Cansancio

El sábado compartí el día con unos amigos. Una amiga a la que quiero mucho me confía que se siente muy cansada. Y un amigo, poco después, me comenta lo mismo. Una de las palabras que más escucho de la gente últimamente cuando les pregunto como se encuentran es: «¡Cansado!». Sí, estamos cansados de los problemas, del trabajo, de los agobios, de las responsabilidades, de las prisas con las que vivimos, de las agitaciones cotidianas, de los desplazamientos, del trabajo que se nos acumula, de las cargas familiares. El cansancio invade cada uno de los resortes de nuestra existencia y cuando te sientes así estás más arisco, menos amable, menos comprometido, duermes peor. Oras menos.
Pienso en las veces en las que los evangelistas nos muestran en sus páginas cómo Jesús también se mostraba cansado. Y nutría sus cansancios de la oración y del silencio. Oración y silencio, en lo apartado de la vida, porque Jesús hacía de la oración un encuentro con el Padre, no importaba cuáles fueran sus circunstancias.
Los cansancios de Jesús eran similares a los nuestros: fatiga física, turbación ante la incredulidad de los que le acompañaban, contratiempos varios e inesperados, malos entendidos, soledad manifiesta, incomprensión de los que tenía cerca, fe tibia de sus compañeros de viaje, corazones como piedras de granito de tantos que le interpelaban…
¿Cuál es la actitud de Jesús y cuál debería ser la mía? Se define con una palabra femenina muy hermosa: Confianza. Esa que precisa la esperanza firme que se tiene en el otro. Confianza en Dios en quién puedes depositar todos tus cansancios. Confianza para no desfallecer. Confianza para coger fuerzas. Confianza para retirarte al silencio y ponerlo todo en manos del Padre, que es el descanso del alma. Y allí, tal vez turbado o harto de todo, es donde uno puede mirar su interior y dilucidar a qué se deben sus cansancios, sus conflictos, sus angustias, su falta de energía, sus pocas ganas de hacer las tareas, las ganas de tirarlo todo por la borda, de abandonar… Y, así, te puedes preguntar si esos cansancios son producto del propio voluntarismo, del confiar solo en las propias fuerzas y de la poca fe y confianza en el Dios sobre el que descansa cada alma del ser humano. Vivimos en sociedades en los que cada vez se nos exige más y desaprovechamos la oportunidad para tomar lo que la vida nos ofrece para vivir en plenitud. Sentirse cansado no es una obligación pero hay que aprender a encontrar las causas y poner solución para fortalecernos, vivificarlos y activarnos. El primer paso es hacerlo sencilla y humildemente con el corazón abierto a la confianza en la oración.

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¡Señor, enséñame siempre a descansar en Ti! ¡Concédeme la gracia de reposar mi alma sobre tu pecho para que la savia de la confianza vaya creciendo en mi corazón! ¡Señor, conoces de mis debilidades y mis cansancios, porque lees en lo íntimo de mi ser y sabes de mis dolores, de mi agotamiento, de mis penas, de mis angustias, de mis tristezas, de mis incomprensiones, de mis tibiezas, de todo lo que me provoca falta de confianza! ¡Concédeme la gracia de sostenerme en Ti y no en mi voluntad, porque eso me debilita! ¡No permitas que luche en vano y no dejes que nunca me dé por vencido porque necesito tu compañía! ¡Señor, hazme ver que mis cansancios son también pruebas que me ayudan a crecer, dame la visión para ver como cambiar las cosas, para enriquecer mi corazón y, sobre todo, para fortalecer con tu fuerza mi espíritu débil y temeroso! ¡Acompáñame, Señor, en mi activismo, en mi trabajo, en mis actividades cotidianas, en las relaciones con el prójimo, en mis agitaciones, en mis ocupaciones, en mis responsabilidades! ¡Acompáñame, Señor, en mis ansiedades, en mis preocupaciones, en mis tensiones, en la superficialidad de mi vida, en mis agitaciones y prisas¡ ¡Señor, te pido que pese a mis cansancios encuentre el tiempo para estar contigo, para contemplarte a ti y contemplar lo que me rodea, para orar, para encontrar la paz que me falta, para simplemente ser, para vivir con hondura y profundidad y vivir en plena armonía contigo y con los demás! ¡Ayúdame a enriquecer mi humanidad con tu presencia para que aprenda a afrontar mis cansancios con determinación y entereza, oración y fe! ¡Te pido, Señor, que tu amor se derrame sobre mi, que tu misericordia me inunde, que los desafíos que me agobian dejen de ser cansancios y se conviertan en un bien preciado que me haga crecer en la verdad! ¡No deseo, Señor, contravenir tus deseos pero te pido para todos aquellos que están cansados y agobiados por las circunstancias que le impone la vida espacios de paz, serenidad y tranquilidad y que sean capaces de encontrar todo ello en la oración! ¡Dales, Señor, la capacidad para superar los cansancios cotidianos y disfrutar de la vida con determinación, alegría y esperanza!

 ¿Por qué confío en Jesús?

Una pregunta directa: ¿por qué sigo confiando en Jesús? Pienso en mi historia personal, en cómo recibí la fe, cómo ha ido creciendo a lo largo de mi vida. Veo mucha gente a mi alrededor, compañeros de colegio o de trabajo, que fueron bautizados pero siguieron en la iglesia por mimetismo y hoy su fe se ha debilitado debido a que, insertos en esta sociedad secularizada, Dios se ha convertido en algo insignificante para ellos. Les queda Jesús que parece resistir a su crítica pues les resulta un modelo de humanismo. Pero nada más.
La fe en Jesús es un regalo de Dios. San Pablo recuerda que «nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo». Jesús es inseparable de Dios y del Espíritu Santo pues la Santísima Trinidad son tres personas en un solo Dios. Mientras María nos lleva a Jesús, Jesús siempre se dirige a Aquel a quien llama «Padre». Este regalo de Dios se ofrece a todos los hombres porque el Espíritu obra en el mundo y la misión de Jesús fue salvar la humanidad entera. Podemos recibir la vida de Dios, comunicada por Jesús, solo si la aceptamos como un regalo.
La fe en Jesús no solo es un don de Dios, es parte de una respuesta libre de nuestra voluntad. Y este acto libre se basa en los signos y las palabras de Jesús. En los Evangelios se habla de milagros —«signos»— como los de Cana o el de los panes y los peces, sorprendentes a los ojos de la fe. Pero el reino de Dios se manifiesta en el ser humano de manera cotidiana. Una señal muy clara del reino nos viene de la bondad gratuita que humaniza divinamente, por ejemplo, con el perdón, con la amistad, pero también con la solidaridad, con el servicio o con la gratuidad de nuestro amor.
También están las palabras de Jesús, que son espíritu y vida. El mensaje del Evangelio es también un mensaje humanitario que cuestiona, atrae o rechaza —¡acaso no lo son los mensajes de «perdona» o «ama a tus enemigos»!—. Un ideal de vida fraterna que aún seduce a muchos no cristianos en la actualidad.
Entonces, ¿por qué sigo confiando en Jesús? Porque creo que Jesús viene del cielo, que Él es «nuestro Señor y nuestro Dios», al que proclamo cada día que asisto a la Santa Misa, especialmente en el momento del Credo y de la comunión, al que veo en medio de los cambios de este mundo, al que tengo arraigado en lo profundo de mi corazón, al que puedo experimentar interiormente, amarle con el corazón y fiarme de Él, al que puedo acudir como hicieron los personajes de los Evangelios que no dudaban en buscarle, seguirle y anunciarle. Yo pongo mi esperanza entera e inalterable en Jesús, haciéndolo así lo pongo en las circunstancias y sufrimientos, en las alegrías y esperanzas de mi vida y no en la seguridad de mi cuenta bancaria, de mis capacidades, de mi trabajo… Yo creo en Jesús porque mi vida es una aventura que busca la felicidad y la santidad. Y creo en Jesús porque por medio del Espíritu Santo me da la fuerza y el vigor para caminar cada día hacia Dios.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, que nunca abandonas a nadie, que nos acompañas, que nos amas y que has venido a salvarnos, creo profundamente en Ti! ¡Te agradezco, Jesús, el amor que me tienes que no merezco, el amor que excede todo entendimientos, el amor que procura por todos los pequeños detalles de mi vida! ¡Te doy gracias, Jesús, por tus promesas que surgen de tus palabras de amor y de esperanza, gracias a ellas confío, creo y espero! ¡Llena, Jesús, mi vida de ti, llena a mi familia de los valores cristianos, llena mi entorno de tu gracia, permíteme testificar a todos tu poder! ¡Bendíceme, Jesús, con tu Santo Espíritu para que prepare siempre mi corazón para vivir conforme a tu voluntad! ¡Jesús, tu eres mi único Salvador y soy consciente de que tú te haces presente en e todas las áreas de mi vida; te doy gracias por que le das a mi corazón la certeza de la fe, de la esperanza y del amor! ¡Acompáñame, Señor, en el camino de la santidad y no permitas por medio de tu Santo Espíritu que me desvíe de la senda que me conduce a la eternidad!

Cristo, mi amigo fiel cantamos hoy al Señor:

Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma

Durante un trayecto de avión ví ayer la película Invictus protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon, basada en el libro de John Carlin El factor humano. En cuanto tomé tierra busqué por internet el breve poema Invictus del poeta inglés William Ernest Henley que Mandela conservaba en su celda durante el tiempo de su cautiverio y que da nombre al film. Es un poema del que no se doblega ante la desesperanza.
En la vida hay momentos que se abren bajo nuestros pies y de manera abrupta provocan profundos precipicios aunque uno siga caminando con confianza infinita. En cuanto sientes el vacío todo bascula.
Todos somos vulnerables con independencia de la posición que ocupemos en la vida. En cualquier momento podemos perder el equilibrio. Una enfermedad, la pérdida de un ser querido, un divorcio, un accidente, el descrédito social, la crisis económica, los problemas con un hijo, las adicciones…
Vives feliz sin preocupaciones pero en un visto y no visto la vida puede tambalearse. «Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma», proclama Henley en la estrofa final de su poema. Palabras que certifican un ideal admirable pero… ¿cuántos tenemos la fuerza excepcional que formula el poeta inglés?
Pero en el caso de poseer esa fortaleza ¿cuál es la capacidad real para controlar el destino? ¿La capacidad para influenciarlo, de controlarlo por completo? Con este verso Henley quiere decirnos que, cualesquiera que sean las circunstancias, uno puede llegar a ser capaz de controlar sus reacciones y sus emociones.
Admito que no poseo la fuerza de carácter que tuvo Nelson Mandela. No tengo la sensación de dominar mi propio destino. Pero sí siento que soy el capitán de mi alma fundamentalmente porque mi alma me pertenece y, sobre todo, le pertenece a Dios. Contra viento y marea puedo navegar en el océano de la vida. He elegido ser el maestro de mi vida… después de Dios. ¿Quién sino Él para controlar mi destino y venir al rescate de mi alma con la gracia del Espíritu en los momentos de debilidad? Esto te permite tener la certeza de que no estás solo cuando la vida cambia. Su sostén es inquebrantable. Y en esa relación de confianza hay algo hermoso, el sí de Dios al hombre, y el amén nuestro a Dios que es la dinámica que sostiene la vida, que te permite sentir la compañía de Dios, el aliento del Espíritu para superar todas las pruebas y las dificultades y el encuentro con Cristo que nunca defrauda.

orar con el corazon abierto

¡Señor, deposito mis cargas pesadas a los pies de la Cruz! ¡Te doy gracias, Señor, por tu presencia en mi vida, porque tu carga es liviana y tu te ofreces para que descargue en ti mis agobios y preocupaciones! ¡Gracias, Señor, por la paz y la serenidad que ofreces a quien se acerca a ti, por eso quiero confiar siempre en tu providencia! ¡Te ruego que calmes mis tempestades interiores y exteriores y ante las pruebas que me toca vivir, a veces difíciles, que seas tú la fuerza que me permita seguir adelante! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que de mi salgan siempre pensamientos positivos y aleja de mí aquella negatividad que tanto daño hace a mi corazón y tanto me aleja de ti! ¡Señor, te entrego por completo mis cargas, mis tristezas, mis miedos, mis pensamientos, mis debilidades, mis tentaciones, mis dudas, mis luchas, mis amarguras, mis miedos, mis caídas, mis angustias, mis soledades, mis temores, mis pecados, mis errores, mis preocupaciones, mi alma, mis tentaciones, mi fragilidad, mis deseos, mis ansiedades, mi pasado, presente y futuro y, sobre todo mi espíritu; hazme fuerte para salir con firme y comprometido de mis batallas y que tu fuerza y tu poder me acompañen en cada momento de mi vida! ¡Te doy gracias por tu sí, Señor, y te entrego mi amén! ¡Te entrego mi voluntad para que tú seas el dueño de mi destino! ¡Envíame tu Santo Espíritu, para que me ayude a conocerme mejor, me ayude a entender la realidad y me permita profundizar en mi propia identidad!

Soy el capitán de mi alma (el texto en castellano se encuentra en la fotografía superior):

En Jesús llega la solución que nos agobia

Un amigo ha disfrutado de sus vacaciones de agosto en Rumanía. Allí ha recorrido los Montes Cárpatos y ha disfrutado de los bellos paisajes de las riberas del Danubio. Ha hecho el viaje a pie junto a su mujer y sus dos hijos adolescentes. Me contaba ayer que una noche estaban acampados en la montaña cuando, a las dos de la madrugada, mientras dormían apaciblemente en sus tiendas, escucharon asustados los pasos de un oso pardo que merodeaba por el lugar. Estaban advertidos de los peligros de encontrarse en la zona con este enorme mamífero. El corazón de los cuatro palpitaba de terror. No pudieron pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, mientras se preparaban para partir sigilosamente de aquel paraje, volvieron a escuchar en la cercanía los mismos pasos. Decidieron quedarse agazapados para evitar el peligro. Su mujer elevó la mirada al cielo y lo que vio le lleno de consuelo. Las grandes copas de los árboles, cuando el viento soplaba con fuerza, golpeaban entre sí las ramas con tal fuerza que daba la impresión de que eran los pasos de un oso. ¡No pudieron parar de reír ante tal cómica situación!
En la vida nos preocupan situaciones que magnificamos pero que, en realidad, son producto de nuestra falta de confianza y que, tal vez, no van a acontecer jamás. Jesús pide que no nos preocupemos, que nos nos agobiemos por nada. Que lo pongamos todo en sus manos. Que lo busquemos primero a Él pues el resto vendrá por añadidura. Jesús conoce todas nuestras necesidades y dificultades presentes y futuras. Todas son temporales. Cuando en lugar de centrarse en el problema, te concentras en Él, al corazón llega la paz y la serenidad. Hay que poner siempre los medios para solventar los problemas pero hay que tener primero fe en que desde el mismo Jesús llegará la solución a lo que nos agobia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres quien auxilia a aquellos que viven en la preocupación y en la angustia! ¡Tu poder es tan grande, Señor, tu misericordia tan infinita, que no puedo más que ponerme en tus manos para que se haga el mí el cumplimiento de tu Palabra! ¡Confío en ti, Señor! ¡Tu conoces mis debilidades, mis problemas, mis angustias, mis temores; tu sabes que muchas veces mi fuerza de voluntad es tibia; que me preocupo en exceso por el ahora; tu sabes que los miedos y los temores me hacen perder mi confianza en ti, me vuelven más débil! ¡Apiádate de mi, Señor, y dame la fortaleza de la fe, la certeza de la esperanza, la certidumbre de la confianza! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que me otorgue la sabiduría y la inteligencia para confiar siempre en Ti, para que no permita que mi voluntad se quiebre ante las tentaciones, la debilidad y los temores! ¡Te entrego, Señor, el manejo de mi vida; concédeme la gracia de comprender que tu cuidas siempre de mi! ¡Dame la paz que necesita mi corazón, la alegría de espíritu para comprenderlo todo, no permitas que nada me quite la serenidad interior aunque aparezcan los problemas y los tormentas de la vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la sabiduría de apreciar tu banda, la alegría de vivir, la constancia para luchar, la luz para alumbrar mis decisiones! ¡Haz, Señor, que tu Santo Espíritu remueva mi interior y lo mantenga siempre firme en la tribulación! ¡En ti confío, Señor, que lo eres todo para mi!

Confío en ti, Señor, cantamos hoy al Señor:

Miedo a las sorpresas de Dios

Hay veces que uno pone todo su esfuerzo en una tarea que no acaba dando sus frutos. El desgaste personal es grande y eso hace mella en el alma. El desánimo te invade y los cansancios se convierten en una losa pesada. Me ha ocurrido con frecuencia: poner esperanza en algo que no se concreta. En estos momentos es cuando más confianza tengo que poner en el Señor; permanecer alerta con lo que desea transmitirme e invocar, esperanzando, el signo de su voluntad. El pequeño milagro anhelado.
En definitiva, el único que disipa las tinieblas de la incertidumbre con la luz es  Él. Sólo Él hace emerger la claridad de la oscuridad. Suavizar el áspero sentimiento de fracaso. Tranquilizar el ánimo antes de que el alma se sumerja en el desánimo. Es el momento de subir de nuevo a la barca, empezar a bogar aguas adentro, desalojar temores infundados y poner la mirada en ese Dios que nunca abandona. Y echar las redes en mitad del mar bravío confiando en su Palabra, consciente de que sólo es Él quien puede obrar el prodigio que uno anhela: que la red esté tan repleta de peces que sea imposible arrastrarla hasta la orilla. Y que la jornada finalice con la tan ansiada pesca.
El milagro solo puede producirse cuando crees de verdad que tu red vacía se llenará con abundantes frutos porque Él, el Padre que todo lo puede, actúa siempre cuando menos te lo esperas sorprendiéndote siempre. Y, entonces, te das cuenta que tienes miedo de las sorpresas de Dios. Pero Él es así, sorprendiendo siempre; uno no se puede cerrar nunca a la novedad que Dios desea traer a su vida, encerrándose en si mismo, perder la confianza y resignarse porque no hay situación que Él no pueda cambiar si uno está abierto a su gracia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, muchas veces me empecino en trabajar solo sin tenerte a mi lado, confiando sólo en mis fuerzas; entonces solo observo que mis redes permanecen uno y otro día vacías! ¡Necesito escucharte, Señor, siendo dócil a tu Palabra y trabajar junto a Ti para que las cosas cambien y el milagro se produzca! ¡Quiero vivir en profunda comunión contigo para que al final del día, cuando no haya obtenido los frutos deseados, pueda volverme a tu Padre y escuchar su voz que me recomiende volver a echar las redes pero ahora haciéndolo en tu nombre! ¡Señor, qué diferente son las cosas cuando las hago en tu nombre! ¡No permitas que vaya quemando las horas inútilmente y que mi alma se seque sino que pueda confiar siempre en ti, abrir mi corazón, echar las redes y confiar siempre en los frutos de mi trabajo! ¡Espíritu Santo, dame la fortaleza para trabajar duro, con audacia, haciendo bien las cosas, incluso cuando haya tormentas y mares difíciles, y que no desfallezca cuando mi esfuerzo no de los frutos deseados! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a santificar mi trabajo para que sea semilla viva del Evangelio!

Seguimos nuestro camino cuaresmal musical con una bellísima pieza del maestro portugués Duarte Lobo, Pater Peccavi (Padre, he pecado) a cinco voces. Las palabras del hijo pródigo reconociendo sus errores y pidiendo perdón al padre son verdaderamente profundas:

«Tranquilo, ¡serénate!»

Comienzo la oración con la lectura del Salmo 139: «Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha». Me viene la memoria la imagen de mi padre. Fue él quien me animaba a nadar en las aguas tranquilas de la costa donde pasábamos parte de nuestras vacaciones estivales. Recuerdo sus grandes manos como me sujetaban con suavidad por encima de las tímidas olas de la quietud del mar y, cuando menos me lo esperaba, me soltaba poco a poco para que fuese yo el que moviera mis pequeños brazos y piernas y me dejase llevar siguiendo el curso de la corriente. «¡Tranquilo, serénate!», eran sus palabras de ánimo y confianza. Pero yo, un niño de cuatro o cinco años, agitaba con fuerza mis manos para quitarme el miedo de hundirme en el agua. «Cuanto más relajado estés, mejor te mantendrás en la superficie». ¡Cuanta razón tenía mi padre!
Superada la cincuentena, la experiencia me demuestra que la vida es como ese mar lleno de olas. El principio fundamental para nadar en sus aguas es, inicialmente, relajarse pero, sobre todo y por encima de todo, recordar que a mi lado, siempre y en todo momento, Alguien se preocupa de mí sujetándome con sus manos. Y puede que mi vida dependa de un hilo muy fino pero ese hilo está sujetado por los dedos del Señor «me alcanzará por la izquierda y me agarrará por la derecha» para caminar siempre recto y de rectitud.
Con Cristo todo es más sencillo. Hoy quiero hacer con Él lo mismo que hacía con mi padre. Darle la oportunidad de que sea quien me sostenga y me de la fortaleza y la seguridad. ¡Soy muy imperfecto pero en esta imperfección se derrama la gracia de Dios sobre mí!

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¡Llévame siempre en tu regazo, Señor, y no me sueltes! ¡Acompáñame, Señor, siempre en mi caminar diario porque necesito de tu aliento, de tu sabiduría, de tu amor, de tu fuerza, de tu misericordia, de tu conocimiento, de tu bondad, de tus consejos y de tu entendimiento! ¡Llévame siempre de tu mano, Señor, y envíame tu Espíritu! ¡Señor, todo lo puedo en ti que me fortaleces! ¡Todas mis capacidades vienen de Ti, Señor por eso que puedo lograrlo todo si Tú estás conmigo guiándome! ¡Señor, ya sé que te deleitas en amarme y guiarme por eso te entrego mis esfuerzos cotidianos! ¡Te entrego también, Señor, la preocupación por mí mismo y la de mis seres más queridos, por los asuntos que llevo entre manos, por las responsabilidades profesionales, familiares y laborales! ¡Dios mío, aquí tienes mi corazón, mi alma, mis manos, y mis pies y mi mente! ¡Utilízalos, Señor, como mejor te convenga a Ti, para que glorifiquen en mi y en el prójimo tu presencia! ¡Gracias, Señor, por la gran cantidad de cosas que haces por mí y por medio de mí cada día!

Tu mano me sostiene es el canto propuesto para hoy:

«Para todo tengo a Jesús»

Subido en un avión en dirección a un país africano por cuestiones laborales se sienta junto a mí una mujer somalí con un hijo de 10 años que ahora vive refugiada en Kenia. El vuelo es largo y el niño, inquieto, me hace muchas preguntas. Entablo conversación con su madre, una mujer joven, con el rostro marcado por el dolor. Me explica como la guerra civil en su país ha sido un drama humano. Ella es viuda como tantos miles de mujeres en este pobre país del cuerno de África, al este del continente negro. Su marido murió en el conflicto a los pocos meses de casarse y el niño que lleva con ella es adoptado. Es el hijo de su mejor amiga, que también murió junto a su esposo en la guerra. Ha viajado a Europa financiada por una organización humanitaria para curar una enfermedad de su hijo. Me habla de su país con una herida profunda. Durante mucho tiempo no tuvo nada, la escasez de alimentos les hizo pasar mucha hambre.
Ella pertenece a la minoría cristiana evangélica. Somalia es el quinto país más peligroso para la fe cristiana; es el país más violento del mundo, el peor en mortalidad infantil, y uno de los países africanos con menos cristianos. Afectado por monzones y tsunamis, es un país semiárido con solo el 1,6% de sus tierras cultivables; el 98% de su población es islámica. Me cuenta que Dios le provee en su nuevo país los gastos de comida y escuela para ella y para su hijo. Vive de traducir literatura cristiana para los refugiados de su país en Kenia e imparte clases de Biblia a otras mujeres refugiadas en su comunidad evangélica. Mientras me narra su historia se le caen las lágrimas pero tiene una coletilla: «Para todo tengo a Jesús».
Y claro, uno mira su interior y comprende que todos aquellos sufrimientos que pone cada día en el altar de su egoísmo no son nada comparados con los sufrimientos de tantos que siguen a Cristo (o no) pero que viven situaciones difíciles y en muchas ocasiones inaguantables. Pero Dios sabe a lo que te enfrentas. Esta mujer me dice que el profeta Isaías le recuerda que el Señor conoce íntimamente al hombre como si nuestro nombre estuviera escrito en las palmas de sus manos y, además, explicita, nos envía su Espíritu para que nos guíe, nos consuele y nos fortalezca. Me quedo prácticamente mudo y contesto con monosílabos. Y cuando madre e hijo se quedan dormidos en los incómodos asientos de la clase turista, unidas sus manos y sus rostros, pienso en esos desafíos que tengo delante y en cada uno de ellos repito con la misma fidelidad que está joven somalí «Te los pongo en tus manos, Señor, porque para esto te tengo».

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¡Señor, pongo en tus manos toda mi vida y todos mis planes, mis debilidades y fortalezas para que los hagas tuyos y puedan hacerse realidad! ¡Señor, permite que siempre siga el camino recto que Tú has ideado para mí! ¡Señor, Tú sabes lo que me preocupa; también lo pongo en tus manos! ¡Señor, que mis cargas descansen en ti porque es donde encuentro paz y serenidad ante todo lo que me angustia! ¡Haz, Señor, que sea sensible a la ternura de tu voz y que camine cercano a tu mirada en obediencia, humildad y sinceridad de corazón! ¡Señor, eres un Padre Bueno y maravilloso, haz que cuantos sufren persecución en Tu nombre vean aumentada su paciencia y abreviada su prueba! ¡Señor Dios, que en tu providencia misteriosa asocias la Iglesia a los dolores de tu Hijo, concede a los que sufren por tu nombre para que manifiesten siempre ser testigos verdaderos tuyos! ¡Dios de inmensa bondad, que escuchas siempre la voz de tus hijos, apóyanos en nuestro difícil camino con la fuerza de tu Espíritu, para que resplandezca en nuestras obras la vida nueva que nos dio Cristo, tu Hijo! ¡Señor, gracias por tu fidelidad que no merezco y por estar acompañándome siempre! ¡Y te pido por tantos hombres y mujeres refugiados, perseguidos, humillados, despreciados… por causa de la fe y por ser fieles a Tí, no los dejes de Tu mano y llena su corazón de fortaleza, esperanza y amor!

Del músico flamenco Orlando di Lasso escuchamos su Josturum animae a 5 voces. Este ofertorio compuesto para el día de Todos los Santos es un homenaje a todos aquellos que han dado su vida por defender su fe y gozan de la paz eterna: