Dejarse transformar por ese Dios que nunca se impone

Con frecuencia pienso que es Dios quien tiene que abrir la puerta de mi corazón. Que es Él quien tiene que llamar para que le abra. Que es Él quien tiene la obligación de buscarme. Y sí, Dios primero busca y lo hace porque por encima de todo pensó en mi —pensó en todos— antes incluso de la Creación. Esa es la grandeza de su Amor. Antes de ser un proyecto de nuestros padres allí estaba Él, unido a cada uno abriendo sus brazos para acoger nuestra existencia.  Y sí, el da pasos para hacerse el encontradizo, para que fijemos su mirada en Él, para que lo encontremos en cualquiera de las circunstancias de nuestra vida. Dios nos busca porque nos ama. Dios nos quiere a su vera aunque nosotros nos olvidemos de Él.

Pero se necesitan grandes dosis valentía, de sinceridad y saber ejercer nuestra libertad para dejarnos encontrar y transformar por ese Dios que nunca se impone, que no trata de dominar nuestra voluntad, ni fija con firmeza sus leyes, ni esclaviza el corazón, sino que tan solo desea abrir caminos de Vida que nosotros nos empeñamos en cerrar.

La grandeza del ser humano es que hemos sido creados libres y, respetando esa libertad, Dios no da ningún un paso para coartarla. Solo espera que que cada uno ponga su confianza Él, crea en Él y le abra de par en par las puertas de su corazón. Ese es mi deseo y mi anhelo que en este tiempo pido encarecidamente para que transforme mi corazón.

¡Señor, gracias porque cada día me buscas con ahínco, porque crees en mi, porque depositas en mi corazón tu tesoro de Vida en mi propia vida! ¡Gracias, Padre, porque me has creado con libertad para viva y crezca para llegar a ti! ¡Sabes, Padre, de mis flaquezas, de mi fragilidad, de mis cobardías, de mis egoísmo que dictan tantas veces las sendas de mi vida… no permitas, Padre, que todo esto impida abrirte de par en par las puertas de mi corazón! ¡Ven Espíritu Santo, ven a mi vida y transforma mi corazón frágil pero duro como un piedra, egoísta y soberbio; hazlo humilde y sencillo, amoroso y generoso, tierno y compasivo; transforma mi corazón como el de Jesús para aprender a amar como Él, y desde Él amar a Dios! ¡Espíritu de vida, ayúdame a crecer cada día en la vida de Dios y en la fe recibidas en el Bautismo, para que se capaz de vivir mi cristianismo de una forma más consciente, personal, libre y responsable! ¡Espíritu de Verdad, ilumina en cada momento mi mente y mi corazón para ser capaz de descubrir la verdad profunda de Dios, todo lo que encierra las Buena Nueva de Jesús y dame la alegría, el entusiasmo y el gozo de vivir como Jesús nos enseñó y vivió!

¿Negarme a mi mismo y tomar la cruz?

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame». A veces pienso ¡que lejos de mí están estas palabras con mi mundanidad, mis egoísmos, mis intereses…!; pienso que estas palabras Jesús las pronunció para aquellos que dieron su vida por el Evangelio. ¿La doy yo? Sin embargo, el Señor me llama, con la fuerza del Espíritu, a extender la Buena Nueva de su Evangelio entre los que me rodean, sean creyentes o estén alejados de la fe. Como hijo de Dios y bautizado en el Espíritu estoy comisionado para llevar a cabo esta bella tarea, mis manos son las del segador de este tiempo, necesitado de recoger los frutos de la cosecha. ¿Por qué cuesta tanto en creer lo que Él dijo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre?
¿Qué me impide realizar estas grandes cosas a las que Jesús me invita? ¿Que es lo que me paraliza para recoger los frutos de la cosecha? La flacidez de mi fe y y mi incapacidad para una entrega más plena.
Se acerca uno de los días más hermosos del año: Pentecostés. Como cristiano he sido proveído sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, amigo íntimo escondido en el fondo de mi alma, divinizador de mi ser, que con sus santos dones me prepara para servirle en su obra. Pero ante la falta de entrega y compromiso Pentecostés es el que te provee de la fuerza, el que te permite ser luz, la simiente para dar frutos abundantes. Es el que me ayuda a negarme a mi mismo, tomar como valor la Palabra revelada, ponerme en camino, dar sentido a mi vida cristiana con mis intenciones, pensamientos y acciones, ser candela que ilumine el caminar de los que me rodean, ser canto orante de alabanza.
Pentecostés, de la mano del Espíritu, me invita vivir la gran promesa del Padre de la que Jesús tanto nos ha hablado. Y como el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo me propongo ser luminaria para el mundo sabiendo que ningún trabajo que realice para el Señor será en vano.
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». ¿Cómo soportar las pruebas, de donde sacar el ardor, la fuerza, la valentía, la firmeza en la fe, la constancia en los quehaceres y la oración, la paciencia, la alegría, el perdón? Pidiéndole incisamente al Espíritu Santo, dejándome invadir por Él, del Espíritu de Dios en lo más íntimo de ser, que es el que produce estos efectos en quien abre su corazón. Y entonces las cargas son livianas y el corazón se abre para dar frutos en la vida cristiana.

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¡Señor, me pides que me niegue a mi mismo para seguirte! ¡Me pides que me entregue de manera incondicional a Ti negándome a mi mismo, que tome mi cruz y que te siga! ¡Me niego a mi mismo, Señor, dispuesto a perder la vida por Ti si es necesario porque te amo, dándote las gracias por la oportunidad que me ofreces de ser seguidor tuyo! ¡Quiero, Señor anteponer mi voluntad, a no amar tanto mis yoes y centrarlo todo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Quiero dejar lo viejo que hay en mi y llenarlo todo de Ti, que los has creado todo, entregarme a los demás, entregarme a una vida de oración y de seguimiento a tu Palabra, de generosidad, servicio y de amor! ¡Quiero negarme a mi mismo bajando del pedestal de mis egoísmo y de mis soberbias para aplacar de mi corazón aquello que me separa de Ti porque quiero renacer en tu presencia como un hombre nuevo, aceptar las cruces del camino y seguirte con alegría, fe y esperanza! ¡Quiero negarme a mi mismo, Señor, porque quiero penetrar íntimamente en tu corazón misericordioso y hacerlo desde la sencillez de la vida! ¡Envía para ello, Señor, a tu Santo Espíritu para que transforme mi vida! ¡Te ofrezco, Señor, la desnudez de mi alma, el desprendimiento de lo material, el abandono de mis apetencias mundanas, el gusto por los bienes innecesarios pues lo que deseo y anhelo es entregarme fielmente a tu amor misericordioso! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que se afiance en mi este deseo vivo y no me deje nublar por el gusto por lo material porque lo que quiero es poseerte a Ti, Señor de la vida, del amor y del mundo! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me permita abrir el corazón y, desde la humildad, saque de mi interior tantos amores terrenales que me impiden renunciar a mi mismo, tomar la cruz y seguirte con amor verdadero! ¡Que el buen nombre, ni el dinero, ni el reconocimiento, ni el brillo social, ni el triunfo, ni los éxitos… me nubles, Señor, sino que en esta Pascua que casi terminamos alcance la libertad del corazón, reniegue de mi hombre viejo y renazca en ti como un hombre nuevo renacido a la luz de tu Santo Espíritu! 

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que guardabas la Palabra del Señor en tu corazón, ayúdame a comprender la Escritura y a guardarla en mi corazón.
Te ofrezco: vivir buscando la verdad, negándome a mi mismo y tener un encuentro con Jesús en cada instante de esta jornada.

El día del banquete

Me preguntaba alguien por qué decimos que el domingo es el día del Señor. Lo es porque el domingo es el día de la resurrección de Cristo, el primer día de la semana, el día en que conmemoramos el primer día de la creación. Toda fiesta requiere de un banquete en el que el Señor esté en el centro invitando a toda la comunidad. Es el día de santificar las fiestas celebrando la fiesta por excelencia, la Santa Misa. Es el día en que Cristo está en el centro alejado de los quehaceres diarios. Descansar para entender que el descanso viene de Él para santificar Su Nombre.
Al séptimo día la creación, al terminar Dios su obra, descansó de todo lo que había hecho. Y bendijo y consagró esa jornada. Es un día de agradecimiento, de sentir viva en el corazón la creación para acogerla e interiorizarla, vivificarla y ofrecerla. ¿Y cómo vivo yo el domingo? ¿Lo vivo solo en el hacer o hago que la Misa se convierta en el centro de esta jornada? ¿Hago que sea un día de abstención del trabajo y del esfuerzo y rebose tranquilidad, armonía, serenidad, encuentro, alegría…? ¿Vivo el domingo como un tiempo para estar más los míos, para vivir uno por el otro? ¿Soy capaz de salir de la rueda de las querellas, de los disentimientos, de las contiendas, de los enfrentamientos, de las disputas, de los enfrentamientos, de la falta de confianza, de las facetas dispares que hacen triste nuestra existencia? ¿Es para mí el domingo el día santificar a Aquel que nos ha dado la vida? ¿Es para mí el día de amor a la vida? ¿Hago que el domingo todo se detenga y el Espíritu de Dios repose en mi interior y se convierta en el centro de toda mi existencia?
El domingo, como día del descanso, es bendecido y santificado por Dios mismo para ocuparnos de las cosas santas y no de las profanas. Es el descanso que honra la vida y desata lo que obstruye y anida en nuestro interior. El tiempo de sentirnos conducto de la Presencia sanadora de Cristo y reconocer quién es nuestro Creador y Salvador, para llevar al alma la profundidad de nuestra realidad.
El domingo es el día descanso que enaltece y ensalza la vida y nos permite concienciarnos de nuestra condición de seres creados por Dios y rehacer nuestras fracturas interiores. La vida nos ha sido donada por Dios y el domingo nos ayuda a ser agradecidos en esto.
¿Por qué cuesta tanto, entonces, convertir el séptimo día de la semana en una jornada repleta de bendición, serenidad, pacificación, alabanza y gracia?

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¡Señor, en este día de descanso santificado por Ti, te alabo y te doy gracias por tu fidelidad y por tu amor! ¡Quiero, Señor, permanecer unido a Ti con un espíritu alegre y agradecido, para salir de mi mismo y honrarte y alabarte! ¡Te doy gracias, Señor, porque siento tu presencia y te agradezco poder encontrarme contigo en la serenidad de este día después de una semana repleta de quehaceres aunque también repleta de tus bendiciones! ¡Qué este domingo, Señor, me sirva para sentirte más cercana en mi corazón, para cumplir tu voluntad, para no alejarme de Ti, para no volcarme en la mundanidad, para que mi corazón no se desvíe detrás de los placeres terrenales, para darte gracias por todo lo que tengo, especialmente la vida y la fe, donación tuya! ¡Gracias, Señor, por permitirme amarte cada día más! ¡Bendice, Señor, a mi familia y haz que entre nosotros reine la comprensión, la paz, la bondad, la esperanza, la alegría, la unidad y la divina sensibilidad de tu amor! ¡Que en este día, Señor, nuestras vidas se llenen de Ti y de tu amor, de tu paz, de tu misericordia y de tu fortaleza para convertirlo todo en motivo de bendición! ¡Bendícenos, Señor, para sentir tu presencia amorosa! ¡Pongo, Señor, ante ti a todas las personas que inician este día con alguna necesidad o problema, especialmente por mis familiares y seres queridos!

¡Levántate!

Me gusta pensar que a los ojos de Cristo nadie es anónimo. Es uno de los cimientos de mi confianza en Él. Me sucede como aquella mujer enferma que, habiendo oído hablar de Jesús, sólo desea tocar su manto. Su fe sobrepasa obstáculos y el intentar llegar a Jesús testimonia su perseverancia y su confianza, dos instrumentos inseparables de la esperanza. Jesús le otorga la paz, la salud del corazón al mismo tiempo que la del cuerpo. La multitud presionaba a Jesús para que pasara de largo, pero su fe firme y su confianza ciega logran rozar el manto de Cristo.
¡Cuántas veces no nos decidimos por vivir en la confianza! ¡Si la fe que persevera siempre da frutos! Los muchos obstáculos que encontraba esta mujer enferma no eran muy diferentes a los que nos encontramos en la vida: las dificultades para acercarnos a Jesús son la agitación, la dispersión, las múltiples tensiones externas e internas que sofocan la Palabra y presencia. Otros obstáculos son el desaliento, la desesperanza, el sufrimiento… alimentados por la incerteza. Sin embargo, el obstáculo más difícil de sobrellevar es la desesperación. La desesperanza es el arma suprema del maligno que quiere destruir de nuestro interior la energía vital más fuerte, ¡la del Dios que vive en nosotros!
Pero Jesús te dice cada día ¡Levántate! Lo dice en lo profundo del corazón. Entonces sientes como esta mano te estira para hacerte superar cualquier obstáculo, para aguantar, para sobrellevar las dificultades. Ese ¡Levántate! te hace consciente de que no puedes caminar por ti mismo, que no tienes por ti solo la fuente de la vida, de la sanación interior, del secreto de la alegría. Esto solo lo recibes de la mano de Dios.
¡Hoy tomo con alegría esta mano, que la siento sobre mi, porque es Dios quien la extiende por medio de su Hijo Jesucristo!
¡Kum! ¡Levántate! ¡Camina! ¿Voy a quedarme impasible ante una invitación así!

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¡Señor, me invitas a vencer todos los obstáculos a los que me enfrento con tu compañía! ¡Me invitas a levantarme y caminar y sobrellevar las dificultades con entereza, confianza y esperanza! ¡Me recuerdas con tu amor que hiciste tuyas mis debilidades y cargaste con todos mis dolores y pecados y los clavaste en la cruz para morir por mi, para llenar mi vida de abundancia, de esperanza y de confianza! ¡No quiero defraudar tanto amor, Señor! ¡Quiero darte gracias porque de Ti recibo vida nueva! ¡Tu exclamas que no tenga miedo, que basta con que tenga fe y confianza, que puedo ir en paz, que me levante y camine! ¡Quiero sanar mi corazón para llenarlo de ti, cubrirlo de confianza y esperanza para que nada me aparte del camino de la salvación! ¡Señor, quiero sentir tu sanación interior porque me perdonas, porque me salvas, porque me amas, porque me acompañas! ¡Quiero sentirme sanado porque quitas de mi interior todo aquello que me impedía recibir tu gracia misericordiosa, porque la desconfianza y la desesperanza nos es propia de un seguidor tuyo! ¡Señor, tu hiciste propias todas mis debilidades y carencias y cargaste con todos mis dolores y dudas, te las entrego porque al escuchar el levántate y camina no puedo más que enderezar mi camino y darte gracias! ¡Bendito seas, Señor, por tanto amor y tanta misericordia!

¡Sin mí nada puedes hacer!

Jesús lo dijo de manera clara y taxativa: «Sin mí nada puedes hacer». En este tiempo de Adviento esta frase es una invitación a llevar a Jesús al corazón para abrirse al amor de Dios.
No hay nada que sacuda tanto como tener la convicción de que Dios es puro amor y que ese amor lo sientes como habita en tu corazón.
Cuando abres el corazón en la oración tienes el convencimiento interior de esta realidad. El hecho mismo de que meditarlo es la constatación de que Dios trabaja en tu pobre corazón.
El «Sin mí nada puedes hacer» te permite tomar conciencia de tu condición de pecador pero al mismo tiempo, del infinito amor que Dios siente por el débil. Cuando en la oración abres el corazón para estar en silencio con Dios permites que la obra divina de su infinito amor actúe en tu corazón. Y exclamar como Jesús, en Getsemaní: «¡Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya!». O como la Virgen, el día de la Anunciación: «¡Hágase en mí según tu palabra».
Hoy quiero hacer un acto de fe a Dios y decirle que ¡creo en su gran amor por mi y por toda la humanidad! ¡Que creo en su amor por mí en todos los momentos de mi existencia! ¡Que creo que Dios es amor y que su amor mora en cada uno de los corazones humanos! ¡Gracias, Dios por este gran amor! ¡Gracias, porque estás aquí y ahora conmigo, amándome!

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¡Gracias, Dios mío, Dios del Amor, porque estás aquí y ahora conmigo, amándome! ¡Gracias, buen Dios, por tu amor infinito, por tu amor incondicional, por tu amor abierto a mi pobreza y mis debilidades! ¡Gracias, Padre, por el amor que sientes por mi y se hace presente en cada uno de los momentos de mi vida! ¡Gracias, Padre, porque eres el amor puro, el amor misericordioso, el amor inquebrantable, el amor incondicional! ¡Gracias por amarme tanto a pesar de mis abandonos y desobediencias! ¡Gracias por amar tanto a la humanidad a pesar de los desprecios que hacemos contra ti! ¡Gracias, Padre, porque tu amor me busca cada día, me espera siempre, me empuja cuando me llena la desesperanza, cuando caigo y no puedo levantarme, cuando no puedo más porque estoy al límite de mis posibilidades! ¡Gracias, Padre, porque tu amor convierte mis lágrimas en alegría, mis despropósitos en camino de mejora, mis debilidades en fortaleza! ¡Gracias, Padre, porque me amas tanto que reconduces mi vida, me pones siempre en el lugar que me corresponde, me das la vida, la salud, la esperanza, la fe! ¡Gracias, Padre, porque tu amor se manifiesta en la alegría y en las lágrimas, en los triunfos y en las cruces! ¡Gracias, porque olvido con frecuencia tu gran amor! ¡Gracias por tu amor que no se diluye nunca! ¡Hoy quiero exclamar que se «haga siempre tu voluntad y no la mía para que se haga siempre según tu palabra en mi vida»! ¡Padre, quiero vivir siempre confiando en tu amor, en tu misericordia! ¡Creer en este amor y creer, sobre todo, que todo lo puedes en mi si yo te lo permito en los momentos favorables y en las circunstancias difíciles! ¡Te pido, Señor, que el Amor sea mi verdadera identidad!

Espera del Señor, canción de Adviento:

Orar, orar, orar…

Tengo necesidad de orar por el prójimo. Por mi familia. Por el cercano. Por el amigo. Por el necesitado. Por el compañero de trabajo. Por el alejado de la Iglesia. Por el que me ha hecho daño. Por el que yo le he hecho daño. Por el que quiero. Por el que me ignora. Por el tiene el corazón roto y herido. Por el que odia. Por el que busca venganza. Por el que es generoso con los demás. Por el tibio. Por el que no quiere saber nada de Jesús. Por el que critica a la Iglesia. Por el que sirve sin esperar nada a cambio. Por el generoso. Por el que me ayudado cuando lo necesitaba. Por el que me tiene en sus oraciones. Por, por, por….
Orar por la humanidad entera. Es una apremiante necesidad de rezar por todos. Ser alma de oración, imperfecta, pero orante. Orar para que todos se salven. Para que nadie se quede en el camino. Para que todos podamos alcanzar la vida eterna, esa vida llena de felicidad infinita.
Orar con el corazón abierto. Abierto al amor y a la misericordia de Dios. ¡Te invito a hacerlo conmigo!

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¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de la oración sencilla, humilde, suplicante, con el corazón abierto! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a convertir mis quehaceres cotidianos en una oración constante! ¡Ayúdame, Espíritu de conversión, a que no pierda mi precioso tiempo en menudencias sino que todo sea para convertirlo en una oración de alabanza y acción de gracias a Dios! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de oración, de orar por todos para que su camino sea el del cielo y no el del engaño del demonio! ¡Concédeme, Espíritu de gracia, de ser alma de oración, un alma que rece con confianza ciega, con esperanza cierta, con fe irreprochable, con alegría cristiana! ¡Dame la gracia, Espíritu de verdad, de ser perseverante en mi oración diaria y firme en la intensidad de mi amor a la oración! ¡Obséquiame, Espíritu de sabiduría, con el don de la oración viva para ser alma de oración unida al corazón de Jesús y al corazón Inmaculado de María! ¡Concédeme, Espíritu de fuego abrasador, que mi oración esté impregnada de las llamas del amor para llevar a la conversión de los que tengo cerca! ¡Abro mi corazón a Ti, Señor, con la humildad del pecador, con el que espera compasión de Ti, con la alabanza por todo lo que recibo de Ti, derramando el perfume de mi esperanza con el fin de recibir de Ti para el mundo y para mi infinitas gotas de tu misericordia!

¿Qué me implica aceptar al Señor como mi Salvador?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

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¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección! ¡Señor, tu eres mi Salvador, no permitas que ve a mi vida cristiana con el asistir a la iglesia, con la vida sacramental, con el no cometer pecado sino además en tener una relación personal contigo, en poner mi fe y mi confianza personalmente en Ti! ¡Ayúdame a confiar en Tu muerte como pago por mis pecados y en Tu Resurrección como garantía de la vida eterna!

Señor, Jesús, mi Salvador, cantamos hoy:

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

¿Cuál es la voluntad de Dios?

En la oración de ayer iba manducando el Padrenuestro, la única oración que Jesús nos enseñó. En ella se hace la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Esta frase te permite cuestionarte cuál es la voluntad de Dios: simple y llanamente que todos los hombres se salven y alcancen la verdad. ¡Tenemos aquí, resumidas en pocas palabras, el resumen completo de la Biblia!
¿Cuál es la salvación? ¿Cuál es la verdad? La verdad es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Salvarse es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenarse de Dios. Aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Aprender a poner toda nuestra inteligencia pero también nuestro corazón y nuestro cuerpo al servicio de Dios. ¡Aprender a vivirlo en todos los instantes de la vida!
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. Una es el conocimiento, el encuentro con Jesús, el verdadero mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para que conozcamos, vivamos y nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño consuelo o interés personal sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva alzando las manos en actitud de alabanza y de abandono. Orar con todo nuestro cuerpo y con el corazón abierto nos permite expresar nuestro amor al Señor.
La tercera dimensión es la de la caridad y del servicio. Los bienes que nos ha dado Dios no son solo para nuestra comodidad personal, nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar nuestra edad, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y este amor es nuestra salvación. ¡Sería una pena perdérselo!
¡Amar a Dios, orar con el corazón, ejercer la caridad y el servicio: hermosa misión para que como cristiano sea capaz de llevar al mundo la riqueza de la Verdad!

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¡Señor, hágase en mí siempre tu voluntad! ¡Hágase, Señor, en mi según los planes que tienes pensado para mi! ¡Hágase, Señor, según tu quieras, como tu quieras y de la manera que tu quieras! ¡Hágase, Señor, en mi según tu criterios, de la manera que tu consideres! ¡Hágase, Señor, siempre tu voluntad en mi vida y no permitas que le ponga cortapisas ante tanto amor que sientes por mi! ¡Hágase, Señor, tu voluntad aunque me cueste aceptarlo, aunque me oponga, aunque no estén entre mis planes! ¡Hágase, Señor, tu voluntad siempre porque es lo mejor para mi! ¡Cada vez que rece el Padrenuestro, Señor, al pronunciar el Hágase tu voluntad ayúdame a mirarte a Ti con amor! ¡Permite que tu oración se convierta en la mía propia! ¡Ayúdame a compartir el diálogo que tu tienes con el Padre en algo también mío! ¡Te pido, Señor, por lo único que puede traerme la verdadera felicidad: la voluntad de Dios sea ésta difícil de entender o fácil de aceptar! ¡Ayúdame, Señor, a entender que la verdadera felicidad solo proviene de la sabiduría infinita de nuestro Creador! ¡Hágase siempre, Señor, tu voluntad!

Una Padrenuestro cantado de una manera especial:

El Señor quiere utilizarnos para cosas grandes

Muchas de las cosas hacemos en la vida Dios las ha previsto para utilizarnos con un fin concreto —que, incluso, puede ser extraordinario— o poco habitual. A veces para conseguirlo basta con obedecerle y seguir con sencillez de corazón la perspectiva que Él tiene de la vida y de las circunstancias.
Hay momentos en que, por lo que nos toca vivir, no tenemos un visión clara de lo que Dios pretende y hará con nosotros pero cada uno, según su responsabilidad, sustentado en la fe y asentado en la confianza, puede ir construyendo aquello que Dios siembra en el corazón.
Las dudas son lógicas porque la incerteza ante el resultado nos agobia, el no saber como saldrán las cosas nos preocupa. Sin embargo, cuando uno es obediente a la voluntad de Dios y deja que la fe se derrame en su interior, el Señor bendice nuestra vida.
Cualquier objetivo, meta, deseo, sueño, esperanza o visión que Dios siembra en el corazón está para ser abonado aunque a los ojos de la razón parezca algo ilógico o uno no se sienta preparado para llevarlo a cabo. Cabe, incluso, que se rían de uno, que los comentarios que se escuchen nos desanimen o que pongan en tela de juicio las propias creencias porque hoy creer es de «débiles y timoratos».
Me gusta pensar que el Señor quiere utilizarnos para hacer cosas grandes y que para ello es necesario caminar por la senda de la fe. Siento que Dios moldea cada paso que damos porque como exquisito alfarero que es moldea cada día su obra para nuestra glorificación y bendición.

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¡Señor, olvido con frecuencia que me has dado la vida para caminar hacia el cielo prometido! ¡Olvido también, Señor, que tu has pensado para mi una vida santa y que tienes preparado para mí y mi familia unos planes que debo cumplir! ¡Hazme consciente de que por el bautismo soy hijo tuyo y que debo fortalecer mi fe y mi confianza para hacer siempre tu voluntad! ¡Concédeme el don de la obediencia para no desviarme de la sendas del bien y envía tu Santo Espíritu sobre mí para que llene mi corazón de bondad, fortaleza, sabiduría y fe, para tomar las decisiones correctas! ¡Quiero sentir tu ternura, Señor, sentir como tus manos moldean mi vida y haz que tu Santo Espíritu me de la fortaleza para no desanimarme ante los problemas y dificultades y no dejarme arrastrar por las acechanzas del demonio! ¡Señor, ayúdame a ser testimonio de verdad, que no me importe el que dirán, que no tenga miedo a testimoniar mi fe, que sea consciente de que me has dado un visión y que mi camino es la santidad! ¡Utilízame, Señor, para bendecir a los que me encuentre por el camino y que el Espíritu Santo ilumine cada una de mis palabras, gestos, sentimientos y acciones para que unidos en Jesús y por Jesús quienes estén a mi lado sientan tu presencia!

Viajamos hoy al siglo XVIII para escuchar el Miserere en sol menor a seis voces de Niccolo Jommelli: