Los elementos clave de la confianza

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

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¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Confío, cantamos hoy:

 

Sentir la protección de Dios

Leo en el Salmo, con el que medito esta mañana, una frase que te sumerge en la esperanza: «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas».
Y pienso como, tantas veces, los miedos, las incertidumbres y los temores se te presentan en la oscuridad de la noche. En estos momentos te vuelves vulnerable, desprotegido, más consciente de tus debilidades. De ahí que, en estos instantes de inseguridad, sientas la imperiosa necesidad de sentirte amparado. ¡Cuánto sentido tiene entonces el «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas»!
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es tomar conciencia de que bajo el cobijo de Dios —«a la sombra de tus alas»— nada hay que temer porque en Dios que es amor, se asienta la confianza y la esperanza… Dios no es un Dios de temor, ni de turbación ni, por supuesto, de miedo.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» implica sentir la protección de Dios, es comprender como su manto protector te resguarda de las debilidades, de los miedos y las incertidumbres.
Dios conoce la debilidad del hombre. Conoce las dudas que le embargan. Los miedos que le paralizan. Las limitaciones que le impiden avanzar. Las carencias que no le permiten crecer. Las mediocridades que le imposibilitan valorar la razón de su existencia, su fe absoluta y su confianza. Y aún así, extiende sobre el hombre todo su amor y cubriéndole con «la sombra de sus alas» le otorga la serenidad del descanso, el sosiego necesario para cerrar los ojos en la oscuridad de la noche y velar para que a su corazón le llegue la serenidad que tanto anhela.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es un canto a la confianza. ¡Y hoy se lo lanzo a Dios para que borre de mi interior aquello que me impide sentirme cobijado bajo el manto de su misericordia!

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¡Señor, hay ocasiones que mi garganta se seca de tanto clamar, de tantos gritos de angustia que te piden que escuches mi plegaria! ¡Señor, hay ocasiones que mis ojos se hinchan por las la cantidad de lágrimas derramadas a la espera que atiendas mi llamada! ¡Señor, hay noches que me resulta imposible conciliar el sueño porque los miedos y las inseguridades me atenazan! ¡Señor, tu me observas en la oscuridad de la noche y contemplas mi soledad, mi tristeza y mi dolor por eso te pido que me cobijes con la sombra de tus alas! ¡Señor, alzo mi mirada al cielo y te suplico que me mires con ternura y amor y atiendas mis súplicas! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se aparte de Ti y que en la oscuridad de la noche piense que me has fallado porque las cosas no salen como las tenía previstas! ¡Señor, escóndeme a la sombra de tus alas y escucha mi clamor pues hay veces que los miedos me embargan y los problemas que me acechan crean ante mi un desierto de desconcierto y soledad! ¡Señor, soy consciente de que Tú estás presente en mi debilidad y en mis dudas por esto te pido que me escondas a la sombra de tus alas! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la gracia de la paciencia, de la fortaleza interior, de la alegría de la esperanza! ¡Solo espero de Ti, Señor, que escuches mi clamor y mi llamada! ¡Basta con que me escondas en la sombra de tus alas para abrazar tu amor y tu misericordia!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  ¡María, Madre de la Divina Gracia!, enséñame el camino hacia el Cielo; Tú, llena de Gracia, conviértete en mi  Salvación. Amén.

Y lo que meditamos, también lo cantamos:

En Mayo, ¡con María!

Primer día de mayo con María en el corazón. Se dice con acierto que el tiempo Adviento es el más mariano del calendario litúrgico. En este periodo, contemplamos la espera de María y celebramos sus grandes fiestas, especialmente, la gran festividad de la Inmaculada.
Pero mayo, con su floreciente primavera llena de color, es el gran mes de María, la más bella de las flores creadas por Dios. Con Ella celebramos la fiesta de la Vida, cantamos el aleluya triunfante de la Resurrección y esperamos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Durante este tiempo es más sencillo recorrer a su lado los caminos que propone Jesús, recrear la esperanza, fortalecer la confianza y unir las manos para tejer la concordia en nuestro pequeño mundo.
Recuerdo mi infancia. Al colegio llevaba cada semana un ramo de flores a María que depositábamos a los pies de una imagen de piedra del patio y le ofrecíamos cada día nuestras ofrendas espirituales. Conservo en mi memoria la romería que hacía todo el curso a un santuario mariano como también la romería que organizábamos con alegría mis padres y mis hermanos.
Hoy comienza el mes de María y de su mano vamos al encuentro de Jesús. María es Madre, Madre de la Iglesia y Madre de Dios. ¡Qué bonito es recordarlo y celebrarlo!
María, corazón espiritual de los cristianos, es el regalo más preciado que nos dejó Jesús en el último momento de su vida: «Ahí tienes a tu Madre». ¡Qué generosidad tan grande convertir a María en la Madre de los que nos consideramos discípulos de Jesús!
Me entrego este mes enteramente a María. Le entrego mi vida, mis palabras, mis pensamientos, mis sentimientos, mi compromiso apostólico, mis cruces y mis caídas. Le entrego a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis colaboradores, a los alejados de mi por sus ideas y sus actitudes. Le entrego todo mi ser para que encienda su amor en mi corazón y en el de todos los que amo. 

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¡María, Madre del amor hermoso, Reina del Universo, Madre de la Iglesia, enciende en mi corazón un amor grande hacia Ti y hacia Jesús! ¡Permíteme, María, refugiarme en este mes de mayo en tu santo corazón para tomar de Ti tus virtudes y tus enseñanzas! ¡En este mes que comienza me consagro enteramente a Ti, quiero que mi corazón se convierta en un pequeño santuario donde repose tu amor, y con tu presencia resplandezca dándole brillo que ilumine al prójimo! ¡Haz que mis manos sean como las tuyas, modelo de entrega, servicio, amor, ternura y generosidad! ¡Que en este mes de mayo sea capaz de esparcir tu perfume de rosas entre los que me rodean! ¡Quiero regalarte flores, guirnaldas y coronas pero no materiales sino espirituales en forma de piedad y de virtud! ¡Abre, María, durante este mes de mayo mi corazón al amor, que la inocencia y sencillez de mi corazón se impregne de tu amor! ¡Ayúdame a que todos mis actos, mis gestos, mis palabras, mis sentimientos y mis actitudes tengan la misma pureza, caridad y humildad que tienen los tuyos y aparta de mi el mal que pueda haber en mi corazón! ¡Tómame, María, de tu mano para ser más delicado, paciente, caritativo, amoroso, resignado y humilde! ¡Tú, María, eres la más bella flor creada por Dios, que de ti broten en mi corazón y florezcan todos los frutos de la gracia divina! ¡Llévame, María, en este mes de mayo a Jesús y permíteme ser luz para los demás! ¡Camina conmigo, María! ¡Lucha conmigo, María! ¡Derrama el amor de Dios en mi vida y en la de los que amo y no permitas que nunca se turbe mi corazón porque Tu estás conmigo! ¡Todo tuyo, María! 

Hoy, primero de mayo, la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores, fecha que coincide con el Día Mundial del Trabajo. Le pedimos a san José que proteja ante Dios a todos los trabajadores del mundo y permita dignificar al hombre por medio de un trabajo digno.

En mayo, nos unimos a la intención del Santo Padre que nos alienta a rezar por la misión de los laicos, para que siendo fieles a la Iglesia cumplamos nuestra misión específica poniendo toda nuestra creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual.

Jaculatoria la Virgen en el mes de mayo: Gózate, gozosa Madre, gozo de la humanidad, templo de la Trinidad, elegida por Dios Padre.

Comenzamos el mes con este bello Ave María dedicado a la Virgen:

Volver a Galilea

Ver con una nueva perspectiva, con ojos nuevos, como hacía Jesús. Me encontraba ayer mirando al Cristo en la Cruz en la pequeña capilla en la que hacía Oración y sentí como el Señor le decía a mi corazón: «Ves a Galilea, allí me verás».
Volver a Galilea es vivir su Evangelio, es hacer su propio recorrido, es llenar mi vida de su Buena Nueva y de Él, es volver al lugar donde comenzó todo para entregar mi propia vida y hacer mía la experiencia de la crucifixión y la resurrección y experimentar que Jesús vive en mi corazón.
Volver a Galilea es hacer anuncio, es levantarme de las caídas constantes, es impregnarlo todo de alegría, es luchar por alcanzar un mundo más justo y comprensivo, más lleno de esperanza y de amor, mas solidario y fraterno.
Volver a Galilea es compartir sus enseñanzas, es aprender a perdonar, a acoger, a liberar, a amar, a confiar. Es ser en todo momento discípulo de Jesús. Es aceptar su llamada, dejarlo todo y seguirle.
Volver a Galilea es experimentarlo vivo en mi corazón, es sentirse acompañado por Él, es dejarse guiar por sus enseñanzas, es dejarme que muestre el camino, es conocerme mejor a mi mismo si sigo sus pasos.
Volver a Galilea es salir de mi mismo para ir al encuentro alegre y gozoso de Jesús y seguir sus pasos con una actitud renovada, diferente, vivificada por el Espíritu. Es desde un corazón nuevo y abierto ser más fraternal con el que me rodea, más acogedor con el prójimo, más amoroso con el hermano.
Volver a Galilea es «hacer lo que Él os diga», para convertirme cada día porque el reino de Dios está cerca y debo aspirar cada día a la santidad.
Volver a Galilea es aprender a escuchar en mi interior para sentir el susurro del Espíritu en mi corazón, el aliento de Jesús en mi vida, a recibir la misma paz que recibieron los apóstoles de Jesús.
Volver a Galilea es sentir como Jesús me llama por mi nombre y vivir la alegría de la Pascua, esa alegría de sentirse resucitado con Cristo porque Cristo vive en mí.
Volver a Galilea es ser testigo de la resurrección de Cristo, es regresar al primer amor y expandirlo allí donde mis pasos me lleven. ¡Me pongo en camino ya!

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¡Señor, tu me conoces y sabes lo que hay en mi interior, eres consciente de los caminos por los que transito, guíame siempre e indícame cuál es mi Galilea porque necesito dirigirme hacia allí para encontrarme contigo y sentirme amado por tu infinita misericordia! ¡Señor, dirige mis pasos hacia mi Galilea interior para que pueda leer toda mi vida bajo la luz de tu Cruz y de tu Resurrección! ¡Ayúdame a recomenzar siempre bajo la luz de tu Espíritu! ¡Dirige, Señor, mis pasos hacia Galilea para tener un encuentro personal contigo, para seguirte según tus mandatos, para participar en tu misión de llevar tu Evangelio al mundo! ¡Señor, que te busque siempre en la alegría de la vida y no en la tristeza de la muerte porque Tu estás vivo y has resucitado! ¡Haz, Señor, que mi fe esté siempre viva, llena de tu amor, repleta de confianza, que no viva en una religión adormecida, tibia, reducida a fórmulas rutinarias y poco alegres! ¡Llévame a Galilea, Señor, para experimentar junto a Ti tu presencia que todo lo impregna, que todo lo llena porque quiero junto a Ti acoger, perdonar, amor y vivir! ¡Señor, hazme experimentar cada tí tu presencia, tu ternura, tu protección, tu paz, tu amor, tu misericordia, tu mangnanimidad! ¡Y envíame, Señor, Tu Santo Espíritu para que me guíe hacía el camino liberador de mi Galilea interior!

El Vive, cantamos hoy y yo lo quiero encontrar en Galilea:

Desde la prudencia a la adhesión

Último sábado de enero con María en el corazón. Me gusta la prudencia de María, me invita también a buscar en mi vida esta virtud que durante tantos años he tenido aparcada. Cuando el el mensajero de Dios le anuncia a la Virgen que va a engendrar un hijo y que éste tendrá un destino excepcional, en lugar dejarse arrastrar por sueños de gloria, María pone en valor estas palabras: «¿Cómo será esto pues no conozco varón?» Ante la respuesta del ángel de que «nada es imposible para Dios» María responde serena y prudentemente: «Hágase en mí según tu Palabra». Es el consentimiento de una persona prudente que no se deja llevar por una adhesión entusiasta. Su respuesta le permite probar la credibilidad del mensaje del ángel san Gabriel. Y, entonces, sabedora de lo que le ocurre a su prima santa Isabel, corre rauda a vivir con ella su experiencia personal.
Lejos de ser excesivamente inocente, María ejerce la prudencia. Ser creyente no implica renunciar a la actividad de la razón. En la vida nos desafiamos constantemente tratando de probar lo que creemos o lo que se nos pide que creamos. La fe no debe confundirse nunca con la credulidad ni la confianza con la ingenuidad.
María necesitará del entusiasmo de su parienta también para creer.
Esta historia de María e Isabel es una invitación a compartir nuestra fe, nuestra experiencia, para conversar con otros sobre nuestras dudas como muy probablemente hizo la Virgen con santa Isabel. Es imposible avanzar en la fe cuando se está solo. No se puede creer en el pequeño rincón de la vida. Si no se comparten las propias creencias o las incertidumbres con los demás se corre el riesgo de seguir ciegamente cualquier cosa y la fe acaba por apagarse y desaparecer.
Con la ayuda de su pariente, María cree con firmeza lo que el ángel le revela y se adhiere a él con el canto del Magnificat que es una alabanza que repleta de citas de las Escrituras, de este tesoro que ella, profundamente creyente, conoce a la perfección: el Libro del Génesis, el de Samuel, el libro de los Salmos, de Job, de los Profetas… No hay una sola línea en este hermoso poema que que no surja de la verdad revelada.
¿Cuántas veces uno vive la experiencia de pensar que «esta palabra ha sido escrita o iba dirigida a mí»? Esto es lo que sucedió con la joven de Nazaret; la historia de la madre de Samuel, los cánticos de los Salmos, las promesas de los profetas… todo se unió a su propia historia personal.
Ante los acontecimientos extraordinarios de su vida, ante el sorprendente anuncio del ángel, María no permaneció pasiva. Trató de entender, desde la razón humana y desde la fe, el verdadero significado de aquellas palabras; lo hizo también a la luz de la experiencia de su pueblo, de todos los testigos que la precedieron en la fe.
María es un ejemplo maravilloso para mi propia experiencia vital, para mi viaje de peregrinación, para mi camino lento hacia la santidad de la que tan alejado estoy. Por eso camino, prudente, al lado de María. Ella ilumina mi vida con la luz de Dios.

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Hoy mi oración es el canto del Magnificat, el canto de la alegría del alma en el Señor:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como lo había prometido a nuestros padres
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

Cantamos alegres el Magnificat de Vivaldi:

Una palabra que obra gracias abundantes

Tercer sábado de noviembre con María, la Señora del «fiat», en nuestro corazón. Esta palabra «fiat» («hágase») es una de las más hermosas jamás pronunciadas. Pero el primero que la expresó fue el mismo Dios. Con su «hágase» amoroso dio vida al mundo con todas las hermosuras que este trae. Con su «hágase» creó también Dios al hombre a su imagen y semejanza convencido de que era bueno. Y gracias a este «hágase» podemos todos darle alabanza y gloria a Dios porque somos parte de su Creación.
Con su «hágase» lleno de amor entregó también Dios al mundo a su propio Hijo, cuya misión era salvarnos del pecado.
Hay otro «hágase» lleno de esperanza, confianza y amor. Es el «hágase» virtuoso de María. El «fiat» más asombroso de la historia de la humanidad. El «fiat» que une a María, nuestra Madre, con la obra creadora de Dios. En este «hágase» de María se materializa la libertad del ser humano; Dios espera la aceptación voluntaria y libre de una joven y sencilla mujer para llevar a cabo su plan de salvación. ¡Impresionante la humildad de Dios!
Cuando meditas el «fiat» de María tu corazón no puede más que estremecerse porque este «hágase» comporta la mayor predisposición. Y se produce en un entorno de piedad, de amor, de silencio, de generosidad, de recogimiento, de laboriosidad, de respeto, de paz, de armonía y de oración. ¡Como me gustaría que mi vida fuese así! ¡Que hermoso sería dar cada día un «fiat» a Dios, un «hágase» como el de María, e interiorizarlo auténticamente en el corazón!
Pero María te enseña que cada «hágase» de mi vida es a la vez un auténtico «fiat» de amor a Dios. Que cada «hágase» puede devenir un encuentro cotidiano con Dios, en una entera disponibilidad de todo mi ser. El «hágase» de María me permite comprender que Dios también necesita de mí como necesitó de Ella para llevar a cabo su plan de redención.
Yo también puedo cada día expresar mi fidelidad a Dios. Puedo decir que se cumpla en mí su voluntad, por mucha cruz que implique cargar. Bastan grandes dosis de humildad, generosidad y amor.
En este día deseo que mi «fiat», a imitación de María, se convierta en una acto de amor y de entrega Dios. Y soy consciente de que cada vez que de mis labios brote un «hágase», Dios obrará obras grandes en mí.

orar con el corazon abierto

¡Padre, hágase en mí según tu Palabra! ¡María, que estas palabras que pronunciaste desde el corazón sean para mí una escuela de oración! ¡Dame, Señor, un corazón humilde y sencillo como el de María, un corazón contemplativo y amoroso como el de Ella, para recibir en mi interior las gracias de tu Santo Espíritu! ¡Señor, quiero decir que «sí» a imitación de María para que se cumpla siempre en mi tu santa voluntad! ¡Que desde este «hágase» nada tema ni nada me preocupe! ¡María, ayúdame a decir siempre que «sí» al Padre, aunque a veces me resulte tan difícil pronunciar esta palabra llena de amor! ¡No permitas, María, que me desvíe del camino y haga siempre mi voluntad que no me lleva por los caminos de la entrega ni de la generosidad! ¡Intercede, María, para que tu Hijo sane mi corazón, lo transforme y lo cambie para aprender a vivir acorde con sus mensaje de amor! ¡Y a ti, Jesús, te pido que al igual que por la voluntad de Dios permaneciste en el interior de tu Madre, llenes con tu presencia mi tantas veces endurecido corazón!

Dixit María, dedicado a la Virgen, Señora del fiat:

El encuentro personal del «Creo en ti»

Hay una frase que repito con frecuencia a mi hijos: «Creo en ti». Este «Creo en ti», o lo que es lo mismo «Confío en ti», quiere ser una frase llena de esperanza y confianza que se adjetiva indirectamente con el «Que Dios esté contigo y el Espíritu te aliente». Porque mi confianza en ellos pasa por que todo lo que hagan se combine con la fortaleza que proviene de Dios por medio de su Santo Espíritu. Es creer en sus valores, en sus certezas, en su autenticidad. La esperanza que se une a la fe en Dios es la gran fortaleza de nuestra vida. En los tiempos que corren creer en uno mismo no es suficiente; es necesario poner toda tu esperanza y confianza en Dios, en su ilimitado poder y en su inmensa fortaleza. Sin el aliento del Espíritu es difícil dar testimonio, tener valor para defender los valores intrínsecos de cada uno, defender la propia fe con palabras honestas y acciones sabias, entregarse al otro sin esperar nada a cambio… Sin la fuerza del Espíritu el corazón no puede abrirse para que la piedad anide en él.
El «Creo en ti» es un acto de fe, pura receptividad, puro dar y recibir. Es decir al otro, aquí tienes tu libertad, utilízala bien; pon todas tus iniciativas personales en el plano de la verdad. No dejes que tus problemas te venzan y te derroten; toma la fuerza para soportar todas las pruebas que se te presentan; ten fe siempre y no te desanimes. Acude al Señor con confianza como puedes acudir a mi como padre, sin dudas, con una fe cierta y plena. No te paralices espiritualmente, trata de crecer cada día en la oración; no te quedes indiferente ante lo que pasa en el mundo, en la sociedad, en tu entorno. Toma partido.
El «Creo en ti» es un encuentro personal con cada uno de ellos. Es sustentar mi relación en el amor, en la comunicación, en el encuentro cotidiano. Es resaltar su individualidad. Y, sobre todo, es conocer al otro por el amor. Es aceptar lo que cada uno de ellos anuncia en su corazón. Y, sobre todo, es aceptar su realidad vital.
Mi «Creo en ti» es también un «Creo en ti, Señor» que me los has dado para cultivar su corazón y, en la medida de lo posible, prepararlos para su sí.

orar con el corazon abierto

¡Señor, gracias por tu invitación permanente a estar contigo y a confiar en ti! ¡Gracias por tu cercanía, gracias porque me ves y me oyes, me escuchas y me acompañas! ¡Gracias, Señor, porque me tocas el corazón y entras en mi interior por medio del amor! ¡Gracias porque quieres que sea semejante a Ti! ¡Creo en Ti, Señor, y pongo a todas las personas que amo en tu presencia! ¡Prepáranos a todos, Señor, para que nuestro corazón esté abierto cada día a tu Palabra, a tus Buena Nueva! ¡Envíanos tu Santo Espíritu, Señor, para que resuene en nuestro interior y nos haga dóciles a tus mandatos! ¡Señor, tu te revelaste a los sencillos, a los mansos y humildes de corazón, danos un corazón abierto y sencillo, sabio y humilde, bueno y generoso para transformar nuestra vida! ¡Confío en ti, Señor, aunque tantas veces pueda no parecerlo; confío en ti, Señor, aunque mis apegos mundanos no te lo demuestren; confío en ti, Señor, aunque busque mis propios caminos! ¡Hoy pongo en tus manos a mi hijos; ayúdame a amarlos siempre; dame la sabiduría para guiarlos; la paciencia para instruirlos; la magnanimidad para corregirlos; el ejemplo para llevarlos por el buen camino; el ejemplo cristiano para formarlos; la generosidad para comprenderlos; la diligencia para conducirlos por sus caminos! ¡Protégelos, Señor, de todo mal!

Antes de ti, con Marcela Gandara

Por mi fe… nada temo

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

Even When He is Silent (Incluso cuando Él es silencio), es la música propuesta para hoy para acompañar esta meditación:

Vivir en la desconfianza

El sentimiento de desconfianza crece a pasos agigantados. Surge de manera irremediable por ese temor a no saber cómo defenderse, por esa sensación a sentirse indefenso ante las amenazas —a veces reales y otras imaginadas— de los demás. Observo que cada vez nos fiamos menos del prójimo. Y esa falta de confianza afecta a nuestras relaciones personales, a los comportamientos cotidianos e, incluso, a los sentimientos. Ese en quien habías puesto tu confianza, te defrauda. Aquel que pensabas que nunca te haría daño, te falla; al que le mostraste tu fidelidad en momentos difíciles, te abandona; ese al que le diste todo, cuando lo necesitas no aparece… Cuando la desconfianza vence paraliza al hombre, afecta a su capacidad de ser y de hacer y, por tanto, limita su libertad individual. La desconfianza cierra muchas puertas a nivel familiar, profesional y social.
La confianza en alguien es una cuestión de libertad. Es una apuesta sobre el otro. Y esa libertad puede quebrase por tu propia conducta o por la del prójimo pues hay una gran variedad de elementos que pueden desencajar y desquebrajarlo todo.
Sin embargo, como cristiano tengo que ser generoso en la confianza. No puedo caminar con el signo de la cruz sin confiar en los que me rodean, respetando su singularidad, sus cualidades, sus particularidades, descubriendo la grandeza de sus virtudes y corrigiendo sus defectos fraternalmente. Al prójimo tengo que abrirle siempre las puertas del corazón para que entre en él aire fresco de la alegría cristiana. Cuando desconfío de la bondad del prójimo y de sus intenciones pongo también freno a la confianza en la bondad de Dios. Lo corrobora con meridiana claridad el Evangelio: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me vida se impregne de la desconfianza! ¡Que mi corazón sea generoso para comprender al prójimo con sus virtudes y sus defectos! ¡Que cuando alguien me falle vea en su actitud también la imperfección que jalona mi vida! ¡Que en estos momentos en los que me siente defraudado lleve mi tristeza y mi desolación a los pies de la cruz donde encontraré tu amor y tu misericordia! ¡Hazme ver cada día mis limitaciones; que sea capaz de entender cuáles son mis imperfecciones, que también he fallado y fallaré a muchos que me rodean! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón generoso, puro y sencillo, abierto al perdón y al amor que rechaza el rencor, el odio y la resentimiento! ¡Que el amor al prójimo sea también un camino para encontrarte a Ti y que cuando cierre los ojos al prójimo sea consciente de que me estoy convirtiendo en un ciego ante Ti! ¡Ayúdame a ver siempre al prójimo en Ti y contigo; concédeme la gracia de amar a la persona que no me agrada o me genera desconfianza! ¡Concédeme la gracia de mirar siempre a los demás no con mis ojos y mis sentimientos sino desde la perspectiva de tu amor!

Del compositor Eric Whitacre presento hoy este bellísimo Aleluya que llega al corazón:

Dios nunca se esconde

Hablaba ayer con un amigo de Madrid. Está pasando por grandes dificultades económicas. Le llamé porque podía ofrecerle una solución a un problema  que le acucia y que le supone un sinvivir. Me dice: «Ayer por la noche, tumbado en la cama, fija mi mirada en el crucifijo, con los brazos abiertos en Cruz le decía al Señor: compadécete de mi que mi situación es insostenible». Mi llamada fue, entonces, fruto de la Providencia, escucha clamorosa del Padre que está en el Cielo. El mismo día varias personas que piden oración de intercesión en esta página, escriben para dar la buena nueva de su situación, solventada por la gracia misericordiosa del Padre que escucha atento siempre las oraciones de sus hijos que piden con fe.
Dios nunca se esconde. No cambia su amor ni lo disminuye. Tiene sus tiempos. ¡Qué hermosa y bella es la vida de fe de aquel que tiene confianza!
Nos cansamos inútilmente a consecuencia de nuestras muchas tribulaciones y preocupaciones, de esos problemas que parecen no tener resolución cortoplacista, de esas situaciones que no sabemos o no podemos resolver.
La solución está en lo alto y en lo profundo. En las alturas de Dios y en el corazón de cada uno. En el caso inmenso de estas situaciones perturbadoras, hay que volver siempre el corazón a Dios; salirse de uno mismo en un acto de profundo y auténtico abandono, de fe auténtica, dejando de lado cálculos y razonamientos tan humanos como estériles. Hay que aprender a arrojarse en los brazos misericordiosos del Padre. Tenemos una muleta que también nos sostiene. Es firme, sólida e inquebrantable. Sin fe no hay esperanza, sin esperanza no se puede llegar a Dios porque la fe es esa increíble perfección de las almas que elevan su vuelo para vivir su esperanza en el que todo lo ha creado y da sentido a nuestro existir.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por mi fe, pequeña pero confiada, que no mueve montañas porque no es del todo firme e inquebrantable pero se sustenta en la esperanza y en la confianza en Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por esa semilla de Verdad que el Espíritu Santo esparce en mi corazón para hacer crecer mi fe! ¡Gracias, Señor, porque a Tu lado nada temo! ¡Te suplico, Señor, te hagas presente en tantos hombres y mujeres que tienen una fe tibia y débil para que puedan llegar a la verdad! ¡Es un don que Tu regalas, Señor; haz que por medio de tu Santo Espíritu llegue a todos! ¡Ayúdame, Señor, a recordar que tus gracias son fruto de tu bondad, amor y misericordia y que sin Ti nada puedo! ¡Espíritu Santo, no permitas que mi fe la viva desde la razón sino desde el corazón! ¡Que recuerde, Señor, siempre tus palabras de que eres la luz y la salvación, y que en Ti es posible refugiarse siempre! ¡Te doy, gracias, porque mi fe vence siempre los obstáculos que me reafirman en tu seguimiento! ¡Dame el valor de permanecer siempre a tu lado cuando lleguen los problemas y las dificultades! ¡Haz lo mismo con las personas a las que quiero y están cerca de mí! ¡Señor, soy feliz a tu lado; tengo una gran alegría interior; y eso es producto de abandonarme enteramente a Ti porque Tu eres la fuerza que me permite a tomar el camino de la vida!

Del compositor francés del barroco, Jean-Joseph de Mondonville, disfrutamos de su<em> Grand Motet Nisi Dominus: