Unido a la Madre dolorosa

La Iglesia celebra hoy la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. Es una jornada para estar muy unido a María, nuestra Madre. Lo hago con el corazón abierto imaginándome a la Virgen a los pies de la cruz, llorando desconsolada de dolor cuando su Hijo colgaba del madero santo. Esta poderosa escena es muy inspiradora para mi vida cristiana. Observo a Cristo con los brazos extendidos en cruz, abrazando a la humanidad entera, muerto para cumplir por amor la voluntad del Padre. Este cuerpo desgarrado y magullado marca la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Cristo aprendió la obediencia a través de los sufrimientos de su Pasión. El Siervo sufriente, Hijo de María, da su vida por el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios para liberarlo del pecado.

Este cuerpo lacerado, sin aliento, desfigurado es el que María formó en su carne durante nueve meses. Es una realidad viva. Una escena profundamente dramática. Es ella misma la que permanece junto a la Cruz. ¿Puede una madre ver a su hijo tratado de esta manera sin sentir un dolor extremo, sin convertirse en una «madre dolorosa»? Es una escena que abre el nacimiento de una nueva esperanza.

Me imagino la escena y se me desgarra el corazón. Suenan de fondo, en este momento, el cántico de los ángeles aquella noche en Belén: «Te ha nacido un Niño. Se te ha dado un salvador». Es en estos momentos cuando el Hijo de María se convierte realmente en el Salvador de una multitud de hermanos y hermanas vivificados por el amor, el amor fiel y misericordioso de Dios que llega al encuentro de la humanidad a través del Cuerpo y la Sangre derramada de quien está en la Cruz. De este cuerpo atravesado por la lanza del soldado saldrá sangre y agua y nacerá un pueblo nuevo, una multitud inmensa en los cuatro confines de la tierra. El pueblo cristiano del que me siento tan feliz de pertenecer.

Ésta es la belleza de esta escena en la que, al pie de la Cruz, la Madre de los dolores se convierte en Madre de la Iglesia, de este nuevo pueblo de bautizados. «Mujer, aquí está tu hijo». Jesús nos la entrega como Madre. Por eso siento tanta devoción por María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. «Aquí tienes a tu Madre». Se lo dice a Juan pero me lo dice también a mi y a todos nosotros. 

Pero este episodio no se queda aquí. Del sepulcro surge glorioso y luminoso el cuerpo lacerado por los látigos de la flagelación, la corona de espinas, las manos y los pies crucificados, atravesado por la lanza, el del Salvador que fue el instrumento que utilizó Dios para ver cumplida su voluntad. Cristo ha resucitado; se ha hecho poderoso para salvarnos. Nacimiento en el dolor al pie de la Cruz, nacimiento en la gloria de la Pascua cuando Cristo resucita a la vida. Cristo está vivo y así lo sentimos los creyentes.

Es por eso que, en cada Eucaristía que celebramos en asamblea alrededor de la Cruz, es posible asociarlo todo a María y a los testigos que estuvieron en el Gólgota; es por eso que podemos tomar en nuestras manos, compartir y comer el Cuerpo de Cristo. Y es por esto que puedo decir deseando que se inscriba profundamente en mi vida: «Oh Cristo, me das y formas en esta Eucaristía tu Cuerpo magullado y resucitado… Aquí vengo, como tú, hacer la voluntad del Padre, que no tiene otra voluntad que la de que toda la humanidad se salve».

En cada Eucaristía me uno a Cristo pero también a la Madre de los Dolores, la que permaneció al pie de la cruz, lo que te permite acudir a Ella para que me ayude siguiendo su ejemplo a que mi vida sea un «sí» absoluto de entrega a la voluntad de Dios.

¡Madre, Nuestra Señora de los Dolores, me uno hoy a ti con el corazón abierto; quiero aprender de Ti la entrega amorosa, la serenidad profunda, la fortaleza viva, el amor incondicional a los pies de la cruz junto a tu Hijo! ¡Te doy gracias, María, por tu enseñanza, por tu ofrecimiento como corredentora del género humano! ¡Me siento muy unido a Ti, Madre, y te doy gracias por acogernos a todos cuando asentiste antes las palabras de tu Hijo del «¡Ahí tienes a tu Madre!» ¡Quiero recibirte en mi corazón, en mi vida, en mi hogar como hizo Juan cuando asintió ante las palabras de Tu Hijo: «¡Aquí tienes a tu Madre!» ¡María, Señora de los Dolores, acudo a Ti y te entrego todas mis necesidades, mis sufrimientos, mis fragilidades, mis angustias, mis desesperanzas para que las acojas y las sanes! ¡Dame mucha fe para aceptar las cruces que se me presentan y ayúdame a mirar siempre a Tu Hijo para acoger con amor el sufrimiento que me sobrevenga! ¡Concédeme la gracia,  María, de ver mas allá del sufrimiento y de la muerte y ayúdame a abrir siempre el corazón para seguir amando y sirviendo en medio de las dificultades y de las pruebas!  

Enfermedad y fe

Debido a una parálisis facial repentina y un agudo dolor de cabeza ingresé ayer de urgencias en el hospital a las 3 am. Afortunadamente, después de varias pruebas y de un tac y una larga convalecencia a la espera de la visita final de los médicos con el diagnóstico me dieron el alta doce horas más tarde. Entré con la prevención lógica de un susto a consecuencia de un profundo malestar y los médicos pudieron encontrar finalmente el resultado que no reviste gravedad pero si es aparatoso. Mi primera reacción al entrar en el hospital fue dirigirme a la pequeña capilla. Allí estaban Él y Ella, en el silencio de la madrugada, amparando a enfermos, médicos y personal del hospital. Puse mi situación física en sus santas manos.

La larga espera en el box antes de ser atendido me permitió hacer una larga oración, redactar en el teléfono el post publicado en la mañana de ayer y estar atento a lo que sucedía a mi alrededor. Escuchaba quejidos de dolor de otros pacientes, palabras de consuelo de médicos y, sobre todo, de enfermeras y voces de familiares requiriendo acompañar al enfermo… En los momentos que la enfermedad aprieta comprendes la fuerza, el sentido y la esperanza que ofrece la fe cristiana. Observas a tu alrededor las muchas necesidades de los que sufren. Comprendes la fortaleza que se requiere para superar un trance de dolor, fortaleza que viene del Espíritu Santo. Debido al virus, los familiares deben estar lejos y muchos enfermos necesitan de la compañía humana de sus seres queridos para afrontar el reto de la incertidumbre. Sobre todo hay mucha necesidad de amor, de esperanza, de apoyo humano y espiritual, de seguridad humana.  

Desde que entré en el hospital tuve claro que Cristo, médico de cuerpos y almas, está muy presente en todos los enfermos. Que Él, que es un amigo cercano, acompaña en el sufrimiento, que se preocupa de todos, principalmente de los que más padecen y que ayuda a cargar la cruz pesada del sufrimiento.  

Fueron doce horas largas, agotadoras e intensas pero espiritualmente vividas. Estar en un hospital y rezar por los enfermos, médicos, enfermeras y demás personal me permitió vivir este tiempo en una unión profunda con los que allí estaban. Y con Dios. Traté de que mi oración llegara al corazón de todos los que estaban en la misma planta en la que me ingresaron. Y, yo, que soy en líneas generales una persona inquieta puede ejercitar a su vez la virtud de la paciencia, ofreciendo las largas horas de espera viendo entrar y salir gente como una manera hermosa de acercarme a Dios y ofrecer mi situación por los que allí sufrían. Fue un hermoso abajamiento de mi habitual activismo.

Doy gracias a Dios porque en esta mañana puedo escribir este post desde la comodidad de mi hogar, sabiendo que debo hacer unos días de reposo para una completa recuperación. Y mi gran enseñanza fue comprender que la fe te ayuda a sobrellevar la enfermedad con paz, acrecentar tu esperanza en Jesús y María, iluminar el sentido de tu existencia, mantener la paciencia para esperar tu curación, vivir con entereza el diagnóstico, abrir al Espíritu tu corazón para que te de la fortaleza necesaria para dar sentido a la enfermedad y descubrir que en el silencio de la oración puedes llegar a ser alma que conforte y anime a los que se encuentran en la misma situación que tu.

¡Señor, gracias por tu compañía ayer en mi larga estancia en el hospital! ¡Gracias, Madre, por tu presencia maternal! ¡Tu, Señor, eres la plenitud de la vida! ¡Tu, María, eres la Salud de los enfermos! ¡Os presento, Jesús y María, con el corazón abierto a todos los enfermos, a los que sufren, a los que padecen mal, porque para vosotros no existe barreras que impidan la sanación de la enfermedad! ¡Tened compasión, Jesús y María, de todos los enfermos! ¡Me postro ante vosotros en actitud de oración para que miréis los cuerpos marcados por el dolor y la enfermedad y deis coraje y esperanza a los que la padecen, para que puedan vencer estos momentos sintiendo vuestra presencia amorosa y misericordiosa! ¡Haced de todos los enfermos pacientes abiertos a vuestros corazones compasivos! ¡Ayudad a los médicos y enfermeras a ser vuestras manos y vuestro corazón para sanar con amor a todos los enfermos!

Dolor por los pecados

Siento dolor por mis pecados. Es un dolor profundo, que hiere mi corazón, porque es a través del pecado que me siento encadenado, como de un esclavo se tratara. ¿Qué ocurre con el pecado? Que te somete a una voluntad contraria a la de Dios. Es de esta ley del pecado y de la muerte para lo que Cristo dio su vida en la cruz para liberarnos.

En ocasiones te apegas a las distorsiones de tu propia religión y a ciertos formalismos. Vives como aquellos judíos que daban tanta relevancia al sábado que no permitían que Jesús hiciera el bien en un día de reposo. Obviamente aquella actitud desvirtuaba el verdadero significado del sábado pensado para el hombre y no el hombre para el sábado, como recordaba Cristo. Esto te hace cuestionarte tus propias prácticas porque, en última instancia, todos los mandamientos de Dios están destinados a llevarte al Mandamiento por excelencia: el amor a Dios y al prójimo en las diferentes circunstancias de la vida. Al desviarte de este verdadero sentido de este Mandamiento te sientes como esos judíos evangélicos que no admitieron que uno podría ser sanado en el día de reposo.

El pecado te encadena a la falta de libertad. ¿Pero, de qué libertad, hablamos porque algunas libertades pueden ser engañosas? Todos queremos ser libres y reclamamos libertad. La libertad es entendida como la posibilidad de hacer lo que deseas: como me tengo a mí mismo, soy libre viviendo como anhelo. ¿Pero es una libertad real la que consiste en entregarse a los instintos? Eso, en realidad, es esclavitud porque te convierte en esclavo de tus propias pasiones. El mundo está tratando de persuadirnos de que la libertad es satisfacer tus deseos, que es en las pasiones donde nuestras vidas florecen plenamente. Pero es lo contrario de lo que nos enseña el Evangelio. La verdadera libertad se encuentra en la obediencia a Dios y sus mandamientos. La verdadera libertad es aceptar tomar tu cruz y seguir a Cristo: “Venid a mí, todos los que estáis cansados ​​y agobiados y os daré descanso” o “Toma mi yugo y recibe mis instrucciones, porque soy manso y humilde de corazón, y encontrarás descanso para tu alma. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Y el Señor también dice: “Si realmente eres mi discípulo, conocerás la verdad, y la verdad te hará libre… Quien comete pecado es esclavo del pecado”. 

Me considero un cristiano que peregrina, amo a Cristo, trato de seguir su Palabra y hacer el bien aunque no siempre lo consiga… pero ante todo anhelo buscar esta verdadera libertad siguiendo a Cristo para liberarme de todas las cadenas, y en particular de las cadenas del pecado, con el fin de sentir en mi vida la gloriosa libertad de sentirme verdadero hijo de Dios.

¡Gracias, Señor, porque has hecho y haces cada día cosas maravillosas en mi vida; gracias porque me perdonas, porque me ayudas a caminar, porque me levantas cuando caigo, porque me sostienes ante las incertidumbres, porque me moldeas porque quieres que hacerme una persona nueva en Cristo, por me amas y me aceptas con mis imperfecciones! ¡Gracias, porque sentirme hijo tuyo es lo más hermoso y pleno; sin embargo, Padre, sabes que la vida cristiana no es fácil, que el pecado también me arrastra, me empequeñece y me fragiiza! ¡Acudo a Ti, Padre, como un pecador que reconoce su culpa, que anhela mortificarse por los pecados que viven en mi, que pide que envíes tu Espíritu para que me de fortaleza para vencer las caídas! ¡Que tu Santo Espíritu, Padre, ilumine mi entendimiento, que me de fuerza y me sostenga, que me ayude a apartar de mi corazón al enemigo que tantas veces se acomoda! ¡Dame la fuerza, Padre, por medio de tu Santo Espíritu para luchar con el fin de que el pecado muera en mi, para no dejar de luchar nunca para batallar con el enemigo, para vencer las tentaciones, para hacer que en mi corazón y en mi alma abunde siempre la gracia que se derrama por medio de mi Santo Espíritu! ¡Señor, acompáñame siempre y haz que tu santa ley esté presente siempre en mi vida para que me conduzca con diligencia y probidad y para que la humildad venza al orgullo, la soberbia sea derrotada por el amor, para que mi corazón esté lleno de gracia y transmita bondad! ¡Señor, que sea capaz de experimentar la fuerza redentora de la cruz en mi vida para vivir siempre en santidad!

Respirar el aire fresco de la naturaleza y el aire purificador del Espíritu

Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Me gusta la vida de campo. Me da vida. Sustenta mi alma. Me hace participar de manera vivificante de la creación. El lunes, visitando a varios clientes del sector agrario, caminé entre instalaciones ganaderas, entre arboledas, entre campos floridos de la naturaleza… me sentí anclado en el amor de la creación. Respirar naturaleza ensancha mi corazón, serena mi alma… te permite sentirte don de Dios y de ese don fruto de la gracia vives. Te hace sentirte también polvo de la tierra, de ese polvo del que fui creado, de ese polvo frágil que se hizo barro, con su forma, su carácter, su estilo propio… pero moldeado por las manos sublimes, tiernas y amorosas de Dios.
Hace poco hice la fotografía que ilustra el texto. Una cruz en lo alto de la montaña, en plena naturaleza. La cruz que refleja el abandono de Aquel que dio su vida por nosotros, que nos dio su paz y que, con su aliento, nos devolvió a la vida. Junto a la cruz la luz del sol, luz de Dios. Pensé lo impresionante de ese Dios tan humano que nos busca cada día y que se comunica ahora con el soplo íntimo y susurrante del Espíritu. Ese soplo da aire a nuestra existencia, rompe las corazas de nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne.
El lunes la brisa de la jornada refrescó mi cuerpo mientras visitaba a mis clientes en sus instalaciones ganaderas. También mi corazón y mi alma. Recordé las palabras del Evangelio de san Juan que dice que el viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Es así todo el que ha nacido del Espíritu.
Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Pero también inspirar el aire puro del Espíritu. Vivir de la receptividad de los dones y carismas del Espíritu es abrir el corazón y dejarse conducir por la vida como un niño, frágil pero seguro de la mano de su progenitor. Quiero respirar el soplo del Espíritu porque quiero ser su templo, quiero que de mi corazón brote de manera incesante el agua pura del amor. Quiero que el Espíritu me conduzca por las sendas de la vida y que, por medio de su ternura, diligencia y amor, me tome de la mano, me colme de gracia y me ayude a dar pasos certeros para caminar hacia la santidad. Confiando, respirando su aliento, sin poner resistencia y entregándome en verdad.

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¡Espíritu Santo, ruah, viento que soplas en los corazones humanos, tu te hiciste presente en la anunciación, llevaste a Jesús al desierto, te derramaste sobre Él en el río Jordán, le acompañaste en la oración, hazte también presente en mi vida! ¡Vivo deprisa, Espíritu de Dios, una vida en la que hay muchos ruidos, compromisos, urgencias, necesidades, poco tiempo para descansar… necesito momentos de paz interior, de silencio interior; y tu eres el aire sereno que respiro, sin tu aliento no me sostengo, quiero respirar al unísono contigo para exhalar tu presencia y hacerla pura mi existencia! ¡Soy poca cosa, Espíritu de Amor, soy frágil y quebradizo, pero a través tuyo Dios derrama su infinito amor sobre mi corazón; gracias! ¡Gracias por tu aliento, por tus susurros, por tu presencia, por hacer posible la presencia de la Santísima Trinidad en mi vida; gracias porque siendo pequeño y frágil quieres tomar posesión de mi corazón! ¡Gracias porque a tu lado todo lo puedo! ¡Gracias porque tu presencia me sostiene, tus soplos me dan aliento, porque tus dones me dan coraje, respirarte serena mi alma! ¡Espíritu Santo, eres el Espíritu que todo lo llena, que da vida, que me lleva a Dios para asemejarme a Él y a Cristo para hacerme uno con Él! ¡Ayúdame a entender que la vida consiste en vivir en Cristo, con Cristo y de Cristo! ¡Dame sabia nueva a mi vida, Espíritu de Dios, porque es lo que anhelo con todas mis fuerzas!

Hacer mío el grito de Cristo en la cruz

Viernes Santo. Me uno profundamente y con el corazón abierto a la muerte de Cristo, mi Señor. Contemplo con dolor su muerte en la cruz. Una muerte cruel, dura y brutal. Tras un proceso injusto, una flagelación feroz y un camino pesado cargando la cruz con el peso del pecado humano, es colgado de un madero. Muere asfixiado, sin aire. Sus manos y sus pies traspasados. No tiene como colocarse, su respiración entrecortada apenas le permite aspirar aire; su corazón le falla humanamente pero no espiritualmente. Muere con los brazos extendidos abrazando a la humanidad entera, pero de pie; de pie queriendo demostrar su reinado, su firmeza, su valentía y su testimonio. De pie como el árbol de la vida porque la cruz es el árbol de la vida cristiana.
El dolor es inmenso, profundo, devastador. Es por mí. Es por nosotros. Los clavos de sus manos y sus pies, clavados con saña, le producen un dolor indecible. Las espinas de la corona clavada sobre su cabeza y que ensangrentan su rostro le producen un tortura difícil de resistir. La piel hecha jirones de su espalda y su torso por tantos latigazos recibidos en el pretorio le provocan gritos de aflicción. Las rodillas a carne viva después de tantas caídas en su subida al Calvario son un suplicio. No solo hay en Cristo un dolor físico. Hay un dolor espiritual, humano, interior. Es otra forma de tortura. La aflicción del abandono, del insulto, de la incomprensión humana, de la soberbia del hombre, del rechazo de tantos a los que hizo bien, sanó enfermedades y curó el alma. La tristeza de leer todavía en el corazón humano y observar qué egoístas somos los hijos de Su Padre. La pesadumbre de Jesús es por aquellos (por mi, por nosotros) a los que ha venido a salvar.
Y, colgado en la cruz, Jesús exclama, con la garganta seca, con un grito de dolor, con un alarido de tristeza para que su Padre escuche su plegaria. Es una súplica afligida para que tenga compasión de Él. Se siente solo, abandonado. Pero nadie escucha su grito. Nadie atiende a su llamada. Nadie acude a socorrerle. El grito de Jesús es oración pura. Es oración espiritual. Es oración viva. Jesús ora en su debilidad. Entre tanto desconsuelo y tormento la de Jesús es pura oración. Y en el silencio del Calvario, en la oscura tarde de aquel día, se escucha su voz clamar: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» ¿Le reprocha algo Jesús a Dios? ¿Se lamenta de su situación? ¿Se queja de su aparente desgracia? ¿Quiere testimoniar con este grito que le está diciendo al Padre que le ha dejado desamparado ante el desprecio de los hombres? ¿Que le ha dejado desasistido ante tantas miradas de odio, ante tantos insultos, ante tantas burlas, ante tanto ensañamiento?
La oración de Cristo es una oración intercesora. Es una oración vivamente existencial. Es una oración de ensalzamiento del sufrimiento. Es una oración que clama por la salvación que ofrece Dios. Es una oración de tristeza pero también de esperanza. Es una oración de soledad pero también de acogida. Es una oración de desconsuelo pero también de confianza. El grito de Jesús es una oración que pone por encima de todo el valor de la cruz. Ora su vida en la cruz. Ora la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz, es decir la Eucaristía misma. Jesús, a través del sacrificio del altar, se ofrece a Dios Padre por los pecados del mundo.
Con este clamor Jesús me enseña a orar en la debilidad, en la fragilidad de la vida, en el límite de la desesperanza, en la congoja del desconsuelo, en aquellas situaciones que parecen no tener solución. Clama desde la confianza, desde el amor y desde la esperanza. Grita desde el abandono sincero y fiel al Padre. Ora al Amor. Su grito es un rugido que clama la misericordia infinita de Dios. Es una oración sanadora, llena de una fe viva, de una esperanza cierta. Es un canto a la confianza. Es una enseñanza de que en el dolor la oración calma, sostiene y purifica. ¡Y es escuchada a pesar del aparente silencio de Dios!
Jesús grita por mi y por ti, querido lector. Grita orando por todos nosotros. Grita para que nos acoja a todos, hijos pecadores del Padre. Ora por nuestras miserias, caídas y pecados.
Abandonado, solo, magullado, herido, desnudo, despellejado… Jesús muere orando. Sus últimas palabras me llenan de congoja: «¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!!». Es decir, una subordinación absoluta hacia el Padre. Era consciente para que había venido y en Quien podía descansar. Jesús reposa su espíritu en el Padre después de completar su obra en la cruz.
Viernes Santo. Repasas estos últimos momentos de Jesús y no puedes quedarte indiferente ante el Cristo agonizante. ¡Gracias, Señor, por la escuela de la cruz!

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¡Señor, que sepa corresponder a tanto sufrimiento por mi! ¡No puedo orar hoy ante tanta aflicción sintiendo tu sufrimiento! ¡Pero como tu, quiero aprender a orar con el corazón abierto! ¡Quiero corresponder con mi oración al amor divino del Padre para conmigo, quiero sentir su amor, quiero encomendarle mi vida y mi espíritu, quiero que todo su poder se ejerza sobre mi! ¡Quiero cumplir con la tarea que me tiene encomendada con verdad y autenticidad, sin miedo al abandono o al desprecio, con certeza y con confianza, dándole el cien por cien de mi existencia! ¡Quiero vivir como Tu, Señor, adorando al Padre, elevando mi espíritu hacia Él, quiero que mi vida, mis cruces, mis sufrimientos y mi angustias sean también un canto de oración y de alabanza! ¡Quiero y deseo adorarle en espíritu y en verdad! ¡Quiero demostrarle la misma confianza que tienes tu, Señor, en el momento de tu muerte cruenta! ¡Quiero entender que Dios nunca defrauda, que su poder es omnipotente y su amor misericordioso, que tengo que cumplir con mi propósito vital, que mi confianza en Dios tiene que ser cierta, aunque me cueste llevar la cruz o mi respirar sea dificultoso! ¡Y sobre todo, Señor, quiero que mi vida sea hacer la voluntad de Dios! ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado y que mi escuela sea la escuela de la cruz!

¡Padre, perdóname porque no sé lo que hago!

Martes Santo. Resuena profundamente en mi interior esta frase del Señor, que se escucha en la intimidad del Calvario, en el silencio majestuoso del día de la Pasión: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Mi corazón se llena de congoja, de tristeza, de dolor profundo. En su agonía, Jesús me interpela. Lo hace a todos. Se dirige al Padre implorando perdón por mi —nuestra— alma. Pide a Dios que perdone a los que le han —hemos— torturado. A los que le han —hemos— insultado, vejado y escupido. A los que tenemos el corazón duro y actitudes y gestos poco amables con el prójimo. Con una dignidad que sobrecoge, no responde. Ora.
Humillado acepta la humillación. Blasfemado acepta las blasfemias. Despreciado acepta el desprecio. Y ora.
Ante la injusticia, calla. Y ora. Ante el oprobio, silencio orante. No exige venganza a Dios. No reclama que se manifieste su dignidad de Hijo del Padre.
La noche se cierne sobre el Calvario. Desde lo alto de la cruz se escucha: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». ¡Le pide a Dios perdón por mis faltas! ¡Le pide perdón por mi alma, para salvarme del pecado!
«Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Es una oración que surge del corazón mismo de la cruz. Es una oración bellísima de amor a los verdugos. Es una plegaria profunda y noble de perdón por el que te ha ofendido.
Herido, magullado, llagado, sin apenas aliento Jesús clama: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Cristo pone en sus labios la teología del perdón. El perdón al que te ofende, humilla, desprecia. Te enseña a orar por el que te critica, te juzga, te miente, te engaña. Te muestra el valor del amor auténtico, el dar sin condiciones la vida por el que te ha provocado daño y te ha hecho mal. Miras al Cristo humillado con los brazos extendidos, abrazando a la humanidad entera, con su rostro dolorido y entiendes el valor del «perdona setenta veces siete», «ama a tus enemigos y ora por los que te persiguen», «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados».
Miras al cielo y ves como Dios sonríe. Es el gozo de sentir que hay muchos que han hecho suya esta frase que es el resumen vivo del mandamiento del amor. Vivimos en una sociedad en el que la palabra perdón va desapareciendo del diccionario de la vida, con vidas individualistas que miran por si mismas y no saben del perdón, con corazones duros como la piedra que no saben perdonar, que configuran incomprensión, falta de caridad y de amor, distancia y envenenamiento del alma, que crean muros entre las personas. Y ahí está el grito de Jesús. Hoy quiero hacer mía esta frase y darle la vuelta. «Padre, ¡perdóname porque son muchas las veces que no sé lo que hago y quiero ponerme en el camino de la reconciliación con el hermano, amar al prójimo, convertirme al amor!».

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo!

Domingo de Ramos y los planes de Dios

Domingo de Ramos. Hoy damos comienzo a la Semana Santa. Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén y al mismo tiempo, en este tiempo de crisis por el coronavirus, la Pasión del Señor en el sufrimiento de la humanidad entera.
La descripción de la entrada a Jerusalén nos da la clave que necesitamos para meditar en el relato de la pasión de Cristo.
Hoy caminamos con las palmas entre las manos, quizá de manera simbólica porque no podemos reunirnos ante la iglesia, reproduciendo la alegre multitud que acompañó a Jesús entrando en Jerusalén. Esta entrada triunfal lleva un mensaje que nos invita a situar el triunfo de Jesús en su verdadero lugar, que no es el de los triunfos humanos comunes.
De hecho, el Jesús que entra en Jerusalén no lo hace como lo hacían los señores de la guerra o los generales de una procesión de vencedores, en un carro o en un caballo apresurado. Él lo hace sentado en un borrico.
Este animal es el de los pobres y los campesinos. Es un animal que trabaja. Es una bestia de servicio. Jesús lo eligió intencionalmente porque significa que viene con humildad para cumplir el plan de Dios.
Este pobre y humilde Mesías irá hasta el extremo de dar su vida en la Cruz. Será denunciado, desfigurado, abandonado. Esto es lo que nos cuenta la historia de la Pasión.
Al entrar a Jerusalén, las expectativas eran visiblemente altas para Jesús. Estábamos esperando al Salvador, el libertador que iba a establecer un nuevo reino pero Jesús es arrestado y sentenciado a muerte. Y ni siquiera pudo salvarse. Todo se derrumbó para quienes lo rodeaban y para quienes se sorprendieron soñando con un futuro mejor.
La pregunta que surge hoy, ante este tiempo de incerteza mundial, es: ¿Qué Dios esperamos, qué esperamos de Dios, en qué Dios creemos? Muy a menudo nos gustaría que Dios sea todopoderoso en el sentido de una fuerza superior que hace milagros en nuestra vida y especialmente que responda a todas nuestras peticiones… Un Dios a nuestra medida, un Dios que se ponga a nuestro servicio.
Alcemos las palmas hoy, pero pongámonos también al pie de la cruz. Allí veremos al Jesús que es realmente el Hijo de Dios y entendamos que viene a cruzar con nosotros lo que se refiere a nuestra profunda humanidad, con su cuota de preguntas, pruebas y revueltas. Viene a vivir de verdad lo que cada uno de nosotros tenemos que vivir, incluso en esta pregunta existencial que todos enfrentamos en estos días, la del dolor, el sufrimiento y la muerte “injusta” e “incomprensible” como en apariencia estamos viendo estas últimas semanas.
Con Jesús descubrimos que Dios no es un dios mago que actua de acuerdo con nuestra voluntad, sino que Dios es un Padre Todopoderoso de amor por el hombre hasta llegar a lo más bajo de nuestro mundo. Un Dios Todopoderoso lleno de amor que se hace presente en los acontecimientos de nuestra vida. Un Dios Todopoderoso que desea unirse a nosotros, incluso en la prueba del dolor, la enfermedad y la muerte. Un que Dios permanece a nuestro lado por todo lo que tenemos que pasar. Dios no es un dios que barre el mal con una varita mágica, sino que cruza el mal con nosotros y que está presente misteriosamente, a pesar de su aparente ausencia o a pesar de este silencio que a veces cuestionamos.
Y ese Dios nos salva de la ansiedad y la soledad, si lo asociamos con lo que vivimos, ya sea por medio de la oración, de la asistencia virtual a Misa, por la mano extendida al que tenemos cerca en nuestro tiempo de confinamiento…; y Él nos asegura, en Jesús, la promesa de que la vida como amor en la entrega hasta el fin será más fuerte que todo mal y que toda muerte, suceda lo que suceda. Esto es lo que vamos a celebrar en unos días, en Semana Santa.
¡Feliz domingo de Ramos a todos los lectores de esta página!

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¡Señor, en este domingo comenzamos la Semana Santa que, debido al confinamiento, vamos a vivir contigo sacramentalmente! ¡Haz, Señor, que este acontecimiento de tu pasión, muerte y Resurrección se capaz de vivirlo y experimentarlo con el corazón abierto! ¡Y, hoy, Señor, cuando levante mis manos y agite las ramas de olivo, comprenda que entraste en Jerusalén porque tu propósito era vencer el pecado, la enfermedad y la muerte! ¡Señor, entraste triunfante en Jerusalén y es el único momento en que todos te aclamaron en tu vida pública; pero durará poco porque enseguida vendrá tu entrega, la pasión, y la muerte y Resurrección! ¡Házmela vivir viviendo en plenitud contigo, sabiendo aceptar las dificultades de la vida, comprendiendo cuál es el significado de la naturaleza humana y del sufrimiento que nos envías! ¡Ayúdame a comprender que el camino de la vida es un camino de cruces con sus diferentes avatares, con sus múltiples encrucijadas y su multiplicidad de interrogantes! ¡Hazme comprender, Señor, que la vida es creación de Dios que nos acompaña en todo momento para liberarnos de las dificultades que se nos presentan, incluso tan complejas como las que estamos viviendo en estos días con tantos enfermos y fallecidos! ¡Señor, gracias, gracias infinitas porque Dios nos elige a todos por pura gracia y puro don, nos invita a seguirte con la fe y la esperanza; gracias porque hoy iniciamos la Semana Santa que el don de Dios para llevarnos a tu Resurrección gloriosa! ¡Señor, entra en mi corazón como entraste en Jerusalén, manso y humilde y conviérteme en un creyente fiel que viva con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad!

Unirme a la cruz para desclavar a los que están clavados

El de la Cuaresma que ya termina es un camino de interioridad pero también de ser consciente de tantas cosas que te suceden. Una de ellas es que la vida, pequeña y frágil, con sus altos y sus bajos, con sus alegrías y sus penas, son un regalo maravilloso de Dios. De un Dios que es la exaltación del amor, que derrocha a espuertas misericordia.
Me llena de alegría pensar que Dios me ama simplemente por pura bondad porque, habiéndome creado, me ha convertido en una pieza de su amor desbordante y desinteresado. ¡Qué gran regalo el de la vida! ¡Qué gran regalo el de nacer a la vida cristiana con el sacramento del Bautismo! ¡Qué gran regalo el del Padre entregando a Cristo que te permite caminar en una dirección, con un proyecto vital, con una doble seña de identidad: la cruz y el amor!
Cristo, pronto crucificado, integrado en mi vida. Insertado en lo profundo de mi corazón. Vivificado en Él que es todo amor gratuito y generoso, todo gracia, todo don, todo bondad, todo entrega…
En esta Cuaresma, en este camino de interiorización profunda, busco a este Jesús que desprende ese amor gratuito; un amor que, por mis abandonos, faltas, caídas y miserias, no soy digno de recibir pero que Dios me regala por gracia y bondad.
No dejo de contemplar al Cristo crucificado; contemplo ese amor incomprensible para la mirada humana pero tan arraigado a la luz de la fe. Es un amor tan grande, tan profundo, tan lleno de tanta ternura, delicadeza, dulzura y compasión que no puedo más que desconcertarme. Ese amor sin medida del Cristo prendido y colgado en la Cruz es un regalo valiosísimo del Padre, que acojo con el corazón abierto. Y siento una necesidad profunda de abrazar la cruz; y desde ese abrazo romper aquello que me encadena al pecado, que busque el perdón, que acuda al encuentro del prójimo, que me acerque al que me da la espalda, que no juzgue, que prescinda de los convencionalismos que discriminan, que, que, que…
Siento en ese abrazo a la cruz, en ese amor que desborda la cruz, que deseo unirme a ella para desclavar a todos aquellos que están clavados por sus sufrimientos, sus dolores, sus heridas, sus angustias… Y hacerlo por puro amor, el mismo que siento Cristo desborda a raudales en mi pequeño corazón.

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¡Gracias, Señor, porque eres puro amor! ¡Porque me enseñas el sentido profundo del amar! ¡Gracias, Señor, porque me muestras lo importante que es abrazar la cruz para obtener frutos de ella! ¡Gracias, Señor, por morir por nosotros en la cruz! ¡Gracias, Señor, porque tu escuela del amor y de la cruz es pura enseñanza para mí; me muestras a poner amor en mis cruces cotidianas y en mis debilidades, caídas y sufrimientos aprendo a apartar estos obstáculos que me impiden seguirte con alegría y con amor! ¡Gracias, Señor, porque sin merecerlo me invitas a abrazar tu cruz y acompañarte en el camino de la vida, acompañando también a los que tengo cerca y que sufren cruces más grandes que la mía! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas lo importante que es amar y que la cruz me lleva siempre hacia el prójimo! ¡Gracias, Señor, porque este camino de Cuaresma me puedo impregnar de tu amor y desde tu amor vivir caminos de paz, reconciliación, de misericordia y de perdón!

Contemplar al que traspasaron

Se acerca la Semana Santa. Hoy, en mi despertar, he sentido una invitación profunda a contemplar a Aquel al que traspasaron que me lleva con toda su fuerza al corazón del misterio de la salvación, del amor loco de Dios que no dudó en dar a su Hijo, para tomar la forma de un esclavo, que se convirtió en el Siervo desfigurado por el peso de nuestros pecados y que obtuvo la salvación del Padre para todos nosotros.
Me he imaginado a los pies del Calvario. En esa escena dolorosa y terrible en la que Cristo fue clavado en la cruz. Y contemplo al que traspasaron. De su costado traspasado fluye sangre y agua. La sangre de la Eucaristía y el agua del bautismo. Y siento como Cristo me interpela: ¿Qué representa esta imagen para ti? ¿Qué le respondo al Señor?
Con este horizonte, la Cuaresma no es más que un camino de transformación personal. Ya llegará la Vigilia Pascual en la que estallará la alegría de estar con Cristo pasando de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. Pero mientras tanto la figura de Jesús se me presenta como el mensajero del amor de Dios, como el que confronta la oscuridad en una batalla cuyas profundas historias de milagros revelan el amor; quien por mano de Dios es victorioso sobre el sufrimiento, el dolor, la tribulación… Todo me lleva a un mayor ardor en mi vida cristiana; caminar hacia el amor porque de lo contrario nada tiene sentido; recordar que soy polvo y que volverá un día al polvo, un concepto tan a menudo criticado pero tan realista y tan rico en profundidad humana. Por lo tanto, mi camino de Cuaresma, por pequeño que sea, me abre un camino para caminar con Aquel en quien creo, Aquel a quien traspasaron. Es una invitación para salir de mi mismo y abrirme al abrazo misericordioso del Padre.
Contemplar al que traspasaron me invita a abrir mi corazón de par en par al prójimo y abrazar sus heridas y sufrimientos, aliviar los dramas de la soledad y el abandono de tantas personas. Es vivir una experiencia renovada del amor de Dios que se entrega a nosotros en Cristo, amor que debo entregar a mi prójimo, especialmente aquel que más sufre y pasa dificultades.

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¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado y traspasado en la cruz! ¡Que cada vez que te contemple en la cruz mi fe se fortalezca, me acerque más a ti y sienta la necesidad de volver mi mirada a Ti, que te traspasaron el alma por mis pecados! ¡Que cada vez, Señor, que fije mi mirada en el crucifijo lo contemple con una mirada de fe, de esperanza y de amor! ¡Que sienta que no es solo una imagen en la que estás tu, sino una realidad viva de fe, esperanza y salvación! ¡Que sea, Señor, un motivo para mí de recogimiento y de mucho amor y también de agradecimiento al Padre que te entregó para que mi vida tenga sentido de eternidad! ¡Que contemplándote traspasado en la cruz suponga para mi un nuevo renacer, implique un transformar mi vida, un crecer espiritualmente, un renovar mi interior con más paz y vida interior! ¡Señor, quiero abrazarte en la cruz, quiero unirme a ti en el camino del amor, quiero amar hasta el extremo como amas tu, quiero morir en mi humanidad para ser entrega para los demás desde la humildad, el servicio y el amor! ¡Señor, contemplo tu cuerpo desfigurado por tantas indiferencias humanas, por tanta soberbia y rencores, por tanto egoísmo e iniquidad y me duele mi corazón porque siento que también soy el responsable de que tu costado haya sido traspasado por la lanza, tus manos y tus pies clavados en la cruz y tu cabeza coronada de espinas! ¡Señor, me postro ante ti, traspasado en la cruz, y te doy gracias por la autenticidad de tu amor, por tu escuela de servicio, por tu abrazo de amor! ¡Señor, que mi contemplación de la cruz sea un reencuentro cotidiano con el amor del Dios Crucificado! ¡Que no me olvide cada día de abrazar con amor tu Cruz para ser transmisor de amor y esperanza a los demás desde la escuela de la Cruz!

Hoy es primero de abril. Nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre. Para este mes nos pide rezar para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones sean bien ayudadas y acompañadas.

Acudir a María, Salud de los enfermos

Último sábado de marzo con María, Salud de los enfermos, en lo más profundo de mi corazón. El número de infectados y fallecidos por el virus que asoma el mundo aumenta. Las cifras son números, las víctimas y los contagiados son seres humanos con nombres y apellidos e historias familiares. Las cifras hablan de una realidad, las personas hablan de sufrimiento humano.
Hay una enfermedad común que va más allá del contagio. Es la que une a enfermos, personal sanitario y familiares. Es una enfermedad silenciosa, en forma también de virus: la tristeza que nos embarga.
Tristeza ante tanta impotencia de los sanitarios que no dan abasto para atender a tantos enfermos; tristeza por ver a tanta gente caer enferma; tristeza por los familiares que ven perder a sus seres queridos y no poder despedirse de ellos cogiéndolos de la mano, dándoles un abrazo o, simplemente, besando su rostro enfermo; tristeza por tanto sufrimiento que Dios envía y permite porque Él todo lo tiene controlado.
Estamos terminando la Cuaresma. Vamos directos a la Pasión de Jesús, que muchos están viviendo en carne propia. Cruces pesadas y dolorosas en tiempo de desierto. Y aquí surge María, la Madre, Salud de los enfermos, Consoladora de los afligidos. En silencio, al pie de la cruz de tantos, en la esquina de cada cama del hospital, en las manos de cada sanitario, en el corazón de cada familiar que sufre, aunque no crea siquiera. Allí aparece Ella, sin pronunciar palabra pero llenándolo todo con su presencia. Elevando sus súplicas al Padre. Y haciendo lo que mejor sabe hacer Ella, la Madre del hágase tu voluntad y del fíat: acompañar al hijo que necesita de su consuelo.
Hoy le pido a María que no ceje en su misión de corredentora, en su misión de Madre, en su misión de salud de los enfermos. Que se haga más presente que nunca en cada cama del hospital, en cada residencia de ancianos, en cada casa donde estamos todos confinados, en que cada enfermo que agoniza, en cada UCI de cada hospital del mundo entero. Que en el silencio de su presencia, junto a la cruz de cada uno, consuele, ampare, seque las lágrimas del dolor y de la desesperanza, que acoja los sufrimientos y los llene de confianza, que ante la triste amargura de tantos otorgue la fortaleza para confiar en la providencia del Padre. Que de manera invisible coja cada uno de los cuerpos de los enfermos y los ponga en su regazo para transmitirles paz interior y serenidad en el alma; que mitigue su dolor y lo haga consuelo vivo. Yo confío en María, amo a María, y he vivido en mi propia vida las gracias de María.
Por eso le imploro: ¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos!

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¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos! ¡María, Salud de los enfermos, de los necesitados, de los que agonizan, de los que no tienen fuerzas, de los contagiados por el coronavirus y otras enfermedades, Tú que caminaste a paso firme y con dolor hacia el Calvario acompañando a tu Hijo, Tu que permaneciste arrodillada a los pies de la Cruz viendo morir a tu Hijo entre tanto sufrimiento, Tu que fuiste copartícipe de tanto dolor, abre tus manos santos y bondadosas y acoge cada sufrimiento de cada hijo tuyo como si fuese tuyo y elévalo al Padre; une María cada uno de los sufrimientos de tantas personas en todos los rincones del mundo a los de Jesús, llénalos a todos de tu consuelo y de tu esperanza! ¡María, te pido con el corazón abierto que te hagas presente en el corazón de cada ser humano, que te hagas presente con tu mirada de consuelo, con tus manos sanadoras, con tus sonrisa de Madre para dar paz al alma! ¡Ayúdanos, María, a no perder nunca la fe y la esperanza! ¡Ayúdanos a repetir contigo, con esperanza y amor, que se haga en mí según tu Palabra, que demos un sí siempre al Dios amor que todo lo permite y todo lo controla! ¡Hazte, María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, a comprender la voluntad de Dios y a sacar positividad ante tanto dolor que nos embarga! ¡María, Madre del amor y de la misericordia, que en este tiempo de cruces no dejemos de contemplar a tu lado el rostro de tu hijo colgado en la cruz pero también la luz resplandeciente de su Resurrección gloriosa! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!