Una imagen que bendice mi hogar

En la biblioteca de mi casa (fotografía que ilustra este texto) tengo una imagen del Cristo de la Misericordia con sus brazos abiertos que me regaló un día muy señalado mi hija mediana. Me mira en cada momento y cuando alzo la mirada hacia Él siento viva su presencia. El texto dice: «Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!»

¿Qué siento cuando lo miro? Al Cristo que ha resucitado de entre los muertos, que lleno de gozo, de alegría y de fuerza, me acoge con sus brazos abiertos. Que me invita a compartir con Él mi vida porque esto es lo que hacen los amigos. Sus manos llagadas, abiertas al amor, me bendicen y me invitan a entrar de lleno en lo más profundo de su Corazón. Y es ahí, de su Corazón, desde donde se derrama el infinito Amor de Dios; es desde ahí, del Sagrado Corazón de Cristo, donde brota su Amor Misericordioso por todos los hombres, que se transforma en Divina Misericordia al contactar con mis carencias, pobrezas, miserias y necesidades; es ese Corazón el que quiere sanarlas y transformarlas. Es la luz de Su Amor el que me ilumina y elimina de mi vida todas esas tinieblas que me impiden amar, servir, entregarme a los demás.… 

¡Y qué decir de su mirada! Sus ojos te miran y penetran con ternura en el corazón; y cuando sientes su mirada profunda te sabes amado, perdonado, comprendido, transformado. Esos ojos no desvían nunca la mirada porque no sienten repugnancia por mis pecados, por mis tibiezas, por mis miserias… son ojos que traslucen amor, que buscan con la mirada levantarnos de nuestra fragilidad. Buscan la conversión del corazón. Y al enfrentar mi mirada con la de Él sientes toda su misericordia desbordada en el corazón y puedes pedirle encarecidamente perdón por tus ofensas, olvidos y suciedad interior. 

«Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!». Me reconforta esta imagen y esta frase porque el demonio tiene puesta su fijación en destruir las familias, la iglesia doméstica, el núcleo esencial de la sociedad. Rompiéndola fragmenta el mundo. Esta imagen y esta frase me ayuda a entender que debo preservar y perfeccionar los valores de la familia y reconocer al Sagrado Corazón de Jesús como el Señor de todo, entronizándolo en el centro del hogar para convertir la familia en un lugar donde se respire un espíritu verdaderamente cristiano.  ¡Por eso, hoy más que nunca, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sagrado Corazón de Jesús, bendice mi hogar! ¡Tu sabes todo lo que sucede en mi familia, en mi hogar, en nuestros corazones, y en este momento me dirijo a tu Sagrado Corazón para que entres en mi casa y la bendigas con tus santas manos! ¡Bendice también, Sagrado Corazón, todos los hogares del mundo! ¡Llena de tu presencia mi hogar, Señor, báñalo con tu luz y llena cada rincón de tu amor para que brilles en cada estancia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, te abro de par en par las puertas de mi hogar, ese espacio que me has dado para que lo habites junto a los que amo, para que cada estancia, cada pasillo, cada habitación esté bendecido por ti y des luz donde haya oscuridad! ¡Sagrado Corazón bendice mi hogar y báñalo en cada momento de tu infinita misericordia! ¡Sagrado Corazón evita que entre en mi hogar el mal, la tristeza, la desazón, la discordia, los accidentes, los malas intenciones del demonio, los robos…! ¡Sagrado Corazón ayúdame a que mi hogar se convierta en un lugar bendecido y protegido en el que Tu te encuentres a gusto! ¡Cuida, Señor, a todas las personas que habitan en mi hogar y en todos los hogares del mundo para que reine entre nosotros el amor, el respeto, la generosidad, la humildad, la comprensión y la entrega! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Comienza el camino que nos lleva a Belén

Primer domingo de adviento. Un nuevo comienzo, el primer domingo de un nuevo año litúrgico. Como cristiano me siento lleno de alegría porque camino con la Iglesia que me guía hacia la Navidad en este viaje espiritual hacia el nacimiento de Jesús. La Iglesia es la mejor guía para el hombre, una madre espiritual repleta de sabiduría, perfectamente guiada por el Espíritu Santo. Sus tiempos litúrgicos, planificados minuciosamente, son la expresión de esta hermosa sabiduría que nos llevan a los eventos principales en la historia de la salvación, desde la creación, que se recuerda durante la Vigilia Pascal, hasta la venida del Señor en gloria, motivo de aprendizaje continuo.
Hoy me siento muy feliz con este tiempo de espera del Señor, porque ya siento el soplido maravilloso que trae la Navidad. Quiero durante estos días mantener en el corazón este gozo inmenso que se irá acrecentando con el paso de los días: sí, el Señor viene, ¡y viene de verdad! Y no sólo viene, está cerca de nosotros. ¡Viene porque quiere cumplir sus promesas!
Es hermoso pensar que el Adviento se asemeja a la Cuaresma porque es también un tiempo para la conversión interior; en este caso el de encontrar la presencia viva de Jesús como la fuente de la verdad y de la alegría. Y en este tiempo de Adviento uno no camina solo. Lo hace de la mano de María, la Madre; y de San Juan Bautista, el precursor de Jesús. Los dos esperan al Señor con un gozo inmenso; los dos viven en la intimidad al que tiene que venir; los dos manifiestan su verdadera vocación. María la de encontrarse con el Niño que le ha anunciado el Ángel de Dios. San Juan la misión de anunciar al Mesías; como ellos uno ya conoce al Señor pero en este tiempo me siento invitado a reavivar mi deseo de conocerlo con más profundidad. El encuentro con Él me ayuda a comprender el significado de mi propia vida. Es ante Jesús que realmente uno se hace consciente de quien es.

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¡Señor, inicio el camino del Adviento para acercarme más a Ti, para conocerte en la intimidad de la vida, para profundizar sobre mis errores y para llegar a la Navidad con un corazón puro, limpio, cristalino y esperanzado! ¡Quiero llegar a la Navidad y sentir el profundo amor que sientes por mi, ese amor tan grande que nos convierte en criaturas nuevas! ¡Señor, ayúdame a comprender en este tiempo que Dios viene por medio tuyo para compartir mi vida y que soy un auténtico hijo de Dios! ¡Estoy contento, Señor, porque desde hoy y en cuatro semanas acogeré en mi corazón esta presencia que todo lo transforma! ¡Concédeme la gracia, Señor, de permanecer atento, de estar despierto cada día, de seguir la luz para contemplar la Luz verdadera que se va acercando, esa Luz que eres tu llena de alegría, de amor y de esperanza! ¡Deseo, Señor, cobijarme bajo esta luz porque quiero y necesito recibir tu amor! ¡Señor, ayúdame a que todo lo que me suceda durante estas cuatro semanas sean para acercarme más a ti, que todo lo que haga sea con el corazón abierto, que mi corazón sea un corazón sincero que espere tu venida! ¡No permitas, Señor, que me invada la rutina, ni la tibieza, ni el aburrimiento, ni la dejadez sino haz que mi oración sea viva y esperanzada! ¡María, ayúdame a que cada momento de mi vida como lo fue la tuya sea un momento de espera y ofrenda feliz! ¡María, tu Hijo vendrá en Navidad, depende de mi abrir mi corazón, estar vigilante y preparado para recibirlo, guíame Tu en el camino para llegar a Jesús y postrarme ante Él en el portal de Belén! ¡Ayúdame a prepararme bien para la inmensa alegría de la Navidad!

Escuchamos hoy la Cantata 61 de J. S. Bach para el Primer Domingo de Adviento:

De nuevas oportunidades

Hay días que las fuerzas decaen pero uno sigue adelante y no sabe como lo ha hecho. Sencillamente, se consigue porque ahí, invisible pero fiel, se encuentra Dios quién en el momento de nuestro nacimiento plantó en el corazón la semilla de la fortaleza que riega incisamente el Espíritu Santo. Pero la Trinidad Santa, el Dios que ama, el Cristo que salva y el Espíritu Santo que mora en uno solo necesitan de nuestra fe para hacer crecer esta fortaleza en nuestro interior.
Es increíble que cuando todo parece desmoronarse Dios te obsequia con un segundo más de esperanza, de seguridad y de convicción para poder salir adelante, esa convicción de que todo es posible, de que hay una nueva oportunidad en tu vida.
Cuando uno no ve la luz en su caminar, Dios solo espera la apertura del corazón para tomar el control de la vida del hombre. La vida no se desmorona cuando confías en el Dios Amor y, a pesar de las dificultades, caminas de la mano de Cristo a la luz del Espíritu. Tan simple y tan real.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que en mi vida no inmovilice como si de una estatua se tratara! ¡Tu que eres el amigo fiel, el que de invita a la confianza y a la esperanza, el que consuela, salva y de la vida, haz que abra mi corazón para no temer a la vida, para llenarme de seguridad y paz interior y no dejarme arrastrar por el inmovilismo y las incertezas, por el miedo al presente y el futuro! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que limpie corazón de los sentimientos de negatividad y de todo aquello que me impide llenarme de ti! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que llene de fortaleza, para que haga valiente ante las dificultades, me capacite para aceptar tu voluntad y me de las fuerzas para no dejar de luchar por los caminos en los que tu me llevas! ¡No permitas,Señor, que me deje arrastrar por los miedos y las incertezas, sino dame la alegría de la lucha constante, la entereza para enfrentar cada una de las pruebas que se me presentan y la capacidad para vencer los obstáculos! ¡Señor, dame la confianza para creer, la fe para esperar, la esperanza para creer lo que tu puedes hacer en mi vida! ¡Señor, que tu seas siempre la luz que me dirige, la paz que serena mi corazón inquieto, la sabiduría para adoptar las mejores decisiones, y el amor que dirija cada una de mis relaciones! ¡Señor, en ti confío!

Este es el día que hizo el Señor – Salmo 117

https://www.youtube.com/watch?v=ULrek3_3TD0

… Algo transformó su vida

Un ingeniero austriaco que trabaja en mi equipo y que había estado muy alejado de la Iglesia me decía hace unos días que cuando era joven tenía mucha esperanza en los aconteceres de la vida. Se veía a si mismo como una persona de éxito, triunfando personal y profesionalmente, querido por todos los que le rodeaban. Decidió seguir los estándares que marcan determinadas pautas sociales como la respetabilidad, amabilidad, dosis de cinismo, popularidad. Conseguiría un buen trabajo, ganaría dinero, se casaría con una mujer hermosa e inteligente… en definitiva: iba a tener éxito en la vida.
Lo logró casi todo a base de esfuerzo, renuncias, empujones, sacrificios y grandes dosis de suerte. Pero el éxito social y profesional no le llenaban. Su vida interior también estaba vacía. No se sentía una persona libre pues su vida era un constante proyectar un rostro cuando en el fondo en su interior había mucha aridez, insatisfacción e inseguridades.
Todo cambió un día, cuando un amigo le habló de Dios. Sintió que, de alguna manera, Dios se le revelaba de nuevo. Ese amigo le dijo algo tan sencillo como «trata de tener una amistad con Cristo. Verás como todo cambia en tu vida». En un principio a esta persona, aquella afirmación le pareció ridícula. Inicialmente la menospreció. Pero fue reflexionando sobre ella y puso en imágenes la vida del que se la había dicho, su coherencia, su serenidad interior, su capacidad de darse a los demás, su amable sonrisa siempre abierta al prójimo, su fuerza interior…
Eso le llevo a profundizar en aquella idea. Y tomó la Biblia. Leyó aleatoriamente tres libros de la Biblia y terminó con los cuatro Evangelios. Y descubrió algo sorprendente: el infinito amor que Dios siente por cada uno. Descubrió como Cristo vino al mundo para descargar su amor sobre los que sufren. Descubrió como uno puede liberar el peso de su vida a los pies de la Cruz. Y comprendió que Jesús vino a este mundo a salvar al hombre, a abrazarlo en su tribulación y a acompañarlo en el camino de la vida.
En el momento que abrió su corazón a Cristo, frecuentó la Misa diaria, dio el paso de confesarse… algo transformó su vida. A medida que avanzaban las semanas des despojó de sus resentimientos, curó heridas que parecían intratables, apaciguó su ansiedad interior, aparcó sus rencores… Hoy, me decía, cuando me enfado me duele, cuando discute me duele, cuando miento me duelo, cuando juzgo me duele, cuando no hago las cosas bien hechas… me duele. Su vida no es perfecta pero busca esa perfección porque ha logrado tener una relación íntima y de amistad con Cristo.
Sigue buscando con ahínco pero ahora no tiene que transitar caminos tortuosos, conoce perfectamente el camino que le lleva a Dios.

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¡Señor, concédeme la gracia de buscarte siempre, de abrir mi corazón a ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que guíe mi corazón y mi alma! ¡Haz, Señor, que el Espíritu endulce mi vida para seguirte con alegría, para avanzar espiritualmente con esperanza y confianza! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo encienda la llama viva de mi fe para darle ardor a mi caminar cristiano! ¡Haz, Señor, que por muy tortuosos que sean los caminos pueda ir hacia Ti sin desfallecer! ¡Que mi vida sea una eterna alabanza a Ti! ¡Que los sufrimientos, los problemas y las dificultades no sean motivo de aflicción sino de crecimiento personal y espiritual, sostenido por tu amor y por la fuerza de la cruz! ¡Señor, ayúdame a serte siempre fiel especialmente en los momentos difíciles; que pueda escuchar siempre tu voz! ¡Tómame, Señor, de la mano y llévame hacia Ti! Y, Señor, ¡te pido por todos los que te buscan y no te encuentran; hazte el encontradizo con ellos! ¡Te pido por los que necesitan de tu amor y de tu misericordia llénales su corazón de Ti!

Ejemplaridad para los hijos

La Iglesia celebra hoy la memoria litúrgica de santa Mónica, madre de san Agustín, a la que se le considera el modelo y la patrona de las madres cristianas. Su vida humilde y modesta, rebosante de oración, me recuerda el papel esencial que los padres debemos ejercer en la educación cristiana de nuestros hijos. De la oración por ellos, especialmente en esta sociedad en la que vivimos tan impregnada por la dictadura del relativismo, del hedonismo y del individualismo.
Casada con un joven pagano de una familia noble, brutal, violento y libertino, vivió santa Mónica una terrible experiencia a su lado pero gracias a ser una mujer de oración, a su vida espiritual y a su constancia, obtuvo primero la conversión de su esposo y más tarde de Agustín, su hijo.
El santo se impregnó del nombre de Cristo con el ejemplo y la oración materna y fue educado por ella en la religión cristiana, cuyos principios quedaron impresos en su alma hasta en los tiempos de mayor desviación espiritual y moral. En estos años no dejó santa Mónica de orar por él y por su conversión hasta que tuvo el consuelo de verle regresar a la fe. Dios escuchó las plegarias de esta madre que más que madre fue la fuente de su cristianismo.
Es difícil hablar de Mónica sin hablar de su hijo. Pero, sin embargo, la vida de esta santa es un desafío para todos los que somos padres y madres de familia. Si pensamos que algo es bueno para nuestros hijos, ¿por qué no acudir a Dios y ofrecerlo en la oración? ¿Por qué dejarlo decidir solo? ¿Por qué no enseñarles a elegir? Cuando uno observa a un hijo con problemas, con adicciones, con malas amistades, con influencias negativas, con comportamientos poco ejemplares puede verse confuso; lo mismo ocurre cuando lo observa alejarse de la Iglesia o cómo toma el camino desviado por las influencias negativas del entorno. Santa Mónica te muestra que nuestros hijos no nos pertenecen, son un posesión de Dios, y que tantas veces Dios permite esta desviación de su vida como parte del viaje para regresar a Él. Y, también te enseña, que nunca hay que perder la esperanza ni la paciencia si la vida de un hijo se pone en manos de Dios. Que los padres no podemos dejar de ser perseverantes en nuestra misión manteniendo firme la confianza en Dios y aferrándonos con perseverancia a la oración además de intentar darles la mejor formación, los valores más sólidos, nuestras enseñanzas, nuestra oración de fidelidad a Dios, nuestro ejemplo personal, moral y espiritual y alimentar su fe. Siguiendo el modelo de santa Mónica tengo claro que es mi vida y mi oración la que acercará o alejará a mis hijos de la verdad y de Dios.

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¡Me dirijo a Ti, Santa Mónica, que fuiste modelo de fe y modelo para las madres y los padres de familia para que me ayudes a comprender el sagrado papel que tengo como padre en la educación de mis hijos, don de Dios para llevarlos al cielo! ¡Que tu ejemplo me sirva para ser perseverante en la oración con el fin de llevar la alegría a mi hogar, la paz en el seno familiar, la armonía en la familia, la fe que nos lleve a la vida eterna y la oración para que vivamos unidos con Cristo en el centro de nuestra vida! ¡Te pido que intercedas por todas las madres del mundo cuyos hijos han tomado el camino equivocado, han abandonado la fe o han extraviados sus principios y sus valores y viven volcados en el abandono de si! ¡Señor, a Ti te encomiendo a mis hijos para que hagas de ellos testimonios de tu amor, para que no decaiga su fe y para que crezcan siendo ejemplo de fidelidad a Ti!

¿Qué necesidad tienes de esperar?

Terminé de leer hace unos días un libro sobre conversos del siglo XX. En uno de los capítulos, a pie de nota, destacaba una frase de san Agustín sobre la conversión: «Si ya te has decidido, ¿qué necesidad tienes de esperar? El momento es ahora; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
Pienso con frecuencia lo que implica convertirse a Cristo, ser auténtico cristiano. Es algo para hoy, no para mañana. En el posponerlo al mañana pueden pesar muchas cosas. Convertirse en el hoy es tomar conciencia de lo que es amar, sufrir por los demás, servir al prójimo y estar sensibilizado por la pasión del Señor para aprender a cargar con la Cruz. Pero, sobre todo, convertirse supone cambiar de vida y la manera de comportarse porque el encuentro con Jesús te hace consciente de que no puedes centrarte en ti mismo sino seguir a Jesucristo y vivir por los demás. Convertirse a Jesús no puede aparcarse para mañana porque la auténtica conversión del corazón nunca puede esperar. Cuando pospones tu sí al Señor corres el riesgo de abandonar tu decisión porque el principe del mal se ocupa de utilizar todas las artimañas que están en su poder para debilitar tu voluntad.
¿Qué necesidad tienes de esperar? Esta pregunta de san Agustín te remite a la respuesta. La conversión es un proceso cotidiano, una implicación del corazón y del alma hacia el único destino que es válido: la cercanía con el Señor. El encuentro con Él. El anhelo de vivir por Él y con Él. Pero este proceso no depende de uno mismo; hay que orarlo, trabajarlo y pedirle al Espíritu Santo el gran don de la conversión porque, en definitiva, la conversión interior es un obsequio que Dios otorga al hombre por medio de Jesús, entregado a la humanidad para redimirnos y mostrarnos donde se encuentra la vida verdadera.

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¡Señor, permite que el Espíritu Santo obre en mi corazón pecador y frágil para que tu mismo crezcas en mi interior y se produzca en mi una profunda transformación del corazón, una auténtica conversión! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu bondad, de tu amor, de tu humildad y de tu misericordia! ¡Lléname de la gracia para saber acoger siempre lo bueno y lo correcto y despreciar lo que me aparta de Ti! ¡Fortaléceme para una auténtica conversión, para no dejarme llevar por las artimañas que me presenta el demonio y dame la sabiduría para ser testimonio de tu verdad! ¡Concédeme la gracia de una vida virtuosa y pura, bondadosa y servicial, que desprecie los placeres mundanos y abrace los anhelos de tu Sagrado Corazón! ¡Señor, tu conoces mi pasado y mi presente, lo que he sido y lo que soy, mi disponibilidad y mis abandonos, mi fortalezas y debilidades, mis virtudes y mis defectos, mis capacidades y mis limitaciones, ayúdame a que lo positivo prevalezca sobre el mal! ¡Ayúdame a cambiar lo que deba ser cambiado, a convertirme en lo que Tú anhelas que sea, a vivir acorde con tus mandamientos y vivir con la luz de tu verdad y de tu amor! ¡Ilumina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi corazón, mi alma, mi mente y mi entendimiento para que en cada una de las situaciones de mi vida actúe como actuabas Tú, piense como pensabas Tú, sentir como sentías Tú, querer como querías Tú y vivir conforme a tu vivir!

Me abandono en Ti, cantamos hoy:

¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como hizo la Verónica!

Jesús camina con dificultad hacia el Calvario. La Verónica, compasiva, supera la cruel escolta, adelanta a la soldadesca romana y a la turba vociferante que clama contra Él y limpia con un blanco velo el rostro desfigurado y entumecido de Cristo que, sin embargo, no ha perdido ni su belleza, ni su serenidad.
¿Qué mensaje me ofrecen este paño en el que queda impreso el rostro de Jesús y el gesto tierno, solidario y valiente de la Verónica?
Mientras esta mujer de corazón caritativo limpia con suave delicadeza el rostro del Amor siente profundamente las consecuencias de la maldad perversa del hombre y el desgarro que provoca el mal. Y la Verónica se turba. Y de sus ojos salen lágrimas de tristeza. Las mismas que deberían caerme a mí cuando contemplo mi miseria y mis pecados porque ese rostro ensangrentado de Cristo es consecuencia de mis faltas y de mi oprobio. En mi corazón también debería quedarme cada día impreso el rostro del Cristo doliente para no salirme del camino recto, para luchar por mi conversión interior, para provocar la transformación de mi vida.
Hacer como la Verónica que en un primer instante solo es capaz de ver un rostro torturado, sufriente y dolorido pero que, por medio del gesto amoroso de limpiar aquella figura ensangrentada y herida, su manera de contemplar a Jesús cambiará profundamente. En ese paño queda impregnado el amor y la bondad de Dios que acompaña al ser humano incluso en los momentos de mayor angustia, sufrimiento y dolor. Solo es posible ver y reconocer a Dios desde la pureza del corazón. Ese paño blanco es también la gracia sacramental que se me ofrece en el sacramento de la reconciliación. El alma de los hombres está manchada por el pecado y Jesús me dice que acuda a Él, que me arrepienta, que está dispuesto a acoger con ternura mis fallos y mis caídas para borrarlas de mi alma.
Como con la Verónica, Jesús quiere dejar la impronta de su rostro en mi propio corazón, en lo más íntimo de mi alma. Quiere dejar su amor, su paz, su esperanza. Quiere caminar a mi lado con esa mirada de bondad que todo lo cambia. Jesús quiere que su gracia deje blanquecina mi alma, limpia de orgullo, soberbia, rencores, mentiras, egoísmos, imperfecciones. Quiere que sea su rostro en el mundo, quiere que sea Él mismo en mi entorno familiar, social, profesional. Quiere que viva bajo su mirada y vivir siendo mirada para los demás.
Después de dejar atrás la escena con la Verónica, Jesús avanza con la Cruz a cuestas dejando claro que ningún gesto de amor queda en el olvido, que ningún gesto de caridad, de bondad, de servicio, de entrega, de generosidad, de comprensión… pasa desapercibido porque nos hace más semejantes a Él.
¡Deseo limpiar tu rostro, Señor, como lo limpió la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti!

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¡Señor, permíteme que te limpie el rostro como hizo la Verónica para tenerte siempre impreso en lo más profundo de mi corazón y acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia para presentarme puro ante ti! ¡Cuando me acerque al Santísimo o la comunión, Señor, que tu rostro quede impreso en lo más profundo de mi alma y lleno de Ti trasmita amor, paz, alegría y felicidad! ¡Que tu gracia, Señor, inunde mi corazón con la blancura de tu amor! ¡Transfórmame, Señor, cámbiame, purifícame y vivifícame! ¡Señor, tu permitiste que la Verónica se acercase a ti, aceptarse este gesto de ternura y caridad, convierte todos mis actos en actos de amor para que cada uno de ellos sean un reflejo tuyo, un testimonio de tu verdad y de tu amor! ¡Que la misma pena que sintió la Verónica por Ti sea capaz de sentirla yo también por los que sufren, los que están solos, los que padecen problemas, los que necesitan ser consolados porque Tú, Señor, estás en ellos presente! ¡Que ese mismo roce tierno de la Veronica sea capaz de darlo yo también por el prójimo para aliviar sus dolores y sufrimientos! ¡Dame el don de la humildad, Señor, para encontrarte y ser capaz de mostrar a los demás tu imagen reflejada en mi, para grabar tu rostro en mi corazón, para ser auténtico discípulo tuyo!

Una hermosa canción relacionada con el tema de hoy:

El Espíritu Santo, compañero de viaje en la Cuaresma

Uno de los elementos sustanciales de la Cuaresma es la conciencia de que no estamos solos. Jesús está presente, en el silencio del desierto. Hay otro compañero de viaje, a quien con frecuencia olvidamos: ¡el Espíritu Santo! Es el Espíritu Santo quien nos guía en el camino cuaresmal; es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que nos fue dado en el Bautismo.
La Cuaresma es un tiempo de preparación interior que te permite ser más consciente de la gracia de ese Espíritu, de lo que ha hecho y lo que puede hacer en tu vida.
El Espíritu Santo es alguien próximo y cercano en quien puedes depositar toda tu confianza, al que puedes dirigirte invocándolo en la oración, con el que puedes mantener una relación de íntima amistad.
El Espíritu Santo fortalece la lucha —porque batalla a nuestro lado— contra el príncipe del mal, es quien ayuda a discernir entre el bien y el mal, es quien renueva la confianza en el momento de las incertidumbres y la tentación, es quien sostiene el ánimo cuando aparece la desesperación, es quien permite dar el paso hacia la libertad de seguir la voluntad de Dios.
El Espíritu Santo es el maestro interior, el que suscita y anima en el corazón de cada uno el deseo sincero de la conversión interior y de la cercanía a Dios.
En Cuaresma no estamos solos. Es el Espíritu Santo el que mueve nuestro corazón, el que nos acompaña, el que derrama la gracia que más necesitamos para crecer en nuestra conversión interior.
¡Ven Espíritu, Santo, luz verdadera, no permitas que camine solo en este tiempo cuaresmal!

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¡Espíritu Santo, dador de vida, tu llevaste a Jesús al desierto y del desierto regresó con tu fuerza para proclamar la buena nueva! ¡Haz lo mismo conmigo, ábreme el corazón para mi conversión interior! ¡Descansa sobre mí, Espíritu divino, para proclamar la verdad del Evangelio, para proclamar que Dios es amor, para proclamar que con Cristo uno obtiene la libertad! ¡Ábreme los ojos, Espíritu Santo, para ver siempre la verdad, para aceptar las cosas como son y como quiero Dios y no desde mi óptica egoísta! ¡Ábreme el corazón, Espíritu Santo, para darme a los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de decidir con sabiduría porque Jesús me quiere libre, con los oídos atentos, los ojos atentos, el corazón predispuesto a todo aquello que venga de Ti! ¡Pero sobre todo, Espíritu Santo, ayúdame en mi conversión interior porque quiero amar como amó Jesús! ¡Ayúdame a vivir este tiempo cuaresmal como un periodo de arrepentimiento, de conversión interior y de preparación para la Pascua del Señor pero también para ser más sensible a tu presencia, para dar gracias a Dios por la bondad de su amor y su misericordia, para ser consciente de mi pequeñez, de mi miseria y de mi fragilidad, para ser consciente de mi ser pecador, para ser consciente de que todo lo que tengo es don de Dios cuyo poder y su fuerza me sostienen en mi lento caminar! ¡Espero en ti, Espíritu Santo, para mi nuevo Pentecostés, para que ungido por tu amor y por tu gracia, pueda salir al mundo a proclamar que Dios es amor y que Cristo ha resucitado!

Comienza el mes de marzo y nos unimos a las intenciones del Santo Padre para este mes. El Papa Francisco nos pide orar para que toda la Iglesia reconozca la urgencia de la formación en el discernimiento espiritual, en el plano personal y comunitario.

Ven, Espíritu, ven:

¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

Una pregunta directa en mi camino de conversión en esta Cuaresma: ¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?
Es a la luz de esta pregunta que debo entrar en el camino de la conversión interior. La conversión es un paso en el proceso de transformación del corazón. No se trata exclusivamente de considerar mi vida desde mi yo, desde mi mismo, sino desde la perspectiva de Dios. Convertirse es aprender a dejar que Dios ocupe en mi vida y en mi corazón el primer lugar. Convertirse implica seguir a Jesús para que su Evangelio sea el referente que guíe mi vida; significa dejar que Dios transforme mis sentimientos, mis pensamientos, mis actos, mis palabras; supone dejar de pensar que yo soy el único escultor que cincela mi existencia dándole forma según mis criterios y mis apetencias, mi egoísmo y mi cerrazón, la búsqueda de mi comodidad y mi prestigio; implica tener la humildad de reconocer que sin Dios no soy nada, que dependo enteramente de Él y que sin ser receptor de su amor mi vida no tiene sentido; y exige ir tomando todas mis decisiones a la luz de Su Palabra, fortaleciéndome en la fe.
Convertirse es no dejarse llevar por los cantos de sirena de la sociedad actual que te vende el mal como bien, no dejarse arrastrar por las pruebas de los falsos mitos que crean desasosiego e infelicidad.
Convertirse es practicar la verdad cristiana, la caridad, el amor, la generosidad, la misericordia, el perdón, la paz para dar respuesta a los deseos de Dios.
Convertirse es hacer penitencia interior, reorientar la propia vida, romper con el pecado y sentir aversión por el mal.
Convertirse es abrir el corazón de par en par a Dios para que guié nuestro caminar y dejarse iluminar por su luz vislumbrando en nosotros la maravilla de su gracia, don de amor.
En este camino de conversión, ¿Para mí es más importante Dios o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

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¡Señor, imploro tu ayuda para este camino de conversión interior! ¡Me abro, Señor, a ti y confío en tu Palabra para que penetre en lo profundo de mi corazón! ¡Reconozco, Señor, con toda humildad que soy pecador y te pido perdón por cada uno de los pecados cometidos! ¡Te presento, Señor, mi pequeña vida; te presento los errores y las faltas cotidianas, todos mis fracasos y sufrimientos, todas las veces que he ignorado tus mandatos y tus enseñanzas! ¡Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, ten compasión de mí que no soy más que un pobre pecador! ¡Libérame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu de todo aquello que me ata al mal! ¡Te pido, Señor, que el Espíritu Santo renueve mi vida, la purifique, que transforme mi vieja naturaleza tantas veces vendida al pecado y que todo sea crucificado en Tu Santa Cruz! ¡Con Tu Sangre, Señor, purifícame, libérame, tranfórmame! ¡Ante ti, Señor, con el corazón abierto perdono quienes me ofendieron, me hicieron mal o hablaron mal de mí y te pido perdón el mal que he hecho a los demás! ¡No permitas, Señor, que me juzgue a mi mismo como bueno porque en mi vida muchas cosas tienen que cambiar! ¡Ayúdame en mi camino de conversión para que por la gracia de tu Espíritu me convierta en lo que Tú deseas que sea! ¡Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón, con la luz de tu Verdad y de tu Amor!

Wash Me Throughly  (Lávame completamente), es este sublime salmo de cuaresma interpretado por el coro de la abadía de Westminster:

Todo comienza con la conversión cotidiana

Para que el mundo arda de esperanza, Jesús llama a hombres y mujeres con sus peculiaridades y pequeñeces. Tomo como ejemplo la vocación de los primeros apóstoles. Jesús no los eligió entre los notables del templo, ni entre los poderosos de su tiempo sino entre los más simples pecadores. Estos hombres, sorprendidos en su trabajo, dejaron que todo cayera por si solo. Para Andrés, Simon Pedro, Santiago y Juan fue el comienzo de un gran amor. Recibieron la buena nueva de Cristo y su vida se transformó por completo.
Al igual que estos apóstoles, o como ocurrirá con tantos otro como Pablo, todos estamos llamados por el Señor. Como cristianos bautizados y confirmados nuestra misión es convertirnos en testigos y mensajeros —con nuestras incertezas, pequeñeces y debilidades— del Evangelio. Todo comienza con la conversión cotidiana. A lo largo de los siglos, los grandes testigos de la fe han sido perdonados de sus pecados y miserias. Pienso en san Pedro que negó a Cristo tres veces, en san Pablo acérrimo perseguidor de los cristianos, en San Agustín que vivió parte de su existencia una vida desordenada… Uno puede decir: ¡Estás hablando de dos mil años atrás! Puedo poner muchos otros ejemplos de este siglo como el padre Donald Callaway, que de traficante de drogas pasó a sacerdote católico, o de Joseph Fadelle, de descendiente directo de Mahoma a católico convencido, o de  Serge Abad-Gallardo, de maestro masón a encontrar la fe en Cristo, o de André Frossard, de ateo convencido a católico por la gracia de Dios, o de María Vallejo-Nágera, a quien la religión le importaba un rábano a una potente conversión en Medjugorge… Pero conozco cientos de personas como yo —o como tu—, padres y madres de familia, que sacan sus familias adelante con esfuerzo y sacrificio, que han dicho sí a Dios en algún momento de su vida dejando atrás su vida mundana y vacía. Pero todos, unos de hace dos mil años y otros de ahora han sido liberados de todo obstáculo y proclaman la alegre noticia del encuentro con Cristo. Lo han anunciado a la humanidad cautiva al pecado y de la muerte. Todos han entendido que nuestro Dios es un Dios liberador y salvador. Y eso es lo que testifican con sus vidas.
Es cierto que esta misión implica riesgos. Vivimos en una sociedad que no le gusta oír hablar de Dios o de Jesús. Pero las buenas nuevas deben anunciarse a todos porque Dios quiere la salvación de todos los hombres. Ante la incredulidad, la mala fe o la indiferencia, no podemos permanecer pasivos. El Papa Francisco recomienda que salgamos a las «periferias» para que anunciemos el mensaje de Cristo. La Iglesia solo puede vivir yendo a «Galilea». Es allí donde viven los que parecen más distantes de Dios. Cristo confía en nosotros para ser testigos y mensajeros de Su Reino.
Uno es enviado en comunión con el prójimo y con Cristo. Esta unidad es absolutamente indispensable para el testimonio que tenemos que dar. Divididos, es imposible.
Olvidamos orar con frecuencia para que el Señor nos haga atentos a su llamada, para una conversión auténtica en el día a día. En un día como hoy le pido que me conceda más generosidad para responder a su llamada haciéndome artesano de unidad, caridad, paz, amor y reconciliación en ese pequeño entorno en el que vivo.

orar con el corazon abierto

¡Señor, predispongo mi corazón para esta atento a tu llamada! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que pueda acoger tu Palabra y tu buena nueva y me comprometa vivamente con ella! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que me otorgue el discernimiento para escuchar lo que quieres y esperas de mi, la sinceridad para avanzar acorde con tu voluntad y la fortaleza para aceptarlo todo! ¡Quiero, Señor, mostrarte mi disponibilidad sincera por eso te digo que me hables al corazón que estoy presto para escucharte! ¡Concédeme, Señor, la sabiduría del discernimiento pero también la capacidad para dedicarte tiempo en la oración y en la vida de sacramentos, la serenidad de corazón, la calma del espíritu y la paz interior para acercarme a ti y a los demás! ¡Concédeme, Señor, la gracia de hablar a los demás de Ti con el corazón abierto, desde mi experiencia personal, desde la oración, desde el amor, de la reflexión y desde la verdad, para que puedas convertirte a través mío en una referencia entre los que quiero y conozco! ¡No permitas, Señor, que mi vida se pierda por derroteros sin interés, con agitaciones del corazón inútiles, en oraciones pronunciadas rápidamente y sin interioridad, en oraciones llenas de palabras vacías de contenido que me impiden escuchar tu voz y tu mensaje! ¡Señor, te doy gracias por tu amor, por enviarme el susurro del Espíritu y te pido que me ayudes cada día a buscar la santidad, el encuentro contigo y hacer viva en la realidad de mi vida tu presencia amorosa, misericordiosa y llena de bondad y esperanza!

Entraré, cantamos con Jésed: