Cultivar y cuidar el jardín de la Creación

La fotografía que ilustra este texto la hice hace unos días mientras viajaba al atardecer por una zona montañosa en el centro de Asia Central. Más de seis horas de viaje, junto a dos ingenieros uzbekos y mi traductor, en un silencio envolvente y absoluto. De una belleza extraordinaria. Esa quietud me impulsó a dar gracias a Dios por disfrutar de ese instante de tanta hermosura como es la creación. Y por poder disfrutar de un instante de tanta quietud en Su cercanía. En momentos como estos uno toma conciencia de que es administrador de la creación de Dios.
En las primeras páginas del primer libro de la Biblia se nos presenta a Dios como el Señor todopoderoso del universo. Lo reafirmamos en el Credo. De la nada, utilizando unas simples palabras, Dios dio existencia al mundo. Lo creó como su reino y su templo, el espacio en el que se hace presente su presencia santa, el espacio en el que puede recibir un culto de amor.
Al séptimo día, como colofón a su obra creadora, Dios creó al hombre y a la mujer. Los situó en el centro de su creación invitándoles a participar en su gran obra con la finalidad de convertir el mundo en su templo y su reino, el lugar donde habitar para darle gloria.
El programa que nos encomienda no es baladí: cultivar y cuidar el jardín de la creación, ser fructíferos y multiplicarse y tener dominio sobre las criaturas del mundo. Es decir, administrar la tierra.
Todo cristiano sabe que gobernar implica servir. Los seres humanos estamos invitados a gestionar la creación de Dios con equidad, santidad y justicia. Todo lo que hay en la tierra y todos los que habitamos en ella formamos parte de la obra de Dios y somos propiedad suya. Es nuestro deber proteger la creación: la naturaleza y la vida.
Los hombres no somos propietarios de la creación, somos sus meros administradores. En su plan divino, todas las cosas buenas de esta tierra están pensadas para el disfrute del hombre. Por eso, a través de nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, Dios quiere que imitemos su mismo trabajo creativo, empleando todos nuestros talentos y recursos para desarrollar  y transformar con armonía, belleza y equidad todos los bienes que nos ofrece la naturaleza. Los seres humanos, desde el momento mismo de la creación, estamos hechos para sustentar la obra creadora de Dios, ser sus colaboradores en la creación y eso incluye preservar la vida humana, ayudar a crecer la familia, extender su reino hasta los confines de la tierra y crear un mundo donde la verdad y la justicia, el amor y la caridad, el servicio y la santidad sirvan para glorificar al Creador.
En nuestra identidad de hijos de Dios cada hombre y mujer está predestinado a ser administradores y mediadores entre Dios y el mundo creado por Él. Y eso te sitúa ante una realidad extraordinaria: ¡Darse cuenta de lo que uno es! ¡No despreciar lo que es admirable en mi! Ni los cielos, ni las aguas, ni la luna ni el sol, ni los valles ni las montañas, ni los ríos, ni los árboles, ni las flores… nada lo que se puede contemplar en la creación ha sido hecho a imagen de Dios como lo soy yo. Nada de todo lo que existe es más grande que mi propia creación. La persona humana es la gran obra maestra de Dios. ¿No es este motivo suficiente para darle gracias al Creador?

IMG_5659.JPG

¡Gracias, Señor, por la obra maestra de tu creación! ¡Gracias por que en cada rincón del mundo es posible testificar tu obra grandiosa que es la naturaleza! ¡Gracias también, Padre, por tu obra que es el hombre! ¡Cuando miro al cielo azul veo la obra exquisita de tus manos, las nubes que has creado, la silueta de las montañas que ahí has colocado, el esplendor de la luz del sol… todo coronado de gloria y esplendor, porque todo lo que tu haces es perfecto! ¡Gracias, Padre, por regalarlos tantas cosas hermosas, tantas maravillas, tanto que disfrutar y gozar! ¡Gracias, Padre, por todo lo que existe que es obra tuya, todo lo que nos rodea que es causa de tu amor! ¡Gracias, Padre, porque cada elemento de la creación es causa de alabanza! ¡Gracias, Padre, por abrirme los ojos a la hermosura de tu obra creadora, mis oídos a escuchar los sufriros del viento en esta tierra que me permiten sentir tu voz suave y tierna, por mis labios que pueden aclamar y alabar tu obra santa! ¡Gracias, Padre, por disfrutar de momentos tan hermosos y bellos! ¡Gracias, porque me sostienes con tu amor y me abres cada día las puertas de tu bendición, de tu misericordia y de tu amor!

Silencio y complicidad con Dios

¡Qué hermoso es hablar sobre las cosas bonitas que nos ocurren! ¡Pero más bonito tal vez es saber apreciar esas cosas mirándolas desde el silencio!
Ayer viví con mis dos hijos pequeños una experiencia muy hermosa. Fuimos de excursión toda la familia a un cala rodeada de bosques y caminos de ronda. Los dos pequeños y yo dimos un paseo por uno de los caminos que se asoman sobre acantilados rocosos mientras el resto tomaba el sol en la playa. Una hora y media de caminata entre bosques de pinos mediterráneos y caminos estrechos de tierra y de piedra. El pequeño, cogido de la mano de su hermana, una joven universitaria con una gran profundidad humana y espiritual, no paraba de hablar. Yo iba detrás escuchando su conversación. Era una metralleta de preguntas —«¿Por qué esto, por qué lo otro…?»—que su hermana respondía como podía porque en la vida no todas la preguntas son fáciles de responder cuando quien las formula lo hace desde la óptica de la inocencia.
El sendero por el que transitábamos se fue haciendo más dificultoso y nuestro paso iba aminorando a medida que las cuestas se hacían más pronunciadas. Sin embargo, una mirada hacia el horizonte deleitándose con el mar y el paisaje te permitía relajar el cansancio y disfrutar de la belleza del entorno y de la creación. De vez en cuando les decía a los niños: «mirad que bonito como las olas se rompen en las rocas», «fijaos en esto o en lo otro…». Mientras la mayor hacía caso el pequeño seguía a lo suyo con su monólogo interminable de preguntas. Llegamos al final del sendero y la música del parloteo no cesaba.
En el momento de regresar, con el peso del esfuerzo en nuestras piernas, las preguntas cesaron. Y durante un largo rato el silencio acompañó la caminata. Llevábamos un rato andando y mi hija se agachó de repente y tomó con delicadeza con sus manos un tritón de la familia de los lagartos. Y se lo dio a su hermano. El niño, alegre con aquel regalo, dijo: «¡Oye, tu siempre descubres cosas interesantísimas! Ella le respondió de inmediato: «¿Sabes por qué? Porque cuando voy por los sitios todo lo que me rodea lo observo en silencio».
Seguimos caminando. Aquel tritón aleccionó un nuevo cuestionario y mil preguntas recurrentes. Yo seguía caminando detrás de ellos, observándolos y recapacitando la respuesta de mi hija. Comprender que en el silencio de la vida es posible descubrir las cosas y mientras que en medio del ruido uno no se detiene en lo esencial, en lo bello, en lo delicado, en el pequeño detalle.
Cuando nos quedamos solos le dije a mi hija que su frase había sido muy aleccionadora para mí. «Papa, es en el silencio donde más complicidad tienes con Dios y más oportunidad tienes para disfrutar del entorno».
¡Es increíble que unas olas rompiéndose en las rocas, un camino de ronda, unas nubes blanquecinas deslizándose en el horizonte, un tritón cogido de debajo de una piedra, el sol irradiando sobre el mar en calma… demuestren la belleza y el poder de Dios! Con qué lentitud y quietud hace el Señor cosas majestuosas como un espectáculo de luz, o cualquiera de sus magníficas y bellas obras de arte que constituye el entorno en el que vivimos. Y es verdad. Toda la tierra está repleta de la gloria de Dios. Cada día la creación exclama: ¡Que glorioso es el Señor! ¡Que grande es Dios creador de todo! ¡Gloria al proveedor de todo! ¡Dios es amor! ¡Dios mío, estás aquí en el silencio de la vida y que cerrazón la nuestra para no reconocerte!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Gracias, Señor, porque la creación nos habla siempre de Ti! ¡Gracias porque cada día puedo sentir la verdad de todo, que Tu existes y nos das la vida, la belleza de las cosas, el silencio para apreciarte, la grandeza de tu amor! ¡Gracias porque puedo saborear incluso tu presencia mientras disfruto con el primer té de la mañana! ¡Gracias porque incluso puedo escuchar tu susurro en el canto de un pájaro! ¡Gracias, Señor, porque la creación misma está llena de tu gloria y de tu amor! ¡Gracias, Padre, te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres el Amor mismo, el creador, la belleza detrás de toda belleza! ¡Alabado seas por siempre, Padre! ¡Gracias, Padre, porque la vida misma y todo lo que le rodea anuncia de manera hermosa la gran obra que sale de tus santas y amorosas manos! ¡Qué hermoso, Señor, pensar que en el silencio de la vida puedo apreciar la grandeza de tu creación y Tu, que eres el gran artista, permaneces humildemente en un segundo plano! ¡Concédeme, Señor, la gracia de detenerme a admirar en silencio y en oración la gran obra de tus manos! ¡Alabado seas, Señor, por todo lo que nos ofreces! ¡Gracias por la armonía de la vida y la belleza de tu creación! ¡Y gracias, Señor, también por los hijos que has puesto en mi vida para que los custodie y les hable de tu amor, son el mejor regalo de tu creación!

Dios de la creación, cantamos hoy:

¡Cuánta belleza, amor y misericordia en el Creador!

Hay multitud de cosas y situaciones que uno no es capaz de ver, pero aunque no fijas la mirada en ellas se encuentran ahí. Por mucho que las miras te pasan desapercibidas. Me ocurre, tal vez, por mi falta de profundidad.
Cuando eso ocurre le pido al Señor que me ayude a observarlas, para ser capaz de ver aquello que mi realidad me impide ver. Uno siempre alardea de ser perceptible a todo lo que le envuelve pero si mira su interior comprende que no es así. Hay mucha ceguera en nuestra vida; para muchos asuntos trascendentales que nos envuelven somos auténticos invidentes.
¡Qué hermoso es cuando escarbas en tu interior para hallar aquella palabra que recree tu estado de ánimo real, cuando elevas tu oración al Padre, cuanto tu oración se impregna de realismo y de sinceridad porque lo único que anhelas es hacer la voluntad de Dios!
¡Qué hermoso cuando tus ojos traslucen verdad y te permiten ver con nitidez lo que anida tu corazón para, desde la objetividad, cambiar aquello que debe ser transformado del interior!
¡Qué hermoso cuando te pones en manos de Jesús y dejas que su misericordia actúe en Ti, que toque la puerta del corazón para permitirle entrar, para dar luz donde hay oscuridad, para ordenar aquello que está descolocado, para dar profundidad a lo que realmente es importante, para dar sentido a lo que tantas veces nos aparta de la verdad!
¡Qué hermoso es ser consciente de la hermosura de la vida, con sus amagos lógicos; el comprender que en lo pequeño está lo grande, que en las cosas aparentemente feas también hay grandes dosis de hermosura, que hay cosas que parecen yermas pero pueden dar abundante fruto!
¡Pero lo más hermoso, que tantas veces nos pasa desapercibido, es que hay gran belleza, amor y misericordia en el Creador! ¡Basta abrir los ojos y el corazón para poderlo ver!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, ayúdame a tener siempre la mirada atenta, el corazón presto, la mente abierta, el alma limpia para acercarme a Ti y ser capaz de ver todo lo que sucede a mi alrededor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver siempre la luz para no caminar a oscuras, para comprender siempre tu voluntad, para valorar cada situación de mi vida, para aprender a vivir con alegría, para no dejarme vencer por el decaimiento, para crecer a tu lado, para esperar siempre ese milagro que tienes preparado para mi, para ser siempre agradecido con lo que recibo de tu mano o por medio tuyo de los demás! ¡Llena, Señor, mi corazón de amor para ser capaz de transmitirlo a los demás, para llevar alegría al mundo, para ser testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias, Señor, por la maravilla de la vida que, aunque esté impregnada a veces de dificultades y sufrimientos, es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Señor, por la alegría de vivir, por darme la oportunidad de embellecer cada momento de mi existencia con tu presencia, la presencia de los que quiero y las cosas maravillosas que puede contemplar y vivir! ¡Gracias, Señor, por el milagro de la vida, de la esperanza, de la confianza ciega que tengo depositada en Ti! ¡Gracias, Señor, porque me das la libertad de equivocarme y rectificar, de corregir mi vida, de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia y por tu amor!

Bendita tu luz, cantamos con Maná y Juan Luis Guerra:

Las estrellas que insinúan a Dios

El pasado fin de semana, el del domingo de la Misericordia, lo disfrute, rodeado de personas a la que estimo, en un santuario en lo alto de una muela. Fueron dos días hermosos de oración, amistad y contemplación. Y de mucha gracia y Misericordia derramadas.
El sábado por la noche, antes de la cena, pese al frío de la jornada y que amenazaba lluvia, salí a dar un breve paseo por el entorno para contemplar la noche. Subí hasta una cruz que preside el valle desde las alturas de un peñasco. Las pocas estrellas que se vislumbraban dejaron una profunda impronta en mi corazón. La grandeza del universo, al igual que ocurre con la grandeza de Dios, es la representación de la belleza viva de la vida.
La inmensidad del cielo con esas estrellas brillando se convirtió en el gran cuadro de la belleza que impregnó el corazón del hombre antiguo. En la desnudez de su vida, sin apenas posesiones, su auténtica posesión era asombrarse por la belleza de la creación. Sentí entonces mi propia desnudez humana. Reposando sobre un pedrusco contemplé durante unos largos minutos la profundidad de la noche maravillado por la hermosura del cielo bañado por aquella diminuta lluvia de estrellas y comprender el significado de tanta belleza: la insinuación del Creador.
Allí en lo alto estaba Él, el Dios amor, el que les dio su brillantez, su ubicación, el que las puso en movimiento el cuarto día de su hágase la luz: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra. Y así fue».
Al día siguiente por la mañana amaneció lluvioso. Al regresar por la tarde pasé junto a la cruz, y aunque debido a la lluvia no puede contemplar el paisaje desde la perspectiva de la luz, recordé las veces que había disfrutado de aquella visión del valle. Y también me habló de Dios, porque el valle cubierto de nubes me recordó que todo es creación suya. Es imprescindible tener una actitud de asombro y abrir el corazón para contemplar las maravillas de la creación.
Nos acostumbramos a la belleza que nos rodea y olvidamos que esa belleza, haya luz u oscuridad nos habla, sobre todo y por encima de todo, de Dios.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, ábreme los ojos a tu Creación, no permitas que permanezca ciego ante las maravillas que tu mismo has creado; concédeme la sensibilidad y la apertura de corazón para ser consciente de tanta belleza creada por Ti! ¡Te doy gracias, Padre, por la belleza del mundo, por tanta hermosura, por tanta maravilla que nos rodea y es obra tuya! ¡Gracias, Padre, por cada nuevo día que nos regalas, por abrir mis ojos a lo que tu has creado, que es en si mismo una oración que mis labios pueden cantar como alabanza! ¡Te alabo y te doy gracias, Padre, porque todo es fruto de tu mano poderosa, todo está impregnado de tu presencia, de tu amor y de tu ternuras! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque es tu luz la que guía el mundo e ilumina mi corazón para ser consciente de la bondad de Dios! ¡Enséñame a descubrir con admiración tanta belleza no solo del universo sino también la belleza del corazón de los hombres, la gran obra creadora de Dios! ¡Hazme ver en cada uno de ellos el rostro del Creador! ¡Gracias, Padre, por la vida, por poner en mi Tu Luz! ¡Gracias, Padre, porque me has dado el don de la vida para ver lo exterior y vislumbrar mi interior! ¡Gracias, Padre, porque cada día puede contemplar las maravillas y los sonidos de Tu Creación y porque me permites escuchar tus susurros en todo aquello que habla de Ti! ¡Gracias, Señor, por tu gran amor y tu infinita misericordia!

Canción de acción de gracias por la creación:

Ser imagen de Dios

Tomé ayer de madrugada un avión para regresar a mi país. En las alturas uno se hace consciente de que, en la creación, Dios se manifiesta a sí mismo como Padre, ya que está en el origen mismo de la vida, y al crear, manifiesta todo su poder. Si el Padre es quien engendra y da vida, ¿por qué en el Credo tenemos que especificar que Él es el creador del cielo y la tierra?
Afirmando que Dios es el creador del cielo y la tierra reconozco que la creación no es el resultado del azar. Dios creó el mundo de la nada y llamó a todas las cosas a la existencia. Así, todo lo que existe depende de Dios y, por lo tanto, tiene la consistencia que Dios le da. Es lo que leemos en el primer versículo de la Biblia: «En el comienzo Dios creó el cielo y la tierra». Como cristiano me gusta pensar que Dios es el origen de todas las cosas y que en la belleza de la creación se desarrolla esa omnipotencia del Padre que ama.
Toda la historia de la Biblia te enseña que las personas elegidas ven en Dios el origen de todas las cosas y el creador de todos los elementos del mundo. Dios es el creador del universo en evolución. Él es el principio y el fin. Él crea este universo permanentemente y lo mantiene en su despliegue.
Confesar que Dios es creador es confesar a un Dios que actúa a lo largo de la historia de la humanidad. Y eso me lleva a profundizar en que he sido creado a imagen y semejanza de Dios. Imagen suya desde el primer momento de mi concepción. Y esta dignidad está presente en cada etapa de mi vida por lo que tengo el deber acoger esta verdad que me permite avanzar en mi camino hacia la salvación.
Ser imagen de Dios es un don gratuito y especial que Dios nos regala. No es una conquista humana ni obra fruto de nuestro esfuerzo. Por eso, le quiero corresponder a Dios reconociendo este don, agradeciéndole esta donación, haciendo crecer en mi vida los frutos que Él me da y testimoniando con compromiso y valentía en mi propio hacer de cada día, el ser imagen de este Dios que es puro amor. ¡Gracias, Dios mío, por esta oportunidad!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Dios mío, por darme la oportunidad de crecer cada día de mi vida siendo imagen y semejanza tuya! ¡Tu, Padre, quieres que manifieste en cada momento un aspecto particular de tu esplendor infinito y no te quiero defraudar! ¡Quieres, Padre, que se haga en mi el proyecto que tienes pensado para mi vida y quiero hacer tu voluntad y no la mía! ¡Quieres, Padre, que esté destinado a entrar en la eternidad alegre de la vida con mi propio itinerario vital y quiero seguir este camino vital! ¡Te doy gracias, Padre, porque habiendo sido creado a tu imagen y semejanza me permites conocerte y amarte en libertad y reconocer tu Creación! ¡Te doy gracias, Padre, porque nos has creado a los hombres amándolos y nos llamas a participar por medio del conocimiento y del amor en tu vida divina! ¡Te doy gracias, Padre, porque nos permites entrar cada día en comunión contigo y con Jesús y con las personas que nos rodean! ¡Te doy gracias, Padre, porque habiendo sido creado a tu imagen y semejanza me implicas en mi dignidad como ser humano, en mi reacción contigo, conmigo mismo y con los demás! ¡Te doy gracias, Padre, porque mi dignidad como persona se realizar por venir de Ti y quiero utilizar la inteligencia y las capacidades que me das, los talentos y la libre voluntad que me has regalado para ordenarlo todo para hacer el bien y alcanzar la felicidad eterna que nos has prometido por medio de Jesús! ¡Padre, tus nos dices en el Génesis que después de haber creado las cosas de este mundo viste que todo era una cosa buena pero que, después de haber creado al hombre, viste que cuanto habías hecho era algo muy bueno, te pido que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a crecer en santidad y responder a esta bondad que Tu esperas de mi!

Celebro con gozo esta idea de ser imagen y semejanza de Dios con esta maravillosa cantata de Bach: Jauchzet Gott in allen Landen (BWV 51) (Regocíjate en todas las tierras)

Impregnar el tiempo de silencio

Las horas, los días, las semanas, los meses transcurren a una velocidad que sorprende. Con frecuencia te quedas sin tiempo para ti. Y para el Señor.
En los últimos tiempos por motivos profesionales me veo obligado a viajar con frecuencia a destinos muy alejados de mi residencia habitual. Horas interminables de avión en las que saboreo los tiempos silenciosos de Dios. Horas que te permiten, en la soledad del espacio, impregnarlo todo de silencio. Tiempos para sentir que Él viaja a mi lado, acompañándome en un encuentro de corazón a corazón. Tiempos largos de silencio para meditar un texto, impregnarlo y alimentarlo en el corazón. Grandes tiempos de gracia para un encuentro muy próximo con el Señor. Hay ocasiones que es una gran bendición ese encuentro en la alturas con el Amor.
Estos viajes de horas me han llevado a amar el silencio. En ese silencio que te lleva al encuentro con el Maestro. El silencio que te invita a mirar a Dios. El silencio que te enseña a acomodar los ojos de tu corazón al rostro misericordioso del Padre. Ese silencio que te permite valorar la grandeza de la creación pues en las alturas los reflejos de la belleza del Creador se hacen más claras. El silencio que te permite dar gracias por la grandeza de la vida. El que te permite discernir el valor las cosas obsequio del Creador, las huellas de su bondad infinita. El silencio que te ayuda a impregnarlo todo con la mirada del amor, origen y fin la historia personal de cada ser creado por Dios. El silencio que te ayuda a abrir el corazón para comprender los vacíos que hay en él, las puertas que se abren cuando todo parece no tener salida ni oportunidad. El silencio que te ayuda a vislumbrar en ti el verdadero rostro del Señor.
Él es quien te obsequia con la mirada interior de fe.
Llenarse del silencio me predispone a la oración, a reconocer la voz de Dios pues Él habla en el silencio y es necesario saberlo escuchar. Para mí los largos viajes en avión se convierten en un claustro simbólico, porque es ese espacio cerrado abierto hacia el cielo, en el que disfruto de horas de intimidad con Dios.

orar con el corazon abierto.jpeg

¡Gracias, Señor, por esos silencios que me regalas! ¡Tus silencios son, Señor, la respuesta a muchas de mis preguntas! ¡Son silencios de paz, Señor, y te los agradezco porque aminoran el ruido que me envuelve! ¡Señor, muchas veces comprendo mejor tus silencios que otras respuestas más sonoras que me ofreces! ¡Gracias, Señor, porque en tus respuestas silenciosas hay un amor muy grande! ¡Gracias, Señor, porque aunque no lo merezco y bien lo sabes me inundas de tu luz y de tus silencios! ¡Gracias por esa luz que se origina en tu presencia y gracias por esos silencios tan sublimes que se esconden en mi corazón miedoso! ¡Perdona, Señor, cuando tantas veces interpreto tus silencios como ausencias pero es por mi orgullo y mi soberbia que me ciegan el corazón y me cierran el alma a todo regalo de tu gracia! ¡Gracias, Señor, porque en tu silencio te haces presente en mi vida en cada instante! ¡Gracias, Señor, gracias por todos tus silencios llenos de amor y de misericordia!

El sonido del silencio, canción tan adecuada a la meditación de hoy:

Dejarse hacer por Dios

Escucho en los últimos tiempos con relativa frecuencia el término «soberanía». Pienso ahora en este término desde la perspectiva y la visión de Dios. «Soberanía» significa que el Dios sabio, sapiencial, todopoderoso, que todo lo conoce porque ha sido creado por Él, reina mucho más allá de donde nuestra comprensión alcanza a entender.
El plan de Dios abarca el universo entero y su poder se extiende sobre todas las cosas y todas las criaturas. Ese plan es perfecto y armónico aunque uno no comprenda los por qué de lo aparentemente negativo o despreciable que sucede ni de lo hermoso y agradable que acontece.
Pero lo cierto es que la soberanía de Dios ejerce un amplio dominio, especialmente sobre los corazones heridos, sobre la fragilidad del hombre, sobre cualquier limitación que uno encuentre, sobre los momentos de mayor impotencia y sufrimiento. La soberanía de Dios se manifiesta en el ejercicio de su misericordia, en el ejercicio de su gracia, en el favor mostrado hacia quien nada merece.
La soberanía de Dios es tan grande y omnipotente que, aunque uno sea incapaz de explicar las razones, Él sí las comprende. Y cuando comprendes el plan de Dios en tu vida, en el silencio de tu corazón, sientes como te susurra: «Yo, Hijo mío, que tanto te amo lo comprendo todo porque este es el plan que tengo pensado para ti». Y, en estas circunstancias, ¡como no vas a aceptar con amor la soberanía que Dios ejerce sobre Ti! Es, simplemente, el dejarse hacer y moldear por Dios, el alfarero divino, y aprender a vivir confiando en Él en cualquiera de las circunstancias de tu vida.

orar con el corazon abierto

¡Padre, soberano de todo lo creado, en ti confío! ¡Pero para confiar en Ti, Padre bueno, tengo que conocerte íntima y personalmente; tengo que tener una relación más personal contigo buscándote en la oración, en medio de mi dolor y de mis alegrías, en cualquiera las circunstancias de mi vida… y descubrir que en Tí se puede confiar siempre! ¡Padre bueno, eres soberano en el ejercicio de tu misericordia y en este ejercicio demuestras compasión por los desventurados como yo; que tu gracia sea el favor de lo que nada merezco! ¡Dios de amor, te pido como alfarero divino que moldees mi vida para convertirme en un vaso de honra y dignidad a semejanza tuya! ¡Tu siempre buscas mi bien y deseas mi salvación eterna, tu has buscado la intimidad conmigo desde la eternidad, te doy gracias por ello, Padre, porque es lo que más deseo! ¡Tu me otorgas la libertad para elegir; tu sabes las veces que temo equivocarme por mi debilidad, mi indecisión por el camino que debo tomar, por mis confusiones vitales y porque no siempre es sencillo saber qué deseas y que es lo que más me conviene! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Padre, para que se cumpla tu voluntad en mi y esté siempre acertado en mis decisiones! ¡Quiero lo que tu quieras, Padre, y si cumplo tu voluntad todo me será favorable! ¡Quiero dejarme hacer por Ti y vivir en la confianza plena! ¡Dame la sabiduría para cumplir tus mandamientos y aceptar tu voluntad que en las circunstancias concretas de la vida no siempre es fácil! ¡Padre, y cuando no entienda envía tu Espíritu para ver con claridad la manera de agradarte y aceptar tus designios que son siempre para mi bien!

Soberano Dios, el canto para acompañar la meditación de hoy:

Entender la cruz junto a María

Cuarto sábado de abril con María en nuestro corazón. Un día para tener muy presente a la Virgen que con tanto sufrimiento acompañó a su amado Hijo en el camino de su Pasión. Y en este caminar después de la Resurrección aprendimos de Ella esa lealtad, ese amor incondicional y ese cariño de Madre cuando todos habían abandonado a Cristo, como hago yo tantas veces vencido por la comodidad y el desánimo de cada día. Toda la vida es semana de Pasión porque hay muchas cruces que llevar, por eso quiero ir de la mano de María en esas horas amargas de profundo e intenso dolor por ese Hijo que murió para redimirnos del pecado.
Estos últimos días he mucho observado mucho sufrimiento humano en diversas circunstancias y en ambientes diferentes. Pero esas vivencias me han permitido entender también que la Cruz de Cristo entra en el orden humano de la cosas y que el sufrimiento, como el que padeció María, y como el que sufrimos todos, tiene un elemento maravilloso de corredención porque proviene de Cristo mismo y porque, aunque sea difícil de entender, permite colaborar con Él en la redención del mundo.
Cualquier historia humana es una historia de dolores, de sufrimientos, de aflicciones. Pero eso no le da un cariz negativo a la vida. En el padecimiento también surge el amor. Y ahí está el ejemplo de la Virgen. Sufre por Cristo porque lo ama. Trata de consolarle porque lo ama. Padece con Él porque lo ama. Obedece la voluntad del Padre porque ama. Y en esa fidelidad es testigo de la Resurrección. Ese es el amor sin medida. Y donde todo se hace por amor está la plenitud, sentido final de la creación del mundo.

¡María, Señora de los dolores y del amor hermoso, dame la fortaleza para aceptar todos los sufrimientos de mi vida! ¡Y cuando me embargue el cansancio, o el dolor, o la tristeza, o la indiferencia de la gente, o la amargura por mis fracasos, o el sufrimiento por la enfermedad, o la incertidumbre por la carestía económica, o el abandono de los que pensaba eran mis amigos… ayúdame a postrarme a los pies de la Cruz como hiciste Tu Madre, y que siga tu ejemplo de amor en la dudas que me atenazan! ¡Que mi amor a los demás sea un amor sincero y desmedido! ¡Y al igual que hiciste Tu, María, ayúdame a apartar mis yos, a olvidarme de mi mismo para poner por delante a Dios y todos los que me rodean por amor a Tu Hijo! ¡Quiero acogerte, María, en mi corazón de piedra; necesito de tu presencia porque en mi pequeñez, contando con tu ayuda, podré tener una relación más estrecha con Cristo y comprender que todo dolor en mi vida, si lo sé llevar con ánimo cristiano, es un acto verdadero de amor!

Un Stabat Mater para este sábado acompañando a María los días posteriores a la pasión de su Hijo:

Dios ama mi nada

Mi hijo de nueve años se sienta ayer sigilosamente a mi lado en el sofá del salón. Cierra la Biblia infantil que lleva entre sus manos. La coloca sobre sus rodillas y me pregunta curioso: «Antes de que Dios creara el mundo… ¿Qué había, papá?».  «Nada», respondo tajante.  «¿Nada? Es imposible que no hubiera nada», contesta incrédulo y poco conforme con mi respuesta. «No, no había nada. Ni el cielo. Ni la tierra. No existían las estrellas. Ni el sol. Tampoco existían los océanos. Solo existía Dios. Y en el pensamiento de Dios estábamos tú y yo. Y tu madre. Y tus hermanas. Y tus abuelos. Y tus tíos. Y tus profesores. Y tus amigos del colegio. Todos estábamos en el corazón de Dios. Y a todos nos envolvía con su amor». «Pero si no había nada y no existíamos, ¿por qué dices que nos quería?», insiste. «Precisamente por esto, porque el amor de Dios es eterno».
La conversación continúa varios minutos pero el mero hecho de rememorarla en la oración de hoy provoca en mí un consuelo increíble. Y de emoción profunda. En el universo no existía nada pero la ternura misericordiosa de Dios todo lo cubría. Conmueve pensar que no habiendo nada Dios amara profundamente esa nada; que la gratuidad del amor de Dios se fundamenta en amarme, simplemente, por nada. Y que Dios me ama para hacerme bueno no porque intrínsecamente lo sea sino porque el amor de Dios es incombustible, duradero, eterno. Es un amor que se sustenta sobre la nada, mi propia nada. Y eso es, precisamente, lo que permite transformar mi corazón, mis actitudes y mis obras. Dios fija su mirada en la pobreza y la fragilidad de mi vida. Y ama esa nada y esa insignificancia. «Señor, ábreme los labios para que mi boca proclame tu grandeza y mi nada y mi pobreza exulten en alabanza».

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, Tú me amas porque soy un hijo amado, creación tuya! ¡Me amabas antes de la creación del mundo y me amas ahora que te soy tan ingrato tantas veces! ¡Y cuánto me cuesta a mí amar al prójimo! ¡Cuánto me cuesta reconocer mi pequeñez, mis torpezas, mi insignificancia, mi fragilidad y mi miseria! ¡Mi corazón debería estar rebosante de alabanza y gratitud pero se cierra muy a menudo al amor y me olvido con frecuencia de darte gracias! ¡Señor, tu me amas y me envuelves con un amor eterno y en cambio mi amor es volátil, frágil e interesado! ¿Qué puedo darte a cambio de este amor tan humano más que mis pecados para que los cubras con tu amor y tu misericordia? ¡Señor, gracias! ¡Gracias porque bendices mi vida y nunca te alejas de mi lado! ¡Tu, Señor, eres mi ayuda y mi consuelo! ¡Gracias por este amor tan grande que todo lo perdona y todo lo restaura! ¡Gracias porque este amor me sostiene siempre ante las adversidades y me fortalece ante las dificultades! ¡Soy poca cosa, Señor, pero soy tuyo y siento como me amas!

Con Danilo Montero cantamos Dios me ama:

Admirar y anhelar la belleza

Caminando por la ciudad observo los anuncios en las paradas de los autobuses, en los paneles de las calles, en las fachadas de los edificios. La mayoría de esta publicidad presenta una belleza ilusionista con una impresionante habilidad para tentar al hombre y empequeñecerlo haciéndole vulnerable ante la tentación. Todo debe ser amado. En la contemplación de la cosas y de la vida siempre hay un elemento de belleza. La rosa que has regalado a tu mujer pero se va marchitando con el paso de los días; el dálmata de tu vecino; el gesto risueño de ese niño que se sienta a tu lado en el metro; la sonrisa de tu hijo o de tu mujer; el cuadro que has admirado en un museo; el amanecer a orillas del mar; la conversación bajo una noche estrellada; la música de James Blund que te recuerda aquel momento hermoso de tu vida. En todos estos momentos hay una relación muy íntima y personal con la eternidad.
Por eso es necesario dejarse admirar por la belleza del momento y de las cosas, descubrirla, anhelarla, incluso aunque lo observes en el barrizal de tus problemas y angustias, para elevarla a Dios, Creador de todas las cosas. Pero no hay que quedarse ligado a la belleza porque la belleza se presenta sólo como un rayo luminoso y el hombre no está hecho para una luz fugaz sino para la inmensidad del sol, no para la oscuridad de ese mar tenebroso sobre el que se reflejan sus rayos.
Es el motivo por el que en el mundo reine el desencanto porque nos obstinamos a agarrarnos a lo temporal, a lo material, a lo que nos es duradero. Olvidamos que la belleza no refleja más que la verdad y que está, en su esencia más elevada, es Dios.
Cada vez que el corazón del hombre se abre a la belleza de las cosas, y trata de percibir las cosas en su verdadera esencia, se va abriendo a Dios, lo interioriza, y parte de ese cielo que nos corresponde penetra en nuestro corazón.

08

¡Señor, te pido me ayudes a cambiar ese materialismo de mi corazón que no me permite los momentos de contemplación, de alegría para ver las cosas con el único fin de admirar su belleza! ¡Señor, ayúdame a detenerme a mirar la belleza de la Creación, ayúdame a orar con ese simple gesto que es mirar al cielo y darte gracias por todo lo que me das! ¡Señor, quiero aprender de Ti y mirar hacia el cielo y dejar que el cielo entre en mi! ¡Padre, creador de todas las cosas, gracias por la belleza que has puesto en todas tus creaciones! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites admirar la fuerza y la belleza de todo lo que me rodea! ¡Te pido que ayudes a todos tus hijos a ver esta misma perfección para respetar el entorno en el que vivimos! ¡Te pido también, Padre, que ayudes a los que no creen en Ti que no duden de tu sabiduría para darle a cada una de tus creaciones la posibilidad de ser una extensión viva de tu perfecto amor! ¡Padre, Tu que eres el Señor de la ternura, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que sepamos cuidar y respetar la vida y la belleza que ésta lleva implícita por venir de Ti!

La belleza también está en la música como en esta Cantata espiritual del compositor barroco italiano Benedetto Ferrari (c.1597-1681):