Estar entre los elegidos de Cristo

La segunda venida de Cristo se producirá en el momento en que esté en los planes de Dios. Es la promesa de Cristo. Y quiero que me coja preparado. Hacerlo con el corazón abierto a su gracia. Con la humildad suficiente, con la manos rebosantes de esfuerzos, de sacrifico, de entrega hacia el prójimo, de paciencia, lleno de escucha al que lo necesita, de atención al que lo reclame, siendo capaz de comprender al que ahora no comprendo, soportando lo que me corresponda, sabiendo llevar las cruces cotidianas pero sobre todo y, por encima de todo, amando. Con un amor pleno a la mesura de Cristo. Con mi debe y haber bien cuadrados. Habiendo dado lo mejor de mi mismo a los demás, habiendo abierto mi corazón a los que lo necesitan, a los que claman misericordia, justicia y amor.

Pero como soy quebradizo, frágil e inconsistente me embarga cierto temor por no dar la talla, por fallar en lo esencial que es el amar con la medida de Cristo; de no estar a la altura de la Buena Nueva que se predica en el Evangelio, de no tener la fortaleza y el coraje para ser lo que Dios quiere de mi, por no tener la fuerza de voluntad para hacer lo que corresponde, de caer en la tibieza de las debilidades humanas, de perseverar en la fe, en la oración, en la vida de sacramentos, de no ser capaz de darme con el corazón abierto. 

Mi vida no tiene sentido sin una entrega real a la buena nueva del Evangelio. Por eso, no puedo más que suplicar al  Señor que envíe cada día sobre mi al Espíritu Santo para que me otorgue la gracia de tener un corazón abierto a su misericordia, un corazón siempre agradecido, un corazón generoso, un corazón desprendido, un corazón que busque la felicidad, un corazón que rechace el pecado, un corazón que ame, un corazón que se abra al servicio humilde y generoso, un corazón que se asemeje al de Cristo para que Él viva en mi. Es una petición sincera pero no es posible llevar el apellido de cristiano si no me aplico en mi vida la máxima fundamental de la vida cristiana: amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo.

Anhelo estar entre los elegidos de Cristo y nada me tiene que separar de este hermosísimo deseo.

¡Señor, abro mi corazón de par en par y me pongo en tu presencia te pido para que abras los ojos de la mente y los oídos del corazón y me hagas un cristiano bueno, fiel, servicial y amoros para que, escuchando tus palabras de amor, las haga vida en mi vida! ¡Señor, soy consciente de la infinidad de veces que me alejo de Ti, que mi forma de actuar no es coherente con tu Evangelio, que no te amo sobre todas las cosas, que las cosas del mundo me vencen y me distraen y no soy capaz de darlo todo por Ti ni por el prójimo! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu sobre mi para que me otorgues la fuerza de perseverar siempre y para que renovado por tu perdón camine con paso firme hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la Gracia de servir al prójimo con mucho amor y convierte mi corazón para que desde el desprendimiento, la generosidad, la humildad y la entrega todos sientas tu presencia en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que aunque me aparte del camino salgas cada día a mi encuentro y me muestres el camino del amor! ¡No permitas, Señor, que mis egoísmos y mi soberbia me elejen de ti porque quiero seguirte y amarte con todas mis fuerzas y con todo mi corazón! ¡Concédeme, Señor, el vivir plenamente el amor con mi prójimo, amándolo como Tú me amas a mí! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos, dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí, lo que debo realizar y sufrir y dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar!

¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?

La fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Esa es su grandeza. Elige a la Virgen porque ha mirado la humildad de su sierva. Derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos.
Ante la radicalidad de esta realidad solo cabe preguntarme: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?
A Dios no le gustan los corazones soberbios, arrogantes y engreídos. Busca asentarse en el corazón sencillo, aquel que palpita acorde con su debilidad pues en él el poder de su gracia tiene capacidad para desdoblarse. Únicamente en un corazón que palpita pobreza puede germinar el don de la gratitud, la semilla del Amor plantada por Dios. Conozco a alguien que al inicio del confinamiento plantó en el jardín de su casa un huerto. A los tres meses aquel pequeño espacio ha devenido un festival multicolor de lechugas, tomates, zanahorias, calabacines. Todo surgió de un sembrado de pequeñas semillas. Así es la vida del hombre. Como una semilla minúscula, frágil, que debe ser regada y abonada cada jornada. Un lugar en el que hasta los pájaros deseen posarse para buscar refugio para cantar la grandeza de Dios. Un corazón agradecido es un imán para que en la vida se produzcan milagros de todo tipo. Un corazón agradecido es un corazón abierto a la vida, a la existencia, al otro… es, en definitiva, una fiesta luminosa para la humanidad entera.
Pero, ¿qué sucede habitualmente? Sucede que los ruidos, las prisas, las ocupaciones excesivas, el estrés, las ataduras vitales, la vida repleta de cosas aparentemente importantes pero sin importancia nos paralizan, nos impiden ser fecundos en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, espirituales… No permiten labrar el campo de nuestra existencia, hacer fecundas las semillas de nuestro corazón, dejar que la infinitud de Dios, su poder y su gloria, puedan manifestarse en nuestra vida dando vida fructífera a la diminuta semilla de nuestra existencia.
¡Y cuántas veces nos demuestra Dios que para Él hacer que todo germine es posible! ¡Y aún sí nos empecinamos en que todo sea para ayer, que sus respuestas sean inmediatas, que todo esté atado y bien atado, soluciones firmes, concretas y bien medidas! ¡Cuánto nos empecinamos en definir claramente nuestras metas, a poner seguridad a nuestra vidas, a controlarlo todo! ¡Cómo soñamos con vidas falsas, con tantos sueños de grandeza, con tantas esclavitudes mundanas, con tantos apegos terrenales, con tanto empobrecimiento de nuestro corazón! ¡Nos creemos dioses en minúsculas, dioses de barro que caen atemorizados por el miedo, la impotencia y la fragilidad de nuestra existencia! ¡Y así nuestra espiritualidad se abona también a esta lógica!
Y entonces te das cuenta que la fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Y que esta es su grandeza. Y quiere que yo sea así, pequeño en lo grande, grande en lo pequeño. Porque el quiere crecer en mi corazón si yo se lo permito, quiere trabajar en mi interior si yo le dejo, quiere que todo su ser se impregne en mi corazón si yo le doy cabida. Y de nuevo la pregunta: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios en él?

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¡Señor, pasa delante mío para ir iluminando mi existencia, para protegerme de los vericuetos de la vida, para transformar mi vida, para hacer de mi existencia un canto de alabanza, un camino de santificación; para transformar mi corazón soberbio, arrogante y egoísta en un corazón humilde, sencillo y generoso; un corazón que ame! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte mi corazón para que entres en él, para que a pesar de la dureza y los cansancios que me ahogan tu me sostengas, para que contigo dentro sea capaz de amar a los que me rodean, hacer el bien, actuar correctamente, para ser transmisor de alegría y de paz! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte el corazón para que la semilla plantada en mi interior de frutos abundantes! ¡Dame, Señor, un corazón pobre, abierto al amor, a la entrega, a la generosidad, al servicio, para abrirme siempre al prójimo; un corazón paciente y amoroso que sea capaz de llevar esperanza y no dolor; un corazón que sea testigo de tu misericordia, que de frutos abundantes, con capacidad de conversión para que haga fructífera la semilla plantada, que no se cierre a tu presencia, que no se deje llevar por las rutinas de lo cotidiano, que se sepa siempre en las mejores manos que son las tuyas! ¡Señor, déjame siempre sorprender por tu presencia, por la manifestación de tu amor en mi vida! ¡Enséñame, Señor, tu camino para que siempre siga tu verdad y mi corazón se abra siempre a ti y no se deje manipular por los excesos de la vida!

 

Hacer mío el grito de Cristo en la cruz

Viernes Santo. Me uno profundamente y con el corazón abierto a la muerte de Cristo, mi Señor. Contemplo con dolor su muerte en la cruz. Una muerte cruel, dura y brutal. Tras un proceso injusto, una flagelación feroz y un camino pesado cargando la cruz con el peso del pecado humano, es colgado de un madero. Muere asfixiado, sin aire. Sus manos y sus pies traspasados. No tiene como colocarse, su respiración entrecortada apenas le permite aspirar aire; su corazón le falla humanamente pero no espiritualmente. Muere con los brazos extendidos abrazando a la humanidad entera, pero de pie; de pie queriendo demostrar su reinado, su firmeza, su valentía y su testimonio. De pie como el árbol de la vida porque la cruz es el árbol de la vida cristiana.
El dolor es inmenso, profundo, devastador. Es por mí. Es por nosotros. Los clavos de sus manos y sus pies, clavados con saña, le producen un dolor indecible. Las espinas de la corona clavada sobre su cabeza y que ensangrentan su rostro le producen un tortura difícil de resistir. La piel hecha jirones de su espalda y su torso por tantos latigazos recibidos en el pretorio le provocan gritos de aflicción. Las rodillas a carne viva después de tantas caídas en su subida al Calvario son un suplicio. No solo hay en Cristo un dolor físico. Hay un dolor espiritual, humano, interior. Es otra forma de tortura. La aflicción del abandono, del insulto, de la incomprensión humana, de la soberbia del hombre, del rechazo de tantos a los que hizo bien, sanó enfermedades y curó el alma. La tristeza de leer todavía en el corazón humano y observar qué egoístas somos los hijos de Su Padre. La pesadumbre de Jesús es por aquellos (por mi, por nosotros) a los que ha venido a salvar.
Y, colgado en la cruz, Jesús exclama, con la garganta seca, con un grito de dolor, con un alarido de tristeza para que su Padre escuche su plegaria. Es una súplica afligida para que tenga compasión de Él. Se siente solo, abandonado. Pero nadie escucha su grito. Nadie atiende a su llamada. Nadie acude a socorrerle. El grito de Jesús es oración pura. Es oración espiritual. Es oración viva. Jesús ora en su debilidad. Entre tanto desconsuelo y tormento la de Jesús es pura oración. Y en el silencio del Calvario, en la oscura tarde de aquel día, se escucha su voz clamar: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
«¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» ¿Le reprocha algo Jesús a Dios? ¿Se lamenta de su situación? ¿Se queja de su aparente desgracia? ¿Quiere testimoniar con este grito que le está diciendo al Padre que le ha dejado desamparado ante el desprecio de los hombres? ¿Que le ha dejado desasistido ante tantas miradas de odio, ante tantos insultos, ante tantas burlas, ante tanto ensañamiento?
La oración de Cristo es una oración intercesora. Es una oración vivamente existencial. Es una oración de ensalzamiento del sufrimiento. Es una oración que clama por la salvación que ofrece Dios. Es una oración de tristeza pero también de esperanza. Es una oración de soledad pero también de acogida. Es una oración de desconsuelo pero también de confianza. El grito de Jesús es una oración que pone por encima de todo el valor de la cruz. Ora su vida en la cruz. Ora la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz, es decir la Eucaristía misma. Jesús, a través del sacrificio del altar, se ofrece a Dios Padre por los pecados del mundo.
Con este clamor Jesús me enseña a orar en la debilidad, en la fragilidad de la vida, en el límite de la desesperanza, en la congoja del desconsuelo, en aquellas situaciones que parecen no tener solución. Clama desde la confianza, desde el amor y desde la esperanza. Grita desde el abandono sincero y fiel al Padre. Ora al Amor. Su grito es un rugido que clama la misericordia infinita de Dios. Es una oración sanadora, llena de una fe viva, de una esperanza cierta. Es un canto a la confianza. Es una enseñanza de que en el dolor la oración calma, sostiene y purifica. ¡Y es escuchada a pesar del aparente silencio de Dios!
Jesús grita por mi y por ti, querido lector. Grita orando por todos nosotros. Grita para que nos acoja a todos, hijos pecadores del Padre. Ora por nuestras miserias, caídas y pecados.
Abandonado, solo, magullado, herido, desnudo, despellejado… Jesús muere orando. Sus últimas palabras me llenan de congoja: «¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!!». Es decir, una subordinación absoluta hacia el Padre. Era consciente para que había venido y en Quien podía descansar. Jesús reposa su espíritu en el Padre después de completar su obra en la cruz.
Viernes Santo. Repasas estos últimos momentos de Jesús y no puedes quedarte indiferente ante el Cristo agonizante. ¡Gracias, Señor, por la escuela de la cruz!

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¡Señor, que sepa corresponder a tanto sufrimiento por mi! ¡No puedo orar hoy ante tanta aflicción sintiendo tu sufrimiento! ¡Pero como tu, quiero aprender a orar con el corazón abierto! ¡Quiero corresponder con mi oración al amor divino del Padre para conmigo, quiero sentir su amor, quiero encomendarle mi vida y mi espíritu, quiero que todo su poder se ejerza sobre mi! ¡Quiero cumplir con la tarea que me tiene encomendada con verdad y autenticidad, sin miedo al abandono o al desprecio, con certeza y con confianza, dándole el cien por cien de mi existencia! ¡Quiero vivir como Tu, Señor, adorando al Padre, elevando mi espíritu hacia Él, quiero que mi vida, mis cruces, mis sufrimientos y mi angustias sean también un canto de oración y de alabanza! ¡Quiero y deseo adorarle en espíritu y en verdad! ¡Quiero demostrarle la misma confianza que tienes tu, Señor, en el momento de tu muerte cruenta! ¡Quiero entender que Dios nunca defrauda, que su poder es omnipotente y su amor misericordioso, que tengo que cumplir con mi propósito vital, que mi confianza en Dios tiene que ser cierta, aunque me cueste llevar la cruz o mi respirar sea dificultoso! ¡Y sobre todo, Señor, quiero que mi vida sea hacer la voluntad de Dios! ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado y que mi escuela sea la escuela de la cruz!

El difícil compromiso de amar la enfermedad en tiempos de Coronavirus

En estos días de dolor y tristeza por tantos contagiados y tantos fallecidos surge en mi corazón algo que puede llegar a contrariar y crear rechazo. Pero ¡que importante es amar con el corazón abierto la enfermedad que a uno le sobreviene! Lo digo cuando, en el refugio de mi hogar, nadie de mi entorno más cercano sufre esta situación. Pero este tiempo, me recuerda a mi padre que murió a consecuencia de un cáncer múltiple de páncreas y de hígado. Él fue para mí un ejemplo de testimonio de fe, amando su enfermedad. Él decía que el cáncer lo tenía él, no era el cáncer quien poseía su cuerpo. Con este planteamiento ponía la enfermedad en su corazón y le permitía amar su dolor en el sufrimiento. Vencía a este terrible enemigo en su oración de cada día y eso le hacía mostrarse esperanzado ante el sufrimiento que le carcomía la vida.
Cada seis horas se actualizan las cifras de enfermos y de fallecidos. Las flechas marcadas en rojo suben como la espuma. Eso nos hace darnos cuenta de la fragilidad humana, de la debilidad del hombre, de que la enfermedad es, sin esperarlo, algo intrínseco que cercena la vida del ser humano. Que la vida es tan efímera que un virus transparente surgido de no se sabe donde se apropia de tu vida y la desmorona en pocos días.
Amar la enfermedad. Difícil compromiso para el ser humano. Es el momento de intensificar la oración, la plegaria, el compromiso por el otro, el hacer sacrificio por los que sufren, por los que no tienen fe ni esperanza, por los que yacen en las UCIs de los hospitales… Orar con el corazón abierto por tantos enfermos porque ellos representan al Cristo en la cruz, ellos testimonian de manera clara y perfecta el amor del Padre por el ser humano que Él, con infinito amor, ha creado.
El enemigo de la enfermedad es perder la paz y la esperanza. La enfermedad trata de desnudar tu debilidad, tus certezas, tus anhelos, tus ilusiones, tu paz interior, tus pensamientos, tus esperanzas, tus criterios vitales… Es hora de intensificar la oración para que todos los que hoy sufren no se sientan golpeados por el dolor sino acariciados por el amor del Cristo sufriente. Orar para que todos vean en su enfermedad al Dios que ama. Orar para que sean fuente del amor imperecedero. Dios en su gloria se hace presente en el sufrimiento humano. Orar, orar, orar sin cesar para que esta lacra pase pronto y para que se haga la voluntad de Dios en la tierra.

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Oración contra el coronavirus

Señor Jesús, nuestro Médico Divino te pedimos que nos guardes y protejas del coronavirus y de todas las enfermedades letales.
Ten piedad de todos los que han muerto.
Sana a todos los que están enfermos.
Ilumina a todos los científicos que están buscando un remedio.
Fortalece y protege a todos los asistentes sanitarios que están ayudando en estos momentos a los enfermos.
Dales la victoria a todos los responsables civiles que están intentando limitar el contagio, y dale la paz a todos los que tienen miedo y están preocupados, especialmente los ancianos y las personas en situación de riesgo.
Que tu Preciosa Sangre sea nuestra defensa y salvación.
Por tu gracia, transforma el mal de la enfermedad en estos momentos de consolación, crecimiento en la fe y esperanza.
Que temamos el contagio del pecado más que cualquier otra enfermedad.
Nos abandonamos con toda confianza en tu infinita misericordia.
Y a ti, María, Salud de los Enfermos, estamos seguros del poder de tu intercesión, de modo que, como lo hiciste en Caná de Galilea, la alegría y celebración puedan regresar después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Amor Divino, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que Jesús nos dice:
Él que nos enseñó a “amarnos los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes” tomó nuestros sufrimientos sobre sí mismo y llevó nuestras penas para llevarnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.
Pon bajo tu manto de protección a todos los que dan cuidado a los enfermos y atienden a sus necesidades, como tu Hijo nos implora que hagamos el uno por el otro. Amén

En mi debilidad, la gracia me sostiene

A la luz de la oración me siento cada vez más alguien pequeño y débil. Me siento así porque mi debilidad la siento también como mi fortaleza porque ella me coloca ante la grandeza misericordiosa de la gracia.
Mi vida es una lucha incesante contra mis miserias, mi debilidades, mis caídas, mi falta de caridad, mi orgullo… Pero esta batalla tiene su contrapeso con la gracia que viene de Dios. Porque nada, absolutamente nada, pese a la oposición del mal, puede superar a la gracia divina. Es por esta gracia que viene la salvación, el soportar las cruces cotidianas, el vencer los obstáculos que se nos presentan en el camino, la dificultades a las que hay que hacer frente. La gracia es el gran regalo que Dios hace a cada uno con independencia de cuál sea su comportamiento.
En mi pequeñez y mi debilidad siento que la gracia me sostiene. Siento así que mi debilidad deviene en mi fortaleza porque sentirse acompañado de la gracia te permite hacer más llevadero el sufrimiento, la dificultad, la tribulación o el desasosiego. Es en mi pequeñez y en mi debilidad donde siento como el poder de Dios se manifiesta en mi vida y cómo éste, de manera hermosa y bella, se va perfeccionando cada día. Dios bendice mi vida y con mis imperfecciones la va moldeando a su imagen y semejanza. Utiliza la pequeñez de mi vida para hacer su obra a su tiempo y a su hora.
Esto me emociona y me permite darle gracias y bendecirle porque en mi pequeñez y en mi debilidad soy consciente de que Dios necesita de mis cansancios y flaquezas para derramar toda su gracia, para iluminarme, para convertirme, para consolarme, para vivificarme, para fortalecerme y para ensalzarme.
Me maravillo porque es en mi debilidad y flaqueza donde el poder de Dios, amoroso y misericordioso, se va perfeccionando día a día.
Y, entonces, comprendo que no importa lo débil y pequeño que sea, lo importante es que debo aprender a acoger su gracia que todo lo llena y todo lo desborda.

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¡Señor, te doy gracias por tu gracia que sostiene mi debilidad y mis flaquezas! ¡Te doy gracias, Señor, porque es la fuerza de tu gracia lo que llena mi corazón y me permite avanzar en el camino de la vida! ¡Gracias, Señor, porque es tu mano la que me sostiene ayer, hoy y siempre! ¡Gracias, Señor, porque es por tu gracia y tu perdón por lo que puedo convertirme en un pequeño instrumento de tu amor infinito! ¡Señor, todo lo que soy y lo que tengo te lo debo a ti que lo revistes de tu gracia! ¡Mi vida, mis dones, mis talentos, mi pequeñez te pertenece enteramente a ti que la revistes con tu poder! ¡Señor, nada puedo ofrecerte más que mi debilidad porque todo lo mío es tuyo! ¡Te ofrezco mi amor incondicional, mi entrega confiada, la firmeza de mi fe, la alegría de ser miembro de tu Iglesia santa, la fidelidad a tu amor, la constancia de mi vida espiritual y el sí condicional de mi amistad contigo! ¡Señor, tu sabes que en mi vida no han faltado pruebas y dificultades, aunque también los momentos revestidos de alegrías y felicidad, tu los has hecho propios y los has revestido con el poder tu gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias porque tu gracia se derrama sobre mi con un amor que no merezco, especialmente al recibirte cada día en la Eucaristía que me permite subir contigo al Calvario cargando la cruz, en el abrazo misericordioso al recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia o en la participación alegre en cualquier otro sacramento en el que participe como espectador! ¡Gracias, Señor, porque tu gracia es la que sostiene mi pequeñez y es a través de los dones del Espíritu que tu envías sobre mi que mi debilidad se transforma en mi fortaleza por la grandeza de tu amor!

 

¿Qué es la compasión para mí?

«La compasión es la perfección». He leído esta frase en una extraordinaria novela sobre la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. He cerrado el libro y me permanecido un largo rato pensando. El autor, judío de nacimiento, revela en su obra la historia de su padre y de su tío que fueron detenidos cuando luchaban contra los nazis cerca de Lyon. Fueron trasladados a un campo de concentración donde en los últimos meses de la guerra, casi sin esperanza, serían liberados por las tropas aliadas.
La pregunta es directa: ¿Es para mí la compasión la perfección? Me formulo está cuestión y me viene a la mente el Señor porque esta es la virtud que realmente se ajusta a Cristo, el manso y humilde de corazón. Para comprender y vivir la virtud de la compasión, basta con contemplar la Cruz. Allí, lacerado por mis pecados, contemplas la Compasión en si misma. Esa Compasión que sume todas nuestras debilidades, miserias y contradicciones y, con misericordia infinita, te devuelve a la vida.
¿Qué es la compasión para mí? ¿Soy compasivo como lo es Cristo? ¿Es el Evangelio realmente la hoja de ruta de mi peregrinación terrenal? ¿Me muestro cercano al otro, quienquiera que sea? ¿Me acerco al que sufre, al magullado, al herido en el corazón, al destrozado por las circunstancias de la vida, al enfermo de cuerpo y de alma o los dejo pasar de largo sin preocuparme de sus necesidades? ¿Me muestro cercano con los demás como hacía el Cristo compasivo de los Evangelios?
Tener compasión no implica tener piedad, ni hacerse dependiente de la persona al que uno se acerca. La trampa es creerse indispensable. La compasión es escuchar al prójimo —¿le escucho?—, tratar de percibir cuáles son sus sentimientos y sus necesidades —¿las percibo?—, tratar de razonar con él —¿lo hago?—, detenerse un tiempo para atender sus necesidades y tratar de comprender sus puntos de vista —¿me detengo?—, ser delicado, amoroso y tierno —¿lo soy?—, dejarle claro que se trata de él y no de nosotros mismos. ¿Es así mi vida? ¿Son así mis actos?
Compasivo es quien respeta cualquier sufrimiento. Es el que no se muestra indiferente ante ninguna angustia ajena. Compasivo es, incluso, llevar la compasión a los provocan el mal o sufren a causa del daño que hacen a pesar de que no se compartan sus razones y su manera de actuar.
Si la compasión a veces consiste en hacer algo por el prójimo, a menudo solo consistirá en compartir en silencio con alguien lo que siente y estar allí, simplemente allí.
Todo se resume en que la compasión tiene como base el amor. ¿Amo?

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¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos se vuelvan siempre hacia el prójimo con una mirada de amor para verlos como me ves tu a mi, con mi miseria y mi pequeñez, más allá de la indignidad de mi vida, de mis circunstancias, de mis máscaras, de mis pecados y de mis orgullos y sufrimientos! ¡Ayúdame, Señor, a ver al prójimo como lo haces tu con mirada tierna y amorosa, compasiva siempre entendiendo sus circunstancias personales! ¡Haz, Señor, que mi corazón se vuelva siempre hacia el prójimo, para que pueda amarlo como tu me amas a mi, con esa firmeza, clemencia y misericordia que tanto me conmueve, con tanta paciencia que nunca se agota! ¡Ayúdame, Señor, a amar al que tengo cerca para que pueda hacerlo de manera eterna! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida se vuelva hacia el prójimo para que sea capaz de vivir en solidaridad con él y, así, hacerlo contigo en cada momento de mi vida! ¡Ayúdame a ser compasivo como lo eres tu, porque ser compasivo es una cuestión de amor! ¡Ayúdame a amar mucho porque quiero parecerme a ti! ¡Concédeme la gracia de que mi vida sea un compromiso de amor, que todo lo que me mueva hacia los demás esté basado en el amor hasta la entrega total! ¡Aviva esta experiencia en mi corazón, Señor! ¡Aviva mis deseos de compasión porque por encima de todo quiero amar!

El precio de la compasión:

Abrir el corazón para amar

Amar como Jesús va más allá de mis pobres capacidades humanas. Pero Jesús no ordena jamás cosas imposibles. Entonces solo queda una solución: Jesús nos regala su amor para que uno pueda amar como Él lo hace, amar al cónyuge como Él lo ama, amar a los padres como Él los ama, amar a los hijos como Él los ama, amar a los hermanos y hermanas como Él los ama.
Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, que eduque mi corazón a semejanza de los corazones de Jesús y de María. Le pido también al Inmaculado Corazón de María la gracia de ser, a pesar de mi pobreza humana, transmisor de amor; que no me desanime por cuenta de mis debilidades y de mi pequeñez. Todos somos pequeños instrumentos inútiles del Amor de Dios pero el poder de Jesús se desarrolla en nuestra debilidad. Soy consciente de que una de mis misiones como cristiano es avanzar en mi descubrimiento del Amor Divino y ser testigo de este Amor. El mundo está en peligro porque olvidamos con frecuencia a Dios, despreciamos sus leyes y vivimos sin su presencia. Pero este mundo, Dios lo ama y te envía al cambio interior para ir a evangelizar. Nadie puede convertir corazones porque solo el Espíritu Santo puede hacerlo, pero si es posible, por la gracia de Dios, ser testigos fieles de la fe. Se trata de ser testigo valiente del Amor de Cristo y dejarse guiar e inspirar por el Espíritu Santo que actúa a través del Inmaculado Corazón de María. Ser testimonio alegre y entusiasmado del plan de Dios para la familia, el amor, el trabajo, las relaciones humanas, la vida… El infierno está empeñado en destruir el trabajo de Dios, pero el infierno fracasará porque Dios es el Creador de la familia, el amor y la vida humana. Y somos muchos los que vamos a dejar la impronta de Dios en el mundo en el que vivimos.

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¡Abro, Señor, el corazón a tu gracia y pido que lo llenes de las gracias del Espíritu Santa para que nazca de mi interior el ánimo de testimoniar tu verdad, para ser luz y semilla que, al calor del Espíritu, de frutos abundantes! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque por medio de tu Santo Espíritu, lo sigues creando todo, lo haces todo nuevo, lo conservas y lo embelleces para que cada uno de mis pasos no sean tan pesados y tristes sino que estén impregnados de alegría y esperanza! ¡Te bendigo, Señor, porque nos envías tu Santo Espíritu para que reine en nuestros corazones para fortalecer nuestra vida y guiarla y hacerla veraz según tu Evangelio! ¡Señor, te doy gracias por invitarme a abrir el corazón para recibir los dones del Espíritu para que me de la fuerza para luchar cada día por la verdad, por el amor, por la reconciliación, por el perdón y por la justicia, para ser luz que comprenda las necesidades ajenas, para ser apoyo y servidor del prójimo, para ser generoso para amar como amas Tu y no según mis criterios mundanos, para tener paciencia para esperar, llevar la fraternidad al prójimo, para hacerme sensible a las necesidades del que tengo cerca! ¡Hazme, Señor, sensible a la acción purificadora y transformadora de tu Espíritu para alumbrar en este mundo una nueva esperanza! ¡No permitas que el demonio me venza con las tentaciones y ayúdame a ser auténtico testigo de la fe! ¡Gracias, Señor, por regalarme gratuitamente tu amor porque yo lo quiero llevar a los demás aunque tantas veces, por mi pequeñez, me cueste tanto mostrarlo a los demás!

De la compositora italiana Maddalena Casulana disfrutamos hoy con su Morir non può il mio cuore:

¡Que mis debilidades sean vencidas por la fuerza del Espíritu!

Mis pasos se dirigen emocionados hacia Pentecostés recordando sin embargo la cobardía de los apóstoles, que representa tantas veces mi propia cobardía. La noche del Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía, huyeron despavoridos en cuanto vinieron mal dadas. Dejaron solo al Señor. Uno lo traicionó y otro, que le había jurado lealtad, le negó hasta tres veces. De los otros nada dicen los Evangelios.
Algo cambió el día de Pentecostés. Aquella noche el fuego del Espíritu se derramó sobre ellos. El miedo y el temor desapareció de su corazón, no temían ser perseguidos ni ser reconocidos seguidores de Cristo. Se convirtieron en testimonios de fe y de las enseñanzas de Jesús, del mismo que habían abandonado dejándolo morir en la Cruz.
Cuando uno canta el himno Veni Creator Spiritus, compuesto en el siglo IX y con el que el papa León XIII consagró el siglo XX al Espíritu Santo, comprende lo que les sucedió a los apóstoles: «Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne». Es la enseñanza viva de la fuerza que el Espíritu Santo tiene en la vida del ser humano. Ilumina tu camino, la razón de tu existencia, llena de voluntad el corazón y fortalece nuestra existencia. Se pide que el amor llene el corazón, que el cuerpo sane y que las debilidades sean vencidas con la fortaleza del Espíritu.
Los apóstoles —todos nosotros, en definitiva, seguidores de Cristo— combatieron con sus flaquezas y sus miedos. La actitud de los apóstoles certifica que con la compañía del Espíritu es más factible avanzar en los caminos tortuosos de la vida. Con el apoyo del Espíritu es más fácil seguir a Cristo, seguir la voluntad de Cristo, ser amigo de Cristo.
Este tiempo de Pascua es muy propicio para estar más sensibilizado con la presencia del Espíritu Santo en mi corazón, para ser consciente de mis flaquezas y debilidades y de cómo Dios, en su infinita misericordia, me sostiene con su amor.
Si Pentecostés es ese momento en que el Espíritu Santo nos fortalece para avanzar y proclamar el amor de Dios en el mundo, la Pascua a la luz del resucitado es este tiempo propicio para adentrarme en mi propio interior y vislumbrar aquello que debo transformar de mi interior para hacer más santa mi vida.

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¡Espíritu Santo, te presentante ante María y los apóstoles como unas llamas de fuego, calienta mi existencia con el calor tu amor! ¡Espíritu Santo, que eres viento que ruge en mi corazón, dirige mis pasos hacia la santidad y hacia donde tus deseos quieran! ¡Espíritu Santo, que te presentas tantas veces como una brisa suave, dame la ocasión de respirar tus dones y tus gracias para renovarme interiormente! ¡Espíritu Santo, que vuelas con la libertad de una paloma conviérteme en una persona libre sin las ataduras del pecado! ¡Espíritu Santo, que en el bautismo me rociaste con el agua viva y me introdujiste a la Iglesia Santa de Dios, lávame de mi inmundicia interior para ir siempre con limpieza de corazón y de alma! ¡Espíritu Santo, cuyas llamaradas son luz que iluminan mis pasos, guíame siempre mis pasos! ¡Espíritu Santo que eres fuerza que sostiene, ayúdame a levantarme cada vez que caigo! ¡Espíritu Santo, que alimentas mi corazón y mi alma con tus siete dones no permitas que tu savia se seque en mi interior para darle siempre un sí decidido al Padre! ¡Espíritu Santo, que eres don y vida, dame la alegría de vivir acorde con las enseñanzas de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón abierto a la verdad que está en Dios y no permitas que instale en mi propia verdad, en mi propia voluntad y en mis propias comodidades! ¡Dame siempre luz, Espíritu divino, para saber escuchar tus susurros de amor!

Veni Creator Spiritus, inspirador de esta meditación:

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

¡Sé, Señor, que has resucitado!

No se me quita la sonrisa del rostro: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! ¡No vivimos de la nostalgia de un acontecimiento del pasado, celebramos la presencia viva y alegre el Señor! ¡Jesús está vivo y presente y su resurrección implica la absoluta realización de la realidad del hombre en sus relaciones con Dios, con el prójimo y con la realidad que nos rodea! Con su Resurrección, Jesús penetra en lo más profundo del mundo y de cada corazón humano y se hace presente en todas las cosas como ya tan acertadamente advirtió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo».
En estos días me siento como María Magdalena y las otras mujeres que corren llenas de gozo, de fe, de confianza y de alegría al encuentro del Cristo resucitado. Tengo el mismo deseo de proclamar que no solo ha resucitado sino que vive entre nosotros.
Estoy feliz. Radiante de alegría. Con el corazón henchido de esperanza. Me siento lleno de confianza porque Jesús ha resucitado. Porque ese Cristo resucitado es la Epifanía de Dios manifestado al ser humano. Porque es un encuentro por medio de la fe, del encuentro fortuito, por la aceptación de su Palabra, de sus mandatos, de su mensaje, por la experimentación de su presencia en la Eucaristía. La Resurrección de Cristo nada tiene que ver con la razón. Está completamente alejada de la búsqueda racional. Es una realidad viva.
La Resurrección tiene mucho que ver con la experiencia de la vida, del compromiso, de la entrega, de la generosidad, de la vida de la gracia, de la aceptación del ser cristiano. Cristiano por la gracia de Dios por medio del bautismo, engendrado a nueva vida, momento mágico en el que me lleno de Cristo por medio del Espíritu Santo, me libero de la esclavitud del pecado y me hago miembro de pleno derecho de su Iglesia convirtiéndome en hijo de Dios.
La Resurrección es una experiencia que puedo perpetuar cada día en la Eucaristía, en el momento de comulgar su cuerpo, de agradecer su presencia en mi interior, de entrar en oración sincera en una profunda comunión con Él, llenándome de su paz y de sus dones.
La Resurrección también tiene mucho que ver con el reconocimiento de mis pecados en el sacramento de la Penitencia porque es un renacer a la vida, limpiando la inmundicia interior por la mera misericordia y el amor de Dios.
La Resurrección es permitir que Jesús transforme por completo mi vida, la renueve, me haga semejante a Él; es tratar de vivir en cristiano, apoyado en mis fortaleza pero también en mis muchas limitaciones y en mis tantas debilidades porque el Señor envía su Espíritu para este nuevo renacer.
La Resurrección es tomar la fuerza de Dios y hacerla mía porque soy su hijo, hacer de Él una esperanza cierta, ponerme en esas manos misericordiosas que todo lo perdona, que abraza con su misericordia infinita. Es un sentirse amado pese a tantos errores y tantas equivocaciones. La Resurrección me permite blandir con orgullo mi dignidad de hijo de Dios, sin avergonzarme ni esconderme allí donde vaya.
¡Jesucristo ha resucitado, y con mi ejemplo y mi testimonio lo quiero hacer saber a todo el que me quiera escuchar!

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¡Señor, has resucitado y te entrego mi vida para que la transformes y me hagas semejante a ti viviendo según tu Palabra como un cristiano auténtico a pesar de mis debilidades, caídas y muchas limitaciones! ¡No permitas que te aparte de mi vida porque quiero que seas el centro de mi existencia! ¡Concédeme la gracia de una fe firme para no desanimarme cuando las cosas no me vayan bien, cuando me desanimo por mis pecados, cuando las incertezas me invadan y el desaliento haga mella en mi corazón! ¡Haz de mí, Señor, un signo claro y distintivo de tu Resurrección! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! es el canto del Resurrexit que escuchamos hoy: