¡Levántate!

Me gusta pensar que a los ojos de Cristo nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de mi confianza en Él. Me sucede como aquella mujer enferma que, habiendo oído hablar de Jesús, sólo desea tocar su manto. Su fe sobrepasa obstáculos y el intentar llegar a Jesús testimonia su perseverancia y su confianza, dos instrumentos inseparables de la esperanza. Jesús le otorga la paz, la salud del corazón al mismo tiempo que la del cuerpo. La multitud presionaba a Jesús para que pasara de largo, pero su fe firme y su confianza ciega logran rozar el manto de Cristo.
¡Cuántas veces no nos decidimos por vivir en la confianza! ¡Si la fe que persevera siempre da frutos! Los muchos obstáculos que encontraba esta mujer enferma no eran muy diferentes a los que nos encontramos en la vida: las dificultades para acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y presencia. Otros obstáculos son el desaliento, la desesperanza, el sufrimiento… alimentados por la incerteza. Sin embargo, el obstáculo más difícil de sobrellevar es la desesperación. La desesperanza es el arma suprema del maligno que quiere destruir de nuestro interior la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que vive en nosotros!
Pero Jesús te dice cada día ¡Levántate! Lo dice en lo profundo del corazón. Entonces sientes como esta mano te estira para hacerte superar cualquier obstáculo, para aguantar, para sobrellevar las dificultades. Ese ¡Levántate! te hace consciente de que no puedes caminar por ti mismo, que no tienes por ti solo la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Esto solo lo recibes de la mano de Dios.
¡Hoy tomo con alegría esta mano, que la siento sobre mi, porque es Dios quien la extiende por medio de su Hijo Jesucristo!
¡Kum! ¡Levántate! ¡Camina! ¿Voy a quedarme impasible ante una invitación así!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, me invitas a vencer todos los obstáculos a los que me enfrento con tu compañía! ¡Me invitas a levantarme y caminar y sobrellevar las dificultades con entereza, confianza y esperanza! ¡Me recuerdas con tu amor que hiciste tuyas mis debilidades y cargaste con todos mis dolores y pecados y los clavaste en la cruz para morir por mi, para llenar mi vida de abundancia, de esperanza y de confianza! ¡No quiero defraudar tanto amor, Señor! ¡Quiero darte gracias porque de Ti recibo vida nueva! ¡Tu exclamas que no tenga miedo, que basta con que tenga fe y confianza, que puedo ir en paz, que me levante y camine! ¡Quiero sanar mi corazón para llenarlo de ti, cubrirlo de confianza y esperanza para que nada me aparte del camino de la salvación! ¡Señor, quiero sentir tu sanación interior porque me perdonas, porque me salvas, porque me amas, porque me acompañas! ¡Quiero sentirme sanado porque quitas de mi interior todo aquello que me impedía recibir tu gracia misericordiosa, porque la desconfianza y la desesperanza nos es propia de un seguidor tuyo! ¡Señor, tu hiciste propias todas mis debilidades y carencias y cargaste con todos mis dolores y dudas, te las entrego porque al escuchar el levántate y camina no puedo más que enderezar mi camino y darte gracias! ¡Bendito seas, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

Mi Dios es refugio

Hay momentos que la vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos. Te levanta fe. La fe —la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve— te ayuda a alzar la mirada al cielo. La fe te permite despreocuparte de las preocupaciones. Elevas tu rostro al cielo y le ruegas al Padre que está en el cielo que te cubra con su amor, con su misericordia, que te llene profundamente de su paz, que calme tus ansiedades y desconciertos, que serene tu corazón afligido y que nada de lo que te suceda se desmorone a tu alrededor.
Es la fe la que te hace comprender que el Padre, por medio del Espíritu Santo, te da la fuerza para sobreponerte, es el escudo para protegerte, es el abrazo sobre el que descansar el corazón.
Es la fe la que te hace entender que es el Padre el que te envía desde el cielo el consuelo divina y los apoyos celestiales para enfrentar cualquiera de las complejas realidades de tu vida.
Es la fe la que te permite entender que al Padre le puedes entregar todo, especialmente tu pequeñez, porque depositándola en sus manos redentoras todo es gracia y bendición.
Entonces puedes cantar con orgullo aquello que dice el Salmo: «El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite! Invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos».
La vida te pone el rostro contra el suelo, oprimido por las dificultades, la caídas o los obstáculos, ¡sí! pero si nunca abandonas la confianza y seguridad en Dios sabes que nunca te rendirás en la desesperanza.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor tu eres mi roca, mi amparo, mi libertador; eres mi refugio, el poder que me salva! Eres, Señor mi Dios, quien me ofrece todas la seguridad y la protección! ¡Eres el consuelo de mis penas, el que me libera y me salva de los peligros que me acechan! ¡Contigo, Padre, puedo tejer la esperanza en medio de mis esfuerzos y luchas cotidianas! ¡Contigo, Padre, puedo afrontar con confianza todas las dificultades y adversidades que me acechan! ¡Frente a las dificultades de la vida pongo en ti toda mi esperanza porque tu eres el Dios fiel, amoroso, misericordioso y solidario! ¡Hoy, Señor, con humildad y sencillez, te entrego todas y cada una de las batallas y luchas de mi vida para que me protejas y me cuides! ¡Todo lo pongo en tus manos, Señor, con la alegría de sentirme protegido por Ti que todo lo puedes!

Creer es tocar el corazón de Jesús

Lo constato en mi entorno más cercano, social y laboral. No es fácil creer en nuestro tiempo. No es que estemos sujetos a una persecución violenta como ocurre con tantos cristianos en el mundo. Pero nos enfrentamos a la indiferencia en sus diversas variantes, nos encontramos con una serie de obstáculos que se manifiestan en la vida, que nos desalientan o sofocar nuestras convicciones más profundas; tal vez no necesariamente nos alejamos de la fe pero sí de ciertas prácticas religiosas.
Pero si uno lo analiza bien la vida es una continua invitación a la perseverancia y a la confianza, inseparables de la esperanza que el hombre de hoy tanto necesita.
A mi me sirve constantemente el ejemplo la mujer que toca la túnica de Jesús. Su espera es confianza. A los ojos de Jesús nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de la confianza. Con este paso, esta mujer, temerosa, enferma durante mucho tiempo, despeja obstáculos dentro y alrededor de sí misma. Ella se atreve. Y como da el paso del atrevimiento escucha de boca de Jesús: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». ¿No es lo que deseamos cada uno de nosotros que Jesús nos conceda la paz interior, el ánimo del corazón, la salud corporal?
Creer es tocar el corazón de Jesús. Y la fe y la confianza tocan de pleno en su corazón.
La confianza, esa fe que persevera, siempre produce efectos milagrosos. La mayoría de las veces de manera invisible pero real. No hay que perder nunca la confianza a pesar de los obstáculos. Estos obstáculos que nos dificultan acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y su presencia, portadores de la vida y sanación interior. Los obstáculos del desaliento, alimentados por la crítica. El obstáculo más difícil es la desesperación que es el arma suprema del maligno pues el demonio desea eliminar de nuestra vida la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que habita en nuestro ser!
“¡Levántate!”, dice Jesús y extiende su mano para hacernos superar los obstáculos, para sostenernos porque nadie puede por si mismo. No tenemos solo en nosotros la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Solo podemos recibirlo todo de la mano de Dios.
Hay una frase hermosísima de Charles de Foucauld cuando recordaba aquel período de su vida mundana, que dice algo así: «Cuando mi vida comenzó a ser una muerte, Dios mío, ¡cómo me apoyaste y qué poco la sentí!».
Hoy quiero tomar esta mano, puesta sobre mi, que Dios extiende por medio de Jesús, y hacer caso a su mensaje ante las dificultades: “Levántate… y anda!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, tengo la suerte de conocerte, de sentirte a mi lado, de conocer tus caminos, de intentar seguir tu voluntad, de seguir tus enseñanzas! ¡Señor, aunque el peso de las dificultades y los problemas me abruman, tengo la suerte de que por Ti mi vida tiene un sentido, una razón de ser, porque es tu mano la que me sostiene, es tu amor y tu misericordia los que me impulsan, el soplo del Espíritu el que me da la fortaleza! ¡Gracias, Señor, porque mi corazón siente tu cercanía! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a levantarme y andar sin miedo, sin rendirme, sin perder la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque estás conmigo para lo que venga, sin perder la confianza en Ti! ¡Te alabo, Señor, porque entre tantos obstáculos me prodigas tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque siento tu amor, me dices que ame a los demás y me prodigo en tu amor! ¡Te alabo, Señor, porque aunque tantas veces te olvido tu no me abandonas nunca! ¡Te alabo, Señor, porque en Ti todo es amor y misericordia y todo lo que haces en mi vida es una manifestación de tu amor! ¡Señor, tengo la suerte de amarte y de conocerte por eso te alabo porque no quiero desviarme del camino que me lleva hacia a Ti y desde Ti a los demás!

«¡Contigo!»

Pocas palabras como el pronombre personal «Contigo» tienen una fuerza tan extraordinaria. Cuando pronuncias el «Contigo» en realidad estás diciendo «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza». Es un derroche de fe y de esperanza en el otro. Cualquier gran proyecto, cualquier cambio significativo en la vida, cualquier empresa gigante que deba ser emprendida tiene que comenzar con esta palabra cargada de confianza.
«Contigo» es una palabra firme, amorosa, sencilla, entregada, cierta, llena de familiaridad y franqueza. Es una palabra que, en si misma, es un mundo cargado de convencimiento en el otro.
Y cada día podemos pronunciar el «Contigo». «Contigo» para unirse al otro, para acercarse a él. «Contigo» para vivir entregado al servicio. «Contigo» para unirse más a Dios, el primero de todos que al despertar el día y caer la noche susurra su más amoroso «Contigo». El «Contigo» de Dios es un «Confío en ti», «Creo en ti», «tienes todas mi confianza» a sabiendas de que uno cae en la misma piedra, en los mismos pecados, que es de barro con limitaciones, miserias y pequeñeces. Pero el «Contigo» de Dios es para hacer el camino juntos, acompañando en las alegrías y en las incertidumbres, en el amor y en la soledad, en las caídas y en el levantarse, en la misericordia y en el perdón. Cada «Contigo» de Dios es un canto nuevo a la esperanza porque el «Contigo» divino lo cubre todo de alegría, fe y esperanza.
A lo largo de la jornada, con el corazón abierto, uno puede pronunciar en infinidad de ocasiones, humilde y sinceramente, la palabra «Contigo». Es decirle al otro, como te amo, creo en ti; como creo en ti, espero en ti; como espero en ti, me entrego a ti; como me entrego a ti, quiero caminar contigo. ¿No era acaso así el «Contigo» de Cristo?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, haz que mi mirada hacia el prójimo sea para verte a ti! ¡Ayúdame a ver al que tengo cerca como tu hijo amado, como tu propio rostro! ¡Que no me deje llevar por las apariencias, ni por sus circunstancias personales, ni por su estatus social, ni por lo que dicen de él! ¡Que me vida sea un ir al encuentro del otro! ¡Concédeme la gracia de comprender sus necesidades y entregarme a él con ternura, con compasión y con amor! ¡Concédeme la gracia de atender sus suplicas, a escucharle como tu le escucharías! ¡Ayúdame a comprender sus necesidades! ¡Ayúdame a acercarme del que estoy más separado, especialmente de los más cercanos! ¡Concédeme la gracia de servirlo siempre como tu me sirves a mi, con tu cercanía y tu ternura! ¡Concédeme la gracia de amar a las personas que tengo cerca con amor eterno, con generosidad, con entrega, con paciencia, con alegría! ¡Que mi vida hacia el otro sea una vida «Contigo»! ¡Concédeme la gracia de abrir cada día mi corazón para que mis «Contigo» sean ir también «Contigo»!

 

Torpeza en los juicios ajenos

Soy torpe en muchas cosas. Mi torpeza me hace abrazar, por ejemplo, la ineptitud en las manualidades. Pero a veces, mi torpeza, va más allá porque me impide ver el trasfondo humano de las personas.
Un amigo me presentó hace unos días a un individuo con un aspecto muy desaliñado, repleto de tatuajes en brazos y piernas hasta el punto que, si quisiera, no le cabría un motivo más en su cuerpo. Ese día llevaba encima una camiseta negra envejecida con una calavera estampada y un lema que invitaba a salir corriendo.
Tomamos el aperitivo los tres juntos. Fueron dos horas de sorpresa en sorpresa. Una persona educada, amable, con unos valores firmes, alguien solidario que dedica bastante de su tiempo libre a ayudar al prójimo, respetuoso con las ideas ajenas, amigo de su amigos, solidario… Cuando se marchó, su amigo ahondó en sus bondades personales. Mi torpeza me había llevado a prejuzgar a alguien que, de no haberle conocido, si me lo hubiese encontrado por la calle, había cambiado de acera porque por su aspecto externo no invitaba a la confianza.
Dios me había dado de nuevo —como tantas veces sucede— una auténtica lección de humildad personal. Me dejó patente que Él mira el interior del ser humano, que lo exterior no tiene porque definir a la persona. Y, aunque esta apreciación es de manual, fue de nuevo una lección a mi soberbia personal porque con tristeza —lo debo reconocer— mi naturaleza me lleva en algunas ocasiones a prejuzgar sin conocer, a pensar de alguien sin ahondar en su interior, a crear una imagen únicamente con los cuatro bosquejos que diseña mi opinión.
Juzgamos por lo físico porque las apariencias nos influyen. Al dejar a mi amigo recordé una de las muchas situaciones impactantes que se recogen en el Evangelio. Es aquella en la que Cristo se detiene ante el mostrador de los impuestos, fija su mirada sobre Mateo y, exclama, con ternura: «Sígueme». Algo profundo debió tener aquella mirada para que penetrara en el corazón de aquel cobrador de impuestos para que se levantara, lo dejara todo y siguiera al Señor.
El evangelista no narra lo que sintió Mateo pero no es difícil de imaginar que la mirada de Cristo le conmovió y le hizo sentirse diferente. A pesar de su profesión, mal vista en su época, la mirada de Jesús no fue una mirada de reproche, ni de condena, ni de censura ni reprobación. En el momento en el que no te sientes condenado no tienes necesidad de defenderte ni justificarte. Con probabilidad Mateo sintió que aquella mirada rezumaba amor y estaba repleta de cariño. Por tanto, al «Sígueme» de Cristo siguió el «Sí» de Mateo. Cristo había mirado su corazón y no las apariencias.
Esta escena me enseña que cuando miras con ojos de amor tienes más facilidad para llegar al corazón del otro.

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Haz de mi vida una ofrenda:

¿Qué me implica aceptar al Señor como mi Salvador?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección! ¡Señor, tu eres mi Salvador, no permitas que ve a mi vida cristiana con el asistir a la iglesia, con la vida sacramental, con el no cometer pecado sino además en tener una relación personal contigo, en poner mi fe y mi confianza personalmente en Ti! ¡Ayúdame a confiar en Tu muerte como pago por mis pecados y en Tu Resurrección como garantía de la vida eterna!

Señor, Jesús, mi Salvador, cantamos hoy:

Los elementos clave de la confianza

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

A20.jpg

¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Confío, cantamos hoy:

 

Sentir la protección de Dios

Leo en el Salmo, con el que medito esta mañana, una frase que te sumerge en la esperanza: «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas».
Y pienso como, tantas veces, los miedos, las incertidumbres y los temores se te presentan en la oscuridad de la noche. En estos momentos te vuelves vulnerable, desprotegido, más consciente de tus debilidades. De ahí que, en estos instantes de inseguridad, sientas la imperiosa necesidad de sentirte amparado. ¡Cuánto sentido tiene entonces el «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas»!
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es tomar conciencia de que bajo el cobijo de Dios —«a la sombra de tus alas»— nada hay que temer porque en Dios que es amor, se asienta la confianza y la esperanza… Dios no es un Dios de temor, ni de turbación ni, por supuesto, de miedo.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» implica sentir la protección de Dios, es comprender como su manto protector te resguarda de las debilidades, de los miedos y las incertidumbres.
Dios conoce la debilidad del hombre. Conoce las dudas que le embargan. Los miedos que le paralizan. Las limitaciones que le impiden avanzar. Las carencias que no le permiten crecer. Las mediocridades que le imposibilitan valorar la razón de su existencia, su fe absoluta y su confianza. Y aún así, extiende sobre el hombre todo su amor y cubriéndole con «la sombra de sus alas» le otorga la serenidad del descanso, el sosiego necesario para cerrar los ojos en la oscuridad de la noche y velar para que a su corazón le llegue la serenidad que tanto anhela.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es un canto a la confianza. ¡Y hoy se lo lanzo a Dios para que borre de mi interior aquello que me impide sentirme cobijado bajo el manto de su misericordia!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, hay ocasiones que mi garganta se seca de tanto clamar, de tantos gritos de angustia que te piden que escuches mi plegaria! ¡Señor, hay ocasiones que mis ojos se hinchan por las la cantidad de lágrimas derramadas a la espera que atiendas mi llamada! ¡Señor, hay noches que me resulta imposible conciliar el sueño porque los miedos y las inseguridades me atenazan! ¡Señor, tu me observas en la oscuridad de la noche y contemplas mi soledad, mi tristeza y mi dolor por eso te pido que me cobijes con la sombra de tus alas! ¡Señor, alzo mi mirada al cielo y te suplico que me mires con ternura y amor y atiendas mis súplicas! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se aparte de Ti y que en la oscuridad de la noche piense que me has fallado porque las cosas no salen como las tenía previstas! ¡Señor, escóndeme a la sombra de tus alas y escucha mi clamor pues hay veces que los miedos me embargan y los problemas que me acechan crean ante mi un desierto de desconcierto y soledad! ¡Señor, soy consciente de que Tú estás presente en mi debilidad y en mis dudas por esto te pido que me escondas a la sombra de tus alas! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la gracia de la paciencia, de la fortaleza interior, de la alegría de la esperanza! ¡Solo espero de Ti, Señor, que escuches mi clamor y mi llamada! ¡Basta con que me escondas en la sombra de tus alas para abrazar tu amor y tu misericordia!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  ¡María, Madre de la Divina Gracia!, enséñame el camino hacia el Cielo; Tú, llena de Gracia, conviértete en mi  Salvación. Amén.

Y lo que meditamos, también lo cantamos:

En Mayo, ¡con María!

Primer día de mayo con María en el corazón. Se dice con acierto que el tiempo Adviento es el más mariano del calendario litúrgico. En este periodo, contemplamos la espera de María y celebramos sus grandes fiestas, especialmente, la gran festividad de la Inmaculada.
Pero mayo, con su floreciente primavera llena de color, es el gran mes de María, la más bella de las flores creadas por Dios. Con Ella celebramos la fiesta de la Vida, cantamos el aleluya triunfante de la Resurrección y esperamos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Durante este tiempo es más sencillo recorrer a su lado los caminos que propone Jesús, recrear la esperanza, fortalecer la confianza y unir las manos para tejer la concordia en nuestro pequeño mundo.
Recuerdo mi infancia. Al colegio llevaba cada semana un ramo de flores a María que depositábamos a los pies de una imagen de piedra del patio y le ofrecíamos cada día nuestras ofrendas espirituales. Conservo en mi memoria la romería que hacía todo el curso a un santuario mariano como también la romería que organizábamos con alegría mis padres y mis hermanos.
Hoy comienza el mes de María y de su mano vamos al encuentro de Jesús. María es Madre, Madre de la Iglesia y Madre de Dios. ¡Qué bonito es recordarlo y celebrarlo!
María, corazón espiritual de los cristianos, es el regalo más preciado que nos dejó Jesús en el último momento de su vida: «Ahí tienes a tu Madre». ¡Qué generosidad tan grande convertir a María en la Madre de los que nos consideramos discípulos de Jesús!
Me entrego este mes enteramente a María. Le entrego mi vida, mis palabras, mis pensamientos, mis sentimientos, mi compromiso apostólico, mis cruces y mis caídas. Le entrego a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis colaboradores, a los alejados de mi por sus ideas y sus actitudes. Le entrego todo mi ser para que encienda su amor en mi corazón y en el de todos los que amo. 

orar con el corazon abierto.jpg

¡María, Madre del amor hermoso, Reina del Universo, Madre de la Iglesia, enciende en mi corazón un amor grande hacia Ti y hacia Jesús! ¡Permíteme, María, refugiarme en este mes de mayo en tu santo corazón para tomar de Ti tus virtudes y tus enseñanzas! ¡En este mes que comienza me consagro enteramente a Ti, quiero que mi corazón se convierta en un pequeño santuario donde repose tu amor, y con tu presencia resplandezca dándole brillo que ilumine al prójimo! ¡Haz que mis manos sean como las tuyas, modelo de entrega, servicio, amor, ternura y generosidad! ¡Que en este mes de mayo sea capaz de esparcir tu perfume de rosas entre los que me rodean! ¡Quiero regalarte flores, guirnaldas y coronas pero no materiales sino espirituales en forma de piedad y de virtud! ¡Abre, María, durante este mes de mayo mi corazón al amor, que la inocencia y sencillez de mi corazón se impregne de tu amor! ¡Ayúdame a que todos mis actos, mis gestos, mis palabras, mis sentimientos y mis actitudes tengan la misma pureza, caridad y humildad que tienen los tuyos y aparta de mi el mal que pueda haber en mi corazón! ¡Tómame, María, de tu mano para ser más delicado, paciente, caritativo, amoroso, resignado y humilde! ¡Tú, María, eres la más bella flor creada por Dios, que de ti broten en mi corazón y florezcan todos los frutos de la gracia divina! ¡Llévame, María, en este mes de mayo a Jesús y permíteme ser luz para los demás! ¡Camina conmigo, María! ¡Lucha conmigo, María! ¡Derrama el amor de Dios en mi vida y en la de los que amo y no permitas que nunca se turbe mi corazón porque Tu estás conmigo! ¡Todo tuyo, María! 

Hoy, primero de mayo, la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores, fecha que coincide con el Día Mundial del Trabajo. Le pedimos a san José que proteja ante Dios a todos los trabajadores del mundo y permita dignificar al hombre por medio de un trabajo digno.

En mayo, nos unimos a la intención del Santo Padre que nos alienta a rezar por la misión de los laicos, para que siendo fieles a la Iglesia cumplamos nuestra misión específica poniendo toda nuestra creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual.

Jaculatoria la Virgen en el mes de mayo: Gózate, gozosa Madre, gozo de la humanidad, templo de la Trinidad, elegida por Dios Padre.

Comenzamos el mes con este bello Ave María dedicado a la Virgen:

Volver a Galilea

Ver con una nueva perspectiva, con ojos nuevos, como hacía Jesús. Me encontraba ayer mirando al Cristo en la Cruz en la pequeña capilla en la que hacía Oración y sentí como el Señor le decía a mi corazón: «Ves a Galilea, allí me verás».
Volver a Galilea es vivir su Evangelio, es hacer su propio recorrido, es llenar mi vida de su Buena Nueva y de Él, es volver al lugar donde comenzó todo para entregar mi propia vida y hacer mía la experiencia de la crucifixión y la resurrección y experimentar que Jesús vive en mi corazón.
Volver a Galilea es hacer anuncio, es levantarme de las caídas constantes, es impregnarlo todo de alegría, es luchar por alcanzar un mundo más justo y comprensivo, más lleno de esperanza y de amor, mas solidario y fraterno.
Volver a Galilea es compartir sus enseñanzas, es aprender a perdonar, a acoger, a liberar, a amar, a confiar. Es ser en todo momento discípulo de Jesús. Es aceptar su llamada, dejarlo todo y seguirle.
Volver a Galilea es experimentarlo vivo en mi corazón, es sentirse acompañado por Él, es dejarse guiar por sus enseñanzas, es dejarme que muestre el camino, es conocerme mejor a mi mismo si sigo sus pasos.
Volver a Galilea es salir de mi mismo para ir al encuentro alegre y gozoso de Jesús y seguir sus pasos con una actitud renovada, diferente, vivificada por el Espíritu. Es desde un corazón nuevo y abierto ser más fraternal con el que me rodea, más acogedor con el prójimo, más amoroso con el hermano.
Volver a Galilea es «hacer lo que Él os diga», para convertirme cada día porque el reino de Dios está cerca y debo aspirar cada día a la santidad.
Volver a Galilea es aprender a escuchar en mi interior para sentir el susurro del Espíritu en mi corazón, el aliento de Jesús en mi vida, a recibir la misma paz que recibieron los apóstoles de Jesús.
Volver a Galilea es sentir como Jesús me llama por mi nombre y vivir la alegría de la Pascua, esa alegría de sentirse resucitado con Cristo porque Cristo vive en mí.
Volver a Galilea es ser testigo de la resurrección de Cristo, es regresar al primer amor y expandirlo allí donde mis pasos me lleven. ¡Me pongo en camino ya!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, tu me conoces y sabes lo que hay en mi interior, eres consciente de los caminos por los que transito, guíame siempre e indícame cuál es mi Galilea porque necesito dirigirme hacia allí para encontrarme contigo y sentirme amado por tu infinita misericordia! ¡Señor, dirige mis pasos hacia mi Galilea interior para que pueda leer toda mi vida bajo la luz de tu Cruz y de tu Resurrección! ¡Ayúdame a recomenzar siempre bajo la luz de tu Espíritu! ¡Dirige, Señor, mis pasos hacia Galilea para tener un encuentro personal contigo, para seguirte según tus mandatos, para participar en tu misión de llevar tu Evangelio al mundo! ¡Señor, que te busque siempre en la alegría de la vida y no en la tristeza de la muerte porque Tu estás vivo y has resucitado! ¡Haz, Señor, que mi fe esté siempre viva, llena de tu amor, repleta de confianza, que no viva en una religión adormecida, tibia, reducida a fórmulas rutinarias y poco alegres! ¡Llévame a Galilea, Señor, para experimentar junto a Ti tu presencia que todo lo impregna, que todo lo llena porque quiero junto a Ti acoger, perdonar, amor y vivir! ¡Señor, hazme experimentar cada tí tu presencia, tu ternura, tu protección, tu paz, tu amor, tu misericordia, tu mangnanimidad! ¡Y envíame, Señor, Tu Santo Espíritu para que me guíe hacía el camino liberador de mi Galilea interior!

El Vive, cantamos hoy y yo lo quiero encontrar en Galilea: