¿Quieres sanarte?

En julio me encontré con un antiguo compañero de la universidad al que hacía años que no veía. Iba sentado en una silla de ruedas pues había quedado paralítico a consecuencia de un accidente de moto. En un principio los médicos le habían dado ciertas esperanzas de que algún día podría andar pero, debido a una serie de complicaciones, la parálisis no tuvo solución. Me dijo: «Tenía el convencimiento de que no andaría y en el fondo de mi alma, desde el accidente, preferí no hacer demasiados esfuerzos para seguir postrado si la lucha no iba dar resultados».
He pensado en este hombre varias veces desde aquel encuentro. Me ha venido a la mente la pregunta que Jesús le formula a aquel paralítico que llevaba postrado junto a la piscina treinta y ocho años a la espera del milagro que le permitiera caminar de nuevo. El «¿quieres sanarte?» de Cristo a simple vista podría ser una pregunta de mal gusto pero el Señor sabía que aquel hombre desesperado anhelaba recobrar la salud.
Jesús lee lo que se guarda en lo más recóndito del corazón del hombre. Sabe a la perfección de que, como mi antiguo compañero de estudios, hay quien prefiere no esforzarse y seguir postrado porque su lucha no dará el resultado esperado. Hay quien prefiere no intentar levantarse en parte porque a todos nos desagrada que nos diagnostiquen lo negativo que llevamos dentro. Preferimos negarlo, apartarlo u ocultarlo antes que tratar de frenarlo. Es como permanecer postrados en la silla de la mediocridad. Lo que buscamos es ir aliviando los síntomas que rodean la enfermedad pero evitando poner los medios porque cuando uno asume el mal en su vida ya hay quien se ocupa de que el mal se enquiste en nuestro interior.
Si eso sucede en lo cotidiano de la vida, ¿qué no ocurrirá con la vida de fe? Lo que sucede habitualmente es que uno evita buscar salidas, se conforma con lo que hay. Buscamos ser felices pero concentramos esa felicidad en un auto compadecimiento, en que el prójimo se preocupe de nosotros o se compadezca de nuestra situación.
Las heridas del corazón, los rencores malsanos, los enfrentamientos, los odios vengativos, los remordimientos repletos de inquina… todo supura por dentro impregnándose en nuestro interior. Y, mientras, nosotros también nos sujetamos a ellos paralizándonos como sucedía con aquel paralítico de la piscina de Siloé.
El dolor no puede paralizar al hombre; en algún momento uno tiene que enfrentarse a él lo que explica la pregunta de Jesús del «¿quieres sanarte?» que es previa al milagro que va a cambiar la vida de cualquier hombre. Pero Jesús solo actuar cuando observa la cooperación del ser humano.
La respuesta de aquel compañero de universidad me permite comprender que ante los problemas, ante las dificultades, ante la dudas de fe, ante el cansancio vital, ante las penas y sufrimientos, ante la incomprensión de los que nos rodean, ante tantas situaciones que producen dolor tengo siempre que preguntarme sincera y profundamente: ¿quiero sanarme de verdad confiando en el Señor?, y si quiero, ¿por qué no soy capaz de vislumbrar honradamente las causas auténticas de lo que me sucede?

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¡Señor, al igual que Tu hiciste caminar a aquel paralítico de la piscina, te pido me liberes del espíritu de parálisis que en tantas ocasiones me impide moverme dejándome postrado y que me lleva a perder la ilusión, la alegría y la esperanza! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me ayude a poner los medios necesarios para salir de esas parálisis que tantas veces me ahogan! ¡Señor, tu me invitas a caminar y a no permanecer postrado, no permitas que permanezca mirando mis propias debilidades! ¡Toma mi fragilidad y dame la fortaleza para levantarme siempre, con esperanza! ¡Que tu Santo Espíritu, Señor, acompañe siempre la debilidad de mi ser frágil! ¡Tu sabes, Señor, que soy pura debilidad y que, incluso, hay momentos que tus caricias y tu ternura me duelen! ¡Pongo mi vida en tus manos, Señor, y me abandono en Ti porque a tu lado todo es más fácil! ¡Quiero sanarme, Señor, y a tu lado crecer para ser mejor cada día!

Corazón ardiente

Corazones ardientes. Como el de Cristo, llagado, crucificado y rebosante del amor por el prójimo. Mi vida cristiana, de testimonio de fe, necesita tener un corazón ardiente. No es un mero eslogan. Es una necesidad real.
Un corazón ardiente es un corazón ferviente. Es un corazón que arde por el amor de Dios y de los demás, fortalecido por una fe viva y radiante, que te llama y te hace desear. Es un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo.
La falta de fervor y la costumbre siempre buscan el amor para destruirlo. En un cristiano la falta de fervor es aún más grave porque es algo que surge de los más profundo del ser. Por eso nuestras sociedades se van descristianizando a causa de las crisis de fe y de la piedad.
En un día como hoy le quiero pedir al Señor que me otorgue la gracia para no vacilar cuando el Espíritu me pide que demos un paso adelante; quiero pedirle la valentía y el coraje para ser testigo del Evangelio y a anunciarlo a los demás. Que me ayude, por medio del Espíritu Santo, a ver la realidad del mundo desde la perspectiva de Jesús resucitado.

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¡Señor, te pido un corazón ardiente que se llene del fuego de tu amor y de la chispa del Espíritu Santo! ¡Te pido, Señor, que alejes de mi la tibieza para fortalecer mi fe! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar abierto siempre a la gracia de Espíritu Santo para ser testigo de tu Palabra! ¡Te pido que si tengo dudas, o estoy pasando una prueba o me siento desanimado avivas mi fe y mi esperanza! ¡Te pido, Señor, envíes al Espíritu Santo sobre mi para reavive las brasas de mi alegría interior! ¡Señor, te encomiendo mi corazón, hazlo cada vez más ardiente de amor por Ti! ero ¡Cuánto frío, Señor, hay en este mundo! ¡Cuántos corazones están helados por la autosuficiencia, la envidia, el rencor, la incapacidad de perdonar, la tristeza, el egoísmo…! ¡No permitas que mi corazón sea así, Señor, por eso te pido que vengas a mi para encender con tu infinita misericordia mi pobre corazón! ¡Toca la puerta de mi alma, Señor, para dejarte entrar y permitir que mi alma antes oscura y fría se ilumine con la Luz de tu misericordia y arda con el fuego de su amor!

Le cantamos al Espíritu Santo que sople en nosotros:

Agradeciendo al Sagrado Corazón

Me acompaña una imagen del Sagrado Corazón. Antes de comenzar la oración me fijo especialmente en la ilustración. E, inmediatamente, algo me emociona profundamente: el sentir que el Sagrado Corazón ante todo es el misterio de la humildad de Dios manifestada en Cristo, su Hijo. Observo su corazón y veo en él el símbolo que designa la interioridad de la persona, su propio ser, con su inteligencia, su voluntad y su afectividad. El Sagrado Corazón es la identidad de Jesús que se revela en toda su delicadeza y profundidad: el amor.
Dios es amor. Y el amor, que es Dios, no ha sido revelado de una manera abstracta sino en lo concreto de la historia. Y lo ha hecho a pesar de nuestras infidelidades humanas. Su plena revelación tuvo lugar en la vida de Jesucristo: al dar su vida por sus amigos y por todos los hombres, Cristo nos ha demostrado su gran amor, este amor tan grande que proviene del Dios mismo.
En el amor se pueden hacer declaraciones revestidas de solemnidad. Pero, sobre todo, el amor se prueba mediante actos, acciones cotidianas o circunstancias críticas. El gesto extremo de amor se estableció cuando un hombre inocente permitió libremente morir en la cruz. Su símbolo es ese corazón herido expuesto a nuestra mirada. Dios no manifestó su amor de una manera general o incorpórea; lo hizo dentro de los límites del espacio y el tiempo, dentro de los límites de la vida humana de Jesús de Nazaret: su corazón humano cristaliza en una sola vida la totalidad del amor.
Esta demostración de amor está revestida de humildad. ¿Debería sorprendernos? El camino del Amor es el de la humildad y la humillación: esta es la vida misma de Cristo. Contemplando la imagen del Sagrado Corazón ves como se revela la humildad del Hijo de Dios que no ha dejado los límites de su humanidad para demostrarnos su amor. Es en su humanidad donde se esconde su divinidad.
Meditar el misterio del Sagrado Corazón humilla tu propio corazón de hijo de Dios: te hacer ser más humilde, te hace descubrir la extrema delicadeza de un amor que pone en evidencia tu propia tibieza espiritual, te ayuda a comprender que debes suavizar el corazón de piedra y dar lugar a un grito de gratitud en lugar de tantas consideraciones intelectuales o racionalistas. Y sobre todo manifiesta el mandamiento del amor.
En el Corazón Sagrado y Humano de Cristo, Dios oculta todas las maravillas de su amor: por eso no puedo permitir que mi corazón se endurezca sino que debo dejarme tocar siempre por la ternura divina y dejar que la humildad de Jesús alimente la mía para abrir mi corazón y repetir grandes dosis de amor.

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¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Jesús tu misericordia de Padre sale al encuentro de nuestra humanidad pecadora para recuperarla de la perdición que nos aleja de la felicidad para la cual hemos sido creados! ¡Gracias, Padre, tu amor es comunión de las tres divinas personas que conformáis la Santísima Trinidad! ¡Gracias, Padre, porque eres amor y no nos has creado solo amor, sino que por amor te has revelado por el desamor de nuestros pecados! ¿Gracias, Padre, porque por medio de Cristo y la ayuda inestimable del Espíritu Santo, te encontramos, te reconocemos y te alabamos! ¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Cristo demuestra la riqueza de tu misericordia, el gran amor que siente por nosotros, la oportunidad de vivir en Cristo, con Cristo y por Cristo! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón testimonia el gran amor que sientes por nosotros! ¡Gracias por tu misericordia, gracias por tu muerte en cruz, gracias por rescatarnos de las fosas del pecado, gracias por colmarnos de gracias y de ternura! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón es símbolo de la grandeza de tu amor que me invita a mi a amar más! ¡Gracias, Jesús, porque unido a tu Sagrado Corazón puede entrar en sintonía con Tu Padre! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón me invita a cambiar mi corazón pecador por un corazón arrepentido, para romper las cadenas que lo atan al pecado y abrirlo a la bondad! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón coronado de espinas y rebosante de sangre se convierte para mí en el símbolo de una entrega amorosa que requiere dar respuesta al amor concreto en mis gestos de cada día!

Canción al Sagrado Corazón de Jesús:

¿A qué me invita los brazos abiertos de María?

La alegría de la Pascua me permite evocar un momento muy relevante en el relato de la Pasión: «Y al pie de la cruz estaba su Madre». Jesús y María compartiendo unidos el sufrimiento. Jesús, en la cruz; María, a los pies de la misma, clavada su alma en cruz de dolor.
Impresiona contemplar la figura de María, en oración, con el corazón roto, al pie del madero santo. La Madre, la que modeló el corazón del Hijo, al que tantas veces debió advertir que se mantuviera fuerte ante las adversidades de la vida, allí estaba con sus brazos abiertos para tomar el cuerpo inerte de su Hijo muerto, desprendido de la cruz.
Los brazos de María, esos brazos que abrazaron al Niño Dios en Belén para dar vida a la vida, toman con el mismo amor en el Gólgota el cuerpo desangrado del salvador del mundo muerto por salvar a la humanidad del pecado.
En ambos casos, los brazos abiertos de la Virgen me invitan a tomar conciencia de mi condición de hijo suyo e hijo de Dios. Y me invitan a abrir mis propios brazos para abrazar y acoger al que sufre, al que nadie atiende, al que va cargado de penas, dolores y tribulaciones, al que necesita consuelo, al que es invisible a los ojos de muchos. Brazos para abrazar al prójimo para que se sienta a protegido, con un abrazo de ternura, de esos que te hacen sentir sostenido cuando los días se convierten en un camino empinado. Brazos que abracen para experimentar y transmitir el perdón. Brazos para cargar la cruz de aquellos que no pueden sobrellevarla.
Mis brazos, como los de María, pueden ser brazos amorosos que transmiten calor y esperanza, compromiso y fidelidad. El amor acompaña siempre los brazos abiertos. Cuando uno cierras los brazos al amor, se queda tan solo abrazándose a si mismo.

 

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¡Quisiera, María, tener unos brazos como los tuyos abiertos al prójimo, abiertos a acoger a Cristo con amor y con ternura! ¡María, Madre de la misericordia, ayúdame a abrir mis brazos tantas veces cerrados por el egoísmo y la falta de caridad hacia el hermano! ¡Ayúdame a abrir mis brazos como lo hiciste Tu, María, para acariciar al que sufre, para animar al que está triste, para sostener al que cae, para arropar al que duda, para reconfortar en las luchas cotidianas, para llenar de amor al que está solo! ¡Ayúdame, María, a abrir mis brazos al prójimo para que sean como los tuyos una prolongación del amor de Dios en la tierra! ¡Ayúdame, María, a alzar los brazos hacia Jesús, a través de tu corazón maternal! ¡Tómame, María, en tus brazos y hazme entender la grandeza de tu amor y el infinito amor de Jesús que sufrió por mi tantos tormentos y humillaciones hasta la muerte en Cruz! ¡Y dame, María, la fuerza para sobrellevar con paciencia y serenidad todos los dolores y sufrimientos y no permitas que me acomode en el pecado! ¡Que seas Tu, María, la luz de la esperanza encendida en mi corazón abierto!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Dame tus fuerzas, María, para que pueda encontrar el camino que en Tu vida Dios nos quiso señalar!

Ella es… María, cantamos hoy con la hermana Inés de Jesús:

 

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

El amor perfecto de consolar a Jesús

Cuarto sábado de marzo con María en el corazón. Hoy, víspera del Domingo de Ramos, antesala de la Semana Santa, quiero honrar los dolores de María, poniéndome a disposición de su gracia omnipotente.
Cuando meditas las penas de María y la dulzura de su corazón que manifiesta a Jesús su amor más puro, comprendes que el amor perfecto es consolar a Jesús participando en sus sufrimientos para la redención de las almas y las del mundo entero.
La Virgen María no estaba en el huerto de la agonía pero, en la lejanía, su corazón se encontraba en extremo tormento, después de haber comprendido en el cenáculo los acontecimientos que se avecinaban. Comprendió que Judas iba a traicionarle, que los apóstoles iban a abandonarle y su corazón sentía en ese momento las mismas ansiedades que su Hijo; sintió una profunda unión con el alma de Cristo y, desde la oración, le ayudó como una madre puede consolar a un hijo que está triste.
Siguió María a Jesús cuando fue conducido por los guardias de un palacio a otro, humillado, ridiculizado, golpeado… María no durmió durante esa noche cuando Jesús sufrió su cruel Pasión ofreciendo los sufrimientos de esas terribles horas por la redención del mundo.
María fue testigo de la flagelación: ¡qué dolor para una madre contemplar semejante tortura! ¡Por mis pecados y los del mundo entero! ¡Qué poder te da sus penas para reclamar de Jesús la salvación inmerecida de la humanidad! Reconoces aquí su grandeza como ninguna otra a causa de estos terribles sufrimientos de compasión.
Doloroso para ella fue contemplar la coronación de espinas: esa cabeza convertida en cabeza de dolor por la fuerza del amor y la compasión. Y no pudo María sentir dolor por si misma sino por esa unión tan íntima con Jesús para convertirse en copartícipe en la Pasión de su Hijo.
Y en el camino hacia el Calvario, María contempla a Jesús por las calles portando su cruz, y con valentía se apresuró a encontrarse con Él y contemplar ese rostro cubierto de sangre, golpeado, insultado, ridiculizado, vilipendiado, odiado por la gente que le había aclamado en su entrada en Jerusalén. ¡Qué honor para una mujer ser llamada a convertirse en participe en esta obra de redención, para ser hija, madre y esposa al mismo tiempo!
Y llega el Stabat Mater. Allí está Ella, postrada al pie de la Cruz, para compartir todos los sufrimientos de Jesús pero también todas las oraciones, todos los sentimientos, todos los pensamientos. ¡Esta escena es digna de adoración, de adoración a Jesús y a María, unidos en el Corazón, Víctimas en la Cruz!
Mi corazón se une a María. Y me hace comprender que, en el drama del Calvario, la presencia de María junto a la cruz de Jesús con esa inquebrantable firmeza y esa extraordinaria valentía me tiene que llevar a afrontar mi vida, mis sufrimientos, mis padecimientos y mis incertidumbres cogido de la mano de María. Hacer como María, sostenerme por la fe, don de Dios, y ser siempre fiel a Cristo sabiendo llegar, incluso, hasta la cruz.
Hoy más que nunca quiero acoger en mi corazón a María y dejarle un espacio para que me acompañe siempre en mi vida cotidiana con el fin de que me guié como nadie en mi camino hacia la salvación.

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¡Corazón de Jesús devastado por la angustia porque cargas con mis pecados; Corazón de María, dolorida por mis faltas, dadme contrición, arrepentimiento por ofenderos por mis comportamientos egoístas y soberbios y ayudadme a no ofenderos más! ¡Te pido, María, que intercedes por mí y por el mundo entero, para que por tu misericordia y ternura obtengas del Corazón de Jesús mi conversión interior! ¡María, Madre del Redentor, que colaboras singularmente en la obra del Salvador con tu obediencia, fe, esperanza y amor concédeme estas mismas gracias para unirme a Jesús! ¡María, quiero acompañarte con el corazón roto en este día! ¡Quiero acompañarte en tu soledad, en tu dolor y en tu pena pero sabiendo que Cristo resucitará y que podremos seguir juntos el camino! ¡Te contemplo María, te amo y quiero imitarte en todo: en tu valentía, en tu coraje, en tu fe, en tu fortaleza, en tu esperanza! ¡Quiero que así sea mi vida! ¡Anhelo ir ataviado de adoración como estás Tú ante el cuerpo de Cristo! ¡Quiero despojarme de mis yoes, de mis bajezas, de mis miserias y entregarme a Tu Hijo de verdad! ¡Quiero serle fiel como lo eres Tú en este día! ¡Quiero tener la misma serenidad que presentas Tu ante el dolor y el sufrimiento! ¡Quiero tener la misma elegancia y altura espiritual que tienes Tú, Madre de la Soledad! ¡Gracias, María, porque en este Sábado Santo tu me demuestras quien eres de verdad: la Reina del Universo, la Reina de los corazones, la Reina de las certezas, la Reina de la esperanza, la Reina de los afligidos, la Reina del Amor Hermoso! ¡Ayúdame a ser humilde como eres Tú! ¡Ayúdame a ser consciente de que soy un pecador y tengo mucho que purificar! ¡Ayúdame a reconciliarme con Tu Hijo, hoy y siempre! ¡Ayúdame a abrirme a los demás! ¡Ayúdame a ser más sencillo y misericordioso! ¡Ayúdame a ser más entregado! ¡Hoy y siempre, totus tuus María!

Stabat Mater dolorosa, en este sábado víspera de la Semana Santa:

Protectora del Pueblo Romano

El Santo Padre acude en la mañana de este domingo a la Basílica de Santa María la Mayor de Roma para presidir el traslado del restaurado icono Salus Populi Romani, es decir, Protectora del Pueblo Romano. Con motivo de algún viaje a Roma he tenido la ocasión de admirar este icono bizantino que representa la figura de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos, obra atribuida a los primeros cristianos pues las estudios indican que es pintura sobre una tabla de madera con más de dos mil años de antigüedad. Algunos especialistas atribuyen este icono mariano al evangelista san Lucas y no son pocos los que consideran que este hermosa figura greco-bizantina se pintó sobre un trozo de la mesa en la que Jesús bendijo el pan y el vino en su Última Cena. Y como toda historia hermosa fue Santa Elena la que la trasladó a Roma junto a otro de los signos evidentes de la existencia de Cristo, la reliquia de la Santa Cruz, la misma en la que el Señor murió en el Calvario.
Este icono se puede contemplar en la Capilla Paulina. Protectora del Pueblo romano. Es decir, protectora de la Santa Iglesia romana. Protectora de todos los cristianos. María, la Madre protectora por excelencia del cristiano.
Cuando contemplas este bellísimo icono sientes la mirada de María que acoge con dulzura entre sus brazos al Niño Jesús, con eleva ligeramente el brazo derecho dando la bendición al que le observa. Madre e Hijo se miran pero observan también al peregrino que los contempla. Así es nuestra vida de cristianos, recogidos por las manos de María que nos conduce directamente al corazón de Jesús que nos bendice con su amor y su misericordia.
Unidos hoy al Santo Padre, es un hermoso día para ofrendar a María la humanidad entera, especialmente a los cristianos para que sepamos remar a contracorriente, venciendo las tormentas y dificultades que se nos presentan, protegiendo a todos aquellos que tienen necesidades y nos haga fuertes ante las debilidades de la vida.

orar con el corazon abierto

¡Te amo, Madre de Jesús y Madre mía! ¡Y te alabo como Madre del Amor Hermoso, la llena de gracia, ejemplo de virtudes y de gracias, espejo donde mirarme! ¡Tú, María, eres para mí el camino a imitar, la que mereces todos los honores! ¡Te pido, María, que desde este valle de lágrimas, a la presencia viva de tu Hijo! ¡Tu eres mi esperanza, la que me lleve hacia el camino de la santidad con la gracia y los dones del Espíritu Santo, la que me ayudes a vencer mis debilidades y mis defectos, a la que puedo acudir para paliar mis necesidades y mis anhelos! ¡Tu, María, eres la Madre que protege la Iglesia romana, cuida y protege al Santo Padre y ayúdale siempre en su difícil labor apostólica! ¡Danos a todos los cristianos, María, la alegría para caminar hacia el cielo prometido, la valentía para proclamar el Evangelio de tu Hijo, la generosidad para hacer nuestro entorno un lugar de encuentro con el hermano! ¡Como en esta hermosa imagen, María, permítenos como haces con Jesús poder tomar tu mano derecha y caminar a tu lado para yendo contigo ir confortados en la esperanza, venciendo las incertezas, corrigiendo nuestros defectos, alejándonos de las aflicciones, librándonos de las acechanzas del demonio, haciéndonos fuertes en nuestras fragilidades! ¡Acude a consolarlos, María, Madre del Salvador y de la esperanza, y conviértete en ese refugio de bondad que nos socorra en todas nuestras necesidades!

Cantamos un introito del canto a María Salus Populi:

Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba

He derramado lágrimas de alegría esta mañana cuando he recordado las palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos. Es aquello tan breve y bellísimo del: «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba». ¡Jesús amaba a uno que había preferido lo material a seguirle a Él!
Me ha venido a la mente enseguida la imagen de un girasol. Como su propio nombre sugiere esta planta vuelca toda su figura hacia el sol; sus características flores de intenso color amarillo y su radiante corola, evocan la estrella del día. El girasol es como un símbolo de la vida del creyente que, volviéndose hacia la luz y el calor de Dios, comienza a irradiar.
¿Cómo puede uno volverse a Dios que nos convierte en seres radiantes y eliminar toda amargura de nuestros rostros? Por la experiencia de la oración y la vida sacramental. Lo que Dios nos revela en la oración, del corazón al corazón de Dios es la convicción, brillante y firme, de que Dios nos ama sin condiciones. El verdadero amor solo se puede dar gratuitamente. Si dependiera de nuestros méritos o nuestras cualidades que nos amaran llegaría un momento en el que seríamos rechazados por no estar a la altura de las circunstancias. Si deseamos esperar a ser amados de la misma manera el nuestro no es un amor verdadero sino tan solo una especie de transacción comercial. Solo un amor que no espera nos convierte en seres libres. Sólo un amor que nos aman por nosotros mismos, sin condición previa, nos puede restaurar, regenerar, sanar nuestras heridas interiores, para mí la más profunda y dolorosa de las cuales el orgullo y la soberbia.
Sin embargo, pocos amores humanos alcanzan este grado de intensidad. Es por eso que tenemos que recurrir a Dios, una y otra vez, para dejarnos ser amados en la totalidad y en la verdad, incluso hasta sentir toda la amargura, todo remordimiento, toda vergüenza. Experimentar el «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».
A la luz de esa mirada uno puede verse de otra manera y regenerarse interiormente, volver a despertar, regresar a su auténtica naturaleza. Solo la infinita y eterna mirada amorosa del Creador puede realizar esta sutil unión en el ser de aquellos a quienes ha creado.
He derramado lágrimas de alegría porque sí, debo confesarlo, no hay nada más hermoso que reconociendo mi miseria y mi pequeñez, «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».

orar con el corazon abierto

¡Señor, qué grande es tu amor y qué poco lo aprecio en mi vida! ¡Señor, te doy gracias porque me amas y después de mirarme, siento que me amas! ¡Ayúdame a transmitir al mundo ese amor que nos tienes, a inundar mi alma de tu espíritu y de tu amor, a brillar a través mío, a morar en mi vida para que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia, a que sientan que mi mirada trasluce tu mirar, mis palabras surgen te ti, mis gestos son los tuyos, mi actos son obra tuya! ¡Que sea luz que ilumine el mundo para que, después de haberme mirado, sienta tu amor y lo sientan los demás! ¡Ayúdame, Señor, a ser testigo tuyo, a irradiarme a través tuyo! ¡Quiero acudir a ti, Señor, para sentir tu amor profundo, para cambiar interiormente todo aquello que debe ser cambiado, para despertar de nuevo a la alegría, para ser uno en ti! ¡Me reconozco, Señor, pequeño pero gracias al amor que siento por ti mi corazón está henchido de alegría y de gozo! ¿Qué más puedo desear? ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia!

Yo tengo un nuevo amor:

Una noche para abrir el corazón a la misericordia

¿Hay un momento más hermoso en la preparación para la Navidad que la instalación del Belén? Este gesto es parte de nuestro universo cultural, nuestra tradición cristiana. Es un signo de esperanza y paz para todos los hombres de buena voluntad.
Sacamos de la caja con cariño el buey y la mula, los ángeles y los pastores; los Reyes Magos y la estrella que los guía, a María y a José, y al niño, Jesús, y a una retahíla de personajes que cada año agregamos al escenario del pesebre familiar.
Así que hoy es un día para salir de nuestra propia caja e insertarse en el pesebre de nuestra vida y escuchar en nuestro corazón el mensaje alegre del ángel: ¡Hoy ha nacido un Salvador que es Cristo, el Señor!
Y como en aquella noche oscura, somos como aquellos hombres que pasaban la noche al raso guardando sus rebaños. En este días estamos envueltos en la luz de Dios, en la gloria del Señor, camino del establo donde tuvo lugar el nacimiento de Dios recostado en el pesebre.
Nosotros, esta noche, también vamos a peregrinar. Lo haremos a la iglesia porque para los cristianos la Palabra de Jesús cuenta en nuestras vidas. Esta noche iremos a orar, a adorar al Niño Dios en el pesebre de la Santa Misa de Nochebuena.  Nos uniremos con tantos otros que tienen la esperanza de que, caminando en la oscuridad, vislumbran la luz de Dios.
Somos conscientes de lo que sucede en Navidad en una gran parte del mundo: comilonas, regalos y consumismo. Pero al llegar esta noche al templo, nos encontraremos con tantos que se vuelven a Dios en oración con estas palabras sencillas: ¡Ven, Señor Jesús!
Hoy es el día para rezar por todos aquellos en el mundo que no ven la luz, que están tristes y desesperados, que su vida no tiene sentido, que la miseria les impiden alimentar y educar a sus hijos, que como María y José son refugiados y han tenido que huir como lo hicieron ellos para escapar de la violencia de Herodes que buscaba matar a su hijo. Es un día para pensar en los que que viven tiempos difíciles porque les falta trabajo, porque sus familias están rotas, porque están solos y olvidados. ¡Hay tantos males que afectan al ser humano en las profundidades del corazón!
Orar para que la Navidad, sean cuales sean las circunstancias, se convierta en un día de tregua, un día para volver a tomar aliento y esperanza, un día para que la alegría sea como una pequeña luz que brilla en la noche, una pequeña luz que se convertirá en un gran fuego de esperanza.
Una noche para abrir el corazón a la misericordia. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. Para ser misericordioso hay que tener un corazón sensible, un corazón abierto a las pruebas de aquellos que se cruzan en nuestro camino, de aquellos que comparten esta tierra con nosotros.
La de Belén es como una cuna llena de su misericordia que Dios Padre envió a la tierra. Una cuna modesta que dice la tradición tenía solo un poco de paja. Allí estaba un niño recién nacido a quien se le dio el nombre de Jesús, lo que significa que Dios salva. Jesús es la misericordia de Dios, el corazón abierto, el amor de un Padre que da a su hijo al mundo. Jesús es la misericordia de Dios porque es el Príncipe de la Paz.
Paz, amor y felicidad a todos con Jesús en el corazón. Santa y feliz Nochebuena a todos los lectores de esta página. Que esta Navidad se convierta en una promesa de paz y de justicia, de esperanza y de amor, de perdón y de alegría. ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra paz a los hombres de buena voluntad, a quienes Jesús ama para que seamos capaces de dar amor!

orar con el corazon abierto

¡Señor del cielo y de la tierra, que esta noche que se presenta, santa noche en la que vienes a nacer para salvarnos de nuestras miserias, quiero darte gracias por tu amor infinito! ¡Te doy, gracias Señor, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, por las personas que colaboran conmigo; que todos tengamos abierto el corazón para recibirte y hacerlo con amor, esperanza y alegría! ¡Señor, te pido de corazón que vengas a mi, que te abra la puerta cuando llames, que yo también pueda regalarte humildemente mi amor! ¡Gracias, Señor, por esta noche de paz y de amor en la que tu amor infinito y misericordioso nos bendice! ¡Hazme entender, Señor, que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño!¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Y hoy, Señor, cuando te adore en el pesebre que tenga presenta a tantas personas que no te conocen, te rechazan o no tiene las comodidades necesarias en este mundo a veces tan duro y tan cruel! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Hermosísimo para esta noche este fragmento del Oratorio de Navidad de Heinrich Schütz:

¿Vencido por la rutina?

Le estoy enseñando las horas a mi hijo pequeño. Es una tarea de paciencia y mucha rutina. Las agujas del reloj avanzan inexorables y de manera recurrente surge la pregunta de rigor: «¿Papá, qué hora es?». «Dímelo tu». Y vuelta a empezar con la explicación.Cuando ves como pasan las horas te das cuenta hasta que punto es rutinaria la vida. Al hombre le asustan los cambios, quedarse igual. Hay quien le aterroriza, incluso, cualquier cambio en su rutina diaria.
Lo normal es que la rutina nos atrape cuando no hay en nuestra vida un propósito qué llevar a cabo.
En la vida todo puede volverse rutinario: el trabajo, los viajes, el tiempo libre, la relación de pareja, el apostolado, la oración, el educar… La rutina se puede llegar a convertir en algo letal si no se le encuentra a la vida un propósito. Y la rutina tampoco puede envolver nuestra vida de fe. Hay que superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría de ser cristianos, gozosos con esa felicidad interior de tener en nuestro corazón a Cristo. Alejarse de la rutina de la fe cansina y llena de telarañas que se mantiene tantas veces por el ambiente y abrazar esa fe consciente, pensada y reclamada al Espíritu Santo que se vive desde el corazón y la experiencia para que se convierta en algo que pertenezca a nuestro presente.
¡La fe debe ser vibrante para poder comunicarla a los demás! ¡Porque la fe es creer, es confiar, es fiarse, es esperar, es un acto de confianza! ¡La fe permite poner todas nuestras inseguridades en la seguridad de las manos de Dios!
¡Con una fe viva nada en mi vida puede ser rutinario porque segundo es una experiencia de amor!

¡Señor, te pido la gracia de renovar mi visión de las cosas para conocerte mejor y que mis rutinas se conviertan en algo extraordinario, para transformarlas en algo que sea siempre un servicio para ti y para los demás! ¡Señor, pongo mi voluntad en tu voluntad, mi nada y mi pequeñez la pongo en tus manos porque tú eres mi todo, y deseo que realices en mi vida una profunda y auténtica transformación interior! ¡Señor, hago también algo personal el Fiat de tu Santísima Madre, ejemplo de abandono filial y amoroso a la voluntad del Padre! ¡Que mi «Sí» Señor sirva para hacer tu presencia operante en mi corazón y en mi alma! ¡No permitas que la rutina de la fe me predisponga al abandono y haz que tu voluntad sea siempre en mi vida y en mi corazón un respiro y un pálpito de esperanza! ¡Señor, anhelo que reines en mi alma y ocupes un lugar de privilegio en mi corazón y eso sólo lo puede alcanzar si mi vida de fe no es rutinaria! ¡Conviértete, Señor, en el actor principal y en el espectador privilegiado de todas las acciones que lleve a cabo! ¡Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, haz que mi mirada mire con tus ojos, que mis palabras salgan de tu boca, que mis pensamientos broten de tu corazón, que mis intenciones estén regadas por tu voluntad, que tu santidad esté impregnada en mi alma, que mi confianza nazca de una oración con el corazón abierto, que mis sufrimientos te ayuden a llevar la cruz! ¡Espíritu divino, sólo tú puedes transformar mi rutina en un servicio auténtico, valioso y comprometido para el Señor; transfórmame, renuévame, cámbiame, purifícame y restáurame! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Oh, deja que el Señor te envuelva, es el canto de hoy: