Confiarse a María como el apóstol Santiago

Último sábado de julio con María, Madre de la Esperanza, en lo más profundo de mi corazón. Ante las cruces cotidianas, ¡qué mejor que acudir a María que estuvo siempre al pie de la cruz! A María te puedes dirigir siempre sin circunloquios, sin palabras bonitas, sin frases grandilocuentes… basta que le abras el corazón de par en par y sentir como Ella acoge tu plegaria, te arrope con su manto, te escuche con amor y eleve tu súplica al Padre.

María es la Madre que siempre está presente para acoger lo que cada uno le pide. Por eso se hace tanto de querer. Abre sus manos para que depositemos en ellas nuestra oración quebradiza, nuestras peticiones tímidas, la pequeñez de nuestras cosas porque para ella esa oración es grande, las peticiones importantes y lo pequeño sustancial. Todo lo que se ofrece a la Virgen se transforma por completo en obra del Espíritu Santo, con quien María ha tenido siempre una relación especial.  No hay nada que nos inoportune, nos duela, nos haga sufrir, nos preocupe, nos altere, nos entristezca que lo sienta ajena a Ella. Nada de cuanto nos ocurre queda al margen de su amor y de su misericordia. Cualquiera de nuestros pasos en su maternal compañía nos dirigen directamente a Dios.

Hoy, en esta festividad de Santiago Apóstol, más que nunca le confío a Ella mi vida como hizo el hijo del Zebedeo quien en Zaragoza obtuvo la bendición de la Madre de Dios para emprender su misión de evangelizar celtiberia. Aquel día, la Virgen se le apareció al apóstol sobre un pilar de mármol mientras un coro de ángeles cantaban el Ave María. Quienes nos hemos acercado a la Basílica del Pilar con frecuencia nos acordamos de la frase que dirigió a Santiago el Mayor: que la virtud de Dios obre portentos por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocino. Y, como es de imaginar, tomo con alegría las palabras de María para confiarle mi vida y la de todos los que amo para que llene nuestras vidas de su presencia y haga que brille en nosotros la luz de Cristo, esa luz que un día Ella iluminó en un rincón perdido del mundo. Y como el apóstol dejarme guiar con confianza por su Palabra, por sus gestos, por su compañía y por su amor imperecedero.

¡María, Madre de Dios y Madre Nuestra, quien te hiciste presente en Zaragoza para dar fuerzas y vigor al Apóstol Santiago y le invitaste a erigir en tu honor un templo a las riberas del Ebro, llena a nuestro país y a todos los que lo conformamos de mucho amor, de mucha caridad, de mucho respecto, de muchas gracias, de mucha generosidad y de mucha comprensión mutua! ¡Ayúdanos a persevera cada día en la fe, en la esperanza y en la caridad para que los valores perennes de tu Hijo pervivan en nuestras sociedades! ¡Te confío, Madre, mi cuidado y el de todas las familias del mundo especialmente las que están sufriendo dificultades económicas, sociales o enfermedades entre sus miembros! ¡Te confío el bienestar del alma para que no decrezca nuestra esperanza y nuestra fe; ayúdame a ser transmisor de esperanza, de acompañar a quien sufre, a buscar siempre la verdad, a acompañar a los que más lo necesitan como haces tu con cada uno tus hijos! ¡Te pido, Virgen Santa, que atiendas a los que padecen desgracias, soledad, enfermedad, falta de fe o poca disponibilidad para una entrega plena a Dios! ¡Conviértete, Madre, en verdadero auxilio para quienes acudimos a ti, consuelo para los que padecen sufrimientos, luz cuando las incertidumbres hagan mella en nuestra vida, pilar para sostenernos en las vacilaciones y aliento cuando decaigan nuestras fuerzas!

En el misterio del «haced lo que Él os diga» de María

Tercer sábado de febrero con María, la Madre del «haced lo que Él os diga», en lo más íntimo de mi corazón. La Madre que acude rauda a servir a su prima Isabel, que se preocupa de los que no tienen vino, que acoge a todos los peregrinos, que acompaña a los desvalidos… María, la del «haced lo que Él os diga», es decir, la que hace que todo mejore cuando lo pones en sus manos. María, la Madre medianera, la intercesora cuando te dispones con fe y confianza a ser un instrumento de su amor maternal.
María, la que siempre está atenta a las necesidades de los hijos; la que mira y vela por las heridas humanas; la que cuida y protege de los agobios cotidianos. La que siempre tiene una mirada de amor para profundizar en el corazón del ser humano.
Hoy entro en el misterio del «haced lo que Él os diga» de María. Es una interpelación profunda a mi propia vida. No quiero ser como aquellos sirvientes incrédulos que solo veían las tinajas de la casa de los novios vacías. No es eso lo que espera María. No desea que piense que Jesús me niega algo o que no hace caso a mis peticiones, algunas veces interesadas. En el «haced lo que Él os diga», María solo espera que confíe. Que confíe con sencillez, con mucha humildad, con modestia, docilidad y paciencia. Haciéndolo así en el «haced lo que Él os diga» de María, Cristo actúa. Jesús no le niega nunca nada a María.
En segundo plano, como quien no quiere la cosa, siempre de perfil bajo, pero sabiendo perfectamente el lugar que le corresponde. Bastan unas palabras suyas:«haced lo que Él os diga». Así es María.
Voy a seguir el consejo sabio de la Virgen. Voy a dirigir su mirada hacia Ella, voy a abrirle de par en par mi corazón aunque Ella ya sepa lo que en él anida y le voy a entregar mi vida, mis necesidades y mis peticiones para que le diga suave y amorosamente a Jesús: «Mira, hace confiadamente lo que Tu le pides».

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¡María, el «haced lo que Él os diga» me las diriges a mí para que entienda que la plenitud de mi vida tiene que estar unida a Cristo tu Hijo! ¡Gracias, María, porque me haces entender que por mi mismo no puedo conseguir nada, que todo pasa por cumplir la voluntad de Dios! ¡Gracias, María, porque me enseñas la importancia de esperar y acoger lo que venga del Señor con el corazón abierto! ¡Gracias por esta invitación a encontrarme con el Dios que me ama infinita y desinteresadamente, que me espera con los brazos abiertos y todo lo soporta! ¡Gracias, María, porque me haces entender que su gracia debe trabajar en mi para convertirme en instrumento vivo de su amor! ¡Quiero hacer como Tu, María, que pusiste en práctica los valores del Evangelio para dar más amor! ¡Y a ti, Señor, te pido me envíes tu Santo Espíritu para que ilumine siempre mi corazón para ser capaz de comprender y descubrir como habitas en mi interior! ¡Ayúdame, como hizo tu Madre, a reconocerte siempre en lo más humilde y sencillo! ¡«Haced lo que Él os diga»; quiero hacerlo María, de tu mano, bajo tu amparo y con tu consejo!

Cansancio

El sábado compartí el día con unos amigos. Una amiga a la que quiero mucho me confía que se siente muy cansada. Y un amigo, poco después, me comenta lo mismo. Una de las palabras que más escucho de la gente últimamente cuando les pregunto como se encuentran es: «¡Cansado!». Sí, estamos cansados de los problemas, del trabajo, de los agobios, de las responsabilidades, de las prisas con las que vivimos, de las agitaciones cotidianas, de los desplazamientos, del trabajo que se nos acumula, de las cargas familiares. El cansancio invade cada uno de los resortes de nuestra existencia y cuando te sientes así estás más arisco, menos amable, menos comprometido, duermes peor. Oras menos.
Pienso en las veces en las que los evangelistas nos muestran en sus páginas cómo Jesús también se mostraba cansado. Y nutría sus cansancios de la oración y del silencio. Oración y silencio, en lo apartado de la vida, porque Jesús hacía de la oración un encuentro con el Padre, no importaba cuáles fueran sus circunstancias.
Los cansancios de Jesús eran similares a los nuestros: fatiga física, turbación ante la incredulidad de los que le acompañaban, contratiempos varios e inesperados, malos entendidos, soledad manifiesta, incomprensión de los que tenía cerca, fe tibia de sus compañeros de viaje, corazones como piedras de granito de tantos que le interpelaban…
¿Cuál es la actitud de Jesús y cuál debería ser la mía? Se define con una palabra femenina muy hermosa: Confianza. Esa que precisa la esperanza firme que se tiene en el otro. Confianza en Dios en quién puedes depositar todos tus cansancios. Confianza para no desfallecer. Confianza para coger fuerzas. Confianza para retirarte al silencio y ponerlo todo en manos del Padre, que es el descanso del alma. Y allí, tal vez turbado o harto de todo, es donde uno puede mirar su interior y dilucidar a qué se deben sus cansancios, sus conflictos, sus angustias, su falta de energía, sus pocas ganas de hacer las tareas, las ganas de tirarlo todo por la borda, de abandonar… Y, así, te puedes preguntar si esos cansancios son producto del propio voluntarismo, del confiar solo en las propias fuerzas y de la poca fe y confianza en el Dios sobre el que descansa cada alma del ser humano. Vivimos en sociedades en los que cada vez se nos exige más y desaprovechamos la oportunidad para tomar lo que la vida nos ofrece para vivir en plenitud. Sentirse cansado no es una obligación pero hay que aprender a encontrar las causas y poner solución para fortalecernos, vivificarlos y activarnos. El primer paso es hacerlo sencilla y humildemente con el corazón abierto a la confianza en la oración.

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¡Señor, enséñame siempre a descansar en Ti! ¡Concédeme la gracia de reposar mi alma sobre tu pecho para que la savia de la confianza vaya creciendo en mi corazón! ¡Señor, conoces de mis debilidades y mis cansancios, porque lees en lo íntimo de mi ser y sabes de mis dolores, de mi agotamiento, de mis penas, de mis angustias, de mis tristezas, de mis incomprensiones, de mis tibiezas, de todo lo que me provoca falta de confianza! ¡Concédeme la gracia de sostenerme en Ti y no en mi voluntad, porque eso me debilita! ¡No permitas que luche en vano y no dejes que nunca me dé por vencido porque necesito tu compañía! ¡Señor, hazme ver que mis cansancios son también pruebas que me ayudan a crecer, dame la visión para ver como cambiar las cosas, para enriquecer mi corazón y, sobre todo, para fortalecer con tu fuerza mi espíritu débil y temeroso! ¡Acompáñame, Señor, en mi activismo, en mi trabajo, en mis actividades cotidianas, en las relaciones con el prójimo, en mis agitaciones, en mis ocupaciones, en mis responsabilidades! ¡Acompáñame, Señor, en mis ansiedades, en mis preocupaciones, en mis tensiones, en la superficialidad de mi vida, en mis agitaciones y prisas¡ ¡Señor, te pido que pese a mis cansancios encuentre el tiempo para estar contigo, para contemplarte a ti y contemplar lo que me rodea, para orar, para encontrar la paz que me falta, para simplemente ser, para vivir con hondura y profundidad y vivir en plena armonía contigo y con los demás! ¡Ayúdame a enriquecer mi humanidad con tu presencia para que aprenda a afrontar mis cansancios con determinación y entereza, oración y fe! ¡Te pido, Señor, que tu amor se derrame sobre mi, que tu misericordia me inunde, que los desafíos que me agobian dejen de ser cansancios y se conviertan en un bien preciado que me haga crecer en la verdad! ¡No deseo, Señor, contravenir tus deseos pero te pido para todos aquellos que están cansados y agobiados por las circunstancias que le impone la vida espacios de paz, serenidad y tranquilidad y que sean capaces de encontrar todo ello en la oración! ¡Dales, Señor, la capacidad para superar los cansancios cotidianos y disfrutar de la vida con determinación, alegría y esperanza!

¡Levántate!

Me gusta pensar que a los ojos de Cristo nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de mi confianza en Él. Me sucede como aquella mujer enferma que, habiendo oído hablar de Jesús, sólo desea tocar su manto. Su fe sobrepasa obstáculos y el intentar llegar a Jesús testimonia su perseverancia y su confianza, dos instrumentos inseparables de la esperanza. Jesús le otorga la paz, la salud del corazón al mismo tiempo que la del cuerpo. La multitud presionaba a Jesús para que pasara de largo, pero su fe firme y su confianza ciega logran rozar el manto de Cristo.
¡Cuántas veces no nos decidimos por vivir en la confianza! ¡Si la fe que persevera siempre da frutos! Los muchos obstáculos que encontraba esta mujer enferma no eran muy diferentes a los que nos encontramos en la vida: las dificultades para acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y presencia. Otros obstáculos son el desaliento, la desesperanza, el sufrimiento… alimentados por la incerteza. Sin embargo, el obstáculo más difícil de sobrellevar es la desesperación. La desesperanza es el arma suprema del maligno que quiere destruir de nuestro interior la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que vive en nosotros!
Pero Jesús te dice cada día ¡Levántate! Lo dice en lo profundo del corazón. Entonces sientes como esta mano te estira para hacerte superar cualquier obstáculo, para aguantar, para sobrellevar las dificultades. Ese ¡Levántate! te hace consciente de que no puedes caminar por ti mismo, que no tienes por ti solo la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Esto solo lo recibes de la mano de Dios.
¡Hoy tomo con alegría esta mano, que la siento sobre mi, porque es Dios quien la extiende por medio de su Hijo Jesucristo!
¡Kum! ¡Levántate! ¡Camina! ¿Voy a quedarme impasible ante una invitación así!

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¡Señor, me invitas a vencer todos los obstáculos a los que me enfrento con tu compañía! ¡Me invitas a levantarme y caminar y sobrellevar las dificultades con entereza, confianza y esperanza! ¡Me recuerdas con tu amor que hiciste tuyas mis debilidades y cargaste con todos mis dolores y pecados y los clavaste en la cruz para morir por mi, para llenar mi vida de abundancia, de esperanza y de confianza! ¡No quiero defraudar tanto amor, Señor! ¡Quiero darte gracias porque de Ti recibo vida nueva! ¡Tu exclamas que no tenga miedo, que basta con que tenga fe y confianza, que puedo ir en paz, que me levante y camine! ¡Quiero sanar mi corazón para llenarlo de ti, cubrirlo de confianza y esperanza para que nada me aparte del camino de la salvación! ¡Señor, quiero sentir tu sanación interior porque me perdonas, porque me salvas, porque me amas, porque me acompañas! ¡Quiero sentirme sanado porque quitas de mi interior todo aquello que me impedía recibir tu gracia misericordiosa, porque la desconfianza y la desesperanza nos es propia de un seguidor tuyo! ¡Señor, tu hiciste propias todas mis debilidades y carencias y cargaste con todos mis dolores y dudas, te las entrego porque al escuchar el levántate y camina no puedo más que enderezar mi camino y darte gracias! ¡Bendito seas, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

Mi Dios es refugio

Hay momentos que la vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos. Te levanta fe. La fe —la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve— te ayuda a alzar la mirada al cielo. La fe te permite despreocuparte de las preocupaciones. Elevas tu rostro al cielo y le ruegas al Padre que está en el cielo que te cubra con su amor, con su misericordia, que te llene profundamente de su paz, que calme tus ansiedades y desconciertos, que serene tu corazón afligido y que nada de lo que te suceda se desmorone a tu alrededor.
Es la fe la que te hace comprender que el Padre, por medio del Espíritu Santo, te da la fuerza para sobreponerte, es el escudo para protegerte, es el abrazo sobre el que descansar el corazón.
Es la fe la que te hace entender que es el Padre el que te envía desde el cielo el consuelo divina y los apoyos celestiales para enfrentar cualquiera de las complejas realidades de tu vida.
Es la fe la que te permite entender que al Padre le puedes entregar todo, especialmente tu pequeñez, porque depositándola en sus manos redentoras todo es gracia y bendición.
Entonces puedes cantar con orgullo aquello que dice el Salmo: «El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite! Invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos».
La vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos, ¡sí! pero si nunca abandonas la confianza y seguridad en Dios sabes que nunca te rendirás en la desesperanza.

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¡Señor tu eres mi roca, mi amparo, mi libertador; eres mi refugio, el poder que me salva! Eres, Señor mi Dios, quien me ofrece todas la seguridad y la protección! ¡Eres el consuelo de mis penas, el que me libera y me salva de los peligros que me acechan! ¡Contigo, Padre, puedo tejer la esperanza en medio de mis esfuerzos y luchas cotidianas! ¡Contigo, Padre, puedo afrontar con confianza todas las dificultades y adversidades que me acechan! ¡Frente a las dificultades de la vida pongo en ti toda mi esperanza porque tu eres el Dios fiel, amoroso, misericordioso y solidario! ¡Hoy, Señor, con humildad y sencillez, te entrego todas y cada una de las batallas y luchas de mi vida para que me protejas y me cuides! ¡Todo lo pongo en tus manos, Señor, con la alegría de sentirme protegido por Ti que todo lo puedes!

Creer es tocar el corazón de Jesús

Lo constato en mi entorno más cercano, social y laboral. No es fácil creer en nuestro tiempo. No es que estemos sujetos a una persecución violenta como ocurre con tantos cristianos en el mundo. Pero nos enfrentamos a la indiferencia en sus diversas variantes, nos encontramos con una serie de obstáculos que se manifiestan en la vida, que nos desalientan o sofocar nuestras convicciones más profundas; tal vez no necesariamente nos alejamos de la fe pero sí de ciertas prácticas religiosas.
Pero si uno lo analiza bien la vida es una continua invitación a la perseverancia y a la confianza, inseparables de la esperanza que el hombre de hoy tanto necesita.
A mi me sirve constantemente el ejemplo la mujer que toca la túnica de Jesús. Su espera es confianza. A los ojos de Jesús nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de la confianza. Con este paso, esta mujer, temerosa, enferma durante mucho tiempo, despeja obstáculos dentro y alrededor de sí misma. Ella se atreve. Y como da el paso del atrevimiento escucha de boca de Jesús: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». ¿No es lo que deseamos cada uno de nosotros que Jesús nos conceda la paz interior, el ánimo del corazón, la salud corporal?
Creer es tocar el corazón de Jesús. Y la fe y la confianza tocan de pleno en su corazón.
La confianza, esa fe que persevera, siempre produce efectos milagrosos. La mayoría de las veces de manera invisible pero real. No hay que perder nunca la confianza a pesar de los obstáculos. Estos obstáculos que nos dificultan acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y su presencia, portadores de la vida y sanación interior. Los obstáculos del desaliento, alimentados por la crítica. El obstáculo más difícil es la desesperación que es el arma suprema del maligno pues el demonio desea eliminar de nuestra vida la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que habita en nuestro ser!
“¡Levántate!”, dice Jesús y extiende su mano para hacernos superar los obstáculos, para sostenernos porque nadie puede por si mismo. No tenemos solo en nosotros la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Solo podemos recibirlo todo de la mano de Dios.
Hay una frase hermosísima de Charles de Foucauld cuando recordaba aquel período de su vida mundana, que dice algo así: «Cuando mi vida comenzó a ser una muerte, Dios mío, ¡cómo me apoyaste y qué poco la sentí!».
Hoy quiero tomar esta mano, puesta sobre mi, que Dios extiende por medio de Jesús, y hacer caso a su mensaje ante las dificultades: “Levántate… y anda!

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¡Señor, tengo la suerte de conocerte, de sentirte a mi lado, de conocer tus caminos, de intentar seguir tu voluntad, de seguir tus enseñanzas! ¡Señor, aunque el peso de las dificultades y los problemas me abruman, tengo la suerte de que por Ti mi vida tiene un sentido, una razón de ser, porque es tu mano la que me sostiene, es tu amor y tu misericordia los que me impulsan, el soplo del Espíritu el que me da la fortaleza! ¡Gracias, Señor, porque mi corazón siente tu cercanía! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a levantarme y andar sin miedo, sin rendirme, sin perder la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque estás conmigo para lo que venga, sin perder la confianza en Ti! ¡Te alabo, Señor, porque entre tantos obstáculos me prodigas tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque siento tu amor, me dices que ame a los demás y me prodigo en tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque aunque tantas veces te olvido tu no me abandonas nunca! ¡Te alabo, Señor, porque en Ti todo es amor y misericordia y todo lo que haces en mi vida es una manifestación de tu amor! ¡Señor, tengo la suerte de amarte y de conocerte por eso te alabo porque no quiero desviarme del camino que me lleva hacia a Ti y desde Ti a los demás!

«¡Contigo!»

Pocas palabras como el pronombre personal «Contigo» tienen una fuerza tan extraordinaria. Cuando pronuncias el «Contigo» en realidad estás diciendo «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza». Es un derroche de fe y de esperanza en el otro. Cualquier gran proyecto, cualquier cambio significativo en la vida, cualquier empresa gigante que deba ser emprendida tiene que comenzar con esta palabra cargada de confianza.
«Contigo» es una palabra firme, amorosa, sencilla, entregada, cierta, llena de familiaridad y franqueza. Es una palabra que, en si misma, es un mundo cargado de convencimiento en el otro.
Y cada día podemos pronunciar el «Contigo». «Contigo» para unirse al otro, para acercarse a él. «Contigo» para vivir entregado al servicio. «Contigo» para unirse más a Dios, el primero de todos que al despertar el día y caer la noche susurra su más amoroso «Contigo». El «Contigo» de Dios es un «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza» a sabiendas de que uno cae en la misma piedra, en los mismos pecados, que es de barro con limitaciones, miserias y pequeñeces. Pero el «Contigo» de Dios es para hacer el camino juntos, acompañando en las alegrías y en las incertidumbres, en el amor y en la soledad, en las caídas y en el levantarse, en la misericordia y en el perdón. Cada «Contigo» de Dios es un canto nuevo a la esperanza porque el «Contigo» divino lo cubre todo de alegría, fe y esperanza.
A lo largo de la jornada, con el corazón abierto, uno puede pronunciar en infinidad de ocasiones, humilde y sinceramente, la palabra «Contigo». Es decirle al otro, como te amo, creo en ti; como creo en ti, espero en ti; como espero en ti, me entrego a ti; como me entrego a ti, quiero caminar contigo. ¿No era acaso así el «Contigo» de Cristo?

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¡Señor, haz que mi mirada hacia el prójimo sea para verte a ti! ¡Ayúdame a ver al que tengo cerca como tu hijo amado, como tu propio rostro! ¡Que no me deje llevar por las apariencias, ni por sus circunstancias personales, ni por su estatus social, ni por lo que dicen de él! ¡Que me vida sea un ir al encuentro del otro! ¡Concédeme la gracia de comprender sus necesidades y entregarme a él con ternura, con compasión y con amor! ¡Concédeme la gracia de atender sus suplicas, a escucharle como tu le escucharías! ¡Ayúdame a comprender sus necesidades! ¡Ayúdame a acercarme del que estoy más separado, especialmente de los más cercanos! ¡Concédeme la gracia de servirlo siempre como tu me sirves a mi, con tu cercanía y tu ternura! ¡Concédeme la gracia de amar a las personas que tengo cerca con amor eterno, con generosidad, con entrega, con paciencia, con alegría! ¡Que mi vida hacia el otro sea una vida «Contigo»! ¡Concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón para que mis «Contigo» sean ir también «Contigo»!

 

Torpeza en los juicios ajenos

Soy torpe en muchas cosas. Mi torpeza me hace abrazar, por ejemplo, la ineptitud en las manualidades. Pero a veces, mi torpeza, va más allá porque me impide ver el trasfondo humano de las personas.
Un amigo me presentó hace unos días a un individuo con un aspecto muy desaliñado, repleto de tatuajes en brazos y piernas hasta el punto que, si quisiera, no le cabría un motivo más en su cuerpo. Ese día llevaba encima una camiseta negra envejecida con una calavera estampada y un lema que invitaba a salir corriendo.
Tomamos el aperitivo los tres juntos. Fueron dos horas de sorpresa en sorpresa. Una persona educada, amable, con unos valores firmes, alguien solidario que dedica bastante de su tiempo libre a ayudar al prójimo, respetuoso con las ideas ajenas, amigo de su amigos, solidario… Cuando se marchó, su amigo ahondó en sus bondades personales. Mi torpeza me había llevado a prejuzgar a alguien que, de no haberle conocido, si me lo hubiese encontrado por la calle, había cambiado de acera porque por su aspecto externo no invitaba a la confianza.
Dios me había dado de nuevo —como tantas veces sucede— una auténtica lección de humildad personal. Me dejó patente que Él mira el interior del ser humano, que lo exterior no tiene porque definir a la persona. Y, aunque esta apreciación es de manual, fue de nuevo una lección a mi soberbia personal porque con tristeza —lo debo reconocer— mi naturaleza me lleva en algunas ocasiones a prejuzgar sin conocer, a pensar de alguien sin ahondar en su interior, a crear una imagen únicamente con los cuatro bosquejos que diseña mi opinión.
Juzgamos por lo físico porque las apariencias nos influyen. Al dejar a mi amigo recordé una de las muchas situaciones impactantes que se recogen en el Evangelio. Es aquella en la que Cristo se detiene ante el mostrador de los impuestos, fija su mirada sobre Mateo y, exclama, con ternura: «Sígueme». Algo profundo debió tener aquella mirada para que penetrara en el corazón de aquel cobrador de impuestos para que se levantara, lo dejara todo y siguiera al Señor.
El evangelista no narra lo que sintió Mateo pero no es difícil de imaginar que la mirada de Cristo le conmovió y le hizo sentirse diferente. A pesar de su profesión, mal vista en su época, la mirada de Jesús no fue una mirada de reproche, ni de condena, ni de censura ni reprobación. En el momento en el que no te sientes condenado no tienes necesidad de defenderte ni justificarte. Con probabilidad Mateo sintió que aquella mirada rezumaba amor y estaba repleta de cariño. Por tanto, al «Sígueme» de Cristo siguió el «Sí» de Mateo. Cristo había mirado su corazón y no las apariencias.
Esta escena me enseña que cuando miras con ojos de amor tienes más facilidad para llegar al corazón del otro.

 

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¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Haz de mi vida una ofrenda:

¿Qué me implica aceptar al Señor como mi Salvador?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

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¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección! ¡Señor, tu eres mi Salvador, no permitas que ve a mi vida cristiana con el asistir a la iglesia, con la vida sacramental, con el no cometer pecado sino además en tener una relación personal contigo, en poner mi fe y mi confianza personalmente en Ti! ¡Ayúdame a confiar en Tu muerte como pago por mis pecados y en Tu Resurrección como garantía de la vida eterna!

Señor, Jesús, mi Salvador, cantamos hoy:

Los elementos clave de la confianza

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

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¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Confío, cantamos hoy: