Volver a la fuente viva de nuestras asambleas

Cada año en este día celebramos en la Iglesia la consagración de la Basílica de Santa María la Mayor, la única de las basílicas mayores de Roma ⎯San Juan de Letrán, san Pedro, san Pablo Extramuros y san Lorenzo Extramuros⎯ que conserva su estructura original pese a las modificaciones que ha sufrido a lo largo de la historia. Es una iglesia erigida en el siglo IV por el emperador Constantino. ¿Cuáles son las razones para incorporarla en el calendario litúrgico? El principal, sin duda, es que esta iglesia es la sede, la catedral, del obispo de Roma. Es el corazón de la comunidad de creyentes que viven en Roma alrededor de su pastor, sucesor de San Pedro.

Por un lado es una celebración de connotaciones materiales, unido a las raíces visibles, inscritas en el suelo, en el espacio y en el tiempo que acogió a las mayores congregaciones de los primeros cristianos romanos. La verdadera realidad, la profunda, es que celebramos el sentido de comunidad de fe, con todos sus riesgos que los ha habido a lo largo de la historia, y nuestra solidaridad con el pastor del rebaño y, sobre todo, con el pastor de los pastores: Cristo.

Este lugar sagrado, para quienes hemos tenido la fortuna de visitarlo, exhala una enorme paz, no solo por la belleza arquitectónica y artística. Conmueve el corazón y abre el alma especialmente cuando te encuentras ante la imagen la Virgen María, venerada con la dulce  advocación de Salus Populi Romani, que durante las celebraciones pascuales el Papa quiso que presidiera todos sus actos.

No es tan solo un templo de piedra, es un monumento que cobra vida, que se convierte en una fuente viva de fe. Como catedral de Roma nos recuerda que es Jesús en su total obediencia al Padre, en su humanidad rebajada y exaltada por el Padre que lo resucita, quien es la verdadera fuente de la vida de los creyentes y de la Iglesia. «Vosotros sois el cuerpo de Cristo» nos recuerda san Pablo como recordaba con fuerza y ​​vigor a las primeras comunidades cristianas. Y esta afirmación no ha perdido vigencia.

En una sociedad donde las comunicaciones vuelan a ritmo vertiginoso ⎯redes sociales, aviones, internet, etc.⎯ la movilidad es un activo. ¿Pero no hay peligro de perder sus raíces, su esencia, la profundidad del mensaje?

Celebrar la dedicación de una iglesia no es solo la celebración de quienes nos han transmitido una herencia sino también y sobre todo la ocasión de volver a la fuente viva de nuestras asambleas: la presencia de Cristo muerto y resucitado en el seno de nuestra iglesia, de nuestros corazones y de nuestra vida.

¡Señor en este día te pido que nos ayudes a mantener los cristianos la unidad, que estemos siempre unidos en la creencia de Ti, en Tu Palabra, en tu Evangelio, en tu Buena Nueva! ¡Que esta unidad sea algo más que una coexistencia pacífica, que se convierta en romper las dificultades y las diferencias que hay entre nosotros para que bautizados en un solo cuerpo todos seamos uno contigo! ¡Y a ti Madre, Salus Populi Romani, Madre de Dios y Madre Nuestra, te pedimos por el Santo Padre, por los obispos y sacerdotes, por los consagrados y consagradas, por todos los fieles cristianos, por los que no creen, para que nos ayudes a superar los vaivenes de la vida, para vencer los escollos que nos diferencian, para que nos unas en torno a tu Hijo! ¡Acudimos a ti, Madre Santa, para que protejas a todos los que en estos tiempos de incertidumbre acudimos a ti en busca de paz interior, de consuelo, de esperanza, de amor, de serenidad! ¡Acoge con amor, Madre, las súplicas que te presentamos y elévalas al Padre para que nos libere de las aflicciones, de los sufrimientos, de las dudas y de las incertezas! ¡Fuente de todas las gracias, conviértete en nuestra luz, nuestra guía y nuestra esperanza! 

¿Qué valor tiene Cristo para mí?

A esta pregunta le podría añadir otras. ¿Lo considero el camino, la verdad y la vida? ¿Es para mí el auténtico mediador hacía Dios? ¿Lo considero el dador de la vida divina? ¿Creo que me justifica y me hace hijo de Dios? ¿Lo amo de verdad?
Para mi, Jesús son muchas cosas al mismo tiempo. Es el Hombre Dios nacido en Belén del seno virginal de María, engendrado por el Espíritu Santo, que vivió una vida oculta durante treinta años, que predicó la Buena Nueva hasta su Pasión y muerte en cruz y que, con su Resurrección, reina desde el cielo. Cristo es el centro de mi espiritualidad cristiana, mi guía, mi luz, mi referencia. El espejo en quien mirarme, la referencia para seguirle. Ser en Cristo y en Cristo.
Jesús también es para mí el Cristo eucarístico, El que se hace presente cada día en la Santa Misa, el que despierta en mi un profundo amor, adoración y reverencia durante la celebración de la Eucaristía, al que puedo dar gracias en la comunión por esa intimidad profunda y cercana que siento al tenerlo en mi corazón cada día. Es el Cristo eucarístico que se aviene, con humildad, a entrar en mi pobre y soberbio corazón porque quiere habitar en mi y ser un solo Cuerpo conmigo. El que me une a la comunidad con mis hermanos en esa fraternidad de amor que es la Santa Misa, fraternidad que comenzó aquel día en que el Espíritu Santo vino a mí el día de mi bautizo.
Jesús es, asimismo, el ser al que estoy unido místicamente porque toda mi vida quiere ser una unión viva y profunda con Él. Quiero ser las ramas del frondoso árbol de la vida en la que Cristo riega mi corazón con la gracia, es el alimento que lo sustenta y que tiene en María el pálpito alegre del corazón. Cristo es el compañero de viaje, el amigo, el hermano, la esperanza cotidiana, el que me vincula a mi prójimo para caminar juntos hacia la patria prometida.
Pero, sobre todo, Cristo es mi mayor tesoro, mi posesión más preciada. Es el centro del todo, el que me permite exclamar con alegría: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.

 

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¡Señor, te amo, te adoro y te glorifico! ¡Que te ame siempre, Señor, y que nada me aparte de Ti! ¡Te amo, Señor, y que con amor se acreciente en mi interior el amor por tu Palabra y tu Buena Nueva! ¡Te amo, Señor, y que mi vida sea un constante canto de alabanza y de acción de gracias por todo lo que has hecho y haces en mi vida! ¡Te amo, Señor, por hacerte presente cada día en la Eucaristía, por invitarme a sentarme en tu mesa aunque no sea digno de que entres en mi casa y por hacerte presente en mi por medio de la comunión diaria! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente cada día en mi vida en este encuentro cotidiano en el que me ayudas a crecer como persona! ¡Te amo, Señor, por tu gran misericordia que me perdona mis caídas y me ayuda a que me duelan mis faltas! ¡Te amo, Señor, por tu humildad y tu servicio que es una escuela de amor para mi y me ayuda a entender cuál es el valor del servicio! ¡Te amo, Señor, porque te haces presente en mis labores cotidianas y en mi trabajo y me ayudas a intentar santificarlo cada día! ¡Te amo, Señor, porque reinas en tu Santa Iglesia Católica a la que tanto quiero y que a pesar de la imperfección de los que la formamos es perfecta porque está creada por Ti! ¡Te amo, Señor, por tu sacrificio en la Cruz y por tu Resurrección que me redime del pecado y me abre las puertas de la Vida Eterna! 

Cristo, pan de vida nueva:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

¡Quiero ser santo!

Hoy le digo a Dios: «¡Padre, quiero ser santo!». Tenemos una imagen falsa y preconcebida de lo que es e implica la santidad. Consideramos que es el resultado de un enorme esfuerzo para alcanzar una cierta perfección y que, en realidad, solo unas pocas personas llegan excepcionalmente a este estado de elevación espiritual. La santidad no es esto. No es la perfección moral. Es la perfección de la caridad en el sentido de que acogemos en nosotros mismos la misma santidad de Dios, que está en Dios y a quien permitimos que se desarrolle en nosotros. Al final, la santidad es bastante simple. Es dejar que la vida divina recibida por el bautismo y la confirmación se desarrolle en nosotros. Es permitir que la luz de Cristo ilumine nuestra vida para que lleguemos a ser luz del mundo.
La santidad consiste en dejar que la vida de Cristo crezca en nuestro interior rechazando lo que es contrario a esta vida. En realidad, un santo no es más que un cristiano normal, es decir, un pobre pecador que entra en diálogo con el Cristo resucitado y se deja transformar gradualmente por el poder de la resurrección. Es recibir la llamada del Padre, no por el bien de sus obras, sino por la grandeza de su misericordioso, justificándose en Cristo. La santificación que cada uno ha recibido con la gracia de Dios debe preservarse y completarse en la vida cotidiana.
Uno no puede crecer en santidad solo. De la misma manera que no se puede vivir el cristianismo solo. Esto es también lo que produce el bautismo. Por el bautismo, somos incorporados a la Iglesia. El bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Nos hacemos miembros el uno del otro y tenemos que entrenarnos unos a otros a la santidad.
Pero el camino de perfección tiene la cruz la esencia profunda de la vida del cristiano. No es posible la santidad sin renuncia, sin combate espiritual, sin fe, sin amor al prójimo y confianza en Dios.
¡Quiero ser santo! Pero para lograr esta perfección tengo que poner todo mi empeño, de acuerdo con los dones recibidos de Cristo, para entregarme por completo a la gloria de Dios y al servicio amoroso al prójimo. Seguir las huellas de Jesús tratando de ser imagen suya en este mundo, obediente a la voluntad del Padre para dar frutos y ser luz. Lejos estoy de esta santidad pero no debo dejar de caminar para alcanzar la tierra prometida.

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¡Señor, como bautizado me llamas a la santidad, la perfección de la caridad, a la plenitud de la vida cristiana, a seguir tu mandato de ser perfecto como Tu Padre celestial es perfecto! ¡Sabes, Señor, que solo no puedo! ¡Que mi camino es tortuoso, que mis caídas muchas, mi debilidad me impide muchas veces avanzar con firmeza, que mi capacidad de amar es limitada, que la pequeñez de mi vida limita mis pasos, que mi falta de confianza es a veces grandes, pero te necesito de tu ayuda por eso te pido que envíes tu Santo Espíritu para que me renueve cada día! ¡Ayúdame a Ser Santo, Padre Celestial, porque Tu intervienes cuando se acoges con ternura mis súplicas sinceras! ¡Padre, tu me has predestinado, como has predestinado a tanto, a ser la imagen de Jesús en mi entorno, tu me llamas a ser discípulo de Tu Hijo, tu me has justificado para que sea testigo de la verdad, Tu me llamas cada día para tener una unión íntima contigo, con Jesús y con el Espíritu Santo en compañía de María, no permitas que deje de acudir a vuestra llamada! ¡Tu, Padre, me envías cada día gratuitamente gracias abundantes que son signos evidentes de tu amor; no permitas que los desaproveche! ¡También Padre, me enseñas la senda de la cruz, del sufrimiento y del dolor, hazme comprender que no es posible mi santidad si antes no acepto la cruz de Jesús, la renuncia y el levantarme cada vez que caigo! ¡Padre, Jesús nos enseñó a amar y dar la vida por el otro, hazme apóstol de tu misericordia, discípulo de las buenaventuras, hermano del amor al prójimo! ¡Quiero ser santo, Señor, envíame tu Santo Espíritu para avanzar cada día hacia la Jerusalén Celestial!

Para ser santo, con Jesed cantamos anhelando la santidad:

Experiencia a la luz de la Resurrección

Me visita en mi ciudad, por sorpresa, un amigo suizo a la que no veía hace cinco años. Trabajamos en el pasado en un proyecto internacional y juntos, con nuestros diferentes carismas, compartíamos en los viajes algún momento de oración. Es una persona muy querida con un gran sentido del humor. Alguien con un corazón muy grande y generoso. Su característica es su gran capacidad de escucha. Es un hombre entrado en edad limitado ahora por la enfermedad. Viudo desde hace unos meses su mente, antes tan lucida, sufre ahora ciertas limitaciones. Perteneciente a la Iglesia Protestante, es un gran conocedor de la Biblia y de los Evangelios.
Me habla de crisis de fe y de lo que la muerte de su esposa, su compañera más fiel durante décadas, ha significado en su vida.
En los últimos cinco años los dos hemos cambiado en muchas cosas. Cambios personales profundos con caminos espirituales muy diferentes. Yo me he ido acercando más a Dios. Desengañado del mundo, a Él le han surgido dudas de fe que mucho le hacen sufrir. Hablamos precisamente de nuestros caminos, de como Dios nos sedujo en algún momento de nuestra vida y de aquellas experiencias de fe desde dos visiones diferentes —la católica y la protestante—.
Este encuentro me ha permitido reabrir un capítulo de vida del pasado y revivir con alegría ese momento de mi vida en que el Señor llamó a mi puerta insistentemente para que le dejara entrar. Y el momento en que yo le abrí. Me ha permitido contemplar esos momentos hermosos desde mi propia realidad y la de la Iglesia; como he sentido que Dios me acompañaba desde los esfuerzos y dificultades de cada día, los míos y los de los más cercanos.
Hace unos días Cristo ha resucitado. Yo también —como todos— he pasado mi propio via crucis.  Pero en cada esfuerzo y en cada superación de los problemas he tenido un encuentro con el resucitado.
La Pascua de Resurrección me lleva a regresar a mi propia Galilea, el lugar donde descubrí al Cristo del amor que siempre me acompaña. A la luz de la resurrección, es más sencillo comprender y acoger a Jesús; asimilar en el corazón sus enseñanzas; vencer los miedos; superar los egoísmos y las autosuficiencias…
No quiero olvidar que la Resurrección del Señor pasa por la experiencia de la Palabra vivida: que se trata de celebrar cada día y cada domingo, su muerte y resurrección. Que la luz del Cristo resucitado brilla cada día para todos. Siento hoy que es más necesario que nunca hacer mía la Palabra de Cristo porque cualquier enseñanza que surge de la Escritura nos habla directamente al corazón porque, en definitiva, habla de nosotros mismos. Ser partícipe de la resurrección de Cristo es experimentar que el amor por siente mí no tiene límites, que es más fuerte que todo lo negativo que hay en mí y que pese a todas mis limitaciones, fracasos, caídas, pecados, soberbia, egoísmo, negatividad, méritos… implica saberse amado para para la eternidad con un amor que supera la muerte. Es lo que trato de transmitir a mi amigo suizo. Porque lo siento y porque me duele ver dudas cuando se derrama sobre cada hombre tanto Amor desinteresado.

¡Señor, No permitas que dude de tu amor y misericordia! ¡No permitas que este mundo y sus cosas mundanas me confundan! ¡Concédeme la gracia de mantenerme con un corazón sencillo y renovado que sea capaz de contemplar siempre tu Rostro y no desviarme de la senda que tu me marcas! ¡Llena, Señor, mi vida de humildad y sencillez! ¡Señor, quiero sentir la sed de Ti, la sed de no sentirse complacido y satisfecho sino de buscar la fuente que mana agua de Vida Eterna! ¡Dame una fe firme y cierta! ¡Dame una fe que no permita detenerme y atender los cantos de sirena de otras voces que tanto confunden y ofrecen una felicidad caduca y vacía de contenido! ¡Quiero experimentar cada día el amor que sientes por mi! ¡No permitas, Señor, que mi fragilidad humana sea rea de estas ataduras que tanto esclavizan y que me separan de Ti! ¡Señor, tu conoces mis debilidades y mis pecados, y aún así me amas hasta el punto de morir en la Cruz por salvarnos! ¡No permitas, Señor, que esa muerte  se pierda en mi debilidad y en mi fragilidad! ¡Sostenme y mantenme siempre contigo, Señor, porque solo en Ti hay esperanza cierta!

Christus Resurrexit, con los coros de Taizé:

En el camino hacia Pentecostés

Me preguntaba estos días qué sentido tienen los cincuenta días del tiempo pascual para mí. No es más que dar sentido auténtico a mi propia vida: los problemas, el agotamiento cotidiano, la enfermedad, las dificultades económicas, la tristeza, la soledad, la insatisfacción, el desprecio de unos, las contrariedades del día a día o cualquier sufrimiento que surgen a lo largo del camino son pequeños pasos que insertos en este tiempo pascual me llevan al encuentro del resucitado.
Pero para ello, todas estas dificultades y contrariedades diarias han de convertirse en el retal con el que tejer mi existencia como cristiano, el hilo con el que coser mi vivir en Cristo.
En este tiempo es necesario descubrir y vivenciar de manera auténtica el sufrimiento, la decepción, la contrariedad o los desengaños diarios, la tristeza o la desilusión, el aparente silencio de Dios, el desierto que a veces es la vida, la incomunicación, el cansancio del corazón…; y es imprescindible comprender que es necesario aceptar todo esto como parte de mi caminar, de mi purificación, como camino para alcanzar la añorada paz y la complacencia en el amor de Dios. Y, esperar, al final del camino la luz del Espíritu en Pentecostés.
El mundo exige que los cristianos vivamos de manera auténtica la Pascua; que demos testimonio radical de lo que somos, dejar claro que ¡Jesucristo ha resucitado! para curar esas úlceras sangrantes que son el materialismo, la envidia, la injusticia, la mentira, la soberbia, el consumismo, la avidez por el dinero o el poder, la falta de respeto por la religión… todas las lacras que fragmentan la vida de nuestro entorno, una vida que necesita de manera urgente recibir un mensaje de esperanza, de amor, de paz, de justicia y de salvación. Y ese mensaje sólo puede surgir de la fe, amparada por el empuje que nos confiere el Espíritu del Cristo resucitado al que tan unidos debemos estar en este tiempo pascual.

cirio tiempo pascual

¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

I’m a not alone (No estoy solo), una preciosa canción cristiana para acompañar esta meditación: