¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?

Me doy cuenta como en ocasiones tomo la piedra. Y al apretarla con fuerza entre mis dedos siento la frialdad del mineral y la rugosidad de su textura. Siento como en ese apretar puede haber dolor o enfado, crítica o malestar, arrogancia o soberbia. No importa el qué, lo que importa es que va a ser lanzada contra alguien al que considero merecedor de un castigo. Pero también me doy cuenta que esa misma mano que va a lanzar ese pedrusco contra el prójimo es la mano que acaricia cada noche a su hijo pequeño, que pasea por la calle agarrado de la mano de su pareja, que prepara con delicadeza la cena en casa para la familia, que ayuda al necesitado en el hospital, que teclea el ordenador para escribir estos textos, que pasa las cuentas del Rosario cada día… es una mano que se mueve entrelazando el bien con el mal, la benignidad con la falta de benevolencia, la generosidad con la falta de magnanimidad, la afabilidad con la falta de indulgencia, la dulzura con el prejuicio.
Abro mis manos. Miro entonces las manos de Cristo clavado en la cruz. Manos que antes de juzgar dibujaron en el suelo. ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? ¿Quién soy para evaluar los errores del que tengo cerca? ¿Quién soy yo para dejar al descubierto la mancha del otro? ¿Quien soy yo para convertirme en el abanderado de los defectos ajenos? ¿Quién soy yo para juzgar a quienes por sus debilidades, olvidos o negligencia, causan prejuicios a otros? ¿Quién?
Me lo pregunto de otra manera: ¿Por qué esas manos no se abren para destacar sus virtudes? ¿Por qué cuesta rendir tributo a sus buenas acciones? ¿Por qué no ahondar en lo que hay de profundo en su corazón y resaltar esos valores que lo hacen único? ¿Por qué no buscar su bien, su aprendizaje, su progreso?
¿No comprendo que si actúo desde la cerrazón del juicio ajeno mi corazón —que se dice estar cerca de Cristo— se empequeñece? ¿Qué si mi actitud es de resaltar los fallos y las faltas ajenas hago añicos la humildad que predico? ¿Soy consciente de que si mis palabras o gestos sacuden con firmeza al prójimo me alejo de las buenas obras a las que aspiro? ¿Que si juzgo con dureza a mi prójimo me estoy erigiendo en su amo y estoy usurpando el lugar que le corresponde a Dios porque uno está llamado a considerar al otro mejor porque es cuestión de ponerse a su servicio en lugar de juzgarle?
No, no tengo derecho a juzgar al prójimo con firmeza. Las faltas que pueda encontrarle no prueban que yo valga más que él. Puedo sí, corregirle con la corrección fraterna. Pero nunca ante terceros. Jesús no nos invita a cerrar los ojos y permitir que las cosas se mantengan en el error sino que se ayude a los ciegos a que sigan su camino. Pero hace una denuncia taxativa a quienes juzgan y condenan. Quiere que se reprenda con paciencia y pedagogía, advirtiéndole como verdadero hermano, con moderación en el juicio. Sólo con caridad es posible un servicio semejante. Y entonces uno es capaz de ver de donde fue rescatado en su momento.
Y esa piedra que uno sostiene con firmeza para ser lanzada al prójimo, caerá de inmediato a los pies reconociendo que el amor se edifica en la comprensión porque el amor no es jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta..

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¡Señor, solo tu eres el juez justo y condescendiente! ¡Me pides, Señor, que no juzgue a mi prójimo porque con la misma medida que yo mida a los demás seré juzgado! ¡Te reconozco, Señor, que es muy estrecha mi medida para con el prójimo y muy ancha para conmigo mismo! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de sellar la comisura de mis labios antes de que éstos emitan un juicio rápido y terrible de cualquiera! ¡Señor, cambia mi corazón para que en lugar de juzgar pueda corregir con caridad, humildad y amor! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo!  ¡Señor mío, concédeme la gracia de que todas mis acciones estén revestidas de amor, de equidad, de humildad, de misericordia, de magnanimidad, de perdón, de generosidad y de justicia! ¡Antes de juzgar al otro hazme ver mis propios fallos y errores y dame el don de corregir con amor, resaltando del otro sus virtudes y sus buenas obras! ¡Y sobre todo, Señor, enséñame a amar como Tú amas, a mirar como Tú miras, a perdonar como Tú perdonas, a actuar sin prejuicios como Tú actúas, a construir en lugar de destruir! ¡Te doy gracias, Señor, porque tu cercanía y tu amor me permiten comprender que solo la Verdad nos hace libres y que mi corazón henchido de tu amor y de tu misericordia me llenan de humildad y mansedumbre para ver a los demás con ojos de bondad!

Ser inmune a la crítica

No todas las personas desean nuestro bien. Puede, incluso, que digan o hagan cosas que nos perjudican o nos hagan sentir mal.
Cualquier falso testimonio, una mentira, una acusación no justificada, una difamación o una actitud disciplente provoca dolor y desgarro y es causa de profundas heridas que traspasan el corazón y provocan zozobra y desánimo interior. Todos preferimos estar con aquellos que nos apoyan y que permanecen a nuestro lado para levantarnos, acompañarnos y bendecirnos, gentes que nos desean lo mejor y no están guiados por los celos, la envidia o el rencor.
Sin embargo, hay que aprender a dejar a los pies de la cruz todo comentario injusto o cualquier actitud dañina. Desde la cruz todo se eleva a las manos de ese Dios que es juez justo. Y, aunque es difícil, un cristiano debe ser ejemplo de perdón, de generosidad y de misericordia. Ser consciente de que debe sembrar el bien porque esta es la misión del hombre por voluntad de Dios.
Olvidamos con frecuencia pedirle a Dios ser inmunes a la crítica, al comentario viperino, al juicio injusto para que no nos distraiga de los planes maravillosos que Él tiene pensado para cada uno. El príncipe del mal busca remover el corazón, tensionar la vida, crear odio y rencor, pero como dice el salmo el Señor pone siempre las cosas en su debido lugar y exalta al fiel con su favor.

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¡Señor, cuando me critiquen o me juzguen, aunque tengan razón por mis comportamientos erróneos, que no me ofenda y sana las herida de mi alma! ¡Hazme libre de toda crítica para mejorar y crecer a tu lado! ¡Lléname, Señor, de tu Espíritu Santo para seguir cada día creciendo, avanzando y gozando de todas tus bendiciones! ¡Señor, ayúdame a caminar con paso firme, a tu lado, para deleitarme de tu presencia y de tu amor, para avivar el fuego de los dones que por medio de tu Santo Espíritu pones en mi vida con el fin de utilizarlos para hacer el bien, para servirte con rectitud y para convertirme en una gran bendición para todos aquellos que me rodean! ¡Concédeme, Señor, la gracia y el amor para tener el don de perdonar a los que me juzgan, a los que me afligen o me critican, ayúdame a perdonar y bendecir cualquier agravio recibido! ¡No permitas, Señor, que de mi boca salgan juicios y críticas que hieran y hagan daño, sino más bien que sepa ver lo bueno que hay en los demás!

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

¿Renunciar o no renunciar?

Me invitan a una cena de verano con personas de diferentes ambientes, la mayoría de ellos ⎯⎯por su comentarios ⎯⎯ no creyentes. Incluso hay una mujer que, en el fragor de la conversación, sentencia que el «cristianismo es algo anti-natural». Para no estropear la velada hasta ese momento he permanecido en silencio. Pero no puedo dejar de intervenir. En la opinión respetable de estas personas entregadas a la satisfacción de los caprichos no se puede comprender que seguir a Jesús no implica renunciar a las cosas bonitas de la vida. Al contrario, seguir a Cristo es poseerlo todo porque Él lo da todo.
Cuando uno escucha hablar de «renuncias» en quienes no creen en la Verdad lo habitual es que emitan juicios despiadados contra la fe católica y, así, surge la ocasión perfecta para despreciar las enseñanzas de la Iglesia y criticar a los que seguimos a Cristo. Quienes así actúan no comprenden el verdadero sentido de la «renuncia».
Tengo un amigo que es cantante de ópera y, en la actualidad, actúa en los más importantes escenarios del mundo triunfando con su voz. Un sobrino mío ha aprobado recientemente las oposiciones al Banco de España después de tres años de denodado esfuerzo. Desde muy jóvenes ambos, por decisión propia y en aras a su sueño profesional, han «renunciado» a los divertimentos nocturnos, a los viajes, a los «placeres» de la vida. Nadie pone el grito en el cielo por ello porque sus esfuerzos han supuesto «renuncias» que la sociedad observa como algo positivo y natural. Sin embargo, en el cristianismo la crítica maliciosa es su sentido «anti-natural».
Toda renuncia se realiza, en la mayoría de los casos, por un fin superior. En el caso de mi amigo y de mi sobrino por alcanzar la meta profesional con unas dosis de reto personal. En el caso del cristiano, el objetivo es la santidad. Es una meta espiritual pero también una opción personal. Tomar la firme decisión de seguir a Cristo es buscar la senda de la santidad. Esta «anti-naturalidad» a los ojos de muchos es «trascendencia» a los ojos de Dios.
La pregunta que me hago hoy: Si soy capaz a renunciar a determinadas cosas de mi vida en aras a conseguir un objetivo, ¿por qué me cuesta tanto a veces renunciar a otras poniendo infinidad de excusas que tan relacionadas están con mi camino hacia la santidad?

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¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Alabad siervos del Señor (Laudate pueri Dominum, HWV 237), una bellísima obra de Haendel para el día de hoy:

¿Hasta qué punto amo a la Iglesia?

La Iglesia. Tan criticada. Tan vilipendiada. Tan cuestionada. Tan humana a veces por las sombras imperfectas de los que la integramos. Pero la Iglesia es la gran obra de Cristo. Esta regida por la luz del Espíritu Santo que todo lo guía. Es la continuación de Dios en el mundo. Es un milagro lleno de vida y esperanza. Es la Iglesia la que crea, forma y sostiene a los elegidos de Dios.
La Iglesia. Más de dos mil años caminando sobre la tierra. La Iglesia ha educado en este tiempo a miles de millones de almas. Se asentó sobre la piedra de un hombre rudo y de once más elegidos que hoy no pasarían una mínima selección de personal. No tenían ni formación ni poder. Pero así sigue porque fue instituida por Dios mismo.
La Iglesia. Perseguida desde sus orígenes, humillada y masacrada, con hijos indignos que la han manchado y la ensucian con sus malas obras. Pero aquí sigue, viva, firme, próspera y esperanzada. Está ungida por la luz del Espíritu de Dios que combate con su aliento la malicia depredadora del ser humano.
La Iglesia. Germen de caridad y amor. ¡Qué harían tantas sociedades sin la presencia en su territorio de la Iglesia generosa y servicial, entregada y dadivosa!
La Iglesia. Recibo multitud de mensajes que critican al Santo Padre por sus declaraciones o por la poca claridad de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, por la actitud de ese o aquel sacerdote, por las declaraciones blasfemas de una monja benedictina sobre la Virgen María… ¡Recemos por la Iglesia, por los que están errados, por las cosas buenas, por nuestro propio interior y por la corrección de los que tenemos que cambiar nuestra actitud de cristianos descarados y demos gracias infinitas porque Dios nos ha permitido nacer en su seno! ¡Somos miembros vivos de una comunidad en la que Dios está en el centro! ¡Y sobre cada crítica a la Iglesia cada uno debería cargarla sobre sus espaldas porque cada uno de nuestros fallos, nuestros errores, nuestros pecados y nuestras caídas son también heridas que provocamos a la Iglesia!
La Iglesia. Un cristiano, miembro de la Iglesia, es hermano de los doce apóstoles -los escogidos del Señor-, de los primeros discípulos, de los patriarcas, de los profetas, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes y de todos los Santos en la tierra y en el cielo. Hoy me planteo si soy digno hijo de la Iglesia.
La Iglesia es Madre. ¡Y, precisamente por eso y porque es obra de Dios, con todas sus grandes e imperfecciones, yo la amo!

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¡Señor, no me avergüenzo de ser miembro de Tu Iglesia santa, católica, apostólica y romana! ¡No quiero ver solo sus fallos, Señor, pues mientras esté en la tierra quiero amarla y quererla, rezar por ella y trabajar por ella para hacerla cada vez más santa! ¡Señor, amo a tu Iglesia y quiero ser digno de Ella porque es una institución creada por Ti! ¡Es parte intrínseca de tu cuerpo magullado en la Cruz! ¡Por eso la amo, Señor, y quiero ser digno de ella! ¡No te puedo amar a ti sino amo también a tu Iglesia! ¡Señor, la amo porque sigue siendo tu Esposa por muy pecadora o mediocre que sea! ¡Señor, amo a tu Iglesia y quiero ser digno de ella por es en ella donde crezco como cristiano y es por a través de ella que me acerco cada día a ti acompañado de tanta gente buena y santa! ¡Señor, es a través de mi mediocridad y la de tantos como yo que cada día puedo construir el Evangelio cotidiano! ¡Señor, amo a tu Iglesia y creo en ella porque creo en ti que eres su corazón y su esencia! ¡Amo a tu Iglesia porque es la casa de oración, el centro de la Eucaristía, sede de la verdad, templo del Espíritu Santo, fuente de gracia y de gloria, santuario vivo de caridad y amor, casa de perdón y misericordia! ¡Quiero ser digno de tu Iglesia, Señor, y amarla con el corazón abierto porque soy tan imperfecto como cualquier hombre y mujer que la formamos, viviendo nuestra mediocridad en un obra perfecta porque es creación tuya! ¡Pero sobre todo, Señor, quiero ser digno de tu Iglesia y amarla porque es mi Santa Madre, es mi templo espiritual, las de los que conviven conmigo y comparten mi vida cristiana! ¡Quiero vivir en ella y morir en ella, Señor, y quiero respetarla y honrarla a pesar de tantas manchas de pecado y tanta torpeza humana! ¡Señor, tú me conoces y sabes que soy pequeño, torpe, pecador, indigno e ingrato contigo, estoy cansado y camino a pasos lentos pero tu amas lo pequeño! ¡Quiero comer tu Cuerpo y tu Sangre y eso, Señor, solo puedo hacerlo en el seno de la Santa Madre Iglesia!

Iglesia, una bella canción de Lilly Goodman, para acompañar la meditación de hoy:

Ofrezco lo que tengo y lo que soy

Luz Casal es una cantante de voz desgarrada. Sus canciones están llenas de sentimiento. Hace más de 20 años publicó el single titulado «Te ofrezco lo que tengo». Ayer, de casualidad, escuché esta canción en la radio. Y aunque no es un tema espiritual provocó en mi un profundo revuelco interior. Para entender esta meditación hay que leer la letra de la canción:

Perdido en el intento
inútil de buscar
en medio de la nada
malvives descontento,
te quiero ayudar,
me sobran sentimientos
y te los quiero dar.
Lo que tengo te lo ofrezco,
lo que tengo y lo que soy,
lo que tengo, todo te lo doy.
Primero la ilusión
que alegrará, lo se,
a ese helado y pobre corazón,
segundo mi vigor
para darte poder,
tercero grandes dosis
de valor y fé.
Ajena al desaliento,
tenaz en perseguir
la suerte y la fortuna
como un recien nacido
me empeño en existir,
son míos sol y luna,
los quiero compartir.

Vivimos en una sociedad y en un entorno en el que es muy frecuente que personas nos hagan promesas que nunca van a cumplir, que entreguen aquello que no es suyo, que digan sentir emociones que realidad no sienten simplemente por quedar bien, pronuncian palabras vacías que quieren llenar de contenido, te hacen creer que eres maravilloso (eres un crack, dicen) aunque en realidad piensen lo contrario… Yo mismo me he comportado así en muchas ocasiones, incluso hay momentos que intento enmascarar mi desazón con una sonrisa, fingir que me encuentro bien cuando por dentro estoy roto. Demostrar alegría cuando en realidad lo único que soy capaz es de llenar un río con mis lágrimas.
Pero Luz me ha iluminado. Ha puesto un foco incandescente en mi corazón. Me ha hecho ser consciente que la fragilidad con la que me muevo tantas veces y que busco camuflar con la máscara del «todo bien» no me permite ser la persona auténtica que quiero ser. Que la mayor autenticidad es ser quien soy realmente con mis defectos y mis virtudes. No se puede poseer lo que no se tiene. Pero si puedo hacer una fotografía de mi yo y enseñársela a Dios. Y es ante Él donde la verdad emerge con toda su realidad colocándote en su debido lugar.

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¡Señor, tú me enseñas aprender de las situaciones difíciles, de aquellos momentos en que la realidad me exige que afronte con valor, sin miedo, descubriendo mi fragilidad y retirando esas máscaras que esconden mis miedos y mi inestabilidad! ¡Señor, ayúdame con la fuerza de tu espíritu a ser auténticamente quién soy y darte todo lo que hay en mi interior! ¡Ayúdame, Señor, a no juzgar nunca los demás y mirarme siempre en el espejo del Padre que es el único lugar donde la verdad me sacude con una gran intensidad y me posiciona en el lugar que me corresponde! ¡Señor, ayúdame a dar siempre lo mejor de mí con palabras de ánimo que puedan entrar en un corazón desgarrado, ese abrazo amoroso y lleno de cariño para consolar al hombre o a la mujer que a mi lado esté abatido, compartir mis sentimientos amorosos y misericordiosos con aquellos que sufren, regalar mis oídos para escuchar con sencillez de corazón a quien necesita trasmitir una sentimiento, dolor, sufrimiento o frustración, secar con el pañuelo de mi alma tantas lágrimas que muchos derraman por su situación personal, Dar palabras de esperanza en la de aquel corazón que sufre! ¡Señor, simplemente quiero hacer lo que hacías tú! ¡Para ello, Jesús, ayúdame a no ir por la vida con dobleces y tratando de mascarar mi vida con un halo de bondad sino con mis defectos, mi fragilidad, mi corazón abierto, para que todo el mundo vea cómo soy y en mi debilidad poder descubrirme a los demás y demostrar que intento caminar siguiendo tus pasos, sin prisas, levantándome cada vez que caigo, con mis imperfecciones que tú vas modelando a través de la oración! ¡Señor, a ti nada tengo que esconderte porque lees hasta el último recóndito rincón de mi corazón! ¡Señor, hay algo que me da mucha esperanza y es que Dios escoge siempre a los débiles y a los pequeños para que avancen en la vida y es a ellos a los que les muestra las sendas de la vida que, aunque no sean fáciles y estén llenas de espinas, puedan al final estar coronada por la inmensidad de tu amor, gratificada por tus favores y llena, sobre todo, de tu misericordia! ¡Señor, tú sabes que tengo poco pero lo poco que tengo te lo doy y por eso quiero cada día esforzarme en tener más pero no de lo material sino de lo verdaderamente importante que es lo del corazón para dar más amor para darte más a ti y a los demás, para acercarme más a ti y a los demás y, sobre todo, para beber del agua viva y esa misma agua repartirla con mis pobres y frágiles manos a los demás!

Y como no podía ser de otra manera, la canción de Luz Casal que abre esta meditación:

Hablar cuando conviene, callar cuando más conviene

Reconozco humildemente que, en más de una ocasión, he hablado más de la cuenta. Que esas palabras han podido herir a alguien. La oración y las experiencias de la vida me han ido demostrando que es importante aprender a callar. Valorar el silencio de las palabras. No se trata simplemente de permanecer callados, sino de gestionar bien lo que se dice, como se dice y cuando se dice. Y que esas palabras estén impregnadas de verdad y de bondad. Hablar cuando conviene, callar cuando más conviene.
La clave fundamental es la prudencia interior, que surge de un corazón orante. Desde la prudencia es más sencillo evitar hablar sin pensar lo que se va a decir; se evita así que de la boca vayan surgiendo palabras que no se han reflexionado previamente, y se evita decir o dañar a la persona que tenemos delante o de la que hablamos. Se evita malinterpretar lo que decimos por la forma como lo decimos. Pero esa prudencia también nos otorga la valentía de hablar cuando todo el mundo calla para defender a alguien o una verdad que se pretende ocultar porque callando se pierde la ocasión de favorecer el bien.
Un corazón orante, un corazón que es capaz de ponerse en presencia de Dios, sumiso a la voluntad del Padre, abierto a la gracia del Espíritu, capaz de ver en todos los acontecimientos la actuación de Cristo en su vida, es un corazón capaz de dominar su interior; habitualmente lo que uno manifiesta hacia fuera es lo que almacena en su interior.
Un corazón orante ayuda a no vivir de apariencias externas, que únicamente pretenden generar un buenismo exterior y buscar el aplauso y el reconocimiento de los que le rodean. La vida interior ayuda a llevar un verdadero camino de autenticidad desde lo profundo del corazón.
Y es aquí cuando te das cuenta lo mucho que tienes que aprender de Cristo. Lo mucho que tienes que recurrir al Espíritu Santo para que te inspire siempre lo que debes pensar, lo que debes decir, cómo debes decirlo, lo que debes callar, cómo debes actuar, lo que debes hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y tu propia Santificación. Pero también agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar y gracia y eficacia para hablar. Ese hablar cuando es imprescindible, y no abrir la boca cuando no es necesario. Saber hacerlo así es saber caminar con libertad interior y con una vida verdaderamente auténtica.
Hoy me fijo especialmente en los silencios de Jesús. Las veces que pudo hablar y calló. Cristo me enseña que el silencio en el hablar es también un maravilloso camino que me ayuda a crecer en virtud.

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¡Señor, te pido que me ayudes a aprender de tus silencios! ¡Callaste, Señor, ante la apatía de tus discípulos; callaste ante las burlas de tus acusadores, callaste ante las falsas acusaciones y ante el juicio injusto al que fuiste sometido! ¡Padre Dios, Tú creaste el mundo desde el silencio, desde la calma y la prudencia y es desde ese silencio desde donde la naturaleza crea todo tu esplendor! ¡Enséñame, Señor, el valor del silencio para cuando hable no corra el riesgo de pronunciar palabras erróneas y cosas equivocadas! ¡Dame la sabiduría, Señor, de aprender a hablar y aprender a callar! ¡Ayúdame a hacer más oración para que mi alma reciba en el silencio la fuerza de tu luz y me ilumine luego en mis palabras, en mis pensamientos y en mis sentimientos! ¡Y a Ti, Huésped del Alma, entra en mi corazón para que éste exprese siempre sentimientos hermosos y palabras amables!¡Elimina, Espíritu divino, cualquier asomo de crítica y por medio de tu gracia lléname siempre de actitudes indulgentes y amorosas! ¡No permitas, Espíritu divino, que sea yo siempre el complacido sino convertirme en el siervo de los demás tratando de complacerles siempre de palabra y de obra! ¡Dame, Espíritu de Dios, la virtudes de la humildad y el amor para que, como hizo Cristo, nunca juzgue a los demás!

Quebrando tu silencio, cantamos hoy:

Esas cosas que tanto me molestan

El individualismo —primo hermano del «ser» soberbio— se va impregnando cada vez más en nuestros corazones. En el seno de las familias. De la comunidad. De los ambientes laborales. De la vida social. Y aunque no nos damos cuenta las personas nos vamos acomodando a nuestro yo convirtiendo todo lo que nos rodea en secundario porque lo que nos interesa es lo nuestro.
Así, nos molesta mucho que organicen nuestro tiempo porque lo hemos programado para hacer otra actividad. Nos fastidia cuando queremos hacer las cosas a nuestra manera y tenemos que someternos a los dictados y a las sugerencias de otros que nos parecen menos valiosas que las nuestras. Nos produce un profundo malestar cuando alguien habla de cosas que desconoce o de las que no tiene el más mínimo conocimiento porque nosotros si sabemos de lo que hablamos. Nos provoca una profunda desazón cuando nos cambian de improviso los planes o no podemos controlar las cosas o las situaciones. Nos descorazona cuando nuestro orgullo y amor propio queda herido. Juzgamos a este y aquel por lo que hace, dice y piensa que tanto difiere de nuestra manera de hacer, decir y pensar.
En definitiva, si las cosas no son como yo las quiero, las he pensado, las tengo organizadas o las digo me siento molesto. Y ahí surge el orgullo que nos acompaña.
Estas situaciones son tan comunes en nuestra vida que uno se plantea si realmente se producen porque uno no es capaz de amar con esa fuerza y esa plenitud que tiene el amor cristiano. Cuando esto sucede lo más conveniente es pedirle al Espíritu Santo luz para que derrame sobre nosotros la gracia de su amor, la sabiduría y la inteligencia para llenar y transformar nuestro corazón y convertirnos en auténticos apóstoles del amor de Dios. Con esta perspectiva es mucho más sencillo tener paz en el corazón y ver las cosas ajenas con una perspectiva diferente, con mayor sencillez y humildad. A la luz del Espíritu lo que nos molesta de los demás se puede convertir en un mirarnos a nosotros mismos y comprender que el egoísmo nos ciega y nos limita el horizonte de los demás; la humildad es la que abre el camino a la caridad en detalles sencillos, prácticos y concretos de entrega y de servicio.
La soberbia infecta por completo cualquier esfera de la vida. Es como un cáncer interior. Donde se pasea un soberbio todo acaba finalmente malherido: la familia, los círculos de amistad, el ambiente laboral, la comunidad parroquial…
Le pido hoy al Señor que me permita ser siempre una persona humilde que cuando observe algo malo en mi vida sea capaz de corregirlo por mucho dolor interior que produzca. No ser alguien soberbio porque quien lo es no acepta nunca o no es capaz de ver los defectos personales y siempre magnifica los ajenos. ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre y poner un candado a la soberbia para que no entre en mi corazón!

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¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Ayúdame a olvidarme de mi mismo, a que todo gire en torno a mí, ya sé que es difícil alcanzar este nivel, porque casi siempre vivo pensando en mí mismo, dándole vueltas a todos esos problemas que jalonan mi vida! ¡Tú, Señor, puedes ayudarme, para que no le no coja regusto a las lamentaciones de mis sufrimientos! ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Señor, ayúdame a superar el pensar demasiado en mi mismo, a darle demasiada importancia a los problemas, a relativizar las cosas y a darles su justo grado! ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Ayúdame a darme siempre para vivir la caridad y vivir de amor y superar el yo como eje de todos mis pensamientos! ¡Señor, examina mi corazón y revélame cualquier orgullo que se albergue allí para que ningún pecado me interfiera en mi relación contigo y con los demás, para que el orgullo o la soberbia lo endurezcan más! ¡Ayúdame a conocerme mejor y muéstrame siempre el camino de la humildad que, en definitiva, es el camino de la verdad! ¡Hazme ver, Señor, mis pecados y ayúdame a valorar siempre lo bueno de los demás y a valorarlo para mejorar cada día!

«Hazme como Tú, Jesús» es nuestra canción de hoy:

Soy como la mujer adúltera

¡Qué fácil nos resulta juzgar a los demás! Ahora me pongo en situación. Observo como Jesús se acerca a la mujer adúltera juzgada y condenada por todos y le pregunta dónde están esos que la condenan. Cuando todos tiran la piedra de sus manos, Él la toma de la mano. Y la levanta. Y, ella, fijando su mirada en Jesús se siente nacer de nuevo, alegre, amada, respetada, dignificada. «Vete en paz. Yo tampoco te condeno». Me impresionan estas palabras del Señor porque ponen en pie al hombre, nos permite caminar con la cabeza bien alta. Nos permite entender que en lo profundo de nuestro corazón no nos llena el egoísmo, ni la soberbia, ni los intereses personales, ni la vanidad, ni los placeres. Que lo que más nos llena es encontrarse con Ese que es más grande y hermoso que el amor mismo.
Pecadora como yo. Pero la mirada tierna de Cristo transforma su corazón. Las palabras sanadoras de Cristo transforman su interior. Las manos amigas de Jesús serenan su vida. La ternura de Cristo suaviza su dolor. Y se marcha en paz. Y endereza su vida con el propósito de nunca más pecar. Y, probablemente, cuando Cristo la dejara sola, libre, dignificada, enaltecida y purificada, aquella mujer lloraría en silencio llena de paz y de consuelo porque en definitiva solo son los limpios de corazón los que verán a Dios. Ella lo había visto. Con sus propios ojos. Había visto a Jesús, lo había visto cercano. El Jesús que nos invita a irnos en paz, a no juzgar y no volver a pecar.
Y en este día me siento muy cercano a esta mujer pecadora. Porque yo también estoy agazapado, en el suelo, por mi pecado. Yo también soy la persona que se sorprende por el amor misericordioso de Cristo. Soy también alguien que tiene el corazón abierto a la escucha de Jesús a pesar de su orgullo y de su soberbia, de sus múltiples caídas y su pecado. Soy también el hombre pecador que Jesús le purifica por su infinita benevolencia. Soy alguien que llora en silencio cuando sabe que ha obrado mal y que no puede, ni por asomo, lanzar ninguna piedra contra el prójimo porque tiene mucho que cambiar. Soy alguien que tiene sus máscaras vitales para sobrevivir. Soy esa persona que tantas veces se olvida de amar porque sus intereses personales están por encima de todo lo demás. Soy tantas cosas que me obligan a tirar la piedra y esperar el perdón del Señor, que soy al mismo tiempo de los que abandonan el lugar avergonzado y de los que Cristo levanta para enderezarlo de nuevo. Soy alguien tan pequeño, tan poca cosa, que sólo me basta que Jesús me toque para sentirme amado por el Amor.

Quien esté libre de pecado

¡Gracias, Jesús, por tu perdón! ¡Gracias, Jesús, porque te has hecho hombre, te has humillado, te has hecho pequeño, te has hecho subordinado al Padre, te has acercado a nosotros para salvarnos no para condenar nuestras faltas y nuestros pecados! ¡Gracias, Señor, porque este es el ejemplo que debo seguir: el no juzgar, el no tirar la piedra contra nadie, el no criticar, el no humillar! ¡Gracias, Señor, porque tu ejemplo, tu palabras, tus acciones, tu mirada me hace sentirme perdonado! ¡Gracias, Señor, porque permaneciendo callado y en silencio junto a la mujer pecadora y en lo alto de la Cruz me enseñas el camino a seguir! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque me demuestras que tu gesto es el gesto del amor, la demostración que no debo juzgar si no acoger, que no debo reprender sino abrazar, que no debo criticar sino perdonar! ¡Gracias, Señor, porque meditando esta escena tan impresionante del Evangelio cambias radicalmente mi corazón, cambias mi vida, cambias el concepto que pueda tener de la gente! ¡Señor, quiero hoy coger lo mejor de ti, tu gran capacidad para amar, para acoger, para dar ternura y afecto, para perdonar, para llevar a los demás esa actitud misericordiosa que tuviste con la mujer adúltera! ¡Quiero en definitiva, Señor, contar al mundo lo que hoy me has dicho al corazón: «Vete, y no peques nunca más»!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Todo tuyo, María, en las alegrías y en las penas, en todos los momentos de mi vida me entrego a tu Corazón Inmaculado!

Widerstehe doch der Sünde, BWV 54 (Resiste al pecado) es este impresionante cantata de Bach tan apropiada para acompañar la meditación de hoy:

No entristecer al Espíritu Santo

Cada vez que leo a san Pablo mi corazón se remueve. En su carta a los Efesios nos recomienda el apóstol de los gentiles que no entristezcamos al Espíritu Santo. Y, hoy, en el silencio de mi oración, me preguntó de qué manera puedo entristecer al Espíritu de Dios. Y la respuesta me llena de turbación porque cada vez que soy incapaz de vislumbrar los dones y gracias que Dios derrama sobre mi lleno al Espíritu de tristeza. Cuando soy incapaz de dar gracias y pensar que todo lo que tengo, lo que soy, lo que genero, no es sólo fruto de mis capacidades sino de la gracia de Dios, lleno de tristeza al Espíritu. Y, cuando estoy convencido de que todo lo merezco, que todos los beneficios que redundan en mi vida son fruto de mi merecido esfuerzo, cubro de tristeza al Espíritu. Y cuando me miro a mi mismo, colocándome en un pedestal de barro, dejando de contemplar a Dios como el único y verdadero Dios, porque tengo otros ídolos que llenan mi vida envuelvo al Espíritu Santo de una profunda tristeza.
Pero no sólo Pablo me exhorta a no poner triste al Espíritu. Me invita a desterrar de mi corazón la amargura, los enfados, la ira, los insultos y toda maldad. ¡Qué iluso parece, en ocasiones, san Pablo! ¡Esto es, en apariencia, un imposible!
¿Cómo pensar que es posible desterrar la amargura del corazón humano cuando constantemente nos hieren y herimos, nos ofenden y ofendemos, nos envidian y envidiamos, nos critican y criticamos, nos agarramos a los sufrimientos del pasado y somos incapaces de vislumbrar las alegrías del presente, nos comparan y comparamos, nos buscan los defectos y nosotros evidenciamos los ajenos, tratamos de dejar constancia de nuestros éxitos y minimizamos los de los otros, se alegran de nuestros fracasos y nosotros luchamos denodadamente para mostrar lo que no somos?
¡La amargura, la tristeza, la desesperanza no son los signos representativos del cristiano! Un cristiano no puede permitirse ¡jamás! ser una persona triste. Ni amargada. Si uno cree verdaderamente en el poder de Jesucristo, en su poder sanador y en la fuerza de su amor y misericordia, nunca puede dejarse vencer por la tristeza por muchos problemas, dificultades, caídas, fracasos, conflictos personales, sufrimientos, humillaciones, olvidos, silencios, soledades, dolores, desilusiones… que sufra. ¡Nunca! Sobre todo porque cada día tenemos el estímulo impresionante de la Eucaristía. Allí es donde el hombre puede encontrar el reposo de todo lo que hace su vida, en apariencia, desgraciada. Descargando todo sobre el altar de la Eucaristía, siendo partícipe de la Pasión de Cristo, uno comprende que el peso de su cruz es compartido. Entonces uno se convierte en un cirineo de la alegría. Y da gracias al Señor por hacer llevaderas sus penas. Y el Espíritu de Dios, alegre, se derrama sobre él para vivificar su fe y convertirlo en una persona llena de esperanza.

¡Espíritu de Dios, quiero hacer hoy un alto en el camino para contemplar tu luz y escuchar tu voz que exclama: «Estate siempre alegre porque eres hijo de Dios y Dios te ama»! ¡Y quiero celebrar este mensaje! ¡Quiero que mi corazón se llene de Ti para que rebose siempre de alegría y de esperanza! ¡No quiero que la amargura me invada por mis aparentes fracasos, mis múltiples caídas, mis aventuras sin éxito, mis frutos no recogidos, mis objetivos no superados, por mis renuncias dolorosas, por los encuentros fallidos, mis sueños inalcanzados, por las esperanzas infundadas, por los días y los años desaprovechados! ¡Quiero que me ayudes a ser un apóstol de la alegría, Espíritu Santo de Dios, para celebrar cada día la alegría de vivir, de convertir mi vida en un desafío, en ser semilla en tierra yerma que de abundantes frutos, en convertirme en línea de partida en el camino de la vida! ¡Quiero que mi canto sea un canto alegre que exclame lleno de esperanza: «gracias, Señor, mil gracias, por tantos dones y tantas gracias que tantas veces no he sabido ver en mi vida»!

Una hermosa canción dedicada al Espíritu Santo para acompañar esta meditación: