Avanzar con María hacia Jerusalén

Último sábado de febrero, en plena Cuaresma, con María en el corazón. En el camino de la cuaresma surge con sencillez, sobriedad y humildad la figura de la Virgen. Como todo en Ella, su discreción es fuente de inspiración.  María es la gran creyente que vivió este tiempo de preparación cuaresmal en el silencio de la oración, recorriendo interiormente el camino de su Hijo.
Uno comprende entonces que en el camino para vivir el misterio pascual del Señor hemos de caminar también al lado de la Virgen, nuestra Madre. Imitando su silencio y su actitud de interioridad, premisas fundamentales para la escucha de la Palabra, para la conversión interior, para nacer de nuevo a Cristo y encontrarse con Él, para meditar la Pasión, para despojarse de nuestros vestidos viejos y revestirnos de la vida nueva a la que nos invita Jesús.
Avanzar con María hacia Jerusalén haciendo el mismo camino de fe, comprometerse por el otro para alcanzar la plenitud de nuestra esperanza en la Resurrección, para anhelar como Ella el amor de Dios, para vivir intensamente la caridad, para imitar sus virtudes que tan bien enseñó al propio Jesús, para transformar nuestro corazón para que desborde misericordia, amor, paciencia, benignidad, esperanza, caridad con todos aquellos que nos rodean, para tener la fortaleza para vivir el camino de cruz, para dejarse guiar hacia ese Cristo que morirá por nuestra salvación y resucitará para darnos la esperanza de la vida eterna.
¡Caminar con María en la Cuaresma! ¡Que gran orgullo y cuánta alegría!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, quiero abrir el corazón para recibir tu amor y el amor de Dios! ¡Me presento con las manos vacías para que las tomes y abrirte mi vida! ¡En este tiempo de Cuaresma, quiero avanzar contigo como peregrino de la fe! ¡Quiero vivir como viviste Tu, siempre abierta a recibir el amor de Dios y seguir su voluntad! ¡Quiero tener tu misma confianza en Jesús! ¡Quiero tener tu misma esperanza en Dios! ¡En este tiempo de interiorización quiero abrir mi corazón para que lo lleves a Jesús! ¡Quiero recorrer contigo este camino a tu lado para hacerme servidor de Dios y de los demás, cambiar mi corazón1 ¡Enséñame a amar, Madre! ¡Ayúdame, María, a prepararme para vivir los misterios centrales de la redención: la pasión, la muerte y la Resurrección de tu Hijo! ¡Te quiero manifestar mi amor filial a Ti, Virgen María, que estuviste al pie de la Cruz y te convertiste en corredentora del género humano!

Tota pulchra es Maria, canto polifónico franciscano de 1749 de la «Cantilena del Convento di Niolo».

¡Quién no tiene secretos en su vida!

Hace unos días me intentaron revelarme algo sobre un amigo que me causó un profundo dolor. No por el hecho en sí sino por la forma  maliciosa con el me fue transmitido. El transmisor me dijo: «Guarda el secreto». Preferí no seguir escuchando.
Recordando este hecho, hoy conscientemente inicio mi oración con la rotundidad perturbadora del salmo 139 que exclama aquello tan directo de que «Señor, tú me sondeas y me conoces; tú sabes si me siento o me levanto, de lejos percibes lo que pienso». No hay secretos para Dios. Todo lo que fluye en mi interior, Él lo conoce. Los secretos tienen un enorme poder. He conocido amistades rotas por haberse revelado un secreto íntimo; he visto despidos en una empresa por haberse aireado una información confidencial; he observado confíanzas quebradas por una revelación inoportuna. Como también he comprobado como se puede lastimar a alguien por haberle ocultado una información para protegerlo de un daño mayor.
¡Quién no tiene secretos en su vida! ¡Quién no guarda algo en su interior que preferiría que no fuera revelado a su entorno! Confesar públicamente una falta o un error es tarea mayúscula. Sin embargo, cuando esto sucede uno rompa la cadena de honestidad que le une a la persona que ama.
Los secretos pueden afectar a los demás, a los que se les esconde una información o a uno mismo. En cualquiera de los dos casos a Dios no le podemos ocultar nada. Lo que anida en lo profundo del corazón a Ël no se le escapa. Todo lo que uno esconde a los demás, Él lo sabe. Y aún así su amor es inquebrantable.
Un secreto es más doloroso si cabe cuando no se le presenta a DIos en la oración. En esta circunstancia uno se siente cautivo de la situación provocando mayor dolor e incertidumbre.
Hace años mantuve durante un largo periodo de tiempo una confidencia que no me atrevía a revelar a nadie. Nunca la puse en oración, hasta el día que tuve la valentía de hacerlo. No hablar de ello, no abrir el corazón, me mantenía cautivo, aprisionado y herido interiormente. En el momento en que comprendí que debía vencer mi fracaso tuve la valentía de afrontar la realidad y encarar abiertamente aquella situación con la persona involucrada. Me perdonó sin dilación. Y Dios, que había leído en lo más profundo de mi interior, sabedor de mi desgarro en el sacramento de la Reconciliación, con su infinita bondad y misericordia, me había perdonado. Como hizo también aquel amigo al que había provocado dolor.
Cuando uno guarda en su corazón un secreto que le impide avanzar, que le imposibilita cargar la cruz junto al Cristo del perdón, es cuando más debe poner toda su confianza en Él. Pedirle al Espíritu Santo la gracia de la verdad. Él ya conoce esa realidad. Y Él se ocupará de marcar la senda de la autenticidad interior. Dios todo lo comprende. Dios todo lo justifica. Dios todo lo perdona. Cuando un secreto te mantiene cautivo, ¡qué mejor que hacerlo descansar en las manos misericordiosas de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre, por tu infinita bondad! ¡Gracias, Jesús, por tu infinita misericordia! ¡Gracias, Espíritu Santo, por tus infinitas gracias! ¡Gracias, Señor, porque tú me sondeas y me conoces y desde este conocimiento me amas profundamente a pesar de mi debilidad! ¡Gracias, Señor, porque me haces comprender que cualquier camino que sigue te es muy familiar! ¡Gracias, Señor, porque no empleas tu benevolencia para el castigo sino para el amor! ¡Señor, tú sabes que en lo profundo de mi corazón siempre se presentan realidad que me llevan al desconcierto! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me haga consciente de mi verdad, para llevarme a un verdadero conocimiento de mi realidad! ¡Que sea tu Santo Espíritu, Señor, el que me ilumine siempre y guíe mi camino! ¡Que despierte, incluso, todo aquello que por mi pequeñez y cerrazón no soy capaz de conocer pero que tu conoces perfectamente porque me has creado! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las experiencias vividas y por aceptarme como soy! ¡Quiero abrirte siempre, Señor, mi corazón para aliviar todas aquellas heridas que me provocan dolor, todas esas zonas oscuras que me alejan de ti para que por medio de tu Espíritu las llenes de luz! ¡Te doy gracias, Señor, porque desde que me bordaste en el seno materno has tejido mi vida caminando a mi lado sin que yo, muchas veces, haya sido capaz de vislumbrar tu presencia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mi mirada sobre la realidad del mundo, sobre mi entorno y sobre los demás sea como la tuya llena de amor, bondad, sabiduría, paciencia y generosidad! ¡Señor, tu eres el Dios del amor, olvídate de mis abandonos, de mis peros y de mis resistencias interiores y concédeme la gracia de acoger siempre tu amor! ¡Te entrego, Señor, todas mis cargas pero también mis actos personales, familiares, profesionales, comunitarios y parroquiales! ¡Son todos tuyos, Señor! ¡Llénales, Señor, de sabiduría y de luz! ¡Te pongo, Señor, en tus manos a todos aquellos que te sienten lejos y los que no creen en Ti; te ruego los envuelvas con tu amor! ¡Señor, tu me sondeas y me conoces, sabes lo que anida en mi corazón que exclama confiado: renuévame, vivificase, transfórmame!

Bella canción del salmo 139 para acompañar la meditación de hoy:

¿Dónde está Dios?

Por razones profesionales he tenido que realizar un largo viaje por Centroamérica. El vuelo que llegaba de Europa aterrizó en Panamá. Tenía dos horas y media de escala para tomar el siguiente vuelo destino a Guatemala. Con el cansancio del viaje, busco un lugar para sentarme. Siempre trato de encontrar una capilla en los aeropuertos, casi siempre escondidas en lugares inaccesibles. Sin embargo, en el de Panamá se encuentra en el centro mismo del aeropuerto.
Entro y me siento en una esquina del último banco. Durante la hora que permanezco allí en oración entran cientos de personas. Madres con hijos, pilotos, azafatas, ejecutivos, religiosos y religiosas, jóvenes matrimonios, ancianos y operarios del aeropuerto. Unos permanecen unos minutos y otros, simplemente, saludan o se persignan. Es una hora de alegría inmensa.
La pregunta suprema que se hace el hombre es: ¿Dónde está Dios? La respuesta tiene que ver más con la presencia en nuestra vida que en la creencia misma de su existencia. Cuando uno tiene la ocasión de entrar en contacto con Dios porque le ama no duda de que Dios está en el cielo y en la tierra nunca mejor especificado que en un aeropuerto. Los cielos cantan la gloria de Dios; y el firmamento anuncia su gran obra creadora.
¿Dónde está Dios? En el corazón del hombre. Las cientos de personas que han pasado por esa capilla y han dedicado un segundo, un minuto o una hora a ese Dios de la sabiduría son conscientes de que existe, que ama, que perdona y que cuida. Dios bendice con su presencia ese aeropuerto, a los que le alaban y a los que le ignoran.
Dios existe y yo, de nuevo, me lo he encontrado vivo en el centro mismo de un aeropuerto.

orar con el corazón abierto

¡Qué grande y bondadoso eres Dios mío, creador del cielo y de la tierra, de lo visible y de lo invisible! ¡Hoy me presento ante ti para darte gracias, para alabarte y glorificarte con un profundo agradecimiento por tu amor, por tu bondad y por tu misericordia! ¡Gracias, Padre bueno, porque tu fidelidad es para siempre, porque no nos abandonas nunca! ¡Te ofrezco mi vida, Padre! ¡Quiero servirte con gratitud en el corazón! ¡Gracias por hacerte presente en todo lugar y te agradezco que tu obra se haga prospera en cualquier espacio de la tierra! ¡Gracias, Dios bondadoso, por estar siempre a nuestro lado, por buscarme y esperarme siempre! ¡Gracias, Padre misericordioso, porque me levantas cuando estoy caído y me arrastras cuando mi cuerpo ni se arrastra! ¡Gracias, Padre de amor, porque llenas mi vida de sonrisas y alegría y de lágrimas y la cruces llenas de sufrimiento que me hacen crecer en confianza en ti! ¡Gracias, por el regalo inmenso de la vida! ¡Gracias por mi esposa y mis hijos, por mis amigos y colaboradores, por mis hermanos en la fe! ¡Gracias porque me otorgas un corazón hecho para la alegría que me das esperanzas para avanzar cada día! ¡Gracias por tu presencia infinita que me permite exclamar con alegría: «¡Aquí está el Dios bueno, venid a conocerlo!»!

Dios está aquí tan cierto como el aire que respiro:

Católicos en las catacumbas del siglo XXI

Me encuentro en Irán por motivos profesionales. Ayer domingo pude asistir a Misa en una minúscula iglesia católica. Las pequeñas comunidades armenias, caldeas y latinas gozan de libertad de culto pero en el ámbito privado y en los confines de los templos. Después de la Misa hay un pequeño ágape para compartir. Me quedo un rato pues tengo reuniones a las que asistir. Como extranjero me preguntan muchas cosas y todos se presentan. Un musulmán —funcionario del Estado— y su esposa pidieron el bautismo hace un año pero deben ocultar su conversión para evitar represalias en sus respectivos trabajos. Y porque la apostasía en el Islam a los ojos de muchos musulmanes merece el castigo de la muerte.
Encontraron la luz en la fe católica tras más de una década de reflexión. Y ahora son una especie de católicos en la catacumbas de la era digital. Se enamoraron perdidamente de la Eucaristía e iniciaron un camino repleto de dudas, incerteza y miedos. La inseguridad procedía de la posible pérdida de la seguridad económica familiar, el rechazo de sus más allegados, la sospecha de sus nuevos hermanos en la fe, el alejamiento de la que había sido su religión. A ella le costó más tiempo dar el paso entre sinsabores, dolores y muchas lágrimas. Pero aquellos interrogantes se disiparon con la fuerza del Espíritu. Se bautizaron un día de Pentecostés.
La pregunta que se hacían era muy simple: en el posible rechazo de su mundo a su conversión, ¿cómo iban a poder “salir” al mundo a predicar la Buena Nueva del Evangelio? Imposible en un país como Irán. Pero la respuesta era simple. Con la vivencia de su fe por medio del testimonio. Ellos han disfrutado, desde hace un año, de las bodas del Cordero, del Banquete eucarístico. Su crecimiento es a través de la oración y la vida de sacramentos; cimientan su fe con la lectura de la Palabra y el amor que ofrecen a los que tienen alrededor. Eso ya es de por sí un testimonio.
Alireza, como se llama este iraní converso, cuyo nombre se lo pusieron sus padres en honor del séptimo hijo del profeta Mahoma, me explica que cada mañana cuando se levanta le pide al Señor que le “aumente la fe”. “La fe es un don del Espíritu Santo; es mi deber y lo siento en el corazón que debo orar intensamente por vivir de acuerdo a ella; y sobre todo tener la fortaleza de no tener miedo, de no flaquear, de no dudar y cimentar mi fe sobre roca firme de la Iglesia a la que ahora pertenezco. Me resultará difícil por ahora llevarla a mis hermanos pero llegará un día que, gracias al Cristo resucitado, y al Espíritu que me da la perseverancia, podré ser transmisión de la Verdad”.
De esta pareja he aprendido algo hermoso: A Dios no se llega solo caminando; a Dios se llega amando. Cada minuto, cada día, cada semana, cada año. Y que cada uno de los días debe estar consagrado a Él.

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en mi oración de hoy a los cristianos perseguidos en el mundo que avanzan con el testimonio de la fe y por amor a Ti! ¡Especialmente te pido hoy por los conversos al catolicismo en lugares tan hostiles a la fe católica! ¡Nos muestras, Señor, que todo lo que pidamos en Tu Nombre en la oración nos lo concederás! ¡Te confío, Señor, a todos los hombres y mujeres que resisten en situaciones difíciles por razón de la fe! ¡Ayúdales a permanecer firmes en estos tiempos de persecución y tribulación, dales la paz y la serenidad interior! ¡Ayúdales, Padre, a cumplir siempre tu voluntad con coraje y alegría! ¡A Ti María, Reina de la Paz, que viviste también la persecución y el exilio, te encomiendo a tus hijos de todos los países donde la Iglesia sufre persecución! ¡María, en Caná, le pediste a Jesús que llenara con vino la tinajas de agua! ¡A través de tu intercesión de Madre, transforma la vida de estas personas para que puedan vivir en paz y en armonía! ¡Y, Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, aumenta mi fe! ¡Aumenta la fe de quienes me rodean! ¡Aumenta a la fe de la comunidad cristiana! ¡Aumenta la fe de los lectores de esta página! ¡Auméntanos la fe para crear un mundo mejor, más justo, más acorde con los valores evangélicos! ¡Muéstranos siempre el camino y toma la dirección de nuestras vidas para que tu voluntad nos inspire siempre lo mejor para nuestra vida y la vida de la sociedad en la que nos movemos! ¡Haznos ver, bajo la luz del Espíritu Santo, que la vida es amar, entregarse a los demás, en orar, en vivir la vida sacramental, en servir y trabajar! ¡Que cada minuto de nuestra vida esté centrado en hacer tu santa voluntad! ¡Ayúdanos a ser testimonio del Evangelio! ¡Hoy, Señor, pongo lo poco que soy, mi fragilidad y mi pequeñez en tus manos para que hagas de mi lo que desees! ¡Me comprometo, Señor, a abandonarme enteramente a Ti como hacen tantos en tantos lugares donde ser cristiano es un signo real de autenticidad! ¡Aumenta mi fe, Señor, y no dejes nunca vacilar!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Aumenta mi fe, es la canción seleccionada para acompañar esta reflexión:

En deuda con Jesús

Tengo un profundo sentimiento de sentirme en deuda con Jesús. Siento en mi corazón como sufrió intensamente por mí. Y es que Jesús sufrió mucho más de lo que puede sufrir cualquier hombre y mujer sobre esta tierra. Jesús sufrió el desprecio y la humillación de la gente, el rechazo y el desamor de tantos, padeció hambre y sed, paso frío, sufrió traición y olvido, acusaciones injustas y comentarios hirientes… Pero Él amaba a todos, por eso su corazón se laceraba de dolor.Jesús se deja tentar en el desierto; y ¿porque se deja tentar Jesús que es el mismo Dios hecho hombre? Porque venciendo a la tentación vence al demonio y la carne y lo vence con la misma arma que destroza todo mal: con el amor. Porque tanto amó Dios al mundo que se entregó asimismo como ofrenda. Lo vence despreciando de forma sublime la gloria eterna; no se deja obnubilar por la riquezas terrenas ni por las glorias efímeras. Y aún así, dándose por amor, sufrió en su propia carne las mayores afrentas y calamidades que cualquier ser humano puede padecer.
Imposible no agradecer a Cristo tanto padecimiento por mi pecado y mis afrentas. Imposible no agradecer su servicio amoroso. Imposible no imitar su humildad sin límites. Imposible el no tomar como ejemplo generosa entrega.
Y me digo: ¿Señor, cómo es posible que tantos no te amen y te desprecien después de lo que has hecho por nosotros? Y lo entiendo porque yo que lo amo suelo llevar cruces humanas y no divinas y cargo encima obstáculos — soberbia, egoísmo, individualismo, mal carácter…— que me tanto separan de Él. ¡Qué capacidad tan curiosa la nuestra para olvidarse de las cosas de Dios y buscar solo la propia realidad!

img_3566

¡Señor, me siento en deuda contigo por lo mucho que haces y has hecho por mí! ¡quiero darte gracias por las maravillosas cosas que me has ofrecido y lo maravilloso e incomparable que es tu amor! ¡Que tu palabra more en abundancia en mí, que se convierta en mi verdadero alimento espiritual, que puedan nutrirme de tu verdad todos los días y que mi alma se llene siempre de tu amor! ¡Que mi amor por ti se convierta en el deseo más fuerte de mi corazón, que sea capaz de arrodillarme frequentemente ante el trono de tu gracia y reconocer mi amor por Ti! ¡Señor, lamento mis pecados que solo causan debilidad en mis afecciones y te pido sinceramente que obres en mi corazón para tenerte un amor sincero! ¡Dame, señor una fe firme porque de acuerdo a la medida de mi jefe mayor será la medida de mi amor, por qué no quiero tener una fe débil para no tener un amor frágil por Ti! ¡Envía, Señor, tu espíritu porque es la única manera que puedo amarte más es estando lleno del Santo Espíritu de Dios! ¡Gracias, Señor, por el don de la vida y del amor; te pido que me concedas la capacidad de saber escucharte con el alma siempre dispuesta y con el corazón dócil y abierto a tus inspiraciones! ¡Necesito en todo momento de tu fuerza y de tu poder para poder sentir con humildad cada una de las manifestaciones de amor con la que a diario pones a todo mi alrededor!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Purísimo Corazón de María, virgen santísima, alcánzanos de Jesús la pureza y la humildad de corazón.

Siguiendo el itinerario del mes de mayo, hoy dedicamos este Gaudete a María:

Con la cruz en la frente

Comienza el gran viaje de la Cuaresma, los cuarenta días santos para crecer en el amor de Dios y del prójimo. En este día en el que se nos impone la ceniza en la frente acompaño al Señor al desierto con el corazón abierto para comprometerme en la oración, en el ayuno y en la Palabra. Bajo la constante mirada de Dios voy cargado con un fardo repleto de provisiones: con el saco de la humilde adhesión al Padre, con la bolsa de la renuncia a las cosas que me apetecen, con la taleguilla de los gestos sinceros con el prójimo, con el fardo de la limosna, con la escarcela de la mortificación.
Me he propuesto vivir la Cuaresma pausadamente, a la manera de Cristo; con anhelo profundo de conversión ir acercándome, paso a paso, al misterio de la Pascua, a ese gran acontecimiento histórico, humano y espiritual que es el núcleo central del devenir de la humanidad: la muerte y la resurrección de Cristo. Y junto a Él quiero que muera en mi el hombre viejo para que resucite, un año más, el hombre nuevo y llegar al día soñado de Pentecostés donde, renacido con el rocío de la gracia del Espíritu, salga renovado para misionar en mi pequeña vida el anuncio de la Buena Nueva de Cristo.
Quiero limpiar mi corazón para que se llene de la gracia abundante de Cristo. Hoy, en este itinerario cuaresmal, Cristo me llama de nuevo a la conversión personal. Cristo me ha hecho para Él y para descansar en Él. Convertirme para purificar, asumir y reconocer mis debilidades, errores y defectos: convertirme para profundizar en mi verdad y colocarla con sincera humildad a la luz del Señor; convertirme para examinar mi corazón de amor; convertirme para cambiar mi visión de la vida y hacerla más acorde con la visión cristiana y darle un sentido más sobrenatural; convertirme para desprenderme de aquello que me aleja de la verdad; convertirme para abrir de nuevo las puertas de mi interior a Dios y a los demás; convertirme para desertar de mis egoísmos y narcisismos; y, sobre todo, convertirme para recibir en mi la gracia y la misericordia de Dios de la que tan necesitado estoy.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Quiero convertirme, Señor, para tener un encuentro renovado contigo! ¡Convertirme, Señor, en esta Cuaresma para sanar mi vida y transformarla a la luz de tu vida! ¡Convertirme, Señor, para que cuando contemple tu cuerpo magullado y tu corazón traspasado sea capaz de responder a tu llamada! ¡Soy polvo de la tierra y en polvo de la tierra me convertiré, Señor! ¡Soy carne mortal necesitada de tu perdón por mi condición de pecador, pero también espíritu que tiende a la inmortalidad! ¡A eso aspiro, Señor, sabiendo que Tú resucitarás al tercer día, caminaré cuarenta días con la esperanza de la resurrección para alentar la alegría de encontrarme contigo! ¡Quiero convertirme, Señor, y cuando hoy me impongan la ceniza que sea consciente de lo que soy, de que no me debo gloriar de mi yo ni de mis talentos que son un regalo que vienen de ti! ¡Que sea capaz de recordar, Señor, que sin ti no soy nada, que nada me pertenece y que todo lo que tengo y lo que soy es para administrarlo siempre con humilde actitud! ¡Señor, quiero convertirme y creer en el Evangelio, Señor! ¡Señor, la ceniza me habla claramente de la caducidad de la vida pero también de la posibilidad de emerger de mi mediocridad y hacerlo con humildad alejado de toda autosuficiencia, soberbia y egoísmo! ¡Cuánto me recuerda el árbol de tu cruz que es vida y esperanza! ¡Señor, quiero convertirme y para ello deseo que mi vieja naturaleza sea crucificada contigo en la Cruz! ¡Quiero poner mis ojos en ti, Señor, para que tú te conviertas en mi compañero, en mi apoyo y mi modelo, para abrirme a tu Espíritu! ¡Santa María, acompáñame a peregrinar en este camino de conversión!

Hoy, miércoles de ceniza, con el comienzo de la Cuaresma me propongo ir presentando un camino musical muy acorde con la liturgia de este tiempo de conversión como pórtico a las celebraciones solemnes de la Semana Santa. Comenzamos hoy con el Exaltabo te Domine de Alessandro Scarlatti, una hermosa obra a capella del compositor italiano:

En comunión espiritual con Cristo

María Magdalena se encontraba sumida en la más profundas de las miserias morales. Hundida en el barro del pecado. Y un día, sorpresivamente, se le aparece Cristo. Seguro que había oído hablar de Él. Y se levanta, inundada por la luz cegadora de la hermosura espiritual del Señor. ¡Qué maravilla! Y, entonces, decide abandonar su vida pasada para vivir la alegría de la conversión. Las heridas de su corazón y las lágrimas silenciosas de su desgarradora vida dan paso a una gran paz interior. Junto al Señor de la vida transformó su corazón. Lo llenó de la dulzura de Dios.
Y hoy me pregunto: ¿Cuál es el valor de la Magdalena? Seguir siendo la misma criatura de antaño pero, recibido el perdón divino, tener la fuerza de resistir. Ser más fuerte ante las pruebas que tiende la debilidad y la tentación del mundo. Su corazón era el mismo pero ahora estaba lleno de amor. Del Amor. De un amor auténtico, misericordioso y puro. Antes había amado entre el deseo y la miseria moral, entre la desvergüenza y la desazón.
Con Cristo y en Cristo encontró el sosiego interior. Fue capaz de perseverar. Y tener fidelidad a la gracia. Siguió los valores e ideales de Cristo. Vivió por y para Cristo. Y lo dio todo. Esto es, sencillamente, la comunión espiritual.
¿Acaso no soy yo también una frágil criatura que lucha para rechazar la vida fácil y entrar en el gozo divino? ¿No estoy lleno de heridas, contradicciones y desgarradores fracasos personales? ¿No he tenido y tengo vergonzosas caídas? ¿No se me dirige a mi el Señor con frecuencia con sus «¿Por qué lloras, amigo?» o con un «Tus pecados te son perdonados»? ¿Entonces? ¡Entonces es que si no soy consciente de ello es que no vivo en una permanente comunión espiritual con el Señor!

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, amigo, ¿qué me pasa?! ¡Acércate a mi, Señor, para crear en mi un corazón nuevo! ¡No permitas, Señor, que desfallezca nunca! ¡Hazme sentir, Señor, a mi alrededor Tu figura como un día te acercaste a la Magdalena y cambiaste su vida! ¡Hazte, Señor, aunque ya sé que los haces, presente en mis angustia y sufrimientos cotidianos!¡Quiero, Señor, como María Magdalena ser un hombre de corazón abierto que no permita que lo cierre el pecado, el egoísmo y la soberbia! ¡Quiero dejarme evangelizar por Ti, Señor, y hacerme pequeño para acoger Tu Palabra! ¡Quiero, Señor, besar tus pies, bañarlos con mis lágrimas de arrepentimiento y abandonarme enteramente a Ti! ¡Quiero que mis gestos hacia Ti, Señor, y hacia los demás en los que Tu estás presente, sean respuestas vivas a Tus mandatos y Tu Palabra! ¡Quiero, Señor, vivir en un clima de intensa intimidad espiritual, de comunión espiritual, de fe viva! ¡Ansío, Señor, como María Magdalena dejar atrás todo lo que me aparta de Ti y sentarme a los pies de la Cruz para estar atento a Tu mensaje! ¡Anhelo, Señor, sentir como María que el Evangelio eres Tu que nos salvas, nos transformas, nos renuevas y nos regeneras! ¡Que eres Tú, Señor, y solo Tu el que estás presente en la Eucaristía! ¡Solo necesito de Ti, Señor mío, los mismos sentimientos de amor, ternura y misericordia que tuviste con María Magdalena! ¡Ayúdame, Señor, a anunciar que estas vivo y resucitado y que te encuentras cada día entre nosotros! ¡Forja en mí, Señor, un corazón abierto, dulce y blando para acoger los más bellos sentimientos, ser sensible a tu ternura y llevarlo luego a los que me rodean!

Comienza hoy el mes de febrero y el Santo Padre nos pide orar aquellos que están agobiados, especialmente los pobres, los refugiados y los marginados, para que encuentren acogida y apoyoen nuestras comunidades. Nos unimos a su oración con el corazón abierto.

Y, hoy, esta canción de conversión de María Magdalena:

Porque Él vive…

Escuchaba ayer en el avión una bellísima canción de Alan Jackson. Una de las estrofas dice: «Because He lives, I can face tomorrow…» («Porque Él vive, no temo al mañana»). La escucho en el bus, al caer la noche, después de una larga jornada de trabajo, regresando a casa. Como me ocurre a mi, el resto de viajeros muestran en sus rostros el cansancio del día y me pregunto qué responderían si les cuestionara en este momento qué les motiva a vivir… Pero estoy convencido que la mayoría de la gente no se ha planteado jamás esta pregunta. Muchas vidas están muy vacías aunque el vacío produzca vértigo. Hay mucho automatismo en nuestro caminar. Tal vez están vacías porque, aunque llenas de lo material, no tienen un valor trascendente que las encauce.
La canción prosigue: «Porque Él vive, triunfaré mañana; porque Él vive, ya no hay temor; porque yo sé que el futuro es suyo». Lo que deja claro que ese vacío se llenaría si viviéramos llenándonos de Dios. Me gustaría quitarme los cascos y que todos pudieran escuchar el mensaje. Con Cristo a nuestro lado la vida tiene otro sentido. ¡Qué lastima que a tantos esto les pasé desapercibido! ¡Pero es que con Él, dueño del futuro, no hay que temer al mañana porque es Cristo quien vive en mí!
Para mí la esperanza no está en esta vida, es el anhelo de la futura, el encuentro con el Padre con el que trato de vivir unido cada día.
Por eso, mientras escucho «Porque Él vive, no temo al mañana» me pondría de pie en el bus y exclamaría: «os invito a que abráis vuestro corazón a Jesús para llenar vuestros vacíos». Hacerles ver que Dios no es un enemigo. Que Dios conoce todas nuestras dudas y el vacío de nuestro corazón, es sabedor de nuestras incredulidades y de la confusión que anida en nuestra mente, cuando tratamos de llenar el vacío de nuestra vida alejados de Él.
Al llegar a mi parada bajo del bus. Con un deseo, que en algún momento de su vida los viajeros que no conocen a Cristo se encuentren algún día con Él y que ningún paraguas cubra la luz que pueda alcanzar su corazón.

image
¡Señor, no tengo miedo porque Tú estás a mi lado! ¡Y aún y así quiero convertirme! ¡Quiero, Señor, que bajes a lo profundo de mi corazón para poder convertirme verdaderamente!¡Tú sabes, Señor, cuántos esfuerzos de conversión he hecho en esta vida! ¡Las veces que he tratado de transformarme y me ha resultado difícil conseguirlo porque he sido incapaz de llegar hasta el fondo de mi alma y no me he atrevido a cogerte de la mano para que me sanes interiormente y elimines mis egoísmos, orgullos, perezas, vanidades, mal carácter, flojeras, caídas reincidentes, miedos…! ¡Señor, tu sabes, porque estás dentro, la oscuridad que hay en mi corazón porque no dejo que Tú lo ilumines, porque antepongo mi voluntad a la tuya y prefiero dejar las cosas tal y como están para evitar cambiar determinadas actitudes! ¡Pero hoy, Señor, también te pido por aquellos que no te conocen para que en algún momento, haciéndote el encontradizo, puedan conocer que tú eres el camino, la verdad y la vida!

Y como no podía ser menos os dejo con Because He lives I can face tomorrow:

Aquí dejo la traducción del inglés:

Dios nos envió a su hijo Cristo.
Él es salud, paz y perdón.
Vivió y murió, por mis pecados.
¡Vacía está la tumba porque Él triunfó!
Porque Él vive, triunfaré mañana;
Porque Él vive, ya no hay temor;
Porque yo sé que el futuro es suyo;
La vida vale más y más sólo por Él.
Grato es tener a un tierno niño
tocar su piel, gozo nos da.
¡Pero es mejor la dulce calma
que Cristo el Rey nos puede dar pues vivo está!
Yo sé que un día el río cruzaré.
Con el dolor batallaré,
y al ver la vida triunfando invicta
veré gloriosas luces, sí, ¡veré al Rey!

A la luz de la figura de san Juan

La hermosa fiesta que hoy celebramos, la del nacimiento de San Juan Bautista, es la del único santo de quien conmemoramos su nacimiento terrenal. Del resto de los santos lo hacemos el día que nacieron para el cielo.
San Juan es el precursor del Señor, el enviado que fue preparándole el camino. Le llamamos «Profeta del Altísimo» porque está por encima del resto de los profetas, el último de ellos; desde el seno maternal de santa Isabel saluda la presencia de la Virgen y la llegada de Cristo con el que mantuvo no sólo una estrecha amistad, fiel y alegre, sino creciendo muy cerca de Dios, anunció su venida, predicó el arrepentimiento y la conversión y fue su «presentador en sociedad» llamando al Señor «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». San Juan dio fiel testimonio de Cristo con su comportamiento, con su oración, con su entrega, con sus renuncias, con su predicación, con su bautismo de conversión y con su martirio final.
San Juan, cuyo nacimiento fue motivo de alegría profunda en casa de Zacarías e Isabel, estuvo desde su concepción lleno del Espíritu Santo y toda su vida estuvo profundamente determinada por su ministerio desde su alejamiento del mundo en el desierto hasta el último día de su vida, dando testimonio de la fidelidad a Cristo. Dios lo había elegido para dar testimonio de la verdad. En realidad, igual que a mí y que ti desde el día que recibimos el bautismo, pórtico de la vida en el Espíritu, y por el cual nacemos a la vida espiritual.
Hoy es un buen día, a la luz de la figura de san Juan, para preguntarme con el corazón abierto si mi comportamiento y mis acciones son motivo de alegría para los que me conocen, los que conviven conmigo y los que me quieren; si viéndome actuar doy verdadero ejemplo cristiano; si gracias a mi actitud, mis gestos y mis acciones los que se crucen conmigo se pueden sentir más cerca de Dios; de si ante la forma cómo trato de solventar las cosas o de gestionar los problemas, experimentan la alegría del cristiano; si el saber llevar mi Cruz cotidiana es motivo para acercar más a la gente a Cristo… Podría hacerme muchas más preguntas, pero sólo con estas tengo bastante trabajo para mejorar cada día.

icono san juan bautista

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Para esta festividad escuchamos hoy la cantata de J. S. Bach Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, Nuestro Señor, vino al Jordán) compuesta para la fiesta de san Juan Bautista (Johannistag en Alemania) según un himno bautismal de Martin Lutero:

Como barco varado en la orilla

Me encuentro en un país africano por cuestiones laborales. Mi hotel se encuentra junto a un inmensa playa. A primera hora de la mañana de ayer, después de la oración, paseaba por la orilla, con los pies descalzos. Las olas iban muriendo mojando mis pies desnudos. En la orilla hay decenas de pequeños cayucos de madera que salen a faenar a última hora de la tarde. Embarcaciones de vivos colores cuyos nombres convierten la playa en un diccionario de nombres extraños: Bodingo, Sené, Cyrius, Kirene, Katixa, Diallo… Las mañanas, que de manera general exhalan siempre un olor a premura, me permiten en estos días vivir el amanecer de manera más sosegada. Llegó hasta una especie de varadero de madera donde un grupo de pescadores reparan sus precarias embarcaciones y remiendan sus redes.
Al contemplar los barcos en la orilla pienso en su inutilidad cuando no están en su medio natural que es el mar. Y me viene a la mente mi frecuente inutilidad cuando necesitado de cambiar son muchas las ocasiones que me resisto para evitar salir de mis comodidades mundanas. Cuando pretendo decirle al Señor y al Espíritu Santo que me ayuden y cómo pueden hacerlo, quedo como varado, estancado, a la espera de que se produzca en mi vida el milagro de la transformación. En realidad ese cambio no es posible hasta que me ponga en camino, surque las aguas y comience a navegar, como harán estos sencillos cayucos de madera. ¡Con cuánta frecuencia permanezco varado a la espera de que se produzca el gran milagro aunque ese cambio tendrá lugar el día que tome los remos y comience a remar! Pero cuando no avanzo se desliza por las pequeñas ranuras de mi corazón la impotencia, la tristeza, la insatisfacción, la desazón. Son como las pequeñas ranuras de los cayucos que deben ser reparadas para que el agua no penetre en su interior y no hunda la frágil embarcación. Pero uno comprende que el pequeño varadero debe convertirse en un simple lugar de paso, no en un espacio en el que permanecer alimentándose con el dolor.
Es necesario comprender la necesidad que uno tiene de repararse interiormente, cada día, asimilar por medio del siempre complejo trabajo de restauración que la vida es una sucesión de trazos de sufrimiento que requieren ser pulidos y perfeccionados para poder seguir avanzando con alegría cristiana. Cuando permanecemos de manera obstinada varados en un mismo lugar cerramos las puertas a nuestro crecimiento personal e impedimos lo que desea el Señor de nosotros: que salgamos mar adentro para comprobar los prodigios que Dios hace en nuestra vida si confiamos plenamente en su amor y su misericordia.

cayucos

¡Gracias, Señor, me invitas cada día a la conversión! ¡Gracias, Señor, porque siempre estás aquí a mi lado, protegiéndome y contando conmigo a pesar de mis miserias, mis debilidades y mis múltiples pecados! ¡Gracias, Señor, porque cada día me das la oportunidad para convertirme a Ti y mejorar mi vida! ¡Te doy Gracias, Señor Dios nuestro, por tanta misericordia y amor que derramas sobre todos los hombres y cómo transformas nuestro corazón para que tu infinita Bondad habite en ellos! ¡Espíritu Santo, hazme dócil a la llamada del Padre y evita mis resistencias cuando llama a mi corazón para transformar mi pobreza y mis miserias! ¡Gracias, Padre Bueno, porque siento que me amas, que me proteges, que me cuidas con una ternura que no merezco, que aceptas mis defectos y debilidades y los cambias en virtudes capaces de dar buenos frutos! ¡Gracias, Padre, porque con ello demuestras el inmenso Amor que nos tienes! ¡Te pido, Padre, que con la fuerza del Espíritu Santo, sea capaz de corregir mis errores, a no ser tan orgulloso y creído y entregarme siempre a los demás para realizar en mi vida acciones que den testimonio de mi vida cristiana! ¡Gracias, Señor, por confiar en mi pequeña persona y llenarme de esperanza renovada cada uno de los días de mi vida!

Toda conversión exige rectitud de corazón. Y el compositor austriaco Romanus Weichlein (1652-1706) compuso una bella y alegre obra muy adecuada para acompañar esta meditación. Se trata de su Missa Rectorum Cordium: