Invitado a la amabilidad

Segundo sábado de agosto, con María, Madre Amable, en lo más profundo de mi corazón. Y esa amabilidad de María es una invitación a mi propia amabilidad. Amable es aquel que tiene una actitud amorosa con el prójimo. La amabilidad va muy unida a la benevolencia y a la bondad para hacer que el amor se desborde. Consiste en hacer buenas obras que broten del amor, que se practiquen con la única intención de contribuir al bien de los que nos rodean. La amabilidad es un reflejo claro de Jesús, carne de María. Amable es el que perdona. El que disculpa los errores de los demás. El que desea el bien ajeno. El que sabe interpretar el bien. El que no juzga presuroso. El que acoge al que sufre. El que se preocupa de las necesidades del otro. El que es caritativo. El que se generoso. El que ama al que le ha hecho daño. El que siempre hace el bien. El que presta su ser sin esperar nada a cambio. El que consuela. El que se anticipa a una necesidad ajena. La amabilidad surge siempre de un corazón abierto dispuesto a amar y a entregarse. Con estos mimbres, ¿me puedo considerar una persona amable? ¿Con quién o quiénes soy amable? ¿Con quién o quiénes me cuesta ser amable? ¿Me puedo considerar como María, Madre Amable, amable por encima de cualquier cosa? Ella alegre siempre, generosa siempre, caritativa siempre, servicial siempre, humilde siempre, bondadosa siempre, dispuesta a darse al otro siempre. ¿Soy así? ¡Dame, María, un corazón grande para parecerme a ti!

¡María, Madre, dame un corazón grande, generoso, humilde, bondadoso, caritativo y servicial para parecerme a ti! ¡Guárdame, María, de la soberbia para que sea siempre generoso, abierto al amor al prójimo, para que mis palabras y mis actos reflejen siempre a tu Hijo, nacido de tus entrañas! ¡Enséñame, María, a abrir mi corazón y a poner en acción todas mis acciones, palabras y pensamientos para que desborden amabilidad! ¡Concédeme, María, un corazón grande donde quepan todos por igual, una mirada limpia para ver a todos con amor, un corazón generoso para que acoja siempre al prójimo sin mirar sus faltas, limitaciones o errores! ¡Concédeme, María, Madre Amable, ser una persona generosa como lo fuiste tu con el que más lo necesita! ¡Madre Amable, hazme parecido a ti!  

Espíritu Santo y misericordia: una mirada a mi pentecostés interior

Vivimos ayer la jornada alegre de la solemnidad de Pentecostés que como cristiano, rompiendo temores, disipando miedos, te implica en el impulso evangelizador. Me siento feliz de formar parte de una iglesia que nace cada año. Es un día en que todos nos maravillamos de la inmensa obra que realiza el Espíritu en los corazones de sus fieles.
La quise vivir ayer como una lectura renovada de mi propio recorrido personal en torno a mi fe, mi relación con la esperanza que viene de Cristo, mi relación con los demás, mi camino de vida. Una mirada profunda en mi propio pentecostés para maravillarme desde la humildad, el amor y la misericordia de lo que el Espíritu ha ido desarrollando en mi vida, para admirarla a los ojos de la gracia, para darle gracias con la seguridad de que como me ilumina, renueva, purifica y sostiene tiene el mismo fundamento que aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Vivimos tiempos muy difíciles, sacudidos por vendavales sociales, políticos y económicos de gran dramatismo, por momentos presididos por la incertidumbre, por la inseguridad, por la crispación social y política, por corazones llenos de heridos… por eso se hace tan imprescindible experimentar al Dios misericordioso, ese que lleno de ternura, se vuelve de manera compasiva sobre todos los seres humanos.
Ese Dios amoroso, que ha creado el mundo con sabiduría, y cuya misericordia es eterna es el que se manifestó durante toda su vida a Jesús. Cristo vivió permanentemente acompañado por el aliento de la ruah, que con su fina y entrañable delicadeza, se hizo presente en el anuncio de su concepción, en su nacimiento en aquel portal pobre de Belén, en su predicación a los doctores del templo de Jerusalén siendo adolescente, al comienzo de su vida pública a orillas del río Jordán, en los cuarenta días de preparación en el desierto, en su caminar por tierras de Galilea predicando la Buena Nueva, sanando corazones, curando enfermedades, liberando cadenas interiores, perdonando a pecadores, enseñando en su misión misericordiosa y liberadora el reino de Dios. En Jesús, actuó de manera constante la luz y la fuerza del Espíritu que le reveló con su delicado hacer los rasgos de su amado Padre.
En los postreros días de su vida, Jesús nos dejó que el Espíritu penetrará en nuestros corazones y nos guiará en la verdad plena.
Acojo con amor y esperanza la invitación de hacer fecunda en mi vida esta experiencia pentecostal. Con la lluvia de su amor en la seguía de mi corazón, salgo renovado de mi cenáculo interior para dispersarme y hacer llegar a los que me rodean y a los que se crucen en mi vida la Buena Noticia del Amor. Tengo necesidad de anunciar al Dios rico en misericordia, al Dios que ama, perdona y acoge. A la Trinidad Santa, al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ofrecen de manera tierna, generosa y amorosa la ruah para que seamos auténticos testigos de su infinita y eterna bondad y compasión.
Le pido con el corazón abierto, a la luz de esta experiencia viva, de este regalo de amor, ser capaz de vivir con hondura esta experiencia; que sea capaz de reflejarla en todos los gestos, palabras, acciones y pensamientos de mi vida. Que sea la gracia que viene de la Trinidad la que me de la inspiración para tener con todos los que amo, los que a mi acudan, con los que trabajo, con los que me relaciono, con los que me han hecho mal, gestos profundos y sinceros de amor misericordioso, de cercanía, de perdón, de entrega, de servicio y de generosidad. Ocasiones no me faltarán; soy consciente de que es necesario que abra mi corazón de par en par y no pasar la ocasión de hacer en todo momento el bien.
Hoy comienza el mes de junio, el mes que marca la mitad del año; quisiera que, cuando éste concluya y haga balance de mi vida, pueda constatar que ese Espíritu que ayer se vertió sombre mi me ha renovado, me ha convertido en un ser más amoroso, sensible, entregado, solidario y, sobre todo, más misericordioso como el Padre es misericordioso.

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¡Espíritu Santo, dador de vida, tú conoces mi vida, sabes de mis debilidades y flaquezas, sabes de mis incertezas e infidelidades, haz que crezca en mi la fe, la fortaleza, el amor, la generosidad, la caridad, la esperanza! ¡Saber que estás a mi lado, Espíritu divino, serena mi corazón, me llena de seguridad, me da la fuerza para vivir con más ahínco mi fe! ¡Ven siempre a mi, Espíritu de Dios, conviértete en mi escudo, en mi protector, en mi fortaleza, en la paz que anide en mi corazón! ¡No permitas, Espíritu de luz, que caiga en la misma piedra, que resbale siempre en el mismo peldaño, mantente siempre a mi lado guardándome con tu sombra y enviando tu aliento sobre mi! ¡Haz que sea capaz de percibir tu presencia, Espíritu de Cristo, de oler la suavidad de su ternura y de su amor, de percibirlo cada día en mi vida para ser entonces yo dador de caridad, de amor, de generosidad, de servicio, de mansedumbre, de humildad, de entrega, de servicio, de sencillez, de misericordia! ¡Haz, Espíritu Santo, que vean en mi que anidas en mi corazón, que perciban que soy testigo del Cristo Resucitado! ¡Permanece siempre cerca mío, Espíritu de Verdad, y concédeme la gracia de percibirte siempre y tener además la humildad de reconocerte en las personas con las que me cruzo cada día! ¡Espíritu Santo el trabajo de mi santificación es tuyo, hazme dócil a tu aliento, purifícame, ilumíname, renuévame, haz que Cristo se haga presente en mi corazón; ayúdame a no cerrarle la puerta cuando llame! ¡Espíritu Santo, amor de vida, cuando ame que seas tu quien ama en mi; cuando perdone, que seas tu quien perdone a través mío; cuando sirva, que sea un servicio basado en tu aliento; cuando entregue, que sea una entrega basando en la plenitud de tu existencia en mi corazón! ¡Mueve mi corazón para hacerlo siempre dócil a tu llamada!

En este primer día de junio nos unimos a la intención de oración del Santo Padre Francisco dedicada a la evangelización. Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.

Preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano 

Allí por donde fuera Jesús irradiaba todo de su alegría, de su ternura, de su bondad, de su generosidad, de su verdad… ¿Actúo también yo así? Sus discípulos se maravillaban cada día con la dulzura y ternuras de sus gestos y de sus palabras. ¿Pueden decir lo mismo de mí? Jesús se mostraba gentil y bondadoso con quien se encontraba, impregnándolo todo con el aroma del amor. ¿Hago lo mismo yo que el Señor?
Jesús se ponía en la realidad del que tenía enfrente, comprendía su corazón y expresaba una auténtica comprensión y mostraba una compasión sincera con aquel que se cruzaba en su camino. ¿Son así mis actitudes respeto a los demás? No manifestaba Jesús lástima por el prójimo sino una tierna e infinita compasión que iba más allá de los límites del amor. ¿Siento lo mismo por el que sufre?.
La amistad de Cristo era auténtica pues sus ojos leían en lo profundo del corazón y la mente del que tenía delante para acoger su realidad. ¿Cómo es mi mirada respecto a los que tengo cerca? Además, Jesús comprendía a la perfección las necesidades de cada ser humana y era capaz de tener muy presentes cada uno de sus esperanzas y anhelos. ¿Son para mí prioritarias las necesidades de los demás?
No mostró Jesús jamás indiferencia ante el sufrimiento de las personas y una característica de su actuar era que les ayudaba y sanaba su aflicción sin que sintieran lástima de sí mismas. ¿Puedo decir lo mismo de mí?
La característica principal de Jesús era su capacidad de amar profundamente a cada hombre, a cada mujer y a cada niño sin juzgar ni mirar más allá de su pasado o de su realidad presente. ¿Cuál es mi percepción del otro, está impregnado del mismo sentimiento que Jesús?
Las gentes que le seguían confiaban plenamente en Jesús porque, fundamentalmente, el Señor manifestaba una enorme fe en las capacidades de cada ser humano sin pretender controlar su vida sino intentando que en base a su propia confianza fuesen capaces de cambiar su percepción de la vida. ¿Soy transmisor de estos valores o impongo mi carácter, mis necesidades, mis planes a los demás sin respetar su libertad?
Jesús tenía tiempo para el otro, la prisa no formaba parte de su cotidianidad porque para reconfortar al prójimo necesitas tiempo y dedicación. ¿Me preocupo por el bienestar de los que tengo cerca y procuro dedicarles tiempo sin prisas ni aceleraciones?
Con Jesús todos se sentían confortados, descansando su penas y sus sufrimientos, descargando sus agobios cotidianos porque Cristo sabía escuchar, sin escudriñar el alma del que tenía delante. ¿Soy yo capaz de confortar como hacía Jesús con palabras de amor, misericordia y perdón?
El amor de Cristo por el hombre era tan profundo que corregía con actitud fraterna. Cuando pretendía ayudar a alguien lo habitual era que Jesús le pidiera ayuda. ¿Como es mi corrección fraterna, como sos mis gestos con el otro, están mis actitudes impregnadas de soberbia y altanería o de amor y de ternura?
La vida de Jesús era un permanente sembrar amor, hacer el bien, dar la vida por el prójimo, servir sin esperar nada a cambio, perdonar con el corazón abierto, ayudar al otro desinteresadamente, abrir las manos con entrega de misericordia, sembrando alegría y felicidad, caminando con libertad para llegar al Padre. Hoy tengo que responder con sinceridad a muchas preguntas que ponen en evidencia mi ser cristiano.

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¡Señor, quiero hoy orar brevemente para interiorizar tantas cuestiones que abren en canal mi corazón pero sí te pido que me ayudes a valorar al prójimo, a escuchar siempre con amor, a acoger sus necesidades y sus palabras, a comunicar tu verdad con mi testimonio, a aprender a callar y no juzgar, a escuchar tu voz en el ruido del mundo! ¡Señor, envía tu Espíritu para tus enseñanzas, tus gestos, tus palabras y tus sentimientos se impregnen de verdad en mi corazón y aléjame del camino erróneo y falso de la vida! ¡Señor, quiero ser como tu, ser uno contigo! ¡Quiero, Señor, que puedan decir de mi: ahí va un auténtico cristiano que ama, perdona, se entrega, sirve y hace el bien como hacía Jesús!

Hermosa canción del buen samaritano cantada por el Grupo Compasión:

Vivir en la desconfianza

El sentimiento de desconfianza crece a pasos agigantados. Surge de manera irremediable por ese temor a no saber cómo defenderse, por esa sensación a sentirse indefenso ante las amenazas —a veces reales y otras imaginadas— de los demás. Observo que cada vez nos fiamos menos del prójimo. Y esa falta de confianza afecta a nuestras relaciones personales, a los comportamientos cotidianos e, incluso, a los sentimientos. Ese en quien habías puesto tu confianza, te defrauda. Aquel que pensabas que nunca te haría daño, te falla; al que le mostraste tu fidelidad en momentos difíciles, te abandona; ese al que le diste todo, cuando lo necesitas no aparece… Cuando la desconfianza vence paraliza al hombre, afecta a su capacidad de ser y de hacer y, por tanto, limita su libertad individual. La desconfianza cierra muchas puertas a nivel familiar, profesional y social.
La confianza en alguien es una cuestión de libertad. Es una apuesta sobre el otro. Y esa libertad puede quebrase por tu propia conducta o por la del prójimo pues hay una gran variedad de elementos que pueden desencajar y desquebrajarlo todo.
Sin embargo, como cristiano tengo que ser generoso en la confianza. No puedo caminar con el signo de la cruz sin confiar en los que me rodean, respetando su singularidad, sus cualidades, sus particularidades, descubriendo la grandeza de sus virtudes y corrigiendo sus defectos fraternalmente. Al prójimo tengo que abrirle siempre las puertas del corazón para que entre en él aire fresco de la alegría cristiana. Cuando desconfío de la bondad del prójimo y de sus intenciones pongo también freno a la confianza en la bondad de Dios. Lo corrobora con meridiana claridad el Evangelio: «¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?»

orar con el corazon abierto

¡Señor, no permitas que me vida se impregne de la desconfianza! ¡Que mi corazón sea generoso para comprender al prójimo con sus virtudes y sus defectos! ¡Que cuando alguien me falle vea en su actitud también la imperfección que jalona mi vida! ¡Que en estos momentos en los que me siente defraudado lleve mi tristeza y mi desolación a los pies de la cruz donde encontraré tu amor y tu misericordia! ¡Hazme ver cada día mis limitaciones; que sea capaz de entender cuáles son mis imperfecciones, que también he fallado y fallaré a muchos que me rodean! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón generoso, puro y sencillo, abierto al perdón y al amor que rechaza el rencor, el odio y la resentimiento! ¡Que el amor al prójimo sea también un camino para encontrarte a Ti y que cuando cierre los ojos al prójimo sea consciente de que me estoy convirtiendo en un ciego ante Ti! ¡Ayúdame a ver siempre al prójimo en Ti y contigo; concédeme la gracia de amar a la persona que no me agrada o me genera desconfianza! ¡Concédeme la gracia de mirar siempre a los demás no con mis ojos y mis sentimientos sino desde la perspectiva de tu amor!

Del compositor Eric Whitacre presento hoy este bellísimo Aleluya que llega al corazón:

¡Navidad es misericordia!

Esta noche todos los hombres y mujeres del mundo, sean creyentes o no, van a recibir un regalo muy hermoso. Tal vez el más hermoso que puedan recibir: el amor de Dios. Un amor inmerecido que Dios nos entrega como un don fruto de su misericordia.¡Precisamente porque la Navidad es pura misericordia de Dios!
Y, entonces, no queda más que postrarme de rodillas ante el Niño Dios y exclamar con el corazón abierto: «Jesús, amigo, no soy nada. Y poca cosa te puedo ofrecer porque nada de lo que tengo es mío; Tú me lo has dado todo. Aquí tienes mi pobre corazón para que lo abras. Te lo entrego todo, pongo a los pies del portal mi nada, para que haciéndola tuya me transformes con la fuerza de tu Espíritu». No le voy a pedir nada más. No le voy a exigir nada a cambio. No voy a buscar ninguna compensación. Solo entregar mi corazón, mi fe, mi esperanza… mi vida entera para que sea acogida por el amor y la misericordia de Dios.
Abrir de par en par las puertas de mi corazón tan pequeño como son las puertas que abren las puertas del portal de Belén. Y dejarle entrar. Y dejar salir previamente de mi interior todo lo que estorba, lo que duele, lo que molesta: egoísmos, rencores, heridas, soberbias, malos hábitos, defectos arraigados… Darle la llave al Niño Dios para que, paciente, la vaya abriendo cuando mi corazón esté abierto a su amor y me transforme interiormente, me llene de su ternura, de su alegría, de su esperanza y de su misericordia.

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¡Jesús, amigo, no soy nada. Y poca cosa te puedo ofrecer porque nada de lo que tengo es mío porque Tú me lo has dado todo. Aquí tienes mi pobre corazón para que lo abras. Te lo entrego todo, pongo a los pies del portal mi nada, para que haciéndola tuya me transformes con la fuerza de tu Espíritu!

Noche de paz, un villancico para esta noche tan especial:

 

 

Golpear las puertas de la Misericordia de Dios

Como cristiano voy caminando en el camino del Adviento con el corazón abierto, tratando de prepararme para purificarme y renovarme con la ilusión de convertirlo en un pequeño pesebre donde pueda nacer Dios hecho Niño.
El Adviento es, entre otras cosas, un camino de conversión del corazón, un camino para abrir la pobreza de nuestra vida al amor redentor de ese Dios que se hace hombre y que posteriormente se entregará en la Cruz por nuestra salvación.
¿Que sería de nuestras vidas si Dios no hubiese nacido en Belén y no hubiésemos sido salvados en el madero santo? ¿Que hubiese sido de nosotros si nuestro Dios, a través de Cristo, no hubiese entregado su vida para rescatar la nuestra?
Recién terminado el Año Jubilar de la Misericordia tengo la oportunidad de ir golpeando las puertas de la misericordia del corazón amoroso de Dios que pronto llegará a mi -nuestra- vida en forma de un Niño pobre y humilde.
Golpear sin miedo las puertas de su Bondad con mis pequeñas mortificaciones, de mi oración, de mi voluntad de cambiar y, sobre todo, con la puerta abierta de mi caridad y mi servicio a los demás.
Cada vez que golpeo las puertas de la Misericordia de Dios me encuentro con ese Dios que ha golpeado primero la pequeña puerta de mi pobre corazón. Con cada llamada escucho como exclama amorosamente: «Estoy a la puerta y llamo; si escuchas mi voz abre la puerta, entraré en tu corazón y cenaré contigo».
Abro así la puerta para dejar salir el pecado, el orgullo, la soberbia, todo aquello negativo que me domina; abro la puerta para que salga del corazón lo mundano y la comodidad de la carne, y permito que entre el Señor.

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¡Señor, quiero estar preparado para abrirte cuando me llames! ¡No permitas que mi alma se muestre complaciente! ¡No permitas, Señor, que me crea bueno porque trato de hacer bien las cosas, de rezar, de servir, de entregarme a los demás…! ¡Te pido, Señor, que salgas a mi encuentro, que te hagas el encontradizo, que llames a la puerta de mi corazón con insistencia! ¡No permitas, Señor, que me olvide de que Tú eres mi referente, mi todo, mi luz, mi guía! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que no me muestre sordo cuando me llamas y dame la sensibilidad para escuchar los susurros del Espíritu! ¡No permitas, Señor, que mi voluntad se imponga a la tuya y que lo mundano me confunda! ¡Envía Tu  Espíritu, Señor, para que me de la inteligencia y la sabiduría para saber discernir en cada acontecimiento el brillante resplandor de tu presencia amorosa! ¡No permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte de Ti, que la sonoridad de lo externo y las muchas excusas que pongo ahoguen tu mensaje y tu palabra! ¡Que Tu Palabra sea para mi alimento, que mis ojos no vean más que tu luz, que mi respiración no sea más que para sentirte, que mi alimento sea tu cuerpo y tu sangre! ¡Llama, Señor, a la puerta de mi corazón y, si no respondiera, siéntate en el zaguán hasta que te abra!
Además de golpear la puerta de la Misericordia de Dios es conveniente tener la lámpara encendida para estar a la espera de la llegada del Redentor. Y eso es lo que cantamos hoy:

Obras son amores y no buenas razones

Subido en un tren contemplo los rostros de los viajeros que hacen el mismo recorrido que yo. Caminando por la calle observo tantas gentes mendigando algo para comer. En conversaciones con amigos y conocidos me doy cuenta de cuantas heridas tenemos los corazones humanos. Con todas mis dificultades y carencias, no puedo más que aceptar, agradecer y disfrutar lo que soy y lo que tengo porque todo es un don que proviene de Dios.
Y con esto tengo que mantener abierto tanto mi corazón como mi mente. Haciéndolo así seré mucho más sensible a las necesidades, penurias y sufrimientos del prójimo. Cada día con mayor frecuencia en nuestras sociedades se acrecientan las diferencias y cada vez son mayores las carencias de los hombres. No solo materiales sino también las espirituales y humanas: el sufrimiento y el abandono, la angustia y el desaliento, la tristeza y el dolor, la injusticia y la intolerancia, la desazón y la desesperanza, la soledad y el miedo.
Basta con mirar con ojos de misericordia para tratar de descubrir dónde se encuentran estas personas que necesitan de nuestro amor. Basta un palabra, para destapar el tarro de la necesidad del corazón humano que suplica ser acogido. ¡Qué triste cuando nos convertimos a propósito en ciegos para no ver su presencia y sordos para no escuchar el clamor de su llamada! ¿Qué sentido damos a la palabra «misericordia» cuando tratamos de que esos que están cerca no nos dañen con sus «lamentos», con sus «gemidos» o con sus «quejas», y no disturben la comodidad de nuestra vida y la felicidad de nuestro yo?
Ser cristiano implica mucho. Implica mantenerse siempre alerta. Estar siempre predispuesto al acogimiento y atento a las necesidades del prójimo. Supone entregarse con todo y compartir lo que somos y lo que tenemos material y espiritualmente con un total desprendimiento.
Ser cristiano auténtico es ponerse de rodillas ante el necesitado para dándonos a nosotros mismos y desprendiéndonos de nuestro yo ser capaces demostrar con hechos el verdadero amor que manifestamos tener a Dios. No hay que olvidar que en cada corazón sufriente ahí está el mismo Cristo que nos invita en la radicalidad de nuestra vida a hacer activa y efectiva esa buena nueva que Él nos trajo con su muerte en la Cruz. ¡Obras son amores y no buenas razones! ¿Y cómo están impregnadas las obras de mi vida respecto a los demás?

obras son amores y buenas razones

¡Señor, obras son amores y no buenas razones! ¡Hazme, ver, Señor mi poca generosidad, mi poca entrega, la miseria de mis pequeños detalles! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a crecer en generosidad hacia los demás para que mis obras estén impregnadas de tu amor! ¡Espíritu Santo, dame el conocimiento profundo de la humanidad del Señor, para hacerme más sencillo y más pequeño y darme siempre a los demás! ¡Dame, Espíritu Santo, el conocimiento de la sencillez y la pobreza del Señor, para acercarme más a los necesitados y los que buscan el consuelo y la paz! ¡Dame, Espíritu Santo, el conocimiento de la paciencia del Señor para que crezca en mi corazón de piedra la mansedumbre del servicio auténtico! ¡Dame, Espíritu Santo, la caridad infinita del Señor, para que me convierta en un cristiano caritativo, abierto siempre a los demás! ¡Dame, Espíritu Santo, el conocimiento de la misericordia del Señor para llenarme de su infinita misericordia y sea capaz de llevarla a los demás! ¡Te pido, Señor, que a la luz de tu vida me convierta yo en una lámpara para el prójimo! ¡Te pido, Señor, que sea capaz de sonreír siempre, abrir mi corazón siempre, acoger con mis manos siempre, tener una palabra de alivio siempre! ¡Que todos mis gestos, Señor, estén ungidos por tu impronta! ¡Ayúdame, Señor, a no huir de mis responsabilidades como cristiano, a consolar al que llora, a saciar al que tiene hambre, a acoger al perseguido, a cuidar al enfermo, a ayudar al necesitado! ¡Y cuando dude, Señor, o cuando mis fuerzas flaqueen, o mi ánimo decaiga, o mis tentaciones me alejen de Ti, o mi pereza me acose, Tú me alientes, me animes, me sostengas y levantes!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, Tú que te entregaste generosamente al plan de Dios y con tu Sí pusiste de manifiesto una gran capacidad de fe, de confianza, de entrega y disponibilidad, que aprenda de Ti a servir siempre a los demás con un Sí lleno de amor!

Cantamos a María con la hermana Glenda en este miércoles de mayo:

Cruzar la Puerta Santa en peregrinación

Estamos inmersos en el Jubileo de la Misericordia. Hace ya tiempo que peregrinamos siguiendo la invitación de la Iglesia. Peregrinar es ponerse en camino, desprenderse del yo, y caminar hacia un destino. Pero este peregrinaje jubilar es, sobre todo, interior. Y, todo lo que lleva interiorización, es pausado. En un camino de peregrinación es más importante encontrarse a uno mismo, desde el corazón, que alcanzar la meta rápidamente.
Este Año Santo de la Misericordia es una oportunidad maravillosa para emprender un camino espiritual auténtico; una invitación a cambiar de vida para convertirla en un compromiso y hacerlo tras alcanzar el perdón, la misericordia y la indulgencia.
He cruzado ya la Puerta Santa en la catedral de mi ciudad. Y, siempre que visito una ciudad por razones de trabajo, trato de hacerlo en la Puerta Santa de ese lugar. Había traspasado antes esta puerta en cientos de ocasiones, pero en esta ocasión con el ánimo predispuesto a comenzar un sincero itinerario interior.
Pasar por la Puerta Santa, en este año Santo, tiene un profundo significado. Implica que el objetivo es la Misericordia y que en ese camino uno se compromete con la conversión interior. Antes de cruzar la Puerta Santa he leído el texto de invitación del Papa al Jubileo. Y, sí, he sentido como Dios Padre me abrazaba. Me abrazaba en su infinita misericordia. Y he sentido paz —mucha paz—. Y me he sentido perdonado y querido, porque he aprovechado para intentar hacer una buena confesión. Y he sentido que debo dar un paso más, que no basta cruzar el umbral de la Misericordia sino ir más allá, dándole sentido a mi vida cristiana. Y he visto mucho de lo que tengo que cambiar y mejorar. Y he sentido que mi misión debe ser también ser misericordioso con todos los que se crucen en mi camino. Dejar la impronta de la misericordia allí donde vaya.
La invitación al jubileo es universal. Es para todos. Lo único deseable es peregrinar con el corazón abierto, predispuesto al camino interior, a profundizar en su significado. Hacerlo íntimamente unidos con la Santa Madre Iglesia que es, en definitiva, la que ha lanzado la invitación a ponernos en camino. Y, antes de salir de la catedral, ante el Sagrario, he podido repetir pausadamente ese maravilloso salmo que exclama: los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan su misericordia.

año de la misericordia

¡Padre bueno, gracias por este jubileo de la Misericordia que nos llena de tu amor y de tu perdón y nos acerca más a ti en el camino de la mejora personal! ¡Padre bueno, Señor de la Misericordia, gracias infinitas porque en este Año Jubilar nos invitas a una profunda conversión interior! ¡Gracias, Padre, por habernos dado a Tu Hijo Jesucristo, con el que hemos compartido la Pascua, y en el que hemos visto Tu Rostro y el Rostro amoroso de Tu Misericordia! ¡Y a Ti, Jesús, gracias! ¡Gracias por haber dado la vida por mi y porque en Ti, cada minuto de mi vida, se cumple la gran misericordia divina! ¡Gracias, Señor, porque en este camino de conversión que supone vivir íntimamente contigo este año, nos invitas a ser tus discípulos, a comprometernos de verdad con tu misión de discípulos tuyos! ¡Señor, Tú me envías a compartir con todas las personas y en todo lugar Tu Misericordia! ¡Envía Tu Espíritu sobre mí para que sea capaz de anunciarla con palabras, con hechos y con coherencia cristiana! ¡Me quiero parecer a Ti, Señor Jesús, Tú que tienes un corazón que perdona, que ama, que reviste de alegría todo cuanto hace, que rechaza la maldad y no juzga, que desprecia la crítica y disipa las tinieblas de la mentira, que mira con ojos amorosos y sonríe aunque le desprecien, que tiende la mano y actúa con humildad, sencillez y generosidad sin esperar nada a cambio! ¡Que es la Misericordia misma! ¡Espíritu Santo hazme dócil a la llamada del Padre, dame un corazón sencillo y humilde, sensible y amoroso, para acoger al que sufre, para llenar de esperanza al que lo necesita, de hablar de Dios al que no lo conoce, de encontrarme con el Padre con sencillez de espíritu, de transmitir la alegría del Evangelio al que se cruce en mi camino!

Misericordia Domine con los coros de Taizé para acompañar hoy esta meditación:

De la mano de la Madre de la Misericordia

Cuarto sábado de enero con María, Madre de la Misericordia, en nuestro corazón. Comienzo mi oración rezando la Salve. Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia… ¡La costumbre me impide descubrir la fuerza de esta frase! ¡Y me detengo lleno de alegría para meditar estas palabras! Nos encontramos caminando con el corazón abierto en el Año de la Misericordia y peregrinamos junto a la Virgen, la gran puerta de entrada a la Misericordia de Dios.
Me fijo en María, en su amor, en su generosidad y en su piedad y le pongo mi vida en sus manos para que ella me permita comprender y acoger la misericordia divina en mi vida. Ella es en si misma la misericordia pues en ella Dios se compadeció del hombre a través de su maternidad virginal; y María, que se convirtió en Madre de todos a los pies de la Cruz, se conmueve por la miseria de sus hijos, se compadece de su sufrimiento, acoge sus desgracias, se conmueve por su sufrimiento físico y moral, sana a los que están profundamente heridos por el mal y acoge, con ternura de madre, a todo al que acude a su regazo.
Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia. Sí, la Virgen habla al corazón de los necesitados. No busca a los triunfadores, ni a los soberbios, ni a los que alardean del éxito, ni a los que van de sobrados, ni a la beautiful people… María es la Madre de los últimos entre los últimos, de los que fracasan, de los humildes, de los sencillos de corazón, de los que trabajan en la sencillez de la vida, de los que no cuentan, de los puestos en ridículo, de los injuriados, de los que son juzgados con malicia, de los despreciados, de los reprendidos, de los que son apartados, de los enfermos, de los que aman con un corazón sincero, de los que sirven sin esperar aplausos y premios… Y a todos los mira con una mirada llena de misericordia. Y esa mirada de María nos hace comprender que vivimos cuando recibimos con amor la mirada del otro que es la mirada que nos otorga el gran don de la vida.
Ante los ojos misericordiosos nadie pasa desapercibido. Y ante los míos, en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social: ¿soy yo misionero de la misericordia?

¡Dios te Salve María, Reina y Madre de Misericordia! ¡Gracias, María, porque a través tuyo Dios manifiesta Su Misericordia! ¡María, Madre de Misericordia, cuida de todos nosotros, para que la Cruz de Tu Hijo no sea algo inútil en esta sociedad que tanto le necesita, para que no nos desviemos nunca del camino del bien, para que no perdamos jamás la conciencia del pecado, para que crezca en nosotros el Amor a Dios, la Suma Misericordia, para que seamos capaces de amar a los demás y hacer siempre obras de misericordia! ¡Dios te Salve Reina y Madre de Misericordia! ¡Dame consuelo en mis angustias, alivio en mis sufrimientos, fortaleza en mis tentaciones! ¡Enséñame, Señora, a amar como Tu amas! ¡Pongo en tus manos misericordiosas todos mis anhelos, mis esperanzas, mi proyectos, mi vida para que las eleves al Padre! ¡Humildemente te pido que me alcances de Dios Padre la gracia que ya sabes te pido, si conviene para el bien de mi alma y si no es conveniente, como mi abogada y defensora, dirige mi voluntad para honrar y dar gloria a Dios y para la salvación de mi alma!

Salve, Mater Misericordie

¿Por qué tenemos siempre tanta prisa?

Me sorprendo las veces que la prisa se apodera de mi vida. ¿Por qué los hombres tenemos siempre tanta prisa? ¿Por qué vivimos entre la agitación y las sacudidas? ¿Por qué nuestros nervios están siempre a flor de piel? No sabemos ir despacio, caminar tranquilos para disfrutar del tiempo y de la vida, dejar que pase el tiempo para disfrutar de lo que nos rodea. ¿Cuántas veces me pregunto «hacia dónde voy»?
He sido creado para conocer y amar a mi Creador, a participar por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Esta es la razón única y fundamental de mi dignidad y para la contemplación de Dios la prisa es una mala consejera.
Sin embargo mi humanidad me puede. Me puede porque llevo horchata en las venas de mi alma en lugar del fuego del amor de Dios, que es luz y vida en vida. No soy más que un proyecto de vida, labrado por las manos misericordiosas de Dios, pero que se desencanta cuando no se hace su voluntad. Soy alguien que rema a toda prisa por las aguas sucias y turbulentas del mar de la vida, como un pequeño barco de papel que ha salido del puerto sin velas ni cabos y el viento huracanado, las lluvias torrenciales y la fuerte marea le lleva a la deriva. Soy alguien que va tan deprisa que, con frecuencia, olvida la brújula al salir de casa y eso le hace perder el norte de la vida.
Las prisas impiden controlar las marejadas de nuestra vida llena de ruido ensordecedor, gritos que apelan al dinero, al placer, al disfrute de lo material. Vamos tan deprisa que caminamos raudos, como perdidos, sin encontrar la meta en esta sociedad sin entrañas, sentimientos, sentido de Dios. Vamos tan rápidos que no reparamos en el hermano que necesita nuestra ayuda, nuestro consuelo, nuestro abrazo, nuestra palabra de aliento… Lamentablemente nadie deja su piel rota entre las zarzas.
Por eso, en este Año de la Misericordia, no quiero ir deprisa, correr sin saber cuál es mi destino; caminar malgastando mis fuerzas y mi vida sin alcanzar la meta verdadera. En la prisa Dios no tiene cabida en el corazón. Y, si Él no está dentro de mí, ¡la vida me duele y me cansa!

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¡Señor, si Tú me has creado para ir despacio, para hacer las cosas bien, para dar vida a mi vida, para aprovechar la Creación y no malgastar la vida en el consumismo, en lo que no tiene importancia, en afanarme por acaparar! ¡Señor, ven a mi vida porque esta vida sin Ti se me escapa de las manos, se convierte en un muro para que entres en mi corazón y una barrera para darme a los demás! ¡Dame, Dios mío, una de esas palabras tuyas de amor y misericordia para que despierte mi alma y avive mi corazón! ¡Hazme, Espíritu Santo, nacer de nuevo en este nuevo año! ¡Tú, Padre Dios, eres la meta de mi camino sinuoso y tortuoso! ¡Tú eres, Padre de Misericordia, el final de cada una de mis jornadas! ¡Ayúdame a recorrerla serenamente! ¡Quiero seguir, Señor, el camino del hombre nuevo, el hombre que pausadamente dice si a la vida y con tesón, constancia y voluntad la guarda en su corazón! ¡Quiero ser, Señor, hombre de espíritu que haga del amor la verdad de tu Palabra y de tus Bienaventuranzas un desafío! ¡Deseo, Señor Jesús, hacer despacio contigo el camino llevando entre tú y yo —los dos juntos— la pesada carga de mis encrucijadas! ¡Quiero ser discípulo tuyo, Señor, y aprender de Ti, Maestro, a ser libre como el viento, en tu Espíritu renovador, purificador y sanador, que guía y salva!

Una belleza musical: el Alma Redemptoris Mater para seis voces, de Diego Ortiz