¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?

La fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Esa es su grandeza. Elige a la Virgen porque ha mirado la humildad de su sierva. Derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos.
Ante la radicalidad de esta realidad solo cabe preguntarme: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?
A Dios no le gustan los corazones soberbios, arrogantes y engreídos. Busca asentarse en el corazón sencillo, aquel que palpita acorde con su debilidad pues en él el poder de su gracia tiene capacidad para desdoblarse. Únicamente en un corazón que palpita pobreza puede germinar el don de la gratitud, la semilla del Amor plantada por Dios. Conozco a alguien que al inicio del confinamiento plantó en el jardín de su casa un huerto. A los tres meses aquel pequeño espacio ha devenido un festival multicolor de lechugas, tomates, zanahorias, calabacines. Todo surgió de un sembrado de pequeñas semillas. Así es la vida del hombre. Como una semilla minúscula, frágil, que debe ser regada y abonada cada jornada. Un lugar en el que hasta los pájaros deseen posarse para buscar refugio para cantar la grandeza de Dios. Un corazón agradecido es un imán para que en la vida se produzcan milagros de todo tipo. Un corazón agradecido es un corazón abierto a la vida, a la existencia, al otro… es, en definitiva, una fiesta luminosa para la humanidad entera.
Pero, ¿qué sucede habitualmente? Sucede que los ruidos, las prisas, las ocupaciones excesivas, el estrés, las ataduras vitales, la vida repleta de cosas aparentemente importantes pero sin importancia nos paralizan, nos impiden ser fecundos en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, espirituales… No permiten labrar el campo de nuestra existencia, hacer fecundas las semillas de nuestro corazón, dejar que la infinitud de Dios, su poder y su gloria, puedan manifestarse en nuestra vida dando vida fructífera a la diminuta semilla de nuestra existencia.
¡Y cuántas veces nos demuestra Dios que para Él hacer que todo germine es posible! ¡Y aún sí nos empecinamos en que todo sea para ayer, que sus respuestas sean inmediatas, que todo esté atado y bien atado, soluciones firmes, concretas y bien medidas! ¡Cuánto nos empecinamos en definir claramente nuestras metas, a poner seguridad a nuestra vidas, a controlarlo todo! ¡Cómo soñamos con vidas falsas, con tantos sueños de grandeza, con tantas esclavitudes mundanas, con tantos apegos terrenales, con tanto empobrecimiento de nuestro corazón! ¡Nos creemos dioses en minúsculas, dioses de barro que caen atemorizados por el miedo, la impotencia y la fragilidad de nuestra existencia! ¡Y así nuestra espiritualidad se abona también a esta lógica!
Y entonces te das cuenta que la fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Y que esta es su grandeza. Y quiere que yo sea así, pequeño en lo grande, grande en lo pequeño. Porque el quiere crecer en mi corazón si yo se lo permito, quiere trabajar en mi interior si yo le dejo, quiere que todo su ser se impregne en mi corazón si yo le doy cabida. Y de nuevo la pregunta: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios en él?

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¡Señor, pasa delante mío para ir iluminando mi existencia, para protegerme de los vericuetos de la vida, para transformar mi vida, para hacer de mi existencia un canto de alabanza, un camino de santificación; para transformar mi corazón soberbio, arrogante y egoísta en un corazón humilde, sencillo y generoso; un corazón que ame! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte mi corazón para que entres en él, para que a pesar de la dureza y los cansancios que me ahogan tu me sostengas, para que contigo dentro sea capaz de amar a los que me rodean, hacer el bien, actuar correctamente, para ser transmisor de alegría y de paz! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte el corazón para que la semilla plantada en mi interior de frutos abundantes! ¡Dame, Señor, un corazón pobre, abierto al amor, a la entrega, a la generosidad, al servicio, para abrirme siempre al prójimo; un corazón paciente y amoroso que sea capaz de llevar esperanza y no dolor; un corazón que sea testigo de tu misericordia, que de frutos abundantes, con capacidad de conversión para que haga fructífera la semilla plantada, que no se cierre a tu presencia, que no se deje llevar por las rutinas de lo cotidiano, que se sepa siempre en las mejores manos que son las tuyas! ¡Señor, déjame siempre sorprender por tu presencia, por la manifestación de tu amor en mi vida! ¡Enséñame, Señor, tu camino para que siempre siga tu verdad y mi corazón se abra siempre a ti y no se deje manipular por los excesos de la vida!

 

¿Negarme a mi mismo y tomar la cruz?

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame». A veces pienso ¡que lejos de mí están estas palabras con mi mundanidad, mis egoísmos, mis intereses…!; pienso que estas palabras Jesús las pronunció para aquellos que dieron su vida por el Evangelio. ¿La doy yo? Sin embargo, el Señor me llama, con la fuerza del Espíritu, a extender la Buena Nueva de su Evangelio entre los que me rodean, sean creyentes o estén alejados de la fe. Como hijo de Dios y bautizado en el Espíritu estoy comisionado para llevar a cabo esta bella tarea, mis manos son las del segador de este tiempo, necesitado de recoger los frutos de la cosecha. ¿Por qué cuesta tanto en creer lo que Él dijo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre?
¿Qué me impide realizar estas grandes cosas a las que Jesús me invita? ¿Que es lo que me paraliza para recoger los frutos de la cosecha? La flacidez de mi fe y y mi incapacidad para una entrega más plena.
Se acerca uno de los días más hermosos del año: Pentecostés. Como cristiano he sido proveído sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, amigo íntimo escondido en el fondo de mi alma, divinizador de mi ser, que con sus santos dones me prepara para servirle en su obra. Pero ante la falta de entrega y compromiso Pentecostés es el que te provee de la fuerza, el que te permite ser luz, la simiente para dar frutos abundantes. Es el que me ayuda a negarme a mi mismo, tomar como valor la Palabra revelada, ponerme en camino, dar sentido a mi vida cristiana con mis intenciones, pensamientos y acciones, ser candela que ilumine el caminar de los que me rodean, ser canto orante de alabanza.
Pentecostés, de la mano del Espíritu, me invita vivir la gran promesa del Padre de la que Jesús tanto nos ha hablado. Y como el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo me propongo ser luminaria para el mundo sabiendo que ningún trabajo que realice para el Señor será en vano.
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». ¿Cómo soportar las pruebas, de donde sacar el ardor, la fuerza, la valentía, la firmeza en la fe, la constancia en los quehaceres y la oración, la paciencia, la alegría, el perdón? Pidiéndole incisamente al Espíritu Santo, dejándome invadir por Él, del Espíritu de Dios en lo más íntimo de ser, que es el que produce estos efectos en quien abre su corazón. Y entonces las cargas son livianas y el corazón se abre para dar frutos en la vida cristiana.

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¡Señor, me pides que me niegue a mi mismo para seguirte! ¡Me pides que me entregue de manera incondicional a Ti negándome a mi mismo, que tome mi cruz y que te siga! ¡Me niego a mi mismo, Señor, dispuesto a perder la vida por Ti si es necesario porque te amo, dándote las gracias por la oportunidad que me ofreces de ser seguidor tuyo! ¡Quiero, Señor anteponer mi voluntad, a no amar tanto mis yoes y centrarlo todo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Quiero dejar lo viejo que hay en mi y llenarlo todo de Ti, que los has creado todo, entregarme a los demás, entregarme a una vida de oración y de seguimiento a tu Palabra, de generosidad, servicio y de amor! ¡Quiero negarme a mi mismo bajando del pedestal de mis egoísmo y de mis soberbias para aplacar de mi corazón aquello que me separa de Ti porque quiero renacer en tu presencia como un hombre nuevo, aceptar las cruces del camino y seguirte con alegría, fe y esperanza! ¡Quiero negarme a mi mismo, Señor, porque quiero penetrar íntimamente en tu corazón misericordioso y hacerlo desde la sencillez de la vida! ¡Envía para ello, Señor, a tu Santo Espíritu para que transforme mi vida! ¡Te ofrezco, Señor, la desnudez de mi alma, el desprendimiento de lo material, el abandono de mis apetencias mundanas, el gusto por los bienes innecesarios pues lo que deseo y anhelo es entregarme fielmente a tu amor misericordioso! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que se afiance en mi este deseo vivo y no me deje nublar por el gusto por lo material porque lo que quiero es poseerte a Ti, Señor de la vida, del amor y del mundo! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me permita abrir el corazón y, desde la humildad, saque de mi interior tantos amores terrenales que me impiden renunciar a mi mismo, tomar la cruz y seguirte con amor verdadero! ¡Que el buen nombre, ni el dinero, ni el reconocimiento, ni el brillo social, ni el triunfo, ni los éxitos… me nubles, Señor, sino que en esta Pascua que casi terminamos alcance la libertad del corazón, reniegue de mi hombre viejo y renazca en ti como un hombre nuevo renacido a la luz de tu Santo Espíritu! 

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que guardabas la Palabra del Señor en tu corazón, ayúdame a comprender la Escritura y a guardarla en mi corazón.
Te ofrezco: vivir buscando la verdad, negándome a mi mismo y tener un encuentro con Jesús en cada instante de esta jornada.

Alabar en el altar del sacrificio

Me gusta alabar. Me gusta la alabanza. Me gusta porque hemos sido creados para alabar y servir a Dios, no para poner a Dios a nuestro servicio. Me gusta porque la alabanza es fruto del amor desinteresado.
Pero no siempre reúno las fuerzas para alabar. Hay días que, simplemente, me resulta imposible proferir palabras y cantos de alabanza pues de mis labios surgen palabras de lamentación. Son esos días en que los problemas abruman, el dolor invade, la oscuridad se cierne sobre mi vida, las dificultades fragilizan mi existencia. En estos días mi corazón derrama de manera injusta lágrimas furtivas de auto compasión. Y digo injusta porque en lugar de dar gracias, callo ante las grandezas que me regala Dios.
Pero Dios que es Amor y es Misericordia permanece ahí, sentado en el trono de la gloria, esperando de nuevo a que mis labios se abran para realizar cantos de alabanza. Él permanece inmutable, sin que su gloria haya disminuido. Y es cuando te das cuenta que Dios merece siempre mi alabanza por la sencilla razón de que es el único digno de ser alabado, bendecido y glorificado. Y es entonces cuando la alabanza se convierte en sacrificio. Se transforma en alabanza que sacrifica tus yoes, tus egoísmos, tus becerros de barro, tu ingratitud, tu engreimiento, tu desagradecimiento… Implica colocar todo lo mundano que uno ama en el altar del sacrificio para hacer la ofrenda que a Dios más le vale: uno mismo, con sus heridas y sus dolores, con sus sufrimientos y sus incoherencias, con sus pérdidas y sus dudas, con sus dificultades y sus humillaciones. Y ese Dios que es amor y misericordia se remueve en su trono, te toma entre sus brazos y te recuerda que, como su Hijo, la vida es camino en que hay pérdidas y sacrificios pero también resurrección y vida. Y que Él solo espera que en medio de cualquier circunstancia, por dolorosa que sea, todo sea canto, ofrenda y alabanza.

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¡Bendito, alabado y glorificado seas Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por darme toda bendición espiritual, porque antes de la fundación del mundo ya estaba en tu mente; gracias por haberme adoptado y aceptado como hijo tuyo! ¡Gracias por tanto amor derramado en mi vida! ¡Gracias y toda alabanza a Ti por llamar a la puerta de mi corazón, por acogerme cuando me alejo, por darme la oportunidad de comenzar de nuevo, por la ocasión que me ofrece de que mi vida tenga propósitos de eternidad, por reconstruir cada día la fragilidad de mi vida con el poder de tu Palabra, de tu misericordia y de tu amor! ¡Alabanza a Ti, Señor, que retiras lo que me daña y me hace sufrir, que pules con ternura y compasión cada uno de los recovecos de mi vida, porque restaurar con la fuerza de tu Espíritu, para que cada día me parezca más a ti! ¡Alabanza y gloria a Ti, Padre, que permaneces en el trono celestial, y eres digno de darte honor, honra y gloria cada minuto de mi vida! ¡Alabanza a Ti, Padre, me quiero presentar ante la ofrenda de tu altar para presentar sobre todo sacrificios de alegría y no de pesar, sacrificios que arrojen mis egoísmos y sean cantos de gloria y alabanza a Ti, salmos que ensalcen tu nombre, el bien que haces, el amor que me tienes y la misericordia que derramas sobre mi corazón! ¡Gracias, Padre, por tanto amor! ¡Gracias, Padre, por tanta misericordia! ¡Gracias porque me provees todo cuanto necesito; porque custodias mi vida con un amor grande; porque extiendes tus amorosas manos para colmar mi vida de gracias y bendiciones; porque eso mismo lo haces con los que amo, por los que oro, por los que se relacionan conmigo! ¡Gracias, Padre, porque aunque a veces me ofusco Tu todo lo provees, cumples en mi todas las promesas y haces que mi vida pueda ser un canto de alabanza y gloria a Ti, Señor de la vida!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre: ayúdame a no desanimar a nadie con mis amarguras y a no alejar a nadie con mis críticas. A que mi vida sea un canto de alabanza a Dios.
Te ofrezco: dar gracias a Dios por cada cosa que viva o que me ocurra.

Si amar es darlo todo, ¿soy donación para los demás?

La Cuaresma, que invita a la limosna, es un buen termómetro para analizar como esta mi vida en cuanto a donarse al prójimo. La limosna clave y esencial del cristiano no consiste en dar sino en darse. El dar es un acto de generosidad que se diluye en el marasmo de la vida y carece de sentido si lo que se hace no se acompaña de la donación de uno mismo. Si no te das a ti mismo poco le estás dando al otro.
Puede suceder que uno haga las cosas con aparente generosidad pero que ese gesto tenga una doble intencionalidad. Confundimos infinidad de veces la generosidad o la donación con dar algo de lo que nos sobra. Lo importante es, siempre, la intención sincera, aquello que surge de lo profundo del corazón porque es desde ahí donde se puede hacer un verdadero acto de donación.
¿Pero qué es donar o donarse? Donar no es tan solo ofrecer algo a alguien, no es ser generoso entregando una limosna o una ayuda concreta, la donación auténtica es aquella que te hace dar el propio tiempo —lo más sagrado que uno posee— con alegría, exclusividad, sin cálculos ni medidas pero, sobre todo, con amor pues el verdadero amor implica la renuncia a uno mismo.
A lo largo del día surgen infinidad de ocasiones para donarse a los demás. No se trata de dar las migajas de nuestra vida, se trata de entregar con todas las consecuencias nuestro propio corazón, nuestra propio sentir, nuestro propio tiempo porque con ello damos al prójimo una parte sublime de nuestro ser.
La pregunta surge escrutadora: ¿Y yo qué tanto dono en mi relación con mi pareja, con mis hijos, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo, con mis conocidos, con aquellos que se cruzan en mi camino? Y si amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo, ¿en qué medida soy donación para el que tengo al lado o se acerca a mi?

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¡Señor, de sobras sabes que poco tengo que dar material pero he recibido de ti infinidad de dones que debo aprender a compartir con los demás! ¡Muéstrame, Señor, el camino de la entrega al prójimo; ayúdame a compartirlo todo con los demás especialmente mi corazón, mi vida y mi ser! ¡Concédeme la gracia de nos ser egoísta y pensar siempre en los demás, a compartir siempre con generosidad, alegría y amor, sin cálculos ni medidas; compartir sobre todo lo que soy sin apegarme al egoísmo! ¡Haz, Señor, que multiplique todo lo bueno que he recibido de Ti y entregarlo a quienes amo para que compartiéndolo sientan también tu presencia en mi corazón! ¡Hazme una persona servicial, atenta, paciente, generosa, capaz de dar lo mejor de mi tiempo! ¡No permitas, Señor, que amar es dar todo y darme a mi mismo!

«Harambee» («Todos juntos»)

En una caja guardada en el despacho encontré hace unos días una fotografía de un premio que le entregaron a mi hija mayor el día 24 de abril de 2009. Se trata de un relato para la IV Edición del Concurso Escolar Harambee “Comunicar África” en el Centro Cultural La Vaguada, en Madrid. El concurso tenía como objetivo fomentar entre los alumnos el espíritu solidario y un mayor conocimiento de la realidad africana, lejos de los estereotipos habituales. Aunque he recordado en que consiste la historia que redactó mi hija no es de este premio de lo que quiero escribir. He buscado que significa en castellano la palabra Harambee pues no lo recordaba: «Todos juntos». Es la expresión utilizada en África para que todos colaboren en una tarea común. Es una expresión hermosa de servicio y de entrega al otro. El Evangelio de la vida está repleto de situaciones que gritan «Harambee» («Todos juntos»). Todos las conocemos.
Un hijo que pide ayuda: ¡Harambee! Un amigo que clama atención: ¡Harambee! Un enfermo que sufre: ¡Harambee! Alguien que ha perdido la esperanza: ¡Harambee! Un matrimonio que se desmorona: ¡Harambee! Una mujer que sufre maltrato: ¡Harambee! Un conocido sin trabajo: ¡Harambee! Alguien que ha sufrido el desprecio de los demás: ¡Harambee! Una persona que busca a Dios: ¡Harambee! Alguien que ha caído en el vicio de la droga, del alcohol, de la pornografía: ¡Harambee! Que es necesario allanar el camino descarriado de alguien desorientado: ¡Harambee! Alguien que acude buscando consuelo: ¡Harambee! ¡Harambee! ¡Harambee!
¡Harambee! Es el canto de privilegiar la lógica del ser respecto a la del tener: Dar y recibir. El canto de amor al prójimo.
Cuando vi la caja no tenía intención de abrirla. Algo me invitó a hacerlo. Pero esta fotografía me ha llevado a la oración. Así actúa el Dios del ¡Harambee!, ese que te ayuda a creer en el amor auténtico, el que viene de Él y nos une a Él por el servicio a los demás. Solo puedo exclamar: ¡Amén, Señor, haz de mi alguien servicial para los demás!

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¡Amén, Señor, haz de un mi alguien servicial para los demás! ¡Tu, Señor, eres el ejemplo a seguir! ¡Es tu vida la que quiero imitar, el espejo donde mirarme, la luz que seguir, el lugar donde debo descubrir el amor al otro! ¡Harambee, Señor! ¡Juntos tu y yo, Señor, unidos en el amor al prójimo, dándonos a los demás; tu en mi interior y yo siendo otro Cristo! ¡Tu caminaste con tus sandalias polvorientas recorriendo los caminos al encuentro del ser humano, del necesitado, del perdido, del desorientado, del despreciado, del abandonado… quiero hacerlo contigo, Señor, para compartir el pan y el agua de la vida! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, en pura donación, en total servicio a los demás! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, con los mismos sentimientos para atender la necesidad del hermano, para acoger sus necesidades y aliviar sus sufrimientos! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, para vivir pensando primero y antes de todo en el otro y tener siempre un corazón abierto al servicio, un corazón dispuesto, veraz, alegre, humilde, fraterno y generoso!

Que mi vida se transforme en Palabra de Dios

El mundo está repleto de buenas intenciones, pero nos falta profundidad, ahondar en lo auténtico. Solo basta ver como hacemos uso de los móviles para chatear o cómo es el discurso y lenguaje de nuestros políticos, de nuestras conversaciones, etc.
Observo ahora mi interior, el plano individual y personal de mi vida y me cuestiono si, como fiel seguidor de Cristo y, por tanto, aspirante a la vida eterna, construyo mi vida sobre bases sólidas. Si lo solidifico todo en roca firme o me contento con mera palabrería sin poner en práctica la verdad del Evangelio. Si me tomo la molestia de volver a las fuentes primarias de una vida que sigue a Jesús para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Y podría proseguir con cuestiones como vivo respecto a mi familia, mi trabajo, mi ocio, mi servicio al prójimo, mi vida apostólica, por poner solo unos ejemplos.
Lo que tengo claro es que Jesús me invita a construir sobre bases sólidas. Y esta invitación resuena con más fuerza hoy en nuestra sociedad donde la Iglesia conoce contradicciones e, incluso, persecuciones. Hago mío el mensaje del No tengas miedo que nos legó Juan Pablo II y ensalzó el Papa emérito Benedicto XVI.
Pero, ¿cómo y dónde reconocer en qué lugar se encuentran los cimientos sólidos y duraderos de mi vida? Jesús nos dice que en el corazón, el árbol mismo de mi vida. «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto».
En otras palabras, debo mirar en mi interior. No solo mirar lo que hago, sino cultivar lo que soy para dar frutos.
De hecho, si quiero dar buenos y hermosos frutos, primero debo cuidar mi árbol interior, mi propio corazón.
¿No es frecuente creer que es necesario cultivar los frutos por uno mismo? Eso es absurdo. Cualquier jardinero dirá que son los árboles los que deben cuidarse. De hecho, los frutos son el resultado de la calidad, la bondad, la fuerza, la salud y la vitalidad del árbol. Es el árbol el que debo alimentar, proteger, podar, desgranar si lo que deseo es dar frutos abundantes.
Le pido al Espíritu Santo que me ayude a cultivar mi interior para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Que me ayude a prestar atención al ser, no solo al hacer. Que me haga amar más la Eucaristía, que solidifique mi fe, mi vida de oración, de servicio al prójimo, mi vida cristiana en general. Y que al nutrirme de su presencia y, sobre todo, del Cuerpo y la Sangre de Cristo, fortalezca mi corazón, mi ser humano y cristiano, que enderece lo que está torcido y que haga que en mi interior fructifiquen la semilla de amor para llevar una vida impregnada de santidad.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi corazón pobre para vivir muy unido a Ti y seguir tus mandamientos y para que mi vida se transforme en Palabra de Dios! ¡Señor, tu que me has dado la vida y la impregnas de tu amor y de tu misericordia, ayúdame a permanecer siempre unido a Ti para crecer en santidad y dar frutos abundantes! ¡Concédeme vivir unido a Ti con mis esfuerzos cotidianos, con mi vida de oración, con mi profesión de fe, con mi lucha por conseguir una sociedad mejor, con mi entrega por los demás! ¡Ayúdame a crecer en santidad, caminando contigo, compartiendo mi vida, mis bienes, mi esperanza, mis testimonio, mi fe a los demás! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber regar mi corazón con una vida de oración, recibiéndote cada día en la Comunión, despojándome de aquello que me aparta de Ti, sabiendo amar, no bajando los brazos y desalentándome cuando las cosas no me salen bien, cuidando mi interior, cuando vivo en fraternidad real con el prójimo que me necesita! ¡Que sea, Señor, tu Santo Espíritu el que me conduzca por los senderos de la vida, el que alimente y anime mi corazón, para dar abundantes frutos de amor, de paz, de misericordia, de perdón, de servicio, de generosidad, de paciencia y de felicidad! ¡Ayúdame, Señor, a ser auténtico discípulo tuyo y sea capaz de transmitir en mi vida la Buena Noticia de tu Evangelio porque quienes se acerquen a mi vean un corazón puro, generoso y servicial que refleje que Tu vives en mi interior! ¡Señor, haz que mi vida se transforme en Palabra de Dios!

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

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¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Dinamizador de la vida cristiana

Es el Espíritu Santo el que dinamiza la vida del cristiano. Es el Espíritu el que lo impregna todo en nuestra vida haciendo que la presencia de Dios en el corazón del hombre no se convierta en algo estático sino en un algo dinámico, abierto al amor, a la misericordia y a la vida.
Por medio del Espíritu Dios todo lo impregna dándose a si mismo para que el hombre sea como Él, a su imagen y semejanza. Esta idea tan hermosa es la revelación que Jesús hizo a los hombres. A cada uno le corresponde personalizarlo en lo cotidiano de su existencia, interiorizarlo en el corazón y aceptarlo en su vida. El Espíritu Santo, el Espíritu divino, es la fuerza expansiva que ilumina al hombre, es un don continuo que se vierte sobre cada ser.
Cuando el hombre acoge el Espíritu, la presencia de Dios crece pausadamente como una semilla en el corazón del hombre hasta dar su fruto en la vida. Con el corazón abierto y abonado a la gracia, con el amor impregnado en él, Dios llega fruto de su amor y su generosidad. Y espera del hombre que se haga a su imagen y semejanza. Con Dios en el corazón, el hombre se potencia la grandeza de Dios.
La gloria de Dios reside en rendirle tributo por medio de la oración, del crecimiento interior, del servicio, del amor, de la escucha de la Palabra, de la vida sacramental.  Cuando uno lo hace, Dios se acerca al corazón de cada persona para que su vida de los frutos esperados. La cercanía de Dios potencia la vida del hombre. La gloria de Dios es la vida del hombre que Él ha creado de ahí que nos corresponde ensalzarlo, alabarlo y darle gloria en tributo de tanto amor.
Es condición de cristiano, de discípulo de Cristo, dejarse guiar por el Espíritu y descubrir de manera cotidiana la novedad de Dios, que es conocer la Buena Noticia del Evangelio, las enseñanzas de Cristo, la capacidad de servir y amar sin condiciones dando lo mejor de cada uno.
El riesgo recae en no creer en la fuerza viva del Espíritu en la propia vida, en apartarlo de nuestro corazón, en creer que no es necesario para avanzar espiritualmente, en suponer que ya tenemos un conocimiento claro de Dios, en presuponer que estamos en posesión de la verdad, en levantar muros que impidan a nuestro corazón amar.
Para llegar a la vida eterna hay que dejarse guiar por el Espíritu de Dios que es quien fortalece la fe, te permitir vivir con fortaleza de espíritu y te convierte en templo de Dios, antesala del reino eterno.

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¡Oh Espíritu Santo, Tú te haces fuente de vida y santidad en el corazón de cada persona y realizas maravillas en quienes ponen toda tu confianza en Ti! ¡Llena mi vida! ¡Conviértete, Espíritu divino, en el Dios de mi vida interior, pon claridad a mi vida, dale luz a mi existencia, ofrece claridad a mi mente, inunda mi corazón con el fuego de tu amor, santifica cada uno de mis actos, de mis pensamientos y de mis palabras, purifica mi vida, dale brillo santo a mi alma y a mi espíritu, y haz que tu presencia en mi haga brillar mi interior con la fuerza de tu amor! ¡Aviva, Espíritu de Amor, la necesidad de un encuentro cotidiano contigo, fortalece mi vocación de cristiano y dale intensidad a mi vida de fe! ¡No permitas, Espíritu de fortaleza, que mis debilidades me venzan, que mis tibiezas me ahoguen y que mis resistencias levanten muros! ¡Otórgame, Espíritu divino, el don de piedad, fortaleza, sabiduría e inteligencia para velar siempre, para luchar con firmeza, para seguir siempre tus santas inspiraciones y consejos, para saborear la Palabra de Dios, para anunciar al mundo la verdad que es Jesucristo, para reconocer mi debilidad y fortalecer mi espíritu para crecer en santidad! ¡Haz, Espíritu de Bondad, que cada día mi vida se convierta en un caminar alegre y esperanzado, confiado y sereno, y sea una permanente alabanza y gloria al Padre, al Hijo y Ti mismo, que conformáis la Santísima Trinidad! ¡Conviértete, Espíritu Santo, alma de mi alma, en el inspirador de mi vida, mi guía y mi luz!

Ven, Santo Espíritu de Dios:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

La actitud del más, y más y más

Con relativa frecuencia uno piensa que su vida de creyente se reduce a un sucesión de buenas obras, gestos hermosos hacia los demás, actitudes de buen samaritano; uno siente que debe ser más caritativo, más entregado, más generoso, más cordial y amable, más atento con el prójimo. Es la actitud del más, y más y más. Y con esto te quedas henchido de satisfacción. Tu orgullo interior se infla… corriendo el riesgo de satisfacer el ego de la falsa autosatisfacción.
¡Qué hermoso entonces es recordar la parábola del viñador: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os anuncié. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer». La he releído hoy. Va bien recordarlo de vez en cuando para profundizarla en el corazón. Al compararse con un viñedo, Dios es como ese enólogo minucioso y sensible que cuida de sus viñedos y nosotros somos las ramas que tienen que ser cuidadas. Jesús nos ofrece otro punto de vista. No todo depende de mis esfuerzos: es el enólogo que poda y corta las ramas del sarmiento. De mi parte corresponde permanecer firmemente unido a la vid y permitir que la savia fluya en mi interior. El objetivo es “conectar” con el Dios de amor que Cristo anuncia, para abrir todos los poros de mi vida a su Espíritu, a su acción vivificadora que transforma desde lo más íntimo de mi propio ser.
Esto es lo que nos hace dar fruto: la oración, la meditación, la palabra que surge de este Evangelio que siempre nos lleva de nuevo a lo que es importante en la vida, de nuestra vida en la que el Evangelio te permite distinguir y restar lo que, en cada uno, está muerto, estéril o es superfluo. Así podado, devuelto a lo básico y esencial, uno puede crecer un poco más porque el deseo es verse liberado; sentir la sed de volverse profunda y humanamente vivificado, con la energía interior movilizada para buscar ardientemente la plenitud de la comunión con los demás y sentir en el corazón la intensidad del amor verdadera. Y, entonces sí, las buenas obras tienen un significado de autenticidad porque están impregnadas del amor de Dios, de la esencia de Cristo, de la fuerza del Espíritu. No son obras humanas, son obras bendecidas desde la plenitud del amor.

orar con el corazon abierto

¡Padre, tu eres el viñador que cuida de mi sarmiento interior! ¡Tú eres el que se ocupa de cuidar de mí; por medio de tu Santo Espíritu ayúdame a comprender todo lo que tengo que ir podando interiormente para unirme espiritual y humanamente a la vid que tanto amas que es Cristo, tu Hijo! ¡Ayúdame a que la poda sea limpia y auténtica para poder vivir en gracia, en amor y en plenitud con Jesús y ser testigo suyo en el mundo, misionero de su Palabra y testimonio de su amor! ¡Señor, quiero dar fruto pero para ello debo ser un sarmiento sano que viva siempre en unión plena contigo! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu un corazón vivo, alegre, lleno de esperanza, proclive al amor y a la gratitud, un corazón lleno de fuerza y abierto al bien! ¡Que los frutos que sea capaz de dar, Señor, sean verdaderas obras cristianas! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a dar frutos abundantes! ¡Ayúdame a permanecer siempre en Ti, ser fiel a la elección que hago por Ti! ¡Para ello necesito de la gracia de tu misericordia, de tu amor y de tu perdón! ¡Que cada paso de mi vida esté impregnado del amor, de un amor que no decaiga nunca, que sea capaz de resistir a las tentaciones del abandono y a las dificultades que se presentan en la vida, que se fortalezca con la unión contigo! ¡Señor quiero ser savia nueva aferrada a la vid que eres Tú, Señor, que siempre me acompañas por el camino de la vida!

El viñador, cantamos hoy para acompañar la meditación: