Las circunstancias de la amistad

Ayer por la tarde me crucé unos mensajes de WhatsApp con un amigo jubilado pero con mucho trajín a cuenta de una conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me la envía mientras disfruta de unas vistas hermosas de la ciudad y se está tomando un aperitivo. Lo primero que me dice es que da gracias a Dios por disfrutar de este entorno. Dios siempre en primer lugar de su vida. Entre las cosas que comenta en el mensaje es que su madre rezaba para que el Señor le alejase de las malas compañías. «Y yo creo que lo ha conseguido, el Señor la ha escuchado —apostilla—, especialmente en la última etapa de mi vida». Esta frase me ha resonado profundamente.
Una de las decisiones más relevantes de nuestra vida es la elección de los amigos. En líneas generales uno no se propone hacer amigos porque estos surgen de manera natural cuando coincides con personas que disfrutan de las mismas aficiones y gustos que tu. La mayoría de mis amigos son personas de fe, a las que he ido conociendo a través de actividades relacionadas con la Iglesia. Y algunos de ellos que estaban alejados de la fe, por determinadas circunstancias de nuestra amistad, se han ido acercando a Cristo.
Para tener amigos el cristiano debe ser ante todo una persona amigable, entrañable y auténtica. Un cristiano triste, malhumorado, con cara agria, quejoso de todos y de todo, con actitud negativa, aleja a la gente de él… y de Cristo. Nadie es perfecto y todos estamos repletos de fallos y carencias y una de las bases fundamentales de una amistad duradera es la tolerancia y el respeto mutuo y la capacidad de amar al amigo a pesar de sus faltas e imperfecciones que, en el fondo, son muy semejantes a las de uno; este fue, en realidad, el espíritu con el que se movió Cristo. ¿Eran acaso perfectos y un dechado de virtudes los doce primeros apóstoles escogidos para instituir la Iglesia? Cristo vio en ellos su corazón, lo que anidaba en su interior, y tuvo una paciente ternura hacia sus debilidades, faltas y caídas. Yo trato de recordar esto cuando estoy con mis amistades.
Nuestra manera de ser, de hacer, de actuar, de pensar y de vivir, humana y espiritualmente, puede ejercer una relevante influencia sobre nuestras amistades de manera silenciosa y delicada, sutil y callada, y puede hacer, incluso, que un amigo se acerque a Cristo y a la fe. Lo he constatado en mi propia vida y doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo actuó para lograrlo.
La influencia personal sobre el prójimo es de una gran responsabilidad. Cuando actúas con un amigo en clave cristiana y obras movido por la fe y el amor sinceros a Cristo y desde Cristo lo encumbras donde Cristo se eleva, lo enalteces en nombre de Cristo, lo glorificas en nombre de Cristo y lo vivificas en nombre de Cristo. Le transmites silenciosamente la gracia que viene de Cristo.
Para mi la vida de mis amigos es primordial. Rezo por ellos todos los días aunque haga tiempo que no los vea. Incluso por aquellos amigos que, por circunstancias de su vida, han tomado caminos diferentes, rechazan a Cristo o están alejados del espíritu de la Iglesia. Ellos también están el corazón de Dios que los ama profundamente. Y del mío.
La madre de este amigo tomaba la máxima de la Sagrada Escritura que advierte en repetidas ocasiones que te alejes de las veredas de las malas compañías y de los caminos de maldad porque transforman de manera negativa no solo nuestro carácter sino también nuestras costumbres alejándonos del camino de la salvación. ¿Pero no soy también un pecador? Como lo soy he de intentar buscar también la compañía de aquellos que sus deseos y sus planes están cerca de Dios pero también de aquellos alejados de Él pero que, a través de mi testimonio y de mis acciones, pueden llegar a conocerlo, desde la humildad y la sencillez. Es mi responsabilidad de cristiano buscar a todos para el reino de Cristo como hizo el Señor con la Samaritana y con todos los que, por circunstancias diferentes, eran rechazados de la sociedad. En todos ellos Cristo veía un alma a la que debía acoger.
Le agradezco a mi amigo su mensaje. Me ha permitido meditar hoy que el Señor me invita a ser testimonio de verdad en mi vida, testimonio de amor y autenticidad, para que desde mis gestos y mis acciones las personas que conmigo se relacionen se sientan a gusto, sientan mi deseo de hacerles bien, de ganar mi confianza, de sentir mi respeto y amor, mi simpatía y mi afecto, y como hacía el propio Jesús, pueda a través de mi caminar acompañarles hasta las puertas del reino de Dios.

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¡Gracias, Señor, por todos los amigos que me has regalado y puesto en mi camino! ¡Gracias por todos y cada uno de ellos! ¡Señor, pongo ante Ti a todas mis amistades, las que te conocen y las que te rechazan, los que están cerca y los que han tomado su propio camino! ¡Bendícelos a todos con tu infinito amor y tu misericordia, bendice sus vidas, revélales por medio del Espíritu Santo la fuerza de tu bondad y de tu generosidad y cumple sus sueños en la medida de que sean justos y buenos! ¡Ayúdame a caminar con ellos haciéndote presente Tu en mis gestos y palabras, en mis actitudes y mis acciones! ¡A los que sufren, Señor, dales serenidad y paz interior y hazme un instrumento de tu amor! ¡A los que dudan, Señor, envíales tu Espíritu de Sabiduría para aniden en ellos la verdad y sea yo un instrumento de su confianza! ¡A los que están cansados, Señor, tómalos de la mano y hazme un instrumento para acompañarlos por el camino y darles fuerza en tu nombre! ¡A los que dudan de tu existencia o han caído en la apatía de la fe, Señor, revélales tu amor infinito y hazme un instrumento para mostrarles la alegría cristiana y la fuerza de la fe que todo lo sostiene! ¡A los que viven bloqueados en el pecado, Señor, ten misericordia de ellos y hazme un instrumento para que se reconcilien en la verdad! ¡Señor, doblo mis rodillas ante Ti por cada uno de mis amigos y sus necesidades, protégeles a ellos y sus familias, cólmalos de bienes, cobíjalos con el manto protector de tu Madre, instrúyelos por medio del Espíritu Santo, y manifiéstate sobre ellos cada día! ¡Señor, hazme un buen amigo de mis amigos, no permitas que les falle y les decepcione, hazme atento a sus necesidades, a sus llamadas, a sus anhelos y alegrías, a sus tristezas y lamentos! ¡No permitas que les de la espalda y haz que sea siempre sincero y honesto con ellos para que en nuestra amistad estés Tu en el centro!

Discípulo imitador de Cristo

Acabo de releer la novela Zorba, el griego, de Nikos Kazantzakis. He subrayado varias frases a lo largo del libro pero una me ha hecho recapacitar profundamente: «El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase». Todo discípulo es la biografía del maestro que le ha enseñado. Mi gran maestro es Cristo. Y me planteo que como cristiano, es decir, como discípulo de Jesús, estoy en este mundo para imitar a Cristo, para ser reflejo vivo de su rostro. Ser otro Cristo. Como diría san Pablo en su Carta a los Romanos ser capaz de «alcanzar la estatura de Cristo». Este debe ser, sin duda, mi principal objetivo vital.
Y me planteo como avanzo cada día en esta meta. ¿Soy constante en mi vida espiritual? ¿Soy disciplinado en las cosas que se refieren a Dios? ¿Soy metódico en mi crecimiento como cristiano? En definitiva, ¿tengo un plan de vida acorde para convertirme en un discípulo del Señor?
La vida espiritual está estrechamente unida con la vida mundana. No tengo por qué dejar de hacer lo que habitualmente hago ni cambiar mi forma de vivir por tener un plan de vida acorde con Cristo. Lo único que Él quiere que en todo lo que haga siempre le ponga en el centro. Que deposite mi corazón en Él para tener una visión diferente de la vida y de las cosas. Como san Pablo digo que todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo. Por Él todo lo estimo basura con tal de ganarle a Él y existir en Él.
Seguir a Jesús implica el renunciar a todo aquello que el mundo aprecia y contemplar las cosas desde otra perspectiva.
Termina un año y comienza uno nuevo. A los pocos días del comienzo del nacimiento de Cristo me hago el propósito de tener una amistad más íntima y personal con Él, vivir en comunión con Él, santificar mi vida por Él. Soy consciente de que caminando con Jesús, conversando con Jesús, atendiendo lo que dice Jesús seré un hombre nuevo que aprenderá a pensar, sentir, escuchar, hablar y vivir como Él.

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¡Señor, abre mi corazón a tu infinito amor por las personas, hacerme presente a través tuyo en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, en mi círculo social, a ser uno contigo para llamar a la justicia, a la caridad, a la misericordia, a la paz! ¡Abre mi corazón, Señor, para que los sacramentos susciten en mi el amor que Tu sientes por el prójimo y me recuerden tu amor y tu entrega que deseo esforzarme en imitar! ¡Concédeme la gracia, Señor, para imitar siempre tu ejemplo! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de que mis ojos vean lo invisible que es la llamada que me hace Cristo cada día, la exhortación a vivir cada día una fe coherente y comprometida, ser testigo de la justicia y la paz, que mis acciones estén inspiradas en el amor y que me transformen a mi y al mundo que me rodea! ¡En tu nombre, Señor, hago un nuevo compromiso para vivir en completa paz y armonía con mi familia, con mis amigos, socios, vecinos y con todo aquel que se cruce en mi camino! ¡Hoy, Señor, abro mi corazón para vivir en el amor y escojo no ser egoísta, soberbio, juzgador, amargado, poco amable y resentido! ¡No le daré cabida en mi corazón a las insidias del diablo y perdonaré de inmediato y de corazón! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinar cada día mi corazón para vivir en el amor y colocar el amor de Cristo en el centro de mi vida y la de los demás!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Tiempo de invitación a la sencillez

El tiempo del Adviento es un tiempo que te invita a la sencillez. Sencillez como la de María, que todo lo hizo en silencio, como pasando desapercibida a pesar de que la decisión que tomó fue la más trascendente de la historia. Sencillez como la de san Juan Bautista, que se despojó de todo, para allanar los caminos de Jesús. Sencillez como la de Cristo, el Dios hecho Hombre, que viene a nosotros en la pobreza más absoluta. La sencillez es la virtud que jalona la vida de estos tres significados protagonistas del Adviento. Y yo, ¿cómo ando de sencillez?
Y es cuando caes que todo lo que tiene que ver con Dios no puede estar revestido de grandilocuencia sino impregnado de sencillez. Cristo, fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, no buscaba nunca el espectáculo sino, simplemente, remover el corazón del hombre. Jesús me quiero pequeño. Quiere que me haga como un. Niño. Quiere que me desprenda de todo aquello que no abone en mi vida el discurso de la sencillez. Renunciar a la soberbia, al egoísmo, a creerme más que el otro, a no vivir en la autosuficiencia; a ser consciente de que ser sencillez es mostrarme al prójimo como lo que soy sin pensar en el qué dirán, ni el qué pensarán de mi, o de si me juzgarán. Ser sencillo es vivir de manera descomplicada, sin complejos, buscando llenarse de la gracia que viene del Espíritu, con un corazón abierto siempre a Dios, sin media tintas ni medias verdades, sin recovecos en los que esconder mis miserias.
Ser sencillo para mostrar todo el amor que mi corazón atesora hacia Ti, para que cada una de mis obras esté precisamente impregnada de ese amor. Que mis palabras y mis sentimientos reflejen el profundo amor, la inmensa alegría y la gran esperanza que tengo por ser Hijo de Dios y hermano de Cristo.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

¡En esta medianía vive Dios!

Hoy me han saltado las lágrimas en la oración rodeado del silencio. De un silencio que penetra lo profundo del alma. En la inmensidad de una estepa montañosa en el centro de un país de Asia central donde me encuentro trabajando esta semana he sentido el amor inconmensurable de Dios por cada uno de nosotros. He sentido su presencia. He sentido como al enviar a su Hijo Jesús al mundo, Dios cumplió con el principio de la creación. La encarnación de Cristo es la revelación perfecta de la santidad, la dignidad y la grandeza de todos los seres humanos. Y esto es motivo de profunda alegría y de una emoción extrema.
Alejado de templos, sagrarios e iglesias donde poder refugiarte por encontrarte en un lugar sumamente aislado, te encuentras con un Dios que te ama tanto que quiso venir al mundo como tu mismo, como un hombre, en el seno de una mujer humilde, en una familia sencilla, en un entorno sereno, y que —como a todos nos sucede— le tocó vivenciar y experimentar dificultades, problemas y obstáculos en su nacimiento, en su infancia, en su formación, en su trabajo, en su labor apostólica, entre sus amistades, en su comunidad espiritual…
En la soledad de este desierto reavivo mi fe y doy gracias infinitas a Dios porque Cristo asumió la condición de hombre por mi salvación, por la salvación de todos. Bajo del cielo, por amor de Dios, y por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnándose en el seno de María, nuestra Madre.
Y no ceso de dar gracias por que Cristo vive en cada uno y nos salva santificando las realidades sencillas y humildes de nuestra existencia.
No lo aprecio con frecuencia pero hoy, en la soledad de este desierto, siento en mi corazón como con Cristo la vida cotidiana y las cosas de la naturaleza se transfiguran y el entorno en el que cada uno vive puede convertirse en algo sumamente sacramental que te lleva a sentir de una manera única la presencia de Dios en tu vida.
Doy gracias Dios porque mi vida es sencilla, pequeña, nada extraordinaria pero lo que es verdaderamente extraordinario es que esta medianía vive Dios, vive Cristo y vive el Espíritu Santo. Y eso hace mi y de todo el que lo siente así una vida diferente, única y especial.

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¡Señor, ante todo permíteme abrirte el corazón y enséñame a orar para que siempre sea capaz de encontrar tu rostro allí donde vaya! ¡Ayúdame a escuchar tus susurros para escuchar tu voz! ¡Ilumina mi rostro y aclara mi mirada para que sea capaz de discernir tu voluntad y descubrir lo que de mi deseas! ¡Dame el valor para aceptar las cosas que deben cambiar en mi vida para hacerla más acorde a tu voluntad y los planes que tienes pensados para mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprometerme a ser un buen cristiano, a estar siempre alegre pese a las dificultades, a estar siempre dispuesto al servicio, a manifestar la verdad de tu Buena Nueva, a ser activo difusor de tu Evangelio, a ser coherente en mi vida cristiana! ¡Enséñame, Señor, a orar para encontrar tu rostro en la naturaleza, en las personas que están cerca mío, en los acontecimientos de la vida! ¡Que mirada, Señor, sea para llamarte amigo fiel, hermano querido y sentir tu aliento protector, tu amor infinito y tu misericordia insondable! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, y guíame para transformar mi vida, fortalecer mis convicciones, para ser modelo, para que todos mis gestos y actitudes se asemejen a los tuyos, para que mis proyectos e ilusiones estén impregnados tu sello, para caminar según tu voluntad, para cambiar cuando me desvíe de la senda correcta, para comprometerme en la fe y en el camino de la verdad, para que mi vida cristiana sea levadura y fermento, luz y alegría! ¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Dame más generosidad en mi entrega y más constancia en mi vida de fe; fortalécela, aviva mi esperanza y confianza que tantas veces decae, activa mi amor por ti y por el prójimo y haz que los proyectos de mi vida estén llenos de tu presencia!

… Algo transformó su vida

Un ingeniero austriaco que trabaja en mi equipo y que había estado muy alejado de la Iglesia me decía hace unos días que cuando era joven tenía mucha esperanza en los aconteceres de la vida. Se veía a si mismo como una persona de éxito, triunfando personal y profesionalmente, querido por todos los que le rodeaban. Decidió seguir los estándares que marcan determinadas pautas sociales como la respetabilidad, amabilidad, dosis de cinismo, popularidad. Conseguiría un buen trabajo, ganaría dinero, se casaría con una mujer hermosa e inteligente… en definitiva: iba a tener éxito en la vida.
Lo logró casi todo a base de esfuerzo, renuncias, empujones, sacrificios y grandes dosis de suerte. Pero el éxito social y profesional no le llenaban. Su vida interior también estaba vacía. No se sentía una persona libre pues su vida era un constante proyectar un rostro cuando en el fondo en su interior había mucha aridez, insatisfacción e inseguridades.
Todo cambió un día, cuando un amigo le habló de Dios. Sintió que, de alguna manera, Dios se le revelaba de nuevo. Ese amigo le dijo algo tan sencillo como «trata de tener una amistad con Cristo. Verás como todo cambia en tu vida». En un principio a esta persona, aquella afirmación le pareció ridícula. Inicialmente la menospreció. Pero fue reflexionando sobre ella y puso en imágenes la vida del que se la había dicho, su coherencia, su serenidad interior, su capacidad de darse a los demás, su amable sonrisa siempre abierta al prójimo, su fuerza interior…
Eso le llevo a profundizar en aquella idea. Y tomó la Biblia. Leyó aleatoriamente tres libros de la Biblia y terminó con los cuatro Evangelios. Y descubrió algo sorprendente: el infinito amor que Dios siente por cada uno. Descubrió como Cristo vino al mundo para descargar su amor sobre los que sufren. Descubrió como uno puede liberar el peso de su vida a los pies de la Cruz. Y comprendió que Jesús vino a este mundo a salvar al hombre, a abrazarlo en su tribulación y a acompañarlo en el camino de la vida.
En el momento que abrió su corazón a Cristo, frecuentó la Misa diaria, dio el paso de confesarse… algo transformó su vida. A medida que avanzaban las semanas des despojó de sus resentimientos, curó heridas que parecían intratables, apaciguó su ansiedad interior, aparcó sus rencores… Hoy, me decía, cuando me enfado me duele, cuando discute me duele, cuando miento me duelo, cuando juzgo me duele, cuando no hago las cosas bien hechas… me duele. Su vida no es perfecta pero busca esa perfección porque ha logrado tener una relación íntima y de amistad con Cristo.
Sigue buscando con ahínco pero ahora no tiene que transitar caminos tortuosos, conoce perfectamente el camino que le lleva a Dios.

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¡Señor, concédeme la gracia de buscarte siempre, de abrir mi corazón a ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para que guíe mi corazón y mi alma! ¡Haz, Señor, que el Espíritu endulce mi vida para seguirte con alegría, para avanzar espiritualmente con esperanza y confianza! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo encienda la llama viva de mi fe para darle ardor a mi caminar cristiano! ¡Haz, Señor, que por muy tortuosos que sean los caminos pueda ir hacia Ti sin desfallecer! ¡Que mi vida sea una eterna alabanza a Ti! ¡Que los sufrimientos, los problemas y las dificultades no sean motivo de aflicción sino de crecimiento personal y espiritual, sostenido por tu amor y por la fuerza de la cruz! ¡Señor, ayúdame a serte siempre fiel especialmente en los momentos difíciles; que pueda escuchar siempre tu voz! ¡Tómame, Señor, de la mano y llévame hacia Ti! Y, Señor, ¡te pido por todos los que te buscan y no te encuentran; hazte el encontradizo con ellos! ¡Te pido por los que necesitan de tu amor y de tu misericordia llénales su corazón de Ti!

¡Bendito seas!

Hace unos días un amigo polaco de Poznan ha bautizado a su tercer hijo. Me ha enviado un correo electrónico participándome este hermoso evento. Como nombre han elegido Estinaslao y me argumenta los motivos. Todos, en el día de nuestro bautismo recibimos un nombre y los padres los eligen por motivos diversos, pero cada nombre está relacionado con el santo que lo llevó antes que nosotros. Todos tuvieron vidas diferentes como lo fueron también sus obras. Lo que les une es Cristo que está en la fuente de sus palabras y, a veces, de sus escritos, pero de manera particular de su vida. Entre los argumentos de este buen amigo: «Deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país».
Recuerdo hace unos años visitando el Museo San Marco de Florencia me impresionó especialmente la pintura en tempera sobre tabla de El Juicio Final, de Fra Angelico. En esta obra el pintor renacentista presenta a los bienaventurados caminando hacia el Cristo que, en el cielo, espera su llegada. El «deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país» es, en palabras de un padre, imaginar que en un futuro su hijo ocupe un lugar en ese espacio junto a los hermanos y hermanas mayores en la fe que nos han precedido, que nos esperan en la eternidad y nos muestran el camino. Estos santos te invitan a vivir de las Bienaventuranzas del Evangelio para avanzar, para convertirte, para adaptarte a lo que Cristo quiere para tu vida: humildad, ser sencillo de corazón, misericordioso, generoso, servicial, pacificador.
Uno se plantea que los santos patrones experimentaron esta diversidad mayúscula de las Bienaventuranzas y lo hicieron de manera diferente, pero todos los recibieron como un regalo de Dios. Existen también muchos caminos que conducen hacia la santidad y las bienaventuranzas son las que nos ayudan a descubrir en lo que tenemos que convertirnos, en el mundo en que vivimos y en el corazón de Dios.
La frase de este padre escribiendo «deseo que Estanislao camine siempre tras el gran santo de nuestro país» te permite desear para ti mismo y los que amas que podamos también caminar cerca de ellos y escuchar, tal vez, a Cristo susurrar en nuestro corazón: «¡Bendito seas!»

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¡Señor, te doy gracias porque me siento un afortunado, un bienaventurado pudiendo levantar cada día dándote gracias y bendiciéndote, esperanzado de seguir caminando hacia la tierra prometida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me siento bienaventurado por sentir tus bendiciones cotidianas, por poder alabarte por todas y cada una de las maravillas de la creación! ¡Te doy gracias, Padre, por sentirme un bienaventurado por sentir el amor y el cariño de tantos, por reconocer tu amor por mi! ¡Te doy gracias, Padre, y me siento bendecido porque siento lo sagrado de la vida y porque tu te haces presente constantemente en mi caminar! ¡Te doy gracias, Padre, porque me perdonas y me enseñas a perdonar, por que tu divino perdón es gracia para mi! ¡Dame, Padre, un corazón abierto que esté abierto siempre a las necesidades de los que tengo cerca, ternura para acoger sus necesidades, respeto para corregir sus errores, humildad para aceptar las críticas y capacidad de reconciliación cuando me aleje de los que amo! ¡Señor, abrume siempre los ojos a aquello que no soy capaz de ver! ¡Ayúdame a buscar siempre la verdad, llenar mi corazón de gratitud, ser paciente conmigo mismo y con los demás!

¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús! 

Cantar a la vida

Como por razones laborales viajo frecuentemente tengo ocasión de devorar decenas de libros al año. Y hay algunos que te dejan huellas profundas e, incluso semanas después de haberlos leído, quedan impregnados en tu memoria. Dos he terminado recientemente, Y tú no regresaste, de Marceline Loridan-Ivens y A la sombra del árbol violeta, de Sahar Delijani. Han removido mi corazón, mis emociones y mis sentimientos más íntimos. El primero es el homenaje conmovedor de una niña a su padre, ella superviviente en Birkenau y él desaparecido en Auschwitz. El segundo, la historia de una joven en el Irán prerevolucionario.
Ambos son un canto a la vida. Son dos historias que he llevado a la oración por una razón concreta: porque a pesar de la dureza de la vida, la vida es también hermosa. Bella. La vida es un camino incesante a la trascendencia. Es un proyecto de Dios. Es un proyecto producto del amor divino. Es un proyecto que te coloca las alas para volar al infinito. Es un proyecto que te lleva a la conquista de ideales a veces corrompidos por los errores personales, por el pecado, por la inmundicia moral, por las caídas a las que estamos abonados. La vida es cada uno en su perspectiva personal pero es Dios quien te envuelve, te acoge y te salva. La vida es sombra pero sobre todo luz. La vida es un permanente desafío, es una llama viva. La vida es, en toda su esencia, Cristo.
Nadie tiene una vida fácil ni sencilla. Pero yo amo la vida. Y la amo porque me la ha dado Dios, me la salva Cristo y me la orienta el Espíritu Santo. Y todos ellos están dentro de mí, en lo íntimo de mi corazón.

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¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida! ¡Tu mismo eres la razón para vivir con alegría pese a las dificultades, caídas y obstáculos que debo afrontar! ¡Por eso te amo, Señor, por la vida que me das y por tantas cosas que a tu alrededor me acercan a Ti a pesar de mis imperfecciones y mi pequeñez! ¡Tu, Señor, eres el guía de mi caminar diario! ¡Tu eres la verdad de todo por eso creo en ti! ¡Señor, en mis luchas cotidianas, en las dudas que tantas veces me embargan, en los golpes que me zarandean, tu verdad me llena de paz, serenidad y amor! ¡Señor, tu eres mi vida, ayer, hoy y siempre! ¡Tu, Señor, pese a las cargas que llevo encima tu eres la vida que lo llena toda, la vida que alimenta mi ser, la vida que fortalece mis esperanzas, la vida que inunda mi corazón de alegría y gozo, la vida que me permite levantarme cuando caigo y tengo la sensación de no poder volver a levantarme, la vida que sana mi corazón enfermo cuando desfallece por la aflicción! ¡Tu, Señor, eres mi vida, mi verdad, mi camino, mi esperanza! ¡Por eso amo la vida, Señor, porque es un canto que me une cada día a ti!