Guiado por el principio de la verdadera realeza

Hoy celebramos a Cristo Rey del universo. Cuando uno piensa en monarcas se imagina a individuos con tronos, coronas con incrustaciones de piedras preciosas, ropa de armiño. No eran las galas de Cristo. La suya era una corona de espinas. Su carruaje, un burro con el que entró en Jerusalén el domingo de Ramos. Su traje ceremonial, una capa descosida que los soldados le pusieron para mofarse de su persona. Y su trono fue la cruz, donde nos reveló el auténtico sentido de su realeza.
Los hombres siempre hemos creído que en el poder descansa la fuerza de la política, la economía, la guerra, la sociedad. Pero nuestro Rey, Jesucristo, el verdadero Rey del universo, enseña que el verdadero principio de la realeza divina es el amor. Todo Cristo vivió estuvo impregnado por el amor a los hombres. En su sagrado trono, en el momento de mayor sufrimiento, es donde con mayor ahínco ejerció esta realeza: perdonó a quienes lo crucificaron y salvó a los todos los que se rebelaron hacia él.
Y esto es lo que él propone en esta festividad: que cada uno nos convirtamos en reyes a la manera de Dios. Es decir, dejarse guiar por el principio de la verdadera realeza: el amor.
Desde el bautismo cada uno ha sido introducido en el Reino de Dios donde el principio que reina es el amor. Al darnos el Espíritu Santo, Dios Padre a través de las manos de su Hijo Jesucristo, ofrece este amor infinito que nos permite ir más allá de los meros sentimientos humanos para convertirnos en lo que podemos ser: reyes del amor de Dios.
Si de verdad acepto al Espíritu Santo en mi vida cambiará mi corazón para amar como Cristo amó. Para perdonar a aquellos que me lastima, para amar a los que me quieren mal, para no ser esclavo de mis sentimientos humanos, y ser partícipe del amor.
Actuando así sabré como reconocer a Cristo en el amigo que necesita ayuda, en el compañero de trabajo atribulado, en el familiar enfermo…
En la tarde de mi vida acuda a la corte celestial solo seré juzgado por el amor.¡Y cuantas veces lo olvido! Si no he sido capaz de dar amor, seré juzgado por este grave actuar. Pero si he sido capaz de expresar la verdadera realeza recibida del bautismo, amando como amó Jesús, seré invitado a ingresar a este Reino donde solo hay espacio para el amor. ¡Esa es mi aspiración!

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¡Señor, te reconozco por mi Rey mi y Salvador y me comprometo a luchar como Hijo tuyo por la verdad del Evangelio, a procurar por mis medios el triunfo de la verdad y testimoniar tu realeza sagrada en este mundo! ¡Anhelo fervientemente, señor, que reines en mi  corazón! ¡Pero que reines de verdad! ¡Pero antes, Señor, ayúdame a reconocer mi pequeñez, mi miseria, mis bajezas morales, mi debilidad! ¡Límpiame con la fuerza de tu Espíritu para que puedas reinar en mi interior! ¡Espíritu de Dios, dame la fuerza necesaria para batallar cada día sin desfallecer! ¡Ayúdame a ser consciente de mi pequeñez! ¡Ayúdame a sentir con pena todo aquello que me aleja de Ti, del reino de tu Padre! ¡Ayúdame a contemplar las manchas de mi corazón para poder purificarlas en el sacramento de la confesión! ¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco como Rey del Universo porque todo lo has creado Tú, utilízame para hacer el bien! ¡Y en este día, renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristian y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia!

¿Quién no ha sido humillado alguna vez?

¿Quién no ha sido humillado alguna vez? La mayoría de las humillaciones te llegan cuando tu alma no está preparada. Y, tal vez por eso, según las circunstancias, esta experiencia provoque tanto desgarro y dolor.
Pero una humillación puedes revertirla para que de frutos. Recibir una humillación cerca del Señor es menos dolorosa que si estás alejado de Él.
Hay una máxima incuestionable. Quien humilla es, habitualmente, alguien con un corazón frío, egoísta, soberbio y mezquino. Es alguien que disfruta menospreciando al prójimo. Al ridiculizar al otro le hace creerse superior. Pero quien así actúa tiene el corazón enfermo y el alma en encefalograma plano porque la amargura, ese cáncer de los corazones soberbios, le aplaca. Además, quien humilla necesita del escenario público para dar mayor realce a la imposición de sus criterios.
Cuando recibes una humillación Dios te invita a volverte humilde. Es Él quien permite las humillaciones porque Dios está siempre detrás de cualquier suceso feliz o triste que acontece en la vida del hombre.
Al recibir una humillación no puedes mirar más que la figura de Cristo, el que siendo Dios se humilló por amor hasta la muerte en cruz; el que, pudiendo cambiar los acontecimientos, acepto todas y una de las humillaciones recibidas para cumplir con la voluntad del Padre. PEñ que a pesar las crueldades recibidas no se amargó ni envenenó su espíritu y lo transformó todo en amor, ternura y serenidad interior! Pero también, mirar la figura de María, la que se humilló para ser enaltecida ante los ojos de Dios.
La reacción, nunca sencilla, ante una humillación es la humildad, la sencillez y la caridad. Tratar de ser consciente de que en la humillación recibes la bendición de Dios. Toda humillación debe verse desde el prisma de la voluntad del Padre que es quien, en definitiva, permite que tengan lugar para el bien del alma humana. Entenderlo es difícil pero también lo es comprender la muerte humillante de Cristo en la Cruz, símbolo de amor y de reconciliación. ¡Y cuántos frutos han supuesto para la humanidad!

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¡Señor, por encima de todo enséñame a transformar cualquier humillación o desprecio en un acto de amor, de serenidad interior y de ternura! ¡Señor, tu has cargado con nuestras dolencias y dolores a pesar de que te hemos castigado y humillado y de que nuestras faltas y pecados te han aplastado, sin embargo tus llagas, tus heridas y tu muerte en cruz, humillante a los ojos humanos, nos han sanado del pecado! ¡Hoy te pido, Señor, la humildad para aceptar cualquier humillación! ¡Hoy te pido que ninguna humillación me vuelva vulnerable! ¡Te pido, Señor, que con tus llagas sanes mi corazón y destruyas cualquier atadura que provoque en mi interior dolor, sufrimiento, egoísmo, frustración o soberbia! ¡Permite, Señor, que abra mi corazón para que lo llenes con tu amor y que tu gracia ilumine a quienes me han humillado o despreciado! ¡Serena mi corazón, Señor, y hazlo proclive al perdón y al amor! ¡Señor, que cada humillación sea la ocasión para transformar mi alma y no envenenarla, para cambiar mi corazón y hacerlo más constructivo! ¡Concédeme la gracia de entregarme siempre a Ti para entender que mi entrega puede ser transformar cualquier padecimiento en un canto de amor!

Verde esperanza

Me gusta contemplar a los sacerdotes como visten de verde durante la celebración litúrgica en este tiempo ordinario, las treinta y cuatro semanas en las que la Iglesia no  celebra ninguno de los misterios de Cristo sino el misterio semanal del día del Señor. El verde es el color litúrgico de esta época, ¡tiempo de la Iglesia! Es el tiempo de la misión, el tiempo confiado por Cristo a su Iglesia, para difundir en el tiempo y el espacio, la Buena Nueva de la Salvación. Es un tiempo que nos confronta con lo cotidiano de la vida cristiana.
Nuestra existencia no se puede consumir con constantes momentos de intensidad. Cristo y la Iglesia nos invitan a vivir en la perseverancia y la humildad del día a día la fe, la esperanza y la caridad. El verde que es símbolo de esperanza nos permite vivir la experiencia de la presencia diaria de Dios y de su amor en nuestra vida de una manera menos agitada y más equilibrada.
Vivir la aventura espiritual de la vida con una unión mística de paz y amor con Dios en la humildad de cada día, con una perspectiva diferente.
En el tiempo en el que no olvidas las preocupaciones y la necesidad de cumplir con tus necesidades materiales, que te permite coger fuerzas y reforzar la vida de fe, mantener el ritmo espiritual y la relación filial con Dios.
El verde deja plena constancia de la juventud de la Iglesia y el resurgir de una vida nueva. Simboliza el fruto bueno que Dios espera de cada uno de sus Hijos y la virtud de la esperanza, de la alegría, de la vivacidad, frondosidad y la lozanía del alma.
Observo el verde de lo sacerdotes en la celebración litúrgica y me reafirmo de que la Iglesia es esperanza. Que Cristo es esperanza. Que la Cruz es esperanza. Que el amor es esperanza. Que el abandono en la voluntad divina es esperanza. Que la fe es esperanza. Que la fe da a nuestra esperanza sustancia. Que la oración con el corazón abierto es esperanza. Que la esperanza mantiene viva mi confianza. Que seguir fiel y dócilmente las mociones del Espíritu Santo es esperanza. Que ser capaz de perseverar, creer, esperar y amar es esperanza. Que allí donde mi razonamiento humano se enfrenta a un muro de dificultades mi fe provoca un agujero que permite penetrar la luz de la esperanza. Que allí donde el razonamiento humano dice: «¡Es imposible!» la fe y la esperanza exclaman: «¡Es posible!».
¡Cuando crees, puedes ver y experimentar la gloria de Dios! ¡Y eso también es esperanza!

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¡Gracias, Señor, porque llenas de verde esperanza los colores de la Iglesia! ¡Gracias, Señor, porque la esperanza cristiana no es mero optimismo, sino tu presencia vida! ¡gracias, porque la esperanza es confiar en Ti! ¡Permíteme ser fiel a tus designios y responder a la profunda esperanza que surge de seguir tus enseñanzas! ¡Ayúdame a caminar siempre con esperanza con tu inestimable ayuda de Cristo, con la fuerza de tu Santo Espíritu, que me empuja a caminar animado por la esperanza que no defrauda! ¡Concédeme la gracia de ser fuerte en la fe y en la esperanza y manifestarlas en las estructuras del mundo por medio de mi conversión continua! ¡Hazme ver, Señor, por medio de la fe cuál es el sentido de mi vida! ¡Que en medio de las adversidades de esta vida, encuentre siempre fortaleza en la esperanza, con el convencimiento de que los padecimientos del presente no son nada en comparación con la gloria que nos has prometido! ¡Gracias, Señor, porque tu mismo eres la esperanza! ¡Tu Palabra es esperanza! ¡La Cruz es esperanza! ¡Los dones del Espíritu Santo son esperanza! ¡Mi fe me llena de esperanza! ¡La espera en Ti es esperanza! ¡La espera ferviente y apasionada de tus promesa es esperanza! ¡El misterio de tu amor y tu misericordia son esperanza! ¡Mi oración por el que puedo conocerte mejor a Ti y conocerme a mi mismo es esperanza! ¡Tus promesas son esperanza! ¡La figura de tu Madre y su fíat confiado a los planes de Dios es esperanza! ¡Señor, te pido la virtud de la esperanza para vivirla en mi propia vida, porque deseo ser alguien feliz y alegre, entregado a mis luchas y mis dolores, abrazado a mis sufrimientos, lleno el corazón de tus promesas y tu amor! 

Crucificado sin cruz

Celebra hoy la Iglesia la festividad de un santo al que tengo especial cariño. La figura del Padre Pío de Pietrelcina, capuchino italiano, generoso sacerdote y testimonio de santificación del dolor, nos acompaña en este día. Su vida estuvo marcada desde la infancia y juventud por una intensa piedad que le llevó a ingresar en los Capuchinos, con una vida llena de contradicciones en su propia congregación al estar marcada con dones espirituales extraordinarios como sus visiones de Jesús, sus estigmas o su clarividencia espiritual entre otras cuestiones relevantes.
En san Pío observo que los grandes dones de Cristo en un alma no suceden si no existe una participación activa en la Cruz. Lo que toma un ritmo singular y extraordinario en ciertas almas privilegiadas no deja de ser la norma también para los que tenemos almas ordinarias. Hace unos días celebramos la exaltación gloriosa de la Cruz lo que que te permita recordar que el camino hacia el cielo pasa irremediablemente por la tránsito por la cruz.
En ocasiones esta circunstancia se hace difícil de asimilar, pero como cristiano debo comprender que, de acuerdo con mi vocación, la Cruz tiene que quedar impresa en mi vida aunque este discurso no sea precisamente hoy muy atractivo porque lo que nos seduce no es el sufrimiento de la cruz sino el gozo de poseer, de disfrutar, de gozar de los bienes materiales y las seducciones que la vida ofrece. ¿Por que cuesta tanto aceptar con alegría y amor las contrariedades, las dificultades, las pruebas de nuestras vidas, como camino que nos conduce hacia el Señor?
El secreto del Padre Pío radica en su intensa vida de oración y en su unión espiritual con Cristo, pero especialmente por ese gran amor que sentía por la Eucaristía, a la que daba un papel central. Para él, el alimento eucarístico era el elemento crucial que vence la fe muerta, la impiedad triunfante, que te preserva del mal imperante y te fortalece en el caminar cotidiano. La Eucaristía encarnó durante su vida la actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio de la Misa.
Esta es la enseñanza que san Pío me muestra hoy. Mi santidad personal pasa también por ofrecerme a Dios como alma para salvar almas, convirtiendo también mi misión en la misión corredentora con Cristo, siendo un crucificado sin cruz por medio de mi testimonio personal, de mi espiritualidad, de mi magisterio personal como esposo, padre, amigo, compañero de trabajo. La mística de la cruz no es solo para los santos es, sobre todo, el camino al que estamos llamados todos los laicos. Alter christus, otros cristos, que muestren al mundo la verdad del Cristo que ama a la humanidad, que se dio en la cruz y que se manifiesta diariamente en el sacrificio de la Misa, exaltación de su gran amor por el ser humano.

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¡Señor, me pongo hoy ante tu presencia y recordando la figura de san Pío de Pietrelcina, abro mi corazón a tu misericordia divina! ¡Te pido me concedas el mismo amor que san Pío tenía por ti, por la Eucaristía, sacrificio de tu amor por nosotros; por la confesión en la que tu purificas nuestra vida; por el Santo Rosario, camino de vida con María, tu Madre; por la oración personal, en el encuentro cotidiano contigo! ¡Te pido me concedas la gracia de aceptar las cruces cotidianas, los sufrimientos que surjan en mi vida pero que, por medio tuyo, imprimen a mi vida grandes riquezas y dones! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amarte profundamente, de hacerlo con un corazón humilde, sencillo y puro! ¡Que no me importe, Señor, humillarme ante Ti a los pies de la Cruz reconocimiento que sin Ti no soy nada! ¡Ayúdame a caminar cada día humilde y sencillamente hacia la santidad personal de la que tan alejada estoy! ¡Concédeme la gracia de amarte hasta el extremo, de gozar con tu presencia cotidiana en la Eucaristía! ¡Dame una fe profunda y una confianza ciega para gozar de tu presencia en mi vida! ¡Señor, concédeme la gracia de amarte siempre, de vivir unido a Ti para que me llenes de tu amor, de tu misericordia, de tu bondad y de tu ternura, para que acojas todas mis aflicciones y mis debilidades, mis sufrimientos y mis miserias, para que me lleves por el camino de la rectitud y la santidad y me conduzcas a la vida eterna! ¡Y que siguiendo el ejemplo del Padre Pío no me importe ser varón de dolores, que no a partir del sufrimiento no me aleje de la mística de la cruz, que no deje de mirar y modelar mi vida en Ti que escogiste la cruz como bandera, que no me aleje de la senda del calvario si es tu voluntad! ¡Que ame tu cruz y mis cruces porque Tu nos has enseñado que por este camino es más corto el camino hacia la salvación! ¡Que sea, Señor, testimonio tuyo, discípulo de tu verdad y de tu amor!

En la cruz, cantamos hoy:

Con María, custodia viva de Cristo

Primer sábado de septiembre con María, Custodia viva de Cristo, en el corazón. Estoy convencido de que en los últimos días de la Pasión de Cristo, la Virgen estuvo presente en todos los acontecimientos del Señor, incluida la Última Cena. Profundo debió llegarle al corazón, Ella que todo lo atesoraba en su interior, escuchar a Jesús dirigirse a sus apóstoles y exclamar: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» y «Ésta es mi sangre que será derramada por vosotros».
Ese cuerpo que iba a ser entregado para la redención del género humano y que tan presente estará a lo largo de los siglos en el sacramento de la Eucaristía era el mismo cuerpo que Ella había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en su propio seno virginal.
En aquella noche santa la sensación de María debió llenarle de congoja. Ella era consciente del sacrificio que iba a realizar su hijo y debió suponer de nuevo acoger en su interior aquel corazón que durante nueve meses habían latido humana y espiritualmente unidos para prepararse a lo que acontecería horas después a los pies del madero santo, cuando Cristo fue crucificado en la cruz.
Me emociona pensar que María está cada día presente a los pies del altar durante la Eucaristía. Allí, la Virgen se sumerge en el misterio santo de la consagración. Mientras uno come el cuerpo y bebe la sangre de Cristo el sabor y el aroma de ese Cristo sacrificado es el de Su Madre santa.
Hoy, cuando el sacerdote pronuncie el mandato de Cristo en la Santa Cena del «¡Haced esto en conmemoración mía!» pondré todo mi corazón, toda mi alma y todo mi ser junto a los de María para intentar transparentar en mi vida los gestos que hicieron de la Virgen la elegida de Dios: la humildad, la generosidad, la entrega, el servicio, la caridad, la contemplación, la oración, el perdón, la donación de si, el amor, la misericordia, la adoración a Cristo, la mansedumbre… Y, entonces, estaré atento a las palabras de María que después del«¡Haced esto en conmemoración mía!» susurrará como en las bodas de Caná: «Haz lo que Él te diga». Cumpliendo su consejo será más fácil hacer lo que Jesús desea «¡…en conmemoración mía!».

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¡Virgen María, que tan estrechamente unida estás a la Eucaristía, ayúdame a amar cada día más a tu Hijo! ¡Concédeme la gracia de vivir cada Misa desde lo profundo de la fe consciente de que es el memorial del sacrificio de Jesús en el que Tu tan presente estás! ¡Quiero ofrecer mi vida junto a la tuya a los pies del altar! ¡Qué gozo, María, sentir que cuando comulgo no solo recibo a Jesús, tu Hijo, sino que el perfume de tu presencia está presente en esta Hostia consagrada porque Cristo ha nacido de tu cuerpo santo! ¡Ayúdame a amar la Eucaristía, ayúdame a darla a conocer a todos los que me rodean para que nadie pueda dudar nunca que Cristo está ahí en la apariencia real y substancial de la apariencia del pan y del vino! ¡Concédeme la gracia, María, de que mi vida se convierta en una acción de gracias permanente como fue tu vida! ¡Ayúdame a comprender que Cristo nos ha regalado el don de la Eucaristía para que mi vida sea como la tuya, un canto alegre, fiel, confiado, obediente y humilde de tu Magnificat! ¡Concédeme la gracia, Madre, de prepararme cada día para subir al Calvario y postrarme con amor a los pies de la Cruz y aceptar la voluntad del Padre! ¡Que mi vida, María, al igual que la tuya, sea un permanente amar el misterio eucaristíco, una vida espiritual entregada a Cristo, un vivir auténticamente en cristiano, un confrontar mi vida con la Palabra de tu Hijo, vivir contemplativamente en acción y orar siempre para mi conversión personal y para el encuentro amoroso y servicial con mis hermanos! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

En este primer día de septiembre nos unimos a la intención de oración del Santo Padre para que los jóvenes del continente africano tengan acceso a la educación y al trabajo en sus propios países.

Benedicta es, caelorum regina (Bendita es, Reina del Cielo) le cantamos hoy a la Virgen en este primer sábado de mes:

 

Derrotar el inconformismo

Somos inconformistas por naturaleza. Tenemos ocasión de vivir realidades que nos resultan agradables aunque, lamentablemente, no llenan la vida. Acomodamos nuestra conciencia en lugar de aspirar a la plenitud. Es como vivir rodeado de burbujas que, aunque resultan muy confortables, son volátiles y acaban desinflándose.
En lo más íntimo de nuestra conciencia descubrimos los seres humanos que hay una ley que Dios escribe en nuestro corazón; está enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacer como que no la conocemos, podemos tratar de acallarla, silenciarla, ignorarla o desoírla. Pero siempre estará en nuestro interior reclamando ser oída. Es la autenticidad. He leído alguna vez que la conciencia es el sagrario del hombre; en ese sagrario el ser humano se encuentra a solas con su Dios Creador que hace resonar su voz en el recinto íntimo de su alma. Una conciencia limpia es la libertad de espíritu que viene al que se encuentra bien con Dios y los demás.
Esto me enseña que debo seguir siempre lo que la voz de mi conciencia dicte —mientras no haya una intención dañina o dudosa— para poder escuchar del Señor que soy su siervo de quien está orgulloso. Prestar atención a mi interior para oír e interrogar mi conciencia para que en todo lo que haga comprobar si soy testigo de Dios. Formar y educar mi conciencia de acuerdo con la ley de Dios y con la razón para decidir siempre según la razón. Examinarla a los pies de la cruz. Darle una forma recta y veraz. Asimilarla en la oración a la luz del Espíritu Santo y ponerla en práctica en nuestras acciones, palabras y gestos. Orientarla de la mano de la dirección espiritual. Protegerla de las influencias negativas y las tentaciones del maligno que siempre tratará de torcerla. Perfeccionar la conciencia es tarea de toda una vida. ¡Cuánto camino me queda todavía por recorrer.

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¡Señor mío y Dios mío! ¡Examíname en cada paso que yo dé, en cada palabra que pronuncie, en cada pensamiento que tenga, en cada gesto que realice, en cada acción que cometa! ¡Pruébame, Señor, escudriña mi mente y mi corazón porque tu misericordia infinita está delante de mis ojos! ¡Tú eres el médico de mi vida y hoy te clamo para que diagnostiques lo que hay en mi corazón! ¡Prueba mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda maldad! ¡Toma, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Líbrame, Padre, de las acechanzas del demonio cuando me enfrente a decisiones difíciles y actitudes morales! ¡Ayúdame, Padre, a la luz del Espíritu Santo a buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Comienza el mes de julio y el Santo Padre nos pide orar en este mes por los sacerdotes en su misión pastoral, por aquellos que viven con fatiga y en la soledad el trabajo pastoral se sientan confortados con la ayuda de la amistad con el Señor y con los hermanos. Nos unimos a la oración del Papa Francisco.

En el cielo no hay hospital:

 

Mirando al buen ladrón

Hoy en la oración he subido al Calvario para contemplar a Cristo en su cruz. Me he compadecido de sus penas. De sus dolores. De sus llagas. He sentido como por amor aceptó la condena de morir en la Cruz y quiso para sí mismo mi propia cruz.
Pero he girado ligeramente la mirada. Y he contemplado dos cruces más. He fijado mi mirada en la cruz de Dimas, el hombre que Jesús invitó a entrar con Él en el Paraíso. ¡Que honor y qué bendición para aquel malhechor!
Y me he visto a mi mismo —frágil, tibio, orgulloso…— que se siente compañero de Cristo a pesar de su miseria y su pequeñez. He sentido como aquel buen ladrón comprendió el sentido de la cruz desde su propia cruz. He vislumbrado como aquel hombre condenado viendo sufrir a Jesús hizo suyo su propio dolor y abrazó con una fe cierta y una confianza cierta el misterio trascendente de la cercanía de Dios.
Como aquel hombre he sido capaz de abrir el corazón. Considerar mi pequeñez, mi miseria, mis sufrimientos y mis dolores, todo aquello que me ahoga y colocarlo junto a Cristo, con los brazos abiertos abrazando la humanidad, colgado en el madero santo. ¡Que congoja! La grandeza de Dimas es fijar la mirada en Cristo, dejar de mirarse a si mismo, para sentir el abrazo de Dios.
Y me ha ayudado a profundizar en mi camino interior. Sentir como Jesús te mira con compasión, con amor puro e infinita misericordia si te entregas a Él con verdad. Eso es lo que hizo Dimas y lo que a mí me cuesta tanto hacer. Desde la cruz Dimas no tenía ocasión de rehacer el daño causado, reponer lo destruido, coser lo destrenzado de su vida, pero podía tomar los trazos dañados de su existencia y dárselos al Señor para que, en el último momento, pudiera dar sentido a su vivir. Y fue valiente. Un decidido. Un auténtico testimonio de fe, de confianza y de entrega a Jesús. Su «Acuérdate de mi» es una frase inspiracional, es un canto de apertura del corazón, es un desnudar el alma a Jesús, es un acto de entrega del propio ser, es un confiar en la plenitud. Es ir más allá de la Cruz para abrazar la Cruz de Jesús.
He sentido mi cobardía porque he visto las veces que pudiendo acercarme a la Cruz de Cristo he huido de ella; cuando la he podido sostener, he huido de allí; cuando la he podido cargar ha pesado más mi comodidad… pero hoy he comprendido que la Cruz de Dimas, tan cercana a la de Jesús, es también mi cruz. Es ese espacio donde puedo vivir en comunión con el Señor contemplándolo desde mi propia cruz, dirigirme a Él en mi condición de pecador.
Dios es Amor. Es un amor tan grande que me permite asumir como propia su propia cruz a pesar de leer en lo profundo de mi corazón y saber lo que anida en él.

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¡Señor, como tantas veces te he fallado me resulta difícil subir a tu cruz pero al menos déjame estar a tu lado en la cruz del buen ladrón! ¡Señor, Tú sabes las veces que caigo, que me cuesta levantarme, que me desmorono, que mis acciones o mis palabras me condenan, que trato de apartar mis sufrimientos; pero ahí estás Tu para mirarme con una mirada de misericordia y de amor! ¡Acuérdate siempre de mí, Señor! ¡Te lo pido con el corazón abierto, con una confianza ciega, con una esperanza cierta! ¡Quiero, Señor, abrirte mi alma, entregártela enteramente a Ti, para que Tu Santo Espíritu la anime con su soplo, para que la llene de su vida, para que la ponga en acción, para que la mantenga en la fe, para que la conduzca hacia el bien, y para que produzca auténticos actos de la santidad! ¡No permitas, Señor, que renuncie a mi cruz! ¡Te doy gracias, Señor, con el corazón abierto porque has hecho tuya mi cruz, me perdonas y quieres que siempre camine por la senda del bien! ¡Me comprometo a ello, Señor, a busca la santidad en cada gestos cotidiano, a vivir en comunión contigo y con los demás!

Acompaña esta meditación la canción El Buen Ladrón:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

Las estrellas que insinúan a Dios

El pasado fin de semana, el del domingo de la Misericordia, lo disfrute, rodeado de personas a la que estimo, en un santuario en lo alto de una muela. Fueron dos días hermosos de oración, amistad y contemplación. Y de mucha gracia y Misericordia derramadas.
El sábado por la noche, antes de la cena, pese al frío de la jornada y que amenazaba lluvia, salí a dar un breve paseo por el entorno para contemplar la noche. Subí hasta una cruz que preside el valle desde las alturas de un peñasco. Las pocas estrellas que se vislumbraban dejaron una profunda impronta en mi corazón. La grandeza del universo, al igual que ocurre con la grandeza de Dios, es la representación de la belleza viva de la vida.
La inmensidad del cielo con esas estrellas brillando se convirtió en el gran cuadro de la belleza que impregnó el corazón del hombre antiguo. En la desnudez de su vida, sin apenas posesiones, su auténtica posesión era asombrarse por la belleza de la creación. Sentí entonces mi propia desnudez humana. Reposando sobre un pedrusco contemplé durante unos largos minutos la profundidad de la noche maravillado por la hermosura del cielo bañado por aquella diminuta lluvia de estrellas y comprender el significado de tanta belleza: la insinuación del Creador.
Allí en lo alto estaba Él, el Dios amor, el que les dio su brillantez, su ubicación, el que las puso en movimiento el cuarto día de su hágase la luz: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra. Y así fue».
Al día siguiente por la mañana amaneció lluvioso. Al regresar por la tarde pasé junto a la cruz, y aunque debido a la lluvia no puede contemplar el paisaje desde la perspectiva de la luz, recordé las veces que había disfrutado de aquella visión del valle. Y también me habló de Dios, porque el valle cubierto de nubes me recordó que todo es creación suya. Es imprescindible tener una actitud de asombro y abrir el corazón para contemplar las maravillas de la creación.
Nos acostumbramos a la belleza que nos rodea y olvidamos que esa belleza, haya luz u oscuridad nos habla, sobre todo y por encima de todo, de Dios.

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¡Señor, ábreme los ojos a tu Creación, no permitas que permanezca ciego ante las maravillas que tu mismo has creado; concédeme la sensibilidad y la apertura de corazón para ser consciente de tanta belleza creada por Ti! ¡Te doy gracias, Padre, por la belleza del mundo, por tanta hermosura, por tanta maravilla que nos rodea y es obra tuya! ¡Gracias, Padre, por cada nuevo día que nos regalas, por abrir mis ojos a lo que tu has creado, que es en si mismo una oración que mis labios pueden cantar como alabanza! ¡Te alabo y te doy gracias, Padre, porque todo es fruto de tu mano poderosa, todo está impregnado de tu presencia, de tu amor y de tu ternuras! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque es tu luz la que guía el mundo e ilumina mi corazón para ser consciente de la bondad de Dios! ¡Enséñame a descubrir con admiración tanta belleza no solo del universo sino también la belleza del corazón de los hombres, la gran obra creadora de Dios! ¡Hazme ver en cada uno de ellos el rostro del Creador! ¡Gracias, Padre, por la vida, por poner en mi Tu Luz! ¡Gracias, Padre, porque me has dado el don de la vida para ver lo exterior y vislumbrar mi interior! ¡Gracias, Padre, porque cada día puede contemplar las maravillas y los sonidos de Tu Creación y porque me permites escuchar tus susurros en todo aquello que habla de Ti! ¡Gracias, Señor, por tu gran amor y tu infinita misericordia!

Canción de acción de gracias por la creación:

¡Búscame a mí, Señor!

Miércoles Santo. A un día de la Pasión de Cristo. Jesús se predispone a cargar el pesado madero camino del Calvario. Este gesto de cargar la cruz tiene una gran profundidad para mi sendero espiritual.
La cruz es la viva representación de la vida misma y de todas las circunstancias que me rodean, de los problemas cotidianos, de las constantes caídas, de los conflictos que de manera conscientemente genero, de aquellos que me llegan sin esperarlos. Cristo me enseña a cargar la cruz, mi propia cruz, siendo responsable de mis propios actos aunque también el saber pedir ayuda cuando el peso es excesivo y las cargas dolorosas.
Los clavos que traspasan las manos y los pies de Cristo significan para mí la manera como afronto las vicisitudes de la vida y los problemas que me atenazan. Puedo quedarme apresados en ellos o, como Jesús, resucitar y dar cabida a la esperanza, a la alegría, a la confianza y avanzar en mi peregrinaje vital.
El camino que conduce hasta el monte Calvario es largo y sinuoso, difícil de transitar, como lo es también la vida. En este caminar serán muchas las personas que pasen a mi lado, unos me halagarán, otros me traicionarán, otros me apoyarán, otros me levantarán y para otros seré alguien indiferente.
Como a Jesús en su caminar ascendiendo hasta el lugar de su crucifixión encontraré quien me dé de beber, quien me limpie el rostro en el desconsuelo, quien me latigue con sus críticas, quién me fustigue con su indiferencia o quien se acerque a mi para llevar la cruz. O también a quién no he dado de beber, ni he limpiado su rostro, o he fatigado con mis críticas o no me he acercado para portar su cruz. Esas personas representan a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi círculo social, a los conocidos que se crucen en mi camino.
En este Miércoles Santo quiero ser consciente de que camino al lado de Jesús. Que como él voy lleno de heridas pero que no debo dejar de portar la cruz con entereza y dignidad porque en definitiva mientras camino con ella a cada paso que doy me acompaña la sombra indeleble de mi propia vida, de mis propios actos y de mi auténtico ser.

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¡Señor, estoy llamado a unirme a ti, acompañarte en el camino de la Cruz! ¡En este Miércoles Santo quiero prepararme bien para vivir contigo espiritualmente la Santa Cena, la institución de la Eucaristía y el sacerdocio, estar contigo en el huerto de Getsemaní, llorar por mis pecados, aceptar con dolor que serás flagelado por mis faltas y mis pecados, cargar contigo la cruz! ¡Quiero acompañarte en silencio para unirme a tu amistad de una manera especial entregándote mis dolores y hacerlos uno contigo, mis sufrimientos y hacerlos uno contigo, mis pesares y hacerlos uno contigo! ¡Quiero contemplar tus sufrimientos Señor y que mi corazón se llene de compasión para tomar con fortaleza el saber sobrellevar cada una de las pruebas que me presenta la vida! ¡Señor, en estos días te vas a sentir muy solo, búscame a mí! ¡Señor, te vas a encontrar sin nadie que te acompañe, búscame a mí! ¡Te encontrarás abrumado por el silencio, escucha mi oración y mis palabras de amor! ¡Te llenará de desconsuelo el desprecio de la gente, reposa en mi! ¡Te pesará la cruz, déjame que te ayude a llevarla! ¡Te verás despojado de tus vestiduras, desnudo frente al mundo, déjame que ame tu desnudez y que sea yo quien te vista! ¡Permíteme, Señor, ser un auténtico testigo de tu verdad, concédeme la gracia de ser tu palabra, tus gestos, tu mirada! ¡Dame la gracia de ser tu refugio en estas horas difíciles y vivir auténticamente como viviste tu!

En mi Getsemani, cantamos hoy acompañando al Señor: