Creo sin ver, amo sin ver

Bienaventurados los que creen sin haber visto. Una persona muy cercana a mi me pregunta con frecuencia cuestiones relativas a la fe, la moral, la vida religiosa, los sacramentos con esta cuestión «¿y qué dice la Iglesia sobre esto?» Y trato de contestar desde la sencillez. Para mi lo más importante de mi vida cristiana es la fe: amar sin haber visto; en Él, sin haberlo visto, pones tu fe. Esta es nuestra condición como discípulos y amigos de Jesús: cree sin ver… amar sin ver… ¡porque la fe y el amor son inseparables!
Si miro la historia de mi vida de fe he tenido que superar momentos de duda e incerteza y me he planteado numerosas preguntas que he superado antes de saborear las palabras pronunciadas por el Señor: Bienaventurados los que creer sin haberlo visto. Es a través del crisol de la duda que surge la luz, y tal vez debemos aprender a reconciliarnos con nuestras dudas y nuestras preguntas, descubriendo los servicios que pueden prestar a nuestra fe…
Incluso he observado que muchas de mis dudas han evitado que mi fe degenerara en una fe orgullosa, con el gatillo fácil para juzgar y condenar a aquellos que no creen o aquellos que no comparten mi fe en Cristo. He notado que muchas de mis propias preguntas despertaron mi fe del proceso adormilado en el que se encontraba para ponerme de nuevo en el camino de una búsqueda más ardiente de Dios. Esas dudas y esas preguntas supusieron un estímulo vivificante para mi fe y es probable que llegara en verdad a la dicha prometida por el Resucitado: Bienaventurados los que creen sin haber visto. Con esto comprendes que tu fe no es una posesión pacífica sino un regalo para recibir y pedir de manera constante y con un enorme deseo de ser atendido.

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¡Señor, aumenta mi fe y mi esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que sea la luz y la inspiración que derramada en mi corazón fortalezca de mi fe, disipe mis dudes y crea sin ver! ¡Señor, es a ti a quien deseo amar por encima de todo, es a ti quien quiero por encima de las cosas mundanas porque tu fuiste el primero en amarme y me amaste hasta el extremo que diste tu vida por mi en la cruz! ¡Señor, aumenta mi fe y ayúdame a perseverar en mi camino hacia el cielo prometido y seguir en el camino del don filial y en el servicio fraternal hacia el prójimo! ¡Señor, tu fuiste quien nos has abierto el camino de la reconciliación y el perdón, enséñame siempre a perdonar y amar! ¡Señor, tu has sido quien nos has mostrado con claridad el rostro misericordioso de Dios y eres el camino que con dirige hacia Él; no permitas, Señor, que me aparte del camino y te siga siempre sin dudar! ¡Señor, tu eres el amigo que acompaña y el maestro que guía, muéstrame siempre la verdad que libera de las ataduras del mundo y hazme siempre libre para seguirte sin miedos, dudas o complejos! ¡Señor, con tu muerte en la cruz venciste a la muerte y al pecado, no dejes que mi empeño en alcanzar la vida eterna se estropee por menudencias mundanas y como me has dado la dicha de creer en ti sin haberte visto aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor por ti!

Experiencia viva de la Santísima Trinidad

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, siete días después de ser ungidos y fortalecidos por el Espíritu Santo en Pentecostés. Es una jornada hermosa de adoración, bendición y agradecimiento por toda la obra que realiza en nuestra vida.
¿Quién es y que representa para mi la Trinidad? Es el punto referencial de mi vida cristiana. Lo es desde mi individualidad como cristiano y desde mi pertenencia a una comunidad eclesial a la que amo. Representa para mi el diálogo vivo en la oración; la unión estrecha a mi ser cristiano en el encuentro cotidiano de la vida; la comunión de vida con Dios Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Es la experiencia de amor y de misericordia más grande que ha sentido mi corazón. Es la vivencia del creer sin ver gracias al don de la fe, milagro incuestionable de la gracia; del caminar cada jornada experimentando su cercanía, su fidelidad a pesar de mis tantas infidelidades, mi adherencia a su ternura a pesar de mis egoísmos; la experiencia de un sentimiento de amor por el perdón que ejerce sobre mi liberándome de mis esclavitudes y mis pecados. Es el sentir que cada día puedo comenzar de nuevo yendo a su encuentro; es el experimentar su paciencia, su compasión, su bondad y la riqueza de su amor.
Amo la Trinidad. Amo a ese Dios trinitario —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que ofrece soluciones a mi vida, que se abre al diálogo para solventar mis incertezas, que deliciosamente me cubre con su ternura cuando mi corazón se llena de dolor, que elimina distancias cuando peco, que me invita a abrir mi corazón cada jornada para hacer su voluntad, que me llena de dones, que suaviza mi carácter, que atempera mis impaciencias, que me hace saborear la vida, que me predispone hacia el camino de la bondad y del bien…
Amo a la Trinidad. Y siento también su amor gratuito, incondicional y pleno. Siento como en mi vida se hace presente de una manera viva. Siento que con Su presencia mi vida tiene una plenitud anhelante. Siento que me lo dan todo aunque a veces solo coja por mi soberbia y mi egoísmo migajas de tanto amor, gracia y don.
Amo a la Trinidad. Amo a Dios Padre, Creador de todo, que me ha dado la vida, que mira con ternura y misericordia mi vida y nos ha dado al Hijo. Y al Hijo, Cristo, mi amigo y Señor, que con sus gestos, sus miradas, sus actitudes, su palabra, su darse en la Eucaristía y en su morir en la Cruz me regala su fidelidad, su amistad y su amor; es Él quien marca las pautas de mi vida, el que guía mi camino, la verdad de mi existencia. Y me regala el Espíritu Santo, dador de vida, que trabaja incansablemente en mi corazón duro y frágil, dándome a gustar la bondad de Dios, lo bueno de la vida, que me envía sus siete dones, que me permite saborear la gratuidad de la gracia, que me unge, renueva, fortalece y sana.
Hoy es un día grande, hermoso, lleno de luz, de alegría y de gozo. Un día de encuentro. De unidad. De oración. De cumplimiento de la voluntad del Padre. Un día para la reconciliación. Para la paz. Para superar diferencias y desencuentros. Para la solidaridad. Para la esperanza. Para buscar iluminar la vida. Para abrir el corazón de par en par. Para abrirse al diálogo. Para dejarse llenar por la misericordia y el amor de Dios. Es el día para transmitir lo que somos: hijos amados de Dios, redimidos del pecado por Cristo e iluminados por la luz del Espíritu Santo.
¡Qué día tan hermoso para que con mis gestos, palabras, sentimientos y acciones tratar de dar testimonio sincero de esa Trinidad Santa rica en misericordia!
¡Hoy quiero que mi pequeña y frágil vida sea un compromiso de amor con la Trinidad, un canto de fidelidad a Ella, un canto de bendición y alabanza a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo! ¡Quiero abrir mi corazón de par en par para que desde la sencillez y humildad de mi vida hagan morada en mi!

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¡Señor, Tú Espíritu clama en nosotros ¡Abba! Padre! ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Bendito sea el Santísimo Sacramento del Altar y bendita sea la Santísima Virgen concebida sin pecado original por obra y gracia de Dios! ¡Te invoco, te alabo y te adoro, Santísima Trinidad! ¡A ti toda la gloria, esperanza mía, oh Santa Trinidad! ¡A ti el honor y la fuerza, oh santa Trinidad, a ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos! ¡A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh santa Trinidad! ¡Santísima Trinidad, bendíceme, puríficame, sálvame, vivifícame, renuévame, ayúdame, ampárame, líbrame de todo mal y todo peligro! ¡Deposita en mí alma la llama de tu amor, para que la llene hasta desbordarla y para que transformada por la acción de tu fuego la convierta en caridad viva para irradiar luz y calor a todos los que se me acerquen cada día! ¡Y Tú, María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñame a alabar a la Santísima Trinidad como tú le alabas, a adorarle como tú la adoras y amarla como tú le amas, tú que eres la Reina de cielos y tierra! ¡Y en este día, Señor, quiero ofrecerte a todos los contemplativos que permanecen ocultos en la oración del día a día, que adoran el misterio de la Trinidad, a tantos monjes y monjas en el mundo que dan su vida para orar por los demás! ¡Bendícelos, Señor, para que sean simientes que den fuerza a la Iglesia y sientan también el aprecio de los que llevamos una vida atareada alejada de la contemplación!

Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

Carismas y vida cotidiana

Sigo preparándome para la fiesta de Pentecostés que llegará en unos días. Me introduzco en la escena del derramamiento del Espíritu, en el Cenáculo, como si fuera Matías, el apóstol que reemplazó a Judas después de traicionar a Jesús. Con los once allí diligentemente en oración, con las otras mujeres y con María, la Madre. Todos reunidos, en comunidad. ¡Qué detalle tan importante!
¿Por qué? Porque en aquel día el Espíritu Santo no se manifestó solo a los doce apóstoles que se convertirán en los mensajeros privilegiados del Evangelio. También bajó sobre todo el grupo. Todos estaban llenos del Espíritu Santo: comenzaron a hablar en otras lenguas, y cada uno habló de acuerdo con el don del Espíritu. Es por eso que a menudo observamos iconos donde María aparece en medio de los apóstoles y sobre ella, como sobre ellos, se cierne  una paloma o descienden lenguas de fuego, símbolos del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu se manifestó vívidamente en el día de Pentecostés. Y continuó en los siglos siguientes, hasta el día de hoy. Aquel día los apóstoles, como hoy nosotros, fueron bendecidos con diversos dones para su misión. Estas gracias del Espíritu son los carismas, regalos que recibimos, cada uno o de manera colectiva, para edificar la Iglesia. El Espíritu sigue actuando, Él es quien anima, alienta y sigue edificando a la Iglesia. Y con él surge el kerygma o la primera proclamación del Evangelio que es más actual para nosotros.
Mi corazón se abre en esta semana con alegría a la preparación de Pentecostés para ser cada vez más consciente de que la acción del Espíritu Santo, en este tiempo de tantas dificultades y sufrimientos, con tantos corazones rotos y temerosos, está siempre presente en las personas y en la Iglesia. Necesitamos vivir verdaderamente insertados en Él, que los dones y las gracias recibidas del Espíritu se conviertan en fermento para dar sentido a una Iglesia carismática. El mundo lo demanda.
¿Una iglesia carismática? Si, una Iglesia carismática que esté llena de los carismas del Espíritu, corriente de gracia para seguir predicando el Evangelio a todos los hombres; una iglesia que camine permanentemente bajo el influjo del Espíritu Santo, que alabe al Señor sin cesar, que ore junto a los cristianos de las diversas iglesias y comunidades cristianas, que busque la unión, que perdone al prójimo, que ore y adore sin cesar a Dios, que actúe en favor de los más necesitados, que no abandone a los pobres y enfermos, que ponga por encima el amor a la ley… Una Iglesia que posea dones espirituales y que dependa de ellos para ser efectiva. La Iglesia la formamos seres espirituales, débiles, frágiles, sencillos y corrientes pero podemos servirnos unos de otros para dar sentido a la vida y al mundo. Y tenemos el influjo del Espíritu Santo, dador de vida, y sus dones de sabiduría, conocimiento, enseñanza, consejo, fortaleza, libertad, liderazgo, dirección, inteligencia, servicio, consolación, exhortación… Estos dones son tan vitales para la Iglesia como lo eran para los creyentes del primer siglo.
Nuestra vida cotidiana es carismática desde que el día de nuestro bautismo fuimos llenados del Espíritu y como consecuencia de ello tenemos dones con los cuales servir al cuerpo de Cristo. Cada uno tiene los suyos, Dios nos los ha distribuido a cada uno de acuerdo a su voluntad y nuestras capacidades. Por eso nadie sobra, nadie puede considerarse inútil. Cada uno tenemos un papel relevante dentro de la Iglesia. Sin esta contribución el cuerpo se empobrece, porque depende de lo que cada uno aporte para hacerla grande. ¡Le pido a Dios que Pentecostés me haga más consciente de mi misión como cristiano insertado en esta Iglesia pecadora pero carismática que tanto amo y que pueda utilizar mis carismas para ser dar a conocer la Buena Nueva de Jesucristo, servir siempre con amor a mi prójimo, manifestar el amor de Dios por el mundo y el amor misericordioso que tiene por cada uno de los hombres!

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¡Gracias, Padre, porque te amo y amo a tu Santa Iglesia Católica una Iglesia que quiso Jesús fuera Universal, capaz de acoger y abrigar a todos con sus diferencias, sensibilidades, personalidades, gustos, opiniones y riquezas! ¡Gracias porque me permites amarla y sentirme unida a ella por el Amor que siento por ti, por Cristo tu Hijo y por el Espíritu Santo! ¡Doy gracias a mis padres por haberme bautizado e insertado en tu Iglesia! ¡Me siento feliz de formar parte de ella, de ser católico, de los carismas y dones que me has dado, de enviar cada día tu Espíritu sobre mi para transformar mi vida! ¡Gracias por la fe, Espíritu Santo, qué don más grande he recibido de Dios! ¡Gracias por mi catolicidad; gracias por enviarme de misión; gracias por la experiencia personal de tu presencia y de tu poder en mi vida; gracias porque con tus dones cotidianos reavivas en mi corazón las gracias del bautismo! ¡Gracias porque en lo ordinario y sencillo de mi vida te haces presente cada día! ¡Gracias por tu acción santificadora, purificadora, renovadora, sanadora! ¡Gracias porque mi vida es una vida ordinaria y sencilla pero insertada en la Trinidad, en la que siento de una manera amorosa y misericordiosa la presencia y el poder que ejerces en mi vida! ¡Gracias porque reavivas mi vida! ¡Gracias, Espíritu de Dios, porque guías mi vida! ¡En este día te pido que reavives la llama del fuego de tu amor en mi corazón para fortalecer mi fe, para hacer mi servicio más amoroso, más entregado y más servicial; para santificar mi trabajo cotidiano; para buscar siempre el bien; para vivir insertado en Cristo; para perdonar y no juzgar; para llevar al mundo el mensaje de Jesús; para dar a conocer al prójimo la acción de tu gracia! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida que en todo momento esté guiada por Ti! ¡Espíritu Santo, regala a tu Iglesia diferentes carismas, para ir plasmando en cada uno nosotros nuestras distintas espiritualidades para enriquecerla y responder a la llamada que Dios nos regala para edificarla cada día! ¡Ayúdame a contribuir a que la Iglesia sea ante los que me rodean la expresión real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que conoces mis pensamientos: haz que no sean nunca de venganza, ni de envidia, ni de darme vueltas a mí mismo.
Te ofrezco: tratar de vivir en presencia de Dios.

Gracias, Señor, porque crees en mi

Me levanto hoy con un sentimiento de profundo agradecimiento al Señor. Soy consciente de mis fragilidades y debilidades, pero sé que a pesar de todo Él cree en mi.
Aunque a veces me aleje de Él, sé que cree en mi.
Cuando me parapeto en el miedo y las dudas, sé que cree en mi.
Aunque tantas veces no hago su voluntad, sé que cree en mi.
Cuando me aferro más a mis voluntades que a las suyas, sé que cree en mi.
Cuando voy por libre y no me abro a su misericordia, sé que cree en mi.
Cuando mi oración es tibia e interesada, sé que cree en mi.
Cuando solo atiendo a sus razones y no sus mandamientos, sé que cree en mi.
Cuando aparto mi mirada y miro otros ídolos vacíos, sé que cree en mi.
Cuando digo que si a su Palabra pero en realidad la ignoro por intereses personales, sé que cree en mi.
Cuando no soy dócil a su designios, sé que cree en mi.
Cuando los éxitos y victorias que consigo las atribuyo a mis capacidades y no sus planes para conmigo, sé que cree en mi.
Cuando mi fe se tambalea porque las cosas no salen como las tengo previstas, sé que cree en mi.
Cuando mi personalidad, mi orgullo o mi soberbia sobrepasan cualquier buen principio de humildad y sencillez de vida, sé que cree en mi.
Cuando no doy testimonio cristiano con mis acciones, palabras, sentimientos, pensamientos…, sé que cree en mi.
Cuando no soy dócil a su designios, sé que cree en mi.
Cuando tengo que ver para creer, sé que cree en mi.
Cuando voy por la vida con máscaras que cubran mi fragilidad humana, sé que cree en mi.
Cuando mi servicio no está impregnado de amor, sé que cree en mi.
Cuando mi amor se enfría, sé que cree en mi.
Cuando critico y juzgo al otro, sé que cree en mi.
Cuando le niego y le abandono, sé que cree en mi.
Cuando no construyo ni oriento mi vida en su Palabra, sé que cree en mi.
Cuando en mi corazón no hay sencillez, sé que cree en mi.
Cree en mi. Tiene esperanza en mi. Confía en mi. Porque Él sabe que a pesar de caer constantemente, de mis fragilidades y debilidades, de que le oculto el rostro, de que me esfuerzo y no me sale, de que mi oración flaquea quiero vivir para Él. Quiero caminar junto a Él. Quiero que entre en mi corazón. Quiero recibirlo dentro de mi ser. Que siento la alegría de su presencia, de su misericordia, de su ternura y de su amor.
Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Y yo creo en Él.

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¡Gracias, Señor, porque crees en mis capacidades para crecer como persona y como cristiano! ¡Te pido la gracia de verme como Tú me ves para que pueda transformar mi vida! ¡Guíame, Señor, hacia un entendimiento profundo de mi identidad enraizada en Ti! ¡Señor, te pido me ayudes a combatir mis faltas, mis debilidades y mi falta de fe para crecer en santidad! ¡Disponme, siempre, Señor para mejorar en cada momento! ¡Sabes, Señor, que mi vida está repleta de obstáculos y dificultades, desafíos y dudas, de alegrías y esperanzas, haz que cada experiencia se convierta en un camino de cercanía a Ti, para mejorar cada día! ¡Señor, sabes que a veces las circunstancias me superan, mis fuerzas decaen, me rindo ante mis debilidades, los problemas me sobrepasan, y no acudo a Ti para aprender a tomar la cruz y seguir tu voluntad! ¡Si mi andar no es perfecto, Señor, enderézalo para no caer y desfallecer! ¡Ayúdame a vivir la vida en plenitud, aprendiendo de Ti, para ser mejor! ¡Gracias, Señor, por creer que puedo transformar mi corazón, mi alma y todo mi ser! ¡Ayúdame a buscar nuevos horizontes vitales que tengan como motivo fundamental parecerme a Ti! ¡Bendito seas, Señor, por siempre, digno de toda alabanza y bendición; me dispongo en este día a comenzar de nuevo mi plan de santidad fortalecido por la creencia de que confías y crees en mi!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que te olvidabas de ti para atender a los demás: enséñame a no estar siempre dándome vueltas a mí y a mis cosas, y dejar de lado mis pequeños desánimos que hacen la vida desagradable a los demás.
Te ofrezco: vivir hoy más pendiente de ti repitiéndote alguna jaculatoria.

Orar, callar y dar ejemplo

Regresaba el jueves por la noche después de unos días de viaje; para dirigirme a casa tomé primero el metro desde el aeropuerto y a continuación un autobús. En la parada me encontré a un conocido, jubilado, con el que coincido en el voluntariado del Cottolengo del Padre Alegre.
Hicimos el trayecto de 25 minutos en el autobús juntos y conversamos animadamente de varias cosas. Me contaba que desde que está jubilado disfruta haciendo el camino de Santiago, que realiza en varias etapas. Le tengo especial cariño porque en mis oraciones está presente una hija suya, consagrada, que vive en Roma.
En el trayecto me explicó la historia de un sacerdote de la congregación a la que pertenece su hija que vivió una tremenda experiencia en Siria. Allí, unas monjas fueron asesinadas por un fundamentalista islámico debido a que, pese a que ni las monjas ni los sacerdotes predican, con su ejemplo de servicio, de entrega y de amor al prójimo ofrecen un testimonio claro de oración y evangelización. Cuando el asesino fue detenido señaló: «Las he matado porque con su forma de actuar dan a conocer a Cristo». Vivir el evangelio en los gestos y las actitudes. En el bullicio del autobús, en aquel momento repleto de viajeros, momentos antes de bajar ambos en la misma parada y tomar direcciones opuestas mi acompañante remató: «Todo se resume en tres palabras: orar, callar y dar ejemplo».
Y añado: orar, callar y dar ejemplo para mirar en lo profundo y en lo hondo del corazón de uno mismo y del prójimo. Para hacer oración la conversación y el servicio, para entregarse y no pretender dominarlo, para crecer en el compromiso y la fe, para anunciar la Buena Nueva, para entender las necesidades del otro, para confiar en la voluntad de Dios. Orar, callar y dar ejemplo para afrontar lo inesperado de la vida, para abrir el corazón a las sorpresas que Dios te regala, para comprender que para Dios no hay nada imposible, para hacer luminosa la vida del que tienes al lado, para respetar su libertad sin manipulaciones ni recovecos. Orar, callar y dar ejemplo para no juzgar, para entender su realidad, para afirmar la realidad del Evangelio, para que la presencia de Dios se haga Palabra viva en la vida de las personas. Para asombrarme al experimentar que mi vida depende del Dios que es amor y pura misericordia a quien quiero contemplar, entender, alabar, adorar y seguir. Orar, callar y dar ejemplo para mostrar al mundo que vivimos en la realidad de nuestra vida testimoniando a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para afirmar la verdad de lo que creemos, aquello que rebosa en el corazón que ama a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para abrirse a la confianza de aquel que en su debilidad se hizo respuesta hace no mucho en el portal de Belén.
Orar, callar y dar ejemplo. Tan simple y a la vez tan de Dios. Tres gestos abiertos a la interioridad, la sencillez del corazón y a la entrega. Tres gestos que identifican el ser de Cristo en cada una de las páginas del Evangelio.

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¡Señor, creo profundamente en Ti, confío en Ti, te adoro, te bendigo y te amo, y quiero ser como Tu; ayudarme a ser alma orante, a aprender a callar cuando toque, a dar ejemplo siempre para que mis palabras, mis gestos y mis actitudes sean un reflejo tuyo ante el prójimo! ¡Señor, en tus manos pongo la pequeñez de mi vida, todas mis intenciones para que sean santas, te entrego todo lo que tengo en el corazón, pequeño y pobre, para que cuando se abra refleje lo mucho que te amo! ¡María, Madre de la esperanza, ayúdame a tener un corazón abierto a la oración, al silencio y al servicio; un corazón como el tuyo! ¡Hazme, Señor, ser auténtico testimonio de la verdad pero no de palabra y con grandes gestos sino con obra concretas que muestren que Tú vives en mi! ¡Envía a tu Espíritu Santo sobre mí para que con sus siete dones me convierta en testigo de la verdad! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Espíritu Santo de conocerte, de amarte, de experimentarte en cada instante de mi existencia, para darte a conocer por medio de mis acciones y de una manera cierta allí donde mis pasos me dirijan! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser testigo tuyo, siempre, sin miedo al qué dirán, sin temor a humillaciones; quiero ser lámpara, Señor, lámpara que ilumine el camino del prójimo que no te conoce, que te niega, que te rechaza, que está confundido, que busca o se interroga! ¡Concédeme la gracia de aprender a orar, callar y dar ejemplo para comunicarte a Ti que eres el Cristo vivo, la verdad y la vida!

Fundamentalista

Ser coherente con la fe cristiana y católica implica un gran desafío. Alguien me llama fundamentalista por la simple razón de defender mis ideas cristianas. No trato de razonarlas desde lo estricto de la ley sino desde el amor pero aún así mi interlocutor me considera «fundamentalista». Y no me gustaría parecerlo aunque el término fundamentalismo se ha radicalizado y lo utilizamos con mucha ambigüedad.
Pero llevado a la oración sí soy «fundamentalista». Y lo soy porque declaro con total libertad lo que creo y lo que pienso desde la cortesía y el amor, desde la fe y desde la tolerancia. Mis creencias cristianas me impiden renunciar a principios básicos como el respeto a los pensamientos ajenos aunque difieran completamente de los míos.
Pero comprendo qué es ser «fundamentalista» para muchos. Es no entender que mis creencias se resumen en el Credo, la oración que comienza estableciendo la base de mi fe: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso. Pero no solo lo pienso sino que lo siento, lo proclamo, lo canto, lo misiono, le alabo y le doy gracias. Creo que Dios existe y que me ha creado para la santidad y lo ha hecho junto a todas las bellezas del Universo. Creo en su amor, en su poder, en su sabiduría y, sobre todo, en su misericordia.
Y desde estos principios, creo en todo lo demás. Creo en Jesucristo, su Único Hijo. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Y creo en la Palabra de Cristo, en sus mensajes, en su amor, en su Buena Nueva, en el estilo de vida que trató de inculcarnos. Creo que soy imperfecto pero desde esa imperfección abrazo la fe y trato de vivir coherente con los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor.
Por tanto, creo en la verdad y la Palabra reveladas como también en la gracia y los dones que vienen del Espíritu. Creo porque la Iglesia nos ha dejado un Catecismo que es una escuela de vida, una Biblia que compendia la presencia de Dios en el mundo y una institución que aunque, formada por hombres, es creación de Cristo: la Iglesia es imperfecta humanamente pero perfecta espiritualmente.
Y como católico creo en el papel de los cristianos en el mundo, en nuestro rol en la transformación de la sociedad, creo firmemente en la defensa de la vida, en la justicia, en la familia, en los valores cristianos, en el respecto al prójimo, en el valor de la persona y su dignidad tantas veces pisoteada, en la libertad y la tolerancia, en la oración que puede transformar el mundo y las conciencias de los hombres, en mostrarme inconformista ante los ataques que sufrimos los cristianos y ante el relativismo y el totalitarismo que impera en la sociedad.
Así que no me importa que me consideren «fundamentalista» porque yo testimonio a Jesús que es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Mesías, único Hijo engendrado de Dios, Dios y hombre verdadero.
Cuando a uno le consideran «fundamentalista» en este tiempo por ir en contra de las imposiciones de la mayoría que trata de destruir la esencia de la doctrina social del cristianismo tiene que sentirse alabado. Quiere decir que es coherente con su fe y con su credo, que contiene los principios y las creencias fundamentales de la fe cristiana.

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¡Padre, creo en Ti y te reconozco como el Dios que me ha creado y ha creado el universo; creo en tu poder, en tu amor y en tu misericordia! ¡Creo firmemente que eres el autor de todo lo creado! ¡Señor, creo en Ti, que eres Jesucristo, Nuestra Señor, el ungido de Dios y que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y viniste al mundo para testimoniar la verdad y salvarnos del pecado! ¡Creo en Ti, Espíritu Santo, te reconozco como la tercera persona de la Santísima Trinidad, mi abogado, maestro y consolador, que has sido enviado a mi corazón por Dios para que reciba la nueva vida de ser hijo suyo! ¡Os pido, Santísima Trinidad, coherencia para hacer de mis pensamientos y mis acciones una unidad, que no se contradigan nunca para ser testimonio de verdad! ¡Os pido fortalecer mi voluntad, para que mi conducta sea siempre impecable ante vuestros ojos y los ojos de los hombres, para que mi ser y hacer sean ejemplo de autenticidad! ¡Que no me deje llevar nunca por el que dirán y hacer como Tu, Señor Jesús, que viviste de acuerdo con tu manera de pensar y de sentir sin transigir en lo que estabas de acuerdo por sencillo y pequeño que esto fuera! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a caminar siempre en perfecta sintonía con Dios! ¡No permitáis que mis actitudes sean egoístas y busquen solo mi propio beneficio! ¡No dejéis que haya tibieza en mi vida y que no renuncie jamás a los principios cristianos que son innegociables! ¡Ayududame a caminar por las sendas de la verdad que Jesús marcó en los Evangelios! ¡Ayúdadme, sobre todo, a ser coherente en mi fe y mis creencias y ser valiente en mi vivir cristiano! ¡Y os pido por los que no creen para que algún día los valores supremos de la vida llenen su corazón de gozo y de amor!

Creo en ti, hermosa canción de Monseñor Marco Frisina:

Profundizar en la fe de María

Último sábado de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la claridad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

Para cerrar el mes disfrutamos de este motete de Francisco Cavalli O quam suavis et decora:

Testigos reales de la resurrección de Cristo

La Pascua es el día más solemne del calendario cristiano. Es la celebración más profunda del corazón de nuestra fe porque es la bienvenida a la victoria de Dios sobre el mal y la muerte. Es el final de la desesperación, la aniquilación de Satanás, la certeza de que todas las tinieblas se llenan de luz y la seguridad de que Dios nos quiere eternamente cerca suyo.
Uno se asombra de los detalles aparentemente insignificantes para describir este evento decisivo en la historia de la humanidad. La sencillez de la aparición a una mujer y el carrerón entre Pedro y Juan para llegar a la tumba vacía y observar la mortaja descubierta y la tela enrollada. Uno podría esperar una narración más solemne para un suceso tan extraordinario. Por otro lado, la evidencia de algo tan sublime se narra sin brillo, sin agitación. San Juan, testigo directo, simplemente escribe: «vió y creyó». Así de simple. San Juan no dirá nada más sobre lo que está sucediendo en su mente y en su corazón. Nada más que la fría observación de una evidencia: «según las Escrituras, Jesús tenía que resucitar de entre los muertos».
A veces, cuando se trata de probar la resurrección, uno se encuentra inseguro. Cuando tratas de dar testimonio de tu fe en la vida te sientes frágil e debilitado por aquellos que tratan de demostrarte la evidencia de que la vida no tiene sentido con los dramas que permite Dios, por la incoherencia de nuestro vivir cristiano, tan poco capaz de amar con ese amor que se dice más fuerte que la muerte.
Aunque la tumba vacía no hace ruido en las primeras horas de la Pascua, uno observa por doquier resucitados en este mundo: mártires que dan testimonio de su fe en la resurrección aceptando sufrir y morir por no negar a Jesús; cristianos que descienden al infierno con todas las formas de sufrimiento por vivir en el nombre de Cristo; discípulos del Señor que buscan llevar su paz a conflictos domésticos, familiares o profesionales; creyentes valientes que proclaman contra la corriente del mundo que es posible un compromiso duradero y no permitir que todo sea manipulado por un mundo que niega a Dios.
Hay más testigos de la resurrección de Cristo: papas que se inclinan ante sus fieles, obispos que no buscan ser servidos sino servir a la Iglesia, sacerdotes y personas consagradas que irradian el amor de Dios, hombres y mujeres entregadas a la oración, ofreciendo su tiempo para interceder y aliviar las penas del cuerpo y del espíritu y para reparar los muchos pecados del mundo.
Hay muchos más testigos de la resurrección: hombres y mujeres que buscan reconciliar a amigos divididos, que perdonan a quienes los han agraviado, que respetan la creación honrando al Creador, que permanecen fieles a sus compromisos incluso debiendo cruzar destierros y soledades; que lo dan todo para amar mejor a su cónyuge y a sus hijos. Hay testigos de la resurrección que nos dicen que si la tumba está vacía es porque el Amor que la habitó ha dejado este lugar de muerte para unirse a cada una de nuestras vidas y hacerlas mucho más vivas.
Hay testigos de la resurrección que no esperan la vida eterna como un mero consuelo sino como una extensión transfigurada de lo que ya viven en la tierra. Hay testigos de la resurrección que transmiten alegría en todas las realidades del mundo.
La resurrección solo puede probarse dejando que los vivos nos guíen. No es el espíritu de una persona muerta el que nos guía; es el Cristo vivo.
Por lo tanto, no busquemos argumentos para justificar nuestra fe en la resurrección o para convencernos de ella; simplemente abrámonos al Espíritu del Resucitado. Y entonces, todo se volverá muy claro para nosotros: la resurrección de Cristo nos parecerá evidente, como lo es para San Juan: «él vió y creyó».
Solo el Espíritu de Dios puede convencernos de su poder de vida y amor. Entonces, ¡guiémonos por el Espíritu! Solo él puede iluminar nuestras inteligencias, dar credibilidad a nuestro testimonio de fe y hacer que esta unidad vital entre nosotros. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Jesucristo has resucitado, en verdad has resucitado! ¡Por eso creo en Ti, porque eres el Hijo resucitado y glorioso de Dios Padre que habitas entre nosotros, que vives en mi, que quieres entrar en mi corazón, que intercedes por mí amándome, acompañándome y ayudándome! ¡Has resucitado, Jesús, y yo me entrego a Ti lleno de amor, de esperanza, de confianza, de fe ciega! ¡Has resucitado, Señor, y te reconozco mi Señor, como mi amado Salvador, como el único dueño de todo mi ser, soy todo tuyo, haz de mi lo que quieras! ¡Te pido que entres en mi vida y permanezcas conmigo según lo prometiste que estarás siempre conmigo, hasta el fin de los tiempos! ¡Has resucitado, Señor, y vienes a mi corazón de piedra para hacerlo dócil a tu llamada, para vaciarlo de todo aquello que me aleja de ti, para ser capaz de amar, servir y perdonar, para transformarlo por completo para convertirlo en un templo en el que tu puedas morar! ¡Has resucitado, Señor, y llegas a lo más profundo de mi sepulcro para darme nueva vida, para tener una íntima relación contigo y una estrecha comunión con Dios! ¡Has resucitado, Señor, y yo quiero ser testimonio de tu verdad, de que en verdad has resucitado, anunciarlo al mundo con fe, alegría y esperanza! ¡Gracias, Señor, porque tu resurrección vence al mal con el bien, nos aleja del demonio, nos abre a la esperanza, nos deja testimonios vivos de tu presencia en este mundo! ¡Hoy puedo exclamar con más fuerza y alegría que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!

Hoy celebramos la Resurrección de Jesucristo con el himno de Charles Wesley Christ the Lord is Risen Today (Cristo, el Señor, ha resucitado hoy)

La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

orar con el corazon abierto

¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios: