Con el crucificado a la vera del camino

Camino al atardecer por un paraje hermoso. A mitad de camino me encuentro con un crucifijo con flores a sus pies (fotografía que ilustra este texto). Es un momento bello de intimidad con Cristo. ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! Me quedo un rato en oración ante esta figura del Cristo que me abraza con sus brazos extendidos en la cruz. Siento su abrazo fuerte, amoroso, tierno. Siento como sus manos llagadas traspasadas por los clavos se posan sobre mis hombres. Siento como me abraza cuando la luz del atardecer cae y hace sombra sobre mi fragilidad y mi pequeñez como persona. Siento como me abraza cuando soy volátil como una pluma que es llevada por el viento. Siento su abrazo amoroso y su caricia de amor que me permite descargar en él todos los miedos, los sufrimientos, los temores, las inseguridades. Me siento como María y Juan a los pies de la cruz, contemplando a ese Cristo crucificado que acoge a la humanidad entera.

Y siento de nuevo como me abraza y me interroga por mis necesidades, por mis sueños, por mis ilusiones, por aquello que me preocupa; pero también siento como me abraza y no juzga mis equivocaciones, ni mis sentimientos, ni mis pensamientos. Me abraza y me siento liberado de tantas cargas que me abruman pero también me endereza en el camino torcido. Me abraza y siento que me marca el camino renovándome, transformándome, sanándome, salvándome sin apenas notarlo porque su abrazo lleva implícito el acompañamiento del Espíritu Santo, alma de mi alma, luz de luz en mi vida. 

Y sigo contemplando esa cruz en el camino, cobijada sobre un apaño de madera con flores bien cuidadas a sus pies para obsequiarle con el olor de la vida. Y me siento completamente sumergido en su presencia sintiendo que su abrazo no es un abrazo pasajero sino que tiene visos de eternidad porque el amor de Cristo es eterno. Y me corazón se sobrecoge por tanto amor recibido del que es Amor fiel y duradero. Y aunque tantas veces me escondo de su presencia ayer se hizo presente de nuevo y de una manera viva en un crucifijo a la vera del camino.

Sí, Cristo me abraza, rodea mi pequeñez con el amor que no juzga para que mi corazón se abra a su presencia, para que no pierda nunca la esperanza ni las certezas, para que aunque muchas veces no lo merezca sienta como Su amor es más grande que cualquier otra cosa.

Me toca el Señor y con este simple gesto pude seguir el camino con el corazón abierto y exclamando con alegría: ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado!

¡Señor, gracias por tu presencia en mi vida, por tu amor fiel, por tu compañía en cada acontecimiento de mi existencia! ¡Gracias, Señor, te pido que me envíes la luz del Espíritu Santo para que me llene de bendiciones! ¡Señor, pongo en tus manos mi vida, mis ilusiones, mis esperanzas, mis metas, mis pasos; te pido que por medio del Espíritu Santo guíes mi camino, que llenes de bendiciones mis jornadas y me alejes del pecado! ¡En Tu sabiduría, Señor, pongo mis planes y mi proyecto de vida; pongo también en tus manos a todas las personas que quiero para que impregnes su corazón de tu inmenso amor! ¡Gracias, Señor, porque cada día me invitas a Tu Mesa! ¡Gracias por esta amistad sincera, fiel e imperecedera! ¡Gracias por la vida que cada día me regalas! ¡Gracias, Señor, por tus manos siempre extendidas abiertas al amor, manos que sanan el corazón y el alma, que lo impregnan todo de ternura, amor y misericordia! ¡Gracias, Señor todo lo santo que derramas por el mundo! ¡Gracias también,Señor, por el dolor y el sufrimiento que me ensaña a caminar por la vida! ¡Gracias, Señor, por tu perdón porque me descubre cada día tu infinita misericordia! ¡Señor, gracias, y que no me acostumbre a verte crucificado!

Unirme a la cruz para desclavar a los que están clavados

El de la Cuaresma que ya termina es un camino de interioridad pero también de ser consciente de tantas cosas que te suceden. Una de ellas es que la vida, pequeña y frágil, con sus altos y sus bajos, con sus alegrías y sus penas, son un regalo maravilloso de Dios. De un Dios que es la exaltación del amor, que derrocha a espuertas misericordia.
Me llena de alegría pensar que Dios me ama simplemente por pura bondad porque, habiéndome creado, me ha convertido en una pieza de su amor desbordante y desinteresado. ¡Qué gran regalo el de la vida! ¡Qué gran regalo el de nacer a la vida cristiana con el sacramento del Bautismo! ¡Qué gran regalo el del Padre entregando a Cristo que te permite caminar en una dirección, con un proyecto vital, con una doble seña de identidad: la cruz y el amor!
Cristo, pronto crucificado, integrado en mi vida. Insertado en lo profundo de mi corazón. Vivificado en Él que es todo amor gratuito y generoso, todo gracia, todo don, todo bondad, todo entrega…
En esta Cuaresma, en este camino de interiorización profunda, busco a este Jesús que desprende ese amor gratuito; un amor que, por mis abandonos, faltas, caídas y miserias, no soy digno de recibir pero que Dios me regala por gracia y bondad.
No dejo de contemplar al Cristo crucificado; contemplo ese amor incomprensible para la mirada humana pero tan arraigado a la luz de la fe. Es un amor tan grande, tan profundo, tan lleno de tanta ternura, delicadeza, dulzura y compasión que no puedo más que desconcertarme. Ese amor sin medida del Cristo prendido y colgado en la Cruz es un regalo valiosísimo del Padre, que acojo con el corazón abierto. Y siento una necesidad profunda de abrazar la cruz; y desde ese abrazo romper aquello que me encadena al pecado, que busque el perdón, que acuda al encuentro del prójimo, que me acerque al que me da la espalda, que no juzgue, que prescinda de los convencionalismos que discriminan, que, que, que…
Siento en ese abrazo a la cruz, en ese amor que desborda la cruz, que deseo unirme a ella para desclavar a todos aquellos que están clavados por sus sufrimientos, sus dolores, sus heridas, sus angustias… Y hacerlo por puro amor, el mismo que siento Cristo desborda a raudales en mi pequeño corazón.

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¡Gracias, Señor, porque eres puro amor! ¡Porque me enseñas el sentido profundo del amar! ¡Gracias, Señor, porque me muestras lo importante que es abrazar la cruz para obtener frutos de ella! ¡Gracias, Señor, por morir por nosotros en la cruz! ¡Gracias, Señor, porque tu escuela del amor y de la cruz es pura enseñanza para mí; me muestras a poner amor en mis cruces cotidianas y en mis debilidades, caídas y sufrimientos aprendo a apartar estos obstáculos que me impiden seguirte con alegría y con amor! ¡Gracias, Señor, porque sin merecerlo me invitas a abrazar tu cruz y acompañarte en el camino de la vida, acompañando también a los que tengo cerca y que sufren cruces más grandes que la mía! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas lo importante que es amar y que la cruz me lleva siempre hacia el prójimo! ¡Gracias, Señor, porque este camino de Cuaresma me puedo impregnar de tu amor y desde tu amor vivir caminos de paz, reconciliación, de misericordia y de perdón!

Contemplar al que traspasaron

Se acerca la Semana Santa. Hoy, en mi despertar, he sentido una invitación profunda a contemplar a Aquel al que traspasaron que me lleva con toda su fuerza al corazón del misterio de la salvación, del amor loco de Dios que no dudó en dar a su Hijo, para tomar la forma de un esclavo, que se convirtió en el Siervo desfigurado por el peso de nuestros pecados y que obtuvo la salvación del Padre para todos nosotros.
Me he imaginado a los pies del Calvario. En esa escena dolorosa y terrible en la que Cristo fue clavado en la cruz. Y contemplo al que traspasaron. De su costado traspasado fluye sangre y agua. La sangre de la Eucaristía y el agua del bautismo. Y siento como Cristo me interpela: ¿Qué representa esta imagen para ti? ¿Qué le respondo al Señor?
Con este horizonte, la Cuaresma no es más que un camino de transformación personal. Ya llegará la Vigilia Pascual en la que estallará la alegría de estar con Cristo pasando de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. Pero mientras tanto la figura de Jesús se me presenta como el mensajero del amor de Dios, como el que confronta la oscuridad en una batalla cuyas profundas historias de milagros revelan el amor; quien por mano de Dios es victorioso sobre el sufrimiento, el dolor, la tribulación… Todo me lleva a un mayor ardor en mi vida cristiana; caminar hacia el amor porque de lo contrario nada tiene sentido; recordar que soy polvo y que volverá un día al polvo, un concepto tan a menudo criticado pero tan realista y tan rico en profundidad humana. Por lo tanto, mi camino de Cuaresma, por pequeño que sea, me abre un camino para caminar con Aquel en quien creo, Aquel a quien traspasaron. Es una invitación para salir de mi mismo y abrirme al abrazo misericordioso del Padre.
Contemplar al que traspasaron me invita a abrir mi corazón de par en par al prójimo y abrazar sus heridas y sufrimientos, aliviar los dramas de la soledad y el abandono de tantas personas. Es vivir una experiencia renovada del amor de Dios que se entrega a nosotros en Cristo, amor que debo entregar a mi prójimo, especialmente aquel que más sufre y pasa dificultades.

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¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado y traspasado en la cruz! ¡Que cada vez que te contemple en la cruz mi fe se fortalezca, me acerque más a ti y sienta la necesidad de volver mi mirada a Ti, que te traspasaron el alma por mis pecados! ¡Que cada vez, Señor, que fije mi mirada en el crucifijo lo contemple con una mirada de fe, de esperanza y de amor! ¡Que sienta que no es solo una imagen en la que estás tu, sino una realidad viva de fe, esperanza y salvación! ¡Que sea, Señor, un motivo para mí de recogimiento y de mucho amor y también de agradecimiento al Padre que te entregó para que mi vida tenga sentido de eternidad! ¡Que contemplándote traspasado en la cruz suponga para mi un nuevo renacer, implique un transformar mi vida, un crecer espiritualmente, un renovar mi interior con más paz y vida interior! ¡Señor, quiero abrazarte en la cruz, quiero unirme a ti en el camino del amor, quiero amar hasta el extremo como amas tu, quiero morir en mi humanidad para ser entrega para los demás desde la humildad, el servicio y el amor! ¡Señor, contemplo tu cuerpo desfigurado por tantas indiferencias humanas, por tanta soberbia y rencores, por tanto egoísmo e iniquidad y me duele mi corazón porque siento que también soy el responsable de que tu costado haya sido traspasado por la lanza, tus manos y tus pies clavados en la cruz y tu cabeza coronada de espinas! ¡Señor, me postro ante ti, traspasado en la cruz, y te doy gracias por la autenticidad de tu amor, por tu escuela de servicio, por tu abrazo de amor! ¡Señor, que mi contemplación de la cruz sea un reencuentro cotidiano con el amor del Dios Crucificado! ¡Que no me olvide cada día de abrazar con amor tu Cruz para ser transmisor de amor y esperanza a los demás desde la escuela de la Cruz!

Hoy es primero de abril. Nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre. Para este mes nos pide rezar para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones sean bien ayudadas y acompañadas.

Sentir las penas de Jesús a través de María

Tercer sábado de marzo con María, la Madre de Dios, la mujer que comprende los sufrimientos del alma humana, en lo más profundo de mi corazón. Contemplo hoy a María penetrando en cada uno de los sufrimientos de Cristo durante su Pasión. Pienso en cómo María se debió encontrar en ese momento álgido de la vida de Jesús sin poder darle el menor de los consuelos y sin poder proporcionarle el cariño de Madre para evitarle tanto dolor corporal, para saciar su sed, para aliviar cada una de los humillaciones recibidas, para limpiar su rostro y su cuerpo magullados. Pienso en cómo se le traspasaría el corazón con la espada de los insultos y las blasfemias que se pronuncian contra Jesús, Ella que lo conocía tan bien y sabía de su humanidad, de su bondad y el abundante amor que desprendía su corazón divino. Me descompongo al pensar cuánto sufrimiento en su corazón de Madre ante tanta ingratitud y desagradecimiento ante el Señor de las Bienaventuranzas, de la sanación interior, de los milagros, de la Buena Nueva. Se trunca mi corazón por Ella que ve como en el momento supremo en que Cristo está dando su vida por el ser humano, la desbandada es general. María permanece allí, en el pretorio, en el camino hacia el Calvario y a los pies de la Cruz. También yo he sido uno de los que le han abandonado, le he insultado con mis pecados, le he injuriado con mis infidelidades, he permitido su sufrimiento con mis faltas. Soy también consecuencia con mis actos y mis infidelidades del sufrimiento de Jesús y de María porque Cristo cargó la cruz no solo con los pecados humanos pasados sino también con los presentes y futuros.
Hoy, en este sábado, quiero de aprender de María a compadecerme con el corazón abierto de la Pasión de su Hijo. No caminar por la vida mostrándome indiferente a un hecho tan crucial en mi vida cristiana. Y por eso le pido a la Virgen, que se mantuvo firme y fiel a lado de Jesús, que humanice mi corazón, que lo haga humilde, pequeño y pobre para sentirse conmovido por Jesús y no permita que me acostumbre a verlo crucificado.

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¡María, Virgen santa, Madre buena, enséñame el camino para amar más a Jesús, para no mostrarme indiferente a su amor divino, a no acostumbrarme a verlo crucificado! ¡María, que tan asociada estabas a la misión de Jesús, muéstrame el camino para vivir como un auténtico seguidor suyo! ¡Quiero aprender de ti, María, a mantenerme fiel en la unión con tu Hijo incluso en los momentos de la cruz, a adherirme a ti en la pasión redentora de tu Hijo, que tu viviste con la participación en su dolor! ¡Ayúdame a ser compasivo, María, porque en tu compasión tu corazón repercutió todo lo que Jesús padeció en el alma y en el cuerpo; ayúdame a vivir también así muy unido a la Pasión de Jesús para que todo lo que haga en mi vida esté impregnado de amor! ¡Que aprenda de ti, María, que al asociarme al sacrificio de Jesús me estoy subordinando a Él! ¡Ayúdame a ser como tu, María, en tu inquebrantable firmeza y tu extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos, en ser firme en la fe, en la esperanza, en el amor y en el cumplimiento de la voluntad de Dios! ¡Tu, María, que sufriste con dolor y amargura los insultos que recibió Jesús, respondiste a tanto agravio y humillación con un corazón indulgente y una actitud de perdón, asociándote con Jesús en su súplica a Dios de que perdonara a todos porque no saben lo que hacen; que como tu, María, mi corazón esté predispuesto al encuentro del otro, a perdonar siempre, a romper las cadenas del mal! ¡María, te tomo de la mano y te presento mi súplica: acoge todas y cada una de mis penas y las de los que me rodean para que las llenes de consuelo; toma mi cuerpo y las de mis próximos para que los sanes, toma mi corazón y la de mi prójimo para que los llenes de amor, bondad, perdón, contrición, paciencia y caridad y toma nuestras almas para que caminen siempre purificadas para alcanzar la salvación que nos ha prometido tu Hijo Jesús!

¡Gracias Señor por la escuela de la Cruz!

Cuesta entender los motivos por los cuáles Jesús murió en la Cruz. Cuesta comprender que fuera tratado como un gusano, maltratado y humillado para morir como un delincuente común. Pero Cristo reposa en lo alto de la cruz porque fue alguien manso de corazón, que consolaba al que llora, que saciaba al que tenía hambre y sed de justicia, que era misericordioso con el prójimo, que era limpio de corazón, humilde en sus gestos, pequeño ante los poderosos, pacífico en su manera de hablar y darse a los demás, alegre en el vivir, amoroso y generoso con el necesitado, servicial con todos, pacífico para reconciliar a los hombres, siempre predispuesto a ayudar al oprimido, al perseguido y al humillado… ¿Qué paradoja tan cruel que se crucificara en un madero al Amor mismo, no?
La Cuaresma me invita a amar la Cruz. Amar la Cruz y amar el sentido de la Cruz. Y sobre todo a amar más todavía a quien dignificó la Cruz. A Cristo mismo. Él representa la verdadera escuela del amor. Él es el canto mismo de las bienaventuranzas. Él es la dignificación de la escuela del donarse a los demás. Lo que Jesús muestra en las bienaventuranzas es a Él mismo. Él es el santo, Él es la plenitud de la vida. Y por eso murió en la cruz.
Y viéndole a Él allí colgado quiero con más ganas seguirle, imitarle en todo a pesar de mis debilidades y mi pequeñez, tratar de ser como Él en mis gestos, en mis actitudes, en mis palabras, en mis pensamientos, en mi manera de mirar, de sentir… Yo aspiro a la felicidad, aspiro a esa felicidad que proviene de estar en unión íntima con el Amor verdadero. Y la cruz me marca el camino y las causas por las que Jesús murió en la cruz, la vida bienaventurada, es la senda que quiero señale mi caminar, una vida llena de amor y repleta de una multiplicidad de matices que cubra todas los espacios de mi vida personal y la que vivo con los demás.
¡Hoy, como cada día, doy gracias al Señor por la escuela de la Cruz!

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¡Señor, gracias por la escuela de la Cruz1 ¡Gracias, porque te has entregado por mi muriendo en la cruz! ¡Gracias, porque en el silencio de la Cruz Dios me demuestra el enorme amor que siente por mí, el que Tú sientes por mí, la gran sabiduría de la escuela del Amor! ¡Señor, en este día y en todos los que vienen quiero como San Pablo no vivir más que la sabiduría de la Cruz, ser un alter Christus, crucificarme contigo! ¡En esta escuela de la Cruz, quiero aprender de Ti a obedecer la voluntad del Padre, a sufrir por amor, a renunciar a mis egoísmos y mis soberbias para cumplir lo que el Padre quiera para mí! ¡En esta escuela de la Cruz, Señor, quiero hacerme pequeño, frágil, débil y humilde para acoger la sabiduría del poder de Dios! ¡En esta escuela de la Cruz, Señor, quiero hacerme bienaventuranza para el prójimo, despojarme de mis yoes e impregnarlo todo de amor! ¡En esta escuela de la Cruz, Señor, quiero parecerme a Ti que eres en este tiempo pobre entre los más pobres, pero lleno de Dios que todo lo llena y todo lo cubre; quiero aprender de Ti, Señor, que esa pobreza cubre por completo a la humanidad entera con un amor infinito, generoso y misericordioso! ¡Que no me acostumbre a verte crucificado, Señor, sino verte en lo glorioso del madero santo dando amor a espuertas, iluminándolo todo, transformando los corazones y la vida, salvando a los que sufren y a los caen, redimiendo a los pecadores y los que no tiene fe! ¡En esta escuela de la Cruz, Señor, hazme comprender que tu entregas la salvación a los rotos, a los desgarrados, a los humildes, a los que sufren, a los perseguidos, a los descarriados, a los pequeños, a los llenos de heridas, a los afligidos, a los sufrientes, a los repudiados, a los débiles… entre ellos estoy yo, Señor del Amor, con todas mis imperfecciones y pecados; ten compasión de mi y ayúdame a enderezar lo que está torcido, a encauzar lo que debe ser cambiado y a cambiar lo que debe ser bien orientado! ¡Aspiro al cielo prometido, Señor, y no me importa alcanzarlo abrazado a la cruz!

La cruz es cátedra de amor

La cruz, vista desde la fe o sin ella, provoca dolor. La cruz golpea profundamente el corazón humano. La cruz oprime intensamente. La cruz ciega. La cruz que se ve como símbolo de derrota, de humillación, de impotencia. La cruz genera verdadero rechazo en muchos. La cruz supone una carga difícil de sobrellevar. La cruz crea angustia vital, desazón y ansiedad. La cruz —o, mejor dicho, cargar con ella— pesa. La cruz es causa de persecución. La cruz es motivo de opresión. La cruz golpea de una manera radical. La cruz abate a quien la contempla. La cruz es semillero para el desconcierto. La cruz es razón para una sacudida vital… Pongámosle a la cruz cuantas calificaciones duras queramos pero no hay que olvidar nunca que la cruz forma parte de nuestra vida porque la cruz la colocó Cristo en el centro mismo de la vida. Sin cruz impregnada en el corazón mismo de cada persona, sin cargarla ni asumirla, el ser humano deja de ser hombre.
Puedo rechazarla, ignorarla, despreciarla, avergonzarme de ella… pero la cruz aparecerá siempre porque es la cátedra sobre la que descansa la escuela del amor, la teología amorosa del Padre, el camino que conduce a la salvación, el símbolo que acompaña toda vida cristiana. La cruz es el símbolo supremo del cristianismo. Y yo la amo, la asumo en mi vida, la llevo colgada de mi pecho para recordar cada día que es motivo de iluminación de mi existencia. Porque la cruz, aunque me cueste llevarla, me provoca esperanza, consuelo, unicidad con Cristo, renuncia de mi mismo, compromiso con mi vida cristiana, confianza en el poder de Cristo, seguridad de que siempre en la caída podré levantarme, que ante cualquier derrota surgirá la victoria. La cruz es el estandarte que me mueve porque me lleva a la vida, a la luz y al Reino que Cristo promete.
Y veo la cruz como el canto amoroso del Padre que se acerca al hombre por medio de su Hijo para derrotar el pecado asumiendo en propia carne el dolor mismo.
Los dos maderos entrecruzados de manera vertical y horizontal ejemplifican la plenitud y la sabiduría de Dios, la revelación más extraordinaria del amor misericordioso y pleno de Dios, la reconciliación entre la humanidad pecadora y la bondad de Dios.
Para mi la cruz no es un escándalo. Para mí la cruz es un símbolo extraordinario de gloria. De esperanza. De salvación. De compromiso cristiano. De la Buena Nueva del Evangelio.
La cruz, desde la que Cristo me abraza con sus brazos extendidos, me muestra quien soy, me pone en mi lugar, me dignifica como hombre y como cristiano, me muestra el camino a seguir: la vida eterna.
Y en esta Cuaresma me agarro más que nunca a la cruz de Cristo porque por ella me siento más hermano de Jesús, más hijo del Padre y más cercano al prójimo que me rodea. Y me hace más consciente de que mi vida ha de ser donación de amor porque la cruz es ante todo el símbolo real del amor más puro y extraordinario jamás entregado. ¡Cruz, bendita cruz, incluso cuando se me haga difícil cargar con ella!

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¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! ¡Que no me canse de adorar y besar la Cruz de cada día! ¡Señor, ayúdame a ponerme a los pies de Tu Cruz para abandonarme enteramente a Ti y confiar en que Tu me darás siempre lo que es mejor para mi! ¡María, Madre, ayúdame a contemplar el misterio inefable de la Cruz! ¡Te ofrezco, Señor, mi cruz de cada día! ¡Cuando lleguen, Señor, esos momentos de Cruz que tanto me cuesta aceptar que sea capaz de ofrecértelos con amor! ¡Ayúdame, Señor, a no rebelarme, a no quejarme, a no protestar, a no agitarme ni perturbarme! ¡Ayúdame a penetrar en los secretos de tu corazón doliente, Señor, para corresponder en mi limitada vida cotidiana a tu fidelidad y a tu amor!

¡Señor, concédeme la gracia de saber mirarte en la Cruz!

Hay días repletos de dificultades, de obstáculos, de barreras que superar, de impedimentos que te inquietan, de relaciones con terceras personas que te duelen, de situaciones que te debilitan, de actitudes que te abaten… Las fuerzas merman, el ánimo decae, la alegría se marchita, la energía se debilita…
En estos casos, en los que transitas por el desierto árido de la vida, te sientas junto a Jesús. Él también estuvo cuarenta días en el desierto. Y de allí, a lo alto de la Cruz, cumpliendo la voluntad de Dios.
Mirar la Cruz. En la debilidad, mirar la Cruz. En los cansancios, mirar la Cruz. En el decaimiento, mirar la Cruz. En los desánimos, mirar la Cruz. En el sufrimiento, mirar la Cruz. Y, sobre todo, mirarle a Él. Al Crucificado.
Mirar la Cruz y al Crucificado y leer en sus labios: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Basta esta frase para que todo dolor se aleje de ti porque la cruz es el camino a la gloria, el símbolo que te ofrece la luz. La Cruz, vista desde la fe, da la respuesta que todo ser humano espera. Y Cristo se hace norma en tu propia vida. Te permite comprender que Cristo asumió la muerte en la cruz para cumplir la voluntad del Padre. Y que tu debes hacer lo mismo que Él. Aceptar la voluntad de Dios y cargar con la cruz.
La Buena Nueva del Evangelio radica en seguir al Hombre que, predicando la Verdad, murió crucificado. Y en ese gesto está la sabiduría y el poder de Dios.
¡Qué nunca una dificultad, un sufrimiento o una debilidad me aleje de la cruz de Cristo que se hace Evangelio en mi vida porque quiero renacer a la vida, porque quiero salir de esta Cuaresma como un hombre nuevo, porque quiero vivir mi vida al estilo de Jesús!

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¡Señor, cuando el sufrimiento me invada, concédeme la gracia de saber mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando el dolor se me haga presente, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando me aprieten los problemas, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando las dificultades me paralicen, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando no encuentre sentido a lo que me acontece, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando el resquemor llene mi corazón, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando el resentimiento se impregne en mi alma, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando la desesperanza revoletee por mi vida, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando decaiga en mi vida espiritual, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando me enfade con el mundo o con algún ser querido, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, cuando las penas sean pesadas, concédeme la gracia de mirarte en la Cruz! ¡Señor, quiero acercarme a los pies de la Cruz y mirándote levantarme para renacer de nuevo, para darle sentido a mi vida, para convertir mis dolores en un sacramento de amor como hiciste tu! ¡Bendita sea, Señor, tu cruz y ayúdame a saber llevar mis cruces con dignidad, confianza, esperanza por amor a Ti y a los demás!

 

¿Puedo evitar que mi vida cristiana se convierta en algo rutinario?

Con harta frecuencia si uno desea lograr cambios importantes en su vida tiene que dar pequeños pasos. Sin embargo, no es sencillo arriesgarse y cuesta tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Es habitual que nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Mi alma tiene sed de ti, Señor

Reconozco mi condición de pecador

Esta frase de San Agustín que leí hace tiempo me obliga a esforzarme a vivir en gracia y amistad con Dios: «El pecado es la causa de todos los males».Quiero tenerlo presente y abro el salmo 51: «compadécete de mí, Oh Dios». Éste miserere mei Deus del salmista es la oración del alma pecadora y te hace tomar conciencia de tu fragilidad y de tu condición de pecador porque «reconozco, Señor, que he pecado contra ti». Y lo más grave, he cometido el mal en tu propia presencia.
Y ese pecado cometido deja en mi corazón una brizna de oscuridad, una impronta de dolor, el sello de la enemistad y el alejamiento de Dios. Cada vez que peco mi pecado se vuelve contra mí.
Te quedas inerte como el paralítico acostado en su lecho. Y, entonces, solo te queda acudir a la confesión y pedirle al buen Jesús que por su infinita misericordia y amor se compadezca de ti. Y cuando el confesor, en nombre del amor y la bondad de Cristo, te ofrece la absolución te postras ante el crucifijo y contemplas el rostro ensangrentado y el cuerpo magullado de Cristo en la cruz. Y no puedes más que dar gracias por tanto amor y de tus labios surgen, amorosamente humildes, estas palabras de petición: «Señor, termina en mí la gran obra de tu misericordia y, sobre todo, no permitas de ahora en adelante que me aleje de ti».


¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Gracias, Padre! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Cristo es luz eterna, compañía perpetua, y esta idea queda hermosamente reflejada en esta obra Lux Aeterna de Edvard Elgar:

En mi Getsemani

Miércoles Santo. El domingo Jesús entró en Jerusalén montado en un humilde pollino. Hoy miércoles ya sabe lo que le aguarda entre enemigos llenos de odio que llevan días, desde la resurrección de Lázaro, con ansias por prenderle. Uno del grupo íntimo, teórico amigo, está presto a venderlo por treinta monedas de oro mancillado por esa tibieza que tiene su cúlmen en el beso de la traición. Los tres discípulos escogidos para acompañarle duermen incapaces de orar en esa noche larga, triste y oscura, la más dolorosa de la vida de Jesús. Los vítores del domingo han quedado atrás. Solo se «escucha» el silencio desgarrador de Getsemaní, en medio de la tiniebla. Caído de rodillas y sudando sangre, tal es el dolor, ruega en su oración al Padre que pase de Él este cáliz. Queda pocas horas para la entrega, para la llegada de esos soldados al que el impetuoso Pedro hará frente y cortará a Malco su oreja. Poco tiempo para poner su mano sobre la herida abierta y sanarla. Tiempo para cruzar su mirada con Pedro, elegido roca que sustente la Iglesia, y que aun así le negará tres veces antes de que cante el gallo y saldrá corriendo a llorar amargamente consciente de su abandono. Quedan por delante acusaciones falsas, conspiración del Sanedrín, un juicio injusto, manos que se lavan exculpándose de un crimen y un malhechor beneficiado por tanta mentira orquestada en su contra. Y eso no es todo. Insultos, golpes, escupitajos, azotes, una corona tejida de espinas sobre la cabeza, largos y terribles clavos, reparto infame de sus vestiduras, una esponja empapada en vinagre, burlas de los presentes al verlo prendido en la Cruz, un ladrón cuestionándole su divinidad, una lanza penetrada en el costado y la muerte en Cruz. ¡Impresionante testimonio de amor!
¡Qué soledad la del Señor desde Getsemaní! ¡Qué triste comprender como sentiría la soledad humana, el abandono, el sufrimiento, el miedo, la amargura! ¡Qué tristeza entender como tuvo que vivir la angustia a solas con el Padre, sin la presencia de los seres humanos por Él creados! ¡Que desazón ver que no hubo nadie capaz de dar consuelo y sanar aquel corazón herido que a tantos dio la vida, la esperanza, la vista, que había saciado tantos estómagos, que tantas lecciones de amor había ofrecido! ¡Y allí está, enfrentado a su muerte en Cruz rodeado de soledad!
En ese huerto repleto de olivos su oración es de súplica. El Espíritu de Dios le cubre. Tiene que ser profundamente desgarrador sentir el peso del pecado caer sobre tu corazón. ¡Pero cuanto amor hay en este Cristo, amor de los amores! ¡Cuanto amor por el ser humano para hacer la voluntad del padre y derramar su sangre para dar nueva vida al mundo. Cristo, el Rey de Reyes, el INRI de lo alto de la cruz, el médico de cuerpos y almas, el maestro divino, dijo «hágase» como su Madre. Y ese «Sí» salvó a la humanidad entera.
Hoy miércoles santo entiendo que debo hacer siempre como Jesús. Aceptar la voluntad del Padre. Permanecer en mi Getsemaní particular despierto, atento; soy conocedor de que se trata de un lugar donde impera el dolor, la turbación, la angustia… pero también es ese espacio en el que, ante la incertidumbre que conlleva el sufrimiento, puedes tomar las decisiones más acertadas. Allí, en el silencio, oras y velas esperando la respuesta del Padre responda. Allí Dios escucha atento, lee el corazón suplicante, asume tu soledad y tu fragilidad humana, tus angustias y temores, y exhala con la fuerza del Espíritu una brisa fresca y una fragancia de vida que llena de rocío esa aridez bendecida por Él.

Hoy no surge de mis labios oración alguna. Me siento incapaz de hacerlo. Prefiero mantenerme en silencio consciente de que estoy entre los que le abandonaron y me dormí en Getsemaní. Solo puedo musitar compungido: ¡Perdón, Señor, perdón; no tengas en cuenta mis abandonos ni mis faltas! ¡Comparto tanto tu tristeza como tu soledad y mi total adhesión a la voluntad de Dios!

En mi Getsemaní, cantamos en oración en este miércoles santo tan cercano a la Pasión del Señor: