Fundamentalista

Ser coherente con la fe cristiana y católica implica un gran desafío. Alguien me llama fundamentalista por la simple razón de defender mis ideas cristianas. No trato de razonarlas desde lo estricto de la ley sino desde el amor pero aún así mi interlocutor me considera «fundamentalista». Y no me gustaría parecerlo aunque el término fundamentalismo se ha radicalizado y lo utilizamos con mucha ambigüedad.
Pero llevado a la oración sí soy «fundamentalista». Y lo soy porque declaro con total libertad lo que creo y lo que pienso desde la cortesía y el amor, desde la fe y desde la tolerancia. Mis creencias cristianas me impiden renunciar a principios básicos como el respeto a los pensamientos ajenos aunque difieran completamente de los míos.
Pero comprendo qué es ser «fundamentalista» para muchos. Es no entender que mis creencias se resumen en el Credo, la oración que comienza estableciendo la base de mi fe: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso. Pero no solo lo pienso sino que lo siento, lo proclamo, lo canto, lo misiono, le alabo y le doy gracias. Creo que Dios existe y que me ha creado para la santidad y lo ha hecho junto a todas las bellezas del Universo. Creo en su amor, en su poder, en su sabiduría y, sobre todo, en su misericordia.
Y desde estos principios, creo en todo lo demás. Creo en Jesucristo, su Único Hijo. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Y creo en la Palabra de Cristo, en sus mensajes, en su amor, en su Buena Nueva, en el estilo de vida que trató de inculcarnos. Creo que soy imperfecto pero desde esa imperfección abrazo la fe y trato de vivir coherente con los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor.
Por tanto, creo en la verdad y la Palabra reveladas como también en la gracia y los dones que vienen del Espíritu. Creo porque la Iglesia nos ha dejado un Catecismo que es una escuela de vida, una Biblia que compendia la presencia de Dios en el mundo y una institución que aunque, formada por hombres, es creación de Cristo: la Iglesia es imperfecta humanamente pero perfecta espiritualmente.
Y como católico creo en el papel de los cristianos en el mundo, en nuestro rol en la transformación de la sociedad, creo firmemente en la defensa de la vida, en la justicia, en la familia, en los valores cristianos, en el respecto al prójimo, en el valor de la persona y su dignidad tantas veces pisoteada, en la libertad y la tolerancia, en la oración que puede transformar el mundo y las conciencias de los hombres, en mostrarme inconformista ante los ataques que sufrimos los cristianos y ante el relativismo y el totalitarismo que impera en la sociedad.
Así que no me importa que me consideren «fundamentalista» porque yo testimonio a Jesús que es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Mesías, único Hijo engendrado de Dios, Dios y hombre verdadero.
Cuando a uno le consideran «fundamentalista» en este tiempo por ir en contra de las imposiciones de la mayoría que trata de destruir la esencia de la doctrina social del cristianismo tiene que sentirse alabado. Quiere decir que es coherente con su fe y con su credo, que contiene los principios y las creencias fundamentales de la fe cristiana.

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¡Padre, creo en Ti y te reconozco como el Dios que me ha creado y ha creado el universo; creo en tu poder, en tu amor y en tu misericordia! ¡Creo firmemente que eres el autor de todo lo creado! ¡Señor, creo en Ti, que eres Jesucristo, Nuestra Señor, el ungido de Dios y que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y viniste al mundo para testimoniar la verdad y salvarnos del pecado! ¡Creo en Ti, Espíritu Santo, te reconozco como la tercera persona de la Santísima Trinidad, mi abogado, maestro y consolador, que has sido enviado a mi corazón por Dios para que reciba la nueva vida de ser hijo suyo! ¡Os pido, Santísima Trinidad, coherencia para hacer de mis pensamientos y mis acciones una unidad, que no se contradigan nunca para ser testimonio de verdad! ¡Os pido fortalecer mi voluntad, para que mi conducta sea siempre impecable ante vuestros ojos y los ojos de los hombres, para que mi ser y hacer sean ejemplo de autenticidad! ¡Que no me deje llevar nunca por el que dirán y hacer como Tu, Señor Jesús, que viviste de acuerdo con tu manera de pensar y de sentir sin transigir en lo que estabas de acuerdo por sencillo y pequeño que esto fuera! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a caminar siempre en perfecta sintonía con Dios! ¡No permitáis que mis actitudes sean egoístas y busquen solo mi propio beneficio! ¡No dejéis que haya tibieza en mi vida y que no renuncie jamás a los principios cristianos que son innegociables! ¡Ayududame a caminar por las sendas de la verdad que Jesús marcó en los Evangelios! ¡Ayúdadme, sobre todo, a ser coherente en mi fe y mis creencias y ser valiente en mi vivir cristiano! ¡Y os pido por los que no creen para que algún día los valores supremos de la vida llenen su corazón de gozo y de amor!

Creo en ti, hermosa canción de Monseñor Marco Frisina:

Profundizar en la fe de María

Último sábado de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la claridad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

Para cerrar el mes disfrutamos de este motete de Francisco Cavalli O quam suavis et decora:

Testigos reales de la resurrección de Cristo

La Pascua es el día más solemne del calendario cristiano. Es la celebración más profunda del corazón de nuestra fe porque es la bienvenida a la victoria de Dios sobre el mal y la muerte. Es el final de la desesperación, la aniquilación de Satanás, la certeza de que todas las tinieblas se llenan de luz y la seguridad de que Dios nos quiere eternamente cerca suyo.
Uno se asombra de los detalles aparentemente insignificantes para describir este evento decisivo en la historia de la humanidad. La sencillez de la aparición a una mujer y el carrerón entre Pedro y Juan para llegar a la tumba vacía y observar la mortaja descubierta y la tela enrollada. Uno podría esperar una narración más solemne para un suceso tan extraordinario. Por otro lado, la evidencia de algo tan sublime se narra sin brillo, sin agitación. San Juan, testigo directo, simplemente escribe: «vió y creyó». Así de simple. San Juan no dirá nada más sobre lo que está sucediendo en su mente y en su corazón. Nada más que la fría observación de una evidencia: «según las Escrituras, Jesús tenía que resucitar de entre los muertos».
A veces, cuando se trata de probar la resurrección, uno se encuentra inseguro. Cuando tratas de dar testimonio de tu fe en la vida te sientes frágil e debilitado por aquellos que tratan de demostrarte la evidencia de que la vida no tiene sentido con los dramas que permite Dios, por la incoherencia de nuestro vivir cristiano, tan poco capaz de amar con ese amor que se dice más fuerte que la muerte.
Aunque la tumba vacía no hace ruido en las primeras horas de la Pascua, uno observa por doquier resucitados en este mundo: mártires que dan testimonio de su fe en la resurrección aceptando sufrir y morir por no negar a Jesús; cristianos que descienden al infierno con todas las formas de sufrimiento por vivir en el nombre de Cristo; discípulos del Señor que buscan llevar su paz a conflictos domésticos, familiares o profesionales; creyentes valientes que proclaman contra la corriente del mundo que es posible un compromiso duradero y no permitir que todo sea manipulado por un mundo que niega a Dios.
Hay más testigos de la resurrección de Cristo: papas que se inclinan ante sus fieles, obispos que no buscan ser servidos sino servir a la Iglesia, sacerdotes y personas consagradas que irradian el amor de Dios, hombres y mujeres entregadas a la oración, ofreciendo su tiempo para interceder y aliviar las penas del cuerpo y del espíritu y para reparar los muchos pecados del mundo.
Hay muchos más testigos de la resurrección: hombres y mujeres que buscan reconciliar a amigos divididos, que perdonan a quienes los han agraviado, que respetan la creación honrando al Creador, que permanecen fieles a sus compromisos incluso debiendo cruzar destierros y soledades; que lo dan todo para amar mejor a su cónyuge y a sus hijos. Hay testigos de la resurrección que nos dicen que si la tumba está vacía es porque el Amor que la habitó ha dejado este lugar de muerte para unirse a cada una de nuestras vidas y hacerlas mucho más vivas.
Hay testigos de la resurrección que no esperan la vida eterna como un mero consuelo sino como una extensión transfigurada de lo que ya viven en la tierra. Hay testigos de la resurrección que transmiten alegría en todas las realidades del mundo.
La resurrección solo puede probarse dejando que los vivos nos guíen. No es el espíritu de una persona muerta el que nos guía; es el Cristo vivo.
Por lo tanto, no busquemos argumentos para justificar nuestra fe en la resurrección o para convencernos de ella; simplemente abrámonos al Espíritu del Resucitado. Y entonces, todo se volverá muy claro para nosotros: la resurrección de Cristo nos parecerá evidente, como lo es para San Juan: «él vió y creyó».
Solo el Espíritu de Dios puede convencernos de su poder de vida y amor. Entonces, ¡guiémonos por el Espíritu! Solo él puede iluminar nuestras inteligencias, dar credibilidad a nuestro testimonio de fe y hacer que esta unidad vital entre nosotros. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Jesucristo has resucitado, en verdad has resucitado! ¡Por eso creo en Ti, porque eres el Hijo resucitado y glorioso de Dios Padre que habitas entre nosotros, que vives en mi, que quieres entrar en mi corazón, que intercedes por mí amándome, acompañándome y ayudándome! ¡Has resucitado, Jesús, y yo me entrego a Ti lleno de amor, de esperanza, de confianza, de fe ciega! ¡Has resucitado, Señor, y te reconozco mi Señor, como mi amado Salvador, como el único dueño de todo mi ser, soy todo tuyo, haz de mi lo que quieras! ¡Te pido que entres en mi vida y permanezcas conmigo según lo prometiste que estarás siempre conmigo, hasta el fin de los tiempos! ¡Has resucitado, Señor, y vienes a mi corazón de piedra para hacerlo dócil a tu llamada, para vaciarlo de todo aquello que me aleja de ti, para ser capaz de amar, servir y perdonar, para transformarlo por completo para convertirlo en un templo en el que tu puedas morar! ¡Has resucitado, Señor, y llegas a lo más profundo de mi sepulcro para darme nueva vida, para tener una íntima relación contigo y una estrecha comunión con Dios! ¡Has resucitado, Señor, y yo quiero ser testimonio de tu verdad, de que en verdad has resucitado, anunciarlo al mundo con fe, alegría y esperanza! ¡Gracias, Señor, porque tu resurrección vence al mal con el bien, nos aleja del demonio, nos abre a la esperanza, nos deja testimonios vivos de tu presencia en este mundo! ¡Hoy puedo exclamar con más fuerza y alegría que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!

Hoy celebramos la Resurrección de Jesucristo con el himno de Charles Wesley Christ the Lord is Risen Today (Cristo, el Señor, ha resucitado hoy)

La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

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¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios:

Creer antes que dudar

En un reciente viaje me ha acompañado un ingeniero cuya principal afición es la pesca de río. Tan apasionado es a este deporte que durante las comidas o en los vuelos salpicaba las conversaciones con diferentes anécdotas relacionadas con su hobby preferido. Una frase suya me invita a la reflexión: «Rodeado de un paisaje silencioso practicar la pesca también te permite encontrarse a uno mismo».
En las páginas de los Evangelios aparecen variadas historias y parábolas relacionadas con la pesca. Existe una cierta analogía entre esta actividad y la vida espiritual.
Como me comentaba este ingeniero para practicar la pesca lo mejor es estar abierto a lo inesperado: a veces pescas una gran trucha en un momento en que no se sospecharías que pudieras capturarla.
En la pesca observo un símil de mi propia vida. Cada nueva experiencia es como una presa que enriquece mi vida interior, me ayuda a crecer y madura mi fe. Aún así, debes estar preparado para deshacerte de la comodidad de tus pensamientos y hábitos de conducta, para estar atento y cuestionar lo que crees o lo que no crees; estar receptivo a la sorpresa es como esperar lo inesperado que viene de Dios.
Cuando uno siente que su vida espiritual patina los hilos de su oración no aportan nada nutritivo, puede ser que sea necesario avanzar hacia aguas más profundas. El agua profunda es lo que sucede en tu interior donde están los secretos: los miedos o los dolores más profundos, las esperanzas y los deseos más ocultos. Aquí es donde el Evangelio funciona para cada persona. ¡Acaso no le dijo Jesús a Pedro que echase las redes en aguas profundas!
Simón Pedro, el pescador, no dudó en seguir el consejo de un hombre que no era experto en la pesca. Pedro prefirió creer antes que dudar. Prefirió tal vez encogerse de hombros y arriesgarse después de una noche aciaga en cuanto a pesca se refiere y agotadora desde el punto de vista humano. Esto te permite cuestionarte ¿qué riesgo estoy dispuesto a tomar para cumplir en lo que se refiere a mi vida interior? ¿El riesgo de cambiar mi visión del mundo y de cambiar mi vida, el riesgo de luchar contra lo que me duele, de ser desafiado, despreciado o rechazado?
Vivir la fe no siempre es la parte hermosa de la pesca en un estanque tranquilo. Exige, en ocasiones, enfrentarse a lo desconocido, desafiar las tormentas que se presentan, poner a prueba tus convicciones. Pero como decía el ingeniero que me acompañaba en el viaje las mejores capturas suelen ser las costosas… ¡pero son las que más valen la pena!

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¡Señor, creo y te amo profundamente porque no solo eres la luz que ilumina mi camino sino que eres el amigo que me acompaña siguiendo cada uno de mis pasos y que me ayuda a escoger el camino correcto, aquel que me dirige a la vida verdadera! ¡Te pido, buen Jesús, que me ayudes a levantarme cada vez que caigo y me perdones por mis faltas! ¡Como Pedro yo también estoy muchas veces agotado y frustrado por lo que me sucede, trabajando sin obtener frutos y tu me pides que reme mar adentro en aguas profundas! ¡Tu sabes que a veces me surgen las dudas pero no quiere dejar de creer lo que implica cumplir tu voluntad! ¡Hazme comprender, Señor, por medio de tu Santo Espíritu que cualquier donación que venga de Ti y del Padre exige un esfuerzo por mi parte, que estás dispuesto a realizar un milagro pero yo también debo estar dispuesto a ir hasta las aguas profundas y estar disponible con mi esfuerzo, con mi sacrificio y mi fe vivas! ¡Ayúdame, Señor, a comprender por medio de tu Espíritu divino, lo gratificante que es recibir tu providencia y tu gracia en las aguas profundas de mi vida pues tu sabes que cuando vienen las dificultades, las crisis, la oscuridad, el sufrimiento o las experiencias dolorosas o frustrantes puede tener la tentación de abandonarlo todo! ¡Concédeme, Señor, una fe firme y una confianza ciega para que puedas obrar en mi interior el milagro que deseas y recibir más de lo que siempre espero!

En tu nombre echaré las redes, cantamos hoy:

Enseñanzas de tres reyes magos

Viajan tres Reyes de Oriente cuando nació Jesús, en Belén de Judea, y se presentan en Jerusalén y preguntan a Herodes: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo».
La figura de estos tres reyes me invita a tomar conciencia de varios aspectos que afectan directamente a mi propia vida. Me enseñan, primero, que debo estar siempre atento porque Dios aparece en el momento menos inesperado. Esto requiere predisposición en el corazón y apertura en el alma y en la mente porque si todo lo tengo ocupado en preocupaciones baladís, en la riqueza exterior y en la autocomplacencia o en lo que me obsesiona Dios no puede realizar su signo en mi interior. Solo cuando uno se mantiene vigilante es capaz de distinguir la Estrella que lleva a Belén.
Los magos son unos inconformistas. Han vislumbrado un signo que les lleva a descubrir otro signo. Eso te hace comprender que la vida del creyente exige largas caminatas que requieren esfuerzo y compromiso para defender la verdad y la autenticidad. Vivir el Evangelio desde el amor. Cuando uno se compromete con el Evangelio es capaz de distinguir la Estrella que conduce a Belén.
La grandeza de aquellos reyes sabios es su humildad. No están revestidos de arrogancia ni desean imponer su visión del Evangelio. Tienen una certeza y esa certeza vive en su interior. Dios da la luz, incluso en la oscuridad del desierto. Aquellos tres reyes se cuestionan todo a la Luz de Dios porque son conscientes de que el Evangelio exige reflexión e interiorización, intercambio y mucha oración. No se avergüenzan de acudir al otro, de pedir ayuda y consejo porque lo que desean es poner en práctica el Evangelio. Cuando uno es capaz de preguntar y cuestionarse las cosas más sencillas es capaz de distinguir la Estrella que lleva a Belén.
Y lo más hermoso. Para alcanzar aquel pesebre humilde y sencillo donde mora el Niño Dios están dispuestos a entregar sus bienes más preciados. En sus cofres llevan oro —que honra a Cristo como Rey—, incienso —que honra a Cristo como Dios— y mirra —que honra a Cristo como Hombre y Mesías que sufrió y entregó su vida por nosotros— pero lo importante es que ofrecen su propio ser. Se entregan a si mismos para que la humanidad entera por medio de la entrega personal se maraville de la presencia de Dios y encuentren señales en todos los rincones de la tierra. Y eso te permite comprender que cuando uno está preparado para darlo todo, entonces puede ver con claridad la estrella que ilumina el portal de Belén. La estrella que te permite adorar cada día al mismo Dios.

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¡Niño Dios, quisiera en unos días presentarme ante ti como hicieron los reyes llegados de Oriente en profunda adoración! ¡No permitas, Señor Jesús, presentarme en el portal de Belén con las manos vacías sino con la ofrenda de mi propio ser! ¡Que pueda ofrecer mi oración sincera, mi entrega desinteresada, mis sacrificios por amor, mi humildad plena, mi generosidad llena! ¡Que sepa, Señor Jesús, contemplarte en los que me rodean! ¡Quiero ofrecerte lo mejor de mi, mi corazón, mi amor, mi mente, mis palabras, mis sentimientos, mis actos, en definitiva, todo mi ser! ¡Quiero postrarme como hicieron los Reyes Magos con el corazón contrito y alegre, unirme a la felicidad de María y José y de los pastores! ¡Quiero ser uno contigo, Señor, marcado por el amor y la entrega generosa a los demás! ¡Quiero, Señor, que en el momento que me arrodille ante ti en el pesebre de Belén sanes mis rencores, mis dolores, mis enfermedades interiores, mis sufrimientos, mis heridas, mi falta de perdón, mis tentaciones, mis faltas de amor! ¡Como los Reyes Magos, Señor, quiero creer aunque no vea, quiero estar siempre pendiente de los signos de Dios en mi vida para reconocerlos siempre y aceptarlos por amor a Ti! ¡Que mi corazón, Señor, sienta la misma alegría que sintieron los Reyes Magos al verte en el pesebre de Belén y aprenda a valorar el gran amor que Dios siente por cada uno de nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser estrella que acerque a los demás a Ti que eres la luz que ilumina, la paz que llena el corazón y la alegría que transforma nuestra vida!

We Three Kings, bellísimo canto para el día de hoy:

Descargar las cargas a los pies de la Cruz

Hay días, como ayer, que al terminar la jornada —agotadora— se busca especialmente el refugio del hogar para encontrar la paz y la tranquilidad. Paso antes por un templo para poner ante el rostro sufriente de Cristo en la Cruz mis agobios, cansancio, preocupaciones y penalidades de la jornada. Los descargo a los pies del Sagrario. Allí coloco el peso de mi cruz, una carga pesada y dolorosa. Así, puedo entrar en casa con la descarga de la pena.¡Qué fortuna la de los creyentes que tenemos al Señor que se ofrece a aliviar nuestros agobios y cansancios! ¡Qué consuelo saber que es posible cargar el yugo de quien es manso y humilde de corazón para encontrar el descanso para nuestras almas!
Te das cuenta de que la jornada, el día a día, avanza inexorablemente. Que las ocupaciones cotidianas te van ahogando, quitándote el tiempo, a veces incluso la ilusión. Hay días, incluso, que has hecho mucho, tu jornada ha estado repleta de reuniones, de ir de aquí para allá, de llamadas telefónicas, de resolver problemas, «de apagar fuegos»… pero en realidad están vacías; lo están porque Cristo no está en el centro.
No caemos en la cuenta de que muchos de los abatimientos que nos pesan, de los cansancios que nos ahogan, de los agobios que martillean nuestra vida… tienen mucho que ver con esa incapacidad para vislumbrar la acción que el Señor ejerce en cada uno de los acontecimientos de nuestra vida.
Ante la Cruz, ante el rostro sufriente del Cristo crucificado, donde puedes depositar tus cansancios y tus agobios, uno recibe grandes dosis de paz interior, de serenidad, de esperanza, de reposo.
Pero esto, que real, se convierte muchas veces en una teoría: ¡cuánto cuesta ponerlo en práctica y echarse de verdad en las manos misericordiosas y amorosas del Señor, que acoge las preocupaciones para aliviarlas y las fatigas para darles descanso!

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¡Señor, deposito mis cargas pesadas a los pies de la Cruz! ¡Te doy gracias, Señor, por tu presencia en mi vida, porque tu carga es liviana y tu te ofreces para que descargue en ti mis agobios y preocupaciones! ¡Gracias, Señor, por la paz y la serenidad que ofreces A quien se acerca a ti, por eso quiero confiar siempre en tu providencia! ¡Te ruego que calmes mis tempestades interiores y exteriores y ante las pruebas que me toca vivir, a veces difíciles, que seas tú la fuerza que me permita seguir adelante! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que vení salgan siempre pensamientos positivos y aleja de mí aquella negatividad que tanto daño hace a mi corazón y tanto me aleja de ti! ¡Señor, te entrego por completo mis cargas, mis tristezas, mis miedos, mis pensamientos, mis debilidades, mis tentaciones, mis dudas, mis luchas, mis amarguras, mis miedos, mis caídas, mis angustias, mis soledades, mis temores, a mis pecados, mis errores, mis preocupaciones, mi alma, mis tentaciones, mi fragilidad, mis debilidades, mis deseos, mis ansiedades, mi pasado, presente y futuro y, sobre todo mi espíritu; hazme fuerte para salir con firme y comprometido de mis batallas y que tu fuerza y tu poder me acompañenen cada momento de mi vida! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor austriaco Johann Joseph Fux ofrezco hoy este bella pieza de su catálogo: Victimae paschali laudes K. 276

 

¿Qué sucede cuándo transcurre el tiempo y los cambios que uno anhela no llegan?

¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce?
En la mayoría de las ocasiones ocurre que la paciencia se va perdiendo, dominada por la impaciencia; que sus pilares que parecían tan firmes en la fe se van desquebrando poco a poco; y que esas cuestiones que nunca te habías planteado empiezan a remover tus pensamientos y a llevarte de cabeza. Sí, crees en Dios, pero las dudas te embargan, la incertidumbre te supera y el dolor te adormece. Y en estas circunstancias uno está determinado a tomar decisiones poco sensatas, carentes de sentido son muy propensas a lo irracional.
Y si en estos casos cuando más se demuestra la confianza en el Padre. Buscar en el interior y hacer caso omiso de esas voces estruendosas que vienen del exterior. Estar atento al susurro del Espíritu, que trasmite siempre en lo más profundo del corazón la voluntad del Padre. Claro que esto no es sencillo porque siempre uno camina sobre la línea del precipicio y, sin esa luz que ilumina para dar pasos certeros. Esa luz que es Cristo es la que permite al que confía mantenerse atento, paciente, dispuesto y expectante. Es el que te permite, a la luz de la oración, vislumbrar la voluntad de Dios y alejar de los pensamientos aquello que no es conveniente.
¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce? A la luz de la razón, llega la congoja y la angustia. Cuando no hay respuesta, cuando no se vislumbra un futuro, llega la desesperación del alma. De la mano de Dios, sin embargo, la paz y la serenidad interior se convierten en compañeras del alma.Y así el corazón descansa.
Las experiencias vitales te enseñan a ponerlo todo en las manos misericordiosas del Padre. Esas manos toman tus preocupaciones y tus angustias y las acaricia y, suavemente, van calmando la angustia interior. La vida te enseña que no puedes caminar con orgullo sino que el Señor te acompaña firme cuando te sientes frágil y pequeño, cuando contemplas la Cruz y aceptas por amor el sacrificio porque uno es un pobre Cirineo que se dirige con Cristo al Calvario, que es decir la eternidad. Miras al Señor y comprendes que todo tiene un propósito. Y ese propósito tiene un fin. ¡Bendito fin!

orar con el corazon abierto

¡Padre de Bondad, Dios Todopoderoso, Tú me has creado con un propósito y yo quiero cumplirlo haciendo Tu voluntad! ¡Ayúdame a crecer en santidad para llevarlo a término! ¡Padre, Tú tienes un plan para mí mucho antes de mi nacimiento: ayúdame con la fuerza del Espíritu Santo a cumplirlo! ¡Concédeme la gracia, Padre de Amor y Misericordia, a vivir acorde a tus mandamientos y a vivir acorde a lo que tienes pensado para mí! ¡No permitas, Padre, que nada me detenga, que nada me desanime y nada me frene! ¡Capacítame, Padre, con los dones de tu Santo Espíritu! ¡Señor, recuérdame con frecuencia que a Ti no de detienen ni te desconciertan los problemas! ¡Mantente, Padre, cerca siempre de mis familiares y amigos, de aquellos que sufren persecución, enfermedad, soledad, dolor, carencias económicas y laborales! ¡No nos abandones nunca, Padre!¡Enséñame a aceptar todo lo que me das y, aunque no entienda los motivos y las circunstancias, haz que se convierta siempre en una bendición y me haga una persona agradecida! ¡Gracias, Padre, porque me puedo acercar a Ti y presentarte en cualquier momentos mis plegarias, por darme la paz que tanto anhelo y el descanso en tiempos de turbulencia! ¡Gracias, Dios mío, por tu bondad, tu amor y tu misericordia!

¿Por qué tengo miedo?, buena pregunta que se responde en esta canción:

Profundizar en la fe de María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

¿Son realmente necesarios los sacramentos?

Me comenta una de mis hijas que una de sus mejores amigas ─una joven alegre, abierta, simpática, llena de vida, tolerante, generosa, amiga de sus amigas─ le explica que cree en Dios pero que no frecuenta la Iglesia ni los sacramentos. No tiene dudas de que Dios existe. Su planteamiento es que Dios es bueno por naturaleza, le está muy agradecida por ello, reza cuando las cosas van mal dadas… Ella ya trata de hacer el bien a los demás. Le afecta profundamente cuando contempla las cientos de desgracias que ocurren en el mundo y que vemos en tiempo real en los medios de comunicación, le produce gran dolor ver sufrir a la gente pobre que se encuentra por las esquinas, sufre por las personas enfermas, por los necesitados ─a veces, incluso, hace algún voluntariado─, vive una vida coherente sin alcohol, sin drogas, sin sexo fácil… Le gusta dar amor y recibir amor a las personas que quiere. Contagia alegría por su sonrisa fácil y su personalidad arrolladora. Sin embargo, le hastían las ceremonias religiosas, se aburre en la Santa Misa, no le ve sentido a confesarse ni a llevar una vida de sacramentos. Para ella eso es algo un poco retrógrado. Vivir y deja vivir. A mi hija le gustaría que su amiga se confesara y que pudiera recibir al Señor al menos cada domingo.
«¿Tiene novio tu amiga?», le pregunto. Efectivamente, tiene novio. Y le ama. Y necesita estar con él. Y compartir sus experiencias, sus tristezas, sus éxitos y sus fracasos. Necesita verlo cada día y cuando pasan unas horas que no se ven necesitan llamarse. Con él seguramente no hará lo que siempre desea, discutirá, pasará tiempo entre cervezas y discotecas, comentarán las buenas notas de la Universidad o aquel trabajo low cost que anhelaban para pagarse el viaje de fin de curso y uno de ellos no ha conseguido. Juntos compartirán comidas en un restaurante de comida rápida porque sin alimentos ni bebida no es posible sobrevivir. Si así es nuestra vida cotidiana, así es también nuestra vida sacramental. Los sacramentos son para el espíritu del hombre lo que vigoriza el alma. El complemento ideal a la bondad del hombre. A la misma bondad que la amiga de mi hija.
Pero hay algo más, incluso, que vivifica el corazón del creyente. Cada vez que entramos en un templo allí está el Señor que nos espera enamorado. Cada vez que asistimos a un oficio se produce una cita de amor con el Dios que nos ha creado.
Los sacramentos son esos encuentros especiales con Jesús pensados para cada momento de nuestra vida. Y, a través de ellos, Cristo se hace presente en lo más profundo del corazón para transformarnos con su amor.
Si por el bautismo nacemos de nuevo y tenemos el honor de liberarnos del pecado original y ser hijos protegidos del Padre, en la confirmación recibimos la fuerza del Espíritu Santo y fortalecemos los dones del bautismo. Por medio del sacramento de la penitencia recibimos el perdón de nuestros pecados, recuperamos la gracia, nos reconciliamos con Dios y obtenemos el consuelo, la paz, la serenidad espiritual y las fuerzas para luchar contra el pecado. En la Eucaristía —el sacramento por excelencia— nos llenamos de la gracia recibiendo al que por sí mismo es la Gracia. ¡Celebrar la Eucaristía supone que Cristo se nos da a sí mismo, nos entrega su amor, para conformarnos a sí mismo y crear una realidad nueva en nuestro corazón! A través del matrimonio —y en el noviazgo en el caso de la amiga de mi hija— nos convertimos en servidores del amor.
No basta sólo con la fe. Es imprescindible alimentarla con el sello vivo de los sacramentos en los que Dios ha dejado su impronta. Los sacramentos son signos visibles de Dios y no los podemos menospreciar. Y Cristo es el auténtico donante de los sacramentos. Son un regalo tan impresionante que Cristo quiso que fuese Su Iglesia quien los custodiara para ponerlos al servicio de todas las personas. Y la gran eficacia de los sacramentos es que es el mismo Jesús quien hace que tengan un efecto concreto en cada persona porque es Él mismo quien hace que funcionen.
La inquietud de mi hija se ha convertido también en mi inquietud porque me permite darme cuenta que a través de la Palabra y los sacramentos, en toda nuestra vida, Cristo está realmente cercano. Por eso hoy le pido al Señor que esta cercanía me toque en lo más íntimo de mi corazón, para que renazca en mí la alegría, esa sensación de felicidad que nace cuando Jesús se encuentra realmente cerca.

Sacramentos

¡Te doy infinitas gracias, Señor, por los sacramentos de tu Iglesia, fruto de tu amor para nuestra salvación! ¡Te doy gracias, Padre, porque transforman nuestra vida, mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque a través de ellos puedo descubrir que no hay nada más gratuito que el amor! ¡Te doy gracias, Señor, porque a través de los sacramentos se revela tu amor liberador y creador se manifiesta de manera auténtica y me invitas a la transformación personal! ¡Te doy gracias por los sacramentos del Bautismo y la Confirmación porque a través de ellos me invitas a renacer a la vida y ser parte activa del camino hacia la salvación! ¡Te doy gracias por el sacramento de la Penitencia que me permite reconciliarme contigo! ¡Te doy gracias por el sacramento del matrimonio y de los enfermos en los que puedo vivir la realidad cotidiana del amor y crecer como persona! ¡Te doy gracias por el sacramento del Orden por el que permites que tantos hombres vuelquen su vocación para servirte espiritualmente! ¡Te doy gracias por el gran sacramento de la Eucaristía por el que nos invitas a todos a participar activamente del gran milagro cotidiano de tu presencia entre nosotros y anticipar el gran ágape que nos espera en el Reino del Amor y en el que todos los sacramentos confluyen! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque Tú eres el verdadero sacramento, el que da la vida y la esperanza, el perdón y la caridad, y porque todos los sacramentos confluyen en tus manos que tenemos la oportunidad de tocar cada día! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

En este días nos regalamos las Laudes a la Virgen María, de Giuseppe Verdi: