frente a este mundo agitado por la pandemia, un mundo que está dividido entre la riqueza de unos y la pobreza de tantos, que se mata, que se autodestruye… la Palabra de Jesús es Espíritu y Vida, como San Pedro, escuchamos a Jesús y decimos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y esta Palabra de vida, este conocimiento del Señor, nos ha llegado a través de la predicación de los Apóstoles, de la liturgia de la Iglesia y de la vida de los santos. Son los auténticos intérpretes del Evangelio. Tenemos, pues, puntos de apoyo para conocer a Dios y a su Hijo Jesús, amarlo, seguirlo y servirlo. Saquemos de esta fuente los elementos para transformar el mundo.

Cristo Jesús reina, sus palabras iluminan nuestro camino, respondemos, en cada Misa, a este misterio de la presencia y acción del Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!”

Hoy, por ejemplo, como cada domingo, nos reunimos en torno a Cristo en la Eucaristía. Celebramos su victoria escuchando su Palabra, rememorando la Última Cena y su sacrificio de Amor, acercándonos al altar para recibir el Pan de Vida o la bendición de un Padre lleno de Amor.

Decir con confianza “¡Ven, Señor Jesús!” es una sencilla oración que hacemos para que venga el reino de Dios, para que se haga su voluntad y para que Dios sea reconocido como nuestro Padre, el padre creador de todos que tanto nos ama.

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo te necesita! ¡Utilízanos para ser instrumentos de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites!

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo necesita de tu presencia! ¡Utilízame para ser instrumento de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites! ¡Ven Señor Jesús, ven y quédate conmigo para caminar a tu lado y se testimonio de tu Evangelio! ¡Ven, Señor Jesús, ven a mi vida porque quiero ayudar a cambiar la mentalidad de este mundo enfermo que ignora la finitud de tu amor y la grandeza de tu misericordia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para ser bastón que apoye a tantos que andan tranqueando por la vida! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque el mundo está perdiendo la libertad debido al miedo y necesito la luz de tu presencia para dar brillo a la oscuridad que se cierne sobre nosotros! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque yo mismo necesito abrir el corazón, purificarlo, transformarlo, renovarlo, vivificarlo y esto sólo puedo hacerlo con tu presencia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para poner paz en nuestros corazones heridos, afligidos, tristes, para llenarlos de alegría, de ilusión, de amor, de ternura, de caridad, de humildad, de compasión y de tantos valores que tu representas! ¡Ven Señor Jesús, ven y no tardes porque necesitamos que el mundo se llene de tu Verdad!

¡Sálvame, Señor, que me hundo!

Cuando lees el Evangelio te vas encontrando con los hombres y mujeres que acompañaron a Jesús durante sus años de vida oculta y durante los tres años que recorrió de un lado a otro la que hoy denominamos Tierra Santa. Nos encontramos con discípulos que caminaron con Jesús, con personas que escucharon sus palabras y fueron testigos visuales o físicos de sus milagros de sanación. Nos encontramos hoy, transcurridos más de dos mil años, con las referencias escritas de la vida de Jesús. Y eso te permite comprender que la fe va mucho mas allá de lo que es físico, de lo que los discípulos, los protomártires, y los que le siguieron sin haberle conocido testimonian porque los únicos que pudieron tocar a Jesus y compartir horas de intimidad fueron los discípulos. Y, aún así, su fe era tan quebradiza, delicada y frágil como la que más. 

Para mi el ejemplo más clarificador es el que se produjo aquel día en que Jesús se encuentra con ellos en medio de un gran tempestad. Todos, sin excepción, mientras Jesús descansa gritan queriéndole hacer ver al Señor que la barca se hunde. Y claman por su salvación. Este ejemplo muestra que nuestra debilidad no está justificada porque no podamos ver a Jesús. La fe va mas allá de ver o de tocar, es una cuestión que surge del corazón, del pensamiento que va ligado a la sabiduría del Padre. Hay algo muy clarificador: no todo lo que es palpable o demostrable nos otorga la seguridad, no todo lo que está alejado ha de ser capaz de proporcionarnos la fe. Es el grito de «¡sálvanos que nos hundimos!» Y Jesús replica, sereno y tranquilo, confiado: «¿Por qué os asustáis?». Y lanza un mensaje demoledor: «¡Qué poca fe tenéis!». 

Me lo aplico a mi mismo. Acudo muchas veces al Señor con una frase similar a la de «¡sálvame que me hundo!». La fe en lo que se basa todo lo que creemos es tan débil, tan condicionada a nuestra debilidad, que no nos damos cuenta de que Jesus siempre navega con nosotros en la misma barca, de que Dios siempre está en nosotros, que aunque no podamos tocarlo, verlo u olerlo vive en nosotros, así lo hemos de sentir en nuestro corazón. 

Nuestra vida está en manos de Dios, de Cristo, bajo la gracia inspiradora del Espíritu Santo. Estamos siempre en manos del Padre, no hemos de tener miedo cuando nuestra barca parece que hace aguas por todas partes, cuando nuestra vida se zarandea, cuando nuestra historia personal se sacude, cuando nuestra existencia se derrumba… por eso nuestra fe, obtenida por gracia de Dios, hay que alimentarla, vivificarla, hacerla crecer, para que en estos momentos en que parece que nos hundimos, cuando parece que no hay soluciones, cuando nos embarga el miedo, ser capaces de acudir al que tiene la solución en si misma misma: Dios. Y hacer que esa unión entre Dios y nosotros que se realiza a través de la presencia de Cristo en nuestra vida acreciente nuestra fe. Esta fe pequeña que tan ligada va a la oración de cada día y a la interioridad de nuestro corazón.

Seguir a Cristo en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia, por eso anhelo que mi fe consista en una relación íntima con Cristo, con quien es el Amor que me ha amado primero hasta su entrega total en la cruz, que sea una fe vivida como relación de amor con Él siendo capaz de renunciar a mi mismo; una fe fuerte que supere todas las pruebas y me haga crecer cada día; una fe que se convierta en camino de iluminación, que no ahogue el amor sino que lo haga más sano y libre y se convierta en un camino de conversión y seguimiento a Jesús, como manera de crecer y perfeccionarme en mi camino de santidad.

¡Señor, tu sabes que hay muchas cosas que suceden en mi vida que no las comprendo, me es difícil explicar algunos problemas que me acontecen, que no acierto a entender porque me surgen tantas dificultades! ¡Pero, Señor, cuando pienso que mi barca se hunde ahí estás Tu, durmiendo en la barca de mi corazón manteniéndote fiel; por eso te doy gracias, Señor, porque mantienes mi fe firme! ¡Te pido, Señor, confiar más en Ti, creer en Ti! ¡Señor, ya sé que todo cuanto me ocurre lo conoces, pero muchas veces siento que estás dormido mientras mi barca se hunde; acrecienta mi fe! ¡Señor, Tu eres el dueño de cuanto sucede, cuando sientas que los problemas me zarandean, acrecienta mi fe! ¡Señor, cuando las tentaciones me golpeen y pierda la calma, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver más allá de los inconvenientes y dificultades, acrecienta mi fe! ¡Cuando la incertidumbre me embargue, acrecienta mi fe! ¡Cuando tenga miedo al mañana, acrecienta mi fe! ¡Señor, como tu lo permites todo y lo haces por mi bien, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver o entender el por qué de las cosas, acrecienta mi fe! ¡Cuando mi oración sea timorata y tibia, acrecienta mi fe! ¡Solo te pido, Señor, el gran regalo de confiar plenamente en ti, vivir más allá de lo que soy capaz de ver en mi pequeñez! ¡Dame, Señor, la fe necesaria y la voluntad firme para resistir en el barco aunque las tormentas de la vida lo zarandeen y tema hundirme! ¡Señor, acrecienta mi fe y que aprenda a decir cada día hágase hoy tu voluntad porque Tu aplacarás la tormenta, los vientos y las olas pues todo obedece a la primera a tu infinito amor! ¡Y a ti, María, Madre de la Esperanza y de la Confianza, también acudo para que acrecientes mi fe y la confianza en tu Hijo Jesús!

Reflejado en la inocencia de un niño

Observo complacido la gran confianza que mi hijo pequeño tiene en sus padres. Confía ciega e inocentemente en su madre y en su padre. Tiene una fe ciega en nosotros. Mira siempre en la dirección que le marcamos respetando su libertad. Es un interrogante averiguar que ronda en su corazón, pero esa confianza no le distrae.

Transportado al plano de la fe me gustaría tener esa confianza que mi hijo tiene, en este caso en mi, su padre. Tener la misma fe en el Padre. Con toda probabilidad mi fe no sea tan firme, segura e inocente. Y como no lo es probablemente no es capaz de mover la misericordia del Padre. Por eso no me cuesta reconocerlo, orarlo e implorarlo. Sé que el Espíritu que anida en mi y que recibí el día del Bautismo conoce como palpita mi corazón, sabe de la fragilidad, incerteza, fortaleza, pureza o inocencia de lo que está formado. Al Espíritu no le puedo ir con rodeos ni con medias verdades, Él todo lo conoce y todo lo sabe.

Contemplo a mi hijo pequeño y me doy cuenta porque Cristo puso como referencia a los niños como ejemplo a seguir. Y puedo verme perfectamente reflejado en él. En su inocencia y en su confianza. Al igual que él no duda de mis palabras, ¿por qué entonces dudar de la Palabra de Jesús? Al igual que él confía, ¿por qué no confiar en el Jesús de la Misericordia? Al igual que él cree todo lo que le digo porque sabe que es para su bien, ¿por que no experimentar la verdad que nace de la Buena Nueva del Evangelio?

Contemplo a mi hijo pequeño y veo la seguridad que le damos sus padres. Vive feliz, agradecido y contento porque podemos proveerle de lo necesario. Y al igual que él, ¿por qué no confiar siempre en el Señor que todo lo provee y lo entrega para mi bien?

Contemplo a mi hijo y toda su confianza surge de su fe en sus progenitores no de su razón. Pero miro mi interior y me doy cuenta que son muchas las ocasiones que todo lo paso por el tamiz del raciocinio; y ese jugar con la razón me hace recular, dudar y no creer con suficiente fe. Y así razono desde la madurez no desde la mirada de un niño como pide Jesús.

Y como quiero entrar en el reino de los cielos, como aspiro a la vida eterna, no me queda más remedio que hacerme como un niño. Recuperar la frescura del corazón, aparcar la razón y dejarme llevar de la mano del Señor.

¡Señor, nos invitas a hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos! ¡Por eso, Señor, te pido que envíes sobre mi tu Santo Espíritu para que abra mi corazón y me permita guardar esa razón que todo lo emborrona para creer ciegamente en ti! ¡Señor, tu sabes que a lo largo de mi existencia he vivido numerosas pruebas relacionadas con mis amigos, mi familia, mi salud, mi trabajo, mi economía y que todas esas pruebas las he pasado a tu lado y me ha fortalecido en la fe pero también sabes que la razón me invita a preocuparme y a dejarme llevar por las incertezas! ¡Ayúdame a tener un corazón simple con el que tienen los niños para creer en tu Palabra, en tus gestos, en tu voluntad! ¡Ayúdame a llevar una vida auténticamente cristiana que te sea agradable, una vida en la que me vuelva siempre hacia ti, llena de paz, felicidad y fortaleza sin importar las trabas y las pruebas que se presenten en el camino! ¡Haz, Señor, que mi fe esté siempre fortalecida por tu gracia, para que sea una fe capaz de vivir según tus mandatos, para que sea una fe inquebrantable, una fe firme, una fe basada en la esperanza que me permita ir de tu mano por las sendas de la vida, para sobreponerme a las pruebas, para afrontar con entrega los problemas y los desafíos, para vencer las dudas, para ser paciente y esperar tus obras en mi, para que mi vida sea, en definitiva, un reflejo fiel de tu amor incondicional!

Vivir de la esperanza

Nadie, ningún ser humano puede vivir sin un hilo aunque sea imperceptible de esperanza. ¿Por qué? Debido a que nuestra existencia se mueve entre un pasado, un presente y un futuro. Sobre lo que nos aconteció en el pasado nada puede hacerse, incluso si lo vivido y experimentado es pesado de sobrellevar. El presente siempre es evanescente, no siempre fácil y, con frecuencia, alejado de nuestras perspectivas personales. Solo sobre el futuro es posible ejercer, en cierta manera, el control pues deseamos que sea «mejor», anhelamos que sea «bienaventurado» y nos permita «progresar». El futuro es lo que construimos por medio de nuestro trabajo, de nuestras relaciones personales, de nuestra vida de oración, por medio de nuestros compromisos familiares y sociales… Es hacia el futuro que encaminamos nuestra vida y del que esperamos poder alcanzar las metas que nos proponemos, los deseos a los que aspiramos, las esperanzas que añoramos… Sin embargo, nada satisface por completo nuestra vida.
Sí, la esperanza está indisolublemente asociada al futuro porque con independencia de que estemos frustrados en el presente, esperamos recibir algo más tarde o temprano. El deseo es una expresión de esperanza.
Yo lo digo bien alto y claro: vivo de la esperanza. Vivo de la esperanza porque con la salvación, como escribió el Papa Benedicto XVI en su bellísima Encíclica Spe Salvi, “se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Y todavía más: llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Y cada día trato de acudir a Él por medio de su Hijo, vivir en Él por medio de Cristo, llenarme de Él por medio del Espíritu Santo. Y, por todo, ello doy gracias infinitas y mi corazón, siempre abierto, se llena de gozo… y de esperanza.

recibiendo-ano-nuevo-con-esperanza-1024x655.jpeg

¡Señor, tu sabes que las personas vivimos siempre a la espera de recibir cualquier cosa: una persona que te quiera, un trabajo en el que te sientas realizado, alcanzar paz interior, felicidad en el alma, superar las pruebas… por eso te pido que llenes mi corazón siempre de la esperanza de sentirme cerca de ti, realizado contigo, unido a ti, ver cumplido tu voluntad en mi! ¡Pero mi principal esperanza, Señor, es hallar la felicidad que Dios coloca en mi corazón siempre abierto a encontrar este anhelo! ¡No permitas, Señor, que nada me aparte de ti, de esta esperanza que anhelo para mi vida, que el mundo que me rodea no coarte esta esperanza, que nada asfixie mi corazón! ¡Permíteme, Señor, tener siempre contigo un relación abierta, franca, sencilla, íntima y personal para que desde el encuentro en la oración te sienta cerca, sienta la esperanza que renueva mi vida, fortalece mi espíritu y engrandece mi alma! ¡Escucha, Señor, mis plegarias de agradecimiento y de súplica, de bendición y de petición, y llénalas toda de esperanza! ¡Ayúdame, Señor, a actuar con rectitud de intención para impregnarlo todo de esperanza, para superar las pruebas y el sufrimiento, para acoger los triunfos y las alegrías, y ponerlo todo en el corazón como signo de agradecimiento a ti! ¡Señor, tu sabes cuánto te necesito para enderezar mi vida, para hacerla coherente, para hacerla vida, para impregnarla de alegría, para colmarla de esperanza! ¡Señor, tu conoces cuáles son mis esperanzas y de qué está hecho mi frágil corazón, por eso te pido que me hagas una persona moralmente íntegra, espiritualmente sólida y humanamente buena para tender siempre hacia ti!

En este primer día de julio nos unimos a la intención del Santo Padre para este mes que nos pide que recemos para que las familias actuales sean acompañadas con amor, respeto y consejo.

Acompañando a María en la Visitación y en Pentecostés

Último sábado de mayo, mes de la Virgen, víspera de Pentecostés y fiesta de la Visitación, con María en el corazón. No todos los años estas dos grandes fiestas coinciden en el mismo día. Así que mañana es un día grande. Como el sábado estas meditaciones están centradas en la Virgen, sigamos su camino. Donde está María, allí está Jesús; donde está María, allí se encuentra la Iglesia. Mañana es un día propicio para recordar que en toda la vida de María está la presencia del Espíritu Santo. Como también en la nuestra.
Durante la Anunciación, cuando a la joven de Nazaret se le presentó el ángel y le anunció que iba a ser madre de Dios sin intermediación de varón, recibió el consuelo de que aquel acontecimiento no era una cuestión humana sino parte del proyecto de Dios. María recibió la unción del Espíritu Santo y el anuncio de que la Palabra de Dios se haría carne en ella. Y María, asintiendo, dio la bienvenida al Espíritu Santo en su vida. Es así como María marca el camino. A todos, en algún momento de nuestra vida, Dios nos ha enviado un ángel, con un mensaje para dirigir nuestros pasos. No es un ángel como lo imaginan los pintores, sino una Palabra de Dios que toca el corazón y te impulsa a tomar decisiones, si se está dispuesto a abrir el corazón y seguir esta Palabra.
Después de la Anunciación, aparece el cuadro de la Visitación. María corre al encuentro de Isabel. ¡La virgen que está embarazada cae en los brazos de su prima estéril que también espera un hijo! Dos cosas imposibles que Dios hizo posible. La acción del Espíritu Santo va más allá de los límites, altera lo obvio.
Con aquella visita Isabel se llenó del Espíritu Santo. El niño que habitaba en ella se estremeció de alegría e Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo, exaltó a María como la madre de Dios y la verdadera creyente, como tan bellamente cantamos en el Magnificat.
Es este mismo Espíritu Santo el que nos hace verdaderos creyentes: aceptar la palabra de Dios y creer, sin ver, que Dios actúa en la vida. El encuentro de María e Isabel el día de la Visitación es el primer Pentecostés, un Pentecostés doméstico, familiar; es una invitación a reconocer que en cada una de nuestras familias, en cada persona como en cada comunidad, actúa el Espíritu Santo. Porque la acción del Espíritu Santo no está reservada a las grandes figuras del evangelio. Actúa de una manera muy ordinaria, aquí y allá, en el hoy y en el siempre.
Es Él quien pone en el corazón el deseo de darse a su Palabra, una palabra que compromete toda la vida, sin conocer el futuro pero confiando en la fuerza de Dios. Es él quien discierne si una vocación es auténtica y da la fuerza para responder a ella.
En este día de la Visitación, María corre hacia nosotros, portando de la Palabra de Dios. Viene a acompañar el trabajo que Dios comenzó en nosotros, las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, esas vidas que tantas veces consideramos mediocres, aburridas y estériles.
Y llega el día de Pentecostés. María reza con los apóstoles reunidos en Jerusalén, donde esperan a aquel a quien Jesús prometió.
Cuando el Espíritu Santo cubre con sus llamas a los Apóstoles, ahí está María. Este espíritu fructífero en Ella llena a los Doce que conforman la Iglesia. Les da el coraje de hablar con determinación mientras la Virgen entra en el silencio contemplativo porque María apoya a la Iglesia con su oración.
La que estaba presente al pie de la cruz, la que recibió en sus brazos el cadáver de su hijo, la que lo introdujo en la tumba, la que esperó con dolor y fe para que él saliera victorioso permanece en el centro, en el corazón de la Iglesia. Su silencio confirma las palabras de los apóstoles. Su presencia sella la comunión que los une.
En este hermoso día de Pentecostés coincidente con el de la Visitación, María nos recuerda que nunca nos abandona, que si invocamos al Espíritu Santo recibimos en abundancia sus santos dones.
Sábado víspera de Pentecostés y de la visitación de María. ¡Qué hermoso día para recordar que en la vida cristiana todo se recibe de estas dos fuentes: de la Iglesia y María. La Iglesia de Pentecostés y María de la Visitación.
¡Gracias, María, por tu ejemplo de amor, por tu confianza en Dios, por abrirte a la gracia del Espíritu clara invitación a seguirte con el corazón abierto! ¡Gracias, Espíritu Santo, dador de vida, gracia de la gracia, por querer entrar en mi corazón!

default

¡María, siempre llena del Espíritu Santo, te pido en este día que recuerdo tu Visitación que comprenda que la profundidad de tu testimonio, de tu servicio, de tu entrega, me permita apreciar todo lo que tu presencia en mi vida me trae como don a mi experiencia como cristiano, para poder ser así cada vez mejor hijo tuyo! ¡Gracias, Espíritu Santo, por salir también a mi encuentro, te pido me unjas con tus dones y me ayudes a responderte igual que lo hizo la Virgen! ¡María, Espíritu Santo, os pido que no me aleje nunca de vosotros para que caminando a vuestro lado pueda acercarme cada vez más a Jesús! ¡Espíritu Santo, dame como la Virgen, una mirada de amplios horizontes para no vivir encerrado en mi yo sino siguiendo la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a ser capaz, como hizo María, de ver siempre las necesidades del prójimo, para no permanecer impasible a sus sufrimientos! ¡Como a María vierte sobre mi tus santos dones, llena mi vida de paz, alegría, bondad, afabilidad, modestia, paciencia, dominio de mi mismo, fidelidad, entrega, servicio…! ¡Ayúdame a ser como María, Espíritu de Dios, que vivía siempre en referencia al Padre! ¡María, Espíritu Santo, me invitas a transformar mi existencia y convertirla en una liturgia perenne en la que reine siempre la voluntad de Dios! ¡Haced de mi vida fruto abundante! ¡Espíritu Santo, que tu acción santificadora penetre en lo más íntimo de mi ser, en mi sensibilidad, en mi memoria, en mi inteligencia, en mi voluntad! ¡María, quiero ser como tu Hijo, indícame siempre el camino a seguir!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, que no te quedaste con la alabanza de tu prima Isabel, sino que la referiste a quien correspondía en verdad, diciendo: «El Señor hizo en mí maravillas»; enséñame a reconocer la mano de Dios en todo y a darle gracias por todo.
Te ofrezco: repetir durante el día esta jaculatoria de la beata Maravillas de Jesús: «Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera».

Fe y esfuerzo personal

Me doy cuenta que en estos tiempos de incertidumbre dos cosas fundamentales me sostienen: la fe y la oración. Pero cuando más me adentro en la oración y abro mi corazón trato de evitar que la fe se convierta en el bálsamo de mis preocupaciones. No deseo que mi fe trate de adormecer mis virtudes humanas por mi soberbia espiritual o, simplemente, porque puedo llegar a pensar que orando Dios dispondrá.
Y no deseo caer en la tentación de tentar al Señor entregándole una preocupación, una incertidumbre, un cambio de actitud, un sufrimiento, una necesidad… y exigirle o esperar de Él el milagro inmediato. Sabemos que Dios hace milagros pero conforme a su calendario, no al marcado con una «x» en el calendario de mi voluntad.
Y es aquí donde debo poner además de mi fe y mi oración mi esfuerzo personal. Poner en marcha las virtudes connaturales que todos los hombres tenemos: la perseverancia, el esfuerzo, el sacrificio, la firmeza, el ánimo decidido, la valentía, la sabiduría, la entrega, la perspicacia, la constancia… necesito engrasarlas, ponerlas en marcha y no dejar que paren.
La fe es un estímulo que ayuda en los momentos cruciales de dificultad y de bonanza, que imprime carácter, que llena de alegría y esperanza, que robustece espiritualmente, que fortalece humanamente y que enaltece cristianamente, pero en ningún caso releva ni reemplaza las cualidades y las virtudes que atesoramos los seres humanos.
Tener fe es tener garantía de lo que se espera; tener certeza de las realidades que no se ven lo que te permite realizar grandes empresas y obtener las fuerzas para contraponer las dificultades que se abren en el camino. Cuando no hay fe, la vida está vacía. Por eso la fe te crea obligaciones adicionales: la de vivir en coherencia, en verdad, en un esfuerzo constante para crecer en santidad, aprendiendo a no lamentarse, a aceptar las consecuencias que sobrevienen, a no cometer imprudencias y desde la fragilidad y debilidad esperar la misericordia y la gracia de Dios.
Quiero convertir hoy mis pequeños logros cotidianos y mis pequeñas acciones de la jornada, mis gestos para con los demás, los trabajos que lleve a cabo en elementos que me permitan crecer en confianza para que la fe se afiance más en mi corazón y lo entienda como algo que es beneficioso para mi desarrollo humano, personal y espiritual.

Captura de pantalla 2020-04-10 a las 11.49.26.png

¡Señor, fortalece mi fe y ayúdame a crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia de tener mucha confianza en ti, a no confundirla con esfuerzos exigentes para provocar que actúes en mi favor porque ya creo y confió por lo que hiciste por mi en la cruz! ¡Ayúdame a acrecentar mis virtudes humanas para ponerlos sobre el altar y me ayuden a crecer como persona confiando siempre en tu benevolencia y misericordia! ¡Te doy gracias, Señor, porque veo en mi vida tus manos de alfarero, como me moldeas, y todo lo que has hecho para mi bien que muchas veces me cuesta entender! ¡Señor, gracias por todo lo que has provisto para mi! ¡Hazme entender que eres Tu, Señor, el que tienes la última palabra en todo; que eso me haga entender que debo caminar seguro a tu lado, confiando siempre! ¡Que no olvide jamás que tu no te olvidas de mi, que quieres que haga las cosas bien, que me quieres proveer con tu gracia! ¡Señor, hoy quiero repetirte con el corazón abierto que todo lo puedo en Ti, que me fortaleces! ¡Sé que decirte esto no me aliviará de mis problemas y mis dificultades pero me llena de mucha paz, de enorme serenidad y de una gran confianza! ¡Señor, sé que buscas siempre lo mejor para mí, que eres el Señor de los desafíos, de los retos, de los esfuerzos pero también el de la victoria final, por eso sé, Señor, a que tu lado nunca seré derrotado por el desánimo, las dudas, las incertezas o la desconfianza! ¡Dame, Señor, la lucidez para vivir en coherencia contigo, con mucha fe, con mucha oración y poniendo a tu servicio mis virtudes humanas! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia, por sostenerme siempre, por ayudarme a dar lo mejor de mi y a superar todos los obstáculos que se presenten en mi caminar diario!

Junto a María, Señora de la paciencia

Cuarto sábado de abril con María, Señora de la paciencia, en lo más profundo de mi corazón. El Sábado Santo, en el silencio de la jornada, vi por la tarde en directo por Internet la adoración a la Sábana Santa que se retransmitía por televisión. Allí, ante el sudario de Cristo, me vinieron infinidad de imágenes. Una de ellas, la de María a los pies de la cruz y recogida también en el cenáculo después de haber embalsamado el cuerpo de su Hijo. Y medité: «¡Ahora que estamos confinados en nuestros hogares, qué gran enseñanza la de María de mostrarnos la virtud de la paciencia». Paciencia en la espera. Paciencia de la que espera en Dios. María sabía íntimamente que las palabras de Jesús de que iba a levantar el templo en tres días se refería a su resurrección. Y esperó, esperó con paciencia en la casa sola con Juan, con las dos Marías y, más tarde, con el grupo de los apóstoles que fueron llegando llorosos, desolados y desconcertados buscando el consuelo, el acogimiento y la serenidad de la Madre. ¡Ella les transmitió la virtud de la paciencia y a confiar en las palabras de Jesús!
Contemplas a María, la Madre, la Corredentora, y ves en Ella el vivo ejemplo de la paciencia, una virtud interiormente arraigada en su corazón. Como cree firmemente en Dios su interior firme y sólido lo forja en el silencio orante, el que te permite hacer florecer con amor esta virtud esencial.
Y pensé: ¡qué infinidad de ocasiones me falta paciencia en mi vida! ¡Cuántas veces quiero las cosas para ayer! ¡Cuantas veces me falta paciencia para afrontar los acontecimientos de la vida! ¡Cuántas veces tengo paciencia con el prójimo! Y, entonces, te viene la imagen de María, cuyo corazón acrisola en su interior el testimonio de la paciencia infinita, de la espera confiada, la mirada paciente de Dios que te lleva a confiar y aguardar en silencio vivificante.
María, en el cénaculo, esperaba. Esperaba orando, confiando. Esa espera de María te enseña que la paciencia es una virtud que te hace crecer humana y espiritualmente. Cada circunstancia tiene su tiempo. Cada cosa tiene su momento. Y cuando aprendes a vivir paciente puedes vivir con más serenidad interior, con más paz, con más seguridad. La paciencia es la ciencia de la paz interior. Tienes paz, transmites paz. Vives en la paz, generas paz.
En este día, en plena Pascua, confiando en mi hogar, pido a María aprender de Ella la virtud de la paciencia para enfrentar la realidad de mi mundo desde la esperanza de la vida eterna como forma de darle su lugar a quien me rodea y demostrar decididamente mi confiar en Dios.

Captura de pantalla 2020-01-19 a las 7.20.18.png

¡María, cuanto tengo que aprender de ti para ser paciente y confiando! ¡Concédeme la gracia de vivir como tu, con paciencia ante los acontecimientos de la vida, procediendo lentamente, yendo más despacio, orando en silencio para avivar mi paz interior, para escuchar antes de actuar, para cuestionarme con serenidad las peguntas de la vida sin obligarle a Dios a responder de inmediato, para esperar que Él me revele sus deseos, apara no adelantarme a los planes de Dios, para querer más al prójimo, para soportar con amor las dificultades y los contratiempos! ¡Concédeme, María, la gracia de vivir como tu la paciencia esperando sin alterarme, sin revelarme, sin enfadarme! ¡Concédeme, María, la gracia de tener como tu más vida interior para mi alma desarrolle la virtud de la paciencia que tan olvidada tengo! ¡Concédeme, María, la gracia de tener paciencia interior con los que me rodean para hacer como hiciste tu con los apóstoles y las Marías a la espera de la resurrección consolándoles, orientándoles, tratándolos amorosamente, sobrellevando con ellos su dolor y su desolación, encomendando a Dios sus amarguras! ¡Concédeme la gracia, María, de tener paciencia conmigo mismo para afrontar las luchas de mi propia vida con alegría y en la espera de que se haga siempre la voluntad de Dios! ¡Pero sobre todo, María, ayúdame a tener mucha paciencia para con todo para fijar siempre mi mirada a Dios como hiciste Tu, y en Él y por Él ponerme al servicio de los demás! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo! ¡Y cuando me falta la paciencia, tómame de la mano y serena mi corazón!

¿Pero qué es ser feliz?

En una larga espera en un aeropuerto deambulo entre librerías disfrutando de las novedades editoriales. Muchos libros todavía no se han traducido en mi país por lo que son una novedad interesante por conocer. Tomo aquellos que me llaman la atención por la portada, o por el autor o por el tema. Leo con atención las contraportadas. Me sorprende un fenómeno. En las librerías de los aeropuertos la mayoría de los libros son novelas o títulos de autoayuda. En la lista de las obras de no ficción más vendidas seis de ellas corresponden a guías de iluminación espiritual, de crecimiento personal y de terapias alternativas que te aseguran él éxito hacia la felicidad… ¿Seguro?
Estas obras de desarrollo personal intentan convencer al lector de que leyéndolas serán capaces de ver sus inquietudes, problemáticas y conflictos con una mirada nueva de una manera directa, práctica, simple y sanadora. Estos títulos surgen porque hay un anhelo del ser humano para alcanzar la felicidad. Eso brota de lo más íntimo del hombre.
¿Pero qué es ser feliz? ¿Lo eres tu, querido lector? La respuesta no es sencilla porque hay tantas respuestas como corazones humanos: ¿Vivir bien? ¿Gozar de salud? ¿Ver contentos a tus seres cercanos? ¿Disfrutar de la vida? ¿No sufrir penalidades o calamidades? ¿Tener un trabajo estable? La pregunta es: ¿Es esta la felicidad verdadera?
Yo me pregunto muchas veces si puedo ser capaz de imitar la felicidad de Jesús, un hombre cuya vida estuvo presidida por las dificultades y que padeció una muerte indigna en la cruz acusado y tratado como un mero delincuente. Y aún así todo Él, como recogen los Evangelios, está impregnado de amor, de bondad, de gozo, de serenidad, de paz interior, de esperanza, de optimismo, de generosidad. Jesús era el paradigma del hombre feliz. El que no tenía nada pero lo tenía todo.
Entonces ¿qué es ser feliz? Es, por ejemplo, ¿creer en la promesa que viene de Dios como hizo María a pesar de las consecuencias que esta decisión comportó en su vida?; ¿es estar atento a la Palabra y confiar en el Señor, como se recita en Proverbios?; ¿es cumplir las prescripciones de Dios y buscarlo con el corazón abierto como canta el bellísimo Salmo 119?; o ¿cuando examinas tu propia conducta y encuentras en ti mismo y no en el prójimo un motivo de alegría y satisfacción como recomienda san Pablo en la carta a los Gálatas?; o como dice san Lucas cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón; o cuando nos alegramos siempre en el Señor, como se recita en la Carta a los Filipenses… Pero la felicidad máxima es una propuesta del mismo Jesús. Es la que Él mismo vivió. Nada tiene que ver con lo material ni lo existencial. No es la felicidad pasajera de las pasiones y del mundo. Es una felicidad en apariencia difícil de lograr pero que llena a espuertas el corazón humano. Es la capacidad de amar y de ser amado. La máxima expresión de la felicidad es sentir que eres amado por Dios y poder darlo a los demás. Y la gran escuela de la felicidad se resume en las Bienaventuranzas. Por eso Cristo fue inmensamente feliz porque su vida no fue más que una completa donación de sí mismo a Su Padre y a los demás. La plasmación práctica de las Bienaventuranzas. Una vida plena impregnada por el amor. Es paradójico pero esta felicidad no se recoge en ninguno de los libros de autoayuda que puedas encontrar en una librería de una ciudad o de una aeropuerto. Pero es la única que te asegura la felicidad.
Yo me pregunto ahora si soy feliz. Y la respuesta es que lo soy. Y no porque mi camino sea un camino fácil ni sencillo. Lo soy porque a pesar de todas las circunstancias siento de manera profunda, cierta y misericordiosa en lo más íntimo de mi corazón el amor que Dios siente por mí. Un amor gratuito y fiel y porque siento también ese amor de Cristo que ha donado la vida por mi, al que puedo recibir cada día en la Eucaristía y me ha donado la Palabra para crecer en mi camino pobre y humilde hacia la gloria celestial. Un camino que me muestra el sentido del amor y me hace entender —y tratar de vivir— aquello del «bienaventurados los…». ¡Y esto me llena de una profunda alegría y felicidad!

felicidad-1-768x506.jpg

¡Señor, gracias por el legado de la Bienaventuranzas porque me hacen comprender que la felicidad se alcanza desde el amor y con el amor! ¡Gracias por tu mensaje, Señor, por tus enseñanzas, porque me muestran el camino hacia la felicidad del corazón! ¡Gracias, porque me permite comprender que solo puedo ser feliz en una donación total de mi mismo abriendo el corazón a los demás de par en par como hiciste tu en gestos cotidianos de gratuidad y de amor! ¡Gracias, Señor, porque dándome me desquito de las ambiciones, del egoísmo, de la soberbia… para acercarme más a ti y a los demás! ¡Gracias, Padre, por tu amor incondicional, por tu amor misericordioso y paciente, gracias porque siento que camino entre tus manos; gracias porque tu presencia en mi vida me hace sentir paz y serenidad y ser feliz! ¡Gracias, Señor, porque tu presencia en mi vida no permite que nada me altere pese a los problemas y las dificultades! ¡Gracias, Padre, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Señor, hoy me propongo eliminar del corazón todo aquello que me aparta de ti y de los pensamientos tristes, de los lamentos y te alabaré agradeciéndote la alegría que nace de Ti! ¡Y ante las pruebas y problemas recordaré tus promesas que ponen a prueba mi voluntad de alcanzar la felicidad porque contigo nada temo! ¡Hoy caminaré confiado porque tu, Señor, estás conmigo en todos los momentos de tu existencia! ¡Hoy más que ayer quiero mostrar al prójimo que soy feliz porque tu presencia en mí corazón lo impregna todo de felicidad!

 

¡En todo lo que hago, Dios por delante!

He leído en un medio norteamericano una entrevista a Patrick Mahomes, quarteback de los Kansas City Chiefs, equipo ganador de la Super Bowl al derrotar al favorito en la final, los San Francisco 49ers. Me llamó la atención el titular de la entrevista: «En todo lo que hago, siempre pongo por delante a Dios».
Mahomes está considerado el héroe de la gran final, el jugador que encaminó a su equipo a la victoria. Minutos antes de iniciarse el encuentro un periodista de CBN Sports le pidió una reflexión del partido. Mahomes respondió: «En mi pecho tengo grabado los versículos 4-6 del Salmo 23 de la Biblia. Todo lo espero». ¿Qué dicen estos tres versículos? «Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza. Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo».
Mahomes lideró a su equipo, logró una remontada histórica, y se convirtió en el MVP del partido. Al concluir la final, fue entrevistado de nuevo. Ante millones de espectadores, se estima que solo en Estados Unidos siguieron el evento más de ciento ochenta millones, Mahomes hizo una profesión de fe extraordinaria: «Dios es la fuente de mi éxito. Todo lo que hago cada día es por Él que me ayuda a vivir de la manera correcta; haciendo lo que Él quiere puedo salir al campo con la cabeza bien alta y ser la persona que él espera. A lo largo de mi vida Dios me ha bendecido por eso trato de ponerle siempre en primer lugar y glorificarlo en todas mis acciones».
En este mismo equipo juega Stefan Wisniewski, quien a mitad de temporada había sido despedido de los Philadelphia Eagles. Puso su futuro profesional en manos de Dios y logró un breve contrato con los Kansas City Chiefs. A él también le entrevistaron en directo y estas fueron sus declaraciones: «En la vida has de seguir la voluntad de Dios. Y su voluntad ha sido que estuviera con los Chiefs durante cinco semanas. Para mí se convirtió en un auténtico desafío pero la presencia de Dios en mi me ha servido de apoyo. Durante este tiempo he confiado en Él y no he parado de alabarle. El sabía cuáles eran mis deseos y me ha ayudado a levantarme; hizo que mi lugar fuera humillarme ante Él y aquí estoy, jugando el sueño de la final de la Super Bowl. Todo ha sido por la voluntad de Dios».
Dos testimonios de dos profesionales abiertos a la voluntad divina. Dos creyentes con la capacidad de entender que hay un pasado, un presente y un futuro que depende de lo que Dios hace en nuestras vidas. Y con la grandeza de testimoniarlo.
La característica de estos dos corazones humanos es su confianza, su obstinación para que se haga en su vida la voluntad de Dios. Cuando el corazón es noble, el alma se sintoniza con el corazón divino, y unidos es posible lograr cosas extraordinarias. Cuando abandonas tus intereses y planes egoístas, tu vida sin ideales ni propósitos, y dejas que quien te sostenga y te guíe sea Dios, la gloria de su presencia llena de bendiciones tu vida. Y aquello que tanto deseas se obtiene al tiempo perfecto de su santa voluntad. ¡Gran lección la de estos dos jugadores profesionales que me debería aplicar con más frecuencia!

Patrick-Mahomes-vs.-Titans-AFC-Championship-620x349.jpg

¡Señor, me abro a tu voluntad aunque tantas veces me obstine en seguir mis propios intereses! ¡Me entrego a ti, aunque tantas veces me cueste detenerme y comprender que esperas de mi! ¡Señor, me entrego a ti para que tomes en tus manos mi porvenir, mis quehaceres cotidianos y los tiempos de mi vida! ¡Señor, creo en ti por eso quiero ver los cielos abiertos a mi alrededor; confío en ti, por eso quiero ver en mi vida tus propósitos perfectos; espero en ti, por eso anhelo en mi vida tus planes eternos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprender que tu eres la luz que me ilumina y el resplandor que todo lo alumbra en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la paciencia para recibir tus dones y la sabiduría y la gracia para vivir de acuerdo con tu voluntad siempre amorosa! ¡Concédeme, Señor, la gracia de entender lo que quieres y como obras en mi para que todo se haga según tu perspectiva y no desde la mía, tan humana y tan terrenal! ¡Ayúdame siempre a abrir el corazón para que se llene de tu santa voluntad y se inunde de tu amor misericordioso y diga siempre sí a tu voluntad! ¡Reina, Señor, en mi interior para que seas tu el que gobierna en mi ser y no me deje gobernar por mi egoísta voluntad!

Orar, callar y dar ejemplo

Regresaba el jueves por la noche después de unos días de viaje; para dirigirme a casa tomé primero el metro desde el aeropuerto y a continuación un autobús. En la parada me encontré a un conocido, jubilado, con el que coincido en el voluntariado del Cottolengo del Padre Alegre.
Hicimos el trayecto de 25 minutos en el autobús juntos y conversamos animadamente de varias cosas. Me contaba que desde que está jubilado disfruta haciendo el camino de Santiago, que realiza en varias etapas. Le tengo especial cariño porque en mis oraciones está presente una hija suya, consagrada, que vive en Roma.
En el trayecto me explicó la historia de un sacerdote de la congregación a la que pertenece su hija que vivió una tremenda experiencia en Siria. Allí, unas monjas fueron asesinadas por un fundamentalista islámico debido a que, pese a que ni las monjas ni los sacerdotes predican, con su ejemplo de servicio, de entrega y de amor al prójimo ofrecen un testimonio claro de oración y evangelización. Cuando el asesino fue detenido señaló: «Las he matado porque con su forma de actuar dan a conocer a Cristo». Vivir el evangelio en los gestos y las actitudes. En el bullicio del autobús, en aquel momento repleto de viajeros, momentos antes de bajar ambos en la misma parada y tomar direcciones opuestas mi acompañante remató: «Todo se resume en tres palabras: orar, callar y dar ejemplo».
Y añado: orar, callar y dar ejemplo para mirar en lo profundo y en lo hondo del corazón de uno mismo y del prójimo. Para hacer oración la conversación y el servicio, para entregarse y no pretender dominarlo, para crecer en el compromiso y la fe, para anunciar la Buena Nueva, para entender las necesidades del otro, para confiar en la voluntad de Dios. Orar, callar y dar ejemplo para afrontar lo inesperado de la vida, para abrir el corazón a las sorpresas que Dios te regala, para comprender que para Dios no hay nada imposible, para hacer luminosa la vida del que tienes al lado, para respetar su libertad sin manipulaciones ni recovecos. Orar, callar y dar ejemplo para no juzgar, para entender su realidad, para afirmar la realidad del Evangelio, para que la presencia de Dios se haga Palabra viva en la vida de las personas. Para asombrarme al experimentar que mi vida depende del Dios que es amor y pura misericordia a quien quiero contemplar, entender, alabar, adorar y seguir. Orar, callar y dar ejemplo para mostrar al mundo que vivimos en la realidad de nuestra vida testimoniando a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para afirmar la verdad de lo que creemos, aquello que rebosa en el corazón que ama a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para abrirse a la confianza de aquel que en su debilidad se hizo respuesta hace no mucho en el portal de Belén.
Orar, callar y dar ejemplo. Tan simple y a la vez tan de Dios. Tres gestos abiertos a la interioridad, la sencillez del corazón y a la entrega. Tres gestos que identifican el ser de Cristo en cada una de las páginas del Evangelio.

3843_comulgar_.jpg

¡Señor, creo profundamente en Ti, confío en Ti, te adoro, te bendigo y te amo, y quiero ser como Tu; ayudarme a ser alma orante, a aprender a callar cuando toque, a dar ejemplo siempre para que mis palabras, mis gestos y mis actitudes sean un reflejo tuyo ante el prójimo! ¡Señor, en tus manos pongo la pequeñez de mi vida, todas mis intenciones para que sean santas, te entrego todo lo que tengo en el corazón, pequeño y pobre, para que cuando se abra refleje lo mucho que te amo! ¡María, Madre de la esperanza, ayúdame a tener un corazón abierto a la oración, al silencio y al servicio; un corazón como el tuyo! ¡Hazme, Señor, ser auténtico testimonio de la verdad pero no de palabra y con grandes gestos sino con obra concretas que muestren que Tú vives en mi! ¡Envía a tu Espíritu Santo sobre mí para que con sus siete dones me convierta en testigo de la verdad! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Espíritu Santo de conocerte, de amarte, de experimentarte en cada instante de mi existencia, para darte a conocer por medio de mis acciones y de una manera cierta allí donde mis pasos me dirijan! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser testigo tuyo, siempre, sin miedo al qué dirán, sin temor a humillaciones; quiero ser lámpara, Señor, lámpara que ilumine el camino del prójimo que no te conoce, que te niega, que te rechaza, que está confundido, que busca o se interroga! ¡Concédeme la gracia de aprender a orar, callar y dar ejemplo para comunicarte a Ti que eres el Cristo vivo, la verdad y la vida!