¿Qué riesgo asumiré al amar a Cristo por encima de todo lo demás?

Cierro mis ojos y me pongo en contexto. Siento que Cristo me habla. Estoy en camino como aquellas grandes multitudes que lo seguían con la euforia de sus discursos llenos de palabras hermosas y milagros sorprendentes. Pero siento como, repentinamente, Cristo se da la vuelta como para detener su caminata y me dice: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo». Me lo dice porque lo acabo de leer en San Lucas, buscando una palabra esta mañana de agosto.

Claro que en los tiempos de Jesús, ser discípulo era algo más destacado que ser un mero estudiante. El discípulo compartía su vida con su maestro, una vida ordinariamente tranquila, ante la posibilidad de convertirse algún día en su sucesor. Con Jesús, esto varía porque Jesús sube a Jerusalén, es decir, sube a la cruz. Entonces, ¿aquellos que queremos seguirle debemos compartir esta indigencia completa, que requiere el abandono de toda ventaja humana y la renuncia a los bienes de esta tierra? Así es, no es fácil convertirse en discípulo de Jesús. ¿Qué implica hoy esta locura de renunciar a todo?

Solo puedo responder a esa pregunta si soy capaz de situarla en el contexto del amor. Elegir a Cristo no es la conclusión de un proceso racional. Tampoco se debe a una tensión en la voluntad. Él es amor y solo amor. El Evangelio es claro cuando san Lucas prosigue: «El que ama a alguien más que a mí no es digno de mí». Eso me perturba porque yo amo profundamente a mi pareja, a mis hijos, a mis familiares, a mis amigos e, incluso aunque parezca una incongruencia, a los que me han hecho daño porque rezo por ellos cada día. Sin embargo, es Jesús quien debe ser amado sobre todo y por encima de todo. Ningún padre, madre, hijo, hija o quien sea puede ser amado más que Jesús. Todos tiernamente amados en él. Todos maravillosamente amados en él. Por lo tanto, en el amor que siento por Jesús, a mis seres queridos y mis seres menos amados puedo descubrirlos más hermosos que nunca. Como iluminado por el amor que profeso por Cristo.

Preferir a Cristo por encima de todos ellos es poder amarlos de otra manera, con un amor libre, disponible, paciente, alegre y servicial y despojado de las marcas y los signos de la posesión o el egoísmo que rigen con demasiada frecuencia nuestras relaciones humanas.

Cuando elijo a Cristo por encima de todo estoy haciendo una elección que solo puede surgir de la libertad y el amor. ¡Dos requisitos revestidos de locura!

Mis ojos permanecen cerrados porque se me revuelve el interior consciente de mi falta de amor. Pero como Jesús invita a las multitudes, es decir también a mi porque formo parte de esa amalgama de corazones que le sigue, a pensar detenidamente antes de decidir sobre él, tengo que estar convencido si antes de comprometerme a seguirle verdaderamente estoy dispuesto a ponerme en camino, medir mis fortalezas y debilidades, deshacerme de mis yoes, dejar de lado mis activos humanos, mis posesiones materiales y ser consciente de que seguir a Cristo es, en última instancia, caminar contracorriente. 

La pregunta que me hago abiertos ya los ojos es: ¿Qué riesgo asumiré al amar a Cristo por encima de todo lo demás? El de dejar que Cristo entre en mi vida, en mi corazón, en mi alma, en mi ser. Comprender que lo principal es tomar mi vida en la mano, mi futuro, mi realidad, mi destino para llevarlo a su finalización, para convertirme a lo que estoy llamado. Pero para ello debo asentar las bases… ¿Y si escojo definitivamente a Cristo como la piedra angular de mi vida para hacerla descansar en el pilar del amor?

¡Señor, tu nos has dado el más perfecto ejemplo de amor y de bondad, ayúdame a imitarlo cada día! ¡A lo largo de toda tu vida nos mostraste el amor que sentías por las personas al bendecirlas, acompañarlas, consolarlas, servirlas… especialmente con los afligidos, los que sufren, los enfermos; que sea yo también imitador de tus virtudes! ¡Que no olvide nunca, Señor, que el amor a Ti y al prójimo van siempre unidos; que no puedo amarte si no amo a quien tenga al lado por mucho daño que me haya hecho! ¡Quiero amarte, Señor, por encima de todo y desde Ti amar a los que me rodean! ¡Quiero amarlos como hiciste Tu, con un amor libre, disponible, entregado, misericordioso, generoso, paciente, alegre y servicial y despojado de las marcas y los signos de la posesión o el egoísmo! ¡Y desde este amor que siento por Ti quiero llevar a todos los que amo cerca de tu corazón, a que te conozcan, a que te aman, a que te sientan cerca! ¡Señor, quiero perder mi vida en Ti para encontrarla cada nuevo día, en cada acontecimiento, en cada circunstancia de mi existencia; quiero hacer cada día de tu mano mi camino de conversión interior, cambiar mis mentalidades a veces tan cerradas, caminar hacia la santificación, aprender a negarme a aceptar ciertas incoherencias que me ofrece el mundo, al materialismo imperante porque quiero tener un sentido trascendente de la vida! ¡Quiero amar, Señor, como amas Tu, y quiero abrir mi corazón para que Tu reines en él!

Padre, me abandono a Ti

Conmueve contemplar la agonía de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Jesús enfrenta a su Padre su sufrimiento, en un combate espiritual de profunda intensidad. Es una lucha interna para aceptar la voluntad de Dios. Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas.
Cristo viene con el poder del amor del que ya no puede deshacerse. También en nuestra vida hemos de enfrentar batallas, luchas cotidianas que requieren humildad para decir si interiormente y acoger en nuestra vida la voluntad de Dios.
Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos. Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: “«¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón. Todas las torturas a las que se someterá no cambiarán su decisión firme de entregarse al Padre.
Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. ¡Es impresionante, tremendo, conmovedor! Te permite entender que desde este momento somos vencemos sobre el pecado y la muerte al ponernos delante del Señor y junto a Él decir sí a la voluntad de Dios, ofreciéndole también nuestra vida. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Los cristianos ya sabemos que Dios es amor, que su misericordia es infinita… Pero ¿qué sucede si me entrego completamente a Él?
Esto es lo que hacemos al participar de cada Eucaristía; pedimos la fuerza interior para estar en comunión con la Pasión, la muerte y la Resurrección del Salvador; cogemos turno para cuando llegue el momento de confrontarnos al Padre, confiándonos plenamente en el Señor. La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor.
Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas. Y para ser una fuente de resurrección, de alegría, a través de este don de Dios.
En este miércoles santo, uniéndome a Jesús en su agonía de Getsemaní, me postro en oración humilde ante la mirada del Padre para que venga a desarraigar mi complicidad con el pecado, mis faltas de amor, de compasión, de paciencia, de perdón, mi soberbia o mi egoísmo, mis juicios ajenos… pedir que esta fuerza que viene Cristo me haga salir a su encuentro y me otorgue la gracia para resucitar con Él.

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¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Te doy gracias, Señor, por tu sacrificio voluntario para librarme de mi pecado y mis infidelidades! ¡Me uno a ti en tu agonía, Señor, en la soledad de Getsemaní para que me enseñes a  aceptar la voluntad de Dios, y no me desaliente ante las tentaciones de abandonar cuando no me salen las cosas como tengo previstas! ¡Concédeme la gracia de abrazar siempre la voluntad de Dios sin ponerle nunca obstáculos a lo que Él tenga pensado para mi! ¡Al ver tu rostro afligido, Señor, permíteme ponerme a tu lado y velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡En este día, ayúdame a ser uno contigo para que mi voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono de mi yo al Padre, para entender que mi voluntad humana debe estar orientada siempre a la voluntad divina, en mi «sí» a Dios! ¡Señor, tu sabes que soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a mis palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

Caminar a la luz de la oración cuaresmal

Como Jesús, lleno del Espíritu Santo, regreso un año más a las orillas del Jordán y conducido por el Espíritu me encamino al desierto. Empiezo un tiempo de cuarenta días en el que adentrándome en una travesía de oración te exige mucha autenticidad, verdad y conocimiento de ti mismo. Es la única manera de llegar a la fiesta de la Pascua con un corazón libre, purificado y sin ataduras.
Anhelo que mi oración en este tiempo de acompañamiento de Jesús sea muy penitencial, para salir del mundo y entrar con gozo en la vida nueva. Quiero que mi oración esté muy estrechamente unida a Jesús, amigo, compañero, Señor y Salvador.
Quiero que mi oración impregne todos los resortes de mi ser para que ahonde en mi realidad, para que reflote las heridas de mi corazón para sanarlas, para desenmascarar las máscaras de mi ser, para fortalecer mi debilidad y saciar mi sed de amor.
No es sencilla la oración cuaresmal. En toda su crudeza te permite profundizar en tu pequeñez y en tu desnudez pero tiene un fin: que puedas renacer a la luz de la Pascua, que puedas dar lo mejor de ti mismo a la luz de la Resurrección, que puedas levantarte con alegría a luz del encuentro con el resucitado.
La oración cuaresmal te invita a adentrarte con valentía en tu propio yo, y desde dentro escuchar a Dios, escuchar a Cristo, escuchar el susurro del Espíritu para ganar en fe, en esperanza, en caridad, en fortaleza, en sabiduría, en amor, en perdón, en generosidad… Entrar en lo profundo del alma es llenarse de la grandeza de Dios, es no arquear tu corazón para permitir que de él brote el agua purificadora del Espíritu, esa misma que se derramó el día del Bautismo y que te limpia de toda mancha.
La oración cuaresmal es una oración que vivifica, que te levanta, que no te derrota porque cuando profundizas en tu imperfección es cuando con más ahínco tienes ganas de levantarte.
La oración cuaresmal te permite orar desde tu realidad, desde lo que eres y desde la perspectiva de lo que te gustaría ser. Y eso te hacer crecer para caminar en pos de la santidad.
La oración cuaresmal te permite tener la certeza de que nada sucede al margen de Dios, que vislumbra con claridad lo que acontece en lo más profundo de tu ser. Y eso te permite aprender a esperar y confiar en Él.
Cuarenta día en el desierto, lugar seco y árido. Voy a afrontar así mi oración desde la aridez de mi pequeñez pero refrescándome con el agua fresca que brota de la presencia viva de Cristo en mi corazón, lo que me da la fuerza y alegría de vivir.

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¡Señor, Jesús, me preparo para acompañarte en tu camino de Pasión pero también gozoso a la espera de tu Resurrección, ilumíname cada día con la luz que nace de ti, para que nada empañe mi corazón! ¡Ayúdame, Señor, durante este periodo de introspección y arrepentimiento a vivirlo todo muy cerca de ti, unido en tu preparación para caminar a tu lado junto a la cruz! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón para que transforme todo lo que tenga que ser cambiado, para que mis egoísmos se vuelvan actos de generosidad, para que mi soberbia se torne en humildad, para que mis heridas sanen con alegría, para que mis máscaras sean transparencia, para que mis malas acciones se conviertan en buenas obras! ¡Abre, Señor, mi corazón pequeño y frágil a tu Palabra para hacer siempre el bien! ¡Que mi oración sea también ayuno para aprender a amar! ¡Que las oscuridades de mi alma se transformen en luz a la lumbre de la oración! ¡Ayúdame, Señor, a ahondar en lo que debo cambiar para salir fortalecido en este tiempo de Cuaresma porque aspiro a la autenticidad, a la verdad y a la santidad de la que tan alejado estoy! ¡Concédeme la gracia de encaminar mi vida desde la rectitud, a ser consciente de mis faltas y a rechazar con valentía las tentaciones y el pecado, a huir de lo que me aleja de ti y a purificar mi corazón! ¡Imploro, Señor, tu misericordia y me propongo cambiar para parecerme cada día más a Ti!

Las circunstancias de la amistad

Ayer por la tarde me crucé unos mensajes de WhatsApp con un amigo jubilado pero con mucho trajín a cuenta de una conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me la envía mientras disfruta de unas vistas hermosas de la ciudad y se está tomando un aperitivo. Lo primero que me dice es que da gracias a Dios por disfrutar de este entorno. Dios siempre en primer lugar de su vida. Entre las cosas que comenta en el mensaje es que su madre rezaba para que el Señor le alejase de las malas compañías. «Y yo creo que lo ha conseguido, el Señor la ha escuchado —apostilla—, especialmente en la última etapa de mi vida». Esta frase me ha resonado profundamente.
Una de las decisiones más relevantes de nuestra vida es la elección de los amigos. En líneas generales uno no se propone hacer amigos porque estos surgen de manera natural cuando coincides con personas que disfrutan de las mismas aficiones y gustos que tu. La mayoría de mis amigos son personas de fe, a las que he ido conociendo a través de actividades relacionadas con la Iglesia. Y algunos de ellos que estaban alejados de la fe, por determinadas circunstancias de nuestra amistad, se han ido acercando a Cristo.
Para tener amigos el cristiano debe ser ante todo una persona amigable, entrañable y auténtica. Un cristiano triste, malhumorado, con cara agria, quejoso de todos y de todo, con actitud negativa, aleja a la gente de él… y de Cristo. Nadie es perfecto y todos estamos repletos de fallos y carencias y una de las bases fundamentales de una amistad duradera es la tolerancia y el respeto mutuo y la capacidad de amar al amigo a pesar de sus faltas e imperfecciones que, en el fondo, son muy semejantes a las de uno; este fue, en realidad, el espíritu con el que se movió Cristo. ¿Eran acaso perfectos y un dechado de virtudes los doce primeros apóstoles escogidos para instituir la Iglesia? Cristo vio en ellos su corazón, lo que anidaba en su interior, y tuvo una paciente ternura hacia sus debilidades, faltas y caídas. Yo trato de recordar esto cuando estoy con mis amistades.
Nuestra manera de ser, de hacer, de actuar, de pensar y de vivir, humana y espiritualmente, puede ejercer una relevante influencia sobre nuestras amistades de manera silenciosa y delicada, sutil y callada, y puede hacer, incluso, que un amigo se acerque a Cristo y a la fe. Lo he constatado en mi propia vida y doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo actuó para lograrlo.
La influencia personal sobre el prójimo es de una gran responsabilidad. Cuando actúas con un amigo en clave cristiana y obras movido por la fe y el amor sinceros a Cristo y desde Cristo lo encumbras donde Cristo se eleva, lo enalteces en nombre de Cristo, lo glorificas en nombre de Cristo y lo vivificas en nombre de Cristo. Le transmites silenciosamente la gracia que viene de Cristo.
Para mi la vida de mis amigos es primordial. Rezo por ellos todos los días aunque haga tiempo que no los vea. Incluso por aquellos amigos que, por circunstancias de su vida, han tomado caminos diferentes, rechazan a Cristo o están alejados del espíritu de la Iglesia. Ellos también están el corazón de Dios que los ama profundamente. Y del mío.
La madre de este amigo tomaba la máxima de la Sagrada Escritura que advierte en repetidas ocasiones que te alejes de las veredas de las malas compañías y de los caminos de maldad porque transforman de manera negativa no solo nuestro carácter sino también nuestras costumbres alejándonos del camino de la salvación. ¿Pero no soy también un pecador? Como lo soy he de intentar buscar también la compañía de aquellos que sus deseos y sus planes están cerca de Dios pero también de aquellos alejados de Él pero que, a través de mi testimonio y de mis acciones, pueden llegar a conocerlo, desde la humildad y la sencillez. Es mi responsabilidad de cristiano buscar a todos para el reino de Cristo como hizo el Señor con la Samaritana y con todos los que, por circunstancias diferentes, eran rechazados de la sociedad. En todos ellos Cristo veía un alma a la que debía acoger.
Le agradezco a mi amigo su mensaje. Me ha permitido meditar hoy que el Señor me invita a ser testimonio de verdad en mi vida, testimonio de amor y autenticidad, para que desde mis gestos y mis acciones las personas que conmigo se relacionen se sientan a gusto, sientan mi deseo de hacerles bien, de ganar mi confianza, de sentir mi respeto y amor, mi simpatía y mi afecto, y como hacía el propio Jesús, pueda a través de mi caminar acompañarles hasta las puertas del reino de Dios.

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¡Gracias, Señor, por todos los amigos que me has regalado y puesto en mi camino! ¡Gracias por todos y cada uno de ellos! ¡Señor, pongo ante Ti a todas mis amistades, las que te conocen y las que te rechazan, los que están cerca y los que han tomado su propio camino! ¡Bendícelos a todos con tu infinito amor y tu misericordia, bendice sus vidas, revélales por medio del Espíritu Santo la fuerza de tu bondad y de tu generosidad y cumple sus sueños en la medida de que sean justos y buenos! ¡Ayúdame a caminar con ellos haciéndote presente Tu en mis gestos y palabras, en mis actitudes y mis acciones! ¡A los que sufren, Señor, dales serenidad y paz interior y hazme un instrumento de tu amor! ¡A los que dudan, Señor, envíales tu Espíritu de Sabiduría para aniden en ellos la verdad y sea yo un instrumento de su confianza! ¡A los que están cansados, Señor, tómalos de la mano y hazme un instrumento para acompañarlos por el camino y darles fuerza en tu nombre! ¡A los que dudan de tu existencia o han caído en la apatía de la fe, Señor, revélales tu amor infinito y hazme un instrumento para mostrarles la alegría cristiana y la fuerza de la fe que todo lo sostiene! ¡A los que viven bloqueados en el pecado, Señor, ten misericordia de ellos y hazme un instrumento para que se reconcilien en la verdad! ¡Señor, doblo mis rodillas ante Ti por cada uno de mis amigos y sus necesidades, protégeles a ellos y sus familias, cólmalos de bienes, cobíjalos con el manto protector de tu Madre, instrúyelos por medio del Espíritu Santo, y manifiéstate sobre ellos cada día! ¡Señor, hazme un buen amigo de mis amigos, no permitas que les falle y les decepcione, hazme atento a sus necesidades, a sus llamadas, a sus anhelos y alegrías, a sus tristezas y lamentos! ¡No permitas que les de la espalda y haz que sea siempre sincero y honesto con ellos para que en nuestra amistad estés Tu en el centro!

Discípulo imitador de Cristo

Acabo de releer la novela Zorba, el griego, de Nikos Kazantzakis. He subrayado varias frases a lo largo del libro pero una me ha hecho recapacitar profundamente: «El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase». Todo discípulo es la biografía del maestro que le ha enseñado. Mi gran maestro es Cristo. Y me planteo que como cristiano, es decir, como discípulo de Jesús, estoy en este mundo para imitar a Cristo, para ser reflejo vivo de su rostro. Ser otro Cristo. Como diría san Pablo en su Carta a los Romanos ser capaz de «alcanzar la estatura de Cristo». Este debe ser, sin duda, mi principal objetivo vital.
Y me planteo como avanzo cada día en esta meta. ¿Soy constante en mi vida espiritual? ¿Soy disciplinado en las cosas que se refieren a Dios? ¿Soy metódico en mi crecimiento como cristiano? En definitiva, ¿tengo un plan de vida acorde para convertirme en un discípulo del Señor?
La vida espiritual está estrechamente unida con la vida mundana. No tengo por qué dejar de hacer lo que habitualmente hago ni cambiar mi forma de vivir por tener un plan de vida acorde con Cristo. Lo único que Él quiere que en todo lo que haga siempre le ponga en el centro. Que deposite mi corazón en Él para tener una visión diferente de la vida y de las cosas. Como san Pablo digo que todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo. Por Él todo lo estimo basura con tal de ganarle a Él y existir en Él.
Seguir a Jesús implica el renunciar a todo aquello que el mundo aprecia y contemplar las cosas desde otra perspectiva.
Termina un año y comienza uno nuevo. A los pocos días del comienzo del nacimiento de Cristo me hago el propósito de tener una amistad más íntima y personal con Él, vivir en comunión con Él, santificar mi vida por Él. Soy consciente de que caminando con Jesús, conversando con Jesús, atendiendo lo que dice Jesús seré un hombre nuevo que aprenderá a pensar, sentir, escuchar, hablar y vivir como Él.

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¡Señor, abre mi corazón a tu infinito amor por las personas, hacerme presente a través tuyo en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, en mi círculo social, a ser uno contigo para llamar a la justicia, a la caridad, a la misericordia, a la paz! ¡Abre mi corazón, Señor, para que los sacramentos susciten en mi el amor que Tu sientes por el prójimo y me recuerden tu amor y tu entrega que deseo esforzarme en imitar! ¡Concédeme la gracia, Señor, para imitar siempre tu ejemplo! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de que mis ojos vean lo invisible que es la llamada que me hace Cristo cada día, la exhortación a vivir cada día una fe coherente y comprometida, ser testigo de la justicia y la paz, que mis acciones estén inspiradas en el amor y que me transformen a mi y al mundo que me rodea! ¡En tu nombre, Señor, hago un nuevo compromiso para vivir en completa paz y armonía con mi familia, con mis amigos, socios, vecinos y con todo aquel que se cruce en mi camino! ¡Hoy, Señor, abro mi corazón para vivir en el amor y escojo no ser egoísta, soberbio, juzgador, amargado, poco amable y resentido! ¡No le daré cabida en mi corazón a las insidias del diablo y perdonaré de inmediato y de corazón! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinar cada día mi corazón para vivir en el amor y colocar el amor de Cristo en el centro de mi vida y la de los demás!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

¡En esta medianía vive Dios!

Hoy me han saltado las lágrimas en la oración rodeado del silencio. De un silencio que penetra lo profundo del alma. En la inmensidad de una estepa montañosa en el centro de un país de Asia central donde me encuentro trabajando esta semana he sentido el amor inconmensurable de Dios por cada uno de nosotros. He sentido su presencia. He sentido como al enviar a su Hijo Jesús al mundo, Dios cumplió con el principio de la creación. La encarnación de Cristo es la revelación perfecta de la santidad, la dignidad y la grandeza de todos los seres humanos. Y esto es motivo de profunda alegría y de una emoción extrema.
Alejado de templos, sagrarios e iglesias donde poder refugiarte por encontrarte en un lugar sumamente aislado, te encuentras con un Dios que te ama tanto que quiso venir al mundo como tu mismo, como un hombre, en el seno de una mujer humilde, en una familia sencilla, en un entorno sereno, y que —como a todos nos sucede— le tocó vivenciar y experimentar dificultades, problemas y obstáculos en su nacimiento, en su infancia, en su formación, en su trabajo, en su labor apostólica, entre sus amistades, en su comunidad espiritual…
En la soledad de este desierto reavivo mi fe y doy gracias infinitas a Dios porque Cristo asumió la condición de hombre por mi salvación, por la salvación de todos. Bajo del cielo, por amor de Dios, y por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnándose en el seno de María, nuestra Madre.
Y no ceso de dar gracias por que Cristo vive en cada uno y nos salva santificando las realidades sencillas y humildes de nuestra existencia.
No lo aprecio con frecuencia pero hoy, en la soledad de este desierto, siento en mi corazón como con Cristo la vida cotidiana y las cosas de la naturaleza se transfiguran y el entorno en el que cada uno vive puede convertirse en algo sumamente sacramental que te lleva a sentir de una manera única la presencia de Dios en tu vida.
Doy gracias Dios porque mi vida es sencilla, pequeña, nada extraordinaria pero lo que es verdaderamente extraordinario es que esta medianía vive Dios, vive Cristo y vive el Espíritu Santo. Y eso hace mi y de todo el que lo siente así una vida diferente, única y especial.

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¡Señor, ante todo permíteme abrirte el corazón y enséñame a orar para que siempre sea capaz de encontrar tu rostro allí donde vaya! ¡Ayúdame a escuchar tus susurros para escuchar tu voz! ¡Ilumina mi rostro y aclara mi mirada para que sea capaz de discernir tu voluntad y descubrir lo que de mi deseas! ¡Dame el valor para aceptar las cosas que deben cambiar en mi vida para hacerla más acorde a tu voluntad y los planes que tienes pensados para mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprometerme a ser un buen cristiano, a estar siempre alegre pese a las dificultades, a estar siempre dispuesto al servicio, a manifestar la verdad de tu Buena Nueva, a ser activo difusor de tu Evangelio, a ser coherente en mi vida cristiana! ¡Enséñame, Señor, a orar para encontrar tu rostro en la naturaleza, en las personas que están cerca mío, en los acontecimientos de la vida! ¡Que mirada, Señor, sea para llamarte amigo fiel, hermano querido y sentir tu aliento protector, tu amor infinito y tu misericordia insondable! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, y guíame para transformar mi vida, fortalecer mis convicciones, para ser modelo, para que todos mis gestos y actitudes se asemejen a los tuyos, para que mis proyectos e ilusiones estén impregnados tu sello, para caminar según tu voluntad, para cambiar cuando me desvíe de la senda correcta, para comprometerme en la fe y en el camino de la verdad, para que mi vida cristiana sea levadura y fermento, luz y alegría! ¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Dame más generosidad en mi entrega y más constancia en mi vida de fe; fortalécela, aviva mi esperanza y confianza que tantas veces decae, activa mi amor por ti y por el prójimo y haz que los proyectos de mi vida estén llenos de tu presencia!

… Algo transformó su vida

Un ingeniero austriaco que trabaja en mi equipo y que había estado muy alejado de la Iglesia me decía hace unos días que cuando era joven tenía mucha esperanza en los aconteceres de la vida. Se veía a si mismo como una persona de éxito, triunfando personal y profesionalmente, querido por todos los que le rodeaban. Decidió seguir los estándares que marcan determinadas pautas sociales como la respetabilidad, amabilidad, dosis de cinismo, popularidad. Conseguiría un buen trabajo, ganaría dinero, se casaría con una mujer hermosa e inteligente… en definitiva: iba a tener éxito en la vida.
Lo logró casi todo a base de esfuerzo, renuncias, empujones, sacrificios y grandes dosis de suerte. Pero el éxito social y profesional no le llenaban. Su vida interior también estaba vacía. No se sentía una persona libre pues su vida era un constante proyectar un rostro cuando en el fondo en su interior había mucha aridez, insatisfacción e inseguridades.
Todo cambió un día, cuando un amigo le habló de Dios. Sintió que, de alguna manera, Dios se le revelaba de nuevo. Ese amigo le dijo algo tan sencillo como «trata de tener una amistad con Cristo. Verás como todo cambia en tu vida». En un principio a esta persona, aquella afirmación le pareció ridícula. Inicialmente la menospreció. Pero fue reflexionando sobre ella y puso en imágenes la vida del que se la había dicho, su coherencia, su serenidad interior, su capacidad de darse a los demás, su amable sonrisa siempre abierta al prójimo, su fuerza interior…
Eso le llevo a profundizar en aquella idea. Y tomó la Biblia. Leyó aleatoriamente tres libros de la Biblia y terminó con los cuatro Evangelios. Y descubrió algo sorprendente: el infinito amor que Dios siente por cada uno. Descubrió como Cristo vino al mundo para descargar su amor sobre los que sufren. Descubrió como uno puede liberar el peso de su vida a los pies de la Cruz. Y comprendió que Jesús vino a este mundo a salvar al hombre, a abrazarlo en su tribulación y a acompañarlo en el camino de la vida.
En el momento que abrió su corazón a Cristo, frecuentó la Misa diaria, dio el paso de confesarse… algo transformó su vida. A medida que avanzaban las semanas des despojó de sus resentimientos, curó heridas que parecían intratables, apaciguó su ansiedad interior, aparcó sus rencores… Hoy, me decía, cuando me enfado me duele, cuando discute me duele, cuando miento me duelo, cuando juzgo me duele, cuando no hago las cosas bien hechas… me duele. Su vida no es perfecta pero busca esa perfección porque ha logrado tener una relación íntima y de amistad con Cristo.
Sigue buscando con ahínco pero ahora no tiene que transitar caminos tortuosos, conoce perfectamente el camino que le lleva a Dios.

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¡Señor, concédeme la gracia de buscarte siempre, de abrir mi corazón a ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que guíe mi corazón y mi alma! ¡Haz, Señor, que el Espíritu endulce mi vida para seguirte con alegría, para avanzar espiritualmente con esperanza y confianza! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo encienda la llama viva de mi fe para darle ardor a mi caminar cristiano! ¡Haz, Señor, que por muy tortuosos que sean los caminos pueda ir hacia Ti sin desfallecer! ¡Que mi vida sea una eterna alabanza a Ti! ¡Que los sufrimientos, los problemas y las dificultades no sean motivo de aflicción sino de crecimiento personal y espiritual, sostenido por tu amor y por la fuerza de la cruz! ¡Señor, ayúdame a serte siempre fiel especialmente en los momentos difíciles; que pueda escuchar siempre tu voz! ¡Tómame, Señor, de la mano y llévame hacia Ti! Y, Señor, ¡te pido por todos los que te buscan y no te encuentran; hazte el encontradizo con ellos! ¡Te pido por los que necesitan de tu amor y de tu misericordia llénales su corazón de Ti!