¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados!

Me halaga la invitación de Cristo. Su «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» es motivo de sosiego y paz interior para mí. Y su «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso» una razón para la esperanza. Es emocionante sentir la acogida tierna del Señor. Estas palabras forman parte de uno de los fragmentos más consoladores, alentadores y esperanzadores del mensaje de Jesús y, sin lugar a dudas, de su testimonio vital.
Esta invitación dirigida a todos los que se encuentran «fatigados y agobiados» ¿a quién no le ha llegado en algún momento de la vida por muy perfecta y libre que uno así lo sienta? La fatiga es compañera habitual del ser humano en el peregrinaje de la vida y la opresión, en sus mil distintas formas —el consumismo, el trabajo, los problemas económicos, los condicionantes sociales, las dificultades en las relaciones, los problemas en la familia, la enfermedad, los ahogos…— nos impiden gozar en su plenitud de la libertad a la que hemos sido llamados. Por eso consuela cuando Jesús te formula esta invitación tan maravillosa que constata que Él mismo te aliviará, consolará y reanimará.
Esta invitación de Jesús es un camino para imitarle no tanto en su amor y entrega —pues nunca estaremos a la altura de corresponderle como Él lo ha hecho—, sino en aquello que constituye el fondo de su corazón: su sencillez y su humildad.
Cuando pones en la oración la realidad de tu vida, comprendes que Jesús quiere al hombre pequeño, sencillo y humilde y que Dios te regala, permanentemente, los secretos de su corazón. Esta es la escuela de la sabiduría de Dios pero ¿la frecuento realmente?

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, Señor, porque tu llevas libremente sobre tus espaldas todas mis cargas, mis pecados y mis miserias! ¡Gracias, Señor, por ese sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Que sea capaz de imitar tu ejemplo! ¡Gracias por tu amor incondicional, por tu ternura, por tu fidelidad, por tu generosidad, por tu misericordia y tu bondad que sana mis heridas! ¡Señor, hoy deseo poner a los pies de la cruz todas mis heridas y sufrimientos para que los acojas con amor! ¡Tu sabes la necesidad que tengo de ser sanado! ¡Permíteme, Señor, con la ayuda del Espíritu Santo abrir mi corazón a tu presencia y a tu amor que todo lo cura! ¡Señor, sabes que soy pequeño, pero que anhelo aceptar tu amor que da esperanza y vida! ¡Señor, confío plenamente en Ti aunque tantas veces no vea las señales que te pido; te entrego mis cargas; quiero descansar en Ti y recibir las bendiciones que tienes pensadas para mi! ¡Ayúdame, Señor, a que mi amor y mi fe por Ti sea cada día más grande! ¡Espíritu Santo, lléname con tu luz protectora, ilumíname con tu amor, sosténme con tu infinito poder y acompáñame con tu sabiduría!

Venid a mi:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

¡Paz a vosotros!

El saludo de la Pascua es hermoso, alegre, lleno de esperanza: «¡Paz a vosotros!». Son palabras de Jesús a los apóstoles. Imagino el momento en que fueron pronunciadas, entre el miedo atroz que sentían por los judíos y la incertidumbre por la ausencia del Maestro. Pero ese «¡Paz a vosotros!» resuena con la misma intensidad que el «¡Paz en la tierra!» que cantamos en Navidad para conmemorar el nacimiento de Cristo.
Ese «¡Paz a vosotros!» va dirigido a todos, a la realidad de cada uno en concreto. Se dirige a mi corazón para hacerme saber de manera cierta que Jesús ha vencido a la muerte. Que victorioso se presenta en mi vida y llena de paz serena lo más íntimo de mi corazón. Paz en el corazón, paz en el alma, paz en la conciencia, paz en los gestos, paz en las palabras, paz en los sentimientos, paz en el gozo, paz que perdona, paz que sana, paz en la caridad, paz que consuela, paz en el sufrimiento, paz en la desesperanza.
«¡Paz a vosotros!». Estas palabras que serenan me llenan de consuelo. Inundan mi corazón de alegría y de esperanza. Me ayudan con la gracia del Espíritu a fortalecer mi corazón ante las dificultades y las adversidades, me permite mantenerme firme en mi fe, me da alas para ser libre en mi actuar como cristiano para no dejarme vencer por la acechanzas del mundo, me vivifica en los sacramentos, me da la seguridad de apoyarme en Dios, me asegura la certeza de la victoria sobre el pecado, me impide que mi corazón se acobarde y se turbe, me permite entender en toda su intensidad el sentido salvífico de la pasión y la muerte de Jesús.
«¡Paz a vosotros!». Es la señal que mi corazón esperaba escuchar. Es la señal que me invita a lanzarme de nuevo al mundo para completar su obra. Es la señal para ir sembrando en cada corazón humano la fe en Jesús resucitado.
«¡Paz a vosotros!». Es la llamada para abrir la puerta cerrada a cal y canto de mi corazón, para llenarlo de alegría, de esperanza y de amor. Son las palabras que necesitaba para cerrar tantas heridas, desavenencias, desconfianzas, rencores, egoísmos, envidias, discordias, malos entendidos, juicios o indiferencias.
«¡Paz a vosotros!». Es la cercanía de tener a Cristo vivo a mi lado. ¡Qué gozo tan grande! ¡Qué alegría tan inmensa!
«¡Paz a vosotros!». ¡Os deseo con el corazón abierto que la paz del Resucitado esté con todos vosotros y con vuestras familias, queridos lectores/as de esta página, que esta paz llene hoy y siempre vuestras vidas y vuestro corazón con su presencia!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor de la Paz, tu bondad es infinita porque en medio del sufrimiento, de la traición, del abandono, del dolor te haces presente porque eres el Dios con nosotros! ¡Gracias, Señor, infinitas gracias te doy en este día! ¡Me das la paz con amor y con misericordia y yo solo puedo contemplar tus manos, tus pies y tu costado y contemplo que Tu eres la Vida, y me invitas a la reconciliación, al perdón, al amor y a la entrega sin límites! ¡Señor, me llamas a ser envío, a ser luz en medio del mundo, a ser anuncio de tu Palabra, a ser anticipo de tu Buena Nueva, a ser para en el prójimo! ¡Aquí me tienes, Señor, para corresponder a tu saludo! ¡Entra en mi corazón, Señor, y en todos los corazones de los que amo o me han hecho daño; hazlo aunque veas las puertas cerradas porque cuando entres nos llenarás de alegría, de paz, de esperanza, de vida y de consuelo, son los dones que necesitamos para renacer humana y espiritualmente! ¡Corre, Señor, la piedra de nuestros sepulcros y haz nueva nuestra vida, transfórmala y purifícala! ¡Ayúdame, Señor, a confiar más en ti, en creer más en ti, en amarte más! ¡Ayúdame, Señor, a fortalecer mi fe y mi esperanza! ¡Señor, escucho tu saludo y comprendo que quieres concederme todo lo necesario para vivir en amistad contigo, en fraternidad con el que tengo cerca y con serenidad conmigo mismo; abre las puertas de mi corazón y que mi vida sea siempre un semillero de paz! ¡Vivifica con tu presencia a todos los hombres y mujeres de este mundo y llénalos de tu paz y de tu amor para hacer de este mundo un remanso de paz, de amor, de perdón y de misericordia!

Consoladora de los afligidos

Primer sábado de noviembre con María, «Consoladora de los afligidos», en el corazón. Me regalaron hace unos días un punto libro con la imagen de un icono ruso bellísimo con una imagen de María, conocida como la «Alegría de los afligidos». Es un imagen hermosa en la que María aparece en el centro del cuadro llevando a Jesús Niño en brazos rodeada de hombres y mujeres suficientes que elevan sus manos con sus súplicas para que María las eleve al Padre.
María es el consuelo de los afligidos, de todos los que en algún momento sufrimos, estamos cansados, hundidos en nuestras desesperanzas, agobiados por los problemas, por los que pasamos por situaciones difíciles a nivel personal, familiar, profesional o social. María acompaña siempre a todos los que en algún momento se nos hace difícil ver la voluntad de Dios en nuestra vida.
María es el consuelo que Dios ha puesto en el mundo porque es la Madre el mayor consuelo: el mismo Cristo. Ella sabe de aflicciones y sufrimientos porque Ella los vivió en primera persona: la huida a Egipto, los momentos difíciles en la vida pública de Jesús, su presencia viva en la Pasión de Cristo. Pero en ella se cumple también a la perfección aquella bienaventuranza que exclama «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
La Virgen recibió de Jesús el consuelo más grande después de la Resurrección de su Hijo. La enseñanza es que María siempre creyó y eso la convierte en el mayor signo de esperanza, de gozo y de consuelo.
Consoladora de los afligidos. María merece este título que invocamos en el Rosario y que cantamos en la Salve cuando le decidimos con devoción A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
¡Qué consuelo tener a María como consoladora, intercediendo siempre para que el peso de las cruces y las tribulaciones cotidianas sean siempre llevaderos!

 

orar con el corazon abierto

¡María, consuelo de los afligidos, ruega por nosotros! ¡Ruega por nosotros y míranos siempre para que podamos cruzar nuestra mirada! ¡Míranos y escúchanos, María, para que puedas tomar nuestras súplicas y puedas elevarlas al Padre! ¡María, consoladora de los afligidos, toma todas nuestras necesidades, nuestros sufrimientos, nuestros agobios, nuestros dolores, nuestras desesperanzas… y danos la paz al corazón para aceptar siempre la voluntad del Padre! ¡Danos, María, fortaleza para tener la valentía y el arrojo que tuviste siempre tú ante las dificultades de la vida! ¡Danos alegría en las dificultades cotidianas! ¡Danos esperanza cuando nuestra fe decaiga! ¡Socórrenos cuando las dudas nos atenacen y los miedos nos embarguen! ¡María, consoladora de los afligidos ruega por nosotros y ayúdanos a caminar firmes hacia la gloria prometida!

María, bella canción de Jesús Adrián Romero:

Una experiencia del amor de Dios

El domingo tuve la ocasión de vivir una jornada maravillosa del amor de Dios. La experiencia de como Dios sana los corazones heridos. Fue en un desayuno Alpha. Se habló de sanación física y espiritual y después de la charla unos oraron por otros. Se derramaron muchas lágrimas de amor, perdón, reconciliación, esperanza, sanación física…
Viví la experiencia final de pie en un rincón de la sala. Orando en silencio. Sentí algo especial. Sentí como el Señor me miraba con ojos de amor. Que me miraba cuando hay tantas miradas de otros que antes se fijaban en mi y ahora me ignoran o de tantos que ni siquiera se han percatado de mi presencia.
Sentí como el Señor extendía sus manos y las unía a las mías y acogía mis sufrimientos y heridas para se alejaran de mí y me permitieran ser libre.
Sentí como derramaba palabras de consuelo, bálsamo sanador de tantas desesperanzas y que llena esos vacíos que de vez en cuando emergen en mi corazón.
Sentí como el Señor me dispensaba un trato de favor otorgándome la oportunidad de acercarme a Él y descubrirle desde mi pequeñez.
Sería injusto silenciar tanto amor recibido. Gritar al mundo que me siento como una bandera —con el signo de la cruz— oteando al viento.
Quiero dar gracias y pensar en todo lo bueno que el Señor generosamente me proporciona, todos esos bienes que ha tenido a bien obsequiarme y que hacen de mí una persona bienaventurada. No deseo caminar alocadamente anhelando aquello que solo me ofrecerá un placer pasajero, un instante de gozo momentáneo, unas ilusiones que se apagan tan rápido como los fuegos artificiales, cosas tan fugaces como el segundo de un minuto que pasa volando.
Quiero, junto al Señor y los míos, ser feliz y tener paz interior y no fingir que soy feliz en este juego de tratar de sembrar tierras estériles.
Mi ambición es crecer como persona y como cristiano, permanecer siempre fiel a su lado, cobijado bajo la sombra de la Cruz, sin miedo a las  tormentas, sabedor de que a su vera todo es victoria.
Quiero que el mundo —ese mundo que le niega y trata de ocultarlo—  sepa que el Señor es el aliento que da vida a mi pequeña alma, el que llena mi frágil corazón de esperanza, el que me corona de amor, gracias y mucha misericordia.
Deseo que mi oración con el corazón abierto se deshaga en alabanza, piropos, gloria, halagos, cánticos, agradecimientos, jaculatorias hacia el Señor que lo acoge y escucha amorosamente; quiero que se aprenda la letra de esa canción que he compuesto desde la fragilidad de mi vida y que Él tararea susurrándola a mi oido cuando, con tanta frecuencia, me olvido alguna de sus estrofas.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, gracias! ¡Gracias por lo mucho que me amas! ¡Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges! ¡Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma! ¡Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente! ¡Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica y ambién por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor! Gracias por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo! ¡Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico! ¡Gracias por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida!  ¡Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas! ¡Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano! ¡Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto! ¡Gracias por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones! ¡Gracias por mis amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba! ¡Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, o en otros grupos de oración, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos! ¡Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino! ¡Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida! ¡Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe! Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida! ¡Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”! ¡Gracias, Señor, gracias!

Mandatum, bellísima pieza del tiempo Cuaresmal: 

https://m.youtube.com/watch?v=pvDELQri9Ik

María, modelo de lo que Dios quiere en mi vida

Último sábado de enero con María en el corazón. Hoy siento de nuevo a María en la felicidad de mi vida. Me imagino a María, la primera custodia viva de Cristo, tan unida a Él, tan cerca de Dios, tan llena del Espíritu Santo. Me imagino a María unida con el corazón al Padre Creador, al Espíritu Santo santificador y al Hijo vivificador.
Y me quiero llenar de esa alegría natural de la Virgen, hacerla mía. Sentirme uno con Ella porque cuando uno está lleno de gracia –por la gracia– su vida cambia y se transforma. Y me quiero llenar también de esa presencia viva de Dios en mi vida. Sentir como el Dios de la vida me consuela como consoló a María, me ilumina como iluminó a María, me guía como guió a María. Y anhelo hacer mía esa sobriedad, esa humildad, ese silencio de imperecedera profundidad, esa generosidad, ese espíritu de servicio, esa docilidad a la Palabra de Dios, esa disponibilidad sin cuestionamiento, esa fidelidad de María.
María es el modelo de lo que Dios quiere hacer en cada uno de sus Hijos. En ti y en mí. Por eso me quiero parecer más a Ella. Por eso ansío tenerla como maestra espiritual. Por eso quiero tomarla de la mano y marchar con Ella para seguir la llamada del Padre en mi camino hacia la santidad personal. Deseo seguir su camino de fe. Y su camino de servicio. Seguir su camino de certeza que es el que, en definitiva, yo debo recorrer para que el Dios de bondad me vaya colmando con sus infinitos bienes y con su honda misericordia. ¡Gracias, María! ¡Todo tuyo, María!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Quiero caminar a tu lado, María, desprendido de todo, sin cargas, sin inquietudes, sin miedos, sin desvelos y hacerlo siempre alegre por tu presencia en mi vida, llenando mi alma de gozo, de optimismo y de esperanza! ¡Quiero caminar contigo, María, para vaciarme de mi orgullo, de mis certezas, de mi vanagloria, de mis tristezas y mis sinsabores y una vez vacío llenarme de lo auténtico y verdadero que es Cristo, tu Hijo! ¡Quiero ir al encuentro del Padre contigo, María! ¡Quiero llenar mi vida de la gratitud de Dios que tu misma experimentaste a lo largo de la vida, contento por ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de mi vida, en los alegres y en los difíciles, en las alegrías y en las amarguras! ¡Quiero dar un «Sí» confiado como el tuyo, María, abriendo mi corazón para sentir la llamada del Padre! ¡Quiero mirar a todos los que me rodean y observar el mundo con tu mirada y con tus ojos de bondad, María! ¡Quiero aprender a detenerme en el camino para orar en silencio, para ser más contemplativo, para templar mi corazón y ser más dócil a la voluntad del Padre! ¡Quiero, María, a tu lado caminar hacia la santidad cotidiana, hacer extraordinario lo ordinario de vida como hiciste Tú cada día! ¡Quiero ser alegría para los demás como lo fuiste Tú, María! ¡Quiero que cada paso que dé este lleno de autenticidad y verdad, María, sin amedrentarme por las dificultes ni acobardarme ante los desafíos de la vida! ¡Quiero abrazar como abrazaste Tú al prójimo, María, y desde el cariño y el afecto transmitir a Dios a los que me rodean! ¡Todo tuyo, María, totus tuus! ¡Siempre tuyo, María, Madre de Amor y Misericordia!

Del compositor francés Philippe Verdelot escuchamos en este sábado mariano su motete Beata es Virgo Maria, a 7 voces. La peculiaridad de esta joyita musical es su bitextualidad pues al tiempo que se canta el texto propio de la música una soprano introduce con su voz el Ave María:

Futuro repleto de negros nubarrones… ¿Y?

Hay personas que confunden la desesperanza —la enfermedad del alma del hombre actual—con decepción o desesperación. La primera es esa percepción de una expectativa que se ha visto defraudada mientras que la segunda es perder la paciencia y la paz interior a consecuencia de un estado repleto de angustia y ansiedad que hace ver el futuro inmediato repleto de negros nubarrones. La desesperanza es esa agobiante percepción de que no hay nada que hacer —ni ahora ni nunca—, lo que conduce a una resignación forzada y el abandonar cualquier ambición o sueño personal y en el que el amor, el entusiasmo, la ilusión, la alegría e, incluso, la fe se debilitan y se extinguen. Observo, a muchas personas cercanas que por sus circunstancias vitales han perdido la esperanza porque su vida en lugar de ser una sucesión de experiencias hermosas y plenas están llenas de circunstancias dolorosas, desalentadoras y frustrantes. De sus labios sólo se escucha aquello tan dramático de «estoy desesperado».
En algún momento de mi vida, cuando el dolor ha sido muy profundo, cuando era incapaz de ver que Cristo camina a mi lado, la desesperanza se hacía muy presente en mi andar cotidiano. Con el tiempo, he comprendido que en realidad me faltaba la fe, la confianza y el abandono en Dios. Por eso ahora, aunque haya momentos muy difíciles, no permito que la desesperanza se cuele en mi vida, no dejo que se aloje en el sagrario de mi corazón donde mora el Dios de la esperanza. Ante lo único que estoy dispuesto a arrodillarme es ante el Padre Dios, pero no ante la ingratitud de la desesperanza. Cuando uno se postra ante la desazón tiñe de negro los pensamientos positivos y la esperanza —que siempre viste de verde— acaba diluyéndose ante la negatividad de la confusión interior. Cuando uno desespera deja de luchar, deja vía libre a los vicios pues considera que no los podrá corregir, se aleja de las buenas acciones y se aparta del camino de la virtud. Todo ello le hunde en las aguas movedizas de la tristeza que paralizan cualquier acción del hombre.
Pero cuando te postras ante el Cristo crucificado —y observas sus manos y sus pies llagados y tanto sufrimiento callado— comprendes que en el sacrificio del amor está la esperanza. Y toda desesperanza revierte en fe, el miedo desaparece, las lágrimas se secan, el peso de las cargas cotidianas se descargan al pie de la Cruz aliviando el peso del dolor.
Contemplando y adorando la Cruz es posible depositar toda la voluntad de mi vida, cualquier problema, tristeza, desolación, cansancio, sufrimiento, dolor… porque ese Cristo colgado de la Cruz que sostiene mi vida sabe hasta qué punto puedo llegar a soportar el sufrimiento que me embarga y será Él mismo quien me de la fuerza necesaria para salir airoso de la prueba. Es Él —y solo Él— el que me ayuda a cambiar la percepción de las cosas, a mirar la vida con otra perspectiva, a aumentar esa fe débil que me embarga, a pulir todas aquellas aristas que necesitan ser cambiadas y, sobre todo, a perfeccionar los trazos de mi vida. Cuando uno deposita en Dios toda su confianza el camino es siempre más fácil y la desesperanza se aleja hasta perderla en el horizonte.

nubarrones

¡Señor, no permitas que cuando llegue la cruz a mi vida me desoriente y experimente la impotencia de mi humanidad! ¡Ayúdame, Señor, en Los momentos de oscuridad a ir buscando a tientas Tu rostro! ¡Señor, Tu sabes que las pruebas se me hacen muy duras y pierdo la seguridad y la confianza porque no estoy seguro de nada ni estoy para nada! ¡Señor, Te contemplo en la Cruz y aún así tengo dudas y el desaliento me derrumba muchas veces! ¡Espíritu Santo, en los momentos de aflicción no permitas que deje de rezar que mi oración no rebote en los fríos muros del silencio! ¡Yo sé, Señor, que estás aquí, que me observas y que me escuchas per muchas veces tengo miedo y aunque a veces no sienta nada quiero creerlo de verdad! ¡Aquí tienes, Señor, mis pesares, mis miedos, mis mi futuro… ocúpate Tú ahora de todos ellos y de mis cosas, de la incertidumbre dolorosa que impregna mi alma que solo Tú sabes llena de miserias! ¡Haz, Señor, que Tu rostro ilumine la oscuridad de mi confusión! ¡Sin sentirte a mi lado todo es más difícil! ¡Ven, Señor, ven pronto y sálvame de mi mismo, toma mi corazón y dame la fuerza y el valor para líbrame de mis inquietudes e iniquidades! ¡Te pido, Señor, el don de la alegría a pesar de mis dificultades y del sufrimiento! ¡Te quiero, Señor, y espero sólo en Ti! ¡Ayúdame a sacar fruto abundante de los momentos de dificultad abrazándome a Tu Cruz, junto a María!

Dios, qué grande es tu amor, le cantamos al Señor:

Súplica por un milagro

Ayer me resultaba complicado encontrarme en paz con el Señor. Numerosos problemas que parecían no tener solución. Situaciones importantes que, de no resolverse de manera rápida, podían encadenar un sinfín de problemas colaterales. Hay días que el peso de la cruz se hace difícil de llevar y el camino que lleva al Calvario es agreste, tortuoso y parece interminable. Cuando uno se encuentra en una situación complicada le embarga la pesadumbre. Por un lado, encomendaba para que ese problema se solventara. Por otro, mi corazón se cerraba por completo a la paz del espíritu. Sin embargo, algo interno —fruto de la fuerza embriagadora de la gracia que derrama el Espíritu Santo— dirigía mis pasos hacia un templo cercano. Me pongo de rodillas y le suplico que haga el milagro.
La misericordia de Dios siempre vence. Dios es siempre el vencedor de cualquier partida. Aunque sea de penalti y en el último minuto. Además, ostenta el récord de imbatibilidad en la historia de la humanidad. La dificultad, los problemas, la no resolución de los mismos me llevó ayer a un encuentro más íntimo con el Señor. Y aquí estaba el milagro: el problema no se solucionó, pero mi corazón tuvo paz. Él sabe por qué y cómo hace las cosas. Abandonado en mi pequeñez, consciente de mi debilidad, una enseñanza muy hermosa: Dios vence con su amor, su misericordia y su consuelo. Amo a Dios y ese amor profundo me hace siempre salir adelante. Aunque lo que haya delante sea un precipicio de una altura… que da vértigo.

Súplica de un milagro

¡Señor, en este día te pido que me ayudes a ponerme en tu presencia y abrir mi pobre corazón, que me enseñes a hablarte desde la sencillez y la pequeñez de mi vida, que me ayudes a hacer oración, una oración confiada, entregada, llena de esperanza! ¡No quiero pedirte nada Señor, sólo quiero estar cerca de ti, sentirte cerca, sentir que me amas, sentir que abres tus brazos para acogerme! ¡Te pido la humildad para que me hagas ver con claridad todas aquellas cosas que me alejan de ti cada día: mis pecados, mis faltas, mi orgullo, por mi soberbia, mi incapacidad de amar, por mi egoísmo, mi carácter, mi falta de confianza…! ¡Señor, necesito que me muestres tu misericordia, tu compasión por este pequeño hombre que tanto te necesita! ¡Señor necesito que me hagas ver el camino que debo seguir cada día y las cosas positivas y negativas que me suceden ayúdame a aceptarlas cada día con mucho amor y mucha confianza! ¡Envíame al Espíritu Santo para que mi oración desde el corazón esté siempre iluminada por Él y sea siempre perseverante en las tribulaciones y las alegrías porque esta es la mejor manera conocerte de manera auténtica!

Tu gracia me sostiene, cantamos hoy acompañando esta meditación:

Sentir la protección de Dios

Hay momentos en la vida en que la necesidad apremia, que la angustia hace mella, que la turbación ciega, que los pensamientos inquietan y agobian el corazón. Se necesita «algo», y ese «algo» puede ser un trabajo, unos ingresos dignos, una casa, una llamada que se espera con anhelo, la solución a un problema, una luz que oriente, un consejo que clarifique, una palabra de apoyo, paz interior… Se me ocurren mil ejemplos.
Nunca pensamos que ese algo puede ser sentir en lo más profundo de nuestro ser la protección y el descanso de Dios. Ese sosiego plácido del alma que silencia los ecos exteriores y nos permite sentir el cuidado amoroso de Dios.
Me viene este pensamiento por la lectura sosegada del salmo 91. Hoy he abierto la Biblia, buscando una palabra, y ha surgido este hermoso texto de protección divina en medio de los peligros. Es un canto vivo a la esperanza. Es un himno que te permite poner todas tus preocupaciones en las manos de Dios.
Recuerdo la pregunta de un amigo creyente que me decía hace un tiempo por qué debía confiar en la protección de Dios si era Él quien le permitía sus largos momentos de angustia. Si uno está en el corazón mismo de Dios, ¿puede Dios olvidarse de él? Nunca. Dios es socorro, consuelo, fortaleza, misericordia, amor… Y su gracia es infinita en sintonía permanente con nuestra vida, creación suya.
Dios conoce todas mis preocupaciones. Dios sabe cuando en mi corazón no hay paz. Dios es consciente de mis dudas. Dios es sabedor de mis temores y de mis miedos. ¿Entonces? Solo me pide confiar en Él en la adversidad y en las dificultades que se me presentan. En el amor el miedo y el desasosiego no deberían tener nunca cabida. Cualquier tipo de turbación socava la confianza. Y eso un cristiano que tenga confianza plena en Dios no debe permitírselo nunca.

Sentir la protección de Dios

¡Señor, sabes cuáles son mis preocupaciones y mis problemas! ¡Sabes los que son importantes, los que son pequeños y los que yo doy importancia sin tenerla! ¡Señor, te los entrego todos para que descansen en ti y mi corazón sienta paz y consuelo! ¡Haz con ellos, Señor, lo que mejor me convenga! ¡No quiero hacer mi voluntad sino la tuya! ¡Señor, no permitas que mi mente y mi corazón hagan cálculos, eso solo me lleva a la inquietud y al desánimo! ¡Ayúdame a ponerlo todo en tu presencia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que sepa ponerlo todo en oración y en el silencio escuchar tus consejos y tus indicaciones! ¡Señor, las cosas se me escapan a veces de las manos porque sólo quiero hacer mi voluntad y cuando me fajo de un problema surge otro inmediatamente! ¡Que sean tus manos las que lo dirijan todo, Señor mío! ¡Dame la fuerza, la alegría, el tesón y la confianza para aceptar todo lo que tu me envías! ¡Lo que no puede ser, Señor, aquí lo tienes! ¡Lo que me duele, aquí lo tienes! ¡Lo que me entristece, aquí lo tienes! ¡Lo que me cuesta, aquí lo tienes! ¡Lo que me insatisface, aquí lo tienes! ¡Lo que me desconcierta, aquí lo tienes! ¡Aquí tienes mi corazón, llénalo de ti para con tu gracia levantarme cada día! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito y por tu misericordia!

En este último día de mes, Señor, con más fuerza te digo: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Señor, tu me conoces y me sondeas!